Cabos sueltos

Notas: Al fin la historia comienza a avanzar, las razones por mi demora al final del capitulo.

Cabos sueltos

—Nada mal —dijo Yusuke con sinceridad, con su vista fija en los que volaban de un lado a otro a gran velocidad.

Aunque no había apreciado que Botan lo hiciese levantar temprano esa mañana del sábado a pesar de que su entrenamiento mágico continuaría en la tarde, Yusuke ahora entendía parte de su entusiasmo por ver las prácticas del equipo de Gryffindor.

No podía decir que estuviese interesado en el deporte llamado Quidditch de por sí, mas encontraba increíble la forma en que todos volaban en sus escobas, contradiciendo mucho de lo que le habían enseñado en el colegio.

Aquellas escobas eran la prueba de que sus calificaciones no eran tan importantes, pues lo que enseñaban no siempre era cierto o necesario, por mucho que sus profesores y Keiko insistiesen en lo contrario.

Además, los otros elementos que usaban para aquel juego le daban ideas.

Yusuke sonrió para sí mismo, considerando las muchas formas en que podía usar las pesadas bolas llamadas "bludgers", las cuales se movían en el aire intentando golpear a alguien, para algún tipo de enfrentamiento. Sin duda a Hiei y a Kuwabara les gustaría escuchar sus ideas y quizás incluso Kurama disfrutaría la perspectiva de un reto inusual.

—¿Viste eso, Yusuke? —exclamó Botan a su lado—. ¡Esa maniobra de Angelina para anotar un punto fue fabulosa! ¡No puedo esperar a ver el primer partido del año!

Yusuke no estaba seguro de qué se suponía que debía haber visto pero asintió, no queriendo arruinar el entusiasmo de Botan.

Era obvio que a ella le interesaba el deporte jugado en el aire y seguramente no apreciaría el que él le llamase más atención los peligros que lo rodeaban, los cuales hacían que para él el Quidditch se viese como un desafío en lugar de como un juego más.

—¡La tengo! —anunció Harry de repente, haciendo que Yusuke dirigiese su mirada hacia él justo a tiempo para ver cómo Harry remontaba en el aire dando un riesgoso giro, esquivando a otros dos jugadores y alzando uno de sus brazos para mostrar la pequeña pelotita amarilla que había atrapado.

Era extraño que aquel chico que debían "vigilar y mantener a salvo" participase en un juego como ese, pensó Yusuke casi distraído.

Estaba seguro que incluso Kuwabara podría darse cuenta de que si alguien quisiese matar a Harry bien podría hacerlo causando un accidente en medio de un partido y sin duda ni siquiera tendría que esforzarse para ello, pues durante el entrenamiento había visto al menos dos colisiones, una de ellas tan fuerte que había preocupado a todos los del equipo.

Tal vez el tal Voldemort en realidad no era tan inteligente, concluyó, y si era así quizás tendría posibilidad de acabarlo y alejarse de Hogwarts, sus pilas de tareas e innecesarias prácticas de magia antes de que se acabase el año.

Animado ante esa perspectiva, Yusuke dirigió su mirada una vez a las bludgers, fijándose en cómo uno de los gemelos la golpeaba con un bate, lanzándola hacia el otro lado.

Definitivamente tendría que hacer que los demás viesen pronto el Quidditch y sus posibilidades, para así hacer de la estadía en el colegio algo más soportable.

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A pesar de que la biblioteca era uno de los lugares más silenciosos de Hogwarts, el olor a polvo acumulado y la cantidad de libros dispuestos a morder a quien les pusiese una mano encima hacían que Hiei lo odiase.

No entendía cómo Kurama aguantaba todo eso ni mucho menos porqué él había permitido que el Youko lo arrastrara a semejante sitio; pero ahí estaba, conteniéndose de prenderle fuego a los estantes y a la pila de libros en sus manos que cada vez aumentaba más.

¿Qué era lo que Kurama quería con todos esos textos?

Hiei tenía la sensación de que no recibiría una respuesta aunque lo preguntara y dudaba si le interesaría la verdad tras esta ocurrencia del Youko.

—Estos son todos —dijo Kurama, regresando de los estantes a la derecha de Hiei con un par de libros más—. Al menos sin contar los que quizás están en la sección prohibida, pero de esos me encargaré después.

Las implicaciones ocultas en esa frase hicieron que Hiei tuviese que resistirse de girar sus ojos, cosa fácil de hacer porque escuchar esos planes pero no la razón tras éstos acabó con su paciencia y sin pensarlo dos veces Hiei soltó su carga y dio media vuelta.

—¡Hiei! —reclamó Kurama, moviéndose a tiempo para impedir que los libros cayesen al suelo.

—Esto es estúpido —pronunció Hiei, mirando por encima de su hombro y frunciendo el ceño al ver los títulos de los tomos que Kurama había reunido—. "Viejas leyendas", "Los humanos y otros seres", "Criaturas mágicas extintas" —leyó—. ¿Para qué demonios es todo esto?

Kurama sonrió en lugar de contestar, dejando claro que no pensaba darle una explicación.

Resoplando, Hiei comenzó a andar en dirección a la puerta, sin intenciones de seguir el juego de adivinanzas que quizás el Youko quería jugar.

—Hiei —insistió Kurama, alcanzándolo cuando pasó por la zona ocupada por mesas en las que los pocos estudiantes que las ocupaban escribían rápidamente en sus pergaminos, como si quisieran acabar pronto para salir de ahí.

La excepción era alguien en una de las mesas más alejadas de la puerta, oculto tras una cantidad de libros incluso mayor que la que Kurama había recopilado, la cual ahora el Youko estaba dejando sobre la mesa más cercana.

—Hiei —repitió Kurama en voz baja, aprovechando el tener sus manos libres para agarrarlo de unos de sus brazos e impedirle irse—, necesito que saques la mitad de estos libros por mí.

La incredulidad fue suficiente para que Hiei lo observase de nuevo, alzando una ceja y sin hacer ningún movimiento para liberarse.

—¿No puedes hacerlo?

Kurama sonrió por un instante, viéndose travieso y burlesco al mismo tiempo antes de que su expresión volviese a la normalidad.

—Quiero decir —pronunció, indicando con un sutil gesto a la bibliotecaria—, que como estudiante saques algunos estos libros. Me encargaré de ellos cuando salgamos.

El porqué de todo seguía ausente en esas palabras, pero deseoso de salir de ahí Hiei asintió con su cabeza y tomó la mitad de la pila en cuanto Kurama lo soltó.

Por esta vez lo ayudaría, pero la próxima vez que Kurama se acercase a él para pedirle algo sin sentido como esto lo obligaría a darle una explicación primero.

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La noche del sábado debía ser una noche de verdadero descanso, sin el agotamiento que traía un día entero de clases ni la tensión producida por el hecho de tener que levantarse temprano al día siguiente.

Aun así, Kuwabara se encontraba recostado en su cama con los ojos abiertos, el ceño fruncido y la horrible sensación de que algo malo sucedería.

¿Yukina estaría bien? Su instinto le decía que no tenía que preocuparse por ella, pero aun así eso no bastaba para tranquilizarlo.

Cada vez que conseguía dormitar un frío intenso parecía apoderarse de su cuerpo y al despertar el único vestigio de lo que fuese que estuviese viendo en sus sueños era la reacción que éstos le producían: un sudor frío, una garganta seca y el ligero temor que sólo un vago mal presentimiento puede causar.

¿Algo ocurriría en Hogwarts? ¿Estaría relacionado con la misión que les habían encargado?

Tal vez era así, pero no se sentía capaz de asegurarlo.

Queriendo calmar su desasosiego, Kuwabara se levantó, apartando las cortinas que rodeaban su cama en el proceso.

No sentía que podría volver a dormir pronto o que de lograrlo conseguiría recordarlo para tener una idea de lo que fuese que ocurriría. Y si ese era el caso, quizás lo mejor que podía hacer era buscar despierto esa señal.

Con eso en mente Kuwabara abrió su baúl y una vez encontró su libro de adivinación y su varita volvió a la cama y cerró las cortinas alrededor de ésta de nuevo.

Lumos —murmuró, produciendo suficiente luz para poder leer.

Quizás podría encontrar algún método fácil que le permitiese saber algo sobre lo que fuese que sucedería en un futuro cercano y una vez lo hiciese podría descansar, para así estar preparado para cualquier emergencia y poder hablar con los demás sin que lo tildasen de loco paranoico.

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La llegada de las lechuzas era siempre esperada durante las mañanas con diferentes niveles de entusiasmo y a veces traía alegrías a unos y otras desencantos a otros.

La unanimidad de reacciones era casi inexistente, pero esta vez una de las noticias publicadas en el Profeta habían logrado que la preocupación se generalizase en todo el gran comedor en cuestión de minutos.

Las conversaciones se habían convertido en murmullos apagados incluso en la mesa de Slytherin y más de uno había estado dirigiendo su mirada a Harry, quien sostenía con fuerza el periódico, y aunque Hermione quería decirle algo se mantuvo en silencio, inquieta por la noticia en primera página.

—Voldemort —pronunció Harry de repente, sobresaltando a todos los que lo escucharon y haciendo que incluso un chico de tercero dejase caer la tostada que estaba comiendo.

—Pero, ¿por qué? —preguntó Ron en voz alta, atrayendo las miradas de muchos que se preguntaban lo mismo—. No son aurores ni nada. ¡No hay razones para matarlos!

—No hablan de muertos —interrumpió Hermione sin pensarlo.

Aún estaba molesta con él y no estaba segura de qué pensar de la noticia, pero sentía la necesidad de decir los hechos en voz alta y no dejarse llevar por el pánico.

Quizás la noticia no tenía nada que ver con Voldemort y por eso la habían publicado en grande, con la esperanza de que los miembros del ministerio reaparecieran vivos y que con la ayuda de sus fotos éstos fuesen encontrados con mayor presteza.

—Granger tiene razón —dijo Seamus desde el otro lado de la mesa, también alzando su voz—. Estaban trabajando con una criatura peligrosa y hubo un accidente, no es difícil entender eso.

—¡En ese caso diría muertos o heridos, no misteriosamente desaparecidos! —exclamó Harry sin ocultar su molestia, dejando el periódico sobre la mesa.

—¿Qué pasó? —la llegada de un tranquilo Yusuke y un visiblemente no despierto por completo Kazuma interrumpió cualquier otro comentario de los presentes, quizás con ello impidiendo que una pelea terminase ocurriendo.

—Un grupo del departamento de regulación y control de criaturas mágicas desapareció —explicó Hermione con rapidez, no queriendo que alguien más respondiese añadiendo algo que no sabían si era verdad o no.

—¿Desapareció? —pronunció Yusuke, dejándose caer en un asiento libre—. ¿Como por arte de magia?

—Ese es el peor chiste que he escuchado en mucho tiempo, Urameshi —dijo Kazuma, bostezando y sentándose al lado de Yusuke—. Pero si eso es cierto...

Yusuke y Kazuma intercambiaron una mirada y al ver esto Hermione frunció el ceño.

Era evidente que ellos sabían algo y el no saber cómo hacerlos confesar la verdad allí, frente a todos, hacía que quisiese gritar de frustración y hacer lo necesario para que al menos sus amigos la escuchasen y la ayudasen a desenmascararlos.

—Fue Voldemort —afirmó Harry antes de que ella perdiese la calma que le quedaba o la recuperase lo suficiente para pensar en qué preguntarles para que los japoneses se delatasen solos.

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Draco era un Malfoy y como tal no le importaba si algún incompetente miembro del ministerio vivía o moría, por lo que él no se había visto contagiado del nerviosismo causado por la noticia de los desaparecidos y el no saber si esto era parte de algún plan del Señor Oscuro o algo sin ninguna relación a éste le impedía saber si debía temer y prepararse para lo que sucedería pronto o no.

Lo que si le inquietaba era que una de las lechuzas de su padre llegase con una carta para él justo mientras la ola de preocupación parecía apoderarse de todos los estudiantes de Hogwarts.

Sintiendo cómo la velocidad de los latidos de su corazón aumentaba, Draco desató el pergamino de la pata del ave, entrecerrando sus ojos y tragando saliva para que desapareciese el nudo que se había formado en su garganta al ver el sello en éste, el cual no pudo remover al primer intento con sus manos.

Estaba claro: lo que fuese que dijese esa carta era importante y nadie más debía leerlo.

Draco tomó aire lentamente, guardando el pergamino en su túnica antes de levantarse.

—¿Pasa algo, Draco? —preguntó Pansy de repente. Tratando de actuar con naturalidad, Draco asintió con su cabeza, agradeciendo internamente que Minamino no estuviese presente.

Si bien estaba seguro de que sus compañeros Slytherin no cuestionarían o sospecharían de sus acciones, no dudaba que Minamino sí lo haría y buscaría la forma de descubrir lo que sucedía y quizás incluso se las arreglarían para obtener la carta de la misma forma en la había hurtado su varita en el tren, como si fuese un hábil ladrón, y eso era algo que Draco no podía permitir.

—Vuelvo en un momento —contestó Draco y se dirigió con parsimonia hacia las puertas del gran comedor mas ya afuera aceleró su andar.

Draco recorrió los pasillos casi vacíos por varios minutos, deteniéndose en algunos salones en desuso y saliendo de ellos cada vez que veía un cuadro en ellos.

Le tomó varios minutos encontrar un lugar en el que parecía que podría mantener su privacidad y cuando lo hizo entró, indiferente al polvo que cubría los pocos muebles del lugar, y cerró la puerta con un par de hechizos.

Tomando una bocanada de aire, Draco apuntó su varita al sello de la carta y pronunció el hechizo que su padre le había enseñado para casos de emergencias, consciente de que un error en éste haría que la carta se autodestruyera antes de que pudiese leerla.

Eso no sucedió y Draco pudo ver cómo el pergamino se desenroscó por si sólo, dejándole ver la cuidadosa caligrafía de su padre antes de volar hasta sus manos.

Más nervioso de lo que quería aceptar que se sentía, Draco comenzó a leer la carta apresuradamente, apretando más el pergamino y sintiéndose más intranquilo luego de cada párrafo.

—¿Qué demonios? —pronunció una vez terminó, sin importarle si esa no era una expresión digna de un Malfoy pues era la única que podía expresar su escepticismo y, al mismo tiempo, parecía perfecta para la situación.

Queriendo creer que había entendido algo mal en su prisa, Draco la volvió a leer con más lentitud, mas los contenidos del pergamino no cambiaron.

Aunque no le agradase porque confirmaba las palabras de la vieja bruja que enseñaba Defensa Contra las Artes Oscuras, tenía que aceptarlo: los demonios existían.

Y eso no era lo peor.

Por algo su padre le había enviado esa carta, quizás arriesgando su vida con ello.

Draco se recostó contra uno de los muebles y luego de tomarse unos segundos para intentar calmarse apuntó su varita hacia el pergamino una vez más, esta vez pronunciando un hechizo para prenderle fuego, y mantuvo su mirada en el objeto hasta que todo lo que quedó de éste fueron cenizas.

Se sentía tan conmocionado por lo que acababa de leer que tardó un largo momento en mover su varita una vez más para desvanecer los restos e incluso después de hacerlo permaneció inmóvil, repitiéndose en su cabeza lo que su padre quería que hiciera pero inseguro de cómo hacerlo.

El que su padre sospechase que los demonios no le serían muy leales a nadie, ni si quiera al Señor Oscuro, bastaba para que comprendiese porqué su padre decía que tuviese cuidado y aprendiese a defenderse contra ellos, cosa no muy fácil de hacer aunque sí de decir.

Al fin de cuentas la existencia de los demonios había sido negada por siglos y quienes habían dicho lo contrario en el pasado habían sido tratados de locos —y quizás lo estaban en realidad— y desaparecido en instituciones apropiadas para su condición.

Por eso no había duda alguna de que eran pocos los que sabían la verdadera naturaleza de esas criaturas y Draco sólo conocía a una que parecía hacerlo: Genkai.

Pero estaba claro que esa bruja lo odiaba y por parte de Draco el sentimiento era mutuo, por lo que lo último que quería era pedirle ayuda y en ese caso sólo le quedaba una opción: entrenar por su cuenta.

¿Eso serviría? ¿Podría adivinar correctamente qué hechizos y maldiciones eran más efectivos contra esos seres? Y si lo hacía, ¿podría perfeccionarlos por su cuenta?

Era imposible saberlo y además el hacer algo para defenderse de esas criaturas sería lo mismo que hacer algo contra los nuevos aliados del Señor Oscuro, lo cual haría que pareciera que él planeaba traicionarlo.

Y aunque él sabía ser cauteloso, el que su padre dijese que ya había demonios vigilando Hogwarts era suficiente para hacerlo temer que terminaría muerto antes de poder aprender a hacer algo contra esos seres.

Su otra —última y desesperada— opción era buscar algún tipo de protección extra, pero ¿quién podría creerle, no delatarlo ante nadie y al mismo tiempo protegerlo no sólo de los demonios sino también del mismísimo Señor Oscuro?

Draco hizo una mueca de disgusto ante la única respuesta que surgió en su mente: Dumbledore.

Se decía que el viejo director era el único que provocaba verdadero temor en el Señor Oscuro y hasta el momento realmente había logrado mantenerlo fuera de Hogwarts, pero que Dumbledore protegiese el colegio no quería decir que haría lo mismo con él.

Y de cualquier forma, ¿el viejo confiaría en él?

Draco lo dudaba y tampoco tenía intenciones de bajar su cabeza y rogarle que lo hiciera.

Pero quizás había una manera de que el director lo ayudase. Era arriesgada, pero sin duda era mejor que quedar vulnerable ante los demonios y el Señor Oscuro: darle información.

No tenía que ser completamente cierta, pues eso podría hacer que él pareciese un traidor, pero tampoco tenía que ser completamente falsa, pues necesitaba que el viejo pudiese confirmarla por sus propios medios, creyese en él y lo protegiese como protegía a su favorito Potter.

Sintiendo que esa era la respuesta a su dilema, Draco se enderezó y salió del salón a toda prisa, dirigiéndose hacia el lugar en el que, según los rumores, se encontraba el despacho del director.

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Draco dio varias vueltas por el segundo piso antes de encontrar la fea gárgola que se decía que protegía la entrada y ya frente a ella la observó fijamente, buscando alguna pista que le dijese cómo hacer para que le permitiese pasar o al menos avisase que él buscaba al director.

Si la gárgola fuese un cuadro sería más fácil, pensó Draco y tocó la gárgola con la punta de su varita.

—Necesito pasar —dijo, mas la gárgola permaneció inmóvil.

El paso de los segundos hizo que el impulso que había llevado a Draco hasta ahí desapareciese, dejándolo con el miedo que le traía el tratar de hacer algo tan imprudente.

Quizás no era una buena idea, quizás no debía estar ahí y haría mejor dando media vuelta y volviendo al gran comedor antes de que se arrepintiese. Pero tal vez se arrepentiría más si retrocedía ahora, pues dudaba ser capaz de volver a intentarlo y no se le ocurría ninguna otra opción.

Draco fulminó con su mirada a la gárgola que se interponía entre él y su último recurso, preguntándose si algún hechizo al menos serviría para que el director notase su presencia allí, mas antes de tener la oportunidad de intentar lo la gárgola se apartó, dejando a la vista una simple escalera de madera.

Tomando eso como una invitación y sin detenerse a pensar, consciente de que de hacerlo sólo dudaría más, Draco subió los escalones con toda la seguridad que podía aparentar y sólo se detuvo al llegar a una puerta de madera cerrada.

¿Debía tocar o entrar?

Draco se decidió por lo primero y en cuanto escuchó una respuesta proveniente del despacho giró el pomo, sintiendo de nuevo un nudo en su garganta.

—Señor Malfoy —saludó el director desde su asiento, haciéndole un gesto para que entrara.

Sin prestarle atención al despacho a pesar de cierta curiosidad que no era tan apremiante como la situación, Draco caminó hasta la silla frente al escritorio tras el cual estaba el director y se sentó en ella, manteniendo su espalda recta y su cabeza en alto.

—Profesor Dumbledore —comenzó Draco luego de tomar una bocanada de aire, recordando la carta de su padre y preparándose para pronunciar el hecho más vago pero cierto que podía decir—, hay un espía del Señor Oscuro en Hogwarts.

Ya no podía dar vuelta atrás.

Continuará

Notas: No puedo creerlo: primero me falta inspiración y luego de rescribir este capitulo tres veces y conseguir que quedase más o menos como quería, se cae el internet y no puedo subirlo. No que esto sea excusa para demorarme, claro está.

Gracias a todos por sus reviews. Realmente sus comentarios me alegran mucho y por eso mismo me siento mal por haberme demorado tanto. Espero que aún les interese esta historia ya que intentaré darle prioridad y hacer que avance como debe.

¡Hasta el próximo capitulo!
-Nakuru Tsukishiro.