Sam apartó los ojos de la ventana del dormitorio de su niñez y miró la hora.

Las siete y media; pronto tendría que bajar para salir a cenar con Freddie, que la había avisado de que, si no bajaba por su propio pie antes de las ocho, subiría a buscarla.

— ¿Por qué haces todo esto? —le había preguntado ella desesperada.

— ¿Y tú?

—Sabes perfectamente por qué. No tengo elección.

—Claro que la tienes —había respondido Peter fríamente—. Podrías perfectamente dar media vuelta y largarte.

—El refugio necesita ese dinero… ya lo sabes.

Eso era cierto, también era cierto que Sam era consciente de que no podría vivir consigo misma si no hacía todo lo posible para ayudar a aquellos niños. Pero dejar que Freddie consumara el matrimonio, ¡y tener un hijo suyo! Volvió a perder la mirada en el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana mientras se preguntaba si tendría el valor suficiente para seguir adelante.

Desde aquella ventana era desde donde solía esperar impaciente la llegada de su padre, momento en el que corría a recibirlo. Nunca, ni siquiera en los peores momentos de la enfermedad de su madre, había olvidado dedicarle el tiempo y el cariño necesarios.

Después había llegado su matrimonio con Margaret, cuando la joven había empezado a recurrir a Freddie; entonces era él al que esperaba ver llegar desde la ventana de su dormitorio, que en aquella época se había convertido en un verdadero refugio.

Su padre había sentido un cariño muy especial por aquella casa, había afirmado multitud de veces que para él representaba todo lo que debía ser un hogar familiar.

—Algún día traerás aquí a tus hijos a verme, Sam —le había dicho a menudo. Siempre había deseado convertirse en abuelo.

Un niño, pensó Sam con los ojos llorosos por la fuerza de aquellos recuerdos. Un niño que fuera parte de Freddie y de ella, a su padre le habría encantado y lo habría querido con todo su corazón.

El hijo de Freddie. Cuántas veces se habría sentado allí mismo ella y habría fantaseado con la posibilidad de que aquello ocurriera. Pero su fantasía era que Freddie la amara y ese niño fuera el fruto de su mutuo amor, y eso no era lo que estaba pasando. Tuvo que admitirlo con lágrimas en los ojos, él no la amaba, solo quería tener un hijo que llevara su sangre porque era la sangre de su padre.

Sin embargo, al mirar al camino que llevaba hasta la puerta de la casa, podía imaginarse perfectamente a los tres paseando tranquilamente: Freddie, ella y el pequeño de pelo castaño y ojos azules y la misma tierna sonrisa de su abuelo.

«Estoy loca», se dijo en tono reprobatorio mientras salía de la habitación para dirigirse al encuentro de su marido.

Nunca podría desear hacer lo que él estaba obligándola a hacer pero, tenía que admitir que tampoco podía negar el fuerte instinto maternal que le provocaba la sola idea de tener ese hijo que había evocado su imaginación.

Al bajar al cuarto de estar comprobó que, a diferencia de ella, Freddie se había cambiado de ropa y se había puesto un atuendo más informal que el traje que había llevado por la mañana.

Debía de estar haciendo muy buen tiempo aquel verano, pensó Sam al ver el bronceado que lucía él en los brazos. Siempre había encontrado algo extraordinario en aquellos brazos sutilmente musculados, algo que la hacía sentir un sensual escalofrío que le recorría la piel palmo a palmo. Había habido un tiempo en el que solo la idea de que aquellos brazos la rodearan con fuerza había hecho que sintiera un ardor en lo más profundo de su cuerpo adolescente.

Más tarde, a medida que había ido creciendo, había empezado a fantasear con sus manos más que con sus brazos; soñaba que aquellos dedos la acariciaban, excitándole de un modo que, con solo imaginarlo en la soledad de su dormitorio, la hacía sonrojarse llena de deseo.

El hecho de que se hubiera duchado y cambiado de ropa la hizo sentir incómoda porque ella seguía llevando la misma indumentaria con la que había viajado desde Nueva York. Se había negado a cambiarse para demostrarle lo poco que le importaba lo que pensara de ella o el aspecto que tenía cuando estaba en su compañía. Sin embargo ahora lo único que sentía era incomodidad.

—¿Estabas demasiado ocupada para cambiarte? No te preocupes, estoy seguro de que Luigi lo entenderá—la disculpó Freddie nada más verla.

—¿Le has dicho a Luigi que… que nosotros?

—Le he dicho que íbamos a ir a cenar —confirmó él—. Espero que te siga gustando la tarta de pera y almendra y el helado de miel.

Sin querer fijarse en que recordaba perfectamente su postre preferido, Sam le dijo secamente:

—¿Y qué más le has dicho?

—Nada —respondió encogiéndose de hombros.

Tuvo que preguntarse a sí misma por qué en lugar de sentirse aliviada, lo que sentía era una especie de rabia de que él no hubiera hecho público su reencuentro.

—Pues tendrás que decir algo, ¿no? No podemos empezar de repente a vivir juntos como un matrimonio.

—Entonces tendremos que decirle a la gente lo que quieren oír —respondió Freddie con naturalidad.

—¿Y qué es eso exactamente?

—Pues que ha habido un acercamiento entre nosotros y hemos decidido darle una segunda oportunidad a nuestro matrimonio.