"Hija de la Tempestad"


Cap. 09: Fea, fuerte y formal.


Aquel no es que fuera un buen día. Ni de lejos. Al menos no un buen día como los entendía Tempest.

Odio que llueva. Odio el clima de Leyawiin. Detesto el clima cuando llueve en Leyawiin.

La comarca en sí se podía resumir brevemente en un puñado de conceptos: muchos pueblos circundantes, muchas fincas particulares, demasiadas ruinas, demasiada humedad y... oh, Akatosh, una excesiva y terriblemente molesta cantidad de mosquitos.

Tempest se golpeó con la palma de la mano en el lateral izquierdo del cuello y, al retirarla, encontró una pequeña mancha de sangre entre las junturas de los dedos pulgar e índice. Y un señor mosquito reventado justo en el centro.

Bufando, la chica se limpió con el agua de lluvia y se retiró la capucha un momento, dejando que el chaparrón precipitara sobre su rostro para deslizarse por su cuello, dejando una estela de alivio y frescor sobre la piel expuesta.

Pleno verano, vigésimo tercer día de Culminación Solar, Tirdas.

Y ella a patita por el Camino Amarillo, atravesando el Valle del Nibenay y con un nada desdeñable aguacero cayendo a conciencia sobre su cabeza.

El tío del carromato del transporte rápido se había empeñado en desviarse de la ruta habitual para parar en la posada del Dragón Ebrio a ponerse ciego de cerveza y aguamiel hasta que amainase el temporal. Tempest se había agarrado un buen rebote ya que no es que el tiempo le sobrara precisamente, y le había mandado a hacer puñetas tras casi tirarle los quince septims a la cara respondiendo que "se los metiera por..." para, acto seguido, seguir ella sola a pie hasta Leyawiin. Con todo que aún tenía en mente ponerles una reclamación a la empresa de viajes por la provincia alegando que sus empleados eran unos borrachos impresentables, hombre.

Su consuelo es que le quedaban menos de dos horas para llegar a la ciudad, habiendo dejado ya atrás el pueblo de Blankenmarch. No tenía tiempo para estupideces y esperaba que en la sede del Gremio de Magos de allí no le hiciesen realizar más encargos estúpidos para conseguir la maldita recomendación, Akatosh, que ya con ésa y la de Cheydinhal podría finalmente acceder de una buena vez a la dichosa Universidad Arcana.

Sí, bueno, el mes se le había pasado volando entre pitos y flautas con el tema de ir a por todas con tal de conseguir las recomendaciones, sede por sede, con el único objetivo de acceder a la Universidad y, por consiguiente, tener residencia en la Ciudad Imperial.

¿Para qué?, pues muy sencillo: para no gastarse ni un maldito septim de más y... bueno... para poder ver más tiempo a Lex.

Porque sí, porque tras aquella extraña cita con el capitán Hieronymus Lex para la cual se había puesto hecha un pincel y donde habían ido a pasear de un lado para otro por los Jardines Élficos y en la cual, Akatosh bendito, no había parado de hablar como una cotorra mientras el hombre la escuchaba tranquilo y extraordinariamente paciente... para, tras dejarla en la puerta de la Posada de los Mercaderes, donde se alojaba aquella vez, haber mediado un acuerdo sin palabras entre los dos de proseguir con aquella extraña relación, formalmente.

Se acordaba de haber estado hecha un manojo de nervios, de ponerse a hablar para que él no se pensara que era tonta del bote o algo por el estilo, y de ir más roja que un tomate CON FALDA mientras el otro se reía de las extrañas ocurrencias que le iba soltando una tras otra a la carrera.

Desde luego, aquella tarde había estado sembrada, ocurrente y divertida como ella sola, nerviosa e hiperactiva como un ratón, contenta en su mundo de la piruleta particular paseando con aquel hombre tranquilo, amable, perfeccionista en el más amplio significado de la palabra y, ante todo, educadísimo.

Cualquier otro seguramente hubiera acabado hasta las narices de su charla inacabable o, para qué engañarnos, habría intentado pasarse de listo con una chica tan joven a la que había conocido nada menos que en mitad de la barriada de Waterfront.

Pero el capitán Lex no era de ésa catadura: en ningún momento la había tocado si no era para ir del brazo, no le había hecho insinuaciones de ningún tipo y solo la había besado porque ella le dio pie a ello.

A Tempest aquello le había puesto realmente muy contenta: había ido a dar con un tipo que le gustaba y que no era ningún desaprensivo. La cosa había salido bien.

Sin embargo... todo en esta vida tiene un precio. Y el precio de su relación con Lex había sido dejar de robar.

No porque él lo supiera, no por obligación moral hacia su persona... sino por miedo a que un día la pillasen, la metieran entre rejas y él no volviera a dirigirle la palabra.

Había ido conociendo poco a poco la personalidad de Hieronymus Lex a lo largo del último mes y podía asegurar con absoluta certeza que aquel hombre de moral y principios tan rígidos, entregado en cuerpo y alma a su trabajo como estaba, jamás aceptaría el hecho de haber estado comprometido con una vulgar ratera.

Cosas del honor y otras yerbas.

No podía contarle todo a un policía. Ni aunque fuera pareja suya.

Como tampoco podía hablarle acerca de sus... "excursiones" al Oblivion ni de su afiliación con la Orden de los Cuchillas.

Porque Lex, entre otras cosas, desaprobaba firmemente la intervención de féminas en lo referente al campo de batalla.

A Tempest no es que le agradase mucho aquella faceta retrógrada, pero bastaba con saber qué temas no tocar en presencia del capitán y en paz. Era un defecto, a su juicio, tolerable.

Así pues, con cero ingresos en lo referente al Gremio de Ladrones, la muchacha había tenido que buscarse las vueltas subsistiendo de sus ahorros, de algún que otro combate de exhibición en la Arena y de trabajillos eventuales que le iban surgiendo aquí y allá.

Porque Tempest había descubierto, pese a la obviedad general, que la gente de Cyrodiil SIEMPRE tenía problemas.

Unos más graves que otros, que entrañaban mayor o menor riesgo y recompensas no siempre en formato contante y sonante.

Como cuando, de casualidad, oyó el rumor del famoso "pueblo fantasma" del Noroeste: Aleswell.

Eso había sido hace casi dos semanas y Tempest había viajado en carromato, comida por la curiosidad y azuzada por la necesidad ya que llegaron al pueblo con la noche muy avanzada y, tanto el conductor como ella, necesitaban descansar.

La gracia había sido hablar con el posadero, un dunmer a juzgar por el acento y las expresiones estilo "¡Por Azura!", y sus dos nada encantadoras hermanas, quienes hicieron varios comentarios nada agradables acerca de su estatura, su pelo y su túnica en general.

El hombre decía llamarse Diram Serethi y le pidió ayuda con el pequeño gran problema que aquejaba a la población de Aleswell: que se habían vuelto todos invisibles.

Y la causa, aparentemente, había sido alguna suerte de hechizo experimental llevado a cabo por un mago altmer curioso, despistado y con una dinámica tan absolutamente autista, que Tempest casi tuvo que abstenerse de darle un guantazo cuando fue a hablar con él para arreglar aquel embrollo.

Y, de hecho, se lo hubiera dado... de no ser porque el tipo, Ancotar, también se había vuelto invisible. Y encantadísimo de la vida que estaba con el asunto de que nadie pudiera verle.

- Oh, sí, he estado trabajando en un hechizo de invisibilidad permanente. – decía con la misma ilusión que un crío – Y, como puedes observar, funciona bastante bien.

Ella le había explicado el lío que había montado con los lugareños sin extenderse mucho en detalles de que le querían ver colgando de una soga y cosas de ése estilo, las cuales hubieran provocado la indignación del altmer, una raza orgullosa e irascible la suya, quien no le hubiera proporcionado el pergamino que usó un par de horas después desde el centro de Aleswell con el objetivo invertir el hechizo.

Lo leyó sin saber muy bien cómo pronunciar aquellas palabras raras y extremadamente intricadas dada la cantidad insólita de diéresis, acentuaciones invertidas, guiones, acentos circunflejos y demás signos diacríticos que le trajeron de cabeza cuando, ni al primero, segundo o tercer intento logró hacer nada con aquel pedazo de papel.

La verdad es que pronunció a voleo, imaginándose que era una poderosa hechicera altmer. Se metió tanto en el papel y deseó de tal manera con cada fibra de su buena voluntad que aquello saliera bien, que, al final, sus energías místicas lograron canalizarse a través de su lengua y dio inconscientemente con las palabras adecuadas.

Cuando devolvió a los habitantes del pueblo a su estado original se puso muy contenta.

Sin embargo, su recompensa consistió simplemente en alojamiento gratis indefinido en la posada de Diram Serethi, cosa que no agradó en absoluto a las brujas de sus hermanas, que se mostraron, si bien menos despectivas con ella, igual de poco amables.

Bueno... si algún día me pilla de camino no me gastaré ni un septim en alojamiento. – pensó Tempest tratando de ser positiva. Ella se había esperado dinero o algún objeto valioso con el que sacarse unas pocas monedas, pero estaba visto que en Aleswell la gente era más bien humilde. De todos modos agradecía el gesto del dunmer, había sido el único en molestarse en reconocer el valor de su ayuda.

Tras este y otros muchos incidentes que le llevaron a ganar relativas buenas recompensas, Tempest no paraba de viajar; se metía en todos los caminos, procuraba estar al día con los cotilleos locales, preguntaba a los taberneros y a los transportistas, aceptaba cualquier clase de trabajo de mensajería, entrega e intermediaria en asuntos mínimos. Siempre se sacaba al menos de quince a treinta monedas, y no estaba mal. Tampoco es que fuera la máxima expresión del trabajo, pero iba tirando.

Al menos no tenía que andar por ahí cruzando las espadas con cualquier fulano ni metiéndose en grutas o ruinas Ayleid peligrosas.

Y, lo más importante: consiguiendo dinero no se metía en los Portones, que era la causa principal de su búsqueda incesante, a la caza de la moneda.

Ya había estado en Skingrad (haciéndose sus periplos y preguntando el precio de la vivienda allí), en Chorrol y en Bravil buscando curro. Ahora le tocaba el turno a Leyawiin, que era una ciudad más o menos agradable; muy racista, eso sí, pero solo con aquellos que no fueran humanos o altmer, así que Tempest no tenía demasiado de qué preocuparse.

El aguacero estival la acompañó hasta las mismísimas puertas de Leyawiin. Entró corriendo por el portón principal y se refugió en la sede del Gremio de Magos de allí.

Una vez dentro, poniendo el suelo perdido de agua, se presentó formalmente ante quien ella entendió que estaba al cargo del lugar: una nórdica nariguda de aspecto adusto que pasaba por el nombre de Ágata.

- Me temo que para el tema de las recomendaciones tendrás que hablar con Dagail. – le dijo aquella mujer enormemente alta con un gesto de sumo cansancio en cuanto le citó el tema – Ve a verla y... - en esto que se detuvo un instante, pensando – Si ves que el asunto no va bien, ven a verme.

Tempest pestañeó, aquello sonaba a que no le regalarían la recomendación por su cara bonita. ¿Sería la tal Dagail una especie de bruja severa de ésas que te las hacen pasar canutas para obtener cualquier clase de favor de su parte...?

Le habían indicado que la habitación de la encargada estaba en el tercer piso de arriba, subiendo las escaleras. La muchacha se armó de valor y avanzó lentamente, peldaño a peldaño, hasta dar con la puerta de la estancia en cuestión. Llamó.

Pero nadie contestó.

Así pues, tomando aire profundamente, Tempest giró el pomo de la puerta y la abrió cuidadosamente.

- ¿Hola? - aventuró una vez hubo entrado y se encontró con una amplia estancia ricamente adornada con tapices y provista de muebles de madera labrada.

A la izquierda, donde la luz del ventanuco que había en la pared oriental no incidía, Tempest advirtió una enorme cama doble con colcha de terciopelo rojo y sábanas de lino. Y tumbada en ella, arrebujada en las telas como una mariposa en su crisálida, se hallaba la diminuta figura de una mujer durmiendo.

Al aproximarse más a ella, Tempest se percató de que no era tan joven como le había parecido desde la distancia, que por sus venas corría la longevidad de los elfos silvanos y que su cabello, completamente blanco, le daba un aspecto frágil y engañosamente aniñado.

La mujer aquella, dormida como estaba y tapada como un recién nacido, daba la impresión de ser toda dulzura. Tempest no comprendía los temores de la nórdica Ágata.

Pero si es preciosa... – pensó, asombrada. No le cabía en la cabeza que un ser como aquel pudiera ser un cardo, en todo caso más bien lo más grave que se podría achacar a un rostro como aquel sería puro y simple despiste, nada más.

Se aproximó unos pasos a la cama y se tomó la libertad de sentarse en el borde. La bondad que leía en ésas facciones le invitaba a ello.

La mujer entonces abrió lentamente los ojos y miró perezosamente a la chiquilla humana sentada a su lado.

- Sabía de tu llegada, jovencita. – habló suave y quedamente, la suya una voz iluminada, como la voz de un espíritu del bosque filtrándose por entre las copas de los árboles – Y me preguntaba qué palabras busca la tempestad en la vejez, ya que la segunda reposa sin hallar reposo y la primera busca sin entender bien el alcance de sus acciones.

Tempest la observó confusa.

- Me llamo Tempest, señora Dagail. – expuso cortésmente – Y es mi deseo acceder a la Universidad Arcana de la Ciudad Imperial, por eso heme aquí.

La anciana la observó con una mirada fatigada.

- Así pues, buscas palabras, que no sabiduría, jovencita. – murmuró distraídamente - Las palabras son... difíciles. Van y vienen. Sin embargo, las voces... de lo fuertes que son, ahogan las palabras.

- ¿Qué voces, señora Dagail? - inquirió la chica.

- Hablas, pero no puedo oírte. Escuchas, pero no puedo hablar. Cuando las voces se apacigüen, podremos entendernos. – repuso la mujer enigmáticamente, volviendo a cerrar sus ojos céreos de muñeca desamparada – Nada cambia, hija querida. Los gritos de esas voces continúan, pero yo no soy capaz de escucharlos. Mi voz se quiebra y mi alma vuela.

Tempest nunca había sido muy atenta con los acertijos, se le daban mal y, por más que la vieja Rarvela tratase en su día de hacerle razonar las soluciones a estos mismos, la chiquilla nunca había sido una alumna muy despierta en cuanto a matices del lenguaje. Ahora lo lamentaba.

- ¿Ésas voces le molestan, señora? - preguntó.

La matusalénica bosmer no abrió los ojos.

- Las voces son el mar, y yo soy náufrago de las palabras, jovencita. – musitó suavemente – Perdí mi ancla, mi barco y mi norte y no puedo encontrarlos. – susurró – Perdí la piedra base de mis cimientos.

- ¿Una piedra? - susurró Tempest a su vez, contagiada de la quietud de su interlocutora y con una creciente confusión anidando en su cabeza - ¿Perdió usted una piedra?

La anciana abrió los párpados de golpe.

- ¡Sí, sí! - susurró emocionada - ¡Oh, sí! Mi piedra... sin mi amuleto, mi piedra para mantener las voces alejadas, las palabras nunca vienen y se quedan. – en esto que giró la cabeza y miró fijamente la electricidad azul de los ojos de la joven con el brillo perlino de los suyos - ¿Levantarías tus manos para ayudar a otro, para ayudarme a encontrar las palabras?

- Si está en mi mano, le ayudaré con lo que pueda, señora. – asintió la chica, conmovida por la fragilidad de la vieja.

- Sé lo que deberías preguntar. Deberías traer luz a lo que permanece en la oscuridad, traer silencio a las voces que aúllan. Sé adónde quizás tus pasos te conduzcan. – bisbiseó Dagail muy deprisa - La sangre corrió azul y los dragones bramaron su último Thu'um. Bajo torres derruidas y cuerpos rotos yace ahora enterrado, esperando paciente a ser encontrado. – jadeó - Todo lo que es de mi señor debe ser mío, así las palabras volverán al cauce del río. Ve pues, y entre tantas piedras del pasado, encuentra la única que yace en el lecho enterrado.

Y entonces, súbitamente, la mujer se desplomó como un títere roto, volviendo a quedar inconsciente, dormida en un sueño intranquilo.

La muchacha imperial la observó un momento y, haciendo caso a un repentino sentimiento de protección, acomodó las mantas y los almohadones a la elfa y le pasó una mano por la amplia frente, casi tan blanca como la de ella y surcada de vetas azuladas, rezando en su interior por que aquel espíritu místico hallara el sosiego del que parecía privado en aquellos instantes.

Abandonó la estancia procurando hacer el menor ruido posible y bajó a ver a Ágata para contarle lo sucedido y que, de algún modo, le interpretara toda aquella maraña de palabras que su entendimiento no lograba descodificar con claridad.

- Supongo que has hablado con Dagail, ¿verdad? - le dijo la nórdica tratando de mantener la compostura mientras ordenaba una serie de cuantiosos ingredientes en sendas estanterías y arcones - Entonces te habrás percatado de que no está muy bien.

- Sí, me he dado cuenta. – asintió la chica comprensivamente – Parece una buena mujer, pero la veo muy frágil, tanto de cuerpo como de mente.

La nórdica se giró entonces hacia ella y la observó detenidamente, juzgando a la pequeña muchacha frente a ella. Percibió la duda en sus palabras, sí, pero también una bondad inequívoca que le hizo confiar de inmediato en ella.

- Bueno, ella... tiene visiones, por así decirlo. Si bien han sido muy útiles en ocasiones, últimamente solo le han dado problemas. – explicó apesadumbrada - Había un amuleto, una reliquia de familia, que llevaba para anular, y en ocasiones centrar, las visiones. – dijo con evidente tristeza - Pero perdió el amuleto y, por lo tanto, el control.

- Algo me dijo acerca de una piedra. – convino Tempest - Me ha pedido que la busque... por así decirlo, pero fue muy críptica. No entendí palabra. Me habló de un lugar de torres derruidas y cuerpos rotos donde yace algo o alguien en un lecho enterrado. – explicó muy seria – Creo que hablaba de una tumba o un mausoleo. Pero no sé qué significa.

Ágata le dio una mirada de sorpresa, casi admirada.

- Me sorprende que te haya hablado del tema y que haya sido tan explícita contigo en sus indicaciones. – repuso extrañada – Sin duda algo debió de hacerle pensar que eras una persona de fiar ya que nadie del Gremio o incluso de esta misma sede está informado de este contratiempo. – se llevó una mano a la barbilla y lo estimó un momento - ¿Te dijo algo más?

- Habló sobre dragones que bramaron su último... ¿"Tum", puede ser?

- Thu'um, querrás decir. – corrigió la nórdica severamente – El lenguaje ancestral de los dragones concentrado en gritos de poder separados por tres palabras. – instruyó rápidamente, viendo la cara de desconocimiento que esgrimió la pequeña muchacha – Supongo que no estás al tanto de las leyendas nórdicas ni de la Profecía del Sangre de Dragón. – concluyó meneando la cabeza – Prosigue.

- Bueno... – aventuró Tempest, confundida por la extraña información que acababan de darle – También me dijo algo sobre sangre que corrió azul. No sé más.

La mujer meditó un instante estas palabras.

- Habla con el resto de los magos. – sugirió – Mira a ver si alguno ha visto la piedra y déjame pensar en el significado de lo que acabas de contarme... Dagail es un ser enigmático como enigmáticas son sus visiones. Dame tiempo e infórmame de todo cuanto puedas averiguar.

Y Tempest inició su labor de investigación con ganas, le daba pena la frágil anciana y no le parecía que lo estuviera pasando demasiado bien con aquel batiburrillo de voces en su cabeza. La vejez, desde luego, era muy ingrata, y máxime para una persona con un don como el suyo. Si no tenía cuidado, su mente podría acabar en manos de Sheogorath.

Preguntó, buscó por todo el edificio... y no avanzó en nada.

Para despejarse, pensó que sería agradable darse un paseo por la ciudad, ya que el aguacero veraniego había finalmente cesado.

Paseando despreocupadamente por las vacías calles de Leyawiin, contempló las diferencias que radicaban en la escisión de clases y, por consiguiente, en la diferenciación de la "zona rica", donde habitaban los humanos y los mer de alto standing, y la "zona pobre", donde vivían los argonianos, los khajiitas, los orcos y los dunmer.

- Señorita. – oyó que le decía a sus espaldas una lastimera voz femenina - ¿Puedes darle a esta una moneda? Con ella hay para una barra de pan para todo el día...

Tempest se giró ceñuda, dispuesta a contestarle que le colase ésa trola a su madre, cuando se encontró cara a cara con una esquelética mujer khajiita de apagados ojos verdes que le extendía, casi con miedo, una flaca mano en señal de limosna.

La visión de aquel ser demacrado y triste le trajo a la mente la imagen de Ne'Quinla con tal viveza que, sacándose inmediatamente la bolsa del cinto, contó doce monedas y se las colocó en las suaves y huesudas manos de uñas afiladas.

La mujer la observó con los ojos como platos hasta que, temblando, hizo ademán de devolverle el dinero.

- No, señorita. – negó con la cabeza, casi asustada – Esta khajiit no puede aceptar tanto dinero de tu gentileza. Solo una moneda, solo una moneda...

- No te preocupes. – le dijo Tempest sonriendo ligeramente – Este dinero es mío y tuyo, porque Nocturnal nos cubre a ambas con sus alas.

La khajiit entonces la observó, anonadada.

- ¿La señorita es mensajera del Portador de la Cogulla Gris? - susurró en voz baja.

- Eso es. – asintió la chica tomándole las manos y cerrándoselas en torno al oro – Así que considéralo un regalo, un golpe de buena suerte.

- Oh... - los ojos de la otra brillaron – Que las sombras entonces guarden a la señorita de todo mal, en esta khajiit siempre hallarás a una amiga si lo necesitas. – añadió con una sonrisa.

Tempest asintió, sonriendo a su vez y se alejó despidiéndose con la mano, contenta de saber que, con aquella, sí que había hecho una buena obra. Con solo observar detenidamente a los mendigos se sabe si su necesidad es verdadera o si se están aprovechando de tu dispendio descaradamente. Y ella ya sabía cómo identificarlos.

Encontró un banco que había permanecido resguardado del temporal por la techumbre de la fachada de una pequeña mansioncita y se sentó con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos, pensando en qué hacer con el tema de la anciana Dagail y la recomendación.

- ¿Todo en orden, ciudadana? - oyó que le decían desde arriba.

Tempest alzó la vista y se encontró con uno de los guardias locales observándola fijamente.

- Oh, sí, no se preocupe. – contestó cansada – He venido a Leyawiin por asuntos relacionados con el Gremio de Magos.

A los guardias, cuando te preguntaban eso, mejor decirles las cosas lo antes posible; porque como tuvieran la tarde mala, eran muy capaces de retenerte en mitad de la calle hasta que dieras respuesta a sus cuestiones.

El hombre observó detenidamente su túnica gris y asintió satisfecho.

- No se vaya por los barrios bajos de noche. – le previno el hombre – Leyawiin es una ciudad segura, pero no podemos prever cuándo un carterista decide actuar. Y últimamente ha habido ya varios robos tanto en casas como a los peatones.

Tempest asintió, añorando sus ingresos de cuando estaba en el Gremio de Ladrones.

Eso le dio una idea.

- Oiga. – le detuvo con la mano cuando el hombre ya se disponía a seguir con su ronda – Busco trabajo, ¿sabe a dónde debería ir o a quién preguntar?

El guardia la observó un momento, indeciso.

- El conde anda haciendo preguntas en el castillo sobre una orca que se hace llamar Mazoga y que asegura haber sido nombrada Caballero. – explicó – Si te interesa, ve a ver qué sucede. Puede que el conde te recompense tus desvelos si lo solucionas.

Tempest entonces dio las gracias y se encaminó a paso ligero hacia la fortaleza noble de la ciudad.

Al llegar, atravesó unos muy cuidados jardines que le abrieron paso hacia el pórtico principal, llamó firmemente y le abrieron.

- ¿Qué asuntos te traen al castillo, ciudadana? - la interrogó uno de los hombres que le habían abierto la puerta.

- Me han hablado de una orsimer que dice ser Caballero y quiero ayudar.

Los hombres se miraron entre sí, confusos.

- Bueno... - aventuró el otro – Nos harías un gran favor. Lleva desde primera hora de la mañana en el rellano y se niega a moverse de allí hasta que se le conceda una audiencia con el conde.

- ¿Y por qué no se le concede? - inquirió la chica, ceñuda.

- Cuando la veas lo entenderás. – repuso el hombre dejándola pasar – Buena suerte.

Tempest entonces se dirigió en línea recta hasta la sala de recepciones donde los nobles solían atender las cuitas de los plebeyos hasta que, a mitad de camino, advirtió a su derecha una imponente figura femenina enfundada de arriba abajo en una armadura de acero que se hallaba de pie, de brazos cruzados.

Al aproximarse unos pasos a ella, entendió los motivos que no le permitían la entrada a la sala de recepciones: se trataba de una mujer hercúlea, alta, con las espaldas tan anchas como las de cualquier nórdico hecho y derecho, con cara de mala bestia y, ante todo, con un señor mandoble de artesanía dwemer colgado a la espalda.

Si dejaban entrar a una tipa así donde se hallaba el conde, de tratarse de una loca ni cinco guardias podrían contenerla.

Impresionada, que no acobardada, Tempest le tocó en el hombro desde atrás.

La mujer orco se giró rápidamente y, tras bajar significativamente la vista para enfocar debidamente a su interlocutora, frunció el equivalente a su ceño.

- ¿Eres el conde? - preguntó bruscamente con una voz firme y rasposa.

Tempest enarcó una ceja. Vaya pregunta más tonta.

- ¿Y si te digo que sí, qué pasa? - le dijo serenamente, con una nota de humor.

La imponente orca le mostró los colmillos inferiores hasta la encía.

- Te diría que eres una mentirosa. – respondió resueltamente – El conde es un hombre y tú no eres un hombre.

Muy sagaz. – pensó Tempest sarcásticamente.

- Me han dicho que quieres una audiencia con él. – aventuró - ¿Puedo preguntarte por qué?

La mujer orco estrechó sus ojillos color ámbar.

- Eso es asunto mío. – replicó sucintamente.

Tempest torció la boca.

- ¿Y si te digo que podría intentar ayudarte?

- Pues yo te contestaría que la velocidad se demuestra andando. – concluyó la mujer – Así que, si vas a ayudarme, tira millas y habla tú con el conde. A mí no me dejan.

La joven asintió, admitiendo el punto de razón de la orca, y se encaminó rápidamente hacia la Gran Sala del castillo.

Una vez atravesó la puerta que daba al vestíbulo, Tempest se encontró con una amplia habitación que comunicaba con el piso de arriba por dos tramos de escaleras situados a ambos lados de los tronos donde se hallaban sentados en aquellos instantes el conde y su esposa, respectivamente. Tras ellos ondeaba el estandarte del condado, que representaba la figura de un corcel blanco sobre un fondo verde oscuro.

Tempest se aproximó lenta y respetuosamente, no teniendo una idea precisa de cómo actuar ni de cómo acatar el protocolo estipulado frente a la nobleza.

Se detuvo a los pies de los tres peldaños que ascendían a la pareja e hizo una torpe reverencia.

Al alzar la vista se encontró con los ojos azules del noble varón estudiándola al detalle. Su mujer, por el contrario, parecía aburrida.

- Marius Caro, por la gracia de Los Nueve, conde de Leyawiin. – habló entonces el hombre con voz suave - No te conozco, pero sé bien hallada.

- Er... gracias... Señor. – replicó Tempest tratando de no ponerse nerviosa.

La condesa la observó entonces desde su altura y rió discretamente tras el abanico de encaje verde y blanco que usaba de tanto en tanto para darse aire. Tempest se percató, inconscientemente, de que aquella mujer no sería mucho más mayor que ella ya que le estimó en torno a los veinte, veintiún años, mientras que su marido evidentemente había rebasado ya ampliamente la cuarentena.

Los matrimonios desiguales entre nobles estaban a la orden del día y Tempest no envidió en absoluto la posición social y los privilegios de aquellos dos.

- ¿Qué te trae ante nuestra presencia? - inquirió el conde amablemente - ¿Tal vez querrías realizar un servicio al condado de Leyawiin?

- Sí, a eso he venido, Señor. – dijo Tempest tratando de ignorar la mirada de diversión de la joven condesa – Hay una mujer, Mazoga, que desea concertar una audiencia con vos. - ¿era apropiado el uso del plural mayestático con ésta gente? - Y se niega a hablar del asunto con nadie más.

El conde asintió. Ya sabía de qué le hablaban, llevaba todo el día con la misma preocupación desde que se levantara. Porque la susodicha preocupación llevaba plantada a su puerta desde primera hora de la mañana.

- Ah, sí. – musitó – La mujer-Caballero. No sé qué pretensiones trae, pero si logras averiguar el por qué está aquí, tu servicio no será ignorado. – repuso cansadamente – Como comprenderás, no puedo dejarla entrar dada la descripción que hacen mis guardias de ella.

- Comprendo, Señor. – asintió Tempest inclinándose nuevamente y preparándose para marcharse.

- Aún no nos has dicho tu nombre, forastera. – la interpeló la voz de gorrión de la condesa Caro.

Tempest se giró, despacio.

- Hija de la Tempestad. – respondió.

- Un nombre curioso, querida. – dijo la mujer graciosamente, como correspondía a una dama de su porte - ¿De dónde procede, si no es indiscreción?

Será cotilla la tía esta...

- De la Ciudad Imperial. – replicó la chica serenamente, dando media vuelta de nuevo para ir a buscar a la mujer orco en el vestíbulo.

La encontró cruzada de brazos, como antes, pero esta vez estaba dando golpecitos en el suelo con el pie impacientemente.

- ¿Y bien? - exigió - ¿Puedo hablar con el conde o no?

- Me parece que les das un poco de miedo. – comentó Tempest con una sonrisa – Por eso no te dejan entrar.

La mujer, Mazoga, le dio una mirada llena de incredulidad.

- ¿Miedo?, ¿a mí? - inquirió sorprendida - ¿Y por qué iban a tenerme miedo?, ¡solo quiero hablar!

- Pues porque los guardias te han descrito algo así como una especie de guerrera berserker. – repuso la chica – Así que me mandan a mí de intermediaria, no vaya a ser que les destroces el cráneo de un pisotón.

La orca abrió desmesuradamente los ojos ante aquella revelación y se echó a reír a carcajadas.

- Oh, demonios, está bien. – concedió – Entonces hablaré contigo. Soy Mazoga.

- Vale, yo soy Tempest, encantada. – saludó la chica con una sonrisa – ¿Solo Mazoga a secas?, ¿no tienes apellido ni nada?

La mujer hinchó pecho.

- Soy una orca. Nací bajo una piedra y no tengo padres. Por eso no necesito apellido. – repuso orgullosamente - Imagino que no sabes cómo dirigirte a un Caballero. Así que te enseñaré. Tienes que decir: "Sí, Señor Mazoga".

Tempest volvió a enarcar una ceja.

- ¿"Señor"? Eres una mujer.

- Soy un Caballero. Así que llámame "Señor". Tienes que decir: "Sí, Señor Mazoga".

Tempest entonces optó por seguirle el rollo. Total, si eso le hacía feliz...

- Sí, Señor Mazoga. – repitió como una colegiala que se ha aprendido bien la lección.

La mujer pareció entonces relajarse un poco.

- Bueno, vale. – consintió, complacida – Pero no lo olvides.

- Pero... - dudó la chica – Un Caballero se supone que ha de estar al servicio de un Lord, ¿no?

- Soy un Caballero INDEPENDIENTE. – recalcó la mujer orco firmemente - No tengo Señor. ¿Algún problema?

- No, Señor Mazoga, en absoluto. – replicó Tempest siguiendo la dinámica.

- Bueno, vale. – repuso Mazoga, interiormente halagada de que alguien se tomase por fin en serio su título - En la ciudad hay un argoniano llamado Weebam-Na. Tráelo aquí por mí.

Vale, ya empezamos a sacar información más precisa. – pensó la chica.

- Ve y dile que quiero verle. – prosiguió la orca con voz de mando - Aquí. Ahora mismo.

- ¿Y si no quiere venir? - inquirió Tempest.

- Entonces te autorizo a que le des de mamporros hasta que entre en razón. – replicó la otra tranquilamente.

Tempest sonrió. Qué tía tan rara, era de lo más graciosa. Lejos de darle miedo, le parecía hasta simpática.

- Muy bien, Señor Mazoga. – se despidió – Me pongo a ello.

Y salió de palacio, con la tarde ya cayendo, para buscar al susodicho Weebam-Na.

Encontró a la mendiga khajiita de antes y le preguntó por el argoniano. La mujer, feliz de poderla ayudar, le indicó la zona pobre de la ciudad, en concreto una de las chozas cercanas al pequeño estanque que servía de piscina a los ciudadanos, siempre y cuando estos no lo ensuciaran.

Tempest llamó a la puerta de la casa y, tras esperar un par de minutos, le abrió una argoniana envuelta en una sábana de algodón. Parecía molesta.

Tempest se ruborizó avergonzada entendiendo que había interrumpido algo muy íntimo y, tras convencer al tal Weebam-Na de que se vistiera y le acompañase, los dos marcharon de vuelta al castillo mientras el argoniano iba silbando una melodía de manera particularmente inquietante, ya que semejaba al silbido de una serpiente.

Argonianos... - supuso Tempest.

Al llegar y atravesar el pórtico, Tempest llevó al hombre en presencia de la orca, quien le exigió de inmediato que la llevara hasta un lugar que denominó "Roca del Pescador".

- La Roca del Pescador se halla al Norte de Leyawiin, a unas seis horas andando, en un punto de tierra de la costa oriental del Niben. – le informó el argoniano - Pero si no me dices por qué, no te llevaré a ninguna parte.

Mazoga entonces se mosqueó.

- Entonces, ¡al infierno contigo! - replicó airada.

El hombre se encogió de hombros, riendo, y se dirigió a Tempest antes de irse.

- Tiene muy malos modales. – le dijo en voz baja, todas y cada una de sus palabras impregnadas del característico acento sibilante de los de su raza - Ser su amigo puede resultar una tarea ardua. Pero mi instinto me dice que quizás valga la pena. – añadió antes de desaparecer por la puerta.

Bueno, al menos el hombre no se había mosqueado y no parecía ofendido.

La chica entonces volvió al lado de aquella colosa.

- Weebam-Na no me llevará a la Roca del Pescador. – le dijo, evidentemente ofendida - ¿Sabes dónde está? Me podrías llevar tú.

- Bueno... – dijo la chica, dudando – El argoniano ha dicho que está al Norte, a seis horas de aquí por la costa oriental. – expuso – Yo no me oriento muy bien, pero lo puedo intentar.

Mazoga asintió, complacida.

- Bien, entonces en marcha. – ordenó.

Y Tempest, básicamente, fue quien la siguió a ella y no al revés hasta el susodicho lugar.

Tardaron, efectivamente, casi seis horas en llegar desde Leyawiin y la noche veraniega ya había extendido sus alas sobre Cyrodiil.

Mientras iban caminando a orillas del río y procurando no tropezarse con la maleza circundante, ambas se dejaron envolver por el cántico nocturno de los grillos y las luces fugaces de las luciérnagas sobrevolando los marjales.

- Todavía no entiendo por qué quieres ir hasta allí. – dijo la chica, pegada a la enorme silueta de la orca para no perderse en la oscuridad - ¿Qué tiene de particular la Roca del Pescador ésa?

Mazoga bufó.

- Hay un tipo, Mogens "Cambiavientos", que acampa en la Roca del Pescador. Así que primero hablaré con él y veremos lo que sucede. – dijo; pero, al no oír respuesta por parte de la pequeña imperial a su lado, se giró bruscamente hacia ella - ¿Me has oído? Primero HABLARÉ con él. Nada de partirle la boca ni arrancarle de cuajo la cabeza. ¿Entendido?

Tempest la observó sorprendida. O sea... ¿que estaban yendo a por un tipo al que la tía tenía pensado zurrar de lo lindo?

- ¿Vamos a pelearnos con el tío ése? - inquirió alzando las cejas. Teniendo cerca a la musculosa orsimer sentía de todo menos miedo de enfrentarse a quien fuese, pero la perspectiva tampoco era lo que se dice demasiado... apetecible.

- Puede ser. – dijo la orca sonriendo y prosiguiendo con la caminata - Ya sabes cómo son estas cosas. Pero no hasta que acabe de hablar.

- Entendido.

Al cabo de unos veinte minutos divisaron el fuego de un campamento, y había varias tiendas montadas. El tipo no estaba solo.

Mazoga la orca caminó resueltamente hacia el fuego y se plantó de dos zancadas con los brazos en jarras y las piernas separadas frente a un corpulento nórdico con el cabello largo y ralo que estaba sentado en un taburete, asando patatas en la lumbre con una varilla de hierro.

El hombre la observó sorprendido, tomó nota de la presencia de la imperial canija tras aquella colosa, y se puso en pie. Aquel tipo imponía mucho, mínimo mediría unos dos metros de estatura.

- ¿Me recuerdas? - le dijo la orca a aquel tipo serenamente.

Aunque su mirada supurase el más puro odio que Tempest jamás hubiera visto en otra persona.

- Pues no. – replicó el nórdico llevando la diestra a la empuñadura de su espada lentamente tras haber procesado aquella mirada - ¿Quién eres?

- Soy Mazoga. – repuso la mujer orco valientemente - Mataste a mi amigo, Ra'vindra.

El nórdico le dio una mirada torcida.

- No sé de qué estás hablando. – replicó curvando una comisura de la boca hacia arriba, como si se estuviera burlando de ella.

- Eres un maldito mentiroso. – le dijo la orca impasiblemente - Mataste a Ra'vindra y ahora voy a matarte yo a ti. – acusó desenvainando su imponente mandoble dwemer y haciéndolo oscilar sobre su cabeza.

El nórdico, sonriendo torcidamente, también desenvainó su espada y cargó de frente contra la orca.

Los compañeros de crimen del tal "Cambiavientos" salieron inmediatamente de sus tiendas y atacaron a la hercúlea mujer, quien se defendía hecha un basilisco, bloqueando y lanzando barridas con su portentosa arma hasta que logró tirarle la espada a una elfa oscura que había intentado apuñalarla por la retaguardia.

La dunmer se alejó unos metros, preparó su arco y se dispuso a tensarlo con una flecha de ébano que iría directa al corazón de la orsimer cuando notó cómo le pateaban súbitamente la espinilla, le arrancaban el arco de las manos y le apuntaban a la yugular con el filo de una katana.

- Intenta algo y te quedas sin cabeza. – la amenazó, para su mucha sorpresa, una cría humana de pelo verde que no le llegaría ni a la altura de la nariz – Tira el carcaj y sal por patas antes de que me arrepienta.

La elfa giró la vista un momento y, tras ver los cadáveres de su otros dos compañeros khajiitas tirados en el suelo y cómo su líder, "Cambiavientos", no ganaba terreno en aquella pelea con la mujer orco, hizo lo que se le ordenaba temblando como una hoja y salió corriendo hacia el río, el cual atravesó a nado hasta la otra orilla para desaparecer en mitad de la negra espesura del bosque.

El nórdico, tras unos minutos, se vio reducido por Mazoga, quien le tiró la espada al suelo, le empujó con un pie de acero hasta la hoguera y, al tiempo que contemplaba cómo aquel desgraciado se quemaba, le hundió su mandoble en el corazón.

El fuego se apagó bajo el peso muerto del hombre y la sangre que manaba en riadas de su pecho. Mazoga resopló, sudorosa y súbitamente cansada y se desplomó sobre el taburete donde había estado "Cambiavientos" asando patatas. Clavó su mandoble dwemer en el suelo.

Tempest envainó su katana y se aproximó, poniendo cuidado en no tropezarse con los cadáveres, a la mujer en la penumbra de la noche, los rostros de ambas levemente iluminados por el brillo de las estrellas.

- ¿Estás bien? - preguntó la chica descansando una mano pequeña y blanca sobre el hombro acorazado de la orca.

- Mantuve mi juramento. Mogens "Cambiavientos" está muerto. – jadeó Mazoga ausentemente, su usual temperamento fuerte y decidido trocado en algo... súbitamente contemplativo - Mogens "Cambiavientos" tenía una banda. Se dedicaban a robar y matar viajeros. Pero Ra'vindra los vio e informó a los guardias.

La chica esperó pacientemente a que continuara. Aquello era importante.

- Mogens escapó, pero antes mató a Ra'vindra... mi mejor amigo, Ra'vindra. - en esto que a Tempest le pareció ver que brillantes lágrimas sin caer asomaban a los ojos de la orca - Aquel día, me convertí en Caballero e hice un juramento de Caballero. – dijo seriamente, alzando la cabeza y mirando a la pequeña chica fijamente - Estuve buscando durante mucho tiempo y pregunté a todo el mundo, hasta que por fin oí que se ocultaba en la Roca del Pescador.

- Lo siento mucho. – dijo Tempest con pena – Sé lo que es perder a un amigo.

La mujer sonrió levemente.

- Bien. – suspiró – Ahora ya lo sabes todo. Me has ayudado y eso nunca lo olvidaré. Me has ayudado a cumplir mi juramento y honrar la memoria de Ra'vindra. Gracias.

Tempest sonrió y ambas se quedaron un rato en silencio.

- ¿Qué hora crees que será? - dijo la chica imperial de pronto.

- Ni idea. – respondió Mazoga encogiéndose de hombros – Bastante tarde, supongo.

- Pues yo no he cenado.

- Ni yo.

- ¿No tienes hambre?

- Pues sí, bastante.

Ambas lo sopesaron un momento.

- Seguro que nunca has acampado a la intemperie. – aventuró Mazoga riendo.

- Que te lo crees tú, llevo AÑOS viviendo por los caminos, el invierno pasado eso cambió. – dijo Tempest recordando con cariño a Martin, a Jauffre y a sus Hermanos Cuchillas.

- ¿Y cómo así?

- Es una larga historia.

- Tenemos toda la noche.

- ¿Rodeadas de cadáveres?

- No seas tiquismiquis. De todos modos podemos rodarlos lejos a patadas.

Tempest se rió.

- Qué bruta eres, Señor Mazoga.

- Puedes llamarme Mazoga a secas.

- Vaya, ¿me he ganado ése derecho? - inquirió la chica con socarronería.

- Ten cuidado, Nirn, todavía puedo echar marcha atrás. – advirtió la mujer orco, riendo.

Tempest enarcó una ceja.

- ¿Nirn?, ¿por qué me llamas Nirn? - preguntó.

- Porque tienes el pelo del mismo color que las hojas de las raíces de Nirn. – replicó Mazoga tranquilamente.

- No me gustan los motes.

- No hace falta que te guste.

- Mira que eres de tu pueblo...

- Soy una orca.

- Una orca testaruda.

- Lo que tú digas.

Y las dos pasaron la noche bajo las estrellas, comiendo, riendo, charlando, conociéndose.

Aquello fue el comienzo de una hermosa amistad.


Nota de la autora: vale, nos vamos acercando, lentos pero seguros ^^

Zyra Rose Weasley: me encanta que te diviertas ^^ Seguiré publicando, que aún no ha llegado lo fuerte. Hasta ahora los capítulos están siendo muy amables ya que Tempest de por sí es un personaje amable, bueno.

Ando fastidiada y he escrito esto con mucha paciencia ya que tengo un dedo malo y me cuesta teclear sin él :( Por lo demás bien, acabamos de meter a Mazoga en el ajo, que será una buena amiga para Tempest y le hará las veces de guardaespaldas en misiones de riesgo. No he acabado con el Gremio de Ladrones ni mucho menos, esto es una pausa temporal, tranquilos. Por lo demás, un saludo a todos y, si os gusta, seguid leyendo ^^