Capítulo IX: Alianza

—Pobre Koga, tiene la cara hecha un Cristo.

—¿Cómo dices? —preguntó Ayame levantando la mirada de su marido.

No era el momento de explicarle de donde venía la expresión, sabía por experiencia que cuando explicaba algo referente a su tiempo iba acompañado de más preguntas, y ella no tenía ánimos en ese momento de contar la historia de Jesucristo.

Habían pasado un par de horas desde su encuentro con Inuyasha y la brutal paliza que le había dado a Koga aún se reflejaba perfectamente en el hermoso rostro del lobo cuando, generalmente, esos hematomas y cortes ya deberían haber empezado a borrarse. Aunque Inuyasha se había pasado, Koga también había cruzado una línea. Él estaba casado con Ayame y ella con el estúpido de Inuyasha, jamás debió haberla besado. Aún no era capaz de mirar a Ayame después de lo ocurrido. Koga seguía enamorado de ella y no podía culparle, porque ella mejor que nadie sabía que en el corazón no se mandaba, pero las acciones eran su responsabilidad y había traicionado la confianza de su mujer, la cual lo miraba con infinito amor y preocupación.

Un pinchazo se instaló en la boca de su estómago y soltó un suspiro, agotada por todo los acontecimientos que hacían que su vida pareciese sacada de un Manga.

—Él no te ha olvidado —musitó Ayame, apretando las manos contra sus muslos.

Kagome la miró. ¿De verdad iba a tener esta conversación con ella?

—Lo siento.

¿Lo siento? ¿Enserio había salido eso de su boca?

Ayame dejó escapar una triste y ahogada risita.

—Supongo que no puedo hacer nada por evitarlo. Llevo casada con él tres años y no ha dudado en dejarme e ir corriendo en tu busca en cuanto tuvo indicios de que habías regresado. —Su labio inferior tembló e, incapaz de seguir ahí, se levantó y se alejó unos pasos de ellos, buscando algo de intimidad.

Kagome la siguió con la mirada en silencio, sintiendo su corazón lleno de pesadumbre.

Creía que Koga le había hecho caso y había regresado junto con su manada. El problema al que se enfrentaba era suyo, no quería inmiscuir a más personas y menos las que ya tenía una vida formada. Por eso le había pedido a Miroku que regresase, él tenía a su esposa y a sus hijos y si algo le pasaba en esa búsqueda dejaría a muchos corazones destrozados. Una parte de ella también deseaba proteger a Shippo, pero la parte más cobarde necesitaba de un amigo a su lado en el cual apoyarse y sabía que eso ayudaría al youkai en su camino para volverse fuerte.

Miró a su amigo y ambos no necesitaron palabras. Se levantó y caminó hasta Ayame. La loba estaba apoyada contra un árbol y se giró al sentir su presencia acercarse.

—Partiremos —anunció —. Agradezco la preocupación de Koga y ahora está en las manos en las que debe estar. Lamento que mi esposo perdiese así el control.

Ayame frunció el ceño.

—¿Tu esposo? —preguntó —. ¿Inuyasha fue el que le hizo esto?

Oh, por Kami, había metido la pata. Ayame dio un paso hacia ella mirándola tan intensamente que no pudo evitar dar un paso hacia atrás y mantener la distancia que ella había acortado.

—Inuyasha ha perdido su espada y se ha convertido en un demonio completo —explicó rápidamente —. Está fuera de control.

—Inuyasha siempre ha peleado con Koga y todas las peleas eran porque se acercaba demasiado a ti. —Ella entornó los ojos —. ¿Qué ha hecho Koga para que perdiese los nervios y lo dejase así?

Suficientes problemas tenía como para agregar uno más. Si ella quería saber que era lo que su esposo había hecho, debía de preguntarle a él. La había besado sin su consentimiento delante de su esposo y ya había tenido que lidiar con los celos de Inuyasha como para hacerlos con la esposa del culpable.

—No creo que debas mantener esta conversación conmigo —dijo.

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Inuyasha estaba subido a la rama de un árbol, con la espalda recargada en el tronco y miraba al horizonte. En algún lugar no muy lejos, en esa dirección, estaba Kagome. Podía sentirlo dentro suya. Había tratado de correr lo más lejos posible para tranquilizarse. Había gruñido y golpeado unos árboles, los cuales había derribado con su brutalidad, pero lo que realmente quería era despellejar a un lobo y hacerse un abrigo con su piel.

Dejó escapar el aire despacio por la nariz y se inclinó hacia delante, apoyando la cabeza entre sus manos. No importaba lo que hiciese o cuanto empeño pusiese, no podía alejarla de sus pensamientos. Como un tonto, había vuelto sobre sus pasos y, aunque se había repetido a sí mismo que era porque debía seguirla y encontrar a Colmillo de Hierro, lo cierto es que el sentimiento que oprimía su pecho era mucho más fuerte que su orgullo y su raciocinio.

Su mujer lo había abandonado y se había largado con ese desgraciado. Su deseo era convertirse en un gran demonio, el más poderoso, ¿qué pensarían sus adversarios si se enteraban de que un lobo mugroso le había arrebatado a su hembra? Jamás iba a perdonar a Kagome esa humillación.

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Okuru tenía razón, su herida estaba sanando con rapidez debido a la unión con Inuyasha. Se sentía más fuerte, tanto física como espiritualmente. Ahora que emprendía el viaje con Shippo procuraba entrenar por las mañanas y fortalecer su poder. Quería ser una sacerdotisa tan poderosa que no se achantase ante ningún demonio. No quería depender de nadie para que la protegiese. Antes siempre había dependido, sin quererlo, del medio demonio. Él había jurado protegerla y había cumplido con su palabra con desesperación. Adoraba el hecho de que la cuidase de esa forma, pero también, en muchas ocasiones, se había sentido un estorbo y una inútil. Era la reencarnación de Kikyo, esa mujer no había necesitado de nadie para enfrentarse a sus enemigos y era algo que admiraba. No había razón para no superarse.

¡Estaba decidida! Ella sería independiente.

Un alma voraz.

Una guerrera.

Tropezó con una piedra y cayó de rodillas en el suelo. Todo su cuerpo se quejó.

Apretó los dientes y, molesta, dio una patada a la piedra que salió volando perdiéndose entre unos matorrales.

—¿Estás bien, Kagome? —preguntó Shippo tendiéndole la mano.

—Sí, una piedra no podrá conmigo —dijo sonriendo.

—Sería mejor si dijeses eso una vez te hayas levantado del suelo.

Los dos soltaron una carcajada y agarró la mano que su amigo le tendía. Al levantarse, abrió la boca para agradecerle cuando escuchó un escalofriante gruñido. Con lentitud, ambos giraron la cabeza y vieron un gigantesco demonio con la dichosa piedra en la mano y frotándose la cabeza. Sus ojos saltones se posaron en ellos y, furioso, les enseñó los dientes.

—¡Corre! —gritó Kagome.

Por suerte, el enorme demonio ni era muy listo ni muy rápido. Estuvieron corriendo hasta perderlo de vista. Con la respiración agitada, Kagome se agarró el estómago y trató de regular los alocados latidos de su corazón.

—¿Crees que lo hemos perdido? —preguntó de forma entrecortada.

Shippo miró por encima de su hombro.

—Yo diría que sí, pero yo no me quedaría mucho tiempo en el mismo sitio.

—Mejor no tentar nuestra suerte —dijo soltando una risita. Sobre todo la suya que parecía haberla abandonado.

—Echaba de menos estos momentos —admitió Shippo devolviéndole la sonrisa.

Debía admitir que ella también. Vivir tranquilamente en la aldea estaba bien...pero tener un poco de acción también. A pesar de que en las últimas semanas había tenido suficiente.

Shippo se tensó de pronto y empezó a olisquear el aire. Ella lo imitó, aunque no olía nada.

—¿No lo hueles?

Con el ceño fruncido, sacudió la cabeza.

La cola del demonio estaba tensada y él continuó olisqueando el aire, buscando la dirección de donde provenía. Kagome miró hacia la izquierda y, por encima de las copas de los árboles que se extendían ante ellos, vio una humareda negra.

—Será mejor que nos acerquemos. Pueden necesitar nuestra ayuda

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Inuyasha se agachó y tocó el rastro de sangre seca que teñía la gravilla del camino. Tan sólo era una simple mancha, pero reconocía el olor en cualquier parte. ¿Cómo era posible que esa mujer siempre estuviese sangrando? Recordaba el tiempo en el que, de una forma u otra, siempre conseguía meterse en algún lío que hacía peligrar su vida y como eso le quitaba años a la suya de preocupación.

Viéndola tan frágil, torpe y perdida en un mundo que era extraño para ella, juró protegerla. Por supuesto, que eso había sido su antiguo yo. Por eso había roto su promesa y no sentía remordimiento alguno al haber intentado acabar con la única persona que suponía un calvario para él. Si ella moría, él sería libre. Había sido un ingenuo y un iluso al albergar esos sentimientos.

Se incorporó y unió sus manos en el interior de las anchas mangas de su haori.

Tenía que ser más rápido que su mujer, ella tenía una información valiosa de la espada y, aunque en un principio pensó que sería mejor que ella le llevase directa hacia la espada y deshacerse de una vez por todas de Colmillo de Hierro, tras analizar y ser consciente de que tenía una enemiga bastante perspicaz cuando se lo proponía, ella podría utilizar el hechizo del collar para mantenerlo en el suelo y depositar la espada en sus manos. No podía confiar en ella, la conocía demasiado bien como para saber que tras ese rostro inocente y esos brillantes y amables ojos se escondía una mujer que cuando se enfadaba y se lo proponía podía ser muy cruel con los «Siéntate».

Lo más conveniente era hacer una alianza.

Ya que no podía eliminarla a ella, eliminaría a su otro punto débil.

Sus desarrollados oídos escucharon el crujir de las ramas y levantó la mirada hacia el frente. No tardó en aparecer un demonio de tres metros, de piel marrón, ojos saltones y grandes y afilados colmillos que sobresalían de sus gruesos labios.

—Eh, tú —dijo sin apenas vocalizar —. ¿Has visto a una sacerdotisa y a un demonio zorro?

Curvó una lenta y sádica sonrisa en sus labios, mostrando su colmillo.

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La aldea estaba en llamas y los pocos aldeanos que habían sobrevivido presentaban severas heridas. La gente estaba asustada, un ser al que describían como monstruoso había llegado de noche, masacrando a sus habitantes sin piedad y devorando sin ton ni son, como si un hambre atroz lo poseyese.

Percibía una maldad absoluta de aquí para allá. No había calle que el demonio no hubiese recorrido para hacer estragos.

Siguió caminando a través de las calles, buscando la fuente del mal. El demonio debía estar escondido en alguna parte. Shippo se separó de ella, tomando el camino del sur. Era difícil hallar el origen. Tragó con fuerza, sintiendo cada músculo de su cuerpo en tensión. Tomó su arco y lo cargó. No podía permitirse estar con la guardia baja.

Dio un paso, luego otro.

Con los ojos muy abiertos, miró hacia su derecha. Ningún movimiento. Giró la cabeza a la izquierda.

¿Dónde se estaba escondiendo?

Agudizó sus oídos y oyó un desagradable sonido. Se acercó hacia el callejón y encontró a un hombre agazapado devorando las vísceras de un cadáver. Enfundada en su cintura estaba la vieja espada oxidada. Horrorizada, se llevó la mano a la boca ahogando una exclamación, pero el ser se dio cuenta de su presencia y giró bruscamente la cabeza para mirarla. Esos ojos fueron humanos, ese rostro fue humano, pero ahora era una mezcla nauseabunda y repugnante.

Con las manos temblorosas, tensó su arco dispuesta a disparar. El ser emitió un grito y saltó sobre ella. Disparó. La flecha rozó su oreja derecha y el ser se detuvo de forma abrupta, volvió a gritarla con tanta fuerza que las venas de su garganta se marcaron. Kagome cargó otra flecha y al ver sus intenciones, el ser se dio la vuelta y corrió.

Disparó y falló. No podía permitir que se fuese. Dejándose llevar por un impulso, cogió el dobladillo de su kimono y salió corriendo detrás de él.

Lo acorraló contra las altas rocas de una pendiente, el ser las escaló sin problema y, en la cima, volvió a gruñirle. Kagome cargó de nuevo el arco, pero no pudo disparar ya que el ser le tiró una piedra y tuvo que esquivarla. Frenético, el bandido se echó sobre ella. Alzó la mano dispuesta a usar sus poderes espirituales, mas un haori rojo se puso en medio. Inuyasha golpeó con su brazo al bandido, éste cayó al suelo y sin tiempo que perder, se puso de inmediato en pie y escaló la pendiente.

Desesperada, se acercó a las rocas y trató de escalarlas. Inuyasha la cogió de la cintura.

—¡Suéltame!

—¿Qué mierda estás haciendo, mujer? —preguntó con los dientes apretados, apartando la cara para que las pequeñas manos de la sacerdotisa, la cual trataba sin éxito de zafarse de su agarre, no le golpeasen.

—¡Suéltame! ¡Voy a perderlo de nuevo!

—¿Para qué quieres ir detrás de esa cosa?

—¡Él tiene a Colmillo de Hierro!

Inuyasha abrió desmesuradamente los ojos, sorprendido. Acto seguido, la soltó y de un saltó subió la pendiente, persiguiendo al bandido.

El corazón de Kagome iba a mil por hora. No podía creer que hubiese estado tan cerca de él y, de nuevo, había vuelto a escapar. No podía permitir que se fuese. Tenía que hacer todo lo posible para dar con él.

Escaló con torpeza las rocas, apoyándose en los cantos y miró a su alrededor. La presencia maligna estaba por todos lados, no podía seguir su rastro.

¡Confiaría una vez más en su suerte!

Tomó el camino noreste.

Y se perdió.

Por Kami, ¿dónde se había metido el mercenario? ¿E Inuyasha? Y... ¿Dónde estaba la aldea? Su sentido de la orientación nunca había sido muy bueno. Agotada, cada vez que daba un paso sentía como las pantorillas le temblaban. Definitivamente no estaba en forma. ¡Qué pena de juventud! ¡Se le estaba escapando entre los dedos! Tenía dieciocho años y la condición física de una persona de ochenta. Si Inuyasha volvía a ser el que era, tenía claro que no pensaba volver a subirse en su espalda más.

Rendida, se sentó en el suelo. No tenía caso seguir andando cuando era noche cerrada y no tenía ni idea de donde estaba. Haría una pequeña fogata para calentarse y comería unas cuantas bayas que llevaba en su pequeña bolsita atada a su cintura. Tenía que esperar a que amaneciese para encontrar el camino de vuelta.

Con los sentidos a flor de piel, se tensó al oír a alguien acercarse. Se arrodilló en el suelo, tensó su arco y cuando vio una silueta salir de entre las sombras, disparó.

Inuyasha esquivó a duras pena la flecha. La miró ceñudo.

—¡Mujer! ¿Es qué planeas matarme?

Kagome frunció el ceño, harta de él y de todo. Volvió a cargar su arco, apuntó y disparó.

Él esquivó de nuevo la flecha y un tick en su ojo izquierdo apareció.

—Tus bromas no tienen gracia.

—¿Quién te ha dicho que estoy de broma? —preguntó sentándose en el suelo.

Puso los ojos en blanco acercándose a ella.

—¿Qué era esa cosa? —preguntó.

—Era el mercenario que robó a Colmillo de Hierro. La espada lo ha corrompido hasta convertirlo en...eso.

Inuyasha se detuvo frente a ella, con los brazos cruzados la miró desde su imponente altura.

—Ya veo, y tú juegas con esa cosa al ratón y al gato.

—Tengo que atraparlo.

—No eres tan fuerte como para enfrentarte a algo así.

—¡Sí soy fuerte!

—Ni siquiera sabes cuales son sus habilidades. Ya no es humano y es obvio que la espada le está dando cierto poder.

—Si no hubieses aparecido para asustarlo, le habría dado y purificado.

—Oh, claro, vi que manejabas bien la situación —dijo con sarcasmo.

—¡¿Y a ti qué más te da?! Atrapar a ese monstruo es mi misión. Lo que haga o me pase no te concierne. Te recuerdo que estamos divorciados.

Él alzó ambas cejas.

—Como si eso fuese posible.

—¡Lo es! Desde la otra noche lo estamos.

Con la indiferencia con la que la miraba era imposible leer lo que le pasaba por la cabeza. Él pasó por su lado y se perdió entre los arbustos. Kagome abrió la boca sorprendida y la cerró. ¿De qué se sorprendía? Era normal que la dejase. Aunque la había salvado en varias ocasiones, estaba claro que él no quería que le supusiese ningún problema y no dudaba en dejarla si empezaba a hacerlo.

¿Se habría pasado haciéndose la gallita? ¡No! ¡Qué se aguantase! ¡Se lo tenía merecido!

Se acurrucó mirando al suelo.

Que cerca había estado de conseguir la felicidad. Se le había escapado de entre los dedos.

No podía creer lo que Colmillo de Hierro, una espada que había supuesto un bien para su grupo y para Inuyasha, fuese capaz de hacer eso en una persona.

Notó la presencia detrás de ella y no hizo falta girarse para saber que él estaba de vuelta. Él llegó hasta donde estaba y dejó unos troncos frente a ella, los colocó y cogió dos piedras para hacer fuego con ellas. Kagome lo contempló en silencio. Admirar a este nuevo Inuyasha era como admirar a un hombre totalmente diferente, su Inuyasha era un hombre infantil, a veces hosco, otras amoroso, tímido e inseguro en lo referente al amor. Era un hombre pasional en la intimidad, disfrutaba del sexo con él y era bastante demandante. Le encantó descubrir la faceta descarada y pícara de él. El Inuyasha demonio era un hombre seguro de sí mismo, su expresión era fría e imponente y cada poro de su piel irradiaba sensualidad y masculinidad.

La chispa surgió del choque de las piedras y la fogata se prendió, iluminando sus faiciones. Él ladeó la cabeza y centró sus penetrantes ojos rojos en ella.

—¿Cómo has dado con ese hombre?

—Me encontré con él en la aldea.

—Y luego lo seguiste hasta el bosque —dedujo —. Tendrías que haberme avisado lo que ocurría.

—¿Bromeas? —preguntó alzando una ceja —. Es la primera vez que mantenemos una conversación.

—Eso es porque no me decías nada interesante.

—Si no te intereso, ¿por qué sigues aquí?

Él se echó hacia atrás, tumbándose en el suelo, y echó hacia arriba sus brazos uniendo sus manos detrás de su nuca.

—Vengo a proponerte un trato.

—¿Trato?

—Unamonos para conseguir a Colmillo de Hierro.

—¿Y porqué habría de fiarme de ti?

—Nadie ha dicho que te fies. Voy a hacerme con la espada y destruirla.

—¿Y piensas que voy a ayudarte a hacerlo?

—¿Piensas que vas a conseguir dar con ella con Shippo? —preguntó y puso los ojos en blanco —. Buena suerte.

Kagome apretó la mandíbula. Inuyasha subestimaba sus poderes y los del demonio zorro. Habían avanzado mucho, es más, si él le estaba proponiendo un trato es porque necesitaba su ayuda. Había un dicho que decía que a los amigos había que mantenerlos cercas, pero a los enemigos más aún. Inuyasha era poderoso y tenerlo en el equipo le vendría bien. En cuanto tuviese a Colmillo de Hierro, sólo tenía que doblegarlo con el hechizo del collar.

Tendió su mano con una sonrisa.

—Trato hecho.

Él cogió su mano y tiró de ella. Su cuerpo chocó contra el duro de él y se vio envuelta en sus fuertes y musculosos brazos. Él unió sus labios con los de ella y no pudo evitar soltar un gemido.

Continuará...


He actualizado y trataré de terminar mis fics pendientes, tanto Sangre de Demonio como el del fandom de Rurouni Kenshin, pero, para empezar, concluiré este. He vuelto a leer el fic porque, sinceramente, no me acordaba de nada xD y he visto muchos fallos y dedazos en la ortografía, los cuales corregiré más adelante.

He de decir que mi decisión de terminarlo ha sido por vosotros, me habéis escrito muchos review y por privado y, aunque esté alejada de este mundillo, cada vez que os leía me emocionaba mucho. Espero recibir vuestros review de que os ha parecido, seguro que tenéis que volver a leerlo porque el hilo de la historia se ha perdido en la memoria.