Capítulo 10
BAILA CONMIGO
La última semana había sido estupenda. Green no los había vuelto a molestar, Wilson no filosofaba demasiado y Cuddy por fin estaba demostrando sus capacidades médicas. Pero él solito se había encargado de echarlo todo a perder.
Después del enfrentamiento con Green, Cuddy parecía haber resurgido de sus cenizas en todos los sentidos. Había estado alegre y confiada en todo momento. Le había parado los pies a House varias veces y su actitud con el resto de los trabajadores del hospital había sido tal que algunos habían optado por ir a consultarle a ella determinados asuntos en lugar de al director.
Pero lo que más había entusiasmado a House, había sido su manera de enfrentarse a los diferenciales. Sin que él le hubiese dado aún permiso para participar en ellos, Cuddy se había lanzado de lleno a la piscina y sus intervenciones estaban resultando realmente productivas. Sus ideas, aunque erróneas la mayor parte de las veces, solían resultar brillantes en su planteamiento.
Y en la última sesión de diagnóstico se había comido a Foreman. El neurólogo se había enfrentado a Cuddy con la simple intención de demostrarle lo brillante que era él y lo negada que era ella. Pero la doctora había ido desmontando cada uno de sus argumentos con tanta rabia y de forma tan implacable que al médico no le había quedado más remedio que salir de la sala dando un portazo. House se lo había imaginado llorando dentro de algún lavabo y se había pasado el resto del día sonriendo.
Pero él se había mantenido en su línea de tocarle las narices a su ex-jefa. Pensaba que si ahora cedía, que si la felicitaba por lo que estaba logrando, ésta se relajaría y terminaría estancándose o, peor aún, retrocediendo.
Y House quería saber hasta donde llegaba el potencial de la mujer. Estaba seguro de que, si en unas semanas había demostrado tales aptitudes, con un poco más de tiempo y esfuerzo podría convertirse en su mano derecha.
Esto le entusiasmaba. Poder trabajar codo con codo con Cuddy, como iguales, era algo que nunca se había planteado por no considerarlo ni remotamente posible. Pero ahora que esta posibilidad se abría claramente ante sus ojos, estaba seguro de que supondría un cambio muy positivo en su carrera profesional.
Así que había decidido exprimir a su subordinada para aprovecharse al máximo de su talento y se había encontrado con que ésta se le había cerrado en banda.
Era de noche y House estaba en su apartamento, intentando tocar el piano. A su cabeza venían una y otra vez la cantidad de burradas dialécticas con las que había atacado a Cuddy durante los últimos días. Para él no había sido suficiente con sus salidas de tono habituales y sus referencias sexuales. También le había amargado los diferenciales, aún sabiendo que la mujer estaba brillando con luz propia en cada una de sus intervenciones. Le había quitado varias veces la razón para dársela a alguno de los otros. Y por último se había atribuido todos sus méritos sin ni siquiera mencionarla.
Y ésta fue la gota que colmó el vaso. Cuddy estaba dispuesta a hacer el trabajo sucio, a quedarse toda la noche en vela por un capricho de House y a agachar la cabeza cada vez que la reprendía. Pero sus triunfos eran harina de otro costal.
Durante toda su vida, sus mayores y prácticamente únicas satisfacciones habían sido sus éxitos profesionales y no estaba dispuesta a permitir que nadie se lo arrebatase. Y menos House.
Habían discutido acaloradamente en el despacho del nefrólogo. Ella le había echado en cara su injusto comportamiento y él no había dado su brazo a torcer. Al final, House había insultado a su niña gratuitamente y Cuddy se había largado sin decirle nada, volviendo diez minutos después con una carta de renuncia.
Ahora House tocaba una melodía que sonaba desafinada y bebía whisky barato. Estaba enfadado con Cuddy y odiaba a su hija. Esa cretina de Rachel siempre conseguía separarlos y esta vez parecía definitivo.
Estaba dispuesto a tirar la toalla. Aunque le doliese, no le quedaba más remedio que darle a Cuddy la razón con respecto a su hija. Mientras la niña estuviese en medio, ellos dos nunca iban a tener ningún tipo de relación. Y él no estaba dispuesto a empezar una guerra contra una niña de un año. Entre otras cosas porque sabía que la batalla estaba perdida de antemano.
Los celos que sentía por Rachel le hacían avergonzarse de sí mismo, pero se conocía demasiado bien y sabía que no podía hacer nada para evitarlo.
Lo mejor sería olvidarse de Cuddy. Ella había renunciado a su puesto de trabajo y él no pensaba ir a su casa a suplicarle. Probablemente no volvería a verla.
Dejó de tocar. No era su noche de inspiración. Apoyó el vaso en su regazo y se quedó contemplando el hielo durante un largo rato.
Cuando empezaba a quedarse dormido frente al piano cuando llamaron a la puerta. Se acercó a ella cojeando. Sabía que era Wilson. Le había telefoneado hacía una hora para que viniese a verle porque necesitaba hablar con alguien. El oncólogo le había prometido que iría en cuanto acabase el trabajo.
Pero al abrir se encontró con Cuddy. Parecía triste y cansada y House intuyó que había estado llorando.
House la miraba y no podía creer que esa mujer de apariencia frágil e indefensa le estuviese causando tantos trastornos. La de Cuddy era, desde luego, una personalidad de grandes contrastes. Como la suya.
Se hizo a un lado y la mujer entró en el salón. Titubeó durante unos segundos y por fin giró sobre sus pies y alzó la cara, mirando a House con actitud desafiante.
-¿Ya está?-dijo la mujer.
-¿De qué hablas?
-Llevo toda la tarde esperando algo de tu parte. Una visita, una llamada...
-Has elegido. Te ofrecí un trabajo, te di una oportunidad y has renunciado a ella por orgullo. No voy a ir en busca tuya para rogarte nada.
-No quiero que me ruegues. Mi decisión es definitiva. Pero supuse al menos te afectaría.
-He estado bebiendo whisky-dijo House señalando el vaso vacío encima del piano.-¿Eso cuenta?
-Qué cabrón que eres.
-Y tú qué zorra.
-Quizá por eso me muero de ganas por acostarme contigo.
-Quiero que beses cada centímetro de mi piel y que me abraces hasta que no quede en esta habitación más aire para respirar.
-House, quiero que me hagas el amor y quiero que me lo hagas ahora, ¿entiendes?
Tras unos instantes de pánico, el médico se acercó torpemente a ella. La rodeó con sus brazos y empezó a besarla con auténtica desesperación. Cuddy se desprendió de su chaqueta y dejó al descubierto un fino vestido de hilo. House observó que no llevaba sostén y esto le hizo enloquecer. Con una mano acarició uno de sus pechos mientras que con la otra se aseguró de sujetarla fuertemente por la cintura, para que no se escapase.
Estaba tan excitado que sabía que tendría que darse prisa. Para su desgracia, aquello no iba a durar demasiado. La cogió en brazos y la colocó encima del piano. La ayudó a quitarse el vestido mientras él mismo se desvestía y, durante unos segundos, se deleitó contemplado aquel hermoso cuerpo de mujer. Un cuerpo que sería suyo esa misma noche. Por fin.
La besó por todos lados, tal y como ella le había pedido, y ella le respondió agarrando suavemente su miembro y acariciándolo hasta hacerle perder la cordura. Los ojos de Cuddy le suplicaron que llegase hasta el final y, colocándose encima de ella, la penetró suavemente. Sintió como ella se movía debajo de él para adaptarse a su cuerpo y acto seguido comenzaba a mover sus caderas rítmicamente. Ambos cuerpos iniciaron una danza en la que se mezclaba el sudor, el placer y el gran amor que ambos habían compartido, sin saberlo, durante tantos años. La única música que podía escucharse era el sonido de sus jadeos.
Cuddy llegó al orgasmo arqueando su flexible espalda mientras exhalaba un último suspiro. House lo hizo poco después, con todos los músculos de su cuerpo temblando al mismo tiempo, mientras sus ojos contemplaban a aquella preciosa mujer totalmente derrotada por la pasión. Se derrumbó sobre ella.
En esta ocasión nadie llamó a la puerta. Ni si quiera Wilson.
