Hoy estoy realmente deprimida. Dado que he vuelto a la página también he decidido volver a leerme algunos de los fics (mayormente AkuRoku) que más me gustaron e inspiraron en su momento. Y… en fin. NO ESTÁN. La autora los ha borrado. Todos ellos. No me lo creo. Tiene que ser una pesadilla… Por favor, que alguien me dé con un bate para despertarme…
•Capítulo 10
•¡Sorpresa! Verdades al descubierto
—¿Qué es lo que más te molesta de Sora?
—¿Lo que más? Riku. Su perro.
—Bien. Yo me encargaré de él entonces. Pero a cambio…
Roxas se encontraba como en una nube. Feliz. No por el hambre que sentía, por supuesto. Esa parte era bastante horrible, en realidad. No: feliz de verdad, algo que llevaba sin experimentar desde que el animal llegó a la casa. Feliz en el sentido de bien consigo mismo. Esa misma mañana lo que podría considerarse el cuarenta por ciento de sus preocupaciones parecían haberse esfumado de un plumazo tras la marcha del perro.
Por supuesto esa felicidad de había visto puesta en un hilo durante varias horas, durante las cuales Sora había aprovechado para pasar todo ese tiempo haciéndole la vida imposible, recriminándole de carecer de corazón, y acusándole de ladrón –aun cuando era Axel el que se había llevado a la bola de pelo antes sus propias narices, no él–. Claro que el chico también había intentado bajar a recuperar a su preciada mascota, sin embargo, y pese a los intentos de colaboración de Demyx, le fue una misión del todo imposible. Axel parecía dispuesto a defender de todas las maneras su nueva posesión recién adquirida, y no parecía tener intención alguna de devolvérselo.
Y en eso fue que Sora lo acusó de traidor, pasando así como automáticamente de modo bastardo insoportable al modo dramático traicionado, pero no con él –a Roxas lo daba por perdido–, sino con Axel. ¿Dónde habían quedado todos esos años de amistad leal e ininterrumpida? ¿Y la complicidad? ¿Y los gustos compartidos? ¿Dónde había quedado todo eso? ¡Esfumado! Se había esfumado de un plumazo. ¿Acaso el hecho de haberle hecho pasar la noche en un lavabo lo había hecho pasarse al lado oscuro donde su primo se encontraba? Es más, ¿para qué iba él a querer un perro, teniendo algo tan absolutamente cool como un loro?
Sin embargo, si se paraba detenidamente a pensarlo, era evidente que el que más salía ganando aquí con el rapto del perro no era otro que el mismo Roxas. Pero sin embargo, ¡era Axel el que lo había llevado a cabo! Por el amor de Dios, ¡no tenía ni pies ni cabeza! ¿Qué hacían ayudándose mutuamente? ¿Qué demonios había podido pasar en ese cuarto de baño? ¿Se habían reconciliado? Lo dudaba mucho, pues lo único que esperaba él no era más que dejasen las peleas de lado. ¿Qué estaba pasando con esos dos?
Solo había una persona a la que podía acudir ahora…
En ese momento en el que finalmente había decidido pasar al modo tranquilo que tanto adoraba su primo, se encontraban ambos en completo silencio, cada uno en su mundo, y cada uno con un estado de humor particular.
Sora observó perspicaz a su primo desde la mesa del comedor. Éste se encontraba justo enfrente de él, desayunando completamente tranquilo, ajeno a los pensamientos del castaño. Lo ignoró por completo cuando Sora tomó su celular y, muy lentamente pero con decisión, escribió un mensaje urgente a ese único alguien que le ayudaría a arreglar esto y ayudarle así a recuperar a Riku.
Ncesito tu ayuda. S sobre roxas i axel.
Ns vemos n el park de la plaza a las12
Sora volvió a alzar la vista. Roxas seguía completamente a la suya. Incluso parecía aburrido.
Volvió la mirada hacia su reloj, el cual marcaba las 11:23. Suponiendo que su interlocutor se percatase rápidamente de su mensaje estaría a tiempo en el lugar a la hora pactada.
—Voy a salir —anunció de pronto, apartándose de la mesa, sin quitar la vista sobre su primo a la espera de una reacción.
El interesado finalmente se dignó a lanzarle una mirada.
—Si vas a casa de Demyx, que sepas que no te servirá de nada intentar…
—¡Oh, no te preocupes por eso! ¡Voy a salir! —lo cortó, de la manera lo más grosera posible. Pese a todo, Sora no pasó por alto el hecho de que su primo aun siguiese evitando mencionar el nombre del pelirrojo, aun cuando para el caso era Axel el más vinculado al tema del secuestro –sí. ¡Se-cues-tro!–. Eso podía tomarse como una señal de que en el fondo todo seguía igual que siempre. Más o menos. Eso creía él.
Por su parte, Roxas se encogió de hombros, mostrando una ligera sonrisilla de suficiencia. El castaño frunció el ceño ante esto, pero no dijo nada. A cambio, se limitó a dirigirse en silencio a la puerta y marcharse sin más.
—Quiero que vayas a recuperar algo mío.
—¿Qué? Ni de coña.
—Pues olvídate de que colabore con el tema de Sora…
—¡Está bien, está bien!… … ¿Dónde?
—…A casa de Marluxia.
Roxas sonrió en cuanto la puerta se cerró tras Sora. Ni qué decir que estaba extremadamente orgulloso ese día. ¿Y cómo no? Cuando había logrado hacer desaparecer de su vida a una de las cosas que más lo atormentaban. Ojo. Una de ellas. En este caso, Riku perro, ese bicho infesto que no hacía más que acabar con la higiene de su apartamento, sus horas de sueño y con su dinero. Porque en serio, ¿en qué demonios podía haber pensado cuando aceptó acogerlo?
Ahora bien. No bromeaba cuando dijo que esto no había hecho más que empezar. Y Axel le aseguró su ayuda. No de manera desinteresada, por supuesto. Pero bien era cierto que su primo necesitaba una llamada de atención por lo que les había hecho pasar, y en eso Axel estaba de acuerdo.
Por supuesto el precio por su colaboración –porque no se podía llamar de otra forma– existía. Casi podía decir algo así como que había vendido su alma al diablo. Y nunca mejor dicho.
Oh, sí. La tregua. No, más bien… tregua. En cursiva.
Porque aceptémoslo. Sí, él era quien más beneficiado salía en lo referente a Sora, pero Axel no podía conformarse. Sora le caía bien al fin y al cabo. Y él tenía otros intereses. Así pues… no fue lo que podría llamarse tregua realmente, si no más buen un… trato de favores. ¿Quién no ha oído alguna vez esa frase de "unirse es vencer"? Por supuesto ahora él tenía que devolver el favor que le correspondía. Porque su falso y ególatra aliado había cumplido, y si bien podía sencillamente aprovechar la situación a su favor e ignorarlo tal y como había hecho miles de veces antes, no le parecía justo dejarlo tirado cuando él mismo había contribuido en cierta forma a su actual felicidad. Además, que si no cumplía perfectamente podría devolverle el perro de las narices a Sora y al infierno el trato.
Por no decir que sencillamente no quería deberle nada a nadie. Y menos aún a él.
¿El trato?
Bien. No era difícil, pero sí algo… en fin. Molesto.
Sí, eso es.
Molesto.
Tan molesto como puede resultar el ir a casa de un ser desagradable y engreído con el fin de tomar de ella algo absurdo para dárselo otro ser desagradable y engreído por igual. O incluso más.
Con un suspiro, Roxas se levantó de la silla y dejó los platos sucios en el lavamanos. De ser por él, por descontado los lavaría en ese mismo momento, pero realmente deseaba quitarse de encima ese encarguillo aborrecible lo antes posible. Así pues, tomó las llaves de casa rápidamente –algo que, señaló, Sora no había hecho– y, tras echar feliz un último vistazo a la casa vacía –vacía en concepto de perro– salió de casa. Sobra decir que no sabía cómo llegar a dicho lugar. Esa era la otra parte del plan que le desagradaba.
Bajó un único piso en las escaleras y se plantó ante la puerta de ese lugar al que ya una vez se juró no volver jamás, y dio tres cortos golpes. Casi al instante una oleada familiares ladridos empezaron a sonar desde el interior del apartamento. Ese era ahora un motivo más añadido a la lista de "Por qué prefiero morir de una manera desagradable y dolorosa antes que entrar ahí".
—¡Riku! ¡Cierra el pico de una vez! ¡No es Sora, ¿vale?! ¡No es Sora!
La puerta se abrió de golpe, mostrando en el interior a un Axel intentando alejar a Riku perro con el pie. Aun sin lograrlo del todo se volvió hacia él con una macabra sonrisa.
—¿Qué? ¿Disfrutando del silencio? ¿Cómo te han ido tus dos horas sin perro? —preguntó, con algo de sorna.
—Simplemente cállate y dime dónde es —le replicó Roxas al instante. Se cruzó de brazos en un intento por parecer intimidante, lo que ocasionó que Axel rodase los ojos, divertido. Definitivamente ese no era el efecto que esperaba lograr.
—Y así lo agradece… —murmuró, tomando finalmente a Riku entre sus brazos. En el proceso se llevó una mano al bolsillo, de la cual sacó un trozo de papel escrito—. Toma —finalizó—. Ahí tienes la dirección. A ser posible termina con esto hoy mismo. Aún no has acabado.
Roxas se sobresaltó ante lo último.
—¡¿Cómo que aún no…?!
Pero la puerta ya estaba cerrada.
Sora caminaba rápidamente por las calles de Twilight Town. En su mente no había otra cosa más que el llegar lo antes posible al lugar indicado. Volvió a mirar su móvil y frunció el ceño. Seguía sin recibir respuesta. Pese a todo esperaba que sencillamente hubiese decidido pasar de responder e ir directamente.
Apenas había caminado poco más de media hora cuando llegó a la plaza. En un primer vistazo no vio más que un total aproximado de diez personas, sin embargo no logró dar con quien se suponía había quedado.
Dio un rodeo a la plaza y se sentó en uno de los bancos con una panorámica más amplia de la zona a esperar. Por suerte, no tuvo que hacerlo por mucho tiempo.
—Llegas tarde —le instó de pronto una voz tras él. Sora alzó la vista. Pese a encontrarse de espaldas a su interlocutor, no le fue difícil apreciar ese característico tono autoritario y algo rimbombante típico de Marluxia—. Y eso… —añadió—, que eres tú el que me ha citado.
El castaño finalmente se levantó y se volvió hacia él, ofendido.
—Que sepas que acabo de llegar y no te he visto. Además, que yo no vivo precisamente aquí al lado, para que lo sepas. —Ignorando ese aborrecible tono de reproche del castaño, Marluxia rodeó el banco con parsimonia. Se notaba a leguas que ese era el último lugar al que querría estar ahora, sin embargo aún incluso se notaba más esa enfermiza curiosidad que tendía a tener últimamente con los temas relacionados con Axel y Roxas. Y Sora lo sabía.
—Pues entonces ya podrías haber decidido una hora más tar-
—¡No puedo, esto es urgente! —exclamó el castaño, acercándose a él bruscamente, haciéndolo sobresaltar en el proceso. Marluxia no necesitó más de tres segundos para recomponerse. Tomó aire y lo miró detenidamente, pensativo. Sora le aguantó la pose con los labios bien cerrados y una mirada ardiente en el rostro que pedía a gritos que le hiciese caso.
Finalmente, el mayor tomó una decisión.
—…Este lugar es horrible para hablar. Vamos a tomar un café.
A lo largo de todos sus años compartidos con personas mentalmente inestables Marluxia ha aprendido a ver en la gente lo que la gente no quiere que vea. No se refiere a su ropa interior, claro. Sino a lo de dentro. Ese estado emocional que muchos se empeñan en esconder.
Juzgar a la gente por su exterior y decidir el interior. Ver a través de ella. En un gesto algo pretencioso, Marluxia ha llegado a decidir considerarlo un don. Ahora mismo, en Sora veía algo de inestabilidad. Ahí sentado, encogido, con el ceño ligeramente fruncido y la mirada clavada en la mesa. Nervios. Duda. ¡Miedo! ¿Qué demonios podía haber pasado? La única información que tenía no eran más que una serie de conjeturas sacadas de un mensaje urgente y de un crío tembloroso.
—He hecho algo que afecta a la apuesta, y no sé si está bien —empezó él finalmente, antes de siquiera darle la oportunidad al mayor de preguntarle. Ante esto Marluxia lo observó con algo de asombro que rápidamente disimuló, no dejando ver más que una bien disimulada expresión de ligero interés. Optó por no decir nada y dejarlo continuar, lo que Sora hizo tras unos segundos de silencio—. Los encerré en el baño. A los dos. Y ahora… Bueno…
Marluxia abrió ampliamente los ojos, asombrado. Eso definitivamente era lo último que esperaba oír. Carraspeó, intentando mantener la situación bajo control.
—Los… ¡encerraste! Bien... Eso es… eh… interesante —expresó, completamente descolocado ante tal declaración. ¿Qué debía decir? ¿Cómo no se le podía haber ocurrido algo así a él? ¿O cómo se le ocurría hacer algo así? De pronto el camarero apareció ante ellos con sus respectivos pedidos, logrando cortar así el flujo de sus pensamientos.
—¿Y bien? —le instó Sora, tras murmurar un "gracias", justo antes de darle un gran bocado a su croissant.
Marluxia dio un leve sorbo a su café, pensativo.
—¿"Y bien" qué? —preguntó, aún en las nubes.
—¿Qué hacemos? —insistió Sora, reclinándose sobre la mesa para acercarse más a él, a la espera de algún tipo de reacción. Si bien no podía decir que conocía a Marluxia tanto como a Demyx o a Axel, durante las pasadas semanas creía haber llegado a un punto en el que podía predecir fácilmente la manera de actuar o pensar del mayor. No es como si estuviese orgulloso de ello. En realidad no lo estaba en absoluto, pero de todas formas era algo que estaba ahí. Al menos hasta ese momento.
—¿Hacer? —«Al infierno», pensó Sora.
—¡ACTÚAN RARO! —se atrevió a gritar finalmente, espetándoselo en la cara, intentando despertarlo de un golpe del sueño en el que parecía haber caído. Inevitablemente toda la gente presente en la cafetería se volvió hacia él, sin embargo no les prestó atención alguna.
Porque funcionó.
—Oh, Dios mío. ¿Cómo de raro? —Marluxia se levantó unos centímetros y se reclinó sobre la mesa, tal y como Sora había hecho anteriormente. Solo que en este caso él aprovechó la cercanía para tomarlo del cuello de la camisa con ambas manos y acercarlo así aún más a él—. ¿Raro en plan incómodo? ¿O raro en plan más como cercanos?
Sora intentó forcejear en vano. De todas formas respondió como pudo.
—Pues eso: ¡raro! ¡Como si fuesen amigos! No, amigos no. Más como… no sé. ¿Aliados?
Marluxia lo soltó y se levantó, decidido. Sora pudo ver con algo de temor un extraño brillo en sus ojos cuando pronunció la siguiente frase.
—Algo inmencionable pasó ahí dentro esa noche. —Sonrió—. Y debo descubrir el qué.
Roxas maldijo por decimotercera vez en ese minuto a Axel, por haberlo hecho acudir a ese lugar. Y aprovechando, también a Marluxia, por tener la indecencia de no encontrarse en su casa, y ya de paso, a Sora, por idiota. Y punto.
En esos momentos el joven rubio se encontraba reclinado contra la pared en mitad de un pasillo dentro de un edificio desconocido. Junto a él, supuestamente la puerta de entrada al apartamento particular de Marluxia. En su mano, el papel con la dirección del lugar garabateada con una pésima caligrafía, sacada nada más que para comprobar que realmente no era él el que se había equivocado, si no que sencillamente el dueño de la casa no estaba en ella.
Se había pateado la ciudad como cuarenta largos minutos, decidiendo en el trayecto las palabras adecuadas para convencer al del pelo rosa de dejarlo pasar y permitirle hurgar entre sus cosas. Claro que sabía que no podía salirle con esas de buenas a primeras, pero según llegaba a la calle correcta había logrado reunir un pequeño puñado de excusas absurdas que podían ayudarle en su propósito. Sin embargo ahí no acababa todo. Porque luego estaba el "eso" que debía ir a buscar. Eso, concretamente, era algo tan insignificante como –Roxas no podía pensar en ello sin suspirar dramáticamente– un mechero. ¡Un maldito mechero que, supuestamente, Marluxia le robó días atrás! Todo estaba quedando patas arriba. Porque realmente si se paraba a pensarlo no lograba darle sentido a la escena: él yendo a casa de Marluxia a recuperar un mechero propiedad de Axel. Si eso no era odio hacia el perro, que alguien más listo le dijera qué era exactamente.
El hecho era pues, que se encontraba plantado ante el apartamento de uno de los tíos más desagradables que conocía a la espera de su –esperaba– inminente llegada.
—Solo es un minuto. Necesito ir a buscar algo. —Roxas se sobresaltó al oír la voz de Marluxia. Tras murmurar entre dientes un ligero "al fin" en forma de gruñido, se acercó a la barandilla junto a las escaleras para verlo llegar, y quizá también ver su cara de incredulidad al verlo ahí. Sin embargo una segunda voz lo detuvo a medio camino.
—¿Cómo que algo? Pensaba que íbamos a ir ya para mi casa… —frunció el ceño al oír esa voz tan extremadamente familiar. ¿Qué demonios pintaba ahí Sora, acompañando a Marluxia?
—No seas pesado, Sora. Solo es mi diario de apuntes. Ahí es donde tomo nota de todos los progresos y retrocesos acerca de la relación entre Axel y Roxas. — Parpadeó atónito. ¿Acababa de oír bien? Si ya de por sí le sorprendió de sobremanera al encontrar ahí a Sora, esto último lo había dejado absolutamente descolocado. Un sentimiento extraño empezó a revolverle por dentro.
—¿Sí? ¿Y qué tipo de apuntes? —continuó el castaño. Roxas escuchó los pasos de ambos subiendo los dos pisos de distancia por las escaleras. En un pensamiento fugaz se le pasó por la cabeza hacerles ver su presencia lo antes posible, sin embargo lo descartó al instante. Sabía que había algo raro entre esos dos, y para colmo algo raro relacionado de alguna manera –una muy directa, al parecer– con su persona. Por lo tanto, buscó rápidamente a su alrededor un buen lugar donde esconderse. A unos pocos metros de él se encontraba, al final del pasillo, una columna sobresaliente tras la cual probablemente se encontraría el ascensor. Y sin hacer ruido, empezó a correr hacia ella.
Mientras tanto Sora y Marluxia seguían hablando.
—Pues apuntes, Sora. Hechos. Cosas que veo y cosas que ocurren. —Sus voces se oían cada vez más cercanas a la planta en la que se encontraba—. Sentimientos escondidos detrás de esas peleas absurdas, reacciones ante situaciones inesperadas. Pesquisas… Ya sabes.
«No, no sabe», pensó Roxas, rencoroso. «No hasta que le expliques a ese idiota el significado de la palabra "pesquisas"…».
No lo entendía. No entendía nada. ¿Realmente Marluxia estaba haciendo algo tan… absurdo? Porque esa era la palabra. Absurdo. Absurdo y loco. Tantas veces que había discutido o peleado con Axel había estado él ahí, observando. Analizando.
No pudo encontrar otra palabra a cómo se sentía ahora mismo más que violado.
Llegaron ante la puerta. Roxas pudo escuchar el sonido de la llave siendo introducida en la cerradura, y a continuación, los pasos de ambos entrando en el domicilio.
A la mierda el mechero. Tenía que recuperar ese cuaderno.
No llegó a oír la puerta cerrarse, lo que significaba que saldrían de un momento a otro. Decidió bajar en ascensor. Una vez llegó al vestíbulo de entrada del bloque de pisos, empezó a correr. Probablemente Axel se mosquearía cuando se presentase sin su estúpido mechero. Pero tenía el presentimiento que lo que tenía que decirle le borraría al instante toda réplica que tuviese para darle.
No era por fanfarronear ni nada, pero en esos momentos Axel se había autoproclamado el ser más inteligente de todo Twilight Town. ¿Y cómo no hacerlo, cuando había logrado engañar a su enemigo número uno para ponerlo por completo a su servicio? ¿Y todo a cambio de qué? De cuidar por un tiempo indefinido a un perro escandaloso y evitar que Sora lo recuperase. Por supuesto, era evidente que Roxas no habría aceptado esto de saber exactamente el tipo de trato que estaban haciendo. Pues tal y como se lo había planteado en un buen principio no aparentaba nada más que ser un pequeño trato de favores. Yo te ayudo y tú me ayudas. Lo que no había mencionado es que ese "tú me ayudas", era algo así como… para el resto de tu existencia. Y aceptaría, por supuesto. A no ser que realmente tuviese ganas de recuperar a la pequeña bola de pelo. Aún no había olvidado ese horrible día en el que por su culpa no logró llevarse a casa el perro deseado y del cual tanto le había costado convencer a su madre para adoptar. Pequeño bastardo.
Y ahí estaba él, disfrutando de su almuerzo tras pasar lo que se podría decir un día completo sin comer. Riku perro se había encontrado un rincón debajo de la mesa para echarse un sueñecito, y Demyx había salido. Probablemente lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas había sido demasiado para él, y necesitaba despejarse un poco antes de volver de nuevo. Lo más probable es que hubiese llamado a Zexion para desahogarse, dado que era él al que tendía acudir cuando algo lo alteraba de alguna manera. Supongo que ese era el caso.
Sonriendo satisfecho, Axel se levantó a dejar todos los platos y bolsas de aperitivos vacías en la cocina cuando de pronto llamaron a la puerta. Rodó los ojos. No era muy probable que fuese Demyx, dado que éste tendía a tomarse su tiempo durante sus visitas a Zexion. Lo que significaba que únicamente podía ser una persona. Su sonrisa se amplió. Una grande, visible y sobretodo, arrogante y reluciente sonrisa sinónimo de su estado de ánimo.
Casi corrió hasta la puerta, y asegurándose de que Riku perro no se hubiese movido de su lugar bajo la mesa, llevó la mano al pomo.
—¿Ya lo has recuperado? —preguntó, al tiempo que abría la puerta, asegurándose de nuevo de mantener bien visible esa expresión que sabía que tanto odiaba el rubio.
—¿Recuperar el qué? —Axel se percató al instante de su error. La persona que tenía ante a él no era Roxas, si no Zexion. Y tras él, Demyx. Frunció el ceño, confuso por unos segundos. Eran amigos, por supuesto, pero no solía hacer visitas improvisadas, ni siquiera apareciendo con Demyx. Lo dejó estar.
—Olvídalo, pensaba que eras otra persona —respondió, apartándose de la puerta para dejarlos pasar. Sin embargo Zexion no se movió del sitio. Se mantuvo ahí, completamente quieto—. ¿Qué pasa? —preguntó, desconcertado. Buscó los ojos de Demyx con la mirada, pero al adivinar sus intenciones el rubio los esquivó a propósito. Axel frunció el ceño. Algo no cuadraba—. ¿Qué?
—Demyx me ha contado lo que está pasando, y está realmente preocupado —soltó finalmente Zexion, cruzándose de brazos.
—Vaya, no me digas —preguntó, cínico—. ¿Algo que le moleste de mí al señorito? —preguntó con sorna, imitando la posición de Zexion, cruzándose de brazos según se apoyaba en el marco de la puerta.
—Demasiadas cosas, probablemente. Pero concretamente, el comportamiento que estás teniendo últimamente. —Se detuvo, únicamente para echar una ojeada a Demyx y comprobar si seguía el hilo de la conversación—. Creemos que Roxas te está afectando demasiado.
Esto último definitivamente fue algo que no se esperó. E intentó replicarle, pero Zexion, tan neutro e impasible como siempre, decidió tomar la iniciativa antes de siquiera oírlo, dando un paso hacia atrás, alejándose de la puerta.
—Necesitas hablar. Solo hemos venido a buscarte. Vamos —ordenó, con voz aún neutra pero autoritaria. El pelirrojo seguía igual de confuso, pero no lo suficiente como para no replicarle.
—Podemos hablar aquí.
Por supuesto, esto era algo que también Zexion tenía previsto, demostrando esto al responder casi instantáneamente tras recibir la propuesta.
—No pienso entrar ahí con el perro rondando cerca.
—Zexion tiene alergia —añadió Demyx, como punto informativo, hablando por primera vez. Axel lo miró con los ojos entrecerrados—. Aunque se supone que ya lo sabes. —Y rápidamente, corrió tras Zexion, el cual ya llevaba algunos metros de ventaja de ellos a través del pasillo. No vio otra alternativa.
—Vale, voy a ir —anunció finalmente, cerrando la puerta tras él, sin quitarles el ojo de encima—. Pero que sepáis que yo no tengo ningún problema con ese amargado insoportable. Él los tiene conmigo.
Nadie le replicó, Decidieron dejarlo para más tarde.
Axel cerró la puerta tras él y se unió a ellos.
Cuando media hora más tarde Roxas llegó sin aliento y llamó al timbre repetida e incansablemente por tres minutos seguidos, no hubo nadie para abrirle.
-Twilight Town, 2009-
Más que dolor
En el mundo, existen dos clases de dolor. Por un lado tenemos el llamado dolor físico. Este realmente es de los dos el más conocido, pues es del que más personas padecen o han padecido en cualquier momento de su vida. Y luego, por su puesto tenemos el dolor emocional. De esa forma, si el físico afecta al cuerpo, el emocional afecta al cerebro y al corazón. Aun con esto, pese a todo, hay quien osa afirmar que el dolor físico en realidad no es más que un estado mental. Que todo es cuestión de pensamientos positivos. Algo así como un engaño, una manipulación de la mente que te puede hacer olvidar que te están, digamos, operándote a corazón abierto sin anestesia. "Piense usted en mariposas y unicornios y se le pasará volando", puede decir el señor doctor, con una gran y encantadora sonrisa, antes de meterte el bisturí por quién sabe dónde.
Porque claro. El dolor es todo mental. Basta con que dejes de pensar en él. Olvidarte de todo. ¿Verdad?
Pues bien, con todo esto es entonces cuando Roxas viene y se pregunta…
¿En qué demonios se han basado para soltar semejante estupidez?
Porque no, cuando se cayó del skate y se destrozó la pierna, lo que sintió no fue precisamente algo agradable. Pensó en unicornios y mariposas cuando resbaló de la barandilla a la que estaba subido, pero esa quemazón horrible en la rodilla no hizo más que intensificarse. Pensó en gatitos cuando Sora le hincó el dedo en la zona lesionada para ver si realmente le dolía. Y para acabar, pensó en hadas y arcoíris cuando entre Hayner y Sora lo levantaron para llevárselo de urgencias prácticamente a rastras pese a su recién estado convaleciente.
Y no funcionó.
Nada.
Fue horrible.
Cuando Axel se quemó medio brazo al permitir al fuego entrar en contacto con su camisa sintió dolor, pero no físico –al menos eso fue lo que él afirmó de forma reiterada–, si no emocional. Fue como un golpe para su ego. Y no solo eso. También se sintió traicionado. Si es que si bien ese dolor físico –que en realidad nunca llegó a sentir– solo duró apenas unos segundos hasta que alguien le tiró un balde de agua helada encima, más los pocos minutos extras de escozor en la zona agravada, el sentimiento que le causó esa falta de control sobre ese elemento tan querido por el joven pirómano fue demoledor.
Demyx propuso muy acertadamente irse de urgencias. Axel sabía que lo que necesitaba no era un doctor, sino un psicólogo. Los médicos de la cabeza. Zexion, también de cuerpo presente, desestimó esa idea a los pocos segundos ser soltada, por lo que terminaron arrastrando al pelirrojo al hospital muy a regañadientes del mismo.
El hospital esa tarde estaba a reventar. Incluida la sala de espera de urgencias, donde aparentemente la gente grave debía tomar su turno y esperar a ser atendidos. Por suerte –aparentemente– la locura de Axel con el fuego fue cometida pronto por la mañana, lo que le salvó de esas largas e interminables colas en la sala de urgencia para ser atendido. Fue aceptado a los diez segundos de su llegada.
Sin embargo Roxas no tuvo tanta suerte, dado que en su caso, no decidió hacerse ese esguince hasta pasado el mediodía. Por ello, a él no lo aceptaron hasta tres cuartos de hora después. Sin embargo, una vez decidieron que sería buena atender al joven cojo con cara de mala leche, todo el proceso se aceleró bastante. Un doctor insensible que no le creyó hasta que no oyó gritar de dolor. Una radiografía rápida para comprobar que no hubiese daños mayores por los que preocuparse y una venda cutre que le cubrió la pierna desde el tobillo hasta la pantorrilla.
No aparentaba ser más que un esguince algo grave, pese a todo decidieron, para horror del rubio, tomar la decisión de quedárselo con ellos lo que quedaba del día más la noche al completo.
Sobraba decir que esta decisión no se la tomó muy bien…
—¿Cuánto tiempo me tendrán aquí? —preguntó Roxas, irritado, al tiempo que era empujado en una silla de ruedas por una enfermera cuarentona con cara de sapo. A su lado, Hayner y Sora corrían para ponerse al día y acompañarlo.
—Un día. O lo que haga falta. Ya se verá —respondió la mujer vagamente, con cansancio—. Estarás en observación y te serán realizadas un par de radiografías más. Simplemente estate tranquilito, ¿vale, niño?
Roxas gimió.
—No entiendo por qué tienen que hacerme más. ¡¿No está claro que me he roto la pierna?! Y por Dios, no me llame "niño".
—Exageraaadoooo… —murmuró Sora entre dientes, mirando hacia el lado contrario al que su primo se encontraba. Hayner le dio un codazo y negó con la cabeza.
—Se te curará de seguida, Roxas —dijo, volviéndose hacia él con una sonrisa de ánimo—. En realidad ni siquiera es para tanto, ya lo sabes.
—Compartirás habitación con otro paciente —soltó de pronto la enfermera, poco antes de detenerse ante una de las puertas del pasillo—, así que por favor, intenta no hacerle la estancia aquí muy desagradable. Está grave.
Aún sin querer desprenderse de su mal humor, Roxas se apoyó aburrido sobre el brazo de la silla de ruedas y respondió, irónico.
—Claro, yo en cambio estoy perfectamente, ¿no?
Como respuesta ante tal comportamiento Sora decidió tomar cartas en el asunto. Y así, se volvió hacia la enfermera con una sonrisa algo forzada y le respondió.
—No se lo tenga en cuenta. El dolor lo hace comportarse como un imbécil. Ya se le pasará.
—Si claro… —murmuró la mujer, en algo parecido a lo que podría haber sido un gruñido. Y de esa forma, pasó por el lado y abrió la puerta con cuidado, lo suficiente como para hacer pasar sin problemas la silla.
Roxas, tal y como se encontraba en ese momento –adolorido, molesto, irritado– se esperaba encontrar tras esa puerta una escena pésima de servicios sanitarios. Probablemente una habitación diminuta, con las camillas apretadas entre ellas por falta de espacio, una ventana fija imposible de abrir para ventilar el espacio. Ni siquiera esperaba encontrarse un lavabo propio, por lo que daba por hecho que en el caso de necesitarlo tendría que salir de la habitación y recorrerse todo el pasillo para compartir con el resto de pacientes de la planta uno solo público y sucio.
Lo que se encontró fue mucho, muchísimo peor.
—Oh, no me jodas…
Si bien lo pensó, no fue él quien dijo esto, si no el paciente tendido en la camilla de al lado. En realidad, el único ser de esa sala que se alegró al verlo fue Sora, y eso fue porque realmente no había decidido pararse a pensar realmente en lo que su presencia ahí supondría.
—¡Hola, Axel!
—¡Ey, Sora!
—¡¿Qué hace ÉL aquí?! —exclamó Roxas, horrorizado. Realmente él era la última persona que desearía que lo viese en ese estado. Y claro, luego estaba también ese motivo más básico y evidente: simple odio—. ¡Ni siquiera debería estar en la planta infantil! ¡Si es que realmente está enfermo! —añadió, cruzándose de brazos, iracundo. La enfermera aguantó impasible toda esta perorata.
El aludido, hasta entonces apoyado contra la almohada y con cara de asombro, clavó el único codo sano en el colchón y se reclinó hacia ellos.
—Tengo diecisiete. Pues claro puedo, so mendrugo.
—¡Oh, no empieces…!
—¡No, no empecéis los dos! —De pronto Hayner decidió plantarse entre ambos en un intento de evitar que siguiesen cruzando miradas. Por supuesto algo así jamás se le habría ocurrido hacer en cualquier otra ocasión –no estaba loco–, pero dado que precisamente los dos estaban en estado convaleciente, no vio peligro alguno. Se volvió hacia la enfermera—. ¿No podría…?
—No —soltó, cortante, según se acercaba a acomodar la almohada de la camilla libre. Roxas se volvió hacia ella como pudo.
—Ni siquiera le ha dejado preguntar. ¿No podría irme a otra habitación? ¿O cambiarle a él y dejarme a mí aquí?
—¡Oye, oye, oye! Yo he llegado aquí primero. Si alguien tiene que irse, ¡eres tú!
—¿Acaso no habéis visto cómo está la sala de espera de pacientes? —intervino la enfermera, con irritación—. Consideraos afortunados al haber conseguido tener una camilla. —Una vez terminó, se volvió hacia Roxas y señaló la cama—. Ahí tienes. Túmbate y quédate quieto ahí. Y en cuanto a ti —señaló a Axel, el cual se había vuelto de cara a la ventana, la cual, por cierto, sí que se podía abrir—, vendrán dentro de un rato a echarte un vistazo. Compórtate.
—Que sí, que vale —murmuró con desgana con afán infantil, sin molestarse en volverse a mirarla. La enfermera decidió dejarlo estar. Y tras soltar entre dientes un sonoro y para nada disimulado "dichosos críos", salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella.
Hayner, por su parte, decidió ayudar a Roxas a subir a la camilla y acomodarse, lo que fue algo complicado, dadas las pocas ganas que el chico le puso al asunto.
La realidad era que Hayner no quería sentirse culpable cuando se fuese a los pocos minutos, por lo que esperaba que tras su ayuda Roxas decidiese no tomárselo muy a pecho. Lo que al final no resultó siendo así, por supuesto.
—¡¿Cómo que te vas?! —le reclamó, traicionado.
—¿Te vas? Ah, pues entonces yo también —decidió Sora. Roxas lo miró horrorizado—. No es por nada, y va por los dos, pero aquí me moriré del asco. No me gustan los hospitales —explicó—. Lo siento también, Axel.
El aludido se volvió a él con una sonrisa.
—No importa —dijo—. Por mi vete. A diferencia de otros yo no soy tan dependiente de la gente.
—¡Como sea! —reclamó Hayner de nuevo la atención del rubio, evitando de nuevo otro enfrentamiento más—. Hemos llamado a tu madre, y viene para aquí. Nos vemos mañana, ¿te vale? —En cuanto a Roxas, prácticamente no había oído nada de lo dicho por su amigo. Tenía la mirada clavada en su ahora compañero de habitación, con los ojos entrecerrados en clara señal de desprecio.
—Está bien —respondió, vagamente, aun sin dejar de lado su nueva actividad de asesinar con la mirada. Axel sonrió con arrogancia, lo que enfureció aún más al menor. En silencio, sintiendo que se avecinaba una tormenta, Hayner y Sora abandonaron el lugar, dejando a los dos a solas.
—¿Qué? ¿Alegrándote la vista? —soltó por fin el pelirrojo, sin dejar de sonreír—. Te entiendo, este sitio es realmente deprimente.
—Oh, venga ya… —murmuró Roxas, irritado. Estuvo a punto de apartar la vista, pero inevitablemente sus ojos cayeron en el brazo del pelirrojo, completamente vendado. No supo decir si se lo habría roto o si era algo más, pese a ello, decidió no preguntar. Por supuesto que tenía quizá algo de curiosidad, pero no la suficiente como para rebajarse a demostrárselo a míster creído.
Pero a míster creído no le pasó por alto todo esto.
Y puede que la herida fuese reciente. Que todavía tuviese que sanar. Que el quitarse las vendas tan pronto y sin motivo de peso fuese una tremenda gilipollez. Pero, ¿qué más da, cuando podía fanfarronear de ello ante alguien? Es decir, ante él. Pues con esto en mente ni siquiera se lo pensó cuando empezó a arrancárselas –aunque tuvo la decencia de hacerlo con cuidado–, dejándolas sobre su regazo según se las quitaba.
En el proceso, Roxas no pudo quitar el ojo de encima. Ni siquiera cuando, libre de vendas, dejó completamente a la vista la piel a carne viva de un rojo intenso. Axel sonreía satisfecho, y también algo sádico. No entendía cómo podía mostrarse así con semejante marca en el brazo.
—El dolor de la quemadura solo es temporal. Pero la marca del fuego es para siempre —exclamó, con una sonrisilla de suficiencia asomada en los labios. Al oír semejante barbaridad, Roxas no pudo evitar lanzar una mirada de lo más atónita al pelirrojo. Realmente no podía creerse que el chico pensase de esa forma de verdad. ¿Quién en su sano juicio podría? …Claro. Él, por supuesto, no estaba en su sano juicio. Era un hecho.
—Estás loco —le hizo saber, recostándose de nuevo en la almohada.
—Lo que tú digas, princesita. Al menos tengo ambas piernas en su sitio —replicó, mordaz.
—¿Sí? ¡Pues al menos a mí me visitan! —exclamó de golpe, alzando ambos brazos, exaltado—. Lo que no puedo decir de ti —añadió—. Venga, dime: ¿dónde están tus padres?
Axel lo miró iracundo, y rápidamente volvió a envolverse el brazo con las vendas.
—¡Cierra el pico, imbécil! —gruñó, con la vista clavada en el trabajo—. ¡A mí ya me han visitado!
—Sí, lo que tú digas —murmuró, sarcástico, al tiempo que se acomodaba con la espalda sobre el colchón y la mirada al techo.
—Exactamente. Lo que yo digo. Capullo. —Rápidamente terminó de hacer el apaño. Una vez acabado, lo miró con ojo crítico desde todos los ángulos que le fue posible. Tras darle su visto bueno, volvió a recostarse bruscamente sobre el respaldo, en esta ocasión dándole directamente la espalda al rubio.
La madre de Roxas, la señora Strife, no tardó más de un cuarto de hora en llegar. Por supuesto, tal y como era de esperar, estaba más que indignada por la insensatez cometida por su hijo. Sin embargo esto quedó reducido a la nada a los pocos segundos, pasando casi al instante al modo dramático –muy al estilo de Sora–, dedicándose a gritar a los cuatro vientos lo mucho que su pobre niño debió de haber sufrido al encontrarse solo en ese horrible lugar y de lo desconsiderado que había sido su primo al abandonarlo ahí a su suerte.
Roxas, por su parte, ni se molestó en intentar tranquilizarla, dando esto como una acción inútil que tendía al fracaso incluso antes de empezar.
A lo largo de toda la visita Axel se quedó en su cama, adoptando exactamente la misma posición que en la que había decidido quedar antes, de espaldas a todos. En completo silencio. Sin embargo esto dejó de ser así en cuanto un par de enfermeros aparecieron para atenderlo, aplicarle un ungüento pringoso en las heridas y ponerle vendas limpias. La señora Strife observó todo el procedimiento con algo de fascinación morbosa, al contrario que su hijo, que evitó de todas las maneras volver a ver la horrible marca que había quedado en el brazo del pelirrojo.
Llegada la hora del fin de visitas, y aun pese a la insistencia de la mujer, fue obligada a marcharse, dejando en el aire la promesa de pasarse al día siguiente en cuanto le permitiesen pasar.
La enfermera con cara de sapo se había vuelto a pasar por la habitación para dejarles una bandeja con comida para cada uno. Pese a prometer comérselo todo, Axel terminó por no probar ni un solo bocado, aludiendo que lo que les servían no era más que porquería con sabor a nada. Roxas comió. Por llevar la contraria. Y por hambre. Pero sobre todo por llevar la contraria.
Cuando llegó la hora de apagar las luces, ambos se acostaron lo más cómodamente posible, teniendo en cuenta su correspondiente pésimo estado. Sin embargo lo de Axel no fue más que apariencia, tal y como pudo comprobar Roxas más tarde, cuando, cerca de las doce, se levantó y se fue.
A dónde no le importaba. El porqué quizá un poco sí, pero no lo suficiente.
Tampoco se molestó en preguntarle al día siguiente, cuando lo vio volver a entrar como si nada poco antes de las siete de la mañana.
No hablaron en todo el rato que pasaron en silencio en la habitación. Tampoco cuando apareció de nuevo la señora Strife acompañada de Cloud y el señor Strife.
Y menos aún se despidieron cuando Roxas finalmente fue dado de alta. Salió junto a su familia. Los señores Strife sí que le dieron una cortés despedida. Cloud, peor que Roxas, ni lo miró. Y, alegres por poder salir de ahí tan pronto, salieron los cuatro, dejando una vez más solo al pelirrojo.
Pues bien. Solo pedir que, por favor, ignoréis el hecho de que haya actualizado esto en una semana. Esto difícilmente podrá ser así siempre, sobretodo en época de exámenes, la cual se acerca inexorablemente cual comecocos a quitarme todos mis puntos de vida. Aun así se hará lo que se pueda. Me esforzaré de verdad.
Por otro lado, señalar que no me esperaba que demasiada gente se interesase todavía por la historia, y que vaya, me alegra mucho de haber estado equivocada. Muchas gracias a todos los que hayan decidido darme otra oportunidad, así como a los nuevos que empezaron a leer estos pasados días. ¡Un abrazo para todos!
