¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!
By Silenciosa
Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que hago lo hago por y para el disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen. Nada más.
Capítulo IX. Parte 2: Dios otorga, Dios despoja.
"Allá, donde terminan las fronteras, los caminos se borran. Donde empieza el silencio. Avanzo lentamente y pueblo la noche de estrellas, de palabras, de la respiración de un agua remota que me espera donde comienza el alba. (...) Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre."
Extracto de La Libertad como palabra de Octavio Paz.
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Kenny salió de la librería tras haberse despedido de Amanda Glenn. En el cielo vespertino, que anteriormente no se atisbaba la presencia de ninguna nube, había quedado oculto bajo masas, grises y macilentas, de nubes. Sentía la energía moviéndose en vaivenes irregulares por el aire. Así era, él la sentía. Su cuerpo siempre respondía sin saber cómo a los estímulos de la naturaleza casi de una manera más instintiva que lógica. Un sexto sentido equiparable al de los animales. Era algo nato, de connotación súbitamente involuntaria. Tanto como el hecho de respirar o parpadear. Se sentó en el escalón de entrada a la librería y se sintió como un gato que mira al cielo desde un tejado, esperando a algo que sólo los gatos saben. Luego, cerró los ojos, manteniendo en su rostro un aspecto serio, lleno de concentración. Con toda aquella carga energética crepitar en el aire, Kenny pensó que posiblemente tendría la oportunidad de escuchar a la Voz.
Así la llamaba Kenny a una voz ajena a sí mismo, cuyo origen para él era totalmente desconocido. No provenía de su cabeza, eso estaba claro, porque no podía escucharlo cuando quería, sino cuando ésta deseaba ser escuchada. Esa Voz hablaba con Kenny a veces. Le decía pocas palabras: empleaba dos o tres, no muchas más; palabras justas como las que llevan hacia algún tipo de revelación. La Voz parecía provenir de arriba, del cielo y, todo ello, porque la sentía en el aire cuando el cielo estaba cargado de energía; en tormentas, sobretodo, se la podía oír con mayor claridad. Kenny no le había contado a nadie acerca de ella; no obstante, no era el único que la escuchaba:
"Ésa voz, McCormick, pertenece a Madre", le había dicho, hacía más de una década, un chico cuyo físico era terriblemente parecido al suyo. Mismos ojos añiles, misma piel de tendencia agrisada. "Nosotros dos somos capaces de escucharla."
"Pero, ¿quién es ella realmente?"
El otro joven le había respondido sin inmutarse:
"Eso lo sabrás llegado el momento. Por ahora, sólo necesito que, tanto tu familia como tú, guardéis el secreto de su existencia así como lo de tus muertes y tu capacidad de regenerarte. Nadie puede saberlo, ¿lo entiendes? Si no me haces caso podríais correr grave peligro. Lo demás estará a mi cargo: por ahora soy tu guía y te ayudaré a esconder bien esos secretos que tanto nos incumbe a los dos."
Kenny optó por no pensar en ese joven albino que tanto se parecía físicamente a él. En vez de ello, sus pensamientos volvieron a posarse en Madre. Si bien supo mantenerla en secreto durante tantos años, no logró que su curiosidad por ella fuese aplacada con la misma tenacidad. Buscó toda la información posible acerca de aquella voz abstracta. Descubrió que en África, los chamanes de muchas tribus indígenas entraban en trance para poder escuchar una voz que procedía de arriba. Esta ceremonia mágica era tan antigua como lo era el Hombre. Asimismo, en los sagrados escritos judeocristianos, de Moisés a Abraham, pasando por los Apóstoles y terminando en los mártires del Medievo, hablaban todos ellos de haber escuchado una voz que admitían pertenecer a la Voz de Dios. Un caso muy curioso de este tipo, y referido como un hecho histórico verídico, fue la historia de Juana de Arco:
"Yo tenía trece años cuando escuché una voz de Dios."
Declaró la joven Juana un lejano veintidós de febrero de 1431. Los indios americanos supieron contactar también con una misma voz que la asimilaron a la Madre Tierra. De entre todos, fueron ellos quienes lograban hablar con ella y no con un simple intercambio somero de palabras. Y, no muy lejos de allí, en la cultura precolombina mexicana, muchos hombres, inducidos por el mágico frenesí del peyote, habían alcanzado escuchar también una voz que les revelaba premoniciones. En la India, hablaban de la voz del dios Brahma; en el sintoísmo, de la voz espiritual de las cosas y del Universo, los Kami; en la antiquísima cultura eslava, del dios Rode, el que lo escucha todo; en el Antiguo Egipto, de Maat; en la Antigua Grecia, del Noûs: la fuerza motora del Universo que era plenamente consciente de sí misma; en el Budismo, de aquella voz de revelación espiritual que se conseguía a través del Nirvana.
Tampoco había que irse demasiado lejos en el tiempo: habían casos actuales, miles y miles de casos, de personas que habían escuchado emerger de la nada, una voz. Una voz que les hablaba, tal y como en un susurro, al oído. Kenny echó también mano de trabajos científicos que negaban la total existencia de una "Voz" y que la achacaban a delirios y a problemas mentales en el individuo, como la esquizofrenia y la demencia. Más de una vez, deseó plantarse en medio de una planta de campo de estudio, rebanarse de una tajada la tráquea y demostrarles a todos esos "científicos" que existían cosas que ellos jamás serían capaces de explicar con sus intrincadas leyes y teorías. La voz de Madre era un murmullo casi imperceptible que se expandía con el siseo fantasmal en las corrientes de aire. Cual psicofonía, podría ponerle a cualquiera los pelos de punta o, lo que era peor: hacer que alguien perdiera todo atisbo de cordura; sin embargo, Kenny estaba acostumbrado a ella. Ya no necesitaba de auriculares con la música a todo volumen para no escuchar la voz de aquella energía que hablaba con él cuando menos lo esperaba y que tanto pánico le produjo años atrás cuando tan sólo era un crío. Con el tiempo, descubrió que no era una voz malévola ni le producía daño alguno así que supo aceptarla cada vez que aparecía de la nada. No siempre era capaz de percibirla pero en aquel mismo momento alcanzó escucharla:
"Tormenta. Detente."
Le rebeló simplemente Madre después de minutos en silencio intentando captarla de la nada. Luego, repitió lo mismo varias veces, primero en uno de sus oídos, luego en el otro, en secuencia. El tono era el mismo. Kenny lo comparaba a la equivalencia de un disco al rallarse. La voz de Madre calló de repente para finalmente quedar oculta en el profundo vacío del espacio. Sonrió con amargura para sí. Hacía tiempo que las personas desatendían lo allá habido sobre sus cabezas. Apostó que, si alguien en verdad se esforzase en intentarlo, también podría escuchar a Madre. Sólo había que cerrar los ojos y dejarse llevar por el silencio. Allí, en el rincón más profundo de la Nada, estaba ella esperando ansiosa ser escuchada. Finalmente dejó de pensar en ello y abrió de nuevo los párpados. Había que darse prisa antes de que la tormenta se presentara.
Necesitaba sentir la energía que estaba por venir.
Observó a varias personas transitar aprisa por la avenida. Pensó en si ellas habían sido capaces de escuchar los truenos que él mismo había escuchado mientras hablaba con Amanda; sin embargo, no volvió a escuchar ninguno desde entonces. Dejó de prestar atención al último ajetreo humano de la tarde y miró en dirección al campanario perteneciente a la iglesia del pueblo, situado al inicio de la avenida y que, debido a su destacada altura, era visible desde el punto donde se encontraba. Las ocho y media. Kenny pensó acerca del precio que podía costarle pasar la noche en la hostería del pueblo. Abrió la mochila y buscó el sobre que le había dado su madrina Amanda Glenn. Seiscientos dólares contenía dicho sobre. Era una cantidad considerable si se piensa que había sido ganada por un chaval de apenas diecisiete años, pero a él ni le regocijaba ni le sorprendía. El dinero nunca fue un asunto de su gusto. El mundo era raro para él porque se preocupaba por algo tan necio y ruin como lo era el dinero. Algo que ni tan siquiera respiraba ni era un ser vivo, algo que en verdad era papel, era metal, era números abstractos e ideas versadas en codicia, era represión y crueldad; era poder imaginario que ansia más poder imaginario: eso era el dinero. Nada más. Había cosas en el mundo que a Kenny le desagradaban y el dinero era una de ellas. Si algo había conseguido viviendo en extrema pobreza era esa capacidad de vivir en el presente, de limitarse al aquí y al ahora, y aunque no sea el logro más laureado que quepa imaginar, alcanzarlo le había dotado de una gran perseverancia. No tener planes: que era lo mismo que carecer de deseos y esperanzas en las que anclar su vida. Contenerse con su suerte, aceptar con resignación lo que el mundo le ofrecía día tras día. Para vivir así se necesitaba de poca cosa, tan poco como resultaba humanamente posible.
Volvió a reflexionar acerca de cómo debería administrar su paga del mes. Pensó en entregarle trescientos a Karen y así ayudar con algunos de los gastos de su familia. Así que podría quedarse con los otros trescientos dólares. Los iba a necesitar ahora que no tenía adónde ir. Supuso que ya no sería bien recibido por Craig. Kenny se echaba duramente la culpa de lo que había pasado, no podía evitar la certeza de que su ruptura con Craig recaía enteramente sobre sus hombros. En ese momento, no quiso pensar en ello. No quiso pensar en las palabras de Craig y cómo se sentía cuando Stanley Marsh estaba cerca de él. Ése era el quid de la cuestión, sin duda el problema empezaba y acababa ahí, en su relación con Stan.
Sacó los trescientos dólares y buscó su cartera dentro de la mochila. Abrió la cartera y quedó confuso. En la billetera se encontró con que tenía treinta dólares cuando él sabía a ciencia cierta que se había gastado todo lo que tenía el día anterior. Sus sospechas fueros acertadas cuando descubrió una pequeña nota adjunta con los billetes.
"Invita a tu hermana a desayunar."
La nota era un trozo de hoja de un bloc de notas y había sido escrita a bolígrafo. Kenny la releyó varias veces mientras que su corazón se aceleraba más y más al reconocer al instante a quién pertenecía. ¡Qué hermosa caligrafía! Era menuda aunque angulosa, como si en vez de escribir, las letras fuesen dibujadas en un preciso y casi artístico trazo. Era como ver desde arriba las letras escritas con los dedos en la arena de una playa.
—Maldita sea, Craig.
Farfulló Kenny mordiéndose el labio hasta hacerse daño, como si fuese incapaz de pronunciar el nombre de Craig sin sentir un naciente dolor carcomerle el pecho por dentro adjunto a un fuerte sentimiento de culpabilidad. Ser consciente de que posiblemente no volverían a estar juntos era un hecho que todavía le era totalmente difícil de asimilar. No podía pensar. Si hacía algo o pensaba en algo en concreto, su mente, movida por un instinto incierto, lo comparaba o lo llevaba recordar a Craig. Era terrible sentirse así, hundido, sin alma. Kenny se imaginó a Craig en la noche anterior marchando a hurtadillas hasta su cartera con intención de dejarle dinero para que desayunara al día siguiente mientras él dormía profundamente en su cama. Si se lo hubiera entregado en persona, estaba claro que hubiera rechazado su desinteresada oferta y Craig no tenía ni un pelo de tonto como para saber que él reaccionaría así. Creyendo no tener ni un dólar, Kenny no había mirado en su cartera en todo el día.
No hacía ni unas horas en que había terminado todo entre ellos. Y lo único que deseaba Kenny en aquel momento era sentir a Craig de nuevo cerca de él. Sólo pedía eso: tenerlo cerca. Se hallaba abandonado a su suerte. Eso hacía que el corazón le latiera con fuerza, de un modo extraño y profundo. La sensación de la pérdida hizo que le costase respirar y, con ello, una tristeza aún más intensa pisoteó su corazón. Kenny, en respuesta, frunció intensamente la cara, como cuando se sentía confuso y quería evitar llorar y gritar a la vez.
El cielo iba oscureciéndose más y más.
Apretó con fuerza los ojos y evitó sacar fuera de sí toda frustración almacenada en su cuerpo.
Otro fugaz trueno resonó más cerca.
Le temblaron los hombros nerviosamente mientras refrenaba todo deseo de desahogarse en medio de aquella avenida repleta de gente. Se dijo que no debía llorar, que sólo los debiluchos y los imbéciles sentían lástima de sí mismos, razón por la cual no debía sentir compasión por él mismo, porque no era debilucho ni era un imbécil. Para entonces ya sabía que Craig no estaría más con él. Admitirlo era doloroso; había perdido a la única persona que lo entendía de verdad, la única persona que podría haberle ayudado a salir del profundo pozo abandonado en el que había caído y quedado atrapada su vida. Después de aguantar estoicamente el envite de la pena, Kenny pudo tranquilizarse un poco, guardó el dinero en su cartera con manos temblorosas, adjunto con aquella nota y los treinta dólares, se colocó la mochila a las espaldas y bajó las últimas escaleras que conectaban la librería con la acera de la avenida. Fue una auténtica sorpresa para Kenny, un ataque de shock repentino, cuando descubrió a un joven alto y de cabellos oscuros sentado en el borde de la acera, a unos metros de la fachada de la librería, de espaldas a él.
¿Craig? ¿Craig, a pesar de todo lo ocurrido, lo esperaba?
Tonc, Tonc, Tonc. Se comenzó a oír sin cesar. Alguien, en algún punto lejano de la avenida, debía de estar clavando pertinentemente un clavo en un muro cercano. Kenny miró a su alrededor extrañado buscando el origen del sonido y, al no encontrarlo, recayeron de nuevo sus ojos en el joven sentado de espalda a él que aún no se daba cuenta de su presencia. Kenny descubrió dos cosas cuando dejó de sentirse agitado y se acercó a paso lento al joven.
En primer lugar, aquel chico no era Craig sino Stanley. Y, en segundo lugar, aquel martillar provenía de un lugar mucho más próximo de lo que en un principio creyó. De los latidos de su corazón. Stan se encontraba sentado en la acera con los brazos apoyados en sus rodillas flexionadas, observando el ir y el venir de coches y personas por la avenida como si estuviera esperando por alguien. Kenny frunció el ceño. Stanley no se percató de su presencia hasta que giró su cabeza nada más escucharle aproximarse. Un grito ahogado se alojó en su garganta cuando descubrió que Stan tenía uno de sus resplandecientes ojos vendado.
—¿Stan? ¿Qué coño te ha pasado en el ojo? —le preguntó aún asombrado mientras Stan se levantaba de la acera para ponerse a su altura.
Estaba tan cerca cercano el uno del otro, que Kenny podía cerciorarse perfectamente del cansancio anímico y mental que irradiaba. Por su parte, Stanley encogió los hombros ante su pregunta, desconectó su mirada para clavarla en el suelo de hormigón y luego responderle con voz apagada:
—Ahora no me apetece hablar de ello. Es algo bastante largo de contar, Kenny.
Renegó con la cabeza a consecuencias del desasosiego que le producía al ver en tan pésimo estado a Stanley. Permanecieron en silencio, uno frente al otro. Había cosas que se removían y se retorcían en el interior de Kenny, en su pecho, en su cabeza, o puede que en los dos sitios a la vez. De lo que sí estaba seguro era de que dentro de él se extendía un malestar ansioso. Un revoloteo extraño nació en su estómago. No eran mariposas, no, eran pterodáctilos.
—¿Y qué haces aquí? ¿Esperas a alguien? Si estás buscando a Kyle creo que se ha ido a la biblioteca a estu…
Kenny calló cuando vio que Stan negaba con la cabeza.
—Te esperaba a ti, Kenny.
—¿A mí? ¿Por qué?
La gente pasaba caminando alrededor de ellos como la corriente de un río. Eran como dos rocas que se aferraban con fuerza al suelo de un río caudaloso.
—Porque antes de marcharme esta tarde te dije que vendría después de las ocho y te esperaría aquí fuera.
Recordó fugazmente la despedida de ellos dos aquella tarde. Después de que Stanley le abrazara con fuerza —y él le respondiera sin pensárselo dos veces—, caminaron juntos y se despidieron nada más aparecer Amanda y Harvey Glenn aparcando el coche frente a la librería. Stanley le dijo que iría a casa a descansar y que volvería después de que Kenny terminara su jornada laboral en la librería. Y así había hecho: Stanley estaba allí, esperándole desde lo que parecía ser, hacía bastante rato. Éste lo miró fijamente a los ojos y Kenny sintió como las mejillas le ardían inexplicablemente. En vez de decir algo, quedó mudo, atado y unido eterna e irremediablemente a Stan. Como la historia de Sísifo y la roca: por mucho que Kenny deseara alejarse lo más posible de Stan, su corazón, como aquella roca, volvía a caer pendiente abajo y quedar rendido en el mismo punto de inicio; cedido a los pies del que fue su mejor amigo. Kenny tendría que cargar su corazón de nuevo lejos, rehaciendo el duro camino que había hecho. Esta vez el camino había sido más fácil: Craig lo había allanado aunque, después de lo ocurrido, comenzó a creer que no sirvió de mucho porque había vuelto al mismo punto de partida. La lejanía se encogía y se hacía diminuta, la cercanía perdía sentido en su cordura diáfana de errores y causas y todo cambiaba de parecer cuando sus pies o puede que su obstinado corazón, se sintiera atraído cual imán a la presencia de Stanley Marsh. Y Craig… Craig se había dado cuenta de todo ello.
Craig había estado en lo cierto. ¿Hasta que línea podría haber cruzado con Craig si era aún incapaz de apartarse del camino que lo llevaba a Stanley Marsh? ¿Cómo poder aferrarse a alguien cuando la corriente lo empujaba hacia un mismo punto? Así siempre había sido: alejarse de Stanley Marsh había sido un imposible para él. Podría contar mil pasos, multiplicarlos en distancias años luz, en unidades astronómicas o en lo que le viniera en gana para poner un abismo entre ellos porque… ¡porque en verdad no le serviría de nada! ¡Ahí estaba de nuevo, delante de Stanley, como el primer jodido día! Volvían a ser niños entonces: Stan le esperaba y él se dejaba esperar. Todo tenía algo más de sentido cuando Kyle no estaba, cuando no estaba Wendy, cuando tampoco estaba Craig. No había que caer en una mal interpretación: quería a Craig. Es más, era muy, muy importante para él. Pero eso no quitaba que por Stan aún sintiera algo muy fuerte.
Había transcurrido muchos años pero, aún así, Kenny recordaba nítidamente su primer día en el jardín de infancia. Tenía cinco años. Después de que todos los padres salieran del aula, lugar en el cual sus hijos comenzarían con el largo viaje del aprendizaje, los llantos se propagaron como una ráfaga virulenta. La gran mayoría de sus nuevos compañeros multiplicaron sus gritos y lágrimas para que sus progenitores volvieran y los sacaran cuanto antes de allí. Kenny fue de los pocos niños que no lloró. Él no lo comprendía. ¿Por qué podían estar tristes sus compañeros si aquel lugar era un paraíso? En vez de patalear en el suelo junto a los demás, el pequeño Kenny miraba asombrado a todas partes, con sus ojos añiles brillando de pura emoción humedecidos. ¡Cuántos juguetes! ¡Cuántas cosas bonitas! Y dibujos pegados a las paredes y profesoras jóvenes y guapas que los cuidaban y no había nada sucio o botellas rotas de whiskey ni las paredes ni el aire corrompidos por la humedad. ¡Era todo tan agradable y limpio! ¡Y había tantas cosas maravillosas! ¿En serio estaban ahí todos esos juguetes para que los niños jugaran con ellos? ¿Él podría jugar también? Al principio se acercó poquito a poco, entre nervioso y cohibido, a una caja de juguetes repleta hasta los topes. No es que estuvieran totalmente nuevos pero de una cosa estaba seguro: tenían un mejor estado que sus juguetes viejos y rotos heredados del bruto de su hermano mayor Kevin. Con curiosidad metió la mano dentro de la caja y sacó un muñeco que le llamó bastante la atención. Tenía cierta forma antropomorfa y, en cambio, era de piel gris, con ojos almendrados, negros, sin pupilas, la cabeza mucho más grande y desproporcionada que el cuerpo y los brazos demasiado largos al igual de los dedos. Era un juguete delgado y desgarbado. Lo examinó durante un rato entre las manos, experimentando con el tacto la textura plástica, muy fría, del juguete. ¿Qué diablos podría ser aquel muñeco?
—¡Alto, extraterrestre! ¡No te muevas o disparo!
Kenny dio un brinco del susto, alzó los ojos y buscó con la mirada el lugar de donde había provenido aquella aniñada voz. En la misma caja, sobre el apilado montón de juguetes, había una figurita de un muñeco de acción armado con una Kalashnikov. El muñeco estaba siendo sujetado por un niño que se ocultaba agachado tras la gran caja de juguetes. Del niño Kenny sólo supo distinguir el término de su gorro de lana: una redonda borla roja asomaba tras la montaña de juguetes que contenía aquella caja. Kenny quedó muy quieto. Aún no sabía si se estaba refiriendo a él. Desconcertado y un poco asustado, creyó que el extraño juguete pertenecía a aquel niño y decidió dejarlo en su sitio. El niño escondido, en respuesta, agitó el muñeco en sus manos y habló por él:
—¡He dicho que alto, extraterrestre! ¡Quieto! ¡Tengo un arma y te voy a matar si no te estás quieto!
No cabía duda. El niño de la borla roja quería jugar con él. Kenny cogió el hombrecillo gris y lo hizo acercar al muñeco de acción del otro.
—Yo no soy un extria…, extrati…, extratioristre —dijo confuso, dándole vida a su muñeco con su voz. Ni siquiera sabía lo que significaba aquella palabra tan difícil de decir.
—¡Claro que eres un extraterrestre! ¡Mírate! ¡Y Sally me dijo que los extraterrestres son malos! ¡Que se comen a los niños que cogen las cosas de sus hermanas sin permiso!
Echó una ojeada a su muñeco. La verdad es que no era como el muñeco varonil, musculoso y vestido de militar con el que jugaba su acompañante. Kenny exhaló un suspiro y preguntó con curiosidad:
—¿Pero qué es un ex-tra-te-rres-tre?
Un "oh" de extrañeza se oyó y, sin esperárselo, por fin vio la cabeza del niño asomarse de entre la pila de juguetes y quedar de pie. Dos ojos azules descoloridos lo miraron muy abiertos y entonces, en ese mismo instante, Kenny se sintió conmovido ante aquel mirar tan hermoso y cándido perteneciente al niño. Nunca había visto unos ojos que le transmitieran tanta alegría, que irradiasen un calor tan agradable como el calor de una hoguera en medio de una noche húmeda en lo más profundo de un bosque solitario. El niño lo escrutaba con una sonrisa imberbe, eterna; remarcada con un par de bonitos hoyuelos en cada mejilla. Le faltaba ya algún dientecillo de leche, pero… ¡era tan bonita y tan acogedora esa sonrisa! En su familia esas sonrisas no existían. La pobreza y la tristeza en su familia habían hecho extinguir ese tipo de sonrisas. Entonces, sin necesidad de oír un "click" que respondiese a ello, nació una fuerte conexión hacia aquel niño. Y, sin poder evitarlo, se contagió con esa gran sonrisa. Kenny sintió que quería ser amigo de ese niño para siempre; que quería estar con él. Quería seguir mirando esos ojos llenos de alegría y ganas de vivir. Quería tener esa sonrisa con él siempre y ser igual de feliz. Para efecto de sorpresa, éste lo miró aún más sorprendido de lo que Kenny estaba por contemplarlo a él.
El niño de la borla roja por fin habló:
—¡Oye, tienes unos ojos muy raros!
Kenny tardó en reaccionar, aún asombrado por aquella radiante personificación de la niñez. Luego, volvió en sí y miró su muñeco un tanto desconcertado. Sí, su muñeco era raro. Tenía los ojos extraños; muy lejos de ser humanos.
—¡No! ¡El muñeco no! —le aclaró el niño—. ¡Tú! ¡Tú tienes ojos raros! ¿Y por qué te escondes la cara? ¿Eres un extraterrestre?
Kenny bajó la mirada en respuesta. Miró a ese juguete ignominioso que había cogido de la caja y suspiró. Quizá el significado de extraterrestre fuese sólo eso: raro, monstruoso. Cuando se vino a dar cuenta, el chiquillo había rodeado la caja y se había puesto a su altura. De un gesto, tiró de su bufanda y de la capucha de su parka color naranja, dejando al descubierto el rostro que anteriormente tenía oculto. No le fue difícil porque el niño de radiante sonrisa era más alto que él.
Si aquel niño había caído antes presa del asombro, ahora había quedado petrificado cuando descubrió por sí mismo el rostro de Kenny que tanto persistía en ocultar.
—Vaya… —balbuceó el niño aún contemplándole sin pestañear siquiera y con la boca entreabierta—. ¿Qué eres? ¿Un ángel?
Kenny le respondió empujándolo lejos, muy molesto, y adjuntando un gruñido. No le gustaba que la gente se le quedase mirando de esa forma. Dejó el juguete en la caja, se ocultó de nuevo con la parka y se puso con dificultad la bufanda. No sabía ponérsela, así que se la enrolló con la única intención de ocultarse mejor con ella el rostro. Los dos quedaron en silencio, pero no por mucho tiempo.
—¡Yo me llamo Stan! —le dijo el niño con la misma deslumbrante sonrisa. Entretanto, había vuelto a acercarse para ayudarle a colocarse la bufanda. En un principio, fue reacio a recibir ayuda pero finalmente cedió. El niño se la enroscó con cuidado en torno a su cuello—. ¡Ya está! Ya tienes puesta la bufanda. ¿Cómo te llamas?
Alzó tímidamente los ojos y miró a Stan.
—Yo soy Kenny.
Stan buscó de nuevo el juguete que había cogido antes y se lo extendió para que lo cogiera.
—¡Vamos! ¡Juega conmigo, Kenny! —le dijo muy animado.
¿Y luego qué ocurrió? Fueron muy amigos. Con Stanley, aprendió a ser fuerte, a crecer sin miedo, a saber sonreír ante las adversidades. No tardó en que el cariño de Kenny hacia Stan creciera y subiese como la espuma. Stan era una especie de luz para él: un lugar bueno, un lugar donde reír y ser feliz. Siendo niño, él no comprendía la inocencia del primer amor. Y comprendía ahora que Stan fue algo así como su primer amor platónico. En esa clase de amor no había comprensión del propio hecho de enamorarse o sentirse enamorado: no hay amor más hermoso que aquel que nace sin avisar. Era algo natural, sin ningún tipo de sentimiento carnal o adulto. Algo cándido y puro como cualquier otro amor de niñez. Las personas pueden amar a muchas personas en la vida, pero el primer amor de la niñez, un amor que nace ya cercenado sin futuro alguno, será el que más duela, el que más nostalgia traiga con sus recuerdos. Ley de vida. En aquel tiempo, el inocente Kenny quería a Stan con locura. Lo adoraba tanto que se olvidaba de todo lo demás. Dejó de tenerle miedo a Madre, dejó de llorar por su extraña situación, dejó de pensar que no era normal y que sus padres guardasen ese secreto con total recelo ante los ojos del mundo. Stan fue su camino, lleno de juegos y felicidad. Eso era lo único que quería.
Stanley Marsh fue su único camino.
Pasó el tiempo y llegó el último curso del jardín de infancia de seis años. Fue entonces cuando la familia Broflovski había llegado desde la lejana y soleada New Jersey para asentarse y vivir en el pueblo permanentemente. Los señores Broflovski tenían un hijo y, ese niño, Kyle Broflovski, fue el nuevo alumno de la clase. Entonce todo cambió. Ante los ojos entristecidos de Kenny, vio cómo Kyle usurpaba su lugar poco a poco. Stanley y Kyle se hicieron, en pocos días, en inseparables. En más que uña y carne. Puede que Stan siguiese jugando con Kenny y fuese igual de amigo que siempre, sin embargo, sintió que ocupaba un tercer y apartado lugar. Luego apareció Eric Theodore Cartman. Un niño regordete de carácter irascible que bien podía ser un día amigo de Kenny como en otro ser su peor enemigo. Tanto Cartman como Kenny vieron que Stan y Kyle se hacían amigos inseparables y que ellos habían quedado replegados al margen. Y así siguió siendo durante la escuela.
Pero, a diferencia de las insistentes intenciones de Cartman de conseguir ser el mejor amigo de Kyle, Kenny siempre se conformó con ser simplemente un amigo más para Stanley. En verdad, a diferencia de Kyle, Kenny no le producía dolores de cabeza a Stan. Siempre estuvo ahí para ayudarle, sin discutir ni montar discusiones movidas por el rencor y los celos. Estaba claro que Kyle había sentido lo que él había sentido por Stan. Fue comprensible: no era difícil enamorarse de Stanley Marsh. Algo que Wendy también vivió en carne propia. Luego, vino la adolescencia y Kenny creyó que el amor platónico de la niñez era un cuento chino y que, en todo caso, a él le gustaban las chicas. Y, pensando que todo volvía a su cauce, como debía ser, alguien comenzó a hacerse presente en su vida: Craig Benjamin Tucker.
—¿Kenny?
—¿Hm?
Despertó bruscamente de sus pensamientos una vez que escuchó la reconfortante voz de Stanley en sus oídos. Enfocó su mirada de nuevo en el hermoso rostro que lo miraba aún sintiéndose nervioso. Aquellos ojos color de nieve que tanto le conmovieron de niño seguían ahí ante él; tan cerca pero tan lejos. Puede que percibiese su alto estado de nerviosismo que, con intención de tranquilizarle, le sonrió levemente.
—¿Tienes hambre?
En ese mismo instante su barriga respondió por él con un rechinar furioso. Aterido por la vergüenza de reconocer que tenía hambre después de no haber probado bocado en todo el día, bajó la mirada.
Stan carcajeó con cariño, lo tomó del brazo y se lo llevó con él.
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"¡Buenas tardes o mejor dicho noches a aquellos oyentes que acaban de sintonizar con nosotros! Son las ocho en punto y aquí, en South Park Radio, seguimos pasando esta agradable tarde con buena música. Después de dejaros escuchando You really got me de la conocidísima banda The Kinks, quiero dedicárselo ahora personalmente a mi novia, que yo sé que me está escuchando y sé lo mucho que le gusta esta canción. Bebe, you know that you really got me! Y… ¡venga, va! ¡También se lo dedico a todo aquel que tenga una novia tan bonita como la mía! ¡Aunque lo veo imposible, pero en fin...! —risas—. ¡Así que vamos ya con el siguiente tema! No nos marchemos muy lejos de la línea de tiempo y recordemos a otra banda de la época que supo elevar la performance de la escena del rock de los sesenta. ¡Aquí, Clyde Donovan, sin más preámbulos, os deja con Satisfaction de The Rolling Stone!"
Tweek Tweak tarareó, muy bajito, si bien manteniendo la boca cerrada, los acordes de la canción que comenzó a sonar en los altavoces dispersos a lo largo de la circunferencia cuadrangular de las paredes color ocre que componían el interior de la cafetería. A pesar del sonoro bullir burbujeante del café dentro de la máquina, a poco de estar listo para servir, Tweek siguió tarareando la canción que apenas llegaba perceptible a sus oídos por el ruido que ésta producía. No importaba; se sabía la letra de memoria. Mientras, colocaba una taza bajo el fino grifo de la máquina situada tras la barra. Cuando el café quedó en su punto, apretó la palanca de la máquina y un líquido caliente nació del grifo y de él llenó la taza hasta quedar cubierta por una deleble capa de espuma. El chico de ojos verdes oliva cerró el grifo con la ayuda de la misma palanca, tomó la taza con cuidado entre las manos y las depositó en la barra sobre un pequeño plato de servir café. Añadió una bolsita de azúcar, otra de sacarina, una cucharita limpia y una galletita de caramelo, de esas que acompañaban los cafés ingleses. Unos toques de espolvoreada canela sobre la espuma y listo. Llevó la primera a una joven que ocupaba una de las mesas que se encontraban pegadas a las ventanas de la fachada. Ésta escribía sin cesar sobre un apilado grueso de hojas de papel y libros de texto y, cuando su mano se cansaba, resoplaba y se distraía durante minutos contemplando lo que había tras la ventana. Se acercó y cortésmente le ofreció la taza de café que ella le había pedido. La chica le sonrió agradecida y siguió con su tarea sin perder más tiempo. Tweek la dejó con sus cosas, aunque antes de marcharse, pudo ver por breves segundos lo que ella escribía con tanto ahínco.
Después de apartar la mirada de lo que hacía, paró sus ojos en el rostro de la chica por última vez. Un hilillo de voz susurró en su oído de repente:
"No la mires. Aléjate."
Pero desoyó aquella petición venida de la nada. Su cuerpo se sobrecogió cuando descubrió que la chica ya lo miraba con un gesto malévolo tras los cristales de las gafas. Sí, era todo un prodigio de la maldad. Tragó saliva y la miró espantado cuando ella, ante sus narices, comenzó a arrugar algunas hojas en las que había estado escribiendo y se las comenzó a tragar una por una. Después de haberse tragado varias y reírse delirante mientas lo hacía, la endiablada mujer cogió el bolígrafo con el que había estado escribiendo y se lo clavó en una de las mejillas, con tanta fuerza, que se la había perforado. La sangre comenzó a aflorar de la herida en pequeños hilos que se deslizaban rápidos por el cuello y se filtraban hasta teñir el blanco poluto de la blusa blanca que llevaba puesta. Sintió un nudo ahogado de espanto anidando súbitamente en su garganta, en los ojos infernales sin pupilas de la muchacha descubrió ningún tipo de miedo o dolor de la autolesión que se había infringido contra ella misma. En vez de gritar de dolor, la chica sonrió de manera grotesca y comenzó a cantar, tal y como él lo había hecho unos minutos antes, acompañando la voz de Yagger que aún sonaba vibrante y animada de los altavoces.
Mientras cantaba en un susurro ladino, ella todavía empuñaba el bolígrafo clavado en su sangrante mejilla. La música comenzó a retumbar más y más fuerte en conjunto con el tarareo de ella que, poco a poco, más que una voz se convertía en una especie de gruñido animal; hecho que le provocó un escalofrío que escaló furioso por su columna vertebral. Aquel gruñir era el típico que nacía de una bestia cuando acorralaba a su presa para luego abalanzarse contra ella y devorarla. Tweek retrocedió hasta tropezarse sin querer con la mesa que estaba detrás de él, ocupada en ese momento por dos señoras. Éstas y todos los demás que habían en la cafetería parecían que no se daban cuenta de lo que ocurría y eso hizo que a Tweek se le escapara un grito ahogado que no tardó en hacerse resonar. Aterrorizado vio cómo la chica arrastraba el bolígrafo y así conseguir rasgarse la mejilla con una inhumana fuerza hasta llegar a la comisura de los labios. A partir de ahí, al llegar a la boca, el bolígrafo salió solo. La sangre fluía y la música lo oprimía aún más. Ella seguía cantando. La carne de la mejilla ahora le colgaba y se tambaleaba en un peso muerto. ¡Se había destrozado la cara, se le veía la parte de la mandíbula que antes estaba oculta por la mejilla y ella seguía cantando como si nada!
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Craig escuchó el grito ahogado que profirió Tweek a unos metros más allá. Se puso de pie en un salto, dejando de mirar hacia la amplia ventana, y espontáneamente llevó su atención hacia el lugar donde provenía el grito de su amigo. Lo primero de lo que fue consciente radicó en ver al esquizofrénico chocar contra una mesa habida tras de sí y caerse contra el suelo al tropezarse en su espantada huida. Ante la asustada reacción de los demás clientes de la cafetería, fue corriendo para socorrerlo. Se arrodilló a su lado, lo tomó por los hombros y lo zarandeó un poco para que volviera en sí. Tweek no buscaba otra cosa que desembarazarse de sus brazos, con los ojos desorbitados, aterrorizado y totalmente fuera de sí. Parecía que sólo tenía la pertinente idea de huir cuanto antes de allí, lejos, muy lejos. Craig buscó con la mirada el motivo que infundía todo aquel horror en su mejor amigo hasta encontrarlo: en una de las mesas, una chica que parecía haber estado estudiando, miraba atónita como Tweek huía de ella sin saber el porqué. No vio nada raro en la muchacha; nada de lo que aparentemente Tweek pudiera reaccionar de esa manera. Era una chica normal que intentaba estudiar. Nada más.
Luego dirigió su atención nuevamente hacia su amigo. No necesitó de mucho más para saber que Tweek estaba sufriendo otro ataque de esquizofrenia. Había vuelto a imaginarse en su cabeza algo que creyó real y había entrado como consecuencia en un ataque de histeria. La esquizofrenia tenía eso, podía desvirtuar la imagen de la verdad con suma facilidad. Lo real se camuflaba, lo ficticio parecía real. Tweek a veces no discernía entre lo que producía su imaginación y la realidad. Al igual que la sinestesia de Craig, era algo que no podía controlar.
—¡Dile que pare, Craig! ¡Se está haciendo daño! ¡Dile que pare! —le suplicó Tweek a gritos, aunque no supo muy bien a lo que se estaba refiriendo.
Le intentó calmar según lo tenía sujeto por los brazos. Tweek se retorcía; gritaba alarmado. Así transcurrieron con lentitud los primeros minutos hasta que el padre de Tweek, que había presenciado la escena tras la barra, había corrido hacia la habitación de su hijo y buscó las píldoras que los psiquiatras le recomendaron para frenar los ataques de esquizofrenia. El señor Richard Tweak intentó que su hijo único se tragara la medicina mientras que Craig lo sujetaba para que no se moviera. Las miradas y gritos de sorpresa y horror de los clientes que presenciaban la escena se dispararon. En vez de ayudar o hacer algo, sólo miraban como quien observa un estrafalario personaje de feria. En consecuencia, Craig los odió a todos ellos. ¡Aquello no era un maldito espectáculo! Por mucho que Richard y él lo intentasen por todos los medios, les fue imposible poder darle la medicina a Tweek. Éste gemía y gritaba ahogadamente intentando zafarse de sus brazos y los de Richard.
Fue curiosa la escena que pasó fugazmente ante los ojos de Craig. De entre el círculo de personas que se había apelotonado en torno a ellos, una persona se acercó a ellos y agachándose justamente al lado de Craig, alargó el brazo hacia Tweek para luego tenderle la mano sobre el hombro y hacerle presión durante un puñado ínfimo de segundos. Nada más haber realizado dicha acción, Tweek paró, sin más, de agitarse y de esgrimir alaridos de terror. Sin ningún tipo de explicación científica, Tweek había vuelto en sí, miró en dirección a la persona que le había puesto una mano en el hombro y sonrió con aspecto debilitado. Luego Tweek le dijo en un balbuceo apenas audible:
—Me dijo que no mirara, Bradley. Me…, me dijo que no mi-mirara. Pero no hice caso. Yo…, yo miré. Nunca me curaré, ¿verdad?
La pregunta quedó en el aire flotando indefensa. Craig, aún sin parpadear, rodó su mirada a la persona que con tan sólo colocar su mano sobre Tweek había conseguido calmarlo sin ningún tipo de fuerza o medicamento. Lo primero con que se topó fue con dos grandes y llamativos ojos añiles que lo estaban observando en silencio.
Bradley Biggle.
Sentir que estaba siendo analizado con aquella mirada, hizo que padeciera el ácido sentido de la incomodidad.
—No digas eso, Tweek. Te curarás. Por eso esa voz te sigue hablando. No pienses ahora en eso —respondió Brardley, ahora con una mirada intensa puesta en su amigo—. Cierra los ojos y descansa. Todo va a ir bien, te lo prometo.
Craig ladeó el rostro y miró a Bradley sintiéndose muy confuso. No entendía lo que estaba pasando. Bradley, por primera vez no parecía una máquina insensible y falsa. ¿Cómo era posible que el ataque de Tweek haya cesado tan de repente? ¿Acaso Bradley tenía algo que ver? ¿Desde cuándo ellos dos tenían ese trato tan cercano? ¿Y de qué maldita voz hablaban? A esas alturas, Craig ya era consciente del enorme parecido que tenía Bradley Biggle con otra persona. Sin ningún lazo de parentesco aparente, Bradley compartía una semejanza física brutal con Kenneth Stuart McCormick. Muchos rumores corrieron acerca del brutal parecido de ambos. Las habladurías contaban que Bradley y Kenny eran gemelos y que Carol McCormick había vendido a Bradley a la señora Biggle porque no podía hacerse cargo de los dos. Otros chismes decían que los dos eran hijos de un mismo padre y que éste no era el señor Biggle ni Stuart McCormick. Craig le había contado algunas de esas habladurías a Kenny. Éste se rió de todas ellas.
En cualquier caso, Craig no pudo evitar sobrecogerse y quedar hipnotizado con la presencia de Biggle en aquel mismo momento. La belleza de aquel espécimen que tenía a su lado era indescriptible. Tanto Bradley como Kenny habían sido dos seres que captaban fácilmente la atención de cualquiera. Eso había sido así desde la tierna infancia. Nadie podía acostumbrarse a la presencia de ambos jóvenes. De los dos, Kenny parecía ser el más radiante, tal vez por el hecho de ser mucho más expresivo, más humano, que Bradley.
Asimismo, aunque fuesen físicamente semejantes, sus personalidades eran chocantes, como también su forma de vestir y actuar; ambas totalmente opuestas. Bradley poseía una actitud antipersonal y autómata, como si todos sus movimientos hubiesen sido pensados a priori, cual actor que interpreta su papel exigido en el guión. Su forma de hablar era perfecta, sin inflexiones, sin acentos. La voz de Biggle era neutra como esas voces que resuenan en los altavoces de los aeropuertos. Y, a pesar de su dulzura cuando sonreía o de la simpatía con que trataba a la gente, se pernoctaba en él toda señal de inocencia fingida. Kenny no era así ni por asomo. Kenny desprendía una energía devastadora llena de vida. Sus actos eran todos ellos fruto nacidos del instinto, de sus emociones, éstas demasiado triviales, demasiado previsibles. Por otra parte, Bradley era elegante y pulcro en su forma de vestir. Siempre llevaba ropa nueva, limpísima, sin ninguna arruga. Tenía el pelo liso, meticulosamente peinado, cuya apariencia daba la sensación de ser suave como el mismísimo terciopelo, y caía de manera métrica alrededor de su rostro. Su forma de actuar era elegante, refinada como la de un aristócrata del XVIII, es decir, demasiado premeditada, incluso amanerada hasta cierto punto. Era evidente que Kenny era el excelente contrapunto de Bradley: vestía con vaqueros rotos y viejos y camisetas que apenas eran planchadas. Siempre en tonos vivos. Craig recordó con nostalgia aquel cabello alborotado y de un dorado perfecto que descansaba hasta el arranque del cuello de Kenny. Frente a la distinción refinada de Bradley, Kenny siempre iba desarreglado, natural y espontáneo; cargado de una expresividad tan arrolladora como para derruir la impenetrable muralla que envolvía al corazón de Craig.
—Será mejor que le deis el medicamento ahora que está tranquilo —les aconsejó Bradley cargado de seriedad su rostro. Aquellos ojos añiles lejanos bailaron del rostro de Craig al de Richard Tweak varias veces.
Craig volcó su atención en Richard y vio como éste había hecho caso al consejo de Bradley: con sumo cuidado, hizo que Tweek ingiriera las píldoras dentro de la boca acompañado de varios sorbos de agua. Poco después, Craig llevaba en brazos a Tweek mientras seguía al padre de su amigo. No le costó cargar con él: el cuerpo de Tweek era tan ligero como una pluma. El insistente deseo de querer proteger a su amigo fue mayor en aquel instante. No podía dejar de comparar a Tweek como un frágil objeto de cristal. Por el camino, se le aferraba con fuerza. Esa reacción proveniente del débil muchachito le hizo recordar a Kenny. El hijo de los McCormick se abrazaba a él de la misma manera cuando dormían juntos. Puede que sólo hubiesen transcurrido unas horas del momento en que habían discutido, pero sentía que todo lo vivido con Kenny se había convertido en un recuerdo ahogado por la distante línea del tiempo.
No supo el porqué, pero su pensamiento remitió a un sencillo proverbio que había escuchado alguna vez en el pasado, Dios otorga y Dios despoja. Un día puedes tenerlo todo y al siguiente tener las manos vacías. El amor también formaba parte de ese maquiavélico juego hilado por el maldito Universo. Y él se sentía parte de ese juego: como si el amor que sentía por Kenny le hubiese sido arrebatado injustamente. Ahora se sentía vacío, despojado, sentía su alma como una llagada en carne viva, latente y terriblemente dolorosa. En respuesta, aferró a Tweek con mayor intensidad entre sus brazos, y deseó en silencio para Tweek una vida sin sufrimiento, sin esquizofrenia, sin pesares ni resquicio alguno de dolor; deseaba para Tweek una vida carente de sombras que intentaran despojarle la felicidad que tan justamente se merecía.
Subieron las escaleras y fueron por el pasillo hasta el dormitorio del joven, primero Richard y luego Craig con Tweek en brazos. Tras ellos, el misterioso albino los seguía en silencio. Sus pasos no hacían ruido. Craig podía escuchar el color purpúreo de sus pisadas en conjunción con las del señor Tweak. Incluso, escuchaba el respirar lento y anaranjado que profería Tweek estando dormido, recostada su cabeza en el hueco de su cuello. Fue capaz de percibir todo aquello pero, sin embargo, no lograba pernoctar las pisadas de Bradley. Ni sus pisadas, ni sus movimientos y ni tan siquiera su respiración era audible y visible para su vista. Era como si una especie de pantalla invisible rodeara el cuerpo del joven, haciéndole inmune a sus alterados sentidos, a su sinestesia.
Suavemente colocó a Tweek en la cama, con cuidado para no despertarlo del profundo y agradable sueño en que había quedado inmerso. Luego, ayudó a Richard Tweak a quitarle las botas y luego abrigarle con una manta. Craig se quedó por momentos con la atención enteramente dispuesta en Tweek. Respiraba más tranquilo ahora que el ataque de esquizofrenia de su amigo había cesado. Era cierto que Craig había vivido decenas de veces esa misma situación antes, pero, sinceramente, no se acostumbraba. Todos y cada uno de los ataques de Tweek habían sido peligrosos y nunca pudo asignarlos a una costumbre fácilmente llevadera.
Una mano, de pronto, apretó uno de sus hombros. Se volteó para conectar visualmente con el poseedor de aquella mano y vio que pertenecía a Richard.
—Escucha, Craig. Tengo que llamar por teléfono a mi mujer ahora mismo. Salió a hacer unas compras y necesito contarle lo que ha ocurrido. Ella sabrá si es conveniente o no llevar a Tweek al hospital. Ha pasado mucho tiempo desde que Tweek no sufría un ataque, ¿sabes? Ah, vale, claro, imaginé que lo sabías. Y… ¡cielos, muchacho! ¡Me siento tan preocupado por mi pequeño! Lo menos que deseo es que Tweek sufra de nuevo una recaída. ¡Después de tanto tiempo y…, y ahora otra vez! ¡Dios santo! ¡Ojalá pudiera hacer algo para sacara a mi hijo de esa maldita enfermedad! Te quería pedir un favor. ¿Podrías quedarte con mi hijo y hacerte cargo de él mientras llamo a mi mujer y cierro la cafetería? ¿No te importaría hacerme ese favor, muchacho?
—Por supuesto que lo haré; no se preocupe. Tampoco me quedaría tranquilo si me marchara ahora. Cuidaré de Tweek.
—Gracias, Craig, de verdad. No sé cómo agradecerte todo lo que haces por mi hijo. Eres un buen muchacho.
Craig asintió en un simple gesto en el que quiso transmitir tranquilidad. La última frase que le dijo el hombre quedó solapada en su mente.
"Eres un buen muchacho."
Muy poca gente pensaba eso acerca de su persona. Había oído en boca de los pueblerinos que era un hijo de puta gruñón y un solitario asocial que no le gustaba tratar con los demás. Y llegó un momento en que lo empezó a creer. Él se sentía incomprendido. ¿Y qué? Era uno más entre miles. Existía en el mundo personas que se sentían incomprendidas por los demás. No significaba con eso que tenía que hacerle ver su estado de ánimo a todo el mundo de su alrededor para que supiera lo que realmente sentía. Después de haberle sonreído cortésmente a Richard, le alentó para que marchara e hiciera lo que creía conveniente, que él no se separaría ni un centímetro de Tweek durante su ausencia. Más aliviado que antes, Richard le sonrió muy agradecido y, sin perder más tiempo, salió aprisa de la habitación. Craig respiró hondamente para evitar que la preocupación invadiera sus nervios, se sentó en el borde de la cama y dejó que su mirada quedara clavada en el rostro durmiente de Tweek durante un rato. Ahora su amigo se encontraba estable y dormía plácidamente. Mechones dorados de pelo ocultaban su descolorido y debilitado rostro. Craig volvió a tomar una respiración profunda aunque llena de frustración. Odiaba la condena y la tristeza, sobre todo en esa situación, con respecto a alguien que le importaba. Le dolía ver a Tweek sufrir de esa manera. Tweek no merecía sufrir. Era un muchacho noble, sin una pizca de maldad en el cuerpo, en él era todo bondad y se merecía toda la felicidad del mundo. ¡La vida era demasiado injusta!
—Tienes razón. Lo es.
Craig refrenó sus pensamientos y, muy despacio, enfocó la vista hacia el lugar proveniente de aquella voz. Bradley, que aún estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, había pronunciado dichas palabras.
—¿Perdona? ¿En que tengo yo razón? —le preguntó con el ceño fruncido.
—En que la vida es demasiado injusta —se limitó a decir Bradley.
Craig reflexionó para sus adentros. ¿Es que había estado pensando en voz alta y Bradley le había escuchado? Él estaba seguro de que no había sido así. Mientras dudaba para sí, observó cómo Bradley Biggle entraba parsimoniosamente a la habitación y se dirigía a una de las paredes, ésta cubierta parcialmente por fotografías. Su forma de caminar era ágil, segura y bastante elegante como a la par de grácil, que fácilmente pudo comparar con el confiado andar de los grandes felinos por las angostas extensiones de la sabana, sin temor a nada ni a nadie. Bradley se entretuvo mirando aquellas fotografías. Hubo un tiempo en la infancia en que Craig y Tweek lo dedicaron en pasar el rato sacando fotografías. El psiquiatra de Tweek le hubo propuesto a que tuviera algún hobbie con el cual mantener ocupada su cabeza. Podría ser una estupidez, pero con la fotografía, los ataques de Tweek disminuyeron considerablemente.
—¿Por qué hicisteis tantas fotos de nubes?
Se acercó hasta allí y contempló las fotografías que se estaba refiriendo Bradley Biggle.
—Bueno…, Tweek y yo jugábamos a ser fotógrafos que capturaban imágenes de ovnis —esperó a que Bradley se riera de sus particulares juegos de niños pero, en vez de eso, permaneció muy atento escuchándole—. Subíamos hasta la colina que hay después del lago Stark y, desde allí, cuando veíamos una nube con formas curiosas o algo extraño en el cielo, sacábamos fotos. Como ves, nunca encontramos nada fuera de lo común.
Bradley abrió los ojos de par en par, hizo una mueca y sonrió divertido después. Todo ello muy forzado y sin despegar los ojos de las fotografías de nubes. En ese intento de sonrisa, sus pequeños dientes asomaron durante segundos para luego ocultarse de nuevo.
—Por un momento llegué a pensar que estabais interesados en la nefelomancia.
Craig lo miró algo titubeante. —¿Qué demonios es eso…, cómo se llame?
—Nefelomancia —apuntó de nuevo Bradley aún sin dirigirle la mirada. En vez de ello, se acercó a una de aquellas fotografías y delineó con su dedo índice el contorno de una de aquellas nubes—. Es una palabra griega. Nefélo significa nube y mancia proviene de manteía, que significa adivinación. La nefelomancia es el arte de adivinar el futuro observando las nubes. En todas las culturas del mundo ha sido utilizada: griegos, persas, tibetanos, celtas, incas, indios norteamericanos…
—Menuda estupidez —objetó escépticamente.
—¿Y buscar ovnis para sacarles fotos no te parece más estúpido?
Bradley esta vez había rodado lentamente sus ojos índigos hacia él como si estuviera interesado en su futura respuesta. Otro escalofrío le recorrió el cuerpo. Creyó haber visto a Kenny en aquella radiante figura en vez de a Bradley.
—Tweek y yo éramos unos críos cuando nos daba por eso. Además, te puedo asegurar que buscar ovnis es mucho más entretenido que leer el futuro en unas puñeteras bolas de gas.
Bradley dejó de sonreír y bufó algo defraudado con su respuesta.
—¿Sabes? Desde donde me alcanza la memoria, sé que tú has estado interesado siempre por la astronomía, los extraterrestres, las cosas misteriosas que esconde el Universo... Ya sabes por dónde voy. Sé que has dedicado tu tiempo leyendo sobre eso y también sobre filosofía y psicología. Aparte de la música, claro. Parece que fue ayer cuando te disfrazabas para Halloween de astronauta. ¿Lo recuerdas? Yo sí que lo recuerdo. Recuerdo incluso una redacción que hiciste para la clase del señor Garrison. ¿Qué quieres ser de mayor? Ése era el tema de la redacción y, mientras que todos los chicos decían que querían ser futbolistas, jugadores de baloncesto, cantantes comerciales, luchadores de pressing catch o surfistas, tú querías ser astronauta —Bradley carcajeó sin previo aviso y negó con la cabeza—. ¡Cielos! El único que se acercaba a lo tuyo era la redacción de Stoley. Él quería ser Jedi. Y, aunque no lo creas, todavía ése sigue siendo su jodido sueño.
No pudo evitar sonreír junto a Bradley. Los buenos recuerdos tenían el inmenso poder de sonsacar sonrisas inesperadas. Recordó con cierta nostalgia sus deseos de niño de ser un gran astronauta y conocer otros mundos habitados más allá del Sistema Solar. Cosas de críos... ahora que lo pensaba.
—Y dime, Craig Benjamin, ¿al final has conseguido hacerte amigo de algún extraterrestre? —la voz de Biggle se tornó demasiado frívola como para ser burlona. Era como si lo estuviera preguntando de verdad y no de coña. Sólo sus padres solían llamarle por su nombre completo cuando iban a echarle una buena reprimenda.
Craig no respondió por la total incongruencia de la pregunta. Estaba seguro que Bradley se la dirigía con un doble sentido y que, por su parte, no lograba entender. Bradley rió con osadía, en un tono bajo para no enturbiar el sueño de Tweek. Ante su mutismo premeditado, Bradley prosiguió la conversación:
—Leer el significado de las nubes puede ser interesante. Fíjate bien en esta nube—le señaló Bradley con el dedo situado sobre otra nube fotografiada—: ¿qué forma te recuerda?
—Tiene la forma de la cabeza de un elefante. Fue Tweek quien descubrió la nube y la fotografió.
—No me extraña que la haya tomado él —respondió Bradley en voz baja. Más hablando para sí mismo que para con Craig esta vez.
—Espera..., ¿qué? No entiendo lo que has querido decir con eso —le soltó molesto—. ¿Qué hay de malo en que lo hubiese descubierto Tweek?
El joven albino siguió impasible, con aquella sonrisa turbadora pintada en los labios a pesar de la brusquedad con que él le había tratado.
—En la nefelomancia, el que descubre la forma de la nube es el portador del futuro que en ella se inscribe. El elefante es un símbolo de mal augurio si no se le enfrenta. Se refiere a las fuerzas agresivas y brutales del subconsciente que requieren ser domadas y sometidas para alcanzar el equilibrio emocional dentro del individuo.
Craig reflexionó durante varios segundos hasta que una bombilla imaginaria se encendió.
—¿Quieres decir con eso que el significado del elefante tiene que ver con la esquizofrenia de Tweek?
Bradley sintió con la mirada. —Exactamente. Pasarán muchos años hasta que Tweek consiga vencer esa parte agresiva de su imaginación que provoca todos esos ataques. La esquizofrenia es para siempre... pero teniendo las armas necesarias, logrará dominarla. Y estoy seguro de que así será.
Craig se cruzó de brazos y lo miró directamente:
—¿Qué tipo de trato tienes con Tweek?
—¿Tipo de trato? —Bradley levantó una ceja más que otra—. Ah, entiendo. Mi trato con él es más bien nulo. Tweek no está entre mi círculo de amistades. Eso ya lo sabes. Siempre anda con Token, Jason, Clyde y, claro está, contigo. Para mí, Tweek es sólo un compañero de clase con el que me llevo bien, simplemente.
—Pues no parece ser así. Parece que Tweek te tiene mucha confianza.
—¿A qué te refieres?
—No te hagas el imbécil conmigo —soltó sin miramientos—. Vi cómo le pusiste la mano en el hombro a Tweek y, aunque no sé muy bien cómo, conseguiste que su ataque desapareciera. Puede que con el ajetreo del momento nadie se diera cuenta pero yo sí me percaté. Luego está ese intercambio de palabras tan extraño que habéis tenido entre los dos. Hablasteis sobre una voz. ¿Qué voz es ésa?
Bradley leesbozó una dulce sonrisa infantil. Su pelo dorado brilló a la luz artificial de la lámpara. Craig volvió a pensar en Kenny.
—¿Qué te propones conseguir sabiendo todo eso, Craig?
—Sólo quiero saber la verdad —se sinceró, aún confuso y desorientado con lo que había vivido—. Me preocupo por la salud de Tweek. Eso es todo.
Bradley le aguantó la mirada en silencio. A pesar de su dulce indulgencia, tenía la gélida mirada de un médico que examina su paciente más como algo que curar que como una persona. Mirada analítica, fija y sin apenas parpadear.
—La curiosidad mató al gato —le dijo Biggle finalmente sin dejar de arquear sus comisuras—. Por ahora... quédate sólo con esta idea.
Unos pasos rápidos se escucharon aproximarse a la habitación.
—He llamado a mi mujer y no tardará en venir con un médico —les contó Richard Tweak nada más atravesar la puerta—. Creen que no es conveniente asustar a Tweek si se ve de nuevo en un hospital.
La señora Heather Tweak no tardó en regresar a su hogar acompañada de un señor, miembro especialista del personal médico del hospital. Aquel médico de barriga oriunda, los hizo salir a todos de la habitación, dejando sólo a Emily quedarse dentro con Tweek. Durante la vista del médico, se había sentado con Bradley en una de las mesas de la cafetería, sin intercambiar entre ellos ninguna palabra. En la cafetería sólo estaban ellos dos. Richard Tweak, tal y como había dicho, había cerrado su negocio. Craig buscó a Richard con la mirada: no estaba. Craig supuso que Richard estaría esperando en la entrada de la habitación de su hijo, en la segunda planta. Sentado enfrente, observó a Bradley. Éste se había llevado a la boca una taza de café. Antes de irse, Richard les había traído una taza de café a cada uno mientras esperaban. Bradley tomó un escuetísimo sorbo y su cara se arrugó de repente y sacó la lengua con cara de asco. Tosió varias veces para luego carraspear su garganta.
—Es como beber agua de una alcantarilla —le dijo, dejando la taza en la mesa y apartarla lejos—. Por mucho que intente acostumbrarme al sabor es imposible. Me rindo. No sé cómo los humanos podéis beberos esta basura.
A Craig le hizo bastante gracia la manera con que Bradley no se incluía entre los "humanos".
—¿Porque el café es una mierda adictiva, Biggle?
—Sí, claro que es una mierda adictiva. Aunque también creo que las adicciones están demasiado sobrevaloradas. Cualquier cosa que bebáis, comáis o hagáis varias veces ya creéis que sufrís de una adicción. Vuestro problema es el efecto placebo. Sí, eso es lo que creo.
La cafetería estaba siendo alumbrada por varios lamparones pendidos en el techo. No estaban todos encendidos, por lo que el ambiente resultaba algo oscuro. Las mesas y sillas eran de madera sin devastar, de regusto alpino. A través de la ventana, Craig descubrió que el sol había caído y que la noche ya se había apoderado del cielo. Cuando miró por la ventana en dirección a la calle, la niebla era tan espesa que no dejaba ver lo que había detrás. Típica niebla que envuelve cementerios. Únicamente la luz emitida por las farolas y ventanas de otras viviendas de la avenida podía atravesar semejante capa impenetrable. Craig frunció el ceño cuando su interés se alzó hacia lo alto. Unas nubes gruesas y densas como el alquitrán habían cubierto todo el firmamento. ¿Adónde había ido a parar la agradable tarde soleada? Las nubes habían bajado hasta el horizonte y el mundo se había vuelto invisible con la niebla: lo que no era bueno ni malo, sino extraño. Jodidamente extraño. Todo envuelto en un profundo añil que contrastaba con el anaranjado brillar dorado de las farolas.
—Me gusta el frío de South Park. Está siempre lleno de energía —le declaró Bradley con la vista también puesta en lo habido tras la ventana. Luego sus ojos índigos recayeron sobre él con curiosidad. Una curiosidad infantil que lo remitía de nuevo a Kenny—. ¿Tú qué opinas?
—Me da igual.
Bradley soltó una risotada, entrecerrando los ojos mientras lo hacía. —Conmigo puedes quitarte esa estúpida máscara.
Craig entrelazó los dedos de ambas manos y le dedicó una mirada molesta aunque bastante cínica.
—Vaya, parece ser que Bradley Biggle conoce muchas cosas acerca de mí.
El aludido no entró en su juego de acidez dura de palabras. Sonrió como un niño pequeño de mente inquieta.
—Podría sorprenderte, Tucker. Podría hacerte tragar ahora mismo toda esa osadía con la que me estás tratando.
—¿Ah sí? —esta vez esbozó una falsa sonrisa—. No me digas.
—Sí, ¿y sabes lo mejor de todo? —Bradley se inclinó hacia delante hasta alcanzar la altura de su impertérrito rostro. Aquel par de ojos azul griego tiraron de Craig hacia el recuerdo. El recuerdo de Kenny con nitidez donde el corazón comenzaba a latir furioso dentro del pecho—. Lo mejor de todo es que no sabes quién soy yo.
La última sentencia dicha por Bradley fue susurrada. El hilo de su voz era de un anaranjado tan brillante que comparó enseguida con el que nacía de los labios de Kenny. Recordó por inercia las veces que Kenny y él hubieron hablado entre susurros, en su habitación para que nadie de su familia supiese que Kenny había estado allí con él, que había dormido con él, que había follado y besado el cuerpo hermoso del chico pobre durante más de un mes entre aquellas cuatro paredes de su habitación. Durante ese mes, Craig supo qué quería y qué no quería ser. Él no era el prototipo de chico conservadurista y cristiano que quería su familia. Él no iba a seguir con esa tradición tejana heredada de la familia de su padre. Él no quería ser hombre de familia numerosa, él no quería una mujer, él no quería una casa bonita con jardín, piscina y un labrador que le trajera el periódico todas las mañanas. Desde el día, o mejor dicho la noche, que Kenny comenzó a quedarse con él, a esos furtivos encuentros llevados en secreto, lo había estado conociendo a tal grado, con todos y cada uno de los pormenores que la intimidad y lo personal requerían, sentía que por primera vez deseaba compartir la vida con alguien a su manera. Él quería estar con Kenny. Le traía de cabeza la forma de pensar de Kenny, de su forma de actuar tan impulsiva, su espíritu lleno de vida y el modo en que él lo miraba, o puede que quizá, del apasionamiento de su mirada añil, la extasiada intensidad del mirar de Kenny cuando le escuchaba hablar, la sensación de que su presencia era absoluta cuando estaban juntos. Craig, entonces, sí se sentía comprendido, con las ideas claras. Como si fuese Kenny la única persona de la faz de la tierra que podía conseguir entenderle. Una conexión completa.
Y sí, maldita sea, estaba enamorado de Kenneth Stuart McCormick. Y lo había perdido.
Dios otorga, Dios despoja.
Craig se dio cuenta de la proximidad de los ojos añiles de su acompañante que tanto habían amado en el mirar de otra persona. Estos parecían leerle la mente con la mirada y saber todo lo que había estado pensando.
—Tampoco sabes quién es él —siguieron susurrando los labios rojizos de Bradley cerca, bajo todo signo de pasmo nacer en sus ojos negros—. No podrías hacerte ni la más mínima idea de quién puede ser Kenny en verdad. Te juro que nunca podrías llegar a imaginártelo.
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FIN CAPITULO IX.
¡Saludos! Ojalá pudiera actualizar más rápido pero... ¡uf! Intentaré conseguir más tiempo ahora en estos días para subir el décimo capítulo. Ojalá y os haya gustado este. Ahora me iré aprisa que tengo mil cosas que hacer hoy.
¡Gracias por leer, por los reviews y demás! Intentaré responder a reviews lo antes posible. ¡Palabrita de Scoutt!
NOTA: Capítulo revisado y parcialmente modificado el día 31 de Marzo de 2014.
