DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


9 - Sky full of stars

Alcanzó la arena con pasos firmes y decididos. Llevaba los zapatos en la mano y se abrigaba con un sencillo foulard. Tragó saliva y, con ella, el nudo que aún amenazaba con hacerla llorar. Estaba nerviosa por las escenas que acababa de vivir, pero su imagen, de pie frente al mar, la tranquilizó. Desde la distancia podía percibir el contorno de su cuerpo de atleta bajo el traje. Caminó hacia él y se detuvo a su lado.

— Creo que nos revocarán la llave del bungaló después de lo que acabo de decirles a mi prima y a mi tía.

— No pueden, ya es mía. He pasado por recepción, está pagada y es irrevocable —dijo mostrándole el llavero de madera que guardaba en el bolsillo de la americana—. Sea lo que sea lo que les hayas dicho, les estará bien merecido, has aguantado demasiado.

— Me alegro de haberlo hecho. Me he quedado muy a gusto.

— ¿Estás bien? —preguntó estirando uno de sus brazos hasta alcanzarla y alzando su barbilla para mirarla a los ojos, que brillaban como dos esmeraldas.

— Sí, me siento liberada. Hace años que debí decirles todo lo que pienso.

— Quizá este era el momento. El Señor Interrogación está muy orgulloso de ti.

Sus palabras la hicieron reír y su risa fue una secreta recompensa para Cullen, que haría cualquier cosa por no verla llorar.

— ¿Nos bañamos?

— ¿Ahora? ¡Hace frío!

— ¿Frío? Cómo se nota que te has criado en el sur de España. Esto no es frío, es la temperatura perfecta —dijo soltándose el nudo de la corbata, antes de arrojarla hacia la arena seca y comenzar a desabotonarse la camisa despacio.

— Estás loco.

— Puede.

Abriéndola por completo, se deshizo de la prenda, así como de la chaqueta y los pantalones, hasta quedarse solo con unos boxers negros de lo más seductores. La luz anaranjada del complejo vacacional dibujaba sombras en su espectacular torso desnudo y en su espalda de nadador. Tenía ante sí, casi sin ropa, al hombre más fascinante que había visto en toda su vida. ¿Iba a desaprovechar aquella oportunidad?—. Vamos, no permitas que me bañe solo.

— No quiero pillar un resfriado y, además, no tengo ropa de baño.

— ¿La necesitas? —preguntó echando a correr hacia el mar. Bella se aproximó a la orilla y le observó zambullirse y nadar alejándose hacia la oscuridad.

— ¡Edward! ¡Cuidado! No te… Parezco mi madre —masculló entre dientes y sonrió al tomar conciencia de que la había mencionado.

Su madre, la mejor persona que había conocido. Elevó la vista al cielo, allá donde estuviera, esperaba que no se enfadase con ella por lo sucedido aquella noche. Seguro que no. Sus ojos regresaron al mar, buscándole, pero había desaparecido. Miró en todas direcciones sin verle. No había ni rastro de él. Sin saber muy bien lo que hacía, se sacó el vestido y se zambulló en el agua.

Le llamó, gritó su nombre, pero no recibió respuesta. Se sumergió y nadó hacia el horizonte. Parecía que se lo hubiese tragado el mar. Comenzó a preocuparse. ¡Edward! Gritó con toda su alma. Y entonces sintió cómo alguien la agarraba del pie y tiraba de él. Se removió, girándose, y se topó frente a frente con su rostro, demasiado cerca, y sintió cómo sus manos la rodeaban, pegándola a su cuerpo.

— ¡Eres tonto! Me has asustado —dijo, pero él no movió ni un músculo. Tan solo la miraba con una intensidad tal que provocó que su interior se estremeciese.

Los ojos de Bella recorrieron sus labios, aquellos labios entreabiertos, anhelantes, empapados de minúsculas gotitas…

Estaban solos en mitad de una playa vacía, bajo un cielo plagado de estrellas. Edward la tomó por los muslos, la subió a sus caderas y entonces la besó.

Fue como si una explosión nuclear le ascendiese por la garganta. Estaba tan nerviosa que todo su cuerpo temblaba, por suerte él la tenía bien sujeta.

Respondió a su beso separando los labios ante el embriagador roce de su lengua, permitiendo que la invadiese, que tomase el control. Su boca ardía, quemaba, y sus labios sabían salados y dulces al mismo tiempo.

Él sostuvo sus nalgas con firmeza, presionándola contra su abdomen, duro como el acero, como si pretendiese fundirse con su carne. Sin embargo, no era lo único duro que Bella percibía contra su cuerpo.

Envolvió su cuello con los brazos y enredó los dedos en su cabello, mientras sentía contra su pubis la enorme erección que contenían los boxers y su boca se deshacía ante la febril invasión que estaba arrancándole jadeos de placer.

Una lluvia de besos ascendió por su garganta, encendiéndola, y deseó que la tomase en aquel preciso momento. Sus manos descendieron por su espalda hasta detenerse en su culo perfecto, ese que había podido ver pero no palpar hasta ese momento y que era tan firme como parecía.

Cullen se apartó un instante para mirarla. Estaba tan hermosa con los labios ligeramente hinchados por la pasión de sus besos y aquel brillo cándido en su mirada, la deseaba tanto, que temía acabar volviéndose loco si no la hacía suya de una vez por todas, pero entonces algo en su interior le dijo que no debía hacerlo, que debía detenerse en aquel preciso instante. Su vida estaba a punto de cambiar de un modo irremediable y, en lo más hondo de su corazón, sabía que ella no era una más, que no era cualquier mujer.

Sabía que Bella podría llegar a ser su águila, la mujer que jamás se cansaría de mirar cada mañana, cuyo tacto añoraría cada minuto que no estuviese a su lado.

Esa de la que le había hablado Gran Oso en una de sus charlas en el campamento, en los escasos momentos en los que aún conservaban energía suficiente para hablar tras el duro entrenamiento.

Recordó las palabras de su amigo mitad sioux mitad cherokee: «Cuando es tu águila lo sabes. Lo sientes en las tripas y nunca más otra boca te sabrá como la suya, nunca otro cuerpo te saciará como el suyo. Cuando es tu águila, estás jodido». Quién hubiese dicho que bajo aquellos músculos se escondía un romántico, uno del que él mismo se burló en aquel momento. Y, sin embargo, cuán sabias le parecían ahora sus palabras.

Comenzaba a temer que Bella fuese su águila, que pudiese llegar a serlo, y por nada del mundo quería hacerle daño. Si la tomaba, si se rendía a lo que su cuerpo estaba pidiéndole a gritos, lo haría: acabaría lastimándola.

— Mañana me marcharé —susurró sobre sus labios.

— Lo sé —jadeó ella sin entender por qué se detenía.

— Quizá no volvamos a vernos.

— También lo sé —dijo antes de besarle de nuevo, ella no deseaba dejarlo estar y disfrutó de cada segundo de aquel beso largo e intenso.

— Nena, estás temblando. Será mejor que vayamos al bungaló.

Asintió. No temblaba de frío, temblaba de excitación, de anticipación, de deseo…

Sintió la mano de Edward envolviendo la suya, y de nuevo un cosquilleo eléctrico ascendió por su antebrazo. Estaba más nerviosa de lo que lo había estado nunca.

Caminaron con los dedos entrelazados y en silencio hasta la orilla, recogieron la ropa en la arena seca y se dirigieron hacia las dunas tras las que se hallaban las pequeñas construcciones de madera. Bella no pudo evitar contemplar de reojo la poderosa erección que seguía marcándose bajo los boxers, esa que había palpado entre sus piernas y la había hecho sentir tan excitada. Lo deseaba mucho, muchísimo, tanto que habría hecho el amor con él en el agua sin dudarlo un instante.

La arena fría se colaba entre los dedos de sus pies y Edward la abrigó con la chaqueta de su traje embargándola con su aroma a sándalo.

— Gracias.

— Gracias a ti, por pedirme que te acompañase.

— A ti por ayudarme a pasar un momento como este. — Él apretó sus dedos con dulzura—. Ahora tienes que secarte muy bien la herida, aunque esté casi cicatrizada podría infectarse.

— No puedes olvidar por un momento que eres enfermera, ¿verdad? — sugirió, y ella echó a reír. No, no podía—. Bungaló veintitrés. Es este.

Introdujo la llave en la cerradura y la puerta se abrió a la primera. Era un pequeño apartamento rústico y acogedor.

— Imagino que solo habrá una cama. A mí no me importa dormir en el sofá —dijo indicando el sillón de mimbre con cojines estampados en azul marino y blanco.

Aquellas palabras la desconcertaron.

Después de lo que acababa de ocurrir, lo que menos esperaba era llegar al apartamento y echarse a dormir. Necesitaba más, mucho más de él. Edward había prendido un fuego en esa playa y esperaba que lo apagase cuanto antes. Estaba excitada y en aquel momento solo podía pensar en hacer el amor con él hasta que saliese el sol. No era una descerebrada, no acostumbraba a acostarse con nadie en la primera ni la segunda cita, pero cómo él mismo le había dicho, quizá no volverían a verse y pretendía quedarse con el mejor de los recuerdos posibles.

Si solo con sus besos la había hecho estremecer, no podía imaginar lo que sentiría cuando sus manos la acariciasen, cuando su piel se fundiese con la suya. Y, sin embargo, él no parecía dispuesto a hacerlo.

Había dejado el pantalón y la camisa sobre una de las sillas y caminado hasta la cocina donde se había servido un vaso de agua de la nevera. Estaba convencida de que, si ella no daba el paso, se acostaría en el sofá hasta el día siguiente.

¡Cómo la deseaba!

Ni toda el agua helada del mundo podría aflojar la tensión que sentía entre las piernas. Estaba a punto de estallar. Si le rozaba, si le tocaba una sola vez, se volvería y la tomaría contra la pared de la cocina.

Debía esperar a que se acostase, a que aquel anhelo que le palpitaba tan hondo se sofocase.

Aquellos besos en el mar habían estado a punto de mermar su autocontrol. El suyo, el de un SEAL instruido en reprimir sus instintos. Pero nadie, jamás, podría haberle entrenado para afrontar lo que Bella le había hecho sentir. Aquella boca, aquellos besos… ¿Cómo podía besar así? ¿Cómo podía encajar en su cuerpo con tal perfección?

La deseaba, deseaba poseerla, se moría de ganas de hundirse en su carne y fusionarse con ella por completo, pero temía que no hubiese vuelta atrás y no era el mejor momento para implicarse de aquel modo con una mujer. De hecho, era el peor de todos.

La sintió acercarse en silencio y escuchó como la chaqueta que cubría sus hombros caía al suelo.

Dejó el vaso vacío sobre la mesita de la cocina y giró el rostro, observándola por encima del hombro. Oyó como también caía al suelo el sujetador y percibió entre las sombras que los rodeaban como se deshacía de las braguitas.

— No tengo condones —masculló, sintiendo cómo se le erizaba cada vello del cuerpo sabiéndola desnuda a su espalda.

— Yo sí —dijo ella mostrándole el envoltorio plateado que sostenía entre los dedos, sobreponiéndose a su propio pudor y tratando de fingir decisión.

En su interior, daba las gracias a Rose por haberla obligado a llevar una ristra de preservativos en el bolso.

— Mañana me marcharé, Bella.

— Ya me lo has dicho.

— Y quizá no volvamos a vernos.

— También me lo has dicho. No me importa mañana, me importa esta noche.

Cuando sintió el roce de sus pechos desnudos contra su espalda envolviéndole en un erótico abrazo, la escasa fuerza de voluntad que aún poseía se esfumó por completo.

Se volvió y la besó, se apoderó de sus pechos, que tenían el tamaño exacto de sus manos, y temió que su entrepierna explotara de un momento a otro cuando su lengua saboreó aquellos pezones pequeños y duros. No podía aguantar más, ni podía ni quería.

— Eres preciosa… —susurró sobre sus labios mientras sus dedos se perdían en aquellas curvas sublimes y suaves.

Agarró sus nalgas con decisión y, subiéndola a sus caderas, la llevó hasta el dormitorio y la posó en la amplia cama de sábanas blancas. Se situó ante ella, sobre sus rodillas, y llevó uno de sus dedos hasta sus labios, que ella lamió por instinto.

Bella contempló expectante como aquel dedo comenzó a descender entre sus pechos para después continuar por la línea de su vientre, hasta llegar a su pubis. Buscó en sus ojos, en su mirada magnética, en su expresión seria, y sintió que se derretía con aquel hombre espectacular que la recorría con su dedo y lo hundía lentamente en su interior.

— Pareces tan frágil…

— No soy frágil —protestó con un hilo de voz cuando aquel dedo comenzó a moverse.

— No quiero hacerte daño, necesito que estés preparada —añadió inclinándose hacia ella y besándola bajo el ombligo.

— ¿Preparada para qué?

— Soy un bruto —dijo alzando la cabeza y mirándola a los ojos por entre las montañas de sus senos, antes de atrapar uno de ellos con la mano y hundir el rostro entre los pliegues de su carne. A punto estuvo de llegar al orgasmo con la mera caricia de sus labios y su lengua.

Él sintió cómo se humedecía, cómo se abría ansiosa por recibirle. Entonces Edward se deshizo de los boxers y se colocó el preservativo antes de adentrarse en su interior despacio, muy despacio.

— Oh, nena, esto es el cielo —suspiró en su oído inclinándose para besarla.

Bella se arqueó sobre la cama, nunca había experimentado nada como lo que estaba sintiendo entre las piernas. Nunca. Era un roce hondo, profundo y pleno, un placer que crecía como una ola que le aceleraba el corazón. Cada vez que se hundía en ella, se quedaba sin aliento.

Pero, por su expresión y el cuidado con el que se movía, sabía que estaba reprimiéndose, como también sabía que llegaría al orgasmo mucho más rápido si dejaba de hacerlo, así que le obligó a rodar sobre la cama y subió a horcajadas sobre cuerpo.

— Deja de contenerte de una vez, no soy frágil y no voy a romperme —dijo encajando en él con decisión. La expresión de su rostro fue de auténtica satisfacción.

— Tú lo has querido —jadeó, y volvió a hacerla girar sobre la cama, dejando frente así sus nalgas desnudas, y se adentró con ímpetu hasta lo más profundo de su ser.

La penetró con la fiereza de un león en celo, asiéndola con firmeza por los pechos, pegando su espalda a su torso y alzándola a cada nueva embestida. Sus labios se cosieron a su nuca como si fuesen a devorarla y continuó clavándose en su carne con frenesí, como si pretendiese poseer cada célula, cada milímetro de su cuerpo. La agarró del pelo y tiró de él con suavidad para que arquease el cuello, quería ver sus ojos, necesitaba contemplar su expresión de placer mientras la hacía suya.

Jamás había experimentado una sensación como aquella.

Un orgasmo tan devastador, tan demoledor que la hizo temblar, encogerse, sentir como si la vida se le escapase entre las piernas. Un par de lágrimas acudieron a sus ojos y recorrieron sus mejillas, mientras le sentía respirar acelerado pegado a su espalda, unido aún a su cuerpo, inmerso en un clímax que parecía no tener fin.

— Dios —masculló besándola y disfrutando del sudor que impregnaba su cabello tras el derroche de pasión, antes de retirarse despacio, deleitándose hasta el último instante de la calidez y suavidad de su interior—. Bella, mírame —pidió. Ella lo hizo, con una gran sonrisa, limpiando sus lágrimas con las manos, avergonzada—. ¿Te he hecho daño?

— ¿Qué? ¡No!

— ¡Estás llorando! Te he hecho daño, ¿verdad? ¡Joder, soy un bestia! —dijo apartándose de ella furioso consigo mismo.

— No, no. No pienses eso —rogó acercándose a él y rodeándole con sus brazos—. No me has hecho daño, todo lo contrario.

— Entonces, ¿por qué lloras? —preguntó observándola sin entender nada. La idea de haberla lastimado le martirizaba.

— No lo sé. Ha sido tan… tan…

— ¿Tan? —Nunca me había sentido así.

— ¿Así cómo, Bella?, por favor.

— Por un momento sentí que alcanzaba el cielo. No sé explicarlo, nunca había tenido un orgasmo tan… intenso. No lo esperaba. Debes pensar que soy una idiota —dijo apartando la mirada.

— No, al contrario. ¡Es maravilloso! Temí haberte lastimado —aseguró y la besó en los labios. Le encantaban sus labios, pensó que podría besarlos cada segundo de cada día de su vida. También para él había sido espectacular y tampoco recordaba haber sentido antes esa complicidad sexual, ese placer absoluto sin matices.

— Ya te lo dije, no soy frágil. Es solo que jamás lo había hecho de un modo tan animal y…

— Acaba la frase, por favor.

— Y me ha encantado.

— ¿Te asustarías demasiado si te digo que me apetece repetir?

— Por favor —pidió abrazada a su espalda, mirándole sin pudor con los labios posados en su hombro.


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