Disclaimer en el capítulo 1.

Gracias por sus comentarios a geralove (a mí también me duele lo que tardo en actualizar :'(), Evil Dork (mi amor por tus reviews también supera mi amor por la comida), aquarius7 (me encanta que te encante, ¡gracias a ti!), evazqueen (gracias a ti por comentar), Vnat07 (¡ya me extrañaba que no comentaras de primera! Jajaja admito que lo de las esferas era un guiño a Dragon Ball, en principio lo iba a escribir algo distinto pero tu review de Goku me inspiró xD) y Pau (con PDs incluidas, que ha regresado al mundo de los vivos tras meses de silencio xD). Iba a decir que echaba de menos a los guests pero apareció uno hoy así que... de veras lo siento por la demora.

No estoy demasiado convencida con este capítulo :( sabía lo que quería que pasara pero no me salían las palabras y estuve bastante atascada. Espero que os guste igualmente.

Capítulo 09

El sótano parecía sacado de una de esas cutres películas de terror en las que todos los personajes morían. Emma ya no podía verlo de otra forma. El estrecho pasillo de pálida luz por el que iban creaba una ilusión óptica que les impedía saber a qué distancia de ellas estaban las verdaderas paredes, cuán grande era aquella fría y aséptica estancia. Además, el pasillo se bifurcaba varias veces y hacía cinco cruces que no tenía idea de en qué dirección iban ahora.

A su lado, Regina miraba al frente casi sin pestañear, el ceño fruncido y una máscara de preocupación cubriendo su rostro. La morena no había dicho una sola palabra desde la explosión. No cuando Emma tranquilizó a los presentes alegando un simple accidente. No cuando fueron en busca de David para que les diera acceso al sótano con la promesa de explicárselo todo después. Y mucho menos en el rato que llevaban andando.

La demonio nunca admitiría que estaba asustada. Emma ya la conocía lo suficiente para saber que permanecería muda para siempre antes de voluntariamente mostrar debilidad... o dolor. Durante los meses que había pasado buscando al Ángel Negro, Emma se había convencido de que no tenía sentimientos, que no tenía corazón. Pero ahora sabía la verdad. Sabía que era todo lo contrario. Regina sentía demasiado.

En su cabeza rebotaron imágenes en las que aparecía ella, siempre serena, irónica, prudente... y sexy como un demonio. Con un cuerpo carente de excesos o defectos. Tenía todo lo que tenía que tener exactamente donde debía tenerlo. Y unos ojos de infarto. Porque Regina poseía los ojos chocolate más limpios, profundos y expresivos que ella había visto en su vida. Y las pocas veces que sonreía, aunque no fuera abiertamente, se le iluminaba el rostro. Su expresión seria se relajaba y se tornaba un poco más accesible. Más humana.

Tenía que encontrar alguna forma de llegar a ella de nuevo. Necesitaba recuperar a la Regina que bromeaba con ella por teléfono... y quizás también a la que la besaba en su cama.

- Vaya, vaya... cuántas visitas tengo hoy – dijo una voz escalofriante interrumpiendo sus pensamientos.

Emma miró al frente de nuevo, dándose cuenta de que por fin habían llegado a su destino. La celda de la Ölümsüz constaba de tres paredes y una puerta enrejada que no tenía pomo ni cerrojo, asegurando así que nadie podría dejarla salir. La mujer se acercó a los barrotes, permitiendo que las antorchas del pasillo le iluminaran el rostro. No parecía joven, pero tampoco mayor. Incluso con su apariencia desaliñada y la visible dejadez que padecía su cuerpo, la ángel sólo podía describirla como atemporal. Lo que debía de ser bastante cierto porque basándose en lo poco que sabían aquella prisionera existía desde siempre.

- ¿Visitas? - habló Regina por primera vez en lo que parecía demasiado tiempo, mucho más borde de lo que debería -. Creíamos que nadie venía aquí en décadas.

- Sé perfectamente lo que creíais, querida – respondió Meryl con descaro -. Al igual que sé el motivo de esta... cita.

La demonio ya tenía su siguiente mala contestación en la lengua cuando Emma carraspeó y tomó la palabra.

- En ese caso sabrás que necesitamos información – dejó caer lo más amablemente posible -. Eres la única que puede ayudarnos.

- ¿Lo soy? - una risita incrédula -. Tengo entendido que el señor Oscuro sabe muchas cosas también.

- Pero a él no podemos acudir – Emma frunció el ceño, sin saber a donde se estaba dirigiendo aquella conversación.

- ¿Porqué no? - la voz de Meryl destilaba ingenuidad, pero sus pupilas afiladas no se despegaron del confuso rostro de la rubia -. Tú querida Regina podría ir a preguntarle sin más.

- ¿Cómo sabes mi nombre? - la morena se puso a la defensiva, pero ninguna de las otras le hizo caso.

- ¿De qué estás hablando? - prácticamente exigió saber Emma -. Regina no tiene ninguna clase de trato con Rumpelstiltskin.

- ¿Estás segura?

- Por supuesto que sí – y lo dijo con tanta confianza y pasión que una verdadera sonrisa se abrió paso entre los labios de Meryl.

La Ölümsüz tenía muchos dones, pero ni siquiera ella podía superar el poder de las emociones que bailaban frente a sus ojos. La habían encerrado allí durante eones porque representaba, al mismo tiempo, el mayor peligro y el mayor conocimiento sobre el mundo. Había sido demasiado importante para eliminarla y, aún así, su transcendencia no le llegaba ni a la suela de los zapatos a los sentimientos presentes en aquel sótano, que ella podía sentir perfectamente aunque sus dueñas todavía no los hubieran procesado y aceptado.

Regina estaba convencida de que, a pesar de todo, ella representaba la oscuridad, de ningún modo merecedora de afecto y amor real. Emma era la que veía las partes buenas y puras de ella. Mas, al contrario de lo que la demonio pensaría si lo supiera, no eran esas partes la razón por la que Emma iba a amarla muy pronto. La ángel no necesitaba una pareja dulce, inocente y perfecta. Necesitaba a alguien que la entendiera, alguien que hubiera sufrido y conociera la importancia del dolor del corazón. Alguien que comprendiera la clase de trauma que te acompaña el resto de tu vida.

A Emma le encantaba que Regina fuese oscura. Que hubiera partes de ella que jamás pudieran volver a iluminarse por culpa de las cosas horribles que había visto o hecho. Ella sabía que también había destellos de bondad en su demonio, y no dejaba de amarlos, pero eran sus manchas oscuras las que le llegaban al alma. Porque Emma no era luz. Ella luchaba cada día contra miedos y recuerdos que la atenazaban a cada paso que daba, y conseguía seguir caminando. Había tinieblas en ella, tal vez no de la misma forma, pero estaban ahí, y siempre estarían ahí.

No se trataba de aceptar la oscuridad en la otra, sino de comprender esa oscuridad porque era la misma que cada una de ellas sentía por dentro. Se trataba de ser un completo desastre sentimental, pero de serlo juntas, de no sobrevivir solas.

Meryl sabía que ya se querían. Se notaba en sus gestos, sus posturas, las mil y una formas en las que intentaban no mirarse con la intensidad de una mujer enamorada. Y, en el mundo exterior, su relación en ciernes ya era el secreto peor guardado de Maine.

- El lazo que os une va mucho más allá de una simple conexión – comenzó a explicarles, atrayendo su atención como polillas a la luz -. El Destino intervino en vuestras sendas vitales mucho antes de que nacierais... cierta noche de tormenta.

- ¿Insinúas que nacimos el mismo día? - se burló la morena, sabiendo que aquello era imposible. Los nacimientos inmortales eran muy escasos, y nunca, nunca coincidían con otro.

- ¿Das por supuesto que miento? - Meryl le devolvió la pregunta -. Algo prepotente de tu parte ya que no conoces en qué fecha viniste al mundo.

Regina se quedó en shock. Nadie, absolutamente nadie sabía el que ella consideraba su más vergonzoso secreto. Porque, ¿quién no era consciente de su día de cumpleaños? ¿Quién importaba tan poco que el mundo ni siquiera le daba eso? ¿Quién más no tenía su día especial?

- ¿Qué significa? - preguntó Emma, notando la incomodidad de su compañera y queriendo cambiar de tema -. ¿Tiene algo que ver con nuestros poderes? ¿Con el porqué están conectados? - mencionó suponiendo que la Ölümsüz estaba al tanto de eso también.

- La unión de vuestras energías tan solo es una manifestación física de vuestro vínculo. El nexo real alcanza niveles mucho más profundos... – una innecesaria pausa dramática – ...y os llega al espíritu. Sois almas gemelas.

- ¿Qué?

- Estás completamente loca.

- Es imposible.

- Yo ni siquiera tengo alma.

Meryl rió y rió y rió hasta que se quedó sin fuerzas para seguir.

- Por todos los dioses, sois asquerosamente adorables cuando intentáis negar hechos sobre los que no tenéis elección y que de ninguna manera podéis cambiar – declaró con un orgulloso movimiento de mano.

- En el remoto caso de que eso fuera cierto... - empezó a exponer Emma.

- ¿Cómo hacemos para detenerlo? - Regina tenía la mandíbula tensa y los ojos posados en cualquier cosa que no fuera un ángel -. ¿Cómo rompemos la conexión?

A Emma se le hundió el suelo bajo los pies. Vale que su situación era extraña y estresante, pero ¿tanto como para querer abandonarla sin más? Ella creía haber notado un entendimiento mutuo con la morena, algo básico y real que no tenía nada que ver con profecías de ningún tipo. A decir verdad, la ángel seguía sin entender completamente todos esos cuentos sobre las almas gemelas. Le habían dicho una y otra vez que era hija del amor verdadero y ella no lo había cuestionado nunca. Pero, ¿acaso no todos los amores eran reales? ¿Cuáles sí y cuáles no? ¿Quién lo decidía? Emma quería elegir. Emma quería poder mirar a la demonio que ocupaba todos sus pensamientos y tener la certeza de que era solamente su decisión la que contaba en su vida.

- ¿Detenerlo? - Meryl ladeó la cabeza, una genuina diversión en el gesto -. ¿Cómo detendrías tú un tsunami, Regina? ¿Cómo romperías esa ola gigante? - preguntó con sarcasmo -. No importa lo que intentéis hacer, tarde o temprano tendréis que aceptar vuestro destino y los intentos de cambiarlo o evitarlo solo serán comparables a achicar un maremoto con un cubo de juguete.

- Pero tiene que haber alguna forma – repitió ella entre dientes, convenciéndose a sí misma de paso.

La prisionera contestó a Regina, pero miró significativamente a Emma.

- Sólo si estás dispuesta a dejar que una de las dos muera por la libertad espiritual de la otra.

Y Regina reaccionó. Rápida como un rayo posó una mano en el brazo de la rubia y se colocó leve pero notablemente delante de ella, instintivamente protectora ante cualquier posible amenaza. Meryl volvió a enseñar todos los dientes en una sonrisa satisfecha.

- ¿Qué más sabes? ¿Qué nos pasará? - Emma volvió a entrar en la conversación con una duda bastante importante -. Si lo que dices es cierto, ¿cómo nos afectará esa unión y qué tiene eso que ver con la profecía que tanto teme Rumpelstiltskin?

- Ay, Rumpel, Rumpel... - la mujer suspiró con dramatismo -. Nuestro querido señor Oscuro sólo está preocupado porque sois una poderosa fuerza con la que él pensaba contar y que ahora está en su contra, pobrecito – explicó vagamente, antes de mirarlas con seriedad y radicalmente dar por terminada la conversación -. Ha sido una larga mañana, señoritas, me gustaría descansar ahora.

Y así ángel y demonio salieron despachadas de aquel sótano sin saber que, bajo el efecto de sus propios intereses, Meryl sólo les había contado la parte buena de lo que el Destino predijo milenios atrás.

-SQ-

David se dirigió al despacho de su futura ex-esposa nada más permitirles el acceso al subsuelo a Emma y Regina. No les había dicho nada a ellas, pero en el panel biométrico que sólo podían abrir los arcángeles quedaba grabado un registro de las personas que cruzaban aquella puerta. Registro que, por una corazonada, él había revisado con no tan inesperados resultados. Entró en el cuarto sin molestarse en llamar primero y tampoco se dignó a sentarse con ella.

- ¿David? ¿Pasa algo?

- Pasas tú, Snow – dijo él, tajante y directo al grano -. Tú y tus secretos.

- No tengo idea de lo que estás...

- Ahórratelo – la cortó -, no tengo ganas de escuchar ninguna más de tus excusas.

Y ante eso Snow se calló y tragó saliva. David parecía furioso como nunca antes, y ella debía ir con pies de plomo si quería conservarlo. Conservar, no atesorar, o cuidar, o proteger. Lo necesitaba por razones políticas, pero no lo quería a su lado por nada más.

La arcángel no sabía realmente cuando había llegado a aquella situación, pero su marido sólo le servía para mantener, fuera de los aspectos gubernamentales, una posición social respetada y aparentemente indestructible. Una imagen a la que aspirar. Hacía mucho tiempo que no sentía deseos de hacer vida en común con él, y en aquel preciso momento pocas cosas le importaban más que el mayor poder y la mayor supremacía que pudiera alcanzar. Y tristemente eso requería que los demás los percibieran como una familia feliz.

Emma ya le había dado la espalda por completo tras una vida entera de rebeldía, no podía permitirse quedarse sin David también.

- ¿Podemos al menos hablar de lo que sea que te haya molestado? - inquirió con su mejor dulce voz.

- ¿Ahora quieres hablar? - él se pasó una mano por el pelo, visiblemente enfadado y perdiendo los pocos nervios que le quedaban -. Muy bien, empieza explicándome qué demonios haces visitando el sótano todos los meses.

- Simplemente converso con la Ölümsüz – se excusó, intentando parecer creíble -. Es la más antigua entre nosotros, guarda conocimientos sobre el mundo que podríamos utilizar en favor de todos.

- Pero siempre que hablamos de ella en el Consejo insistes con matarla de una vez por todas.

- Porque... porque nunca me dice nada entendible. Sólo parlotea sin sentido y...

- ¿En serio? - la interrumpió de nuevo -. ¿Eso es todo lo que se te ocurre decirme? Creí que a estas alturas tendrías una historia completa preparada para engañarme una vez más.

Y ahí Snow perdió los nervios. Viéndose descubierta, hizo lo que siempre hacía, atacar sin filtro y echar balones fuera.

- Ha sido Emma, ¿verdad? Ella y esa cosa que lleva pegada a sus faldas te han lavado el cerebro con sus ideas.

- Emma no ha hecho absolutamente nada, y Regina tampoco.

- ¡¿Regina?! ¿Ahora la llamas por su nombre también? - se levantó de su silla, más que alterada y palpablemente dispuesta a cruzarle la cara a alguien.

- ¡No cambies de tema! - gritó David, cansado de ese juego de tira y afloja -. Sólo estoy aquí para decirte que quiero el divorcio, hace mucho tiempo que dejamos de ser un matrimonio y quiero legalizarlo lo más pronto posible.

- ¿Te has vuelto loco? ¡No pienso divorciarme de ti!

- En ese caso lo haré por mi cuenta – declaró inspirando con tranquilidad -. Yo mismo se lo diré a nuestros hijos.

Esperó allí de pie durante unos segundos, aguardando por una respuesta, pero ante el silencio de Snow se dio la vuelta y salió del despacho tan rápido como había entrado y un peso menos encima.

-SQ-

Los días se convirtieron en semanas y pasaron en un borrón de luces y sombras. El momento beso quedó en el olvido y Emma se resignó a buscar junto a Regina una forma de romper el vínculo que las unía. Se pasaban casi todas las tardes entre tomos de libros, a cada cual más antiguo, gastado y consiguientemente menos leíble, y no encontraban absolutamente nada.

No les contaron lo de la profecía a sus respectivas compañeras, de acuerdo en que aquello era sólo asunto suyo. Las demás (con Hook incluido) seguían investigando y reuniendo información sobre el Oscuro y sus propósitos, preparando también algún que otro plan de contra-ataque por si fuera necesario.

Por otro lado, ya eran pocos los que se giraban al ver a Regina pasear por la Torre. Prácticamente se había convertido en su segunda casa del tiempo que pasaba allí con Emma, y a la ángel le gustaba esa falsa sensación de tenerla allí con ella. Nadie sabía realmente lo que buscaban las dos mujeres, pero sí tenían la certeza de que ambas estaban en el bando correcto. O, bueno, casi todos. Al contrario que David, al que sí le habían explicado todo y quien las ayudaba de vez en cuando, Snow no se confiaba y las vigilaba desde lo más cerca posible.

Mas toda esa camaradería que se veía desde fuera era todo fachada. En realidad, el ambiente entre ellas estaba tenso y tirante desde su visita a Meryl. Apenas se dirigían la palabra si no era para compartir algún dato que hubieran encontrado.

A Emma le dolía verla todos los días, indiferente y fría. Jamás lo reconocería, pero había llorado alguna que otra vez desde la noche que durmió junto a ella y no se había atrevido a llamarla en busca de consuelo, temerosa de una respuesta negativa.

- ¿Encuentras algo? - le preguntó entonces, en su intento número trescientos y algo de dar pie a una conversación real con la demonio.

- Aún no – fue la seca y brusca respuesta que obtuvo.

La ángel se hundió de nuevo en su butaca, libro en mano y cabeza gacha, y Regina se reprendió mentalmente por millonésima vez en unas pocas semanas. Ella sabía que le hacía daño con su actitud y fingido desprecio, pero ¿no valía más un pequeño sufrimiento ahora que toda una vida de angustia y pesar?

Excusas. Debía encontrar pronto las respuestas que buscaba, o no aguantaría lo suficiente y se rendiría a sus verdaderos deseos. Abrazarla, sujetarla, fundirse con ella. La piel de Regina clamaba por un toque contra la suya, gritaba por un simple roce casual. Y más allá de sus anhelos físicos, quería quedarse con ella, siempre. Compartir sus días y sus noches. Conocer mejor a Henry, quizás incluso llegar a criarlo juntas.

Sacudió la cabeza, dispersando tal utopía de su mente. Aquello no podía ser. En el improbable caso de que fuera posible, tarde o temprano algo pasaría y Emma saldría herida por su culpa. Todo lo que les había pasado hasta ahora señalaba en esa dirección. Regina se convencía de ello a todas horas, se lo repetía a sí misma hasta el cansancio, hasta creérselo de verdad. Y entonces levantaba la vista y tenía que volver a empezar.

Era suficiente con mirar a su ángel para saber que si ella tenía una gran lista de razones por las que no debían involucrarse más de lo que ya lo estaban, entonces Emma era capaz de enseñarle otra 100 veces más larga, y que crecía más y más cada día, por la cual lo suyo podía salir bien.

¿Qué la detenía entonces? ¿Qué le impedía saltar al vacío si tenía la certeza de que Emma no la dejaría caer? Su verdadero peor obstáculo era ella misma. Su miedo al amor. Su miedo a algo tan intenso como la confianza plena en alguien más. Recordó su visita a la prisionera del sótano, cómo Emma la había defendido sin dar lugar a la más mínima duda. Ni siquiera se lo merecía, no había hecho nada para ganarse esa clase de fe incondicional. Ahí estaba. Ella no era suficiente. No para alguien puro y bueno como Emma.

Regina se consideraba una maestra en mantener una cara de póquer durante largos períodos de tiempo, pero su rostro debió de mostrar algo en ese momento de introspección, porque Emma la miraba con genuina inquietud.

- ¿Estás bien?

- Perfectamente.

Aquella respuesta debió ser la que colmó el vaso, porque la rubia dejó el libro sobre la mesa de centro con decisión y se levantó para cruzar los cuatro pasos que las separaban. Emma se arrodilló frente a ella, y con seguridad dejó vagar una de sus manos por su muslo, ojos marrones y verdes a meras pulgadas de distancia.

- Mira, sé que esto no es ni parecido a lo que tú querías, pero estamos haciendo todo lo que podemos y realmente creo que no merezco esta clase de trato indiferente por tu parte.

No sigas. No preguntes.

- ¿Qué te pasa, Regina?

Por favor.

- ¿Qué es lo que no me cuentas?

Para.

- ¿De qué tienes tanto miedo?

De que por las noches, cuando me despierto, te busco.

*Ölümsüz – inmortal.