Durante los siguientes días, Marinette y Adrien apenas se encontraron en el estudio de Gabriel Agreste. Adrien estaba demasiado ocupado con los retoques de las sesiones de fotografía y con las nuevas campañas, mientras que Marinette se había ganado la confianza de Nathalie y ahora supervisaba el trabajo de los costureros, la calidad de los tejidos y los diseños que se presentaban ante ellas. Gabriel estaba realmente contento con el trabajo de ambos, pero había notado el cambio en la relación de sus dos nuevos fichajes.

Por otra parte, había alguien que realmente estaba disfrutando del distanciamiento. Chloé Bourgois, hija de uno de los políticos más importantes de Francia, estaba encantada con tener a Adrien para ella sola. Tanto era así, que el propio Adrien estaba empezando a cansarse de tenerla colgando del cuello todo el día. Sin embargo, había ocasiones en las que pillaba a Marinette mirando en su dirección justo cuando estaban demasiado cerca. Adrien adivinaba el dolor en su fría mirada, pero no apartaba a Chloé de su cuerpo. Una parte de él, que en esos momentos burbujeaba con intensidad, se regocijaba en el hecho de hacerle daño a Marinette, que ella sufriera de la misma manera que estaba haciendo él. Era cruel, pero no se veía capaz de ir hacia ella y arreglar la situación.

Marinette se daba cuenta de la jugada. Ella sabía que a Adrien no le hacía mucha gracia tener a una niña mimada pegada como una lapa. Se le notaba a la legua, notaba cómo él quería desembarazarse de ella en más de una ocasión, solo que al percatarse de que Marinette le miraba, dejaba sus intentos de liberación para otro momento. A Marinette no le quedaba otra que hacer de tripas corazón y seguir con su trabajo. Al menos, se decía, Nathalie la trataba mejor, su equipo estaba contento con su trabajo y Gabriel no dejaba de felicitarla por todas sus decisiones. Dentro del mal momento que estaba pasando, había encontrado un hueco en Gabriel's.

Marinette se volcaba en su trabajo y lo hacía con auténtica pasión, tanta que empezó a despertar el interés de alguno de sus compañeros. Mientras que ella les rechazaba con amabilidad, Alya le reñía por no ser más dura. Su mejor amiga había podido darle asilo a Adrien mientras él buscaba un apartamento que no se saliese de su escaso presupuesto y que estuviese bien ubicado. Aquello significaban largas noches conversando de diversos temas, que siempre acababan en lo mismo: Marinette.

A pesar de los esfuerzos de Adrien, Alya conseguía focalizar la conversación en su mejor amiga. Sentía que era la única que veía que Marinette necesitaba a Adrien tanto como él a ella. Además, por lo que sabía, a Adrien no le estaba haciendo ningún bien estar separado de Marinette. En ocasiones, Alya le descubría retorciéndose en la cama, aullando de dolor contra la almohada. Había estado a punto de entrar más de una vez, pero sabía que eso solo le complicaría las cosas aún más a Adrien y era lo último que necesitaba en aquellos momentos. De modo que había aprendido a callar y escuchar a hurtadillas. El problema era cómo decírselo a Marinette sin que sonase un intento por volver a unirlos, si es que alguna vez lo habían estado.

Así transcurrió una semana y media desde la aparición de Adrien en la habitación de Marinette. Aquel lunes, Marinette había llevado nuevas ideas al estudio de Gabriel. Estaban tan inmersos en las críticas constructivas y en la elección de las diferentes telas que ambos dieron un brinco cuando Nathalie abrió la puerta del despacho del diseñador. Gabriel le lanzó una mirada envenenada, pero Nathalie hizo como si no pasara nada.

―Lo siento, señor, pero le necesitan urgentemente en la zona de fotografía.

Gabriel frunció el ceño, claramente fastidiado.

―¿Qué ocurre ahora?

Nathalie hizo una mueca de disgusto, pero fue tan fugaz que Marinette creyó haberlo imaginado.

―Lila está intentándolo otra vez.

―¿¡Otra vez!? ―Gabriel dio un manotazo en la mesa y se enderezó cuan largo era; Marinette no comprendía nada― ¿Es que no aprende esa niña?

Nathalie se encogió de hombros.

―Se están rifando al chico Césaire. Chloé tampoco es de gran ayuda―chasqueó la lengua con fastidio.

Marinette se llevó el lápiz que tenía entre los dedos a la boca. Empezó a mordisquearlo con ansiedad. Lila y Chloé querían a Adrien, eso era lo único que entendía.

Gabriel se pasó una mano por la cara y se atusó la chaqueta, molesto.

―Muy bien, iré de inmediato―se giró entonces hacia Marinette y le señaló los bocetos que quedaban en la mesa―. Revísalos y coméntame lo que se te ocurra. Anota cualquier cosa, por estúpida que sea. Voy a encargarme del mar de hormonas.

Marinette apenas tuvo tiempo de musitar un «de acuerdo». En cuanto estuvo sola, cogió una de las sillas del escritorio de Gabriel y se dejó caer sobre ella. La sola mención del falso apellido de Adrien había hecho que le temblaran las rodillas. Durante los últimos diez días, había sido capaz de mantener a raya sus emociones, a pesar de lo mucho que le dolía verle tan distante y frío con ella. Sin embargo, saber que había otra chica más en medio de ellos dos solo complicaba su misión de parecer fuerte.

Echó un vistazo a los bocetos, pero era incapaz de concentrarse. Se imaginaba a Adrien con aquellas dos pegadas a ambos lados, una colgada de cada brazo, alimentando su ego y dándole todas las atenciones que ella no le había dado. Por un momento, se imaginó cogiéndolas del pelo y echándolas fuera del estudio. Luego, sacudió la cabeza para quitarse esas ideas de la cabeza. Ella había tomado una decisión, lo mejor para los dos era la separación. Se hacían demasiado daño cuando estaban juntos, porque él quería algo que ella no estaba dispuesta a darle.

Marinette se mordió el labio inferior y suspiró. Era todo tan complicado…

De repente, un leve chasquido tras ella hizo que se tensara y se girara hacia la puerta. Le pareció que el suelo se hundía bajo sus pies cuando vio a Adrien escabullirse hacia el interior del despacho de Gabriel y cerrar la puerta con sumo sigilo. Marinette le observó. Iba vestido con uno de sus últimos diseños, aunque dudaba que ello supiera. Se trataba de un traje de tres piezas en gris marengo: chaqueta, pantalones y chaquetilla. Había rematado el conjunto con una camisa negra y una corbata verde hierba. Había sido su manera de contribuir a la idea de una boda de verano en la montaña.

Marinette tragó saliva con fuerza y esperó a que Adrien se diera la vuelta y la descubriera allí, porque estaba claro que no se había percatado de su presencia. Se sintió tentada de mantenerse ahí quieta, pasando desapercibido, pero su lápiz tenía otros planes y se deslizó de entre sus dedos al suelo. El suave repiqueteo hizo que Adrien se girase con una rapidez asombrosa. Tardó solo medio segundo en darse cuenta de quién estaba allí sentada.

La impresión de ver los ojos verdes de Adrien fijo en los suyos azules hizo que Marinette se quedara sin respiración. Hacía demasiado que no estaban juntos, tan cerca, en la misma habitación (si por cerca se entendía poco más de cinco metros).

―Hola―dijo Marinette con un hilo de voz.

Adrien necesitó de toda su fuerza de voluntad para no sonreír ante ella. Estaba demasiado guapa con esos pantalones rosa, esa camiseta de flores estampadas y la chaqueta negra con las mangas remangadas. Adorable y profesional. Y le miraba como si él estuviera a punto de explotar.

―Hola―respondió finalmente, armándose de valor y dando varios pasos hacia ella hasta que se situó en la otra esquina de la mesa de bocetos―. Creía que estaría solo. ¿Qué haces aquí?

―Lo mismo digo―sonrió ella levemente, lo suficiente para que Adrien sintiera que se recargaba de energía; el dolor latente en su pecho disminuyó tanto que creyó que lloraría de felicidad―. ¿Huyes de alguien?

Adrien alzó una ceja y le sonrió.

―Te has enterado, ¿eh?―Marinette asintió con la cabeza― Gabriel me ha mandado aquí. Dijo que tenía que hablar con las dos a solas.

―Ya veo―Marinette no sabía qué otra cosa responder.

Adrien desvió entonces la mirada hacia los dibujos que yacían en la mesa y apoyó una mano en la superficie para poder verlos mejor. Marinette necesitó respirar hondo varias veces al ver el pelo de Adrien revolverse con el movimiento.

―Son geniales―dijo él, mirando a Marinette de reojo―. ¿Son para esta campaña?

―No―respondió Marinette demasiado deprisa, poniéndose de pie e intentando quitar los dibujos de delante de las narices de Adrien―. Bueno, solo algunos. Los demás son para la temporada de otoño-invierno. Gabriel y yo estamos estudiándolos.

Adrien dejó que Marinette le ocultara su trabajo, pero no permitió que se alejara más de él y dio otro paso en su dirección.

―Viviendo tu sueño, ¿no?

Ella se encogió de hombros, centrándose en las pequeñas motas del suelo.

―Sí. Aunque es pronto para pensar en nada más allá del verano.

Adrien asintió, conforme y sombrío.

―¿Y tú? ―preguntó Marinette, pillándole por sorpresa― ¿Cómo llevas la fama? Tu cara ya se ve en algunos anuncios.

Adrien la observó a través del flequillo. Era cierto, había filmado en el estudio el anuncio del nuevo perfume de la compañía de Gabriel. Había sido la cara visible del producto y esperaba, en el fondo, que Marinette lo viera. Había estado tan enfrascada en su trabajo y en los nuevos pretendientes que había temido que se estuviera olvidando de él. Fue un auténtico placer ver que Marinette se ponía roja al admitir que había visto, aunque solo fuese una vez, el anuncio del perfume.

―La sobrellevo―contestó finalmente, sin parecer egocéntrico―. Es raro verte a ti mismo en la tele. No me acostumbro a esas cosas.

―¿Nunca te han grabado o hecho una foto antes?

―Sí, algunas fotos…―confesó Adrien, omitiendo que esas fotografías desaparecían al mismo tiempo que él. No podía quedar ninguna prueba de su paso por el mundo.

Marinette ladeó la cabeza.

―¿No las tienes guardadas?

―No―dijo Adrien con sequedad―. No guardo nada―tuvo que morderse la lengua para no decirle que todo el trabajo que estaban haciendo en la compañía sería para nada.

Las reglas del libro eran claras: no podía haber nada que demostrase su existencia. Aceptó el trabajo de modelo porque necesitaba el dinero y quería hacer feliz a Marinette. Así, de paso, podía vestir todo lo que ella hubiese diseñado. El objetivo seguía ahí, pero el ánimo para hacerlo había disminuido considerablemente desde su discusión en casa de los Dupain-Cheng.

―Ya veo―repitió Marinette, recogiendo el lápiz del suelo y dándole la espalda a Adrien.

La visión del rostro confuso de Marinette, la tensión acumulada durante todos aquellos días de separación, el dolor físico y mental que sentía cuando no estaba con ella… Todo aquello arrasó con su sentido común. Adrien no soportaba tenerla tan cerca y, a la vez, tan lejos, por lo que dio dos zancadas antes de que ella pudiese alejarse más y la rodeó con sus brazos, pegándose a su espalda y enterrando la nariz en su pelo negro. Marinette ahogó un gritito de sorpresa y dejó caer todas sus cosas al suelo. Sus manos volaron a las muñecas de Adrien, más para sujetarse a él que para quitárselo de encima.

―Adrien…―murmuró, como si así pudiese encontrar la respuesta a todas sus preguntas.

―Déjame volver―susurró él contra sus cabellos, inhalando su perfume, adorando la suavidad de su piel―. No lo soporto, déjame volver.

Marinette sintió que sus ojos se anegaban en lágrimas, abrumada por cómo su corazón latía a toda prisa por él, emocionado.

―No puedes… no podemos…―dijo ella con la voz tomada― Nos hacemos daño, Adrien.

―Te prometo que cambiaré. Te juró que no volveré a perseguirte. Seré franco contigo. Por favor, Marinette… Mi princesa… Por favor…

Marinette cerró los ojos. Estaba a punto de ceder y no podía permitirse ese lujo.

―No me llames así, te lo suplico―musitó con un hilo de voz.

―No lo haré.

―Solo mi nombre, Adrien.

―Te lo prometo―repitió él, aferrándola con más fuerza pero asegurándose de no hacerle daño―. No me enfadaré si sales con otro. No te echaré en cara que no te enamores de mí. Estaré contigo hasta que mi tiempo aquí se acabe. Marinette, por favor…

Marinette abrió los ojos y los alzó al techo. Varias lágrimas escaparon de ellos y cayeron sobre el caro traje de chaqueta de Adrien, que levantó al momento una mano para secarle las mejillas con el pulgar. Una caricia tan dulce y suave que Marinette sintió que se estremecía entre sus brazos.

―Está bien…―claudicó, sin poder creérselo ella misma― Hablaré con mis padres para que te instales otra vez.

Adrien exhaló con fuerza. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Una enorme sonrisa se le plantó en la cara. Rio por lo bajo, aliviado, feliz, pleno. Las punzadas en las sienes desaparecieron al instante. Su dueña le aceptaba de nuevo, aunque con reservas.

―Gracias…―y no se las daba simplemente por dejarle volver a su casa, sino por haberle devuelto mucho más.

Sin embargo, al tiempo que asumía que había cedido demasiado rápido y que tendría que darles una explicación a sus padres, Marinette volvía a levantar la muralla que le había mantenido en pie aquellos días. Su regreso a la casa solo les daría más problemas, pero estaba claro que la separación tampoco era buena para ambos. Se prometió a sí misma no dejar que los encantos de Adrien la embaucasen. Él ya tenía chicas a las que atender y ella debía hacer lo mismo, probar cosas nuevas. Había estado demasiado tiempo encerrada en sí misma, Adrien había echado abajo sus propósitos y no pensaba permitir que lo hiciera de nuevo. No, era el momento de seguir adelante y de demostrarse a sí misma que podía obligar a su corazón a no enamorarse de su propio deseo.