Hola, como van? yo aquí llorando porque mis vacaciones se acabaron y la vida se complica por si sola.

quiero agradecer de manera pública a Natalia, muchas gracias por corregirme :D

Muchas a todas por esos RW tan bonitos que me han dejado, motivan mucho, sigan así y seguramente habrá capítulo pronto :)

este capítulo tiene sorpresa... de las malas! xD... no, no me busquen para asesinarme, yo solita me maté escribiéndolo :)


Capítulo X:
Tijeras (parte I)

Con la imagen de Regina deshaciéndose a besos con Emma, bajó las escaleras. Tenía el rostro pétreo y la mirada confusa, sintió que le dolía la cabeza y una sensación de desasosiego le carcomía el alma; su sobrina había logrado lo que él nunca podría, tener el amor de Regina, porque lo que había visto no formaba parte de una aventura y mucho menos de un momento de pasión, no cuando la mirada de su bella cuñada denotaba ese brillo que nunca antes había visto, un motivo para enamorarse más.

Llegó al salón y halló a su hermano sirviendo una quinta copa de licor, mientras Henry lo observaba con desprecio.

-Me tengo que ir-, anunció azorado, -¿por qué?-, Robin pensó lo peor y empezó a llamar a Regina a gritos, -déjala, no fue culpa de tu mujer-, una mirada indeterminada fue lanzada, -recibí una llamada, tengo que ir a la oficina-, era algo extraño a esas horas de la noche, sin embargo era bien conocida la adicción al trabajo por parte de Leopold, así que, resignado, Robin tuvo que dejar que su hermano se fuera.

Henry festejó la salida de su tío mientras entretejía ideas acerca del verdadero motivo por el cual el hermano de su padre se había ido de la mansión y porque su insistente deseo de amargarle la vida a su madre se había extinguido en un par de segundos. Observó el pesar en su padre y ni siquiera por eso sintió remordimiento, la vida era como un libro escrito en idioma antiguo y él tenía muchas cosas que hacer, como para ponerse a descifrarlo. La suma de pecados aumentaba considerablemente, honrar a padre y madre, formaba parte de uno de los violentados.

-Buenas noches-, murmuró entre dientes, -¿y la cena?-, lo incisivo también lo había heredado de su madre, -ya no tengo hambre-, dejó que subiera las escaleras al tiempo que veía como se encontraba en la cima con Regina, -¿qué pasó?-, la tomó del brazo con fuerza, pero sin llegar a herirla, -¿y lo preguntas? Por tu culpa mi hermano se fue-, la soltó y ocupó la habitación de huéspedes del lado izquierdo.

Sorprendida observó a Henry que la miraba divertido, -¿por qué siento que sabes algo?-, el niño se rio encantado, -¿cómo crees eso, querida mamita?-, le extendió la mano para que terminara de bajar las escaleras, -ya que la cena se echó a perder, consciente a tu hijo que tanto te ama-, se sentó en el sofá y acostó a Henry sobre sus piernas mientras le acariciaba el rostro y le cantaba una canción suave de amor.

-Hace mucho que no cantabas-, Regina se iluminó, -¿y te gusta que lo haga?-, el muchachito sonrió, -por supuesto, lo haces muy bien-, cerró los ojos y disfrutó de la voz melodiosa de su madre entonando una segunda canción, algo que hacía muchísimo tiempo no oía y eso lo hizo cuestionarse desde cuándo su bella mamá habría estado sintiéndose como pez fuera del agua.


Que hubiese llegado vivo significaba un milagro, nada menos que eso, después de su forma descontrolada y la poca concentración que había tenido a la hora de conducir y llegar hasta su casa. Estaba furioso y por primera vez en su vida había sentido necesidad de llorar, quería acabar con todo y enviar al diablo toda su vida, una vida que había elaborado únicamente para Regina, pero que estaba claro que nunca iba a entrar en ella porque su deseo no era ese.

Al principio había creído que nunca podría tenerla por su férrea fidelidad a Robin, sin embargo haberla visto en brazos de Emma le había confirmado que el motivo de su rechazo no era más que el repudio que sentía hacia él y la poca o nula atracción que le generaba, insuficiente claro, para que Regina accediera a ser su amante.

Sirvió un vaso de whisky y lo apuró de un solo trago. Tenía que encontrar la forma de tener a Regina a su merced, sobre todo después de la noticia que había recibido de parte de su médico, ese maldito diagnostico que le tenía los días contados. Sí se iba a morir pronto, llevaría a cabo su único deseo, ese que lo había mantenido vivo desde que la mujer de ojos chocolate se le había cruzado en el camino.

Llamó a una de las modelos de la agencia de Celebrity, y aprovechó su antigua relación para sacarle información, datos que pretendía utilizar a su favor.

Con palabras bonitas y la promesa de una cita la semana siguiente en algún bar famoso de la ciudad, consiguió lo que quería, el itinerario de desfiles de su cuñada y el equipo de fotógrafos que la acompañarían, un equipo compuesto únicamente por Emma. Al parecer su sobrina era tan todopoderosa que solo ella podía darse abasto con la cantidad de trabajo y satisfacer a la dueña del anuncio.


Como habían acordado, a eso de la una de la mañana Emma irrumpía en la habitación de su amada para dormir abrazada a ella, mientras afuera muchos seguían creyendo que la única relación existente entre Regina y la fotógrafa no era más que un juego pesado a ver quién era más poderosa y vencía a la otra.
La noche era la única que sabía la verdad, ella, con sus estrellas y la bella luna empotrada en el telón negro, sabía perfectamente la tonalidad del fuego que se desprendía de los cuerpos de las amantes nocturnas, solo ella conocía de la intensidad de sus emociones y la perfección de su amor, algo que hacía que Regina sonriera con misticismo y Emma correspondiera con absoluta entrega.

Y aunque siempre anhelaban prologar las horas juntas, la mañana prorrumpía en la habitación llenándola de luz y soledad, un vacío inmenso que se llenaba solo cuando podían besarse o en complicidad con Ruby, podían pasar la tarde solas en algún lugar a la afueras de la ciudad, en un pueblo donde de moda no sabían y ella era solo una mujer más con bonita ropa y ojos perfectos.

Después del incidente de la cena, no había vuelto a hablar con Robin más que lo estrictamente necesario, poco sabía de su trabajo y el interés que había tomado por el petróleo años atrás para estar junto a su marido y entenderlo se había quedado en la papelera de reciclaje de algún centro comercial o peor aún, en el vacío pozo que nunca volvería a renacer.

Había dos desfiles programados y un centenar de fotos que tomar; tendrían que dividirse y como Regina era el propio jefe de logística de sus eventos, pasaría la tarde encerrada en un cuarto lleno de cámaras, consolas de mando y micrófonos que le permitían dar órdenes a diestra y siniestra, algo que se le daba extremadamente bien.

Ubicó a las doce modelos en línea recta y luego de inspeccionarlas con absoluta rigurosidad, le pidió a Emma, porque a ella no le ordenaba, que tomara las primeras fotografías, las que harían parte del especial de backstage de Celebrity. Aprovechando el revuelo de la nueva Figura que había ordenado Regina, Emma le robó un beso coqueto, mientras haciendo acopio de su fuerza de voluntad, la diseñadora se amarraba las manos para no abrazar a su amante y pedirle que la llevara a un lugar privado donde pudieran abrazarse y mantenerse así hasta el día del juicio final.

A eso de las cinco de la tarde, cuando el cansancio la estaba venciendo y la falta de alimento la tenía mareada, se retiró al cuarto de logística donde podía seguir dando indicaciones, tomar un aliento sin ser molestada.
-¿Se puede pasar?-, sonrió y le extendió los brazos, -claro, amor-, Emma se sentó y la atrajo para que se sentara en sus piernas, -¿sabías que te amo?-, Regina la abrazó antes de robarle un beso apasionado.

Con ayuda de una de las modelos, conquista de Leopold, éste ingresó a la zona de descanso y puso en marcha su plan cuyo único objetivo sería tener a Regina en su cama. A través de dos diseñadores supo que su cuñada estaba en la habitación dispuesta para la logística, mientras que su sobrina había salido a tomar algunas fotografías del escenario.

Subió las escaleras metálicas y ubicó la habitación donde supuestamente estaba Regina, esperaba conseguir lo que se había propuesto lo más pronto posible, el tiempo según su médico se le estaba acabando más velozmente de lo que podían tratar, así que cuanto más pronto tuviera las pruebas que necesitaba, más rápido podría disfrutar de la piel de su cuñada y los besos que la maldita de su sobrina sí tenía.

Vio la puerta y con cuidado giró la perilla encontrándola sin el seguro puesto y aprovechó para acercarse, sin siquiera prever que lo que tanto buscaba estaba dándose en vivo y a todo color, una escena bastante interesante para su lente y sus propósitos equivocados.

Un beso, la fricción amatoria de los labios, la conjugación del verbo amar, la mezcla química más atrevida y el pecado capital más temible por su castigo terrenal y divino, la lujuria.

-Malditas-, tartamudeó frenético sin poder creer lo que sus ojos veían y el lente de una cámara digital retrataba, sin duda el beso que había visto antes no se parecía en nada a lo que estaba presenciando y mucho menos podría creer que se trataba de algo casual generado por el momento y argumentado por la situación, no, su visión era la clara prueba de un engaño de grandes magnitudes y peligrosas consecuencias.

Las manos de Emma recorrían el pecho de Regina con interesante propiedad, mientras que sus labios tatuaban pequeñas marcas entre el escote fino en V y el cuello tibio antes adornado por una mascada de diseñador; -te amo-, se escuchaba decir de los labios de Regina con una voz tan sedosa y llena de deseo que Leopold quiso que su muerte llegara en ese instante, pero la vida no atendía a todos los deseos, simplemente lo dejó ahí parado frente un par de amantes que no veían la hora de entregarse a su amor en un lugar menos atrevido que ese.

-Será mejor que nos detengamos-, susurró Regina besando el lóbulo de la oreja izquierda de Emma, -si o si no, no respondo-, se acomodaron mutuamente la ropa y Leopold se aborreció por tener que ver semejante acto tan íntimo de amor, que nunca podría compartir por mucho que lo deseara; furioso sacó seis fotos más sin que nadie se percatara y desapareció con sigilo.


Al llegar, le ordenó a su asistente que le llevara un par de analgésicos, empezaba a sentir molestia en la cabeza y no quería que aumentara hasta una cefalea incontrolable que la llevaría a cama incapaz de soportar la luz y el murmullo del viento. Revisó la correspondencia y sin perder tiempo firmó los dos contratos de los anunciantes nuevos que ansiaban pautar en su revista, ese día no tenía mucho trabajo, pero Emma sí, así que permanecería en su oficina aprovechando el tiempo para diseñar unos trajes para Henry y en la noche, valiéndose de que su marido no estaba, se iría a cenar con su amante a algún restaurante sencillo en un barrio cualquiera.

Anita, la asistente, entró en la oficina y depositó las pastillas color rojo en gel sobre la mesa, junto a un vaso de agua cristalina al tiempo que entregaba un sobre color caramelo a su jefa.

-¿De quién es?-, la joven le indicó que no tenía remitente, -de eso ya me di cuenta, por eso la pregunta-, la miró de forma obvia y suspiró cansada, -deja así-, le ordenó retirarse y después de tomarse los comprimidos abrió el sobre, obteniendo de inmediato un no envidiable color níveo en el rostro.
-¡Santo Dios!-, exclamó como si fuera una de las almas más piadosas, -¿qué significa todo esto?-, terminó de sacar las fotografías y encontró una carta escrita en computador.

Hacen una linda pareja, no lo niego, pero lástima que seas su madrastra. Si no quieres que esto aparezca en todas las portadas de los periódicos y revistas, mañana mismo, te espero en esta dirección a las dos de la tarde.
La molestia en la cabeza se convirtió en un dolor espantoso, estaba paralizada, las fotos correspondían al cuarto de logística donde había estado besándose con Emma, creyendo que solo estaba ella con su amante y no esa maldita cámara cuyas fotos aunque no profesionales, demostraban más de lo que debían.

Tomó el sobre en una mano y en la otra su bolso, -si alguien llama di que no volveré por hoy-, se veía casi transparente y Ana intentó preguntarle si se sentía bien, pero no obtuvo respuesta de su jefa, quien ya estaba encerrada en el ascensor rumbo al aparcamiento del edificio.


Con todo listo para la llegada de su cuñada, se quitó la corbata, dejo los zapatos a un lado, tenía dos planes porque siempre era mejor ser precavido, por si uno le fallaba, pero sabía que el plan B no lo haría, no cuando intuía el amor tan grande que sentía, para su desgracia, por Emma.

Releyó el documento que había preparado donde juramentaba que las únicas fotos que existían era las que Regina tenía y que, en el momento en que ella accediera a su chantaje, el único archivo existente en su computadora sería eliminado y que nadie se enteraría del engaño, ese no era su objetivo, solo un medio para manipular a su cuñada y llevarla a cumplir sus sucios caprichos; así que, tan pronto como Regina pronunciara las palabras mágicas, las fotos no serían más que un recuerdo.

Faltaban cinco minutos para las dos de la tarde y la boca la tenía seca por la anticipación, los dedos estaba fríos y no podía controlar su pulso, en menos de nada tendría ante sus ojos el espectáculo más bello que Dios podría haber creado, la mujer que amaba, pero que no le daba ni la hora, de ahí que sus medidas fueran desesperadas y contrarias a sus sentimientos.
Condujo como autómata y llena de terror, no por ver las fotografías en una revista o que fuera el objetivo de todo un bombardeo de críticas, sino por lo que podría pasar con Henry. Si bien las notas amarillistas no calarían en su cuero endurecido, en el de su hijo sí y eso le atenazaba el alma, sonó su teléfono celular y sabiendo que era Emma ignoró la llamaba para luego apagar el móvil.

Bajó del auto y le dio una mirada rápida al lugar donde estaba. Era un barrio residencial sin muchas pretensiones, era algo uniforme y aunque no estaba al norte de la ciudad, parecía de buen estrato. Se regañó por su estupidez, qué diablo importaba en donde estaba, lo único que debía importarle era salir de allí.

Toco el timbre con dedos temblorosos y observó cómo el portero automático se accionaba permitiéndole ingresar a la casa de dos plantas y puertas blancas. Sintió que la temperatura corporal le descendía considerablemente, los labios le temblaban y las lágrimas amenazaban con salir aunque ella no quisiera que se hicieran presentes.

-Muy puntual-, incapaz de girarse para ver a su adversario se mantuvo anclada al piso como si su vida dependiera de ello, -déjame verte preciosa, Regina-, habría deseado que el aliento se le escapara con las lágrimas que empezaban a caer, para así perder el conocimiento y olvidarse de esa pesadilla, pero antes de poder hacerlo, Leopold se puso en frente y le asió los brazos, -¡qué bella estás!-, con cuidado le acaricio la base del cuello y movió las manos directo al escote de Regina recibiendo rechazo de inmediato.

-Ya me tienes aquí, ¿cuánto quieres?-, se alejó lo más que pudo y esperó el ataque de su cuñado, -¿por qué el desprecio? Podemos charlar antes de hablar de negocios-, la mujer negó y le dijo que prefería solucionar el inconveniente, -bien, tendrás que pagar a menos que desees que las fotos salgan mañana publicadas en el periódico-, se giró en los talones y cerca de la puerta le espetó con odio, -hazlo, no accederé a nada-, Leopold sonrió con gesto malvado, -¿qué diría tu dulce y arrogante hijito?-, lo miró para después burlarse, -nada, no temo a su reacción-, no había esperado que fuera tan enérgica y segura, así que tuvo que darle paso a su plan B, -como quieras, pero ¿qué pasaría si por tu obstinación, tu amada amante, perdiera por ejemplo…LA VIDA?-, estupefacta lo volteó a ver con terror, -¿qué pasó?, parece que viste un fantasma-.

Posesa, empezó a moverse de un lado al otro, la frente le brillaba por el sudor que su cuerpo emanaba sin límite y el corazón le palpitaba sin nada de mesura, estaba horrorizada y no encontraba cómo poder salir de esa pesadilla tan negra en la que había caído.

-Eso sí te doblega-, la tomó de las manos y la sentó con violencia en un diván de color pastel, -tienes que amarla mucho y por eso la odio-, Regina sin poder articular palabra intentó quitarse de encima a Leopold, quien aprovechaba la cercanía para besarla; -¿cuánto quieres?-, le preguntó para detener el acercamiento peligroso del cuerpo masculino, -¡ay mi querida y amada diseñadora!, no se pregunta cuánto sino qué-, la dejo moverse y se rio cuando la vio sacar la chequera, -pago el precio que me pidas, pero no le hagas daño-, Leopold sacó el documento que tenía listo con su firma, -bien, si accedes, las fotos dejan de existir y tu amante continúa con vida-, se removió por el salón y corrió el velo de una amplia cama situada ahí por capricho propio.

Apuró un trago de vodka y la empujó cerca de la cama sin acostarla, -¿qué quieres, maldita sea?-, estaba histérica y sus nervios no iban a aguantar un minuto más, no cuando su estado peligroso podría alterarla demasiado, -tu cuerpo-, tragó con dificultad rogando al cielo haber escuchado mal, -¿Qué?-, Leopold no perdió tiempo y la tumbó sobre la cama aunque Regina intentó negarse, -si quieres que Emma siga viva, tendrás que hacer el amor conmigo-, eso era algo que nunca sucedería y así se lo hizo saber, desencadenando la furia de Leopold.

Sin que Regina lo esperase recibió una bofetada de parte de su verdugo, -entonces no llores mucho cuando esté bajó tierra-, se levantó de la cama y tomó su teléfono celular, -¡NO!-, detuvo asustada, -no significa ¿qué?-, Regina se quitó la chaqueta marfil, -¿cómo sé que después de tenerme no harás algo en su contra?-, quiso pegarle por amar a su sobrina hasta estar dispuesta a entregársele por salvarle la vida, sin embargo se contuvo, -me queda un mes de vida y puedes estar segura que después de tenerte entre mis brazos, podré morirme sin hacerte daño, lo único que quiero es tenerte conmigo-, le creyó porque era obvio que su único objetivo era poseerla, se lo había dejado claro desde el día en que se habían conocido.

Se sentó en la cama y se zafó los zapatos, -hazlo de una maldita vez-, espetó con lágrimas saladísimas sobre las mejillas, -gracias-.

El roce de su piel le produjo escozor, las miradas lascivas le dieron asco; el muy desgraciado iba a tener su cuerpo, pero nunca su alma y menos su corazón, porque ya tenían dueña, le pertenecían a Emma. Cerró los ojos y quiso salir corriendo a vomitar cuando la boca de Leopold le besó uno de los senos, ¡Y eso que aún tenía el sostén puesto!

Se desnudó con prisa para poder disfrutar cuanto antes del placer de tener a Regina unida a él, con torpes movimientos le quito las medias transparentes y con la caída de la prenda, le besó los muslos inexplicablemente fríos, al tiempo que se detenía para verle el rostro y enmarcarlo con ternura, un sentimiento que no podía hacer parte de él y que la bella, pero ultrajada diseñadora no iba a sentir jamás por alguien tan despreciable como su cuñado.

No perdió tiempo y sabiendo que era el momento, la reclamó como suya, mientras Regina cerraba los ojos y las lágrimas caían sin deseo de detenerse y su cuerpo experimentaba una ola de repulsión dirigida al hombre que lo tenía subyugado. Si la muerte estaba por llegar, ella rogó que se la llevara en ese momento que se sentía tan sucia, tan poca cosa.

-Fue increíble-, exclamó Leopold lleno de satisfacción, pero lejos de comprender el dolor que Regina sentía y lo terrible que había sido para ella tener relaciones con él, -eres tan perfecta-, le acarició el rostro y ella ni siquiera se inmutó, tenía la mirada perdida y los labios secos, -por años odié a mi hermano por poder tenerte así, luego al verte con Emma quise matarla, pero ahora contigo en mis brazos, después de haber hecho el amor, puedo morir tranquilo-, Regina continuó llorando, -¿puedo irme?-, la voz le sonó tan triste que en medio de su excitación Leopold notó el dolor que la llenaba, -nunca, óyeme bien, nunca hicimos el amor, sexo, fue solo eso-, recogió la blusa que estaba en el piso y se la colocó sin apuntarla, -como sea, te tuve conmigo y es lo que me importa-, replicó Leopold, -ojala tengas un feliz viaje al infierno-, tomó las medias y se las deslizó sin importarle si estaban bien puestas o no, -te amo-, le escuchó decir y entonces le regaló una mirada llena de odio y asco, -tú no sabes qué es amar-, Leopold se levantó de la cama y le entregó la chaqueta, -¿y tú sí sabes?-, intentó pegarle, pero se detuvo, -sí, o de lo contrario jamás me habrías tenido, por amor a Emma es que hice lo que hice-, tomó los zapatos y salió corriendo de la casa, necesitaba huir o no respondería por lo que su mente trastornada le obligaría a hacer.

Se subió al auto y no fue capaz de arrancarlo. Tenía la cabeza en otro lado, sus pensamientos estaban sumergidos en el dolor y pintados por el horror de saberse tocada por otro, en algo que no podía llamar del todo una violación, pero que para ella así lo era. Aún sentía las manos de Leopold en sus piernas, y su asquerosa boca sobre su piel, suspiró frustrada, acababa de vivir la peor de las experiencias, y aún no sabía si lograría salir adelante con ello.
Cuando llegó a la revista ni siquiera reparó en cómo lo había hecho, se bajó del auto y sin prestar atención a su estado que no era aliñado y refinado como siempre, le ordenó al parking que dejara el auto ahí, porque no se tardaría, -lo que vengo a hacer no me tomará mucho-, se dijo antes de entrar al ascensor.

A Dios gracias, al entrar al piso de los estudios de fotografía no halló a nadie que pudiera importunarla, observó la luz roja en la puerta tres y supuso que su adorada Emma estaba trabajando, con la mano en la perilla se petrificó del terror, pero era eso o perderla para siempre.

Ruby acomodó las telas de mediterráneo para la siguiente sesión, las modelos aún no llegaban y ellos tenían un par de minutos antes para poder ultimar los detalles del concepto y la cantidad de fotos a tomar. Se enfocaron en la propuesta que había dado Regina de sacarle provecho a las diversas nacionalidades de las modelos y emplear accesorios representativos de cada país para poder entrar en los nuevos mercados que tenían en la mira, era una campaña agresiva, pero todos le tenían fe.

Al escuchar que la puerta se abría, ambas voltearon a ver molestas, odiaban que las interrumpieran cuando estaban trabajando más aún en taller creativo, no obstante el gesto les cambió al comprobar que la bella Regina era quien se atrevía a entrar a pesar de la luz roja, que indicaba 'en trabajo'; -hola mi vida-, el saludo de Emma en lugar de hacerla sentir mejor, la hundió más, -esto se acabó-, Ruby observó de arriba abajo a su amiga, algo grave había sucedido, -¿de qué hablas?-, dejó la cámara que sostenía a un lado y quiso besarla, pero ella la esquivó, -olvida que alguna vez existió algo entre las dos-, se giró para irse, -¿Qué te está pasando?-, Emma tenía los ojos llenos de lágrimas, -nada, solo que…-, una lágrima la delató, -¿qué, solo que, que?-, tenía que hacerlo, -no te amo-, la fotógrafa le soltó las manos que antes había tomado con amor, -espero que rehagas tu vida-, sin esperar la reacción de su amante, salió corriendo en dirección al ascensor que se abría convenientemente para refugiarla.

Ruby, que se mantenía de una sola pieza, no daba crédito a lo que había sucedido, en la mañana Regina le había contado lo mucho que amaba a Emma, entonces algo tendría que haber sucedido muy grave para que se produjera ese cambio, -¡Regina!-, gritó, pero ella ya estaba en el elevador, -esto tiene que tener una explicación-, le dijo a la triste y derrotada Emma,-eso espero-, se dejó caer al piso y sin decir nada dejó que Ruby saliera tras de su mujer, a ver si ella conseguía explicarle qué había sucedido.

Para su suerte había bajado las escaleras casi tan rápido como el ascensor y de no ser por una parada inesperada del aparato donde bajaba su amiga, no habría logrado detener a Regina antes de que se subiera al auto, -¿me quieres explicar qué pasó?-, ella la miró y sin esconder sus sentimientos se echó a llorar como virgen en plena muerte de Jesús. Ruby se imaginó lo peor y temiendo algo mucho más grave, tomó las llaves del auto y ayudó a sentar a Regina en la silla contigua al conductor, -vamos para mi casa y ahí me cuentas qué pasó-.

Sin hablar durante buena parte del trayecto, Regina empezó a removerse desesperada, lloraba con más fuerza y sin poder evitarlo, empezó a rasguñarse la piel blanca de sus muñecas, situación que alertó a Ruby, quien estacionó el auto y la estrujó hasta que consiguió que reaccionara ya que parecía sumergida en un estado cataléptico bastante preocupante.

-Esta mañana me llegaron unas fotos-, empezó y Ruby la instó para que continuara, -me citaron en una casa en el sur de la ciudad-, estaba choqueada y se notaba en su forma de hablar, -traían una nota que evidenciaba mi engaño-, suspiró y se quedó suspendida como en trance, -¿descubrieron que eres amante de Emma?-, asintió a medias y de sus ojos rodaron lágrimas, -¿te chantajearon?-, de nuevo movió la cabeza para afirmar, -¿cuánto te pidieron?-, de nuevo la vio rasguñarse las muñecas, -no cuánto, sino qué-, dijo girándose para ver a Ruby, -¿qué te pidieron?-, estaba asustada, jamás había visto a su casi hermana en ese estado, -mi cuerpo-, Ruby quedó pálida en un segundo, se bajó del auto y empezó a maldecir mientras Regina seguía llorando en silencio.

Continuará…