Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Capítulo X
"Un abrazo y algo más"
— ¿Podrías considerar seis meses?
—Pides demasiado para ser un favor, sobre todo al considerar el inicio de esta situación y tu escasa consideración conmigo—comentó con voz dura la castaña, sintiéndose en su elemento nuevamente. La compostura la había abandonado un instante, pero ya estaba de regreso. Caminó hacia la esquina y cogió los peluches.
—Yo—Edward carraspeó, visiblemente incómodo—lamento mucho todo lo que hice. Fue ruin, incluso para mí, la manera en que actué—las palabras sonaron más ásperas de lo que pretendía, mas, sabía que se debía a las pocas veces que había pronunciado una disculpa sincera.
—Quiero irme.
—De acuerdo—Isabella tuvo que admitir que admiraba la fortaleza de él, pues en ningún momento, sus acciones, palabras o gestos demostraron la vulnerabilidad que sus ojos expresaron al soltar el discurso.
Se subieron al coche y el camino se realizó en silencio, pues ella no quería hablar dado el importante volumen de información que todavía trataba de digerir, y él no deseaba exponerse más.
Cuando aparcó el carro, ella se bajó y rápidamente se dirigió a la entrada, no obstante, regresó sobre sus pasos.
—Pensaré lo de los seis meses—hizo una pausa y acarició sus brazos—. Buenas noches.
Y entonces Edward la vio marcharse, deseando fervientemente que en algún punto del tiempo que pasarían en aquella especie de tregua, Isabella fuera capaz de ver más allá del hombre que la había chantajeado tan despiadadamente.
…
—Aceptaré lo de los seis meses—interrumpió el incómodo silencio. Y pese al alivio y cierto placer que experimentó, guardó la compostura y asintió.
—Gracias.
—Quisiera aclarar que las condiciones siguen en pie.
—Desde luego.
Algo dentro de Isabella se retorcía al ver la frialdad con la que él trataba el asunto, era cortés y mucho más de lo que fue en su primer encuentro, sin embargo, aquél no se parecía al que se declaró hacía tan poco.
—Bien—dicho lo que debía decir, apretó los labios, ajustó sus lentes para el sol y volvió a acomodarse los auriculares, deseando no sentir la ligera nota de decepción. ¿Qué esperaba de todos modos? ¿Que le rogara que lo quisiera? ¿Para qué? Si ella ya sabía la respuesta para tal declaración… ¿no?
Sacudió la cabeza y miró sin ver por la ventanilla todo el tiempo que demoró en llegar al aeropuerto, e incluso en el viaje de una hora en avioneta, no atendió a su compañero de viaje, que para su sorpresa vestía unos jeans y una camiseta de mangas cortas. Odiaba el modo en que la tela se estiraba sobre sus pectorales y bíceps; detestaba infinitamente también cómo relucían sus ojos cuando sonreía genuinamente, tal como hacía ahora que…
—No estaba mirándote—espetó con voz dura, aunque, sin quererlo sus mejillas se tiñeron de rosa, algo que no pasaba hacía mucho tiempo. Indignada por su mueca socarrona, volteó resoplando y subiendo el volumen hasta que le dolieron los oídos.
El vuelo transcurrió sin inconvenientes, sin embargo, él cayó dormido nada más acomodar su metro ochenta y tanto en el mullido asiento, incrementando la molestia de la joven, que no podía creer que se tomara todo con tanta ligereza, no después de su confesión y de que para su profunda irritación, diera vueltas en la cama sin poder dormir, pensando una y otra vez en sus palabras.
Resopló y comprendiendo que la música no ayudaba, pidió un vaso de cualquier licor lo suficientemente fuerte y mordisqueó con enfado un par de maníes.
Finalmente, sin recordar el momento preciso, terminó por dormirse, recordando la triste despedida de su amiga y todas las personas en la isla.
-o-
—Bella—oyó un suave susurro, que le erizó los vellos y puso su piel de gallina—. Hey, despierta.
—Mmh—farfulló, sin querer despertar aún.
—Ya llegamos—él rió e Isabella abrió los ojos de inmediato. Edward se encontraba cerca y lo miró fijamente.
— ¿Qué haces?
—Despertándote— la contempló como si le fallase algo.
—Eso lo sé, genio. ¿Por qué estás tan cerca?
—Somos esposos, recién llegados de la luna de miel y las auxiliares de vuelo nos miran con curiosidad. Somos una noticia reciente.
Entonces le palmeó la rodilla.
—Deberías abrigarte antes de salir, aquí hace frío.
Aún desconcertada, se estiró y confirmó lo que el sujeto le había dicho. Pero se negó a seguir sus órdenes y cogiendo su bolso de mano, anduvo hasta la salida.
La corriente helada le congeló lo más tierno de sus huesos, y la hizo estremecerse. Lamentó su tozudez.
—Demonios mujer, te dije que te abrigaras—se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros. El calor y aroma masculinos la envolvieron deliciosamente. Entonces, cuando ella lo miraba a los ojos para decirle algo, oyó los flashes de cámaras.
Abrumada, se pegó a Edward, escondiendo el rostro en su pecho. Y por instinto, la sujetó con más firmeza adorando la forma en que sentía su cuerpo contra el suyo.
—Vamos.
La obligó a bajar la escalerilla y rápidamente la metió dentro de un coche negro y con vidrios tintados, mientras la prensa se acercaba pidiendo detalles. Los espantó con una gélida mirada y sin decir una palabra, entró en la cabina calefaccionada.
—Vaya, eso me tomó por sorpresa—susurró la joven, juntando sus manos y soplando en ellas para calentarlas. Él suspiró al ver su erizada piel bajo los shorts.
—Te dije que hacía frío.
Sus mechones ocultaron la fulminante mirada que seguramente le dio.
—Acababa de despertar, no estaba razonando.
Incapaz de resistir las ganas de tomarle el pelo, se deslizó más cerca y susurró a su oído:
— ¿Tendría que haberte cambiado yo?
—Como si hubieras sido capaz— masculló, restándole importancia.
—Cariño—rió, haciéndola enojar—estabas dormida, indefensa y yo tengo años de experiencia quitando ropa.
—Por lo mismo, seguramente no sabrías cómo poner un sujetador aunque tu vida dependiera de ello.
— ¿Quieres que te lo demuestre?
—Cerdo.
Le gustaba bromear con ella, ver sus reacciones. Sobre todo ahora que sentía un peso menos al sincerarse consigo mismo y con la joven que cautivaba sus sentidos, una verdad que prefería ocultar para evitar salir dañado. Esto de involucrar sentimientos era nuevo para él y debía reconocer que se encontraba aterrado.
No hablaron mucho más durante el trayecto en coche, ya que él comenzó a revisar unos documentos y al ratito después se conectaba al celular, hablando sin descanso sobre balances, informes y cosas que a Bella no le importaban. De modo que se dedicó a observar por la ventanilla la ciudad con sus luces encendidas, las calles repletas de gente abrigada hasta los dientes. Se distrajo lo suficiente como para recuperar el control de sí misma y apartar las musarañas.
Contempló cómo el chofer se movía entre las avenidas principales y luego de la nada, entraba en un estacionamiento subterráneo. Ella supuso que por fin habían llegado a su nuevo "hogar".
Una ligera sensación de excitación la recorrió, al pensar en que podía visitar a sus amigos luego de tanto tiempo. Con una inevitable sonrisa, bajó del automóvil y le sonrió al hombre que la ayudó a salir.
—Pareces contenta. Me alegra, es un buen edificio.
—No es por el edificio—rebatió, sin dejar el buen humor.
— ¿Entonces? —Isabella tomó su maleta y el bolso de mano, caminando hacia el ascensor con prisa, pues sus piernas se estaban congelando.
—Mañana iré a ver a Nessie y Jake—respondió encogiéndose de hombros y de manera inconsciente, arrebujándose en la chaqueta de Edward. Él no respondió mientras oprimía el botón del piso, pero se veía serio y hasta casi tenso.
—No sé si es buena idea.
La chica rodó los ojos.
—No me importa lo que creas. Iré a verlos. ¿O lo tengo prohibido? — entrecerró los ojos con un ápice de enfado.
—Sabes que ya no tenemos esa clase de acuerdo—espetó con voz suave, aunque cierta tirantez adivinaba bajo la calma superficie.
Ella no dijo más y tampoco lo hizo al llegar al piso que correspondía a Edward. Todo el piso era suyo y la verdad, era bastante bonito. Ventanales, un piano en una esquina, una amplia cocina, colores sobrios y agradables. La típica suite de un soltero…con buen gusto, agregó a regañadientes.
—Espero que te guste. Si quieres cambiar algo, sólo hazlo, ¿de acuerdo?
—Tengo una duda. La habitación que tengo asignada, ¿conoció a alguna de tus conquistas?
—Mmh—fingió pensarlo mientras se dirigía al bar—estoy casi seguro que nunca usamos la última habitación. Hay tres. Te recomiendo que uses la tercera.
Isabella lo observó, midiendo su aspecto para ver si le creía o no. Sin embargo, él no le prestaba atención pues se concentraba en servir un poco de whisky escocés en un vaso y meterse la mano al bolsillo a continuación, mientras contemplaba por los ventanales.
—De acuerdo. Gracias por la recomendación, supongo—masculló para sí, arrastrando la maleta por el pasillo cuyas luces se encendían por sensores.
Sin prisas, abrió la puerta y algo dentro de ella se agitó, pues la paleta de colores se movía entre morados y azules, colores que le encantaban. La cama era una Box Spring, con respaldo acolchado y llena de almohadones blancos que hacían juego perfecto con el edredón morado. A los pies, cerca del ventanal con balconcillo, se encontraba un sofá de aspecto cómodo y junto a él un tocador muy femenino, con un aire antiguo. Y finalmente, había dos puertas, una de las cuales debía ser el baño y la otra el armario. La distribución era similar a la que poseía en Forks, sólo que la vista era infinitamente mejor. Le gustaba ver Manhattan desde allí, las luces eran simplemente hermosas.
Miró hacia la puerta, respirando aliviada al saber que Edward no había notado su estupor al ver la ambientación del cuarto. Hasta los cuadros de ramas de cerezos eran de su agrado, y no podía dejar de sorprenderse. Y en cuanto la idea de que él la había remodelado para su gusto, la desechó con enojo. No debía conmoverse por esas estupideces, sobre todo cuando eran falsas.
Dejó la maleta junto al sofá y se dirigió al baño para mojarse el rostro tostado por el sol. A continuación, se hizo una trenza en el cabello y comenzó a llenar la tina de agua caliente. Su cuerpo lo pedía a gritos.
Cuando terminaba de cepillarse los dientes y acomodar un par de cremas, Edward tocó a la puerta. Frunciendo el ceño, se dirigió a abrir.
—Tus cosas ya estaban aquí, pero como no sabía qué habitación escogerías, le dije a Nancy, la mujer que se encarga de la limpieza tres veces a la semana, que no deshiciera las maletas—la castaña contempló el desvencijado bulto que guardaba el resto de sus artículos personales. Los que había comprado con su trabajo. De seguro ahí estaba su querida bufanda turquesa.
—Okey. Muchas gracias—le sonrió, y a continuación cogió la valija. Tuvo la intención de cerrar la puerta, pero él se lo impidió suavemente.
— ¿Vas a comer algo? Estaba pensando en pedir comida.
— ¿Qué pedirás? —se apoyó en la puerta y lo contempló a los ojos, mientras él hacía lo propio.
— ¿Quieres algo en particular?
—No. Pero creo que unas pizzas estarían bien—susurró, y al darse cuenta que seguían mirándose, carraspeó y volteó—. Tomaré un baño y te veré en la cocina.
—Bien—dio un golpecito a la pared y luego de sonreír, se marchó.
Sin dar más vueltas, la joven se metió a la tina.
-o-
— ¡La comida ya está aquí! —anunció Edward. Y la joven se apresuró en terminar de cepillarse el cabello antes de abandonar la habitación. El olor a comida hizo que su estómago rugiera, luego de pasar varias horas de ayuno.
—Huele bien.
El cobrizo había puesto un plato para cada uno y un refresco junto a ellos.
—Sabe tan bien como huele—comentó luego de darle una mordida a su trozo. Ella se apresuró en imitarle. Y en menos de dos minutos se servía otra rebanada de la pizza familiar.
Se dio una pausa para beber de la soda, y notó que él parecía embobado mirándola.
— ¿Tengo salsa en el rostro? —inquirió.
—De hecho, sí—alzó la vista sorprendida—. Estaba pensando la manera más cortés para decírtelo—entonces alargó una mano y con cuidado retiró los restos presentes en una zona demasiado cerca de sus labios.
—Uhm… gracias—bajó la mirada un poco avergonzada y Edward aprovechó el momento para saborear su dedo. No obstante, cuando la joven lo contempló, se apresuró a fingir que se limpiaba en una servilleta. La castaña siguió comiendo más lentamente, pues el hambre cruda había desaparecido—. Está muy buena. Gracias por ordenarla.
—También tenía hambre—se encogió de hombros, comiendo otro pedazo. Mas, verla comer era más estimulante de lo que había creído posible. Se imaginaba que si alguna vez despertaba la pasión en Isabella, ésta sería más voraz que su apetito y eso de algún extraño modo, lo excitaba—Por si quieres saberlo, mi habitación es la primera. Y en el panel de allí—señaló algo junto al bar—se encuentran las llaves de los coches que hay en nuestra plaza. Puedes usarlos si lo deseas o pedir un chofer. Siempre hay uno dispuesto si lo requieres. También saqué un par de tarjetas que puedes usar—las deslizó sobre la mesa—. Ya sabes que si no quieres, no tienes que hacerlo. Es una mera precaución. Cualquier otra cosa que necesites, puedes llamarme y veré el modo de hacer que lo tengas.
— ¿Acaso te irás fuera del país o algo así? —preguntó mordisqueando la masa de los bordes, que finalmente dejó en el plato, junto a los otros.
—No exactamente, pero como sé que deseas verme lo menos posible, trabajaré como siempre lo he hecho. Eso quiere decir que pasaré poco tiempo aquí.
—Qué considerado—masculló, cogiendo una servilleta y limpiándose los dedos.
—Ah, si lo deseas puedes cocinar o puedo contratar a alguien para que lo haga. También puedes cenar fuera. En general no comeré aquí, así que puedes decidir lo que más te acomode.
—Bien. ¿Puedo ver eso más adelante?
—Seguro. Sólo quería que lo supieras—él terminó primero y se levantó— ¿Ya estás lista?
La castaña asintió, subiendo las piernas a la silla. Edward recogió ambos platos, retiró los restos más grandes y luego los puso en el lavavajillas.
—Entonces… creo que eso es todo por hoy. Dudo verte mañana, pero ojalá tengas un buen día. Buenas noches, Isabella.
—Buenas noches.
Y sin más, se marchó dejándola a solas en la estancia.
Tomó su bebida, y deambuló por la suite. No hacía frío dentro, y podía sentir la agradable sensación de calor ascender por sus pies, gracias a la calefacción ubicada en el piso, pero aún así, había algo que la molestaba y le irritaba no saber de qué se trataba.
Acarició distraída las teclas, olió las flores frescas y contempló la ciudad desde su posición; los rascacielos brillaban, las luces parpadeaban en las calles y era capaz de ver pequeños automóviles moverse por ellas, iluminando con sus focos. Era reconfortante, y al mismo tiempo la hacía sentir increíblemente sola y lejos de sus raíces. Muy a su pesar, admitió que pese a todo, pese a los malos recuerdos y el pasado que pretendía olvidar, extrañaba su pequeño pueblo natal, ese mismo del que había escapado a la primera oportunidad por sentirse atrapada bajo los eternos nubarrones.
Suspiró cansada, y después de deshacerse del envase metálico, se dirigió a su habitación. En la de Edward no había luz encendida.
-o-
— ¡Bella! Oh por Dios, ¡estás tan tostada! —exclamaba Reneesme, sin dejar de abrazarla. Ella le correspondía con el alma, la había extrañado tanto—te echaba tanto de menos—expresó apartándose para contemplarla y se le llenaron los ojos de lágrimas.
— ¡Bells! Qué gusto verte aquí—Jake las abrazó a ambas, en un abrazo de oso haciéndolas quejarse.
—Bruto—regañó su esposa.
—Whao, te ves distinta.
—Lo sé, dejé que me diera el sol.
—Te ves hermosa—aclaró la rubia y la llevó hasta la mesa más cercana. Jacob bajó las sillas y los tres se sentaron a platicar, a actualizarse sobre la vida de los otros. Ella se enteró de que les iba muy bien, y que habían conseguido una camarera buena, pero que no lograba conciliar con el señor Jenks, que se había puesto más gruñón desde su partida. Ellos como matrimonio iban genial, aunque tenían sus altibajos, como todos. Y estaban pensando en ampliar la cafetería, pues el local contiguo había cerrado y se encontraban en negociaciones. Hablar con sus amigos la hizo sentir muy bien y feliz de que les estuviera yendo de maravillas; era justamente lo que necesitaba oír para reforzar su idea de que casarse con Edward no fue tan malo como creía.
— ¿Y de ti? ¿Qué tal te la pasaste en Brasil?
—Es una isla hermosa. De hecho, tomé algunas fotos con mi celular—y se dedicó a enseñárselas, relatando cómo era estar allí mientras sus amigos la oían fascinados.
—No sé si hubiera querido regresar. Se ve tan bonito todo.
—Lo sé. Pero teníamos que volver—se encogió de hombros, guardando el móvil en el bolsillo de su jeans.
—Y eh…—Jacob se rascó el cuello nervioso— ¿cómo va todo con él? ¿Te ha tratado bien?
—Sí. Ha sido decente, aunque creo que lo veré muy poco de ahora en adelante. Es un adicto al trabajo.
—No pareces estar muy disgustada—añadió Nessie y la castaña se limitó a sonreír, enigmática.
Entonces miró su reloj.
—Ya es hora de que abran.
—Lo sabemos, pero tú estás primero. No pasará nada si no abrimos un día.
—Ah, por cierto—Jake se levantó y regresó segundos después con una bandeja repleta de pastelillos de todo tipo, y tres cafés—éstos los preparé justo después de tu llamada.
—Se ven deliciosos—se apresuró en coger uno—pero no sé si esté bien que cierren por mi causa.
—No seas ridícula, tenemos muchas cosas que hacer. Hice todo un itinerario para hoy—Reneesme sonrió alegre e Isabella supo que no podía negarse.
Días como aquel se repitieron por casi un mes, iba regularmente a ayudar a sus amigos y tenía la precaución de usar la ropa más casual que podía y tomar un taxi lejos del edificio Cullen, para evitar cualquier encuentro desagradable con la prensa.
Habló con Jenks largo y tendido y se mostró tan dulce como siempre, aunque le dijo que ese hombre no le gustaba para ella, y que si tenía algún problema no dudara en hablar con él. Isabella se lo agradeció con cariño. Retornar a esa especie de normalidad la hacía sentir increíblemente bien, tanto que gracias a las ausencias casi totales de Edward, era capaz de obviar por completo su existencia, como si no estuviera casada y era genial, al menos, la mayor parte del tiempo.
Sin embargo, un día que salió fuera para atender una llamada de su abuela, que no le había respondido desde hacía algunos días, aquella burbuja de felicidad momentánea se hizo añicos.
Llevaba alrededor de tres minutos hablando con Camille, cuando oyó unas voces exclamando su nombre y corriendo a toda velocidad. Aturdida, la joven no atinó a nada, y un montón de cámaras y micrófonos comenzaron a golpearla por todas partes. Hacían preguntas que no podía entender, y le sacaban fotos a diestra y siniestra.
—Camille, te llamo luego—atinó a colgar y aclaró su garganta, con intención de hablar. Pero se asustó terriblemente cuando alguien la cogió por el brazo y comenzó a tirar de ella con fuerza. Querían que los siguiera a una especie de furgoneta. Isabella se removió, tratando de zafarse — ¡Suéltenme!
El grupo de gente curioseando cada vez era mayor y el pánico la atacó. Ella estaba habituada a las cámaras, por las influencias de su abuela, sin embargo, jamás había enfrentado una situación similar.
Se obligó a pensar, a usar su inteligencia. No obstante, alguien fue más astuto y comenzó a empujar el tumulto, se deshizo del que la jalaba y la tomó firmemente de la cintura.
— ¡Lejos todos de aquí! ¡Ahora! ¡O llamaré a la policía! —Cuando reconoció la voz de Jacob, se aferró a él y ambos lograron entrar por la puerta trasera a la cafetería— ¿Estás bien? —interrogó revisándole el rostro y la muñeca, que se encontraba enrojecida y que probablemente terminaría en un cardenal con la forma de la mano que la sujetó tan fuertemente.
—Sí—asintió, sintiendo la voz tan temblorosa como sus piernas. Se obligó a recuperar la compostura—sí. Estoy bien, gracias Jake—lo abrazó con fuerzas y luego caminaron hacia Nessie, que ya había cerrado las puertas y dejaba caer la cortina metálica—. Estoy bien, estoy bien—aseguró al ver el rostro de preocupación de su amiga.
—No sé cómo llegaron aquí. Es una locura.
—Lo siento. Deben haberme seguido—le agradeció con una mirada a Jacob, cuando le dio hielo para ponerse en la muñeca—de verdad lamento esto.
—No es tu culpa, Bells. Relájate.
La sentaron en una silla y los tres dieron un respingo cuando el móvil de la chica comenzó a sonar.
— ¿Isabella? ¿Estás bien?
—Sí, Edward. Lo estoy, Jake me ha ayudado. Pero la verdad no sé cómo volver.
—Descuida. Van por ti, te enviaré la patente en un mensaje.
—Bien. Gracias.
—Hablaremos más tarde sobre esto—aseguró con un tono ronco, uno que nunca le había escuchado antes. Pero no pudo preguntar, ni protestar, pues cortó la comunicación.
—Idiota—masculló frunciendo el ceño, mientras leía el mensaje entrante.
— ¿Qué ocurrió?
—Nada. Sólo que vendrán por mí—dirigió su mirada hacia la cortina de metal apreciable a través de las ventanas—. Espero que se cansen luego y se marchen. Los odio.
—Ay, Bells. Me sorprende que no haya ocurrido antes—acotó su amiga, acariciándole la mano—. Tu esposo es famoso, su familia lo es. Esto era cosa de tiempo—se encogió de hombros.
—De cierto modo me alegra que haya sido aquí—Jake se apresuró a continuar, tras ver las expresiones de ambas mujeres—primero, pude ayudarte y segundo, nos da más publicidad—sonrió ampliamente, enseñando sus perfectos dientes blancos.
—Jacob—suspiró su mujer y ya más repuesta del susto, Isabella rió.
—Adoro cómo aligeras los ambientes—le sonrió con agradecimiento y éste guiñó el ojo.
No pasó mucho más, para que oyeran un coche aparcar en la puerta de servicio. Y el celular de la castaña vibró. Cogió la llamada de inmediato.
—Te están esperando.
—Bien—colgó y buscó sus pertenencias. Enrolló la bufanda en su cuello y se despidió de sus amigos, pidiendo perdón nuevamente. Decidieron hacer un plan para ayudarla a salir de mejor manera, ya que era muy probable que se aglomeraran en la puerta, impidiéndole llegar al automóvil negro, así que mientras uno la llevaba a la salida, otro comenzaba a subir la cortina.
Funcionó, el alboroto se trasladó a la parte principal, y permitieron que la joven hiciera una escapada limpia.
Apenas cerraron la puerta del coche, la chica soltó un suspiro.
— ¿Entiendes ahora por qué no creía que era buena idea que vinieras? —Isabella dio un respingo al oír la profunda voz de Edward a su lado.
—Si querías matarme de un susto, estuviste a punto—jadeó con la mano en el pecho.
Él se limitó a verla con los ojos verdes ardiendo de rabia, y el rostro tenso. Con ese traje, y expresión, era idéntico al Edward que aborrecía.
— ¿Tendremos esta charla ahora? —interrogó, sintiendo una punzada en el estómago, al pensar que la sonrisa que tanto le gustaba era capaz de dibujarse en ese hombre de negocios junto a ella.
—Bien—él se ajustó la corbata, mirando al frente—. La tendremos en cuanto lleguemos.
La hora de trayecto fue la peor que había vivido en meses. Por alguna razón, se encontraba mortalmente nerviosa y la sensación no hizo más que aumentar al dejar atrás el ascensor.
Lentamente, tratando de parecer serena, se quitó la bufanda y dejó sus cosas ordenadas sobre una mesilla junto al sofá negro. Él por su parte, se quitó con rudeza la corbata y del mismo modo se sirvió alcohol, ella fue incapaz de identificar cuál. No quería mirarlo directamente, pues era consciente de una energía de furia proveniente de Edward, y la tensión en su postura era evidente. Esa charla no sería agradable.
La joven se sentó y manoseó el teléfono, respondiendo mensajes de Nessie rápidamente. Quizá por dentro se hallaba nerviosa, pero ni muerta dejaría que él se diera cuenta.
— ¿Y bien? ¿Cuál es tu explicación? —inquirió con voz dura al cabo de un incómodo silencio.
— ¿Mi explicación para qué?
—Tu comportamiento. No sé cómo se te pasó por la cabeza exponerte así y quisiera entenderlo.
—Dijiste que no tenía prohibido nada—se encogió de hombros, y notó cómo un músculo en su mandíbula tembló ligeramente. Edward estaba conteniéndose a duras penas—. Tenía ganas de ver a mis amigos, así que fui a verlos.
—Durante un mes, siguiendo una rutina.
— ¿Cómo sabes eso? ¿Acaso estás vigilándome? —Se levantó del sillón y caminó hacia él con el ceño fruncido.
—No puse a nadie a vigilarte, Isabella. El conserje lleva un registro de quienes entran y salen, también la hora. Es una norma de seguridad del edificio—explicó bebiéndose el licor de un trago sin inmutarse en lo más mínimo. Luego dejó el vaso en la encimera y metió ambas manos a los bolsillos.
—Esto es ridículo. Esta situación lo es. No entiendo por qué te enfadas, ni por qué reaccionas de esta manera, siendo que debe suceder siempre con tus amantes.
—Tú no eres mi amante.
—Gracias a Dios—ella sabía que probablemente lo estaba empujando demasiado lejos, su tensión se le decía, pero nunca se había preocupado realmente por eso.
— ¿Te hicieron daño? —preguntó en un tono dulce, uno que parecía incluso más peligroso que su mirada oscura. De manera inconsciente, se tocó la mano ligeramente adolorida.
—No.
Pero Edward apenas y le hizo caso, con cuidado le tomó el brazo, levantó su camiseta hasta el codo y contempló las marcas en su piel, que ya perdido el tono más oscuro proporcionado por el sol, se volvía increíblemente susceptible a los cardenales.
—Está bien. Suéltame—trató de librarse, mas, con gentileza, pero firmemente se lo impidió. Y en cambio, acarició con suavidad las partes enrojecidas.
Por alguna ilógica y estúpida razón, a la joven se le erizaron los vellos y un escalofrío extraño le recorrió la espalda. Desconcertada, se quedó quieta, dejando que la tocara con ternura.
—Estaba preocupado—susurró entonces, sin dejar de mirar su muñeca—. Pocas veces algo me importa lo suficiente como para preocuparme, y aún así, jamás me sentí como hoy al saber que estabas en peligro—su voz se tornó ronca, teñida por el temor y cierta vulnerabilidad envolvió el ambiente, sobre todo cuando sus ojos se encontraron. Él parecía atormentado, y la chica tragó grueso. La atmósfera era distinta, porque las palabras dichas con tanta sinceridad, habían llegado a su corazón y ahora no sabía qué debía hacer.
Pero no hizo falta que pensara demasiado, pues Edward jaló suavemente acercándola lo suficiente como para que su otra mano la tomara por la cintura y terminara de pegarla a su cuerpo, para envolverla en un abrazo.
—No me asustes así de nuevo, por favor—pidió con voz grave a su oído, aturdiéndola aún más.
Había algo tan cálido en ese contacto, algo tierno y a la misma vez opuesto a ese sentimiento. Por primera vez en mucho tiempo, reconocía a Edward como un hombre, un hombre apuesto y que gustaba de ella por alguna razón. Durante ese mes, reconoció allí, en ese preciso momento, se había sentido sola. Iba con sus amigos, era cierto, y aunque se decía que le parecía fenomenal omitir la existencia de Edward, no era tan así. La suite era demasiado grande, todo parecía crecer desde esa perspectiva mientras con ella ocurría exactamente lo contrario. Por las noches, lo escuchaba llegar y en un rincón muy privado de su mente, se preguntaba qué pasaría si tocaba a su puerta, mas, toda idea se desvanecía en cuanto oía la habitación cerrarse. Era como si ella no existiera y los días en que vio a un Edward diferente en aquel idílico lugar, se desvanecieran más rápido de lo que era capaz de recordarlos.
Sin saber por qué, correspondió el abrazo y se aferró a él, sintiéndose delicada, femenina y extrañamente segura.
—De acuerdo—susurró contra su piel, aspirando con los ojos cerrados su aroma masculino. Ese que irradiaba de su cuerpo y parecía envolverla en ese momento. Ella podía escuchar su respiración cerca de su oído y cuando sintió que su boca rozaba su oreja, trató de evitar estremecerse, pero fue incapaz.
La estrechó con más fuerza y percibió cómo sus labios, vacilantes al principio besaban su lóbulo haciéndola apretar los ojos con más fuerza.
A continuación, acarició muy suavemente el inicio de la mandíbula y soltó un suspiro que sofocó contra su cuello, preguntándose a dónde iba su razón cuando la necesitaba.
Edward la mimó con sus labios y también la nariz hasta que la joven cedió un poco, moviendo la cabeza hacia un lado. Entonces una de sus manos ascendió por la frágil espalda, gozando cada segundo, hasta hundirse en su melena, acariciando la nuca con delicadeza al mismo tiempo que se concentraba en la oreja de Isabella, que al parecer era un punto extremadamente sensible, pues se aferró a él y dejó escapar un inaudible suspiro. Deseaba tanto justamente aquello, poder sentir su piel, emborracharse de su aroma y sentirla cerca. La sensación de dicha y de estar completo al fin, era enloquecedora.
Se arriesgó a mover su rostro hacia atrás y casi aulló de felicidad cuando ella lo inclinó en su dirección. Eso era una invitación, un consentimiento desde hace tanto tiempo negado. Pero debía tomarlo con calma, no quería estropear las cosas.
La mano que acariciaba su suave pelo, se movió hasta su rostro y acarició la mejilla con dulzura, deleitándose con su calidez y luego tocó sus labios. Isabella aspiró y por un momento creyó que se apartaría, sin embargo, entreabrió la boca, dejándolo tocarlos.
Un hormigueo delicioso inició en su boca, e Isabella supo que no habría un pero por su parte, quería recibir aquel beso, aun cuando supiera o creyera saber todos los motivos por los cuales no debiera ocurrir. Ella alzó la mano y le gustó sentir el cabello de Edward, tan sedoso y manejable. Se atrevió a besar el pulgar que exploraba sus labios y en ese momento el cobrizo supo que o la besaba o moría.
Apartó la mano y besó la comisura de su boca tentadora, de esos labios que se entreabrieron para captar más aire. Y luego, incapaz de esperar más, hizo que sus bocas se encontraran por fin. La sensación fue embriagadora y se apartó para verla a los ojos. Ella parecía tan decidida como él, y entonces, ejerciendo presión con la mano que acariciaba su pelo lo obligó a besarla otra vez. En esta oportunidad, sin embargo, Isabella tomó la iniciativa y tomó de él justo lo que quería, nada más ni nada menos, que su alma.
Él la pegó más a su cuerpo, permitiendo que sus labios se fundieran, que aquel beso correspondido le encendiera los músculos y alimentara el deseo, haciéndolo sentir que nada sería mejor que aquello.
Se alegró enormemente al darse cuenta que no se había equivocado, la joven era apasionada y sabía exactamente cómo volverlo loco. Pero él aún quería más. La apretó en contra suya, hasta que la presión de sus pechos fue evidente y profundizó el beso. Al principio ella se mostró vacilante, pero respondió a la incitación, igualando a Edward, que tras recibir una juguetona mordida en el labio, gimió sin poder evitarlo. Al igual que no fue capaz de evitar la reacción de su cuerpo ante la mujer que cada vez entraba con más fuerza a su corazón.
Sin embargo, de pronto algo pareció sucederle a la joven, pues se quedó de piedra de un segundo a otro y él sintió la decepción en lo más profundo de su ser. Quería continuar, quería llegar hasta el final. Pero sabía que no sería así.
Se permitió darle un último beso, antes de apartarse. Ella pegó el rostro a su pecho, negándose a verlo mientras recuperaba el aliento.
— Esto no está bien—susurró, sin levantar la cara.
— ¿Por qué? —no se resistió a acariciarle el cabello, disfrutando del momento todo lo que pudiera.
—Porque tú… y…—la joven guardó silencio, luchando por poner en orden sus ideas. Ni ella misma comprendía por qué había sucedido y mucho menos entendía cómo se sentía al respecto.
—Lo del chantaje es parte del pasado, Isabella—la abrazó y la chica lo permitió—. Lo que tenemos ahora es un acuerdo. Ambos aceptamos.
—Lo sé… pero no podemos pretender ser una pareja real.
— ¿Por qué no? —le cogió la barbilla y la obligó a alzar la mirada. Ella parecía vulnerable, casi como una niña. A Edward se le encogió el corazón, y deseó poder mantenerla a su lado para siempre.
—Simplemente porque no. Sería demasiado extraño, y no funcionaría. Además…—la castaña hizo una pausa para relamerse los labios, gesto que capturó la atención del hombre que volvía a querer besarla. Supuso que jamás sería suficiente.
— ¿Además?
Ella lo vio vacilante, y terminó escapando de su abrazo. Él lo consintió, aunque no quería dejarla. Sin decir una palabra, la chica se marchó a paso rápido a la habitación. Edward oyó la puerta cerrarse segundos después.
¿Qué acabo de hacer? ¿Qué acabo de hacer? Se preguntaba, pasándose nerviosa las manos por el cabello. No podía entender nada, ¿cómo llegaron a ese punto? ¿Cómo dejó que pasara? Y por qué seguía pensando en ello.
Gimió, frustrada por su incapacidad para dejarlo correr. Un beso poseía la importancia que los involucrados decidían darle, y sin lugar a dudas, ella le estaba dando demasiada.
Fue al baño y se mojó el rostro con agua fría. Acomodó su pelo en una cola al costado y contempló su reflejo. El beso no había sido demasiado apasionado, pero podía notarlos enrojecidos y tibios. Sin quererlo realmente, se los acarició mientras recordaba la suavidad y calidez de la boca masculina, de cómo parecía saber lo que quería sin que tuviera la necesidad de expresarlo en palabras. Él había cumplido unas expectativas que no sabía que existían.
—Demonios, ya basta—se regañó frunciendo el ceño—. No es como si fuera tu primer beso, por Dios.
Era cierto. No era su primera experiencia ni por asomo, pero sí la primera que ponía todos sus sentidos en alerta, la hacía sentir extrañamente segura y al mismo tiempo incapaz de controlar lo fuera que provocara el contacto. Fue una sensación tan excitante como aterradora. Sobre todo al pensar que Edward, de todos los hombres en el planeta, fuera capaz de hacerla sentir así por un mísero beso.
Maldijo entre dientes y abandonó el baño, apagando la luz con enfado.
Seguramente sólo se sintió así porque hacía bastante que no tenía un acercamiento de ese tipo con nadie y su cerebro estaba empezando a fallar.
Pues bien, pensó mientras se ponía el pijama, asentaré mis pensamientos y luego lo enfrentaré. No tenemos porqué coincidir.
Satisfecha con el nuevo plan de acción, se lavó los dientes y se acostó conectada a un reproductor de música, para evitar pensar y avergonzarse por los hechos recientes.
Sin embargo, ella no esperaba los sucesos que vendrían a continuación.
¡Hola! ¿Qué les pareció el capítulo? Creo que ya están comenzando a avanzar las cosas… ¿no creen? Bueno, ya me dirán qué opinan.
Como es evidente ¡he vuelto! :D …por fin y luego de una laarga espera. Agradezco a las que se quedaron y esperaron por esto, también por los reviews que dejaron, que sin duda alguna sirvieron para aumentar mis ganas por retomar y terminar la historia, tanto que ya tengo dos capítulos listos y sé qué pasará en los siguientes, sólo tengo que escribirlo, pues el tiempo que me tomé me sirvió para aprobar todos mis ramos en la u, y para ordenar mis ideas respecto a esta historia y la que pretendo subir en mi aniversario. Dios, sí que tarde en regresar.
Pero bueno, no pretendo aburrir con esta cháchara, así que esperando que aún quieran saber de esta historia, me despido hasta el lunes, o durante el fin de semana, que es cuando pretendo subir el capítulo que viene, y sólo les adelantaré… que las cosas se pondrán calientes muy pronto jeje
Un abrazote enorme y nos estamos leyendo!
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.
