La noche había caído sobre la ciudad, y ya pensaba que la había perdido definitivamente cuando giró la esquina, jadeando, y casi se dio de bruces con ella; era un callejón sin salida. La agotada mendiga se revolvió como una fiera, alzando los puños, y él retrocedió.
–¡No te asustes, por favor! ¿Hablas inglés? Me llamo David Zephyr Gordon, ¿de acuerdo?, y necesito tu ayuda. Mi… mi mejor amiga, Lizzie McGuire, está en peligro, en un peligro que se llama Paolo Valisari, y creo que sólo tú puedes ayudarla.
Los puños bajaron lentamente, y Gordo notó la mirada desde detrás del velo negro. Con un acento que no parecía italiano, sino del Este, preguntó:
–¿"Zephyr"?
No era exactamente la pregunta que se esperaba.
–Sí, bueno –respondió-. Mis padres son originales.
La chica apoyó la espalda en la pared de ladrillo, se llevó las manos a la capucha de tela negra y, lentamente, la echó atrás. Tenía el pelo algo más oscuro que Lizzie, casi castaño, y vista de cerca parecía algo mayor. Pero los rasgos, la barbilla, la mirada, eran las de ella. Gordo se quedó boquiabierto, y notó una especie de punzada. Compasión, dolor, no sabía qué. Era como si Lizzie hubiera… "Oh, chico, debe de llevar días mendigando y durmiendo en la calle, pidiendo con todo esa ropa negra encima en pleno verano, y mira como si tuviera miedo. Y cuándo habrá comido por última vez…" Se miraron, y algo debía de haber en la mirada de él que la hizo pasar de recelosa y suspicaz a cansada y angustiada. Pero negó con la cabeza.
–No puedo. Scusa, no puedo ayudarte, no debo acercarme a la ciudad. Tienes que irte.
–Esta es ella –dijo él con fuerza, girando la cámara. Lizzie reía, sentada a su lado en el avión. La chica retrocedió, y una sombra de dolor se dibujó en su bajo su frente-. Mañana por la noche canta con Paolo en los IMVA, y yo… Por favor, Bella… –prosiguió, la voz más suave–, ¿qué tal si buscamos un McDonald´s o algo así y te invito a cenar? Hay cosas que puedo contarte, y hay cosas que necesito que me cuentes. Para ayudarla.
Ella volvió a mirar a Lizzie en la foto, y luego lo miró a él. Su estómago rugió ante la mención de la cena, y eso hizo que se ruborizara un poco. Dudó un largo rato, y después le tendió la mano, y él se la estrechó.
–Bella no. No es mi… es mi nombre artístico. Me llamo Nadia, Zephyr, Nadia Ilyuschenka. Bella y Paolo… Bella y Paolo es una mentira –lo miró a los ojos-. Te acompañaré.
Era un bar de rincones oscuros y tablas crujientes, donde el Hombre de la Barra, calvo y corpulento, parecía ser mudo y servía sin mirar al cliente y sin hacer preguntas. A la media luz del local, los ocupantes de las escasas mesas parecían peligrosos, como lobos agazapados en sus cuevas. Si un extraño hubiera entrado por casualidad, enseguida habría retrocedido hacia la entrada y hubiera dado las gracias por poder salir de allí sin hablar con nadie. Era uno de esos bares en cuya trastienda se cierran negocios mientras se juega al póker y al billar, en el que todo el mundo se conoce y nadie se saluda, en el que los clientes de la primera mesa son policías de paisano y hay una pianola abandonada en una esquina. Cuando Miss Ungermeyer entró, tan fuera de lugar como un pingüino en la sabana, atrajo bastantes de aquellas miradas de lobo, y gruñó en respuesta, haciéndolas retroceder. Sergei esperaba al fondo, en un rincón oscuro, apoyado contra la pared y con una cerveza ante él, el rostro tan inexpresivo como siempre. Ella se sentó frente a él y pidió cena, y mientras cenaban comentaron cómo habían cambiado los tiempos, hablaron de viejos conocidos que habían cambiado de nombre o habían emigrado buscando aires nuevos y, para abreviar, se pusieron al día. Con el segundo plato, comenzaron a hablar de negocios.
–Mi empleador podría hacer algo por ti, Hildegarde.
–¿Algo? –preguntó ella mientras le hincaba el diente al estofado.
–Da. Digamos que algo con tres o cuatro ceros.
–¿A cambio de qué?
–Hay una chica bajo tu custodia en ese viaje…
–Hay montones.
–Una en concreto. McGuire.
–Ah, sí. Está más enferma que un perro.
–No tendrías más que hacer la vista gorda. Ella se escapará esta noche, y tú lo dejarás estar. Pasará el día fuera, pasará la noche fuera, y pasado mañana a primera hora se vuelve contigo.
–¿Y la fiebre?
–Nunca ha tenido fiebre.
–¿Qué? –barbotó Ungermeyer, atragantándose-. ¿Qué? ¡Pequeña bruja! Se la va a… Espera. Cuatro ceros, has dicho.
–Cuatro.
–¿Y después?
–Toda tuya.
Ungermeyer inclinó la cabeza y pensó mientras masticaba el estofado.
–Hum. Con una condición. Quiero saberlo, ¿qué estás tramando, alimaña?
Gordo había pedido dos menús gigantes para llevar y muchas patatas fritas de un euro, y había pagado con su dinero de bolsillo. Por suerte, sus padres le habían dado de sobra para el viaje. Luego caminaron juntos (ella miraba atrás a cada paso, como si temiera que les siguieran), hasta un descampado lleno de basura tras el Leonardo Da Vinci, el aeropuerto. De él salieron a campo abierto, Roma al Este, el cielo rojizo a la luz de las farolas, las primeras estrellas a la vista, y se habían refugiado en un hueco entre los arbustos –por allí había estado durmiendo ella esos días, duchándose en las gasolineras cercanas-.
Oyendo el lejano fragor del mar, se habían sentado en medio de la noche inmensa e inhóspita para dar buena cuenta de las patatas y las hamburguesas de McDonald´s. Ella le ganó en velocidad, y eso que la comida basura le encantaba. Bella, Nadia, tenía dieciséis años y había nacido en Lituania ("no tengo ni gota de rusa"), y cada ruido sospechoso hacía que se tensara y enseñara los dientes como una pantera. Mayor, dura, cabezota, brusca a veces, sincera. Era raro cómo habían empezado a hablar tan rápido, y aún más raro lo bien que se entendían. Era como si fuera Lizzie, y no lo fuera a la vez, definitivamente era raro, al menos para Gordo. Por alguna razón, se había quedado con el "Zephyr", y Zephyr fue como siguió llamándolo pese a todas sus protestas.
Y la historia, la historia era todo lo que él había sospechado y peor.
–Pero no lo entiendo –insistió, haciendo un gesto con las dos manos-. ¡Paolo sólo tiene dieciséis años! ¿Cómo puede ser que tenga tantos contactos y todo lo demás?
–¿Paolo? Por lo menos tiene diecinueve o veinte, miente por las fans. Siempre miente. Es el... el… el protegido, ¿se dice así?, de alguien importante. Alguien que tiene contactos con los Valisari, y también en las comisarías de la polizei.
Era la una de la mañana, más o menos. Gordo nunca había estado fuera hasta tan tarde, salvo con el camping del colegio y cosas así. Cogió el móvil, lo sopesó y le echó un vistazo. Quedaba batería. Buscó rápidamente a Lizzie.
–Tengo que avisarla, y rápido, pero no puedo contárselo todo sin más, no mientras Paolo...
–Si no la ha llevado ya al palazzo, lo hará pronto, y cuando la tenga con él eso no servirá de nada, Zephyr –le advirtió Nadia. –Sólo la pondrías en peligro. El palazzo Valisari es un castello, una… fortaleza, y habrán reforzado la seguridad aún más. Sergei y él.
Era verdad. Gordo se concentró.
–Esta noche. Si todavía no… si le escribo y le digo que estoy en… ¡sí! el Aventino, ella puede pedirle parar ahí, verlo de noche, lo que sea, el Aventino es lo típico, él no sospechará. Desde aquí es media hora en taxi. Una vez allí a él puedo despistarle, no será difícil con todos esos árboles, y hablar con ella a solas, y podemos huir juntos por al lado del río, sólo necesito un mapa para trazar la ruta. Y luego tendríamos que escondernos hasta la noche, cuando todo haya pasado… ¿pero qué le digo?
–Ella te importa de verdad, ¿eh? –preguntó Nadia en un susurro.
–Si Paolo… Nadia, necesito que vayamos los dos.
–¿Qué?
–Eres mi única prueba. Sin ti solo tengo palabras, no lo abandonará sin más. Pero si tú…
Nadia apartó la mirada, que brillaba a la luz de la luna.
–No.
–Nadia…
–Tardé mucho en huir, Zephyr. Mucho. Tengo la mitad de mi billete de vuelta, euro a euro, y el pasaporte que él me quitó. No voy a jugármela por ella. No la conozco.
–Nadia, se llama Elizabeth Brooke McGuire, vive en California cerca de mi casa, tiene catorce años y ha terminado el Hillride High, sus padres la quieren con locura, era tan tímida que comió helado de fresa en un cumpleaños aunque era alérgica, pero va mejorando poco a poco, tiene un hermano pequeño que está loco y se llama Matt, saca Notables, no sabe qué quiere ser de mayor, se le da de fábula la gimnasia rítmica pero la odia, le gustaría ser más popular, pero créeme, distingue lo que está bien de lo que está mal, procura portarse siempre con bondad, su mejor amiga se llama Miranda Sánchez, y no quiero que le pase esto, por favor. La… la quiero.
Al oír aquello (¿lo había dicho alguna vez tan claro? Seguro que no en voz alta), ella se puso en pie. Él se levantó también, rojo hasta las cejas, y metiendo la mano en el bolsillo, apretó con fuerza el euro.
–Nadia, por favor. Por favor.
La oía respirar con fuerza, dándole la espalda ente las sombras. Al cabo de un rato, se giró.
–Tú ganas, Zephyr –le dijo. –Pero tenemos que ser rápidos.
Ethan Craft se había quedado solo en la habitación de Gordo, monopatín en mano. Cuando Ungermeyer volvió, lo contemplaba con gesto pensativo. Ya había hablado con los Gordon, y ahora venía a comprobar que todo estaba despejado. Sergei vendría a medianoche a llevarse a McGuire, y todo lo que necesitaba era hacer un poco de teatro por ahí un rato y luego irse a acostar. No obstante, se decidió a gruñirle un poco a Craft, aunque ya había decidido que su padre era demasiado rico y él demasiado corto como para hacer nada interesante con él:
–Craft, estás en la ciudad con más legado histórico y más belleza de todo el mundo. ¿Eso no tiene ningún efecto en ti?
–Bueno, en realidad sí –respondió él, mirando las ruedas con el ceño fruncido-. Las piedras y eso me rallan las ruedas. Como dientes desgastados de un pterodáctilo…
–¿Ni siquiera has intentado empezar con la lista de libros?
–¿Eh? ¡Si ya la he terminado!
–¿Te has leído diez libros?
–¿Qué? No, no, verá, me he leído la lista.
"Menuda cabeza", pensó ella. "Qué lástima, este me funcionaría en Afganistán".
Paolo dudó un segundo ante el extraño capricho de Lizzie, pero al final accedió con una sonrisa. "Claro, carina", y pararon el coche en los jardines del Aventino poco después de las dos de la mañana. Ungermeyer había dicho que ya que no mejoraba, iban a "hacerle unas pruebas" y cuando ella, avisada de antemano por Paolo, había bajado con la maleta, se había encontrado con Sergei con un estetoscopio de médico al cuello, llevando un coche blanco de aspecto vagamente sanitario. Había abrazado a Kate antes de partir, le había dado una nota para Miranda, y entonces, el mensaje, el mismo que le había revuelto todas las ideas, lo había recibido en mitad del viaje. "Lizzie. Estoy aquí, no en Los Ángeles, y tengo que hablar contigo. No le dgs nada a Paolo, ni a Ungermeyer ni a nadie: ven urgentemente al Aventino, te espero allí". Y era de Gordo…
La alegría casi le había impedido contestar. De pronto todo se volvió del revés: ahora no era de Ungermeyer de quien se escondía para encontrarse con Paolo, sino de Paolo para encontrarse con Gordo, de noche en vez de de día, en los laberintos de naranjos y no entre las estatuas de Villa Borghese; ella se había metido en la espesura corriendo, simulando estar emocionada (¿simulando? Lo estaba, pero no por los jardines), y de pronto Gordo (¡Gordo!) había aparecido por un lado del laberinto y, el dedo en los labios, había corrido con ella de la mano y un mapa en otra dirección. Cuando él se detuvo y la miró a los ojos a la luz de la luna, sonriendo con su sonrisa de siempre, no pudo resistirse a darle un abrazo.
–¡Gordo! ¿Cómo…? Gordo, yo… ¡pero cuéntame! ¿Qué haces aquí?
–Eso no importa ahora –él parecía nervioso, nervioso de verdad, y gesticulaba y miraba hacia los lados como si tuviera miedo de algo. ¡Gordo! Lo abrazó más fuerte.
–Lo siento tanto, ¡no me puedo creer que hicieras eso por mí! Yo…
–Necesito que me escuches, ¿vale? Es importante. No tenemos mucho tiempo…
–¡Pero el avión se fue! ¿Cómo has…?
–Lizzie, Paolo intenta engañarte.
–¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Y de pronto la vio por encima de su hombro, como una sombra, cruzada de brazos a la luz de la luna. Supo quién era desde el primer momento, y aquel conocimiento fue como un jarro de agua fría. Ruborizándose, se separó de él y se arregló la ropa instintivamente. "No". Ella era guapa, era guapa aún vestida con harapos, tenía los ojos más oscuros que los suyos y la barbilla alta, era todo lo que ella no era, y la miraba con una mirada que le pareció terrible, que traspasaba sus defensas como no lo habían conseguido ni las de los mendigos de Roma, ni la de Miranda, ni la de Franca, ni siquiera la de Kate. Se sintió tonta, pequeña, sola, un fraude.
–Lizzie, esta es Bella –dijo él, aunque no hacía falta-. En realidad se llama Nadia, pero bueno, lo importante es que Paolo es el que hace playback, no ella, ¿vale? Él la encontró, como a ti. Se enamoró de él, hicieron un dúo. Pero no es lo que parece, Lizzie, y cuando ella lo descubrió e intentó dejarle, la convirtió en una prisionera en su palazzo.
–¿Pero qué dices?
–Sólo es un mentiroso –intervino ella con voz dura, del Este-. Un gran mentiroso. Todo su show, su música, su arte, su vida, todo es mentira. Y es bueno engañando a las chicas.
Era como ver su reflejo en un espejo, uno que se le acercaba entre pedazos de sueños rotos, uno al que no quería parecerse, y venía a robarle su noche, su vida y a Paolo. Lo que decía de él… ¡cómo se atrevía! "Yo lo conozco, no tú, aléjate de él, es mío", ¿no estaba diciéndole aquello con la mirada? Los pensamientos la golpeaban como hachazos. Él había compartido sus secretos con ella, él había estado con ella primero, quizá todavía la quería. Pensó en el día en que Ronnie la había dejado por otra chica a la que nunca había visto. "Todo iba bien, ¿por qué tenías que volver? ¡Él me quiere! ¡Este es mi sueño! ¿No podías dejarme en paz?"
–No… –musitó débilmente, la voz atragantada.
–Cuando Bella escapó, él se sintió en peligro, y entonces te encontró a ti –prosiguió Gordo-. Escucha, lo hemos pensado, no hay otra explicación. Todo, todo desde el principio, es un plan, ¿de acuerdo?, un plan para humillarte en ese escenario delante del mundo entero. Quiere que crean que ella es una farsante para que nadie pueda creerse nada de lo que diga de él. Parecerá que no puede cantar…
Lizzie señaló a Bella con la cabeza, entornando los ojos:
–¿Eso te lo ha dicho ella?
–No, ella me ha confirmado lo que sospechaba, que en el mundo real nadie se enamora de una chica y la convierte en superestrella con dos clases de baile y un ensayo.
–Dice la verdad, McGuire. Tenemos que huir, y ponerte fuera de su alcance. Sólo será un día, mañana por la noche se acabó.
–Creemos que se ha puesto de acuerdo con Ungermeyer, ella no es de fiar. Pero si…
–No –los acalló a los dos, y siguió retrocediendo-. Paolo nunca me haría eso, nunca me lo haría a mí. ¡Ella lo odia y quiere hacerle daño! Quiere que lo deje tirado el día antes del concierto, ¡está celosa! Y tú… ¡tú la crees!
–Lizzie, ¡piensa, por favor! Él…
Pero Lizzie no quería pensarlo. Estar con Paolo era luz, música, romance, seguridad, aquel chico creía que ella podía hacer cualquier cosa, y eso era más de lo que sus supuestos amigos podían decir. ¿Por qué creía a Bella, por qué? ¡Ella era la auténtica Bella! Aquella chica se había ido dejando a Paolo en mitad de la nada, y ahora él se preocupaba por ella mientras ella lo apuñalaba por la espalda. Las cosas habían cambiado, ella era una estrella, y él, él… él no podía soportarlo. Y antes de poder volver a pensarlo, ya lo había dicho:
–Tú… tú también estás celoso, Gordo. No te creo.
Él dio un paso atrás como si lo hubiera golpeado, y Lizzie no pudo soportar la expresión de su rostro. En cambio, miró a Bella. Eso le daba la rabia que necesitaba:
–Él confía en mí, vosotros no. No lo creo. No os creo.
–Lo conoces desde siempre –respondió la chica, avanzando hacia ella–, ¿y prefieres creer a un guaperas porque te dice que confía en ti y que brillas como la luz del Sol?
Y ella huyó. Huyó corriendo, sin que Gordo ni Bella pudieran retenerla, los ojos arrasados en lágrimas, llamando a Paolo, y oyó cómo la llamaba él, y corrió y llamó hasta que él surgió de un matorral. Se echó en sus brazos.
–¡Carina! Te perdí, he estado buscándote por todas partes, ¿qué…?
"Le quiero", pensó, "le quiero, sólo me queda él. Sólo me queda él".
–Yo… yo… me perdí, y… ¡vámonos de aquí, por favor! ¡Vamos al palazzo!
Corrieron fuera del Aventino, buscando otro taxi como el que les había traído allí: si ella hablaba, tendrían a Paolo pisándoles los talones antes de poder decir "huyamos". Casi echándose sobre el taxista, Gordo le prometió el doble de lo que fuera si llegaban al aeropuerto antes de media hora, y Roma voló como un carrusel ante sus ojos. "Lo siento, Zephyr", trató de llamarlo Nadia, pero Gordo estaba como aturdido y la miraba sin verla, y ella no se atrevió a decir nada más. Bajaron en el Da Vinci más allá de las tres de la mañana, y corrieron hacia la puerta. De pronto él se detuvo, como si no supiera adonde ir. Se sacó la cámara por encima de los hombros, la miró un momento y se la tendió a la chica.
–Es buena –le dijo. –De segunda mano, en una tienda de estas valdrá unos ciento cincuenta dólares. Y espera… –sacó su monedero, y de él los otros cincuenta euros que le habían dado sus padres para el viaje. –Cógelos.
–Pero Zephyr…
–Con esto puedes llegar a Lituania, fuera de peligro. No discutas.
–¿Y tú?
–Tengo mi móvil. Hablaré con mis padres, con Ungermeyer, con quien sea. Cógelos.
Dudosa, Nadia extendió la mano e hizo lo que le decía. Se miraron otra vez, entre la gente que salía y entraba. Porque no importa lo tarde que sea, un aeropuerto nunca está vacío.
–Serás un gran hombre, Zephyr, un hombre bueno –dijo ella al cabo. –Gracias.
Gordo siguió oyendo aquellas palabras como un eco cuando ella ya se había marchado hacía ya un rato. Sentía las piernas como si fueran de plomo, y los ojos se le cerraban. No podía pensar en nada, blanco sobre blanco. Cuando se dio cuenta, estaba vagando sin rumbo entre la gente, y siguió haciéndolo hasta que la familiar sala de espera del aeropuerto apareció ante sus ojos con sus centenares de asientos blancos y grises. Se sentó en el primero que pilló, cruzó los brazos sobre el pecho y apoyando la cabeza en el respaldo, se sumergió al fin en las tinieblas.
El Palazzo Valisari brillaba en la noche aún más que de día, como un inmenso diamante de neón. Los escenarios e instalaciones del IMVA ya estaban casi terminados. Nadie dormía allí, todo eran luces y música, preparativos de la macrofiesta que seguiría al concierto (salas y salas y salas, Paolo le había dicho a Lizzie que bailarían sin parar hasta el amanecer), todos los colores que uno pudiera imaginarse, ejércitos de cámaras que instalaban equipos de técnicos, limusinas y coches de alta gama desfilando a través de la puerta principal. Los fans se apiñaban junto a la verja como hormigas, haciendo fotos con el móvil con la esperanza de captar a alguna de las celebridades que se alojaban en la villa. El coche que conducía Sergei no entró por donde los demás; había una salida/entrada directa al garaje oculta en una especie de templete que estaba al otro lado de la mansión. El mando permitía abrirlo y bajar por una especie de túnel en espiral que conducía a las profundidades de un inmenso garaje lleno de lujosos supervehículos de todos los tamaños e iluminado con fluorescentes blancos. Sergei bajó primero y se cercioró de que no había nadie, y luego Lizzie y Paolo, cogidos de la mano, subieron corriendo a ensayar.
Paolo extendió el brazo y activó la música con el mando a distancia. Vestía ropa de deporte, amarilla y negra, que le dejaba los brazos al descubierto, y parecía más que nunca la estatua de un dios romano. Ella también se había puesto cómoda, y el corazón le latía a diez mil por hora. ¡Aquello era superemocionante! No había que poner en peligro la voz, había dicho él, así que por aquella vez los dos habían hecho playback.
–¿Has visto alguna vez una noche tan bella?
Cuando ella se sentía insegura o le temblaba la voz, él le sostenía las manos y le mostraba su sonrisa blanquísima, y ella, contagiada, volvía a sonreír. Por primera vez sentía que era Bella, no Lizzie haciendo de Bella, que había dado el último paso, que se había ganado el papel. La canción era suave y apacible primero, vibrante después, y los envolvía como una ola, y no había nada más en el Universo. Pronto empezaron a ensayar los gestos, el baile, lo importante, lo que se vería desde el escenario, desde el escenario del gimnasio (lo habían escogido porque estaba en la planta menos uno, tranquilo en medio de todo el tráfago, y la plataforma era bastante grande) y desde el escenario de los IMVA donde habían ensayado; los focos los bañaban en luz anaranjada. ¡Quién pensaba en dormir! Él repitió la lección del otro día, la miró sentado en una silla del revés, repiqueteando en el respaldo con los dedos, marcando el ritmo con la cabeza, derecha e izquierda, y de pronto se levantó de un salto y estaba a su lado. Bailaron como uno solo, agitando los hombros, moviendo las caderas, los pies de ella al ritmo de los pies de él, las manos juntas, girando al compás, y cada vez que él la miraba, todo se volvía luz. ¡Todo era tan, tan, tan perfecto! Ojalá… ojalá no tuviera ese sentimiento tan raro. Ojalá Gordo… "¡no! ¿Pero qué estoy pensando?"
Al final Paolo se detuvo y comenzó a aplaudirle con entusiasmo, y ella sonrió con timidez, pero su sonrisa temblaba. Algo no iba bien, y no sabía qué era, pero allí estaba y no la dejaba en paz, como una espina en el dedo. Le entró algo así como pánico:
–Paolo… ¿podemos repasarlo? Por favor… Yo entro por la izquierda, tú entras por la derecha, y entonces… entonces… ¿Y mi ropa, dónde estará?
–En tu camerino, ¿no te acuerdas?
–Ah, sí. ¿Y mi…?
–¡Lizzie! Todo estará en su sitio, bajo control –él le puso las manos en los hombros, manos maravillosamente cálidas y seguras-. ¡Pace!
–Yo…
–Puedes hacerlo.
La luz del amanecer, luz blanca, se filtraba por los ventanucos. Ahora sí que estaba confusa, más confusa que nunca, perdida en medio de una montaña rusa donde nada estaba claro. Gordo se había convertido en una estatua y la miraba con una mirada de piedra, como en su sueño, Paolo la llevaba en moto, Kate le pedía ayuda, a ella, desde detrás de su barrera, y volvía a estar caída sobre la alfombra roja y Míster Dig sonreía desde lejos, muy lejos, y por algún motivo no podía parar de imaginarse a sus padres, el público aplaudiendo y ellos mirándola desde la televisión. ¿Y por qué no conseguía pensar en sus caras? "No, esa es Lizzie. Soy Bella. Claro que puedo hacerlo, soy yo, él lo cree, esta es la que soy de verdad, la que… la que…"
–Paolo, creo que no puedo –musitó.
Él la cogió de la barbilla y la miró a los ojos, sólo a unos centímetros de distancia.
–Lizzie, tienes que hacerlo. Lo hemos ensayado, tendrás el playback, tienes los pasos, las palabras, estarás risplendente. Lo sé.
–¿Cómo? ¿Cómo lo sabes?
Él se acercó más. Su rostro de príncipe, de duque, de dios romano, parecía llenar todo el horizonte.
–Porque… –murmuró a su vez- porque tú brillas como la luz del Sol.
Aquellas palabras. Como si la mano de él estuviera helada, Lizzie se soltó de golpe y retrocedió. Él pareció no comprender.
–¿Lizzie?
–Paolo, necesito que hagas una cosa por mí –dijo ella, determinada de pronto.
–¿Qué? –sonrió él.
–Canta… canta la canción. Sólo una vez.
–Pero mi voz…
–Sólo una vez, Paolo. No tiene que ser muy alto, venga…
–Carina, ¿a qué viene…?
–¡Paolo, por favor! ¡Por favor! Es importante…
–Esto es una insensatezza. Duerme un rato, ¿de acuerdo? Y mañana…
Se calló al ver la expresión de la cara de ella.
–Es verdad –dijo Lizzie con una voz que no parecía la suya-. Vas a apagar el playback a la mitad. Vas a humillarme delante de todo el mundo.
Y cuando alzó la mirada hacia él, lo supo sin lugar a dudas. Porque su rostro no había cambiado lo más mínimo, ni su amable sonrisa, ni su mirada. Cualquier otro habría reaccionado con alarma, con vergüenza, con tristeza, con furia. Pero Paolo no. La cara de Paolo era una máscara, una máscara encantadora, y se mantenía exactamente igual. Aquella sonrisa dulce de pronto era monstruosa. Un silencio gélido y torcido creció entre los dos.
–¿Ha sido Bella? ¿O tu amigo Gordon? –preguntó él al cabo de un rato, la voz igual de cálida que siempre. Ella se echó atrás como si hubiera recibido una bofetada y no respondió. Los ojos se le nublaban.
–¿Cómo has podido? –preguntó, no obstante, la voz llena de dolor-. Yo… yo confiaba en ti. Me prometiste que…
–Vamos, car…
–No me llames eso, Paolo.
Entonces él se rió. No era una risa del tipo "tranquila, Lizzie", ni "te estás montando historias". Era una risa natural y por eso, horrible, como quien se ríe tranquilamente de una broma, como si todo aquello fuera una cosa sin importancia. Ella no pudo soportarla. Sin añadir una palabra, resuelta, se giró y se encaminó hacia la puerta, el corazón latiendo a toda velocidad. "He sido una tonta", pensó. "Una tonta. No le importo. No soy nada para él, nunca lo fui". Puso la mano en el picaporte y empujó. La puerta no se movió. Estaba cerrada.
Se giró. Paolo tenía el mando a distancia en la mano. De pronto le vino a la cabeza que todas las cerraduras del Palazzo Valisari tenían cerradura electrónica, él se lo había explicado en algún momento, mientras caminaban por aquellos corredores. Volvió a girarse hacia la puerta.
–Déjame salir. Me voy. Si Sergei no me lleve al hotel, me iré caminando.
–Lo siento, pero no puedo consentirlo, carina. Verás, necesito que subas a ese escenario mañana y cantes conmigo, y tú lo harás.
Lizzie no respondió, no tenía nada más que hablar con él. Volvió a empujar el picaporte.
–No lo has pensado bien. ¿Crees que no puedo retenerte aquí? Estás en mi casa, Lizzie McGuire, y no tienes ningún lugar al que ir. Yo me lo pensaría.
Sintió náuseas. ¿Ese tipo de persona era él, a eso llegaba? Con todo su dinero, con toda su belleza, no valía la mitad que Gordo o que Miranda o que Ethan, o que Larry Tudgeman. No le llegaba a Kate a la altura de los zapatos... Hacía un minuto significaba tanto, y ahora tan poco… qué tonta había sido, qué tonta. Él seguía hablando.
–Oh, certo. No me gusta ponerme duro, pero tengo dinero, y quien tiene dinero pone las reglas del juego en este mundo, carina. ¿Te suena el nombre de Buzz B. Batson?
Eso consiguió su atención. Olvidando que se suponía que no iba a hablarle, se volvió para preguntar:
–¿Cómo sabes…?
–Sí, el jefe de Wheel-Axis, donde trabaja tu padre. Este –y le mostró su móvil, su modelo futurista de pantalla 3-D- es su número. He hablado con él esta mañana para cerrar un contrato. Y sólo tengo que volver a llamar y ponerle una condición: que despida a Sam McGuire. ¿Me crees o tengo que hacerte una demostración? Allí son las seis.
El rostro de Lizzie se puso al rojo escarlata, y su corazón dio un vuelco. Pensó en su padre, con sus ridículas gafas y su sonrisa.
–Eres… eres un…
–Este es el número de Tam Fox. A lo mejor consigue alguna que otra exclusiva, pero sólo si una empleada suya deja de trabajar allí. Jo McGuire. ¿Te imaginas lo que sería eso para ti y para el piccolo Mattie? No, no te lo imaginas, créeme, carina. Nunca has tenido que vivir con lo puesto. Y este es el número de teléfono de la strega: una llamada, una, y me aseguraré de que David Gordon se quede fuera del instituto para siempre, de que haya una mancha en su expediente y de que nunca, nunca, nunca pueda estudiar en la Universidad y llegar a ser director de cine.
Lizzie lo miró sin decir nada, y notó cómo las lágrimas le afluían a los ojos, nublándole la vista. Paolo seguía sonriendo, el móvil en la mano, la luz dorada de los focos haciéndolo brillar. Se encogió de hombros.
–Ottimo. Empezaremos por él.
Reaccionó. Despertando de la pesadilla, se echó hacia adelante.
–¡No! No, por favor, ¡él no ha hecho nada!
–Está en tus manos, Lizzie McGuire. Di que subirás a cantar conmigo.
–Yo…
–No tengo toda la noche –dijo él amablemente, colocando el pulgar sobre el móvil.
–¡Espera! Sí, lo haré.
Y el peso de aquel ridículo, de aquella vergüenza, cayó sobre ella. Podía haberse salvado, pero había preferido engañarse, y ahora se presentaría delante del mundo entero (¡el mundo!) para que él la humillara. Toda aquella gente que se había imaginado no la querría ni la aclamaría; le silbaría, se reiría, se burlaría de ella, y sólo podía sentir que ella se lo había ganado, que tenía lo que se merecía. Bajó la cabeza. Lo miró conteniendo las lágrimas y la sonrisa de él tembló un momento, sólo un momento, y luego volvió a su lugar.
–¿Ves? No ha sido tan difícil. Ahora seguro que te sale mejor. Porque si me convence lo que hagas, a él no le pasará nada, ¿estamos de acuerdo?, y al día siguiente tú volverás con tu clase y podrás seguir con tu vida sin decir una palabra de esto a nadie. Trata de escapar, haz algo raro, habla después, y Gordon sufrirá las consecuencias. Y veamos… ¡ah, sí! Tu móvil, carina. Será mejor que te lo guarde yo.
Lo sacó de su bolso, las manos temblorosas, y él se lo arrebató sin mediar palabra.
–Procura descansar un poco, Lizzie McGuire. Hoy va a ser tu gran día.
La puerta se desbloqueó, y él la apartó y salió al exterior. Ella se quedó en el gimnasio, temblando. Sin móvil, sin amigos, sin fuerzas y sin esperanza de huida, Lizzie retrocedió hasta el escenario, se dejó caer y, ocultando la cara en las manos, rompió en sollozos al fin. Todo se derrumbaba, todo, y era culpa suya. Todo era culpa suya.
Aterrado, Matt se echó atrás ante el portátil. Se había despertado antes que sus padres para poder echar un vistazo por su cuenta al ordenador en una de las salitas blancas del hotel, y cuando estaba poniéndose un poco al día se había encontrado con mucho más de lo que esperaba. Se dio cuenta de que estaba temblando. Aquello era chantaje, chantaje en serio. Y si avisaba a sus padres, que dormían en la habitación de al lado, bueno… ellos perderían sus trabajos y se quedarían en la calle.
Estaba solo. Lizzie estaba sola. Lizzie, que tenía vergüenza bailando ella sola en su cuarto, haciendo el ridículo delante de todas las cámaras de televisión del mundo… sintió una especie de mareo que le revolvió todo el estómago. Pensó en ella, pero no gritándole o fastidiándole o quitándole el mando, como solía hacer. No, en ella riendo con Gordo y Miranda, en ella preocupada por un chico o por quién sabía qué, en ella sentada y abatida, o sonriente, o histérica porque tenía que hacerse la foto de clase y la había picado una abeja, o cantando y riendo encima de una mesa en Grubby Gulch. Era su hermana. Después de todo, era su hermana, y, y…
Y de repente, comenzó a acariciarse la barbilla mientras sus ojos negros y chispeantes se encendían más y más. Matt se puso en pie, conteniendo el aliento. Uno a uno, los hilos comenzaron a enlazarse, las piezas encajaron. Poco a poco, fue alzando la cabeza. Volvía a ser el Rey, Matt el Superhéroe, y se lanzaba al rescate.
Pero tenía que ser rápido, rápido de verdad.
