Mil disculpas la demora... No hay escusa que valga, asi que solo me queda decirles que disfruten el capitulo y que espero este año actualizar mas seguido. Por lo menos ya parti bien. Saludos y recuerden... Los personajes pertenecen a S.M. y la historia y Guillermo Blanco. Yo solo las convino para llevarla a ustedes.

Que tengan un feliz y prospero 2012...( y recuerden que a mi me hacen feliz los review =D)


DIEZ

El domingo, cuando fui a buscarla para ir a misa, me dolía mucho la garganta, y me sentía afiebrado. El cuerpo me pesaba a cada paso, a cada movimiento. Transpiraba sin razón, incluso antes de haber andado un trecho más o menos considerable.

Hice la mayor parte del camino orando: ''Señor, que no me enferme. Después, Señor: algún día en que no pueda estar con ella. No ahora…''

Pero una lima me raspaba la garganta.

Bella me esperaba en la terraza de la hostería, con Jacob. Nos presento. El teniente me apretó la mano cual si en ello le fuera la vida. O la honra. Muy viril. Hablamos algunas trivialidades, que interrumpió la segunda seña de la misa.

- ¿Vamos? – me invito Bella.

Jacob se dirigió a mí con una sonrisa de ironía:

- ¿Usted también reza?

- Si.

- Ah – murmuro.

Tuve la impresión de que había en su tono cierta condescendencia zumbona, cierta mezcla de tolerancia y desprecio por esta debilidad no muy masculina que era la fe.

- ¿Usted no va? – inquirí, picado.

- Noooo. Yo creía en los Reyes Magos y el Espíritu Santo y esas historias cuando era niño, no más.

- Que curioso – comente – Generalmente sucede a la inversa.

- ¿Cómo a la inversa?

- Con los años, la mente suele ir abriéndose a cosas nuevas, el lugar de cerrarse.

Me quedo mirando unos instantes. Luego, con entonación exageradamente irónica:

- Si: se abre a las cosas de grandes, y se cierra a las niñerías.

- Exacto – corrobore – Por ejemplo, yo cuando chico jugaba a las guerras y a los desfiles, y ahora no les vea la gracia.

- ¿Insinúa?

No. No podría reproducir lo que siguió.

Sé que, a medida que avanzábamos en el dialogo, repitió muchas veces la palabra patria y, apenas un poco menos, la palabra honor. Pero sus frases no tenían sentido. No para mi. Eran tan prodigiosamente huecas que no he podido conservarlas en la memoria, yo que me precio de tenerla buena.

Sentencia del tipo de: ''La patria es el honor del soldado'' ( o quizá viceversa), ''El honor del uniforme'', ''La dignidad de la bandera'', iban y venían en la verdadera andanada verbal con que me respondió.

Habría sido absurdo tratar de explicarle lo que yo entendía por patria. Hablarle, por ejemplo, del mar, de la gente humilde, del campo eglogico y tranquilo – que no es, no debe ser, campo de batalla – del camino de Castuera a San Millán – que para el era incomoda y para mi era bello -, de Santiago… Tambien de la bandera, pero no agresiva, no encerrada en hoscas bayonetas ni rodeada de cañones, sino flameando, quieta, noble, indeciblemente alegre, en lo alto de un mástil, frente a la cordillera o al mar, o contra el cielo. Y algún rincón apacible del bosque. Y Bella. La poza donde ella arrojara el anillo. Mi casa, tan vieja y tan humilde y tan nuestra… Todo lo que constituiría mi nostalgia si estuviese fuera, lejos. Las cosas que formarían mi dolor en un país extraño…

Quise decirle, al menos, que era esa hojarasca suyo lo infantil los pasos de parada, los preparativos para una guerra que jamás vendría, los botones dorados, las charreteras.

Pero Bella intervino.

- Vamos a llegar tarde a misa – cortó.

Jacob se detuvo. Se había exaltado enormemente, mas ahora logro dominarse y, volviendo de los bronces inmortales a la ironía:

- Perdonenme – se excuso – por haberlos demorado con estas cosas terrenales.

Bella me cogió el brazo y me presiono a seguirla. El noto el gesto. Nos miro. Por un instante pareció que iba a hablar.

- Vamos – invito Bella entonces – Vamos, amor.

Escribiendola, recordándola, esta escena de pedante discusión me resulta absurda. O no absurda: debía ser, mas debió ser calmada, deliberada, con toda la serenidad de que ambos fueramos capaces. Sin mi razonar bachilleresco y sin la altanería ni la fraseología teatral del teniente. Las dos mentalidades cara a cara.

Y no por Bella, sino porque era loqgico que chocáramos, y hoy volveríamos a chocar, aunque yo no iria ya a misa, y aunque el no desfilase. Habría otro pretexto, simplemente. El encontraría imbécil a don Quijote, o yo me declararía enemigo del progreso… Cualquier cosa. Porque Jacob y yo – ''Jacob'' era un acierto casi genial de la persona que eligio su nombre – representábamos dos posiciones cuyo antagonismo no se relacionaba con un tema determinado: venia de mas lejos. Iba mas a la esencia. Si deferíamos de criterio sobre Dios, o sobre la milicia, ello era la mera exteriorización de un hecho: vivíamos en continentes expirituales distintos.

No dire que el mio fuese mejor o peor, o que yo fuera mejor en el mio que el en el suyo. Tambien eso es secundario. Ambos percibíamos, no obstante, la distancia que nos separaba.

Entre nuestros continentes no existía un istmo.

Esto, claro, explicaba en parte a Bella. Explicaba mi entrada en la existencia de ella, nuestro amor, la casi desesperación con que ella se aferraba a ese amor, que era nuevo y tal vez un poco independiente de mi como persona – no sé - ; que talvez representaba el aire puro, las palabras que significaban algo, cierta superación indefinible de la rutina. No se.

Aunque entonces, no lo percibi, hoy creo que ver en esa discusión latía, clara, la razón que una tarde impulso a Bella a arrojar su anillo a las olas…

Tosi mucho en la iglesia. Hacia frio. Afuera brillaba el sol, tibio y joven; mas aca adentro quedaba todavía el hielo de la amanecida (el ''hielo de la misa temprana'' de que hablaba mi tia Maggie). Bella me miraba preocupada: no pude evitar que so me resultara grato.

- Estas enfermo, Edward – muermuro cuando salimos.

- No. No es nada.

- Si es.

Me toco la frente.

- ¿Ves? Tienes fiebre.

- No. No se… No importa.

- Por favor. Cuidate.

- Si. Despues… Esta tarde me ire derecho a la cama.

No quedo muy tranquila, aunque dejo el tema.

Sin ponernos de acuerdo, comenzamos a andar hacia el camino de San Millan. Creo que, en el fondo, ambos pensábamos en alejarnos del teniente.

- ¿Le hablaste? – inquirí al cabo de un rato.

Me miro.

- A Jacob.

- No. No se ha presentado la ocasión. Sin embargo, ya debe de entender.

Jacob había entendido, en realidad. No llevábamos media hora de paseo cuando apareció ante nosotros, con aspecto de hallarse francamente molesto.

- Bella…

-Dime.

Jacob titubeo un poco.

- Eh… termino la misa ¿no?

- Si. Claro.

- Yo te esperaba en la hosteria.

- Lo siento, Jacob.

Era un ''lo siento'' mucho mas hondo, con mayor alcance, y el lo comprendió. Aunque , tal vez, no se dio cuenta de que tambien era sincero.

- Es que no es cuestión de ''lo siento''. Si vengo desde Santiago a verte, no es para mirarte pasear con mocosos… ¿Qué laya de novios te…?

Bella lo interrumpió, grave:

- Por favo, Jacob… Yo habría querido explicarte antes… Perdoname, pero… Bueno: siento que hayas venido…

Jacob no se encontraba en animo de escuchar explicaciones.

- ¡Que disparate! – farfullo - .T Tu padre…

- Despues hablaremos, Jacob. Perdóname…

Su tono era suave. Era evidente que lamentaba lo ocurrido, y esto – absurdamente - me dolio un poco.

- Pero ¿estas loca? – estallo el -.¿Me vas a decir que este imbécil…?

La sangre me hirvió de ira. Deshaciéndome de Bella, que trato de contenerme, me abalance sobre el. No se s logre tocarlo siquiera: con tal facilidad dio cuenta de mi. Antes de que alcanzara a percatarme de lo que pasaba, recibi una verdadera lluvia de golpes, sin que me fuera posible discernir de donde venían, ni en que postura me hallaba, ni donde estaba Jacob.

Por fin cai al suelo, semi aturdido. El teniente jadeaba.

- ¡Ahí tienes a tu galan! – resoplo.

Bella se inclino sobre mi.

- Por Dios, por Dios – murmuraba, palpando mis magulladuras.

Enjugo con un pañuelo la sangre que manaba de mis labios.

- Por Dios, por Dios.

Le sonreí.

- No es nada serio.

Como recordando, se volvió hacia donde estaba Jacob. Se había marchado. Alcanzamos a verlo desaparecer por un recodo, con paso extrañamente apacible.

Me temblaban tadavia las manos cuando – algunos minutos después , me incline para lavarme las heridas en un arroyo. Bella, ya mas tranquila, me observaba moviendo la cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, en un gesto que me pareció de rechazo a la escena infantil que protagonizamos Jacob y yo.

- Tal vez te decepcione – comente -, pero no me avergüenzo de la tunda.

- No - contesto, sonriendo -. No me decepcionas, no tienes de que avergonzarte.

- Yo creo que no, en realidad. Sin duda que el es mas fuerte…

- Es mayor que tu.

- Claro. Pero a su edad, yo voy a ser igual que ahora.

- Es lo que espero.

La mire.

- Es lo que espero – repitió-. Que no cambies.

Callamos.

- Tu tambien – articule al fin -. Tu tambien debes seguir igual, siempre.

- Si.

Nos habíamos olvidado del teniente, de mis magulladuras, de mi físico.

- Es tan fácil, se me ocurre. Es cuestión de quererse lo suficiente… De… No se… Me imagino que mi padre y mi madre han de haber sido asi. No recuerso nada prosaico en ellos. Entre ellos. Y entre ellos se sentía el amor. Se siente ahora, cuando el habla de ella, aunque sea para decir : ''El año en que tu madre y yo fuimos a Concepción''. parece que algo extraño revistiera, inmediatamente, a ese año. No es el tono en que habla, ni es esta o aquella palabra…No sé.

Bella me escuchaba, atenta, y me gustaba esta atención suya, que, por seguir algo tan hondo y tan mio, nos acercaba en alguna medida.

Quise seguir hablando. Darle detalles. Pero yo no sabia detalles. De mi padre y mi madre sabia poco mas que eso: acabado en el mundo para el. Todo salvo yo, que no bastaba para obligarlo a vender a diario sus horas –casi diría su angustia –por un plato de lentejas.

Explique esto a Bella.

- El hacia muchas cosas antes –añadí –Escribia, pintaba un poco. Hizo algunas investigaciones históricas interesantes. Ahí están. Ahí están, criando telarañas y poniéndose amarillentas, desde hace doce años. Están muertas, como su mujer. Como las esperanzas que tuvo alguna vez con ella. Como su razón de ser, quizá. Como su razón de ser individual, me refiero; la propia, no la que esta en función de los demás. De mi, en este caso. Porque el es mi padre, pero antes es el. Era el. Y eso se acabo.

Pausa.

-Debe ser triste –dije –no encontrar a la persona que nació para uno. Pero encontrarla y perderla…

-Si –murmuro Bella.

Callamos.

-Sin embargo, tiene su grandeza. Esta muerte viva de mi padre no es el suicidio de un Cullen (un acto breve y preciso, y, por eso, facil), sino la valentía mas profunda de sobrevivir. De vivir su muerte, dia tras dia, sin ahorrar un minuto.

Bajamos a la playa.

Yo siempre he sido un poco triste, opaco, por naturaleza. Esa mañana, no obstante, y pese a mi malestar físico, me sentía vibrar entero con algo que solo podría definirse como una felicidad corporal. Una felicidad que rebasaba del espíritu y caia, prodiga, sobre cada una de mis células.

Siempre he sido callado, tambien por naturaleza, pero esta mañana deseaba hablar, interminablemente; vaciar ante Bella mi interior , igual que un niño de cuatro o cinco años vacia ante su amigo su cofre de tesoros: una caja de zapatos, en la que guarda su hondo, un carrete viejo, una peineta rota y unos caracoles.

Le hable de mis ideas.

Yo creía muy valiosas mis ideas entonces. Las amaba. Las anotaba, a menudo, en una péqueña libreta con tapas de hule, para no perderlas. Estaba orgulloso de ellas. Como el chico con sus fruslerías. Y como el chico .ahora lo comprendo: no ha pasado un año y toda mi solemnidad se me aparece cual juego pueril –habia encontrado mis ideas botadas por ahí, en tal o cual libro, en las palabras de tal o cual de mis profesores, y las había recogido y les había conferido la ciudadanía de mi reino interior.

Si, me gustaba exponérselas a Bella. Y si no he de ser innecesariamente duro conmigo mismo, no lo hacia solo por lo que pudiera valer en si, sino porque contándoselas le hacia entrega de algo muy intimo y muy mio. Y le hacia, además, el sacrificio de mi timidez, pues hablar, abrirme, ha sido siempre un esfuerzo difícil para mi.

No en esa ocasión, es verdad. No junto al golpe eterno, incansable, de las olas sobre esta playa cuya hermosura me parecía descubrir recién… aunque ya la había descubierto el dia en que Bella arrojo el anillo. No con su mano en mi mano. No mientras me sentía dueño del mundo; o, mejor, mientras no me importaba quien fuera el dueño del mundo.

Le pedi que me hablara de ella.

- Cuentame algo de ti ahora.

- ¿Cómo en las películas?

Reimos.

- Como en las películas.

Estábamos en las rocas. Hacia sol. Un oleaje mas violento que de costumbre se despedazaba, de rato en rato, en infinitas partículas que la brisa traia hacia nosotros, mojándonos gratamente la piel.

- ¿Y que te cuento? –pregunto Bella.

- No se. ¿Qué quieres que sepa de ti?

Pensó un instante.

- Todo… Nada… Lo esencial ya lo sabes.

- Pero ¿Quién eres? ¿Qué has hecho en estos años? ¿Qué te gusta?

Reflexiono durante un rato. Me pareció que ella tambien deseaba hablar.

- Quizá –empezo al fin –podria contarte de mi madre, que no era feliz. No era feliz por una razón muy distinta de la de tu padre. No era desgracias tampoco. No tenia ausencia que extrañar ¿entiendes?

Asentí. Bella se aliso un pliegue de la falda. Luego:

- Tenía, si, una presencia que le costaba aceptar, o que aceptaba sin resignarse. Al principio no, seguramente. Se habían querido. Se querrian por encima…, no se… Pero mi papa se asimilo con demasiada facilidad a la rutina. Era eso. Tal vez se quisieron siempre, hasta el final, pero ella, para el, se había convertido en una parienta cuando se casaron.

Hizo una breve pausa. Pensé que le dolia recorrer todo eso.

- Mi madre, creo, hacia un sacrificio diario al… Nunca se quejo. Nunca lo dijo con los labios. Sin embargo, la manera como solia acariciarme era… dramática. Era, un poco, la manera de aferrar un naufrago a una tabla. Ahora me doy cuenta.

Cerro los ojos.

- Ahora comprendo, tambien –continuo –su desesperación al morir. Creía que me dejaba indefensa al borde mismo de lo que ella, de joven…

Recogió los hombros.

- Habria tenido razón, de no ser por este viaje a Castuera. Mi papa no le perdono nunca que fuera débil y suave y sensible. Que fuera mujer, no hembra a secas. No le perdonaba, tampoco, que no le hubiera dado un hijo. A mi misma no me perdona mucho el haber nacido, o el no haber nacido varon.

Su voz resonaba con una apacibilid extraña, casi un susurro, al hablar de esto. Sin amargura. Triste. Miro al mar.

- Yo no me daba cuenta de que mi mundo y me realidad eran los de mi padre, y mis conocidos eran los suyos: sus compañeros y sus subalternos. Conoci a Jacob porque era ayudante suyo en la división. Mi padre mismo nos fue insinuando la idea de que saliéramos juntos, al cine, a bailes, a paseos…

Intente detenerla:

- Bella, es…

- No –replico, comprendiento -¿No ves que ya no importa? ¿no ves que no?

Luego:

- Si: mi propio padre nos llevaba en el auto del Ministerio a los alrededores de Santiago, y a veces hasta nos hacia bromas. Que vergüenza me daba. Cuando Jacob me hablo de casarnos, no quise contestarle. Me eche a llorar. Pensaba, humillada, que se había visto empujado prácticamente a esto. Jacob se desconcertó. Creo que algo le conto a mi padre, y el me reprocho, furioso, eso que calificaba de mocoserias. ''Tienes que aprender a portarte como mujer'', me dijo.

- ¿Y tu…?

- No. No lo quería. Ni si quiera no lo quería. Me daba lo mismo. Lo soportaba, con la resignación con que se sooporta a… No se. No lo quería. Y, sin decírmelo a mi misma, por miedo, trataba de no pensar y de ir haciéndome a la idea de que terminaría por casarme con el. Enfrentar a mi papa me resultaba imposible. Entonces.

- ¿Ya no?

- Ya no .dijo. su voz era clara y determinante –Ahora veo la diferencioa que hay entre el bienestar y la felicidad. Lo h aprendido aquí, contigo. Te lo debo. Se lo debo a la forma como me quieres y como opinas y como vives.

- Sin embargo…

- ¿Qué?

- Yo vivo con desorden. Pienso con desorden. Soy pobre. Siempre voy a ser pobre, igual que mi padre.

No era eso: era tanto mas lo que habría deseado explicarle. Las palabras se me atolondraban en la boca. Eran oscuras. Quizá si ella entendía.

- Si, si –dijo.

Me agrado que no me desmintiera. Que no creyera que yo no iba a ser pobre.

- Sere pésimo marido desde ese punto de vista.

Rio.

- No importa. Tendremos lo que necesitemos, porque necesitaremos poco. Yo estoy dispuesta a vivir con todo eso, y hasta creo que voy a tenerle cariño a tu desorden.

Hablaba tan como un hecho de que algún dia llegaríamos a casarnos.

- Gracias –murmure.

Y ella:

- Tonto. No tenemos nada que agradecernos. Tu me has dado lo que yo a ti. No hay deuda.

Me miraba, seria, intensa. Antes de que yo pudiera articular naa:

- No hay deuda –repitió.

A mediodía, mientras regresábamos a Castuera, bajo un sol despiadado, comencé a sentir que mi cuerpo no resistiría mas. me ardia la frente con una fiebre muy alta, que me hacia jadear, y el corazón me latia desbocado. Tenia la gargante seca, adolorida, aspera. Comprendi que debía regresar a casa. Me desesperaba perder estas horas que faltaban, dejar a Bella con su teniente y su general, sola, y yo solo por mi lado. Pero era inevitable.

Se lo explique.

- Claro –convino –Claro. Tienes que cuidarte.

Yo estaba sombrio.

- Tal vez mañana no pueda venir.

- No te importe.

- ¿Cómo quiere…?

- Yo ire a verte. Te cuidare, por lo menos un rato.

La idea me parecía demasiado maravillosa.

- ¿Y tu padre?

- No se. No se como, pero ire.

Habíamos alcanzado al extremo de la playa, frente a la hosteria. En la terraza vimos a Jacob, que nos observaba, acodado en la baranda. Bella me beso lentamente.

- Hasta mañana –se despidió –Mañana llegare temprano a tu casa.

- Si llegas, me va a parecer un milagro.

- Hay que creer en los milagros –dijo.