Capítulo 10
Cinna viene por mí antes del alba, cuando nos ve a Aaron y a mí acurrucados en mi cama, sale de inmediato, diciendo que nos va a dar unos minutos para despedirnos. Cuando Aaron se levantaba para irse, yo lo abrazo más fuerte para que no se vaya. Puedo sentir como sonríe sin siquiera mirarlo.
-Katniss, me tengo que ir – me dice, poniendo un mechón suelto de cabello detrás de mí oreja.
-Lo sé- le digo con tristeza
-¿Te arrepientes?- me pregunta. Tomo su cara entre mis manos y la atraigo hacia mí para darle un beso.
-Ni un poco- le digo en un susurro
- Me tengo que ir- dice dándome otro beso-. Nos vemos más tarde
- Nos vemos
Sale de la habitación, entra Cinna, me da una túnica sencilla y me acompaña al tejado. Un aerodeslizador aparece de la nada y deja caer una escalera de mano. Pongo pies y manos en el primer escalón y, al instante, me quedo paralizada. Una especie de corriente eléctrica me pega a la escalera hasta que me suben al interior.
Al llegar, una mujer vestida de blanco me inyecta mi dispositivo de seguimiento. Ahora los Vigilantes podrán localizarme en todo momento. No les gustaría perder un tributo. Recogen a Cinna del tejado y la mujer desaparece.
El viaje dura media hora. Después oscurecen las ventanas, lo que nos indica que hemos llegado al estadio. Cinna me peina con mi sencilla trenza, después llega la ropa, la misma para todos los tributos. Me ayuda a vestirme con la ropa interior, los pantalones rojizos, la blusa verde claro, un cinturón marrón y una fina chaqueta negra con capucha que me llega hasta los muslos. Al parecer el material de chaqueta está diseñado para aprovechar el calor corporal, así que sospecho que me esperan noches frías Las botas son de cuero suave, perfectas para correr.
Cuando creo que he acabado, Cinna se saca del bolsillo la insignia del sinsajo dorado. Se me había olvidado por completo.
-¿De dónde lo sacaste?- le pregunto
- De tu traje de entrenamiento- responde-. Es el símbolo de tu distrito, ¿no?- Asiento, y él me lo coloca en la camisa.
Nos quedamos en silencio hasta que una voz femenina nos anuncia que ha llegado la hora de prepararnos para el lanzamiento. Me acerco a la placa metálica.
-Recuerda lo que dijo Haymitch sobre encontrar agua. Lo demás saldrá solo- dice-. Y recuerda: aunque no se me permite apostar, si pudiera, apostaría por ti.
-¿De verdad?- susurro
-De verdad. Buena suerte, chica en llamas
Entonces me rodea un cilindro de cristal que empieza a elevarse, y durante unos quince segundos me encuentro totalmente a oscuras. Después noto que la placa metálica sale del cilindro y me lleva hasta la luz del sol, que me deslumbra, solo estoy consciente de un fuerte viento con aroma a pino.
En ese momento oigo la voz del legendario presentador Claudius Templesmith:
-Damas y caballeros, ¡que empiecen los Septuagésimos Cuartos Juegos del Hambre!
Sesenta segundos. Sesenta segundos para observar el anillo de tributos, todos a la misma distancia de la Cornucopia. Estamos en un terreno despejado y llano, una llanura de tierra aplanada. Detrás de los tributos que tengo enfrente no veo nada, lo que indica que hay una pendiente o un acantilado. A mi derecha hay un lago. A la izquierda, hay unos ralos bosques de pinos. Esa es la dirección que Haymitch querría que tomara.
A unos quince metro de mi hay una mochila de color naranja intenso, y me llevare eso, solo porque no soporto la idea de irme con las manos vacías. Entonces, veo a Aaron, que está a cinco tributos a mi derecha; a pesar de la distancia, sé que me está mirando. Señalo la mochila con la cabeza, el asiente y veo que sus labios forman la frase "Ten cuidado" sin hacer ruido alguno. Centro mi atención de nuevo en la mochila, suena el gong y me lanzo hacia delante, recojo un cuadro de plástico y una hogaza de pan. Avanzo los quince metros y agarro la mochila.
Un chico, creo que del Distrito 9, intenta agarrar la mochila a la vez que yo y, durante un breve instante, los dos tiramos de ella. Entonces el tose y me llena la cara de sangre. Doy un tambaleante paso atrás, el chico cae al suelo y veo el cuchillo que sobresale de su espalda. Los demás tributos han llegado a la Cornucopia y están dispersándose para atacar. Aaron está a unos diez metros de mí y lleva media docena de cuchillos en la mano. Voltea rápidamente de un lado a otro y lanza un cuchillo en mi dirección antes de darse la vuelta para atacar a alguien más. Tomo el cuchillo que me dio, me echo la mochila al hombro y corro a toda velocidad hacia los bosques. Sonrió y pienso "Gracias por el cuchillo".
Al borde del bosque me vuelvo un instante para examinar el campo de batalla; hay unos doce tributos luchando en el cuerno y algunos muertos tirados en el suelo. Los que han huido desaparecen en los árboles o el vacío que veo al otro lado. Durante las horas siguientes voy alternando las carreras con los paseos para alejarme de los tributos. Conseguí meterme el platico en la manga, mientras camino, lo doblo bien y me guardo en el bolsillo. También saco el cuchillo ( es bueno, tiene una larga hoja afilada y con dientes cerca del mango) y lo meto en el cinturón.
El bosque empieza a evolucionar y los pinos se mezclan con una variedad de árboles. El suelo baja en pendiente, cosa que no me gusta mucho, me hace sentir atrapada. En cualquier caso, no tengo elección, así que sigo.
A la última hora de la tarde empiezo a oír los cañones. Por fin debe de haber acabado la batalla en la Cornucopia. Me permito una pausa, entre jadeos, para contar las muertes. Uno…, dos…, tres…, y así hasta llegar al número once. Once muertos en total; quedan trece por jugar. Me rasco la sangre seca que el chico del Distrito 9 me tosió. Sin duda, murió. ¿Qué habrá sido de Aaron? ¿Cómo se sentirá haber matado a un chico por primera vez? ¿Habrá matado a alguien más? ¿Está vivo? Probablemente ya se unió a los profesionales como me dijo que haría.
Dejo caer junto a mí la mochila, agotada. De todos modos, necesito revisarla antes de que caiga la noche y ver que tengo para trabajar. Saco con cuidado las provisiones: un fino saco de dormir negro que guarda el calor corporal, un paquete de galletas saladas, un paquete de pequeñas tiras de cecina de vaca, una botella de yodo, una caja de cerillos de madera, un pequeño rollo de alambre, unas gafas de sol y una botella de plástico con tapón para llenarla de agua, aunque esta vacía.
Nada de agua. ¿Tanto les habría costado llenar la botella? Me doy cuenta de lo seca que tengo la garganta y la boca, de las grietas de los labios. El consejo de Hatmitch de encontrar agua de inmediato no era arbitrario: no duraré mucho sin ella. Vuelvo a meter las cosas en la mochila, pero me detengo cuando mi mano se encuentra con la cecina. Me recuerda mucho a él; recuerdo todas nuestras conversaciones en la carnicería, las horas pasadas en el bosque, su hermana dándome carne seca Todo eso parece haber pasado hace una eternidad.
Al cabo de una hora está claro que tengo que encontrar un sitio para dormir. Las criaturas de la noche salen de sus guaridas. Antes de acampar, saco mi alambre y coloco dos trampas de lazo en los arbustos. Sé que es arriesgado, pero no gastare mi preciado tesoro de galleta y cecina. En cualquier caso, camino otros cinco minutos antes de detenerme.
Escojo mi árbol con cuidado, un sauce no muy alto, aunque colocado en un bosquecillo con otros sauces, de modo que pueda ocultarme entre las largas ramas colgantes. Tardo un rato, pero consigo colocar el saco de una forma relativamente cómoda y me meto dentro. Como precaución, me quito el cinturón, lo paso por la rama y el saco, y me lo ato a la cintura. Así, si ruedo mientras duermo, no caeré al suelo. Conforme cae la noche, la temperatura baja en picado. A pesar del riego que corrí al recoger la mochila, sé que hice lo correcto, porque este saco de dormir en el que se refleja el calor de mi cuerpo para devolvérmelo no tiene precio.
Justo al caer la noche oigo el himno que precede a la las bajas. Respiro hondo conforme surgen los rostros de los once tributos muertos y voy contándolos con los dedos.
La primera es la chica del Distrito 3, lo que significa que los profesionales del Distrit siguen vivos. Después el chico del 4. El chico del 5… supongo que la chica con cara de comadreja ha sobrevivido. Los dos tributos del 6 y 7. El chico del 8. Los dos del 9 y la chica del Distrito 10. Vuelven a poner el sello del Capitolio, después me quedo a obscuras y regresan los ruidos del bosque.
Me alivia saber que Aaron está vivo. Once muertos y ninguno del 12. Intento repasar quien queda: cinco tributos profesionales; la comadreja, Thresh, Rue, Aaron. Con eso somos diez, mañana intentare averiguar los tres que me faltan. Dejo que los músculos se me relajen poco a poco. Se me cierran los ojos. Lo último que pienso es que es una suerte que no ronque.
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Aquí les dejo otro capítulo, espero que lo hayan disfrutado tanto como yo disfruto escribirlo. ¿Qué pasara cuando Katniss se encuentre con los profesionales? ¿Qué hará Aaron? Todo eso sucederá en el próximo capítulo.
Review con sus pensamientos son muy apreciados. ¿Les ha gustado la historia hasta ahora? ¿Debería cambiar algo? He pensado en cambiar el summary pero no se me ocurren ideas, tal vez ustedes pueden ayudarme. Mándenme sus ideas y el que me parezca más convincente y que más se acople a la historia lo pondré.
Lobo Sombra
