Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Siendo que el fic consta de veinte capítulos en total, con el de hoy estamos ya en la mitad. A partir de ahora las cosas irán tomando el rumbo que más deseamos, pero paso a paso. Me divierte mucho imaginar estos tipos de intercambios entre ellos y por mí demoraría el asunto hasta la próxima vida, pero no soy tan mala e irresponsable XD

Hoy utilizaré una hermosa idea que saqué de FMA, unas palabras que Al tiene para cierto personaje. La frase original es una de las que encabeza mi perfil. También aclararé, por si la expresión sólo se usa por mis lares, que "tener cola de paja" significa algo así como sentirse culpable o responsable de algo.

Saludos para Ema, un poco de celos nunca viene mal XD Justamente serán los sentimientos de cada uno y la forma como los reconozcan lo que irá develándose ya con más contundencia en los capítulos que vienen, así que espero que sigas disfrutando de la historia. Muchas gracias por leer y comentar n.n

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


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Haz lo mejor que puedas


Ese chico…

Hinata se le quedó mirando durante algunos instantes, desde lejos. Él se había quedado dormido al pie de un árbol. Destacaba en todas las clases, pero siempre solo, apartado, retraído. Pensó que en eso se le parecía un poco. Lo único que pudo hacer antes de seguir su camino fue acercarse en silencio, tímidamente, dejarle uno de los refrescos en lata que llevaba consigo y alejarse antes de que se diera cuenta.

.

Cuando Sasuke despertó de la pesadilla, lo primero que lo incomodó no fue el lugar donde se hallaba acurrucado, o que ya atardecía, sino lo sudado que estaba. Nunca había soñado tan nítida y angustiosamente con Itachi, con sus padres y con su gente desangrándose alrededor.

Pero todavía era demasiado pequeño para hacer algo más que llorar en silencio. Algún día, se decía, sólo es cuestión de tiempo. Seré más fuerte, y entonces…

De pronto advirtió la inopinada bebida junto a sus pies. Miró en derredor, pero a esa hora ya no había nadie en el parque. Se encogió de hombros y se secó los ojos con el antebrazo.

Tomó la bebida y la abrió. Le resultó apenas confortable, pero lo suficientemente buena y dulce para recuperarse del mal sueño. Aunque sabía bien, pese a su corta edad, que cargaría con esa pesadilla durante mucho, mucho tiempo…

.

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Nunca en ninguna misión Hinata se había sentido tan extraña, tan inquieta, tan… observada. Era como si alguien estuviera vigilándola, acechándola y juzgando cada uno de sus movimientos. Le dio escalofríos.

Si activaba su Byakugan, se le erizaban los pelos de la nuca como si alguien estuviese midiendo la calidad de su visión. Si vigilaba de lejos la guarida de los criminales que había que detener, sentía a su vez otra mirada igual o superior de vigilante y perspicaz. Si comía, si bebía o se agachaba para ajustarse el calzado, se sentía insistentemente monitoreada. Y si se le daba por cruzar dos palabras con Naruto, la acometía todo lo mencionado al mismo tiempo y por triplicado.

¿Por qué se sentiría de esa manera?

Incluso cuando reposaba no podía hacerlo de forma cabal porque de inmediato era asaltada por una serie de pesadillas con numerosos ojos del estilo Sharingan activándose de todas las formas posibles en torno suyo, como si buscaran atrapar cada uno de sus más íntimos secretos. Para evitar ese desatinado e insano asedio de su perturbado inconciente terminó por sobrellevar la misión de tres jornadas sin dormir más que algunas horas espaciadas.

Jamás conseguiría explicarse aquella incomodísima sensación de stalkeamiento permanente y agobiante, la certeza de una proximidad incógnita que la controlaba entre las sombras. Le resultó de lo más extraño y, por más que mirase sobre su hombro en más de una ocasión, fue incapaz de identificar la fuente del malestar. Algún día, tal vez, alguien se dignaría a recordárselo y justificarlo… con razones de lo más pueriles.

Pero para eso faltaba mucho.

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Después de maldecir, de tratar de olvidar, de permanecer indiferente, de preguntarse cuánto tardaría en regresar, de analizarlo todo hasta el absurdo y de maldecir otra vez –entre otras estrategias indeclarables y muy poco edificantes- Sasuke se resolvió a esperarla. Últimamente lo aquejaba con frecuencia la sensación de que en verdad lo hacía, a cada momento, como si con la sola aparición de Hinata bastase para disipar las sombras que en ocasiones todavía se agitaban en su corazón. Chasqueó la lengua con desdén.

Las sombras de mi corazón… Menudo poeta en el que me he convertido.

Pero la ironía no le devolvió el buen humor, sino que, por el contrario, agudizó la sensación de que se había vuelto demasiado dependiente de los requerimientos de la joven, o más bien que vivía pendiente de su llamado. Y una vocecita en su interior le decía que no era debido al gran entusiasmo que había desarrollado por sus funciones de gurú, precisamente.

Recargado contra una medianera, de brazos cruzados y gesto apático, no apartaba la vista de la entrada de la aldea, la que abarcaba perfectamente desde allí. Atardecía. Aun así, ni siquiera las primeras opacidades anticipatorias de la noche podían cubrir lo que relucía en su interior con la potencia del sol, y tampoco era tan obtuso como para negar lo evidente.

Podía ser insensible y desinteresado, pero de ningún modo iluso. Ya había aprendido la lección y no volvería a caer en las redes de la cerrazón.

Y sí, podía dedicarse a la poesía con absoluta impunidad. Era un camino tan bueno como cualquiera para un ninja casi retirado debido a los tiempos de paz y las misiones de socorro espiritual de última hora. Se le daba bien reflexionar, analizar, entender las cosas, buscar las palabras adecuadas para expresarlas de la mejor manera posible, aunque fuera para sus adentros. Porque hacia afuera tenía una reputación de joven parco que cuidar.

Sí, la poesía estaba bien.

A fin de cuentas, ¿qué tan difícil podía resultar construir una metáfora? ¿Y una antítesis? ¿Y una hipálage? ¿Y por qué diablos sabía lo que era una hipálage? ¿Dictaban clases de Literatura en la Academia de Konoha?

Habría continuado divagando estúpidamente durante un buen rato si no fuera porque divisó por fin a la persona que lo había generado, y de inmediato retomó las riendas de la realidad.

Hinata, Naruto y los demás –sujetos cuya existencia a Sasuke le daba igual porque lo único que le importaba era lo que había sucedido entre aquellos dos-, regresaban en ese preciso momento con una calma y un estado de satisfacción que no dejaba lugar a dudas sobre el resultado de la misión. Afortunados ellos que todavía podían jactarse de ser unos shinobis hechos y derechos, en cambio él, un muñeco del destino y de los caprichos de Kakashi –el culpable de todo, siempre-, tenía que permanecer allí sujeto a una serie de sentimientos nuevos y continuos replanteos existenciales.

Condenados suertudos…

Pero consiguió superar ese exasperante estado de resentimiento y mal disimulada envidia para dignarse a llamar a Hinata.

-¡Shisho! –exclamó ella al verlo, yendo a su encuentro con alegría.

Demasiada alegría para él. Menos alegría, Hyuuga, menos alegría, porque si ya no sé qué hacer conmigo mismo, mucho menos puedo lidiar con tu espontánea forma de ser.

-No me llames así en público, maldición –se quejó. Fue sincero, pero también fue el primer subterfugio que se le ocurrió para encubrir sus propias emociones.

Ella, como de costumbre, lo ignoró olímpicamente.

-¿Viniste para averiguar cómo me fue? –indagó sin dejar de sonreír.

En parte, pensó Sasuke, y en parte por motivos muy poco inocentes.

-Así es –confirmó con perfecto autodominio aunque conociese hasta el último incidente, cosa que se abstendría por muuuuucho tiempo de revelar-. Cuéntamelo todo con lujo de detalles.

Con entusiasmo pese al mal dormir, Hinata se lanzó allí mismo a la narración de sus peripecias en la aldea vecina junto a Kiba, Shino y Shikamaru, los sujetos cuya existencia a Sasuke le daba igual, aunque supo tolerar la mención de sus nombres. Lo que más le interesaba era lo referente a la cucaracha de Naruto y prestó especial atención para que no se le escapara nada, ni el más mínimo mohín que pudiese delatar algún sentimiento agazapado.

Y porque tenía que disimular, bah.

El relato resultó congruente con sus propias observaciones. Más allá de los avatares de la misión, Hinata supo conducirse a la altura de la situación considerando a Naruto como un simple compañero, alguien en quien confiar y, a su vez, alguien a quien proteger. Sasuke decidió que no podía hacer nada contra eso, pues se trataba del vínculo más elemental en el mundo shinobi, por lo que se resignó a aceptar esa forma de relación. La reciprocidad podía ser determinante en el éxito de una misión y no era fundamento suficiente para separarlos.

O para eliminar a la competencia, bah.

De todas maneras, no pudo evitar sentirse mezquino y estúpido. Cayó en la cuenta de que a lo largo de esos días, mientras permanecía agazapado a prudente distancia para vigilar hasta el último de sus movimientos, en su mente había trazado algún tipo de territorio que dejaba a Hinata adentro y al resto de los individuos de la especie humana, en especial del tipo masculino, del lado de afuera, casi como si estorbaran…

Mejor sin el casi, bah. Y ya eran demasiados bah como para continuar haciéndose el distraído. Lo cierto era que se trataba del sentimiento más inopinado que le hubiera tocado experimentar y todavía no sabía muy bien qué hacer con él, aunque ya lo tuviera identificado.

-En definitiva, creo que he superado la prueba más difícil –concluyó Hinata, retrotrayéndolo a la realidad-. He pasado tiempo con Naruto-kun sin perder el enfoque, he logrado que mis emociones se aplaquen adecuadamente y cambien de objetivo, tal y como me has recomendado.

-Bien por ti –repuso Sasuke con sequedad. De pronto le asaltó la idea de que lo último que quería de Hinata era que le debiera algún sentimiento relacionado con Naruto, sea cual fuese.

-Seguiré esforzándome, Sasuke-kun.

-Eso espero.

-No te decepcionaré.

-Lo sé.

-Persistiré en alcanzar la meta que hace tanto tiempo me propuse: convertirme en una buena kunoichi –siguió diciendo ella con el ceño fruncido cómicamente por la determinación-. Una persona, por más importante que haya sido para mí, e influyente, no puede definir lo que soy.

Esta vez Sasuke sucumbió ante su semblante decidido y la entereza que constantemente ponía a prueba su propia visión del mundo. Nunca estaría ciento por ciento seguro del modo como debería conducirse con alguien así ni del modo como sobrellevar los sentimientos que le removía.

Porque cada vez le removía y le creaba más sentimientos, esas agudas sensaciones dolorosas y, al mismo tiempo, agradables que forman parte de la esencia humana. Por ende, Sasuke también era un ser humano, a pesar de sus continuos intentos por evitarlo.

Él, un ser humano… Debería reclamarle a la joven por recordárselo tan a menudo, por provocarle la cosa cálida que no paraba de bullir y de anunciarle a los gritos lo que en realidad se estaba cocinando dentro de él.

-Estoy seguro de que harás lo mejor que puedas, Hyuuga. Siempre lo haces.

Hinata le sonrió, cohibida ante el inesperado halago.

-¿Es otro de tus consejos, shisho?

-Tómalo como te parezca –suspiró él, empezando a caminar.

-Todas tus palabras son muy valiosas para mí.

-Pues allá tú y lo que haces con ellas.

Hinata no se ofendió, sino que sonrió ante aquella sempiterna desaprensión y se acompasó a sus pasos. No iban a ninguna parte, simplemente se habían puesto en movimiento. Recorrieron una calle poco concurrida, por lo que Sasuke se sintió a salvo de las torvas miradas que de vez en cuando le dirigían los vecinos. Él no los culpaba, pero tampoco era míster superado. Lo cierto es que lo incomodaba. Y ahora pasaba gran parte de su tiempo con alguien muy importante para él, demasiado como para dejar que algo de esa animosidad la pudiera alcanzar.

Entonces se preguntó si alguna vez había sido capaz de seguir su propio consejo.

-Ser capaz de hacer siempre lo mejor que puedas también es un talento, ¿verdad?

A Hinata le sorprendió un poco que le saliera con una pregunta de ese tenor, tan impropio de él. Sin embargo, de algún modo, comprendió su inquietud. Le sonrió con entendimiento, contenta por verlo abrirse de esa manera y agradecida por su confianza.

Y tal vez más conmovida de lo habitual.

-Así lo creo –respondió-. Hasta para darlo todo se necesita mucha fuerza de voluntad y a veces eso es precisamente lo más difícil de acopiar.

-Tú la tienes de sobra.

-Tú también, Sasuke-kun.

-No estoy tan seguro –repuso él, cuyo rostro se mantenía inescrutable-. Muchas veces me lo he cuestionado.

-El hecho de que te hayas convertido en uno de los ninjas más poderosos del mundo demuestra que la tienes.

-A la hora de un combate, sí. A la hora de vivir, ya no puedo afirmarlo.

La kunoichi comprendió y guardó silencio. El siguiente tramo del camino los encontró reflexivos, cada uno sumergido en sus propias cavilaciones. Hasta que ella retomó la conversación.

-Supongo que se trata de una lucha cotidiana, de algo que se resuelve día por día.

-Tal vez.

-Lo importante es no darse por vencido, ni siquiera cuando lo estés.

-¿Y los resultados?

-No pienso en los resultados, Sasuke-kun –dijo ella con la dulzura que la caracteriza-. Si cada paso que damos, de por sí dificultoso, lo medimos únicamente en función de los resultados, nos frustraremos con más asiduidad de la que podríamos soportar.

-Uno siempre espera cosas, Hyuuga –observó él.

-Esperar no es lo mismo que buscar –replicó la joven-. Trato de esforzarme y de esperar lo mejor sabiendo que puede darse o no. Cuando me propongo una meta, en cambio, hago las elecciones que me conducen a ella. Como la de convertirme en una buena kunoichi –señaló según lo hablado con anterioridad-. Jamás lo conseguiría si sólo me siento a esperar lo mejor. Estaré más cerca de la meta si entreno, si me concentro, si me someto a situaciones de combate. Aunque me cueste, aunque reniegue, aunque haya más retrocesos que avances, eventualmente alcanzaré un estadio superior, evolucionaré, habré mejorado.

-Buscarlo, ¿eh?

-Nada se consigue si permanecemos quietos y a la expectativa, si no somos capaces de cambiar.

-Cambiar para alcanzar las cosas que deseamos –repitió él, sopesándolo con cuidado.

-De eso se trata siempre, de cambiar y de mejorar.

-Cambiar y mejorar…

Ella lo miró con interés, entendiendo quizá la zozobra que lo embargaba. Él no tuvo que mirarla para saberlo, para corroborar que ella podía leer dentro suyo aunque se empecinase en cerrar todas las puertas. Hinata no era de las que se rendía, Hinata siempre daba lo mejor de sí y por eso siempre obtendría lo mejor, puesto que Hinata era mejor que él.

Le hubiera gustado decírselo, pero en ese momento no supo cómo hacerlo.

De todas maneras le buscó los ojos. Extrañamente para él, necesitaba una buena dosis de la ternura que desbordaba de ellos, de esos ojos tan desconcertantes como cobijadores.

Si ella supiera cuánto lo afectaba, cuán hondo había calado dentro de sí y qué clase de pretensiones ocultaba… A él le costó toneladas de fastidio, de enojo contra sí mismo, de hastío, de rezongos infantiles y de palabras muy poco edificantes dirigidas al traicionero de su recientemente descubierto corazón, pero al final del proceso ya podía estar seguro, tan seguro como apabullado. La verdad podía ser apabullante, así como verificar una vez más hasta qué punto la dichosa terapia se le había vuelto en contra.

-Has mejorado mucho, Sasuke-kun –susurró ella, ruborizándose.

Quién sabe lo que habría visto en su semblante para tener la necesidad de decirle esas palabras. Conociéndola como la conocía, seguramente le habría costado una buena parte de pudor y tal vez esa noche hasta tendría pesadillas de naturaleza similar a las sufridas durante la misión, pero lo había dicho. Esa muchacha no hacía más que asombrarlo día tras día, de una u otra manera.

Como toda respuesta, lógicamente, desvió la vista, chasqueando la lengua con indiferencia.

-Tonterías –farfulló.

Lo hubiera conmovido o no, era una observación demasiado melosa como para agregar algo más. E imprudente teniendo en cuenta su incipiente estado sentimental. Y pareció que Hinata se daba cuenta de lo que le sucedía, porque su sonrisa se transformó en una risita que cubrió recatadamente con el puño cerrado.

Lo dicho, ella lo conocía hasta un punto desconcertante. Pero tenía que creerle, Hinata nunca exageraba ni mentía. Si había llegado a esa conclusión, había sido con basamentos. Esa imagen que ella solía devolverle de sí mismo, una que siempre le generaba extrañeza, lo complementaba de forma inusitada, lo obligaba a volver a mirarse para buscar eso que sólo ella, al parecer, veía.

Las mujeres son de temer, refunfuñó para sus adentros.

Nunca tenía éxito en el intento. Cuando se echaba un vistazo a sí mismo, en todo caso se notaba más gordito, pálido, con la misma cara de pocos amigos de toda la vida, la ropa tal vez demasiado holgada y las vendas de su implante constantemente oscurecidas por la tierra y su negligencia. Además continuaba instalado en el bosque, alimentando la imaginación de los niños. Pero de todos modos le creía. Sólo en Hinata podría confiar al respecto.

Si ella veía algo bueno en él, entonces algo bueno, en definitiva, había logrado.

-Los aldeanos, sin embargo, siguen temiéndome –señaló luego de esos comprometedores momentos de mutua camaradería.

-Es porque no les das la oportunidad de conocerte.

-Sigo aquí varado, ¿no? Me ven pasar todos los días.

Ella volvió a reír con timidez.

-Me refiero a otra cosa, Sasuke-kun.

-¿A qué cosa?

-Pues, por ejemplo, a socializar.

-Maldita sea.

-Si te la pasas renegando, si no intercambias con nadie más que con tus más cercanos amigos, nunca te reconciliarás adecuadamente.

-¿Y ahora quién da los consejos? –masculló Sasuke, notando que los roles se trocaban con una facilidad alarmante.

Hinata se limitó a sonreír. Al parecer ese día le había tocado a ella asumir el nefasto rol de guía espiritual.

No obstante, el ninja le dio vueltas al asunto, en parte fastidiado y en parte receloso. Nunca había sido San Conversador de las Buenas Amistades, así que no podía imaginarse socializando con todos los aldeanos con la desenvoltura con la que lo hacía Naruto. De sólo imaginarse en la situación de sonreír y comentar el clima y lo delicioso que sería un buen plato de ramen le provocaba vahídos y se sentía completamente ridículo. Aun así, a despecho de su propia aspereza, entendía perfectamente la necesidad de hacerlo.

Ahora, de ahí a dar el gran paso había un abismo francamente insondable.

Aunque le hubiese gustado considerarlo en honor del interés de la joven, de acuerdo a su adusto temperamento terminó por desechar la idea. Jamás transigiría en convertirse en la parodia de sí mismo por más que las apariencias y su misión actual pareciesen demostrar lo contrario. Él no era como Hinata, a él le costaba mucho tratar de hacer lo mejor posible y no empezaría por trabar amistades para poner a prueba su problemático anhelo de superación.

Al notar aquella obstinada postura ella suspiró absteniéndose por el momento de insistir, pero el ninja advirtió que no con desaliento. Ni siquiera con él estaría dispuesta a rendirse. De nuevo Sasuke hubiese querido hacer o decir algo que estuviese a la altura, pero tampoco supo qué ni cómo hacerlo.

Recién entonces cayó en la cuenta de que la había retenido demasiado tiempo cuando acababa de llegar de una misión. La excusa le vino de pelos para evadirse como laucha por tirante.

-Debes estar agotada.

A Hinata le desconcertó un poco el abrupto cambio de tema, pero supo amoldarse.

-Lo estoy. En estos días he dormido poco.

-¿Por la misión?

-A decir verdad, no por la misión en sí.

-¿Entonces por qué?

Ella asumió una postura pensativa, evocando las inusuales sensaciones que la acometieron mientras estuvo fuera de Konoha.

-Pues… No atino a explicarlo mejor, pero… me sentí vigilada, como si alguien me estuviese observando todo el tiempo. Fue muy raro y perturbador, y no me dejó dormir bien.

Como todo shinobi profesional –y con cola de paja- Sasuke ni se inmutó.

-Te habrá parecido.

-Sin embargo, se sintió muy real.

-Te exiges demasiado.

Hinata no pareció muy conforme con esa apreciación y siguió meditando en eso durante algunos instantes. Al final se encogió de hombros, decidida a dejarlo atrás.

-Tal vez haya sido como dices.

-Ve a descansar, Hyuuga –le aconsejó él con la cara más dura que el mármol. Antes muerto que descubierto, pensó.

-Tú también, shisho –repuso ella.

Antes de que pudiera decirle lo que seguía pensando de ese descabellado mote, Hinata enfiló en dirección a su casa. Lo más probable era que persistiera en sus intentos de desentrañar el acertijo, pero Sasuke sabía que no lo descubriría. Había tomado todos los recaudos posibles durante el viaje y su secreto estaría a salvo.

Permaneció inmóvil un rato, observándola, y luego también siguió por su camino, por ese camino cuyo tramo final todavía desconocía.

Lo importante era moverse. Moverse, avanzar, pensar y aceptar, aceptar de una buena vez por todas que se había enamorado.