La Verdad de Lady Elisabeth
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Isabella se juró a sí misma que aunque llegase a vivir hasta la avanzada edad de treinta años, nunca olvidaría la semana que siguió a su decisión de acudir en ayuda de Elisabeth.
Fue una semana como no había habido ninguna antes, salvo quizá la de la invasión del duque Aro, pero naturalmente, en aquel entonces Isabella todavía no había nacido para presenciar dicho acontecimiento, así que las suposiciones no contaban. Aquella semana casi llegó a destruir su naturaleza dulce y cariñosa y su cordura. Pero Isabella no estaba muy segura de cuál de las dos cosas codiciaba más, y por consiguiente resolvió conservarlas ambas.
De hecho, la tensión hubiese bastado para hacerle rechinar los dientes a un santo. La única razón de todo ello, claro está, era la familia Masen.
A Isabella se le concedió completa libertad para que recorriera a su antojo todo el recinto del castillo, con un solo soldado andando detrás de ella igual que una larga sombra. Incluso había obtenido permiso por parte de Edward para poder utilizar como alimento de las bestias salvajes los restos de comida que hubiese que tirar. Y dado que el soldado también había podido escuchar cómo la petición de Isabella era aprobada, este llegó a argumentar a favor de ella ante los hombres que tenían a su cargo el puente levadizo. Isabella fue hasta lo alto de la colina que se elevaba fuera de los muros de la fortaleza, con los brazos cargados con un saco de arpillera que contenía carne, aves, y grano. No sabiendo qué era lo que comía su perro salvaje, se llevó consigo una selección que estaba segura lo atraería.
Su sombra, un apuesto soldado llamado Anthony, musitaba en la lejanía. Él había sugerido que fueran hasta allí a caballo, pero Isabella se mostró en contra del plan y, al hacerlo, obligó al soldado a que tuviera que andar junto a ella. Isabella le dijo que el paseo les sentaría bien, cuando de hecho lo que esperaba era que de esa manera le sería posible ocultar su falta de habilidades hípicas.
Edward estaba esperando a Isabella cuando esta regresó de su labor. No parecía demasiado complacido.
—No se te dio permiso para salir fuera de los muros –declaró enfáticamente.
Anthony acudió en su defensa.
—Vos le disteis permiso para dar de comer a los animales –le recordó a su señor.
—Sí, lo hiciste –convino Isabella, y lo hizo con una sonrisa tan dulce y una voz tan suave que estuvo segura de que a él debió de parecerle muy tranquila y dueña de sí misma.
Edward asintió.
La expresión que había en su rostro era realmente aterradora. Isabella pensó que Edward estaba deseando que le hubiese sido posible librarse de ella, pero ahora ya ni siquiera le gritaba. A decir verdad, rara vez levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. La estatura de Edward se ganaba la atención de inmediato, y su expresión, cuando se hallaba tan disgustado como lo estaba ahora, parecía ser tan efectiva como cualquier alarido.
Isabella ya no le tenía miedo. Desgraciadamente, necesitaba recordarse aquel hecho varias veces al día. Y todavía no disponía del valor suficiente para preguntarle qué era lo que había querido decir cuando afirmó que ahora ella le pertenecía. Seguía posponiendo aquella confrontación, con la verdadera razón de ello siendo que temía cuál fuera a ser la respuesta de Edward.
Además, se decía a sí misma, ya habría tiempo de sobra para descubrir cuál iba a ser su propio destino después de que Elisabeth llegara a encontrarse un poco mejor. Por el momento, Isabella atacaría cada batalla cuando esta se presentara.
—Sólo he ido hasta lo alto de la colina –respondió finalmente—. ¿Te preocupa que pueda seguir andando hasta llegar a Londres?
—¿Qué propósito tenía ese paseo? –preguntó Edward, sin hacer caso del comentario que acababa de hacer Isabella porque le había parecido demasiado ridículo para que fuese necesario responder a él.
—Dar de comer a mi lobo.
La reacción de Edward fue de lo más satisfactoria, ya que por una vez no fue capaz de controlar su expresión. Ahora estaba mirándola con asombro. Isabella sonrió.
—Si quieres puedes reírte, pero vi lo que era o un perro muy grande o un lobo salvaje, y me pareció que era mi deber darle de comer, solo hasta que el tiempo mejore un poco y pueda volver a cazar –le dijo—. Naturalmente, eso significará que tendré todo un invierno por delante para ocuparme de su comida, pero en cuanto llegue la próxima primavera, con la primera brisa cálida, estoy segura de que mi lobo será capaz de arreglárselas por sí solo.
Edward le volvió la espalda y se alejó.
Isabella sintió deseos de echarse a reír. Edward no le había negado el derecho a dar sus paseos fuera de la fortaleza, y eso ya era una victoria más que suficiente de la cual regocijarse.
A decir verdad, Isabella no creía que el perro salvaje todavía estuviera por los alrededores. Desde la primera vez que había divisado al animal ahora siempre miraba por la ventana cada noche, pero él nunca se encontraba allí. El perro se había ido y a veces, a altas horas de la noche cuando se encontraba acurrucada debajo de los cobertores, Isabella se preguntaba si realmente había visto al animal o si este solo había sido un producto de una imaginación demasiado activa.
Isabella nunca admitiría eso ante Edward, no obstante, y extraía un perverso placer de cada una de las ocasiones en que pasaba por el puente levadizo. La comida que dejó el día anterior siempre había desaparecido cuando llegaba allí, lo cual indicaba que había animales que se alimentaban durante la noche. A Isabella le alegraba saber que la comida no se desperdiciaba, y todavía la alegraba más el hecho de que con ello pudiera sacar de quicio a Edward.
Sí, hacia aquello únicamente para irritarlo. Y a juzgar por la manera en que la estaba evitando Edward, Isabella pensaba que lo había conseguido.
Los días hubieran sido muy agradables si Isabella no hubiera tenido que preocuparse tanto por las horas de cenar. Aquello ponía una dura carga sobre sus hombros y sometía su dulce y delicada naturaleza a una terrible tensión.
Isabella siempre pasaba la mayor cantidad de tiempo posible fuera de la fortaleza, sin hacer caso del frío y la lluvia. Sue le había dado unas cuentas prendas viejas que habían pertenecido a Kate, la hermana mayor de Edward. Le quedaban demasiado grandes, pero Isabella les aplicó su aguja y su hilo y terminó obteniendo un resultado que era más que adecuado para sus necesidades. El hecho de que llevarlas significaba que no iba a la moda le daba absolutamente igual. Las prendas estaban descoloridas pero se hallaban limpias, y su tacto sobre la piel era muy suave. Y, lo que era todavía más importante, la mantenían caliente.
Cada tarde Isabella iba a los establos con un trozo de azúcar para dárselo al corcel de Edward, aquella preciosidad blanca a la que había puesto por nombre Sileno. Isabella y el caballo habían llegado a desarrollar una especie de lazo. El corcel siempre armaba un estrépito terrible en cada una de sus visitas, fingiendo que intentaba derribar a coces el aprisco de madera cada vez que veía acercarse a Isabella. Pero luego Sileno se calmaba tan pronto como ella le dirigía la palabra. Isabella entendía la necesidad que tenía el animal de poder lucirse un poco ante ella, y siempre elogiaba entusiásticamente su bravura antes de que le hubiera dado su golosina.
A pesar de su tamaño, Sileno estaba empezando a mostrarse afectuoso con Isabella. Le empujaba la mano cuando ella lo acariciaba, y cuando Isabella se quedaba quieta y ponía la mano encima de la barandilla, un truco al que recurría para obtener una reacción por parte del corcel, Sileno volvía a empujársela inmediatamente hacia su cabeza.
Al encargado de los establos no le gustaba que Isabella fuera a visitarlos, y expresó su opinión en un tono lo bastante alto para que ella la oyera. El encargado también era de la opinión de que Isabella estaba echando a perder el caballo de Edward con sus mimos e incluso amenazó con contarle a su señor lo que estaba haciendo. Pero todo aquello no eran más que fanfarronadas. En realidad, el encargado de los establos estaba muy asombrado por la habilidad con la que Isabella sabía tratar al caballo. Él todavía se ponía un poco nervioso cada vez que ensillaba el corcel de Edward, pero aquella muchachita no parecía tenerle el mentor miedo.
La tercera tarde, el encargado de los establos le dirigió la palabra a Isabella, y a finales de aquella semana ya se habían hecho grandes amigos.
Isabella se enteró de que el encargado se llamaba Riley y estaba casado con Bree. Su hijo Quil todavía se mantenía muy pegado a las faldas de su mamá, pero Riley esperaba pacientemente el momento en que el muchacho por fin sería lo bastante mayor para que pudiera convertirse en aprendiz a sus órdenes. El niño seguiría la tradición, explicó Riley dándose un cierto aire de importancia.
—Sileno dejaría que lo montarais sin silla –le anunció Riley después de que hubiera obsequiado a Isabella con un recorrido de sus dominios.
Isabella sonrió. Riley había aceptado el nombre que ella había escogido para la montura de Edward.
—Nunca he montado sin silla –dijo—. A decir verdad, Riley, no he montado gran cosa.
—Cuando ya no esté lloviendo tanto, quizá podríais aprender cuál es la manera apropiada de montar –le sugirió Riley con una amable sonrisa.
Isabella asintió.
—Claro que si no habéis aprendido, entonces lo que me pregunto es cómo vais de un sitio a otro –admitió Riley.
—Andando –le dijo Isabella, y rió al ver la cara de sorpresa que ponía el encargado de los establos—. Lo que estoy confesando no es ningún pecado.
—Tengo una yegua muy mansa con la que podríais empezar a practicar –sugirió Riley.
—No, no creo que sea una buena idea –respondió Isabella—. Me parece que eso no le gustaría demasiado a Sileno. Creo que podría herir sus sentimientos y no podemos permitir que eso ocurra, ¿verdad?
—¿No podemos? –preguntó Riley, poniendo cara de confusión.
—Creo que ya sabría arreglármelas con Sileno.
—¡Mi señora, ese caballo al que queréis montar es el corcel del señor! –balbuceó Riley, que parecía haberse atragantado de pronto.
—Sé a quién pertenece –replicó Isabella—. No te preocupes por el tamaño del animal –añadió, intentando hacer desaparecer la incredulidad del rostro de Riley—. Ya he montado a Sileno antes.
—Pero, ¿tenéis el permiso del señor?
—Lo tendré, Riley.
Isabella volvió a sonreír, y todos los argumentos lógicos que había estado barajando el encargado de los establos salieron volando súbitamente de su mente. Sí que lo obtendréis, se dijo a sí mismo basándose en la mirada que había en los hermosos ojos chocolate de Isabella y la manera en que le sonreía tan confiadamente, y de pronto Riley se dio cuenta de que estaba completamente de acuerdo con ella.
Cuando Isabella salió del establo, el guardia echó a andar detrás de ella. Su presencia suponía un recordatorio constante, tanto para ella como para todos los demás, de que Isabella no era una huésped a la cual se hubiera invitado. Con todo, la actitud de Anthony hacia ella se había suavizado considerablemente. Ahora ya se mostraba mucho menos irritado por el deber que se le había asignado.
La manera en que Anthony era saludado por los otros soldados hizo que Isabella no tardara en llegar a la conclusión de que todos lo tenían en buen concepto. Anthony tenía una sonrisa muy atractiva, una mueca de muchacho que no se correspondía con su edad y su corpulencia. Isabella no podía entender por qué se le había ordenado que la vigilara, porque pensaba que alguien de menor estatura, como por ejemplo Mike, el escudero, habría resultado mas apropiado para encargarse de aquel deber tan descansado.
Su curiosidad fue incrementándose, hasta que finalmente decidió interrogarlo.
—¿Has hecho algo que disgustara a tu señor? –le preguntó un día.
Anthony no pareció entender su pregunta.
—Puedo ver la envidia con la que miras a los otros soldados cuando regresan después de haber cumplido con sus deberes, Anthony –le explicó Isabella—. Tú preferirías estar adiestrándote con ellos en vez de andar en círculos conmigo.
—Eso no es ningún problema –protestó Anthony.
—Aun así, no entiendo por qué se te ha asignado esta tarea. A menos que hayas disgustado a Edward de alguna manera, claro está.
—Tengo una herida que todavía necesita un poco de tiempo para curarse del todo –explicó Anthony. Había hablado en un tono bastante vacilante, e Isabella se fijó en el rubor que iba subiendo poco a poco por su cuello.
Isabella encontró muy raro que el joven Anthony mostrara tanto embarazo y, con la única pretensión de aliviar su incomodidad, le dijo:
—Yo también sufrí una herida y no precisamente de las que son poca cosa, eso sí que te lo puedo asegurar. –Sonaba a fanfarronada, pero el objetivo de Isabella era hacer que Anthony se diera cuenta de que no tenía nada de lo cual avergonzarse —. Casi acabó conmigo, Anthony, pero Emmett cuidó de mí. Ahora tengo una horrible cicatriz a lo largo de mi muslo.
Anthony parecía seguir sintiéndose muy incómodo con el tema de conversación que ella había escogido.
—¿Es que los soldados no consideran noble que los hieran en la batalla? —preguntó Isabella.
—Por supuesto que sí –respondió Anthony, entrelazando las mandos detrás de la espalda y apretando el paso.
De pronto a Isabella se le ocurrió pensar que lo que Anthony encontraba tan embarazoso tal vez fuera el sitio en el que había sufrido su herida. Sus brazos y sus piernas parecían hallarse perfectamente, y eso solo dejaba su pecho y su...
—No volveremos a hablar de esto –logró balbucear Isabella mientras sentía cómo se le iba calentando la cara. Cuando Anthony aflojó el paso inmediatamente, Isabella supo que estaba en lo cierto. La herida había sido infligida en un sitio muy poco apropiado.
Aunque nunca le preguntó acerca de ello a Anthony, Isabella encontraba un poco curioso que los soldados se adiestraran durante tantas horas cada día. Suponía que defender a su señor era una tarea difícil, sobre todo considerando el hecho de que su señor tenía muchos enemigos. Tampoco creía estar llegando a conclusiones demasiado apresuradas. Edward no era un hombre que cayera bien con facilidad, y ciertamente no era nada dado a mostrar tacto o ser diplomático. De hecho, en la corte de Aro II probablemente había acumulado más enemigos que amigos.
Desgraciadamente, a Isabella se le había dado mucho tiempo para pensar en Edward. No estaba acostumbrada a tener tanto tiempo disponible en sus manos. Cuando no se encontraba fuera paseando con Anthony, Isabella volvía locas a Sue y Bree con sugerencias para hacer que el hogar de Edward fuese más agradable.
Bree no era tan reservada como Sue. Siempre estaba dispuesta a dejar de lado sus tareas para ir con Isabella. El pequeño Quil, el hijo de cuatro años de Bree, demostró ser tan hablador como su madre una vez que Isabella hubo conseguido sacarle el pulgar de la boca.
Cuando la luz del día empezaba a desvanecerse, sin embargo, Isabella sentía que se le hacía un nudo en el estómago y su cabeza empezaba a palpitar dolorosamente. Aquello no era de extrañar, se decía a sí misma, teniendo en cuenta que las veladas que una pasaba con la familia Masen representaban auténticas pruebas de resistencia a las que el mismo Odiseo hubiese vuelto la espalda.
Pero a Isabella no se le permitía volverles la espalda. Ya lo había intentado prácticamente todo excepto ponerse de rodillas y suplicar que se la dejara cenar en su habitación, pero Edward no lo permitiría. No, Edward le había exigido a Isabella que asistiera a la cena familiar, y además luego había tenido el descaro de mantenerse alejado de la repugnante prueba que le imponía con ello. El barón de Masen siempre comía solo, y hacía una breve aparición únicamente después de que la mesa hubiera sido limpiada de aquellos restos que los hombres todavía no habían tirado al suelo.
Elisabeth se encargaba de proporcionar la estimulante conversación. Mientras los hombres iban lanzando huesos por encima de sus hombros, la hermana de Edward le lanzaba una obscenidad tras otra a Isabella.
Isabella no creía que pudiera soportar el tormento durante mucho más tiempo. Sentía su sonrisa tan frágil y quebradiza como si fuera un pergamino reseco.
La séptima noche la compostura de Isabella finalmente se resquebrajó, y lo hizo con tan violenta energía que quienes presenciaron el acontecimiento quedaron demasiado asombrados para que pudiesen llegar a intervenir.
Edward acababa de darle permiso para salir de la sala. Isabella se levantó, se excusó y empezó a ir hacia la entrada.
Le palpitaba la cabeza, y lo único en lo que pensaba era en dar un rodeo lo más grande posible alrededor de Elisabeth. Isabella no se sentía en condiciones de soportar otra ronda de gritos. La hermana pequeña de Edward estaba yendo hacia ella.
Isabella miró recelosamente por encima de Elisabeth y vio al pequeño Quil atisbando desde la entrada a las cocinas. El pequeño le sonrió, e Isabella se detuvo inmediatamente para hablar con él.
El niño respondió a la sonrisa de Isabella. Paso como una flecha por delante de Elisabeth en el mismo instante en que la hermana extendía la mano en uno de aquellos gestos grandilocuentes que hacía siempre que se disponía a iniciar una nueva tanda de insultos contra Isabella. El dorso de la mano de Elisabeth chocó con la mejilla de Quil. El pequeño cayó al suelo.
Quil empezó a gimotear, Jasper gritó e Isabella dejó escapar un alarido ensordecedor. El sonido lleno de rabia que estaba produciendo dejó atónitos a todos los que se encontraban en la sala, incluso a Elisabeth, quien de hecho llegó a dar un paso atrás en lo que era la primera auténtica retirada que hubiese llevado a cabo jamás ante Isabella.
Jasper ya se estaba levantando cuando Edward lo cogió del brazo. El más joven de los hermanos se disponía a protestar al verse retenido, pero la expresión que había en los ojos de Edward lo detuvo.
Isabella corrió hacia el pequeño, lo tranquilizó con una palabra amable y un cariñoso beso en la coronilla, y luego le dijo que fuera con su madre. Al oír los gemidos de su hijo, Bree había aparecido en el hueco de la puerta con Sue junto a ella.
Entonces Isabella se volvió para encararse con Elisabeth. Quizá hubiese podido controlar su ira en el caso de que la hermana de Edward hubiera mostrado alguna señal de remordimiento. Elisabeth, sin embargo, no parecía lamentar en lo más mínimo su conducta. Y cuando musitó que aquel niño era una molestia, Isabella perdió el control.
Elisabeth llamó mocoso a Quil una fracción de segundo antes de que Isabella se abalanzara sobre ella y la abofeteara allí donde pensaba que más se lo merecía Elisabeth, cruzándole la boca con la mano. El ataque dejó tan perpleja a Elisabeth que perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Sin que se diera cuenta, con ello acababa de proporcionarle una ventaja añadida a Isabella.
Isabella la agarró por el pelo antes de que Elisabeth pudiera levantarse y retorció toda la masa de cabellos por detrás de la cabeza de la hermana, volviéndola así vulnerable e incapaz de contraatacar. Luego tiró del pelo, obligando a Elisabeth a echar la cabeza hacia atrás.
—Has pronunciado tu última palabra salida de la suciedad, Elisabeth –le dijo a continuación—. ¿Me comprendes?
Todo el mundo miró a las dos mujeres. Emmett fue el primero en salir de su estupor.
—¡Quítale las manos de encima, Isabella! –gritó.
—¡No te metas en esto, Emmett! –le gritó Isabella sin apartar su atención de Elisabeth ni por un solo instante—. Me consideras responsable de lo que le ocurrió a tu hermana, y he decidido que ya va siendo hora de que ponga manos a la obra para arreglar todo este estropicio. Empezando ahora mismo.
Edward nunca dijo una sola palabra.
—¡No te considero responsable! –gritó Emmett—. Suéltala. Su mente está...
—Su mente necesita una buena limpieza, Emmett.
Isabella vio que tanto Bree como Sue estaban mirando desde el hueco de la puerta, y sujetó con firmeza a Elisabeth cuando se volvió hacia ellas para hablarles.
—Me parece que necesitaremos dos bañeras para eliminar la suciedad que cubre a esta pobre criatura –les dijo—. Ocúpate de ello, Sue. Bree, encuentra ropa limpia para tu señora.
—¿Vais a daros un baño, mi señora? –preguntó Sue.
—La que se va a dar un baño es Elisabeth –anunció Isabella, después de lo cual se volvió hacia ella para fulminarla con la mirada y dijo—: Y cada vez que me digas una palabra impropia de una dama, habrá jabón dentro de tu boca.
Luego, Isabella le soltó el pelo y la ayudó a ponerse en pie. La hermana de Edward trató de apartarse, pero Isabella no estaba dispuesta a permitirlo. Su ira le había dado la fuerza de Hércules.
—Eres más alta que yo, pero yo soy más fuete, y en estos momentos mucho más peligrosa de lo que nunca podrás llegar a imaginar, Elisabeth. Si he de ir dándote patadas durante todo el camino torre arriba, te aseguro que estoy más que a la altura de la labor.— Tiró del brazo de Elisabeth, arrastrándola hacia la entrada mientras seguía mascullando en un tono lo suficientemente alto para que los tres hermanos pudieran oírla—. Y si quieres que te diga la verdad, ya estoy sonriendo solo de pensar en darte patadas.
Elisabeth se echó a llorar, pero Isabella se mostró implacable. La hermana pequeña no iba a obtener ninguna simpatía de ella. Emmett y Jasper ya se la habían otorgado en exceso. Sin que se dieran cuenta, los hermanos habían hecho mucho daño a su hermana con su piedad y su compasión. Y la de Isabella era lo suficientemente firme. Lo más curioso de todo era que ahora ya no le dolía la cabeza.
—Llora todo lo que quieras, Elisabeth. Eso no ayudará en nada a tu causa. Te atreviste a llamar mocoso al pequeño Quil, cuando eso es un nombre que te pertenece única y exclusivamente a ti. Sí, tú eres la mocosa. Pero ahora todo eso va a cambiar. Eso sí que puedo prometértelo.
Isabella no dejó de hablar ni un solo instante mientras iban hacia la habitación. No tuvo que darle ni una sola patada a Elisabeth.
Cuando las bañeras de madera estuvieron llenas hasta rebosar de agua humeante, Elisabeth ya se había quedado sin energías para luchar. Sue y Bree se quedaron con Isabella para echar una mano en la labor de quitarle la ropa a Elisabeth.
—Quemadlas –ordenó Isabella después de haber entregado aquellas ofensivas prendas a Sue.
Cuando Elisabeth fue empujada al interior de la primera bañera, Isabella pensó que estaba tratando de imitar a la esposa de Lot. La hermana de Edward se quedó tan inmóvil como un trozo de piedra esculpida y clavó la mirada en la lejanía. Pero la expresión que había en sus ojos contaba otra historia. Sí, saltaba a la vista que por dentro Elisabeth estaba hirviendo de rabia.
—¿Por qué había necesidad de dos bañeras? –preguntó Bree mientras se retorcía las manos con preocupación.
Elisabeth por su parte, había cambiado de táctica y acababa de echar mano al pelo de lady Isabella. Parecía como si tuviera intención de arrancar los hermosos rizos de Isabella de su cuero cabelludo.
Entonces aquella dama a la que Bree había llegado a tener por una mujer muy dulce y cariñosa respondió hundiendo el rostro de Elisabeth debajo del agua ¿Pensaría ahogar a la hermana del barón?
—No creo que lady Elisabeth pueda respirar estando ahí abajo –dijo Bree.
—Cierto, y tampoco puede escupirme –respondió Isabella.
—Bueno, yo nunca... –Sue jadeó la protesta antes de dar media vuelta. Bree vio cómo su amiga salía corriendo de la habitación.
Bree sabía que Sue siempre procuraba comunicar las noticias antes de que nadie más pudiera tener ocasión de hacerlo. El barón de Masen probablemente querría saber enseguida qué estaba ocurriendo.
Bree deseó poder salir huyendo en pos de Sue. Ahora lady Isabella la asustaba, porque nunca la había visto exhibir un temperamento tan feroz. Aun así, Bree tuvo que admitir que había dado la cara por el pequeño Quil, y se dijo que por esa razón se quedaría y echaría una mano mientras lady Isabella así se lo pidiera.
—Necesitamos dos bañeras, porque Elisabeth está tan sucia que va a necesitar dos baños.
Bree tuvo cierta dificultad para poder oír lo que le estaba diciendo lady Isabella. Elisabeth había empezado a arañar y dar patadas. Dios, había agua por todas partes, muy especialmente encima de lady Isabella.
—Pásame el jabón, si eres tan amable –ordenó Isabella.
La hora siguiente fue una prueba increíble y digna de ser contada hasta la próxima primavera. Sue no paraba de asomar la cabeza por el hueco de la puerta para mantenerse al tanto de los progresos. Luego corría escalera abajo para informar a Emmett y Jasper.
Cuando la conmoción hubo llegado a su fin, Sue se sintió un poco decepcionada. Lady Elisabeth estaba tranquilamente sentada delante del fuego mientras lady Isabella le peinaba los cabellos. La hermana del barón ya no tenía ánimos para seguir luchando, y las emociones se habían terminado.
Bree y Sue salieron de la torre después de que las bañeras hubieran sido vaciadas y sacadas de la habitación.
Ni Elisabeth ni Isabella se habían dicho una sola palabra educada la una a la otra. Bree volvió a aparecer repentinamente en el hueco de la puerta y balbuceó:
—Todavía he de daros las gracias por haber ayudado a mi muchacho.
Isabella se disponía a responderle cuando la sirvienta siguió hablando.
—Ojo, eso no quiere decir que se la vaya a tener guardada a lady Elisabeth. Ella no puede evitar ser como es. Pero vos lo dejasteis todo para consolar a Quil, y os estoy muy agradecida.
—No pretendía pegarle.
La admisión provenía de Elisabeth. Era la primera frase decente que había pronunciado. Bree e Isabella compartieron una sonrisa.
Tan pronto como la puerta se hubo cerrado detrás de Bree, Isabella cogió una silla y se sentó enfrente de Elisabeth.
Isabella dispuso de mucho tiempo para estudiar a la hermana de Edward. De hecho, Elisabeth era muy bonita. Tenía unos grandes ojos azules y el cabello de un color dorado. Aquello era toda una sorpresa, pero una vez que se hubo eliminado la suciedad, las mechas rubias eran claramente visibles.
No se parecía demasiado a Edward, pero no cabía duda de que compartía aquella terquedad suya. Isabella se obligó a ser paciente.
Transcurrió al menos una hora antes de que Elisabeth terminara levantando la mirada hacia Isabella…
—¿Qué quieres de mí? –preguntó.
—Quiero que me cuentes lo que ocurrió.
El rostro de Elisabeth enrojeció de inmediato.
—¿Quieres todos los detalles, Isabella? ¿Eso te dará placer? –preguntó Elisabeth, empezando a retorcer la manga del camisón de dormir recién salido de la lavandería que se le había dado.
—No, no me dará ningún placer –respondió Isabella con voz llena de tristeza—. Pero tú tienes necesidad de contarlo. Hay mucho veneno dentro de ti, Elisabeth, y necesitas librarte de él. Te prometo que después de que lo hayas hecho te sentirás mejor. Y entonces ya no tendrás que seguir representando ese drama infantil tuyo delante de tus hermanos.
Elisabeth abrió mucho los ojos.
—¿Cómo sabes que...? –empezó a decir, y de pronto se dio cuenta de que se estaba delatando a sí misma.
Isabella sonrió.
—Es evidente incluso para el más lerdo que tú no me odias –le dijo—. Nuestros caminos se han estado cruzando cada día, y nunca me has gritado. No, Elisabeth, has sido demasiado deliberada en tu odio.
—Te odio.
—No me odias –anunció Isabella—. No tienes nada por lo que odiarme. Yo no he hecho nada que pudiera causarte daño alguno. Las dos somos inocentes y las dos estamos atrapadas en esta guerra entre nuestros hermanos. Sí, las dos somos inocentes.
—Yo ya no soy inocente –respondió Elisabeth—. Y Edward ha ido a tu cama cada noche, así que dudo mucho de que tú sigas siendo inocente.
Isabella quedó asombrada por las palabras de Elisabeth. ¿Por qué pensaba la hermana de Edward que este había pasado sus noches con ella? Estaba equivocada, naturalmente, pero Isabella se obligó a concentrarse en el problema de Elisabeth. Ya podría proclamar su inocencia más tarde
—Si tuviera ocasión de hacerlo, mataría a tu hermano –anunció Elisabeth—. ¿Por qué no me dejáis en paz? Quiero morir en paz.
—Esos pensamientos tan pecaminosos nunca deberían salir de tus labios –replicó Isabella —. Elisabeth, ¿cómo voy a poder ayudarte si tú...?
—¿Por qué? ¿Por qué ibas a querer ayudarme? Eres la hermana de James.
—No le guardo ninguna lealtad a mi hermano. Él destruyó ese sentimiento ya hace mucho tiempo. ¿Cuándo conociste a James? –preguntó acto seguido y hablando en el tono más despreocupado de que fue capaz, como si realmente aquello no tuviera ninguna importancia.
—Lo conocí en Londres – respondió Elisabeth—. Y eso es todo lo que voy a decirte.
—Vamos a hablar de esto sin importar lo doloroso que sea. Solo nos tenemos la una a la otra, Elisabeth. Yo mantendré a salvo tus secretos.
—¿Secretos? No hay secretos, Isabella. Todo el mundo sabe qué fue lo que me ocurrió.
—Oiré la verdad de tu boca –anunció Isabella—. Aunque tengamos que permanecer sentadas aquí mirándonos la una a la ora durante toda la noche, porque te aseguro que estoy más que dispuesta a ello.
Elisabeth contempló en silencio a Isabella durante un largo rato, obviamente tratando de decidirse. Se sentía lista para estallar en mil fragmentos. Dios, estaba muy cansada del engaño, y además se sentía muy sola.
—¿Y le contarás hasta la última palabra a James cuando vuelvas con él? –preguntó, aunque ahora su voz se había convertido en un susurro enronquecido.
—Nunca volveré con él –dijo Isabella, y su voz reflejaba la ira que sentía—. Tengo un plan para irme a vivir con mi prima. Todavía no sé cómo se llevará a cabo, pero llegaré a Escocia aunque tenga que ir andando.
—Te creo cuando dices que no se lo contarás a James. Pero, ¿qué pasa con Edward? ¿Se lo contarás?
—No se lo contaré a nadie a menos que tú me des permiso para hacerlo –respondió Isabella.
—Conocí a tu hermano cuando yo estaba en la corte –murmuró Elisabeth—. James es un hombre muy apuesto –añadió—. Me dijo que me amaba, y me juró que siempre estaría conmigo.
Luego se echó a llorar, y transcurrieron varios minutos antes de que pudiera recuperar el control.
—Yo ya estaba prometida con el barón Garrett –empezó diciendo—. El compromiso fue acordado cuando yo solo tenía diez años, y me sentí muy feliz hasta que conocí a James. No he vuelto a ver a Garrett desde que era una niña. Juro por Dios que ni siquiera estoy segura de si lo reconocería ahora. Edward me dio permiso para que fuese a la corte acompañando a Emmett y Jasper. Se suponía que Garrett estaría a allí, y dado que los votos matrimoniales iban a ser intercambiados al verano siguiente, mis hermanos pensaron que seria una buena idea que empezara a conocer un poco a mi futuro marido. Edward creía que por aquel entonces James se encontraba en Normandía con el rey, porque de otra manera nunca hubiese permitido que yo me acercara a la corte.
Elisabeth respiró hondo y luego siguió hablando.
—Garrett no estaba allí. Tenía razones de sobra para no hallarse presente —añadió—, porque las residencias de uno de sus vasallos habían sido atacadas y él tenía que responder de alguna manera a ese acto. Aun así, quedé muy decepcionada y me enfadé mucho.
Entonces se encogió de hombros. Isabella se inclinó hacia ella y le cogió las manos.
—Yo también me hubiese sentido muy decepcionada –dijo, tratando de consolarla.
—Todo sucedió tan deprisa, Isabella... –murmuró Elisabeth—. Solo estuvimos dos semanas en Londres. Yo ya sabía lo poco que le gustaba James a Edward, pero no sabía a qué se debía. Mantuvimos en secreto nuestros encuentros. Él siempre se mostraba muy cariñoso y considerado conmigo, y a mí me encantaba poder disfrutar de toda aquella atención. Los encuentros también resultaron muy fáciles de organizar, porque Edward no se hallaba presente.
—James debió de arreglárselas para encontrar alguna manera –dijo Isabella—. Pienso que te utilizó para hacerle daño a tu hermano. Eres muy bonita, Elisabeth, pero no creo que James te quisiera. Él no es capaz de querer a nadie más que a sí mismo. Ahora lo sé.
—James no llegó a tocarme.
La declaración cayó entre ellas como una piedra. Isabella se había quedado perpleja. Se obligó a mantener el rostro impasible y luego dijo:
—Continúa, por favor.
—Acordamos que nos reuniríamos en una estancia que James había encontrado vacía el día anterior. La estancia quedaba bastante alejada del resto de los invitados, y se hallaba muy aislada. Yo sabía muy bien lo que estaba haciendo, Isabella. Accedí a que tuviera lugar aquel encuentro. Estaba firmemente convencida de que amaba a tu hermano. Sabía que aquello estaba mal, pero no podía evitar sentir lo que sentía. Dios mío, James era tan guapo... Santo cielo, Edward me mataría si llegara a saber la verdad.
—No te atormentes, Elisabeth. Él no sabrá nada a menos que tú se lo digas.
—James vino a mi encuentro tal como habíamos acordado –dijo Elisabeth—. Pero no estaba solo. Su amigo lo acompañaba y fue él quien... me violó.
El tiempo que Isabella había pasado aprendiendo a ocultar sus sentimientos fue lo que la salvó en aquel instante, porque le permitió no mostrar ningún signo exterior ante la sorprendente admisión de Elisabeth.
La hermana de Edward contempló a Isabella, esperando en silencio para ver repugnancia en ella.
—¿Eso no te hace...?
—Termina –susurró Isabella.
Toda la sórdida historia fue saliendo finalmente a la luz, primero de forma entrecortada y vacilante y luego con una creciente rapidez; y cuando Elisabeth por fin hubo terminado de hablar, Isabella le dio unos cuentos minutos para que pudiera ir calmándose.
—¿Quién era el hombre que iba con James? –le preguntó finalmente—. Dame su nombre.
—Demetri.
—Conozco al muy bastardo – repuso Isabella, sin poder evitar que la rabia que sentía oscureciese su voz. Su arranque pareció dejar bastante asustada a Elisabeth, e Isabella trató de contener su enfado—. ¿Por qué no le hablaste a Edward de todo esto? No me refiero a la parte de que eras tú la que había decidido encontrarse con James, claro está, sino al hecho de que Demetri estuviera involucrado.
—No podía hacerlo –respondió Elisabeth—. Me sentía tan avergonzada... Y recibí tal paliza que realmente pensé que iba a morir. James fue tan responsable como Demetri... Oh, no lo sé, pero en cuento les hube mencionado el nombre de James a Jasper y Emmett, ellos ya no quisieron oír nada más.
Elisabeth se echó a llorar, peor Isabella enseguida la detuvo.
—Muy bien— dijo, hablando en el tono más tranquilo y despreocupado de que fue capaz—. Ahora vas a escucharme. Tu único pecado fue enamorarte del hombre equivocado. Me gustaría que pudieras hablarle de Demetri a Edward, pero esa decisión es tuya y no mía. Juro que guardaré tu secreto durante todo el tiempo en que tú quieras que lo haga.
—Confío en ti –respondió Elisabeth—. Llevo toda la semana observándote. No puedes ser más distinta de tu hermano. Ni siquiera te pareces a él.
—Demos gracias a Dios por eso –musitó Isabella, hablando en un tono tan lleno de vehemencia que Elisabeth sonrió, y luego dijo: -Una pregunta más, Elisabeth. ¿Por qué te has estado comportando de una manera tan demencial? ¿Hacías todo esto en beneficio de tus hermanos?
Elisabeth asintió.
—¿Por qué? –preguntó Isabella, que no conseguía acabar de entenderlo.
—Cuando llegué a casa, comprendí que no iba a morir después de todo. Y entonces empezó a preocuparme el que pudiera llevar en mi seno al hijo de Demetri. En ese caso Edward me obligaría a contraer matrimonio, y...
—Pero tú no puedes creer que Edward vaya a unirte en matrimonio a James, ¿verdad? –la interrumpió Isabella.
—No, no –dijo Elisabeth—. Pero encontraría a alguien. Él sólo pensaría en ayudarme.
—¿Y llevas un hijo en tu seno? –preguntó Isabella, sintiendo que se le revolvía el estómago ante la posibilidad.
—No lo sé. No me ha venido el período, peor tampoco me siento distinta y mis flujos nunca han sido demasiado regulares –dijo Elisabeth, ruborizándose después de que hubiera hecho aquella confesión.
—Pensé que me quedaría en mi habitación hasta que ya fuera demasiado tarde, supongo. Últimamente no he podido pensar con demasiada claridad. Lo único que sé es que me mataré antes de verme obligada a casarme con cualquiera.
—¿Qué hay del barón Garrett? –preguntó Isabella.
—Ahora el contrato ha quedado roto –dijo Elisabeth —. Ya no soy virgen.
Isabella suspiró.
—¿El barón así lo anunció?
—No –replicó Elisabeth—, pero Edward dice que ahora Garrett ya no tendrá que hacer honor a su palabra.
Isabella asintió.
—¿Y lo que más te preocupa en estos momentos es que Edward te obligue a contraer matrimonio?
—Lo es
—Entonces lo primero que haremos será enfrentarnos a esa preocupación. Trazaremos un plan para librarte de ella.
—¿Lo haremos?
Isabella oyó la ansiedad que había en la voz de Elisabeth, y también vio el destello de esperanza que brilló en sus ojos. Aquello hizo que se sintiera todavía más decidida. Incapaz de permanecer sentada durante un momento más, Isabella se levantó de un salto y empezó a andar en un lento círculo alrededor de las sillas.
—No creo ni por un instante que tu hermano fuera lo bastante cruel como para exigir que te casaras con cualquiera –Alzó la mano cuando pareció que Elisabeth iba a interrumpirla, y luego siguió hablando—. No obstante, lo que yo crea carece de importancia. ¿Y si yo consiguiera arrancar a Edward la promesa de que podrás vivir aquí durante todo el tiempo que quieras, sin importar cuáles sean las circunstancias? ¿Aliviaría eso tus temores, Elisabeth?
—¿Tendrías que llegar a decirle que quizá llevo un hijo en mi seno?
Isabella no respondió inmediatamente. Siguió describiendo su círculo, preguntándose cómo en el nombre de Dios iba a conseguir que Edward le prometiera algo.
—Por supuesto que no –respondió pasados unos instantes. Se detuvo cuando estuvo directamente enfrente de Elisabeth y le sonrió—. Antes obtendré su promesa. Luego él no tardará demasiado en descubrir el resto, ¿verdad?
Elisabeth sonrió.
—Tienes una mente muy retorcida, Isabella. Ahora entiendo tu plan. Una vez que Edward haya accedido, no se echará atrás y hará honor a su palabra. Pero se pondrá furioso conmigo por haberlo engañado –añadió, mientras su sonrisa se desvanecía ante aquella nueva preocupación.
—Edward siempre está furioso conmigo –respondió Isabella con un encogimiento de hombros—. No le tengo miedo a tu hermano, Elisabeth. Su cólera es como un vendaval, pero estoy segura de que debajo de todo eso hay un núcleo de blandura –añadió, rezando para sus adentros porque no estuviera equivocada—. Y ahora, prométeme que no seguirás preocupándote acerca de la posibilidad de que lleves un hijo en tu seno. Has pasado por una prueba muy dura, y esa muy bien podría ser la razón por la que no te ha venido el período –le advirtió—. Sé todo lo que hay que saber acerca de estas cosas porque, verás, el caso es que Frieda, la mujer del leñador, se llevó un susto terrible cuando su chico se cayó dentro del pozo y luego tardaron muchísimo tiempo en poder sacarlo. El muchacho no se había hecho ningún daño, y demos gracias a Dios por ello, pero cosa de unos dos meses después oí que Frieda le decía a otra sirvienta que no estaba teniendo el período. La otra sirvienta le explicó que esa era una condición bastante natural teniendo en cuenta todo el miedo que había pasado. No recuerdo cómo se llamaba aquella mujer tan sabia, porque de otro modo compartiría su nombre contigo, pero al final resultó que tenía razón. Sí, porque al mes siguiente Frieda volvió a tener su flujo habitual.
Elisabeth asintió.
—Y si das a luz un bebé –siguió diciendo Isabella—, entonces nosotras dos cuidaremos de él en cuanto el pequeño haya venido al mundo, ¿verdad? No odiarás al niño, ¿verdad que no, Elisabeth? –preguntó, no pudiendo mantener totalmente alejada de su voz la preocupación que sentía mientras hablaba—. El bebé sería tan inocente como lo eres tú, Elisabeth.
—Tendría un alma tan negra como su padre –dijo Elisabeth—. Compartirían la misma sangre.
—Pues si realmente es así como funcionan las cosas, entonces yo estoy tan condenada a ir al infierno como lo está James, ¿verdad?
—No, tú no te pareces en nada a tu hermano –protestó Elisabeth.
—Y tu hijo tampoco será como Demetri. Tú te asegurarás de ello –dijo Isabella.
—¿Cómo?
—Queriendo al bebé y ayudándolo a hacer las elecciones apropiadas cuando sea lo bastante mayor para entender.
Isabella suspiró y sacudió la cabeza.
—Y de todas maneras puede que no estés encinta, así que vamos a dejar a un lado el asunto por ahora –siguió diciendo—. Ya veo lo cansada que estás. Antes de que puedas dormir en tu habitación, hay que limpiarla, así que esta noche dispondrás de mi cama. Yo ya encontraré otra.
Elisabeth siguió a su nueva amiga hasta la cama y la miró mientras Isabella echaba a un lado la ropa del lecho.
—¿Cuándo le pedirás esa promesa a Edward? –le preguntó entonces.
Isabella esperó a que Elisabeth se hubiera a costado antes de responder.
—Mañana hablaré con el. Si, ya veo que esto tiene muchísima importancia para ti. No se me olvidará.
—No quiero que ningún otro hombre vuelva a tocarme jamás –dijo Elisabeth.
Había hablado en un tono tan áspero que Isabella empezó a temer que volviera a ponerse nerviosa preocupándose.
—Calla, calla –la tranquilizó mientras disponía los cobertores alrededor de Elisabeth—. Y ahora descansa. Todo va a ir bien.
Elisabeth sonrió al ver cómo la estaba mimando Isabella.
—¿Isabella? –murmuró—. Siento mucho el modo en que te he estado tratando. Si pensara que eso iba a ayudar en algo, le pediría a Emmett que hablara con Edward acerca de lo de llevarte a Escocia.
Isabella se dio cuenta de que Elisabeth pensaba hablar con Emmett y no ir directamente a Edward. Aquel comentario reforzó su creencia de que Elisabeth le tenía un miedo terrible a su hermano mayor.
Elisabeth suspiró y luego dijo:
—La verdad es que todavía no quiero que te vayas a ningún sitio. He estado tan sola que... ¿Es egoísmo por mi parte admitirlo?
—No, únicamente sinceridad –replicó Isabella—. Un rasgo de carácter que admiro muchísimo –añadió—. ¡Vaya, pero si yo nunca he dicho una sola mentira en todos los días de mi vida! –alardeó.
—¿Nunca?
Isabella oyó la risita de Elisabeth y sonrió al escucharla.
—No que yo pueda recordar –dijo—. Y prometo quedarme aquí durante todo el tiempo que me necesites. No siento ningún deseo de viajar con tanto frío y tanta lluvia.
—Tú también has sido deshonrada, Isabella. Todo el mundo piensa que...
—Estás diciendo tonterías –la interrumpió Isabella—. Ninguna de nosotras es responsable de lo que ha sucedido, y las dos somos lo bastante honorables dentro de nuestros corazones. Eso es todo lo que me importa.
—Tienes unas ideas de lo más insólitas – dijo Elisabeth—. Yo hubiese pensado que deberías odiar a todos los que pertenecemos a la familia Masen.
—Bueno, no cabe duda de que tus hermanos son unos hombres a los que no resulta nada fácil querer –admitió Isabella—. Pero no los odio. ¿Sabes que me siento segura y a salvo aquí? Es realmente notable, ¿verdad? Ser una cautiva y sentirse segura y a salvo al mismo tiempo... Vaya, esa sí que es una verdad sobre la que vale la pena reflexionar.
Isabella frunció el ceño mientras aquella asombrosa admisión iba llenando su mente.
—Bueno –se dijo a sí misma— tendré que pensar en esto un poquito más.
Le palmeó el brazo a Elisabeth y luego se dio la vuelta para ir hacia la puerta.
—No harás ninguna tontería acerca de Demetri, ¿verdad, Isabella?
—¿Por qué se te ha ocurrido preguntarme tal cosa? —quiso saber Isabella
—Por la expresión que apareció en tu cara cuando te dije su nombre –respondió Elisabeth—. NO harás nada, ¿verdad?
Elisabeth volvía a parecer asustada
—Tienes una imaginación demasiado activa –le dijo Isabella—. Eso nos da otra cosa en común –añadió, evitando hábilmente el tema de Demetri.
Su treta dio resultado, porque Elisabeth ya volvía a sonreír.
—Me parece que esta noche no voy a tener pesadillas. Estoy demasiado agotada. Más vale que te acuestes pronto, Isabella. Necesitarás estar lo más descansada posible para tu conversación con Edward.
—¿Piensas que Edward me dejará sin fuerzas? –preguntó Isabella.
—A ti no –respondió Elisabeth—. Tú eres capaz de conseguir que Edward te prometa cualquier cosa.
Dios, la hermana tenía tanta confianza en ella que Isabella sintió cómo se le encorvaban los hombros.
—Veo la manera en que te mira Edward –siguió diciendo Elisabeth—. Y además le salvaste la vida a Jasper. He oído cómo él le contaba la historia a Emmett. Recuérdale eso a Edward y no será capaz de negarte nada.
—Duérmete, Elisabeth.
Isabella ya se estaba disponiendo a cerrar la puerta cuando las palabras que dijo Elisabeth a continuación hicieron que se detuviera.
—Edward nunca mira a lady Tanya de la manera en que te mira a ti.
Isabella no pudo resistirse.
—¿Quién es lady Tanya? –preguntó, intentando no parecer demasiado interesada. Se volvió y miró a Elisabeth, y por la manera en que le estaba sonriendo la hermana, Isabella pensó que quizá no hubiera conseguido engañarla.
—La mujer con la que Edward está pensando en casarse.
Isabella no mostró ninguna reacción visible. Asintió, indicando que había oído a Elisabeth.
—Pues en ese caso lo siento mucho por ella –dijo—. Lady Tanya va a tener las manos muy ocupadas viviendo con tu hermano. No te ofendas, Elisabeth, pero creo que tu hermano es demasiado arrogante.
—He dicho que Edward estaba pensando en casarse con ella, Isabella. Pero no lo hará.
Isabella no respondió. Cerró la puerta detrás de ella y cruzó el descansillo antes de echarse a llorar.
Lo se… James es un maldito… hijo de … y que decir de Demetri, sin comentarios… pero por que llorará Bella… por la confesión de Elisabeth sobre su ataqué o por otra cosa… jejeje. Mañana lo veremos… por cierto una aclaración sobre el cap. anterior... "el lobo" y Edward tienen un simbolismo entre ellos... a Edward se le conoce como el "lobo de Masen" por su ferocidad en la batalla... digamos que es como su totem... jejejeje...pero trankis no es un lobo... jejejejerje, me rei mucho con sus comentarios... por cierto yo tb confieso que Jasper es un amor... me encanta, es muy tierno... pero he de confesar que aunque Alice me cae muy bien... Jasper es mi segundo al mando al igual que Garrett... (hablo en terminos generales) y de vez en cuando me gusta verlo solito y prendado de Bella... ¿a ustedes no?...un besote
