Fue una grata sorpresa descubrir que, al día siguiente cuando llegué al ministerio, tanto el profesor Dumbledore como la profesora McGonagall habían decidido colocar el otro retrato del anciano director nada más y nada menos que en mi despacho. Claro que esto levantó muchas sospechas entre aquellos que no conocían la existencia del regreso de Voldemort, pero que habían escuchado rumores de desapariciones y asesinatos por todo el país. Como era de esperarse, Dashner se quejó abiertamente sobre la decisión de Dumbledore argumentando que él era el jefe de Aurors y quien manejaba más información, y que por lo tanto era en su despacho en donde el director debería estar. Podría haber estado un largo rato lanzando peroratas e insinuaciones si Dumbledore no hubiera remarcado que era suya la decisión y haciéndole entender (muy educadamente, por supuesto) que no meta sus narices donde no debe y se concentre en lo que tiene que hacer.

Otra buena parte de la mañana se esfumó en una larga charla con Kingsley sobre lo que había descubierto en Hogwarts. Tuve que modificar generosamente el relato para ocultar la existencia de las reliquias y dando a entender que todo lo que quería Voldemort era recuperar la varita de Dumbledore. Creo que el ministro sospechó que algo no cerraba, pero sin embargo no lo expreso abiertamente.

-Hay algo más Kingsley- dije al final.-Creo que deberías poner a Ron como nuevo líder de la patrulla anti-Voldemort.

-Harry, tu eres el más indicado para comb…- Empezó el ministro

-Ya lo se- dije cortando la frase por la mitad.- Pero es que debo seguir buscando más pistas sobre el paradero de Voldemort, y es algo que debo hacer yo solo. No tengo tiempo para encargarme de las dos cosas a la vez, y sólo le puedo confiar la patrulla a Ron. Él también me ayudo a derrotar a Voldemort la última vez y sabrá manejarse muy bien.

La discusión se extendió un buen rato, pero al final Kingsley terminó cediendo.

-Y una última cosa, si no es mucho pedir- Dije.-Creo que el señor Borgin, de Borgin y Burke´s podría tener algo de información útil. Aunque es poco probable que me la dé a la ligera…¿Crees que podrías darme una orden de arresto, para motivarlo a que coopere?

Kingsley pareció sorprenderse.

-¿Borgin? Bueno… lo cierto es que ha cometido algún que otro crimen menor. Está bien, si crees que es necesario, dame unos minutos para hacerla.

Asentí agradecido como respuesta.

Una hora más tarde me encontraba caminando por el callejón knockturn. Pasé por varios negocios antes de llegar a mi destino. Uno más extraño que el otro. Una vez que divisé la tienda a la que me dirigía, me acomodé el pelo para que se notara bien mi cicatriz.

Cuando entre lo primero que note fue que muy poco había cambiado desde la última vez que había visto aquel lugar, aquella vez cuando habíamos seguido a Draco para ver que tramaba. Borgin se encontraba tras el mostrador, limpiando un objeto de bronce que no paraba de chillar.

-Ya, cállate, nadie te va a comprar si te sigues portando así- Decía el vendedor. Levanto la vista cuando escucho que la puerta se abría y preguntó cuando me acerqué a él: -¿Qué desea?

-Información- Respondí muy serio.

Borgin frunció el seño y fue entonces cuando se fijó en mi cicatriz.

-Pero si es el gran Harry Potter- dijo con tono burlón- No se que estas buscando, pero no eres bienvenido en esta tienda, y puedes irte olvidando de recibir algo de mí.

-Te propongo un trato…-dije mirándolo a los ojos.- Todo el historial de tus crímenes será borrado, si tú me das información que valga la pena sobre qué hiciste con la piedra que te llevaste de Hogwarts.

Borgin pareció sorprenderse.

-Vaya, no tenía idea que Harry Potter conocía la existencia de las Reliquias de la Muerte. Menos aún que estaba interesado en ellas.

-Borgin, te lo estoy advirtiendo. Tengo una orden para llevarte a Azkaban en este momento- Conteste tajante sacando la orden de uno de los bolsillos de mi túnica.

El viejo vendedor clavó sus pequeños ojos en aquél pergamino. Pude notar que se había puesto muy nervioso.

-Espere un momento- Dijo al fin, mientras se acercaba a la puerta del local y la cerraba con llave, al tiempo que colocaba el letrero de "Cerrado". – Acompáñeme- dijo ingresando en la parte trasera de la tienda.

Lo seguí con cautela. Aquel lugar podía estar lleno de trampas y tenía demasiada experiencia en este tipo de situaciones como para andar despreocupadamente.

Borgin corrió una cortina (bastante sucia por cierto) e ingresamos a una pequeña habitación en donde había una mesa cuadrada repleta de viejos libros. No había ventanas.

El anciano vendedor encendió una vela, dándole al lugar un aspecto mucho más lúgubre y, una vez que hubo apilado los libros en un rincón, tomó asiento y esperó a que yo lo imitara.

-¿Por qué aquí?- dije con precaución.

-Sobre los temas que le voy a hablar, Sr. Potter, es mejor hacerlo lejos de la luz del sol.

"viejo chiflado" pensé mientras tomaba asiento frente a Borgin.

-Hace muchos años- Comenzó con voz profunda.- muchos años antes que los tiempos de Salazar Slytherin, existieron tres hermanos…

-Si, los hermanos Peverell de la fábula, eso ya lo sé- Interrumpí

-Pero lo que usted no sabe, Sr. Potter, es lo que realmente pasó con esos hermanos.

Hizo una pausa mientras yo lo miraba intrigado.

-¿Qué diría usted, Sr. Potter, si le dijera que la Muerte es más que un hecho biológico? ¿Qué pensaría usted si le dijera que la Muerte tiene su propio mundo? ¿Qué decidiría creer se le dijera que tres hermanos se adentraron en aquel mundo y lograron regresar al nuestro?

-Diría que usted está loco.

-Dígame, Sr. Potter, ¿Nunca ha pensado en por qué la magia tiene sus limitaciones? ¿Alguna vez se ha preguntado por qué cuando una persona muere, ningún hechizo puede devolverle la vida?

Volvió a hacer una pausa, esperando a que yo contestara, aunque no sabía que decir.

-Porque el alma no puede existir si el cuerpo es destruido- dije al fin

-Pero, si fuera sólo por eso, ¿no podría un hechizo reparar el daño físico y ya?

Volví a guardar silencio.

-Al morir, el alma pertenece para siempre al mundo de los muertos. Nadie jamás ha podido regresar. Nadie…excepto los hermanos Peverell.

La magia procede de aquel mundo, Sr. Potter. Fueron aquellos hermanos los primeros magos de la historia. Y nacieron siendo muggles.

La luz de la vela se agito un poco con una brisa, y le dio al rostro del anciano un aspecto muy sombrío.

Era muy extraño lo que acababa de decir. Según mis clases de Historia de la Magia, los magos existieron desde siempre.

-Muy poco se sabe de lo que realmente hicieron los Peverell en el mundo de la Muerte- Continuó Borgin.- Es muy probable que yo sea el único que posea esta información… los años en este negocio traen rumores muy extraños, Sr. Potter. Uno no suele prestarles mucha atención, dado que suelen ser mentiras, pero el relato de las reliquias es el único que se repetía con relativa frecuencia.

Un día ingreso a este local un hombre que aseguraba poseer el diario de Gryffindor. Cuando lo revisé comprobé que era un manuscrito muy antiguo, escrito en runas, aunque no de Gryffindor, sino de Beedle el Bardo.

En este punto ya había perdido toda cautela y estaba absorto por las palabras del anciano vendedor.

-¿Aún lo tiene?- pregunté

-No- contesto Borgin con amargura- lo perdí hace muchos años mientras buscaba otros objetos de valor en uno de mis viajes por el mundo… aún así, los años no me han hecho olvidar su contenido.

Sin embargo, el manuscrito era un código. Hablaba del origen del mundo, de la vida y de la muerte. Y al final, se centraba en esta última. Por lo que pude descifrar, Beedle afirmaba que nuestro mundo y el de la Muerte eran dos dimensiones completamente distintas una de la otra, pero conectadas entre sí por una fuerza mágica superior a cualquiera que conozcamos. Remarcaba que, a pesar de ser dos mundos diferentes, cada uno dependía del otro. Ninguno de los dos mundos puede sobrevivir sin el otro.

Hizo una pausa para ordenar sus ideas, mientras yo cavilaba sobre la última frase…

-También en un momento mencionaba algo sobre "Las puertas de Dios"- dijo ahora hablando como para el mismo. Se notaba que siempre había querido compartir esa información.- Nunca supe lo que quiso decir con eso…

-¿Las puertas de Dios?- pregunté extrañado. Hasta donde sabía, todos los magos (o al menos todos aquellos que no vienen de familia muggle) eran ateos.

-Si…lo que yo pude traducir, decía algo así como: "… Y ambos mundos se encontrarán en Las Puertas de Dios(...) ningún mortal puede sobrevivir a su encuentro sin la aceptación de La Gran Sombra…". Supongo que se refiere al paso de un alma desde este mundo al otro.

En cuanto a las reliquias, Beedle daba a entender que eran tres objetos que pertenecían a aquel mundo. De alguna forma, los tres hermanos lograron entrar allí estando todavía vivos. Lo que es más, consiguieron regresar aquí, portando cada uno una de las reliquias.

La fabula dice que el hermano mayor y el del medio murieron poco después, pero en realidad, fue al cabo de unos años. Durante ese tiempo cada uno de los tres hermanos adquirió un inmenso poder mágico, completamente nuevo para ellos y para cualquiera en este mundo. Sin embargo, los tres hermanos estuvieron malditos toda su vida. La muerte los persiguió sin cesar. Aun así consiguieron escapar de sus garras el tiempo suficiente para tener varios hijos cada uno, Algunos, bastardos de mujeres que encontraban en bares, otros de sus parejas. Fue una sorpresa para ellos descubrir que sus hijos nacían con los mismos poderes que ellos.

-Entonces, eso quiere decir que…

-Si, señor Potter, los magos somos descendientes de cada uno de ellos.

-Pero creí que existían muy pocos descendientes directos de los Peverell- dije pensando en mi charla con Dumbledore.

-La sangre se fue mezclando mucho a través de los siglos. Se sabe que Antioch y Cadmus tuvieron muchos bastardos…tantos que ni ellos sabían con exactitud cuantos, aunque sólo se tiene registro de un único hijo de Ignotus: Merlín.

-¿¡Merlín era hijo de Ignotus Peverell!?- exclame muy sorprendido.

-Claro que sí. Eso explica la antigua leyenda de que su padre era un demonio, ¿no crees? Aprendió de su padre a controlar la magia y fue el creador de la primera varita auténtica… bueno, o la primera después de la varita de saúco.

Así que yo era descendiente de nada más y nada menos que del gran Merlín… esa no la había visto venir.

-¿Qué más decía Beedle de las reliquias?- pregunté ansioso

-Las describía como tres objetos de gran poder, de hecho, fueron ellas las que le otorgaron poderes mágicos a los Peverell. Aunque también mencionaba que estaban malditas, pues la muerte deseaba recuperarlas a toda costa. No mencionaba con exactitud que sucedía si uno las juntaba todas, aunque todos los otros rumores afirman que lo convierten a uno en…

-Señor de la Muerte, si, eso lo sé- dije interrumpiéndolo.

Ambos guardamos silencio por un rato.

-Me la robaron- dijo Borgin en voz baja al fin.

-¿Qué?

-La piedra, la piedra de la resurrección, me la robaron hace unos meses… debería haber sido mas cuidadoso…

-Creo que sé quien fue- dije midiendo mis palabras.

Los ojos de Borgin se abrieron como platos de la emoción

-¿Sabes donde está? ¿¡QUIEN FUE!?- exclamó levantándose de la silla con increíble rapidez para un hombre de su edad.

Fue entonces cuando me dí cuenta porqué Borgin me había contado tanto. Podía notar en su mirada, en su desfigurado rostro surcado de venas hinchadas por la ira que ese hombre había pasado su vida con un único propósito: reunir las tres reliquias de la muerte. El era, en realidad, un buscador, como lo había sido Xenophilius Lovegood.

-Lucius Malfoy- conteste sin alterarme.

En el rostro de Borgin apareció una mueca muy distinta a la que había mostrado antes: horror.

-Entonces el… el planea….

-Revivir a Lord Voldemort, algo que hace unas semanas ha logrado- sentencié.

El anciano frente a mí pareció hacerse aún mas viejo, se puso completamente pálido y las manos comenzaron a temblarle.

-El… el me matará si se entera que yo.. que yo lo he dicho esto….-dijo tartamudeando.- no puedo dejar que….

Realizo un movimiento curioso con su mano, sorprendiéndome otra vez con su velocidad. Apenas tuve un instante para reaccionar.

AVADA KEDABRA!- gritó

Pero yo ya había volteado la mesa y echado detrás de ella. La maldición pasó de largo, atravesó la cortina y fue a estrellarse contra alguno de los estantes del local, destrozándolo.

La vela había volado por los aires y se había apagado, dejando la habitación en la oscuridad total. Veloz como un relámpago, salí de detrás de la mesa y apunte mi varita hacia donde creía que se encontraba mi atacante.

-¡Desmaius!- grité. Un golpe sordo me hizo saber que había dado en el blanco.

Terminé de incorporarme y descorrí la cortina para que entrara un poco de luz. Borgin yacía en el piso, del otro lado de la pequeña habitación.

Me acerqué a él y levante mi varita. Había estado mal en querer matarme, pero aún así el hombre tenía razón. Si los mortífagos se enteraban que me había contado todo lo que me dijo, probablemente lo matarían.

-¡Obliviate!- Exclame midiendo la potencia de mi hechizo para sólo eliminar de su memoria nuestra conversación

Una vez que lo hice, lo llevé hasta la parte delantera de la tienda, detrás del mostrador. Reparé los estantes que la maldición asesina había destruido. Cambié el letrero de "Cerrado" por el de "Abierto" y le quité la traba a la puerta. Volví con el vendedor y apuntándolo una vez más con la varita susurré:

-¡Ennervate!.

El anciano se levantó murmurando cosas como ¿Qué pasó? y ¿Qué mierda…?

-¿Quién es usted y que quiere?- dijo cuando se hubo incorporado y fijado en mí.

Rápidamente levante una mano hacia mi cabello y lo acomodé para que tapara mi cicatriz.

-Nadie, queria saber donde esta el callejón Diagon- Explique fingiendo un acento extraño.

-Siga derecho por el camino, hacia arriba- dijo malhumorado- Extranjeros…- murmuro para sí.

-Gracias- le dije, y me salí del local.

Afuera se había nublado, y parecía que estaba apunto de llover. Me alejé un poco de las ventanas del local mientras pensaba en todo lo que me había dicho Borgin. Saqué la orden de arresto y la prendí fuego con un hechizo. Al fin y al cabo, el hombre me había dado lo que yo quería, y un trato es un trato.

Pensé en el próximo paso, aunque no se me ocurría nada mejor que contarles a Ron y a Hermione sobre lo que había averiguado.

Me desaparecí y aparecí en la sala de recepción de San Mungo. Me dirigí al cuarto piso y tras recorrer algunos pasillos llegué a mi destino. Toqué la puerta y la voz de mi amiga me respondió con un "Adelante".

Me sorprendió verla cambiada con ropa de calle, de pié y organizando sus cosas. Ron estaba ayudándola.

-¡Harry! Que bueno verte, Ron dijo que estuviste muy ocupado para poder venir. Hoy me dieron el alta.

-¿En serio? ¡Genial!- dije sonriente mientras los saludaba a los dos.

-Bueno, cuéntanos ¿Qué averiguaste en Borgin y Burke's?

Me senté en una de las sillas que había allí y comencé mi relato. Como era de esperar, recibí muchos suspiros y chasqueos de lengua por parte de Hermione y muecas de asombro de Ron.

-Es obvio que estaba mintiendo para que no lo arrestes, Harry- dijo Hermione una vez que terminé de hablar.

-Vamos amor- dijo Ron- Ya sabemos que las reliquias son reales.

-Son objetos mágicos muy poderosos, sí, pero de ahí a creer que provienen del "mundo de los muertos"… por favor….- dijo ella como si fuera obvio que era una ridiculez.

- Hermione, él parecía hablar muy en serio, y no es fácil inventar semejante historia tan fácil.

-¡Quizá el lo creía, pero eso no significa que sea cierto!- exclamo ella poniendo los ojos en blanco. ¡No hay ninguna prueba histórica que avale semejante fábula! Además, hay cosas más importantes en las que pensar ahora. Harry ¿has pensado que hacer con el bebé? Ron dice que no hay ni rastro de su verdadera familia.

-No lo sé- contesté- seguiremos buscando hasta que…

Pero algo me interrumpió por la puerta entro una bola de luz plateada, que me hizo sobresaltar hasta que comprendí lo que era.

El patronus tomó forma de lince y hablo con la voz profunda de Kingsley:

-Harry, logramos extraer los recuerdos del mortífago. Ven al ministerio cuanto antes.

Dicho eso el patronus se esfumó.

Nos miramos entre los tres. Mi corazón se aceleró mientras recibía un shock de adrenalina por la emoción.

Por fin sabría donde estaba Ginny.