-Creí que no te gustaban las pañoletas- murmuro Alice mientras observaba la roja que yo tenía puesta.

Y la duende tenía razón. Detestaba estas cosas, eran para gente con papada; pero es que no tuve otra opción. Al parecer lo que tenía en el cuello si era un chupón y no importa cuánto maquillaje encima, el desgraciado no se camuflaba ni un poquito. Lo hice porque no sabía cómo explicarle a mi madre de donde había salido, ya que ni yo misma lo sabía. Esa pequeña manchita de un color purpura oscuro y violeta había aparecido de un día para el otro.

-Hay que cambiar de vez en cuando- le respondí mirando mi botella de jugo, que ella me había comprado. Hoy no quería almorzar, pero Alice insistía en que lo hiciera. Tontamente use el pretexto de que no tenía dinero conmigo, entonces ella me pateo el culo y me compro la comida.

Comenzó a mirarme feo cuando veía que no tocaba nada de lo que tenía en la bandeja, así que después de unos minutos haciéndome la tonta empecé a comer, no quería discutir con ella.

Todavía tenía el sueño de anoche arriba, la piel me quemaba en los lugares donde se supone que me había tocado, incluso aunque no fuera verdad. Todo había sido demasiado real, de hecho creo que podía jurar que el estuvo en mi habitación anoche.

"ESTA MUERTOOO" grito mi su cociente lastimeramente.

Había estado ausente últimamente. Estaba de luto, escondida en algún recoveco de mi mente, esperando a que se fuera un poco el dolor. Y como siempre, ella tenía razón. El se había ido, y lo de anoche fue solo una horrible pesadilla, como todos mis sueños desde que eso pasó.

Ayer oí a mama, quien estaba hablando con mi padre acerca de la idea de mandarme a un psicólogo. Detestaba la idea de sentarme en un sofá frente a un hombre de traje con aires de grandeza, mientras este me preguntaba cosas sobre mí como si fuera un interrogatorio policía. Yo no necesitaba eso. Ningún loquero iba a poder sacar las pesadillas, o alejar del dolor. Hablar con alguien solo iba a hacer que mi miseria dejara de ser privada. Era mejor así, fingiendo que todo estaba bien; incluso aunque nadie me creyera.

-¿Quieren hacer algo hoy?- pregunto Rosalie cuando el repentino silencio de la mesa se estaba volviendo bastante incomodo.

-Si, claro. ¿Bella, tú qué quieres hacer?- mi pequeña amiga me miro con ojos suplicantes.

Nada, no quiero hacer nada. Solo ir a casa, tirarme en la cama, tomar las flores secas, maldecir a quien me está dejando las nuevas todos los días, y rezarle al cielo porque Morfeo no me tome, introduciéndome al mundo de horribles sueños en que últimamente estaba metiéndome.

-Lo que ustedes quieran.

-Muy bien- dijo Rose dando un aplauso rápido mientras su humor mejoraba considerablemente-. Vamos a mi casa después de clases y tenemos tarde de chicas.

-De hecho...esperaba ir a casa primero una hora o dos. Luego voy a la tuya.

-Ok...

Hoy, mientras pensaba de donde mierda había salido ese chupón y revivía en mi mente la pesadilla de anoche, una idea se formulo en mi mente. No estaba segura del todo, tenía bastante miedo; pero tal vez, solo tal vez, eso me haría sentir mejor. Le pediría a Alice que me ayudara con esto, no a Laurent, porque él les diría a mis padres a donde fui luego del instituto. Si se enteraban se iban a sentir mal e iban a insitir con eso del loquero.

El timbre que anunciaba el final del almuerzo sonó fuertemente, haciendo que muchos estudiantes se levantaran con pereza de sus asientos para ir a sus clases, entre ellos nosotras. Emmett estaba unos metros de nosotras, esperando por su novia. El no quería presionarme con lo de su acercamiento. Ella se fue con él y ambos tomados de la mano se encaminaron a su clase de Gimnasia. Antes de que Alice se largara, la tome de la muñeca para retenerla unos segundos más conmigo.

-¿Crees que podría irme contigo hoy?- le pregunte omitiendo el porqué le estaba pidiendo esto.

-Si, por supuesto- respondió alegre.

-Bien. Gracias.

El resto de la mañana pase con la idea en la cabeza. Me imaginaba a mi misma allí, y la verdad es que eso me hacia querer desistir. Pero realmente quería deshacerme de toda esta mierda de los sueños. Me quito eso de encima, y me concentro en lo de las rosas en mi casillero y de cómo llego la marca a mi cuello.

En cuanto la jornada de clases termino, mi sangre comenzó a enfriarse y las manos me temblaban. No de miedo o nervios, si no de angustia. Me estaba arrastrando a mi misma a la cruel realidad. Creo que era masoquismo. Pero si era para que parte de esto terminara, entonces con gusto me clavaba a mi misma la cuchilla en el pecho.

Alice estaba apoyada en el capot de su porche amarillo patito, con la mirada metida en su celular. Sus pulgares se movían arriba y abajo con suma rapidez, así que claramente estaba hablando con alguien. Me acerque a ella y cuando estuve lo suficientemente cerca como para que notara mi presencia, levanto su cabeza y me sonrió.

-Ok. Vámonos a tu casa- dijo alegremente mientras guardaba su móvil en el bolsillo y rodeaba al auto para subirse a la parte del piloto.

-¿Podrías llevarme a otro lugar?- le pregunte dudosa antes de entrar al el coche. Ella abrió la puerta y me miro. Primero con el ceño fruncido y luego con una mirada servicial. Si quería ir al fin del mundo, Alice me llevaba.

-Si, claro... ¿a dónde?

-Al cementerio.

...

El coche se detuvo delante de las puertas de barrote que daban la entrada a ese sombrío lugar. Alice y yo no habíamos hablado en todo el camino, solo me llevo a la florería, donde compre un hermoso ramo de rosas blancas y luego me trajo aquí. Sé que pensaba que era un error que yo viniera a este lugar, también que pensaba que me estaba quedando loca, pero no importaba, yo lo necesitaba. Le hice caso omiso a si cara de desaprobación en cuanto dije el destino y durante todo el viaje hasta aquí.

Nos quedamos en silencio durante un segundo, ambas sin mirar a la otra. Yo me estaba debatiendo entre entrar al lugar o no, y Alice, problemente, entre si dejarme salir o volver a encender el auto y conducir hasta el hospital psiciatrico mas cercano. Apuesto a que ella estaria muy desacuerdo con todo el asunto del loquero.

-¿Quieres que entre contigo?- pregunto sin volverse hacia mí. Ya tampoco la mire al responder.

-No. Vendré en un segundo. Solo espérame aquí.

Tome el ramo que descanso en mi regazo todo el camino y salí del auto rodeándolo por atrás; subí la cera y me quede un segundo parada frente a la entrada. La verdad, ya no sabía si quería entrar. La idea no parecía tan buena ahora. Tal vez mi corazón no iba a aguantar el ver su solitaria tumba y saber que allí esta su cuerpo sin vida. A lo mejor, no era lo suficientemente fuerte como creí. Quizás este era mi límite. Y estaba a punto de cruzarlo.

La puertas no estaban abierta de par en par, pero si lo bastante entornadas para que alguien como yo pudiera colarse entre ellas. Apreté los tallos de las rosas que estaban elegantemente unidos por una cinta de seda color azul. Suspire y mire al cielo, buscando entre las nubes gises alguna ayuda divina que estuviera junto a mí en esto.

Cada parte de mi cuerpo me gritaba que corriera en dirección opuesta, que me subiera al maldito auto y me largara a casa de Rosalie, mientras fingía que todo estaba bien con el mundo. Pero por mucho que la idea de huir sonaba muy tentadora, tenía que hacer esto, era una manera muy probable de ponerle fin a las pesadillas.

Me apresure a entrar en cuanto un trueno rugió en el cielo, se largaría a llover en cualquier momento. Podía decir de manera morbosa que el cementerio de Forks no era tan feo, si tenía ese aspecto sombrío que poseía cualquier lugar como este, pero solo eso. Las lapidas estaban limpias y no había rosas marchitas, o las tumbas tenían nuevas o estaban vacías. En la entrada de este comenzaba un camino de piedra lisa que estaba recto por unos diez metros luego hacia un círculo alrededor de una cruz de mármol gigante y volvía a unirse con sigo mismo, como el dibujo de una lupa. Luego estaba el césped, todo recién cortado y las tumbas; para llegar a ellas, que estaban puestas en una especie de fila militar, había que caminar sobre él. El cementerio terminaba con el comienzo del bosque. Había cerezos cada unos cuantos metros. No había absolutamente nadie. Ni siquiera podía ver al sereno que solía deambular por aquí.

Conforme me hacia paso entre las tumbas para llegar a la suya, comencé a sentir el aire más pesado. Estaba caminando entre gente muerta, personas que se habían desprendido de todo de manera increíblemente abrupta para unirse a un mundo desconocido de paz absoluta. ¿Como se habrán sentido? ¿Cuál fue su último pensamiento? ¿Dedicaron el último aliento a una persona amada? ¿Cuando se dieron cuenta de que estaba llegando su final? Tantos años vividos se vuelven nada cuando mueres.

La tumba que yo buscaba era una de las más alejadas de la entrada, casi en la entrada del bosque. Así que tuve que atravesar todo el cementerio para poder llegar a ella, pero no importa cuanto lo quisiera, el tiempo no se detenía, corría hacia adelante sin importar cuánto te resistieras a su arrastre. Así que llegue a donde él se encontraba dormido. En cuanto estuve allí, mi corazón se detuvo, como si quisiera descansar junto a él. Dolía demasiado, pero tal vez era esa clase de dolor necesario, ese que trae consigo la cura.

Su lapida citaba con una hermosa caligrafía:"Edward Anthony Cullen. 1996-2014. Amado hijo, nieto y amigo. Siempre te extrañaremos". En cuanto lee esto, me fue imposible no soltar lágrimas. Toda su vida resumida en dos números fríos. Sentía como si el estuviera allí, y a la vez no. Técnicamente, su esencia no estaba, pero su cuerpo si, y la idea de el sepultado tres metros bajo tierra era desgarradora.

-Hola, Edward- le murmure con voz ahogada mientras miraba al piso. No había flores allí. Al parecer, después del funeral nadie había venido. Tal vez, sus padres o los míos no estaban preparados aun para venir. Era irónico que yo fuera la primera en hacerlo.

-Te extraño. Jamás creí que algo así pasara, pero es la verdad. Me haces falta- proseguí en lastimeros susurros. Dolía hablar con él, sobretodo sabiendo que nunca obtendría una respuesta-. Nada es lo mismo sin ti.

Deje las rosas en el piso. Después de tanto tiempo, era yo quien le regalaba las rosas a él.

-Hay alguien en el instituto. No sé quien es o que quiere pero ha estado dejando rosas en mi casillero, justo como tú lo hacías. He intentado saber quién es, pero nadie dice nada. Y también están estas pesadillas. Suelo soñar contigo y no de la manera que me gustaría. Yo...yo solo...solo quería que supieras que...lo siento...y que te extraño...mucho.

Ok, lo dije. No quito el dolor, pero parte del peso que tenia enzima. Si todo lo que decían en las misas era cierto y él me estaba escuchando, mirándome desde algún lugar, esperaba que pudiera perdonarme, por todo.

Inspire para relajarme un poco y un abrumador aroma a rosas inundo mis fosas macales. Era dulce y tan fuerte que casi podía sentirlo acariciando mi piel. No podían ser mis flores, ellas no olieron así en toda el camino. Había que enterrar la nariz en el centro de una flor para sentir un aroma así. Tampoco tenía el mas mínimo deje de alcohol, de ese que hace que te pique un poco la nariz y te des cuenta que es un perfume o un desodorante.

Levante la cabeza para ver de dónde venía ese olor, y allí estaba. Junto a uno de los arboles que daban inicio al bosque, con una rosa roja en la mano, cubierto de sangre, y una mirada tan fría y oscura como una noche de invierno.

Ok, a lo mejor si necesitaba el loquero. Una cosa eran pesadillas, podía vivir con ellas. Pero tener alucinaciones era algo totalmente diferente. Esta era la peor jugada que mi cerebro me había hecho, y eso que a le de vez en cuando le gustaba traicionarme. Mi subconsciente y yo lo miramos sorprendidas y asustadas. No se movía, solo me miraba.

Me restregué la mano sobre los ojos, para borrar la imagen de la cabeza. Dios, la falta de sueño iba a matarme. Volví a mirar recién cuando los ojos me dolieron. Oh no, Edward seguía allí. Esto no era un sueño, realmente estaba aquí. Lo mire atemorizada. ¿Que diablos estaba pasando? ¿Porque no se iba, sin importar cuentas veces pestañara? No había nadie más, nadie que me confirmara que estaba imaginado cosas. Solo el y yo, mirándonos fijamente el uno al otro. El con odio, yo con miedo.

Entonces comenzó a avanzar hacia mí. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos. Cada vez más cerca, cada vez más rápido. El olor se estaba haciendo abrumados, casi nublaba los sentidos.

Corre, corre ¡Corre! Me grite a mí misma. Pero mi cuerpo no parecía querer responder. Solo se queda allí, viéndolo acercarse. No sabía lo que era eso, si era real o un producto de mi dañada mente, pero estaba aquí, a punto de llegar a mí.

Tal vez por algún milagro o algo a si, comencé a reaccionar. Cada paso que el daba hacia adelante, yo lo estaba dando hacia atrás, impidiendo que la distancia entre nosotros se hiciera más corta. Edward comenzó a fruncir el seño, se veía el doble de molesto que hace unos segundos, y ese gesto fue todo lo que necesite para salir corriendo.

Salí disparada del lugar lo más rápido que pude. El aire frio golpeaba mi cara mientras huía con rapidez hacia la salida. Tena que salir de aquel lugar ahora, lo sentía detrás de mí, incluso aunque el espacio entre nosotros fuera enorme. Frene para poder moverme entre las rejas, y antes de hacerlo mire hacia atrás. Podía verlo, estaba junto a su tumba, con las rosas que yo había dejado para él. Como estaba muy lejos no podía ver sus ojos con claridad, pero por la posición de su cabeza, parecía que aun seguía mirándome. No me quede lo suficiente para ver si comenzaría a caminar de nuevo.

En cuanto estuve libre, rompí en un histérico llanto. Realmente me estaba volviendo loca, pero es que podía jurar que él estaba allí. Parecía tan real, y...vivo. Fu rápidamente al auto, con la mano derecha tapando mi boca, rodeándolo por detrás otra vez, y me subí. En cuanto entre Alice saco la cabeza del móvil y me miro. En cinco míseros segundos su sonrisa paso a hacer una expresión de horror puro.

-¿Bella, que paso?- pregunto con voz llena de preocupación.

-Sácame de aquí, Alice. Ahora.

Elizabeth: Gracias por tu Review. Me alegro que mi historia te guste! Un beso grande!