Título: El secreto de Izaya
Resumen: Izaya pasó ocultando lo que era desde que tenía nueve. Su vida era aceptable en silencio, él lo soportaba. Pero cuando tiene que hablar de todo lo que lleva cargando, su mente está a una delicada capa de romperse. ¿Quién puede salvar a Izaya de su pasado que intenta borrar?
Rated: M
Pareja: ShizuoxIzaya
Advertencia: Se habla de violación a menores de edad. Y en un futuro de casos de asesinato y desmembramiento. Proceder bajo su propio riesgo.
Los personajes de Durarara! le pertenecen a Ryohgo Narita.
Notas: Planeaba subir este capítulo anteayer, pero tuve unos problemillas con un Cosplay de Menma (AnoHana) que estaba haciendo para una convención ese día, y finalmente volví cansada de la convención y un poco irritada porque, un paquete que contenía la peluca y los lentes de contacto azules dentro y llegaría ese día a la mañana, no llegó. Al final fui a dormirme frustrada. Y ayer estuve corriendo de empresa a empresa, porque al parecer, el paquete se había extraviado, ugh. Pero pude sacar algo muy valioso de la convención. Encontré un collar de Durarara! que tiene una imagen de Izaya, y atrás una de Shizuo. Puedo morir en paz.
Quiero agradecer enormemente sus reviews a Luz Adilene, Vane, Asami-Orihara, Karasu-shiro y Madoca. Muchas gracias. También puede que este capítulo sea un poco más largo; mis dedos escribían sin parar, y la parte final, es la que más me a gustado.
IX
El sentimiento de que algo que conocías ha cambiado en tu ausencia, es incómodo.
Para Izaya, significaba un mal sabor de boca. Como esas veces que miraba una serie de seguido, la amaba, pero por alguna razón, dejaba de verla. Después de meses la retomaba, pero no siente la misma emoción de antes. Algo había cambiado. Por eso los primeros días que Izaya regresó al mundo real, lejos de Honda y su mundo de fantasía, y vio como la gente que conocía, locales, series y TV habían cambiado durante su ausencia. Ella pensó que no pertenecía a ese entorno. Lo que ella conocía desapareció, cambió, y pensó que no tenía lugar en aquella realidad.
Era un sentimiento horrible, que la carcomía por dentro, y no podía confiárselo a nadie.
Porque todos tenían su lugar en aquella realidad, pero ella no.
Cuando pisó el suelo de su antiguo hogar de nuevo, olores familiares llegaron a sus fosas nasales y sitió como algo cercano a la alegría inundaba su estómago. Algo cercano, había dicho, porque desde el día en que Honda mancilló su cuerpo físico ya no pudo sentir verdadera felicidad, o dolor. Todo se había vuelto vacío. Desabrido. Incoloro.
Al entrar en lo que se supone era su habitación, sólo encontró una cama y nada más. Los muebles, pinturas, ropa y juguetes habían desaparecido. Cuadros, fotos, hasta las paredes ahora eran de un color blanco, puro, intacto. El estómago se le revolvió. Desde ese momento sintió que estaba forzando su estadía en ese mundo, aquél que había avanzado y desarrollado tras su pérdida. E intentó suicidio, dos veces fallidas.
A punto de cometer un tercer intento de suicidio, fue justo ahí cuando renació.
Shizuo se encontraba perdido, tirado en el suelo, siendo sujetado por alguien, que temblaba como si no hubiera mañana. Se preparó para darle un puñetazo, pero cuando escuchó su voz quebrada, y la reconoció, sintió como si su mente no estuviera funcionando a su cien por cien.
Pensó que le estaban jugando una broma, porque la pulga jamás se aferraría así a su cuerpo, mucho menos le pediría ayuda, viéndose tan patético.
Pero Izaya se encontraba viendo el suelo, mientras sus uñas se hundían en la carne de Shizuo, no se había percatado de a quién o qué estaba pidiéndole ayuda, pero sabía que no era él y eso era más que suficiente. No importara quién fuera, sólo quería salir de ahí. Pero se encontraba mareado, confundido y alterado como para moverse apropiadamente, y con la oscuridad impidiéndole ver su entorno, terminaría lanzándose a alguna carretera y moriría.
Sintió la sangre saliéndole de la nariz y como se deslizaba por su piel para caer al suelo, y manchar sus ropas. En pies descalzos estaban cortados y moreteados, al igual que sus piernas. Su playera se encontraba sudada, y un calor anormal se encerraba en su organismo.
– ¿Pulga…?
Al escuchar la voz familiar de Shizuo en sus oídos la palabra peligro saltó en su mente, e intentó alzar la mirada, pero mientras lo hacía, su mente cansada por la falta de sangre que salía por sus múltiples cortes, llegaron más palabras como fuerza, conocido, seguridad.
Se quedó sin aliento y miró con ojos desorientados el rostro de Shizuo, sintiendo como si su cuerpo flotara. Y Shizuo pudo ver esos ojos cansados, asustados y desconcertados, ese rostro sucio, y aquella sangre que resbalaba por aquella nariz y labios partidos. Pero había algo diferente, algo no encajaba. Bajó su mirada, ¿Desde cuándo la piel de Izaya era tan frágil? ¿Si quiera lo había tocado alguna vez? Y, oh, eso… no podía ser, ¿Verdad? ¿Verdad…?
–Ayúdame…
Había vuelto a decir, y colapsó.
La ciudad volvía a la vida, las luces cegaban la vista de Shizuo, y sintió como su la luz de aquellos faroles que se encontraban alumbrando las calles de Shinjuku le quemaran la piel.
El cuerpo de Izaya se desplomó sobre sus brazos, y fue entonces, con las luces de la cuidad apuntándole a máxima potencia, que vio lo maltratado que estaba Izaya, y también su traje manchado con sangre, con su sangre, la sangre de Izaya.
El levantar el cuerpo de aquel que era su enemigo, que creía conocer, sentirlo sin vida, sin fuerza, como si alzara una muñeca de tela sin vida propia, le desconcertó. Con cuidado le levantó, y lo colocó en su pecho, sintiendo como el cuerpo de Izaya temblaba, y las gotas de sangre se deslizaban por sus piernas.
Sí, ver a Orihara Izaya indefenso le desconcertaba.
Ayudarlo le desconcertaba.
Pero quizás, esas sólo eran excusas; escondiendo que lo que de verdad le desconcertaba era sentir la diferencia, que ahora cubría el cuerpo de aquél que decía conocer, aquélla serpiente venenosa que arruinaba la paz de su preciada ciudad. Pero él no quería admitir que esto era real, porque no podría ser así.
Que el cuerpo que cargaba con cuidado en realidad era femenino, eso, debía ser alguna ilusión o broma de mal gusto.
Gruñó.
Caminó por callejones inhabitados para evitar ser visto cargando una mujer que estaba obviamente sangrando, porque podrían malentenderlo. Como ya le había pasado muchas veces. Se viera como se viera, cargar a una mujer que no paraba de sangrar era sospechoso. Y eso era lo primordial: el sangrado. Shizuo no estaba seguro cuanta sangre debía perder una persona para que se convirtiera en algo mortal, y tampoco quería averiguarlo pronto, por lo que caminó. Caminó al lugar más cercano que conocía, su casa, deseando tener su botiquín completo y haber comprado más vendas desde la última vez.
Sería problemático que no lo hubiera hecho.
Pero para la suerte de Shizuo, al llegar a casa y abrir el botiquín que tenía, sí había comprado vendas.
Dejó el cuerpo de Izaya sobre su sofá y sin perder tiempo con un paño húmedo limpió sus pies y piernas. Tuvo que repetir ese proceso con dos trapos distintos, que terminaron llenos de mugre y sangre hasta que por fin la piel de la pulga se vio tan pulcra como lo había sido siempre. Antes de que el sangrado comenzara de nuevo, roció las heridas de las piernas con agua oxigenada, y cubrió las dos piernas con cuidado. Pero al llegar a los pies se detuvo, viendo que en efecto, había trozos de cristal incrustados en las plantas de Izaya.
Maldijo.
Al menos el sangrado no era mortal, porque la piel de Izaya no estaba más pálida de lo que él solía ser.
Con pinzas que tenía en su baño sacó los cristales, no sin hacer muecas de desagrado ante las heridas y el hecho de tener que abrirlas para sacar los cristales. Nunca fue bueno curando las heridas de los demás. Sentía como el dolor de los pies de Izaya comenzaba a transmitirse a los suyos. Gruñó.
Cuando terminó, desinfectó y cubrió sus pies. Cuando sintió que ya no había peligro con las heridas más importantes, gateó hasta donde se encontraba el rostro de Izaya, y mojó un paño diferente, limpio, en agua tibia que tenía en un bol. Evitó en todo momento hacer contacto visual con el cuerpo de Izaya, le hacía sentir incómodo, pero fue inevitable que sus ojos se clavaran en aquella irregularidad donde debía el pecho de la pulga ser plano. Claramente no lo era. Sacudió su cabeza y limpió el labio partido con cuidado y la sangre seca de la nariz, junto con la mugre de su rostro.
¿Desde cuándo Izaya tenía rasgos tan femeninos…? Volvió a pensar.
¿Siempre? Pensó de repente al ver que tenía más pestañas de lo que debería tener un hombre común. O que su cara era, en efecto, de rasgos finos. También tiene el cabello más largo que lo normal, observó. Izaya siempre traía el cabello corto, pero ahora, lo tenía algo más largo. Lo suficientemente largo como para que tocara su nuca, y su flequillo casi le cubriera los ojos.
Izaya era una persona que siempre era pulcra y ordenada. No hacía falta verlo de cerca para saber que mantenía su cuerpo limpio y en orden. Jamás aparecía con el cabello despeinado, jamás olía a sudor, sus ropas siempre estaban impecables. A pesar de no llevar el uniforme como correspondía, igualmente parecía correcto. Eso, hasta que con las peleas que tenían terminaba estampado en el piso o embarrado.
Por eso para Shizuo, ver a Izaya en un estado tan desalineado y deplorable le revolvía el estómago. Le daba nauseas.
Prefirió dejar de pensar, y agarró su teléfono del suelo, tecleando un número y llamando.
No pasaron más de dos tonos hasta que del otro lado, atendieron.
No despegó sus ojos de la pulga.
– ¿Entonces… dónde nos llevas?
La voz de Mairu sonó como de costumbre demasiado alto, resonando en las paredes mohosas de ese callejón. Fue justo después del corte general de corriente, que cinco hombres, tres detrás de ellas y dos delante habían entrado a su departamento y fueron obligadas a caminar con ellos. No habían sido atadas ni amordazadas, pero sí amenazadas. Caminaban porque los hombres de atrás tenían cadenas, un tubo y una navaja. Ambas iban tomadas de las manos.
–Eso no es relevante. – Contestó el tipo detrás de ella que llevaba las cadenas en mano. – Sólo sigan caminando.
–Geeh ~– Se quejó, mirando a Kururi mientras ella bostezaba, no debían pasar de las doce, pero las despertaron mientras estaban durmiendo muy cómodas. Mairu apretó los dedos de su hermana al ver que al final del callejón había una camioneta negra, y ambas intercambiaron miradas.
Ambas entendieron qué, si llegaban hasta la camioneta, muy probablemente sería un game over para ellas.
Caminaron, con sus dedos entrelazados. Respirando a compás, con los latidos de sus corazones alterados. Cinco pasos más, y el callejón terminaría.
Cuatro.
Tres.
Dos.
Y entonces, Mairu se detuvo.
En aquél callejón donde la oscuridad reinaba, a un paso de que el juego terminara, las luces de la ciudad volvieron a encenderse, dándoles una señal clara de esperanza.
Fue entonces cuando aullidos de dolor rebotaron en las paredes de aquel callejón mohoso.
Cuando Izaya abrió sus ojos, lo primero que sintió fue la comodidad de una almohada mullida y el calor de un cobertor realmente suave cubriendo su cuerpo. Una luz de noche estaba prendida al costado de donde ella se encontraba acostada, alejando a la oscuridad de su cercanía. Izaya pensó que, la luz, actuaba como una barrera protectora para él, que lo hacía sentir seguro.
Al principio pensó que todo lo vivido que su cabeza recordaba sólo fue una pesadilla, una de mal gusto. Él aún estaba en su departamento y él jamás había entrado, ni tratado de llevarlo de nuevo a ese lugar.
Pero cuando vio que aquella habitación casi vacía no era suya se incomodó.
Ahí fue que reparó en la presencia de una segunda persona en aquel pequeño lugar, sentado justo al lado suyo.
Sintió escalofríos, la espiración se le cortó.
Al girar su cabeza vio un calmado color miel que lo miraba con interés. Contuvo sus ganas de largarse a reír.
Shizu-chan.
Realmente, estaba soñando que Shizu-chan y él estaban en una habitación sin siquiera tratar de matarse. Es más, estaba durmiendo plácidamente en una cama con el otro en la misma habitación y nada había caído sobre él. Fascinante, hilarante.
Y entonces, tosió sintiendo como sus fosas nasales se irritaban.
Frunció el ceño.
–Esto es genial. – Soltó, en tono divertido. – Aún en sueños, Shizu-chan no puede dejar de fumar esa cosa horrorosa.
Levantó el brazo para frotar su nariz, pero el dolor de su nariz y una sensación extraña le detuvieron. ¿Qué? Se inquietó, notando el dolor y que no llevaba sus vendas aún. Ja,ja, quería reír. Que sueño tan extraño.
El miedo le consumió poco a poco.
Shizuo se movió en la cama, apagando el cigarrillo en un cenicero del suelo y suspirando todo el humo que había inhalado. Izaya sólo se encogió en sí mismo sintiendo como la ansiedad volvía a su cuerpo, respirando pesado y pasando una mano por debajo de las mantas sobre sus piernas. Vendas, vendas, vendas.
Se horrorizó.
– No estás soñando.
Respiró.
Sin mover su cabeza ni un milímetro hacia esa voz suave que le había hablado, Izaya llevó sus manos a su rostro, trazando su labio partido y su ojo moreteado. Se encogió, queriendo ocultar lo más posible su cuerpo.
–Creo que tenemos que hablar.
Soltó el rubio, sin obtener respuesta.
El humo aún volaba por la habitación, sentía su cuerpo débil y caliente.
No estás soñando. Repitió las palabras de Shizuo, mientras con sus dos manos se cubría la cabeza. Le dolía. Su mirada no se despegó del cobertor, y el otro tampoco volvió a hablar. Frotó su cabeza con fuerza intentando tirar el dolor lejos, sin moverse demasiado. Shizuo le miró por el rabillo del ojo sin decir nada, esperando.
¿Esperando, qué? Una respuesta, quizá.
¿De qué? Pues, eso, eso no lo sabía.
Pero esperó.
El ambiente que flotaba en aquella habitación era pesado. Se sentía el calor, y una brisa fresca que venía de la ventana abierta. Las cortinas danzaban levemente al compás del viento y el mosquitero que había en ella evitaba que algún bicho se colara entro. Izaya sentía que su cabeza daba vueltas, que no podía pensar con claridad. Sintió un ardor en la zona del pecho, y sintió las imparables ganas de rasguñarse, pero no lo hizo.
Quedó inmóvil, sintiendo su garganta seca e irritada, sin decir su respuesta, sin mover un músculo. No descubrió su cabeza y tampoco miró al frente. Sus piernas permanecieron flexionadas cerca de él, y sus ojos miraban el cobertor. El silbido del viento le llamó la atención más no se giró. Se negó profundamente, no quería, no quería hablar. No quería exponerse más. Ya era suficiente. Realmente suficiente.
Pero Shizuo no volvió a hablar.
El sonido de la puerta chirriando al ser abierta fue lo que rompió el silencio, y escuchó pasos acercándose, luego se detuvieron y algo fue colocado sobre la mesa de noche.
–Oh, ya estas despierto, Izaya-kun. – Escuchó la voz de Shinra y sintió una mano sobre su cabeza. Hizo caso a la orden silenciosa y volvió a acostarse derecho, sin embargo sus brazos siguieron cubriendo su pecho. – ¿Cómo te sientes? ¿La fiebre ha bajado?
Se sintió incapaz de responder, en esos momentos aún su cuerpo y mente se sentían entumecidos, y sólo lograba escuchar un pitido en sus oídos cuando el dolor de cabeza empeoraba. Por eso, no dijo nada.
Shinra tampoco se molestó con su silencio, y colocó su mano sobre su frente, haciendo una mueca. Suspiró, mojando el paño que había traído en un bol de agua fría, lo retorció y lo puso sobre su frente. Izaya sintió como si ese pequeñísimo acto hubiera liberado su mente de un incendio, suspiró relajado.
– ¿Mucho mejor? – Preguntó el médico con gracia, al ver su reacción. – Bien, iré a la cocina y traeré unas pastillas y agua fresca. – Anunció – Mientras tanto, Shizuo-kun te mantendrá vigilado, ¿Sí? ¡Ah! Y, también, Celty ha dicho que quiere hablar contigo.
Su cuerpo se estremeció. Sabía que Celty le haría hablar, hablar de él, de sus emociones, de sus sentimientos, de lo ocurrido; y no quería eso. Ya no más. Ya se había expuesto suficiente frente a aquella Dullahan. Sin embargo, una parte dentro de él le gritaba que le hablase, que confiase en ella, mientras que, por otra, alguien más le gritara que no, no que le dejara entrar, que ella le había odiado desde hacía tanto…
Se confundió, y el dolor de cabeza volvió.
No había sentido cuando Shinra había salido de la habitación, pero él ya no estaba ahí. Ya no podía negarse, maldición. Sintió como su ansiedad seguía, y apretó sus manos contra él. Sentía una tela fina de camisa cubrirle, él no era tonto como para no notar que no llevaba su propia ropa, pero deparar en ese detalle justo en ese momento sólo hizo que su ansiedad subiera. Sintió que el cuerpo al lado suyo se movió y se puso alerta.
No se relajó ni un segundo.
La respiración calmada de Shizuo se escuchaba en aquella pequeña habitación, e inexplicablemente, la suya se acopló a su ritmo. El sonido de ello no le molestaba, el inhala y exhala de Shizuo, tan calmado, había logrado que bajara su nerviosismo. No supo en qué momento su cuerpo se relajó estando al lado de él.
La Dullahan entró por la puerta cargando la pastilla y el vaso con agua que había mencionado Shinra, y Shizuo se levantó. Celty inclinó su casco levemente y Shizuo cerró la puerta detrás de él. La jinete sin cabeza caminó y se sentó con delicadeza sobre el borde de la cama, cerca de él. Se quitó el casco, lo dejó sobre la mesita de noche.
Le ayudó a sentarse, tomó la pastilla junto con el agua. Respiró hondo.
–Tenía… tanto miedo.
Y se desmoronó.
Sintió el calor dulce de unos brazos que la abrazaban.
[Todo está bien.]
Oh, estaba llorando.
