Había transcurrido una semana desde los eventos acaecidos en la iglesia, y Holmes y Watson habían regresado agradecidos a sus habitaciones del 221-B de Baker Street. En cuando se dejaron caer en sus butacas favoritas, Holmes insistió en que Watson se fuera a la cama de inmediato. Watson obedeció de buen grado, y pronto se sumió en un sueño tranquilo, capaz al fin de cerrar los ojos sin correr el riesgo de caer en coma. Holmes, que se había quedado en la sala de estar, no tardó en recibir la visita del inspector Lestrade, que le anunció que Henry Reynolds (el hermano gemelo de William Reynolds, cuyo asesinato había confesado) había sido arrestado, y que necesitaba tomarles declaración, así como intentar aclarar unos cuantos detalles. Holmes no puso ninguna objeción, pero se negó en redondo a permitir que despertara a Watson, diciéndole con contundencia que ya le tomaría declaración al doctor otro día.
A lo largo de la semana, otro médico estuvo visitando a Watson a diario para colocarle los gusanos, retirarlos y vendar la herida. Tres días después del regreso a casa, el nuevo doctor observó un aumento en la temperatura de Watson y anunció que tenía fiebre. No era de extrañar. Rápidamente, se puso manos a la obra para tratar de evitar que la temperatura siguiera subiendo, pero fue en vano. Holmes, que no se apartaba de la puerta de la habitación de su amigo cada vez que el doctor trabajaba, daba un respingo cuando éste leía la temperatura en voz alta. 37°C, 37.5°C, 38°C. La situación era mucho más seria de lo que habían sospechado, y a medida que la temperatura de Watson subía, la fe de Holmes menguaba. Era una herida de bala, por Dios bendito. Una herida de bala que había conseguido alcanzar un órgano. Sí, la hemorragia interna se había detenido, pero ahora lo más peligroso era la infección, que había sumido a Watson en una fiebre virulenta.
Cada vez que el doctor se iba, intentaba convencer a Holmes de mandar a Watson al hospital, pero se negó en cada ocasión. La razón que le dio fue que a Watson no le gustaban los hospitales, lo cual era cierto en parte, pero también lo era el hecho de que Holmes no quería separarse de su amigo, aunque eso, por supuesto, no lo dijo.
El doctor le explicó a Holmes que no había nada más que él pudiera hacer. Le dijo que refrescara regularmente a Watson con compresas frías y que vigilara su temperatura por si subía aún más, además del factor obvio. El doctor se puso el bombín, dijo que volvería en unos días y salió por la puerta.
Holmes regresó a la habitación de Watson con paso cansino y entró sin hacer ruido. Las cortinas estaban echadas, volviendo la estancia borrosa y sombría. Holmes se acercó a la cama y tocó suavemente la frente del hombre dormido con el dorso de la mano. La frente de Watson seguía ardiendo. Pequeñas gotas de sudor cubrían la pálida faz de su amigo. Watson emitió un débil gemido e inclinó la cabeza hacia la mano de Holmes, reconfortado por su contacto. Había cierta crispación en sus facciones mientras intentaba, en su inconsciencia, vencer sin éxito al dolor. Holmes acarició su rostro en un gesto tranquilizador.
—Luche, viejo amigo —murmuró—. Tiene que combatirla.
Watson murmuró algo incoherente y movió la cabeza de un lado a otro sobre la almohada. Holmes siguió hablándole en voz baja hasta que Watson volvió a quedarse inmóvil.
Con un triste suspiro, Holmes fue hacia el escritorio de su amigo, cogió la silla y la acercó a su cama. En ese momento juró no dejar nunca solo a Watson hasta que todo hubiera acabado. Durara lo que durara.
En mitad de la noche, sobre la una de la madrugada, Holmes despertó bruscamente al sentir en su brazo un repentino estallido de dolor. Miró en derredor, adormilado, intentando averiguar la causa. La descubrió cuando vio a Watson sacudir de un lado a otro la cabeza y agitar los brazos, murmurando. Otra pesadilla.
"Lo que faltaba", pensó.
Se levantó de la silla y se inclinó sobre Watson, sin saber qué hacer. Consideró zarandearlo suavemente, pero sabía por experiencia que ésa no era la mejor de las ideas. Así que intentó despertarlo llamándolo.
—Watson, despierte, querido amigo, sólo es un sueño —dijo; pero sus palabras cayeron en oídos sordos.
Vacilante, dio unas palmadas en el brazo de Watson y lo frotó arriba y abajo y en pequeños círculos. Siguió haciéndolo durante unos dos minutos hasta que Watson dejó por fin de agitarse, aunque siguió mascullando. Holmes volvió tocar la frente de Watson, y sonrió aliviado al sentir que la temperatura había bajado considerablemente. La fiebre de Watson había desaparecido. Holmes se dejó caer en la silla y cerró los ojos.
—Éste es mi Watson —murmuró para sí—, siempre un soldado.
XXX
Cuando Watson al fin abrió los ojos, se encontró en una habitación oscura como la boca de un lobo. Bueno, al menos al principio. En cuanto sus ojos se adaptaron a la oscuridad, no tardó en distinguir el contorno de los objetos que lo rodeaban. Giró rígidamente la cabeza cuando creyó oír una respiración, y sonrió para sí al ver a Holmes recostado en su silla, con las piernas extendidas, emitiendo suaves ronquidos. El detective tenía, si cabe, aún peor aspecto que él. Una barba incipiente comenzaba a insinuarse en su mentón, y lucía unas profundas ojeras. Watson decidió, por el bien de ambos, no despertarle, ya que aún podía sentir los efectos de la fiebre, así que cerró los ojos y durmió hasta que se le pasaran sus muchos dolores.
XXX
Pasaron otros dos días antes de que Watson pudiera andar de nuevo por el apartamento. La mañana de Navidad, Holmes despertó a su amigo sacudiéndolo con suavidad y le tendió un pequeño regalo envuelto en papel marrón. Abrió el suyo, ansioso, y no pudo reprimir una risita: un nuevo ejemplar de Un viaje a través del sistema solar. Se lo arrojó a Watson, que consiguió esquivarlo. A continuación, Watson abrió con entusiasmo su regalo, y se echó a reír al desplegar ante sí una camisa nueva, idéntica a la que había echado a perder en la iglesia. Casualmente, la camisa, algo pequeña para él, le sentaba perfectamente a Holmes.
La pareja disfrutaba junta del almuerzo de Navidad en la habitación de Holmes cuando de repente se oyó un estruendoso crujido en la sala de estar. Ambos hombres corrieron hacia allí para averiguar la causa de semejante conmoción. Una de las ventanas estaba destrozada, y en el suelo, entre sus restos, había un ladrillo envuelto en un pergamino. Holmes se acercó al ladrillo, le quitó el papel, lo desplegó y lo leyó en voz alta para que Watson lo escuchara.
Al señor Holmes y al doctor Watson:
Es bastante desafortunado tener que recurrir a esta clase de métodos, pero me temo que me han convertido en un hombre desesperado. Estoy al tanto de lo ocurrido la noche del 20 de diciembre, y debo decirles que habrá consecuencias. Es evidente que aquel hombre, Davis, ya ha recibido suficiente castigo… y creo que debo agradecérselo a cierto agente. Pero la cuestión es simple: no puedo dejarlos vivir y correr el riesgo de que me denuncien. Estoy seguro de no lo tomarán como algo personal, ya que soy un gran admirador suyo, señor Holmes, y a usted, doctor Watson, le tengo el mayor de los respetos, pero hay cosas que han de hacerse.
Sólo una cosa más: les deseo a ambos muy feliz Navidad.
Atentamente suyo,
C.E.S.
Al terminar de leer, Holmes miró a Watson con expresión solemne. El doctor se había quedado paralizado en su sitio, pero miraba a Holmes sin perder la compostura. El detective, sin embargo, temblaba de rabia.
—¿Cómo se atreve? —murmuró—. ¿Cómo se atreve a involucrarlos a usted y a Clarky? ¡Fui yo quien metió las narices, no ustedes! Vamos, Watson —dijo, cogiendo su abrigo y su sombrero—. ¡Comienza el juego!
FIN
CONTINÚA EN "LA GARRA DEL DIABLO"
