Cuando se cortó la conexión, Yolei sintió como si una pompa de jabón estallara en el interior de su cabeza y su cuerpo se volviera diez veces más pesado. Acababan de cortar la luz en el piso, de modo que no podía hacer uso del teléfono fijo ni cargar la batería del móvil para contactar con ellos.

Caminó con torpeza a través del devastado salón mientras estudiaba su próximo movimiento. Su mente ofuscada solo tenía clara una cosa: que debía salir de la ciudad cuanto antes. Tenía que huir como un conejo escapa de los perros de caza, como un ñu que abandona la tierra muerta en busca de prados rebosantes de agua y pasto verde. Claro que los ñus, al igual que el resto de mamíferos migratorios, solían desplazarse en manadas…

Llenó su mochila de neopreno con una bolsa de aseo, las prendas de ropa que más estimaba y el libro de vegetales mutantes asesinos a medio terminar. Después reunió toda la documentación y la metió en el bolsillo interior junto con todas las fotografías anteriores a la mudanza. Finalmente, cargó al hombro su guitarra y salió a la calle acompañada de Daisuke.

Tenía la sensación de que dejaba en las ruinas parte de su identidad, pero estaba tan deseosa de alejarse pronto de allí que no le importaba correr el riesgo de perderla. No era una pieza fundamental como los años dorados de su juventud. Por su parte, podía quedarse en la niebla del olvido por toda la eternidad.

A la hora del crepúsculo el silencio en la ciudad era tan denso como las sombras que deambulaban por las calles. Yolei se sentía el centro de atención de miles de pares ojos que la observaban con incredulidad. Eran los ojos de la ciudad, que asistía impotente a la marcha de su presa más jugosa.

Yolei dio gracias de tener piernas. Con ellas podía moverse a nuevos destinos donde probar suerte, aunque sabía que la suerte nunca solía estar de su parte. Las ciudades, en cambio, estaban obligadas permanecer dónde las habían asentado. Tal vez por ello, de forma similar a las plantas carnívoras, habían desarrollado sus propios mecanismos de atracción en forma de promesas de libertad, riqueza y vanguardia.

Siguiendo su sombra oscilante fue a parar al Parque del Loto. La tarde era apacible allí. Los deportistas practicaban footing en los caminos, los jóvenes enamorados yacían en el césped y los patos del estanque se daban un banquete de restos vegetales y migas de pan, conformando una estampa bucólica tan solo empañada por la tenebrosa presencia de la joven vestida de negro y el gato del mismo color.

Yolei continuó arrastrando los pies por la grava, sin alzar la cabeza en busca de la belleza del verde que tanto veneraba y procurando apartar de su mente el dulce recuerdo de una intensa mañana de ejercicio con un viejo amigo. Atravesó la puerta de hierro forjado y se sentó en el muro de piedra serpentino que delimitaba el final del parque. Descansó la guitarra en su regazo y acarició el lomo de Daisuke con las uñas, erizando el negro pelaje del felino. Yolei no quería encariñarse demasiado con el animal, porque sabía que su lealtad se quebrantaría tan pronto como se diera cuenta de su incapacidad para sustentarle.

Permaneció allí sentada por un largo rato que dedicó a pensar en el tren que cogería. Por el momento descartaba regresar a su ciudad natal y ponerse a trabajar en la tienda de la familia. No quería enfrentarse todavía a todos aquellos que habían predicho que la vida en soledad la pondría a prueba y saldría perdiendo. Prefería malvivir antes que darles la satisfacción de ver que sus augurios se cumplían. Por no hablar de que éso supondría la renuncia de su independencia, la última reserva de autoestima que conservaba, la única torre de su castillo de sueños que la vida no había derribado del todo.

Sin embargo, por mucho que probara suerte en otra ciudad, nada aseguraba que las cosas salieran mejor. Había leído en una galleta de la fortuna que tocar fondo significaba que uno ya solo podía dirigirse hacia arriba, pero Yolei no estaba del todo de acuerdo con semejante afirmación. Cabía la posibilidad de que el suelo cediera bajo sus pies. ¿Y si caía a un abismo sin fondo? Tal vez la insatisfacción era algo tan natural en ella como el cabello azabache que tanto se empeñaba en colorear.

Pero eso no podía ser cierto. Tiempo atrás, en su época de estudiante, había sido feliz. Bajo el prisma roto y oxidado con el que ahora contemplaba el mundo, había gozado de todos los momentos de júbilo y todas las desilusiones que hacían de la vida una experiencia excitante. Ahora la balanza se inclinaba hacia un lado, y el desnivel era tan acusado que dudaba que algún día lograra recobrar el equilibrio perdido, pero si de algo no podía lamentarse era de no haber tenido tiempo de saborear la felicidad. Solo tenía que acudir a sus recuerdos para comprobarlo.

Caminó hasta el estanco más cercano y compró un paquete de tabaco. Rebuscó el mechero en la mochila, encendió el cigarrillo e inhaló con fuerza. Se sentía sucia por dentro. Imaginaba una sustancia pegajosa y negruzca estancada en lo más hondo de sus pulmones. De nuevo le urgía una ducha caliente y vaporosa.

A la quinta calada comenzó a preguntarse si los recuerdos, aquello a lo que se entregaba cuando le asaltaba el desánimo, era en realidad el fuel con el que se habían prendido fuego sus ilusiones. Y a medida que pensaba en ello, más plausible encontraba su teoría. De no haberse prendado por Matt, no habría aprendido que hasta el más ardiente de los amores tenía fecha de caducidad. De no haber conocido a Mimi, Kari y los demás, no habría llegado a saber qué tan importante era la amistad, ni estaría tratando de embriagarse para superar el vacío de su ausencia. Y si no hubiera comprado a Carl, ahora no tendría que lidiar con su muerte...

Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no vio que a su alrededor la gente empezaba a dispersarse, y los edificios se volvían más toscos y descuidados. Solo se dio cuenta del lugar donde había ido a parar al percatarse de la ausencia de su compañero felino.

—La calle Arcoíris —musitó—. Tengo que dejar de hablar sola.

Encontró a Daisuke no muy lejos de allí, temblando en unos brazos ajenos que acariciaban con enfermiza fascinación su brillante pelaje.

—Eh, tú, dame el gato —ordenó Yolei a la niña que había apresado a su mascota recién adoptada—. Tiene sífilis.

Tendría unos nueve o diez años. Vestía con un peto vaquero algo deshilachado y unas zapatillas rosas de Minnie Mouse. Su pelo estaba recogido en dos pequeñas coletas, y bajo una frente cuadrada y prominente dos ojos negros la miraban con incredulidad.

—¿Sífilis? —preguntó la niña.

—Aún eres muy joven para saber lo que es. Mira, las niñas como tú, cuando crecen y se enamoran del primer garrulo de turno que alaba sus tetas… —Yolei consiguió detener a tiempo la barbaridad que estaba a punto de salir de su boca—. Devuélveme a mi gato.

Dio un paso adelante y la niña retrocedió. Temiendo tener que echar a correr detrás de ella, Yolei alargó la mano y le arrebató a Daisuke de sus brazos. Como no podía ser de otro modo, la chiquilla se echó a llorar al instante.

—No seas tan exagerada, hay muchos otros gatos callejeros por esta zona —dijo Yolei, en un intento de autoconvencerse de que no estaba haciendo nada reprobable.

—El mío murió anoche —sollozó la niña.

Yolei bufó con pesadez. No tenía tiempo ni ganas de compadecerse de nadie más que de ella misma. Al final optó por ponerse de cuclillas a su lado y decirle:

—Sé que es duro, ayer mismo murió un pez al que quería muchísimo.

—Me da igual tu estúpido pez —replicó la niña con las mejillas encendidas.

Extrañamente, el comentario no le hizo perder los estribos. Dedujo por tanto que su condolencia debía de ser sincera. A fin de cuentas, los niños, al igual que los animales, no estaban desprovistos de sentimientos.

—No puedes robar las mascotas de los demás para superar la pérdida de la tuya —prosiguió Yolei—. Tu gato era único y ningún otro será capaz de sustituirle. Juega con tus amigos, lee para distraerte, bebe… zumo.

—¿Pero me lo vas a dar?

La niña se limpió las lágrimas con la manga y puso cara de cordero degollado. Por suerte, su experiencia en el voluntariado le había hecho inmune a esa sucia clase de artimañas.

—No, lo siento.

Esta vez fue la niña quien dio un paso al frente y ella la que retrocedió. Sus ojos, anegados en lágrimas, soltaban chispas incendiarias. Yolei nunca había visto tanto odio concentrado en un cuerpo tan pequeño. Pero la niña no avanzó un paso más. Sin dejar de mirarla con fiereza, se alejó sigilosamente hasta perderse en una callejuela cercana.

Cogió la guitarra que había dejado imprudentemente en el suelo e inspeccionó la estrecha calle que discurría entre dos hileras de casas. A un lado y a otro, las ventanas de las casas arrojaban luces ambarinas sobre los adoquines del suelo.

De algún lugar le llegó un grito agudo y penetrante que le puso los pelos de punta. El silencio siguió al grito, y luego rumores de pasos y murmullos de voces. En seguida reanudó la marcha. Resultaba peligroso demorarse en un lugar como la Calle Arcoíris.

—Ahí está.

La voz de la niña le llegó como una sentencia de muerte. Lentamente, giró el cuello hasta que sus miradas se cruzaron. Vio que la apuntaba con el dedo. El odio de sus ojos había dado paso a ese brillo tan característico de los lobos cuando están a punto de hincarle el diente a su presa.

Lo peor era que venía escoltada por un regimiento de niños. Reconoció a algunos de los matones que habían torturado a Daisuke en el portal de su antiguo edificio. La mayoría no tenían aspecto de amedrentarse fácilmente. No, esta vez tendría que aterrorizarles con su mejor interpretación.

Yolei empuñó la escoba a modo de arma y se puso a agitarla teatralmente por encima de su cabeza cual Gandalf bien puesto de hierba de la Comarca.

—¡Insensatos! No tenéis nada que hacer contra mí, domino el poder de las tinieblas y…

Al momento, algo pequeño y mortífero impactó contra el cepillo de la escoba y a punto estuvo de perderla de las manos. Supo que no le quedaba otra opción que la retirada cuando vio que el niño que la había atacado con el tirachinas cargaba una segunda piedra y la apuntaba con la liga tensada. Tiró a Daisuke al suelo y salió corriendo todo lo rápido que sus tacones altos le permitieron.

—¡Está bien, el gato es vuestro!

En respuesta, la niña profirió un grito de guerra que pareció descartar cualquier intención de negociación. Yolei no necesitó darse la vuelta para comprender que una masa enfurecida se había lanzado a perseguirla.

En su ingenuidad había llegado a creer que la ciudad dejaría que se escapara de sus garras sin más. No había sospechado que durante la calma de las últimas horas estuviera urdiéndose la más peligrosa de todas las pruebas.

Aulló de dolor al recibir un disparo en la cara interna del muslo, pero sus piernas, excitadas por algún raro instinto de supervivencia, se negaron a flaquear. Detenerse implicaba consecuencias funestas. Sabía que en los niños, a los en tantas ocasiones había divertido y sobrecogido con sus cuentos, no encontraría comprensión ni misericordia. Habían olido su miedo y su vulnerabilidad, y nada los detendría de ejercer la ley del más fuerte.

Daisuke, a su lado, era mancha negra y peluda que se pegaba a ella como si de una segunda sombra se tratara.

—¡Deja de seguirme de una maldita vez, gato estúpido! —le espetó, histérica—. Yo te salvé la vida, ¡devuélveme el favor dando la tuya por mí!

La caza la sacó de los suburbios y se extendió por calles más próximas al centro, arrastrando una imparable marea de perseguidores. La gente se los quedaba mirando embobados como si fueran parte de algún espectáculo callejero. El único policía disponible de la zona, a cargo de dirigir el tráfico, no reparó en ellos.

—Ah, ¿por qué siempre me tienen que pasar estas cosas a mí?

Encontró una oportunidad de distracción al escabullirse con un grupo de turistas octogenarios e internarse en un callejón oscuro. Pegó su cuerpo a la pared enladrillada y contuvo la respiración mientras escuchaba cómo la horda de niños pasaba de largo y se perdía calle arriba.

Suspiró aliviada y se abrazó a su vieja guitarra, sin poder creer que se las hubiera apañado para dar esquinazo a todos esos críos. Era cierto lo que decían de que algunas personas, en situaciones límite, experimentaban un incremento de la resistencia y agilidad mental. Sin lugar a dudas, ella entraba en esa categoría. El sedentarismo era lo que la anulaba.

Caminó hasta el otro lado del angosto callejón y se encontró frente a unos viejos cines largo tiempo abandonados. Reconocía la calle. La estación de trenes no quedaba muy lejos de allí. Podría coger un tren con rumbo a lo desconocido. Sí, ahí estaba la solución. Asumir riesgos era justo lo que necesitaba para desoxidarse.

De pronto una enorme sombra se proyectó sobre una de las paredes. Yolei ahogó un grito al ver que algo peludo y monstruoso se arrojaba sobre ella para babosearle la cara. Guitarra en ristre, lanzó furiosas estocadas al aire que mantuvieron alejado al perrazo, que agitaba la lengua excitado.

Tardó un rato en comprender que no había nada que temer.

—¿Miyako? —preguntó, incrédula.

El lebrel afgano que compartía su nombre sacudió la cola en señal de respuesta y soltó un ladrido de triunfo. Yole sonrió y se acercó a la perra para acariciarle el lomo.

—Yo también me alegro de verte —dijo con sinceridad—. ¡Pero en este callejón asqueroso vas a ensuciar tu hermoso pelaje de anuncio de champú perruno, chica!

—Menuda la que has armado —dijo una voz a sus espaldas—. No te veía montar un revuelo tan grande desde que entraste por error en el vestuario de los chicos.

Davis, a pocos metros de ella, respiraba con agitación. Descansaba los puños en las rodillas flexionadas, y tenía la cara empapada de sudor y el cabello cobrizo alborotado. Los labios del chico se curvaron con el cruce de miradas en la semioscuridad. Yolei, aturdida, le devolvió la sonrisa.

—Las chicas en el colegio me llamaron zorra después de eso —reveló Yolei—. Por el contrario, mi popularidad con los chicos creció de forma considerable. Supongo que pensarían que era una ligera de cascos.

—Que todavía tengas dudas acerca de eso demuestra lo poco ligera de cascos que eras en realidad —se burló Davis—. Pero tranquila, ya me encargué de dejarles claro que eras una estrecha.

—¿Cómo me has encontrado?

—Es fácil verte cuando corres delante de un ejército de mocosos —respondió—. Además, tu estilo para vestir es inconfundible. ¿Y esa escoba?

Yolei hundió los ojos en el utensilio de limpieza. El palo de plástico que sujetaba se había deformado hasta parecer una retorcida escoba de bruja. Qué gracia.

—No lo sé. Es todo muy raro, si te digo la verdad.

—No te ofendas, pero tienes una pinta de lo más chunga. Necesitas ayuda, ¿verdad? —El tono de Davis denotó preocupación esta vez.

—Al margen de todo lo que hayas presenciado, puedo asegurarte que estoy en perfectas condiciones para ocuparme de mí misma —repuso Yolei— . Pero gracias por tu preocupación, Daisuke Motomiya.

—Siempre me llamas por mi nombre completo cuando estás cabreada —observó Davis.

Yolei se pasó la lengua por los labios, nerviosa.

—¿Por qué no me hiciste caso? ¿Por qué te fuiste a la entrevista con ropa deportiva?

—No era una entrevista de trabajo seria —se defendió el joven—. Querían saber si daba el perfil.

—¿Y acaso conseguiste el puesto? No. Ni si quiera lo intentaste. Prácticamente rogaste para que no te lo dieran. Te fuiste tan rápido como viniste.

Davis frunció el ceño.

—Espera, ¿eso significa que querías que me quedara más tiempo?

—Claro que quería que te quedaras un poco más, pedazo de imbécil —admitió, ruborizada—. Hacía mucho que no recibía una visita de un amigo.

La conversación estaba empezando a ponerse incómoda. Por eso, casi agradeció que los alaridos de los niños a los que creía haber eludido retumbaran de repente por el otro extremo del callejón. Luego corrió espantada a refugiarse detrás de Davis.

—No te preocupes, sé tratar con niños —le tranquilizó.

—Si la cosa se pone muy fea, te usaré como escudo humano.

—Eres encantadora.

—Lo sé.

Davis le hizo retroceder hasta que ambos salieron del estrecho paso. Un instante después los niños habían recorrido la totalidad del callejón y se paraban en torno a ellos, enseñándoles los dientes como animales enrabietados.

Davis hizo una seña a uno que llevaba consigo una pelota de plástico.

—¿Queréis que os enseñe un truco? Tranquilo, no te la voy a quitar.

Davis esbozó una sonrisa que parecía sincera. Algunos de los niños relajaron un poco la postura. Los que tensaban sus tirachinas lo miraron con curiosidad.

El gato, subido a lo alto de un armario desechado, contemplaba impávido el devenir de los acontecimientos. Miyako corría en círculos haciendo ondear su sedoso cabello y dejando un rastro de baba a su paso.

—¿Qué me dices, tío? Será un segundo de nada. Luego de eso podréis seguir persiguiendo a esta mamarracha de aquí.

El balón voló en dirección a Davis, que lo atrapó con las piernas e inició un juego de toques.

—Sé un truco especial para dominar el balón —explicó.

El público, hipnotizado, olvidó momentáneamente al gato. Sabiendo que se los había metido en el bolsillo, Davis pasó de dominar el balón con el empeine a elevarlo gradualmente con toques de rodilla, pecho, cabeza y espalda. Alguien dejó escapar una sonora exclamación de admiración. Confiado, procedió a ejecutar maniobras más complicadas, empujando el balón a su espalda con un puntapié y devolviéndolo de nuevo al frente con un golpe de talón.

—Quien lo atrape tendrá una clase gratis.

Entonces elevó por última vez el balón y asestó un chute que lo envió muy lejos de allí. La reacción fue la esperada; los niños salieron disparados detrás de la pelota, dejando a la chiquilla que los comandaba pateando el suelo con furia y fulminándolos con la mirada.

Davis se ofreció a cargar con la guitarra de Yolei, y juntos atravesaron el callejón para salir a la calle paralela. Gato y perra dejaron de hacer lo que estaban haciendo y trotaron al lado de sus respectivos dueños, que acababan de entrelazar las manos en medio de la huida.

¿Conseguirá Yolei salir del agujero en el que se encuentra o la infelicidad la acompañará toda la vida? ¿Y por qué ha aparecido de repente Davis? ¿Sustituirá la perra Miyako a Selena Gómez como embajadora de Pantene? Todo esto y mucho más en el próximo y último capítulo.

Por si no ha quedado claro, con Davis y Yolei me estoy refiriendo a los humanos, mientras que Daisuke y Miyako hacen referencia a las mascotas.