Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.
Safe Haven
Por: Hoshi no Negai
10. Tiempo compartido
Sesshomaru aún se cuestionaba por qué había actuado de aquella forma. ¿Qué lo había impulsado a invitarla a comer con él? No tenía ni la más remota idea. Él no mostraba ese tipo de interés, y menos de manera insistente. Aunque ahora que lo pensaba, no era común que lo rechazaran. No, mejor dicho, jamás le había pasado. No es como si fuera muy abierto e invitase a todo el mundo a pasar tiempo con él ―el sólo hecho de imaginarse haciendo tal estupidez le parecía inconcebible―, sino que cuando quería algo, iba a por ello con toda la serenidad y confianza en que lo alcanzaría.
Era anormal que le dijeran que no.
Pero era aún más anormal que a él le importara.
Afortunadamente ese pensamiento ni siquiera se molestó en ocupar su mente mientras atendía los asuntos del día con la misma sobriedad de siempre. Nadie diría que le pasaba algo porque sus acciones no lo delataban. Bueno, nadie exceptuando a Jaken, que aún le lanzaba algunas miradas atónitas cada vez que recordaba la escena tan extraña del día anterior. Jamás hubiera imaginado que a su jefe le gustaran las mujeres tan… jóvenes. Aquella niña todavía parecía una adolescente por cómo iba vestida y todo, lo que no hacía más que incrementar lo peculiar de la cuestión.
Jaken resopló al darse cuenta la clase de cosas que había llegado a pensar. Era una tontería comerse la cabeza por un detalle que no le correspondía averiguar. Él no era nadie como para querer indagar la vida privada de su superior, sin importar lo intrigante que ésta pudiera ser.
Por el resto de la de la mañana el hombrecillo se dedicó de lleno a su trabajo, esforzándose el doble para tapar la falta de respeto que había cometido al imaginarse cosas inapropiadas. Permaneció en silencio trabajando, cumpliendo las órdenes de Sesshomaru con puntual diligencia y salió a hacer los mandados como de costumbre, sin apenas decir una palabra. Si Taisho lo notó, nunca lo hizo saber.
―¡Sesshomaru! ―su padre entró en su oficina con un poco menos de su cordialidad acostumbrada minutos después de la hora de entrada. El aludido, que en ese momento estaba hablando por teléfono, sólo se limitó a mirarlo fríamente con poco interés―. ¿Puedes atenderme un momento, hijo? Es importante.
El primogénito dejó salir un resoplido por su nariz antes de dirigirse a su interlocutor:
―Te devolveré la llamada en unos minutos, Kanemura. Se ha presentado un problema ―sin esperar respuesta del otro, finalizó la llamada y dirigió su atención a Toga Taisho con impaciencia.
―No es ningún problema lo que tengo que decirte. Dime, ¿has hablado con tu hermano?
―No encuentro motivos para someterme a tal pérdida de tiempo ―le dijo indiferente.
―Pues deberías llamarlo, tiene una noticia muy importante que comunicarte.
―¿Ha decidido dedicar su vida a algo que valga la pena?
―Muy gracioso. Pero no se trata sobre eso.
―No le prestaré más ayuda a ese inútil. Una vez ya fue suficiente, padre.
―Por todos los cielos, Sesshomaru, sólo llámalo y habla con él ―se exasperó Toga, sintiendo que tenía en frente al obstinado de su hijo cuando comenzaba la adolescencia. Ése sí que había sido uno de los retos más grandes que había tenido que enfrentar.
Sabes que no lo haré, fue lo que le dijo sin siquiera tener que abrir la boca por tal expresión en su rostro.
¿Para qué me molesto?, resopló el mayor con un gruñido fastidiado. Aquel adolescente terco seguía viviendo dentro de su hijo sin importar las capas de hielo con las que lo cubriera. O al menos él lo veía así por ser su padre.
―Bien, de acuerdo, te lo diré. Pero creo que deberías llamarlo de todas formas al menos para darle la enhorabuena. Anoche le propuso matrimonio a Kagome, y ella aceptó.
Toga, que esperaba al menos el más mínimo indicio de sorpresa en la cara de su hijo, se vio muy decepcionado. A él en particular le había llenado de orgullo la noticia, y ni hablar de Izayoi que casi se le cae la mandíbula de la gran sonrisa que compuso por horas mientras conversaba con su consuegra al teléfono.
Sesshomaru, a diferencia de su familia, se mantuvo en silencio como si aquello no fuera más fascinante que una hoja en blanco.
―¿No vas a decir nada?
―Era predecible ―se limitó a contestar, disponiéndose a reanudar su llamada.
―Vaya, muestra algo de emoción. Tu hermano pequeño va a casarse, ¿sabes?
―Ya te he oído, padre.
―¿Y no te alegra?
Sesshomaru le volvió a dedicar una mirada de impaciencia que era más bien un claro no. ¿Por qué tendría que importarle? Ya era hora de que su tonto hermano pusiera algo de orden en su vida en vista de los desastres que había cometido antes, y si su padre pensaba que saltaría en una pierna por semejante trivialidad estaba muy equivocado.
Toga se quedó esperando unos segundos, en vano, pero tras ver el desinterés de su hijo mayor decidió darse por vencido.
―Bueno… pues he cumplido. Sería bueno que lo felicitaras cuando menos. Izayoi está planificando una cena para celebrarlo y brindar por ellos en casa. Estará toda la familia y nos gustaría que fueras ―y de nuevo recibió otra mirada fastidiada. Aquella era una noticia que sí le desagradaba. Las reuniones familiares estaban muy abajo en su lista de favoritos y por buenas razones―. Será el sábado por la noche, así que no tendrás excusas para faltar. Por favor, Sesshomaru ―esta vez el tono de Toga no era jovial y calmado, sino más bien rayando en lo demandante. Una manera de hablar que el primogénito había adoptado desde su más temprana edad.
―¿Se te ofrece algo más, padre?
El magnate sonrió de medio lado al saber que con eso se confirmaría su asistencia.
―No, hijo, eso es todo. Puedes regresar a tu llamada.
El hombre mayor dejó la oficina con una cálida sensación de victoria. Era muy idiota sentirse así, pero no todos los días que se ganaba un pequeño altercado con Sesshomaru, quien odiaba asistir a los eventos y reuniones familiares. Aunque para ser justos, debía admitir que su carácter estaba un poco más apacible últimamente, como si ya no le prestara tanta atención a los detalles que lo enfadaban. Quizá si tenía la suficiente suerte aquella actitud se mantendría al menos hasta la boda de Inuyasha y Kagome. Sería agradable tener una velada sin complicaciones, discusiones o malos ratos.
Pero como aún faltaba bastante para eso, sólo podía cruzar los dedos para que lo que estuviera manteniendo a raya su malhumor le durara hasta entonces.
Mirando su reloj de pulsera decidió que tenía tiempo para cumplir con un par de actividades más antes de bajar al comedor. Y lo primero que haría sería decirle a su esposa que podía contar con Sesshomaru para la cena del sábado, por más sorprendente que fuera.
...
Hacia la llegada del mediodía, luego de terminar la revisión de unos datos y gráficos en su computadora portátil, Sesshomaru se paró de su elegante silla con el abrigo de invierno doblado en el brazo.
Los corredores estaban comenzando a vaciarse, y en lugar del murmullo de los aparatos eléctricos se dejaban escuchar conversaciones animadas entre dos o tres personas reunidas en mesas tomando el almuerzo. Muchos de los empleados solían salir a comer, otros usaban el comedor en la planta baja y otros tantos preferían llevar sus alimentos a sus puestos de trabajo para tener algo más de privacidad. Sesshomaru acostumbraba trancar la puerta de su oficina a esas horas para evitarse las visitas indeseadas si no iba a algún restaurante de la zona.
Cuando el elevador lo dejó en el vestíbulo, escuchó el estruendo lejano de un grupo de voces que estaban gritando y riendo a mandíbula batiente. Eso casi nunca pasaba, se dijo él, molesto por tan burdo comportamiento, ¿qué clase de imagen le estarían dando a la corporación si algún importante cliente o asociado decidía hacer una visita?
Fue al área del comedor a inspeccionar el origen del alboroto y se encontró que al menos una treintena de personas estaban reunidas en la espaciosa habitación, todas con la cara vuelta hacia uno de los enormes televisores de pantalla plana repartidos por el lugar. Por lo general solían sintonizar únicamente el canal de noticias, pues se consideraba inapropiado que el personal se mantuviera distraído viendo cualquier otra cosa cuando tenían que estar trabajando. Lo mismo pasaba con los equipos distribuidos a lo largo del edificio, que se mantenían en silencio a no ser que estuviera pasando algo importante. Inclusive Sesshomaru tenía uno instalado en su despacho, pero muy rara vez lo utilizaba.
Volvieron a saltar los vítores seguidos de aplausos y algunas quejas de frustración. Uno de los equipos de fútbol había marcado un espectacular gol en un ángulo muy cerrado.
―¡Sí! ―alzó los puños nada más y nada menos que Toga Taisho, en el centro del corro de espectadores. No sólo resaltaba por su cabello plateado característico de su estirpe, sino también porque era el individuo de más edad y mejor vestido―. Se están esmerando mucho más en el segundo tiempo, ¿han visto todos esos excelentes pases?
―Ha sido pura suerte, jefe ―musitó un hombre considerablemente más joven que estaba parado a su lado, con los brazos fuertemente cruzados sobre el pecho―. Todo porque no han tomado en cuenta la última falta, tuvo que ser tarjeta amarilla.
―Tarjeta amarilla y un demonio. Sabes que ese idiota estaba fingiendo, nadie le tocó para que se echara a llorar como una nena en medio del campo. ¡Oh, por Dios! ―Toga se sobresaltó ante un movimiento peliagudo del equipo contrario al que apoyaba―. ¡Eso sí que fue una falta!
Sesshomaru sólo roló los ojos y regresó por donde había llegado sin que nadie notara su presencia. Su padre era fanático a morir de los deportes, especialmente del fútbol, atributo que contrastaba drásticamente con su imagen severa e impecable. No le sorprendía en lo absoluto que hubiera sido su idea ir a ver el partido en el comedor, donde los televisores eran muchísimo más grandes que en cualquier otro lado. En las épocas de los mundiales no había quien lo sacara de ahí cuando le tocaba jugar a Japón. Al menos Sesshomaru era mucho más discreto que él cuando esto pasaba, por lo que nadie debía saber que también sintonizaba los eventos más importantes en el más absoluto de los silencios.
Ignorando el bullicio que dejaba atrás, avanzó elegantemente por el gran recibidor y salió en cuanto las puertas de vidrio se abrieron automáticamente.
Takahashi ya estaba ahí, de pie y mirando hacia la calle de forma distraída, un poco apartada del complejo empresarial, seguramente buscando no estorbar a nadie que quisiera entrar o salir. Tuvo que haber escuchado los pasos a sus espaldas, pues antes de que llegara a su lado ella se giró y lo miró a la cara, formando, quizás inconscientemente, una pequeña sonrisa nerviosa.
―Señor Taisho ―se inclinó a modo de saludo.
―¿Has esperado mucho? ―cuestionó él sin ninguna emoción en particular.
―No, sólo unos cinco minutos. No quería llegar tarde ―aclaró Rin torciendo la cabeza hacia un lado. Antes de que él le indicara que lo siguiera, lo interrumpió abruptamente. Era claro que había pensado decirle aquello por un tiempo y quería hacerlo cuanto antes―. Pero, si me permite… Tengo que estar en mi puesto a las dos de la tarde. Olvidé mencionarlo ayer ―de todas formas no es como si me hubiera dado mucho tiempo para decirlo. O al menos para pensarlo.
―Llegarás a tiempo ―contestó sin cambiar su semblante ni un ápice. Seguidamente hizo un movimiento breve para que lo siguiera por aquella cuadra. Pasaron la entrada subterránea del estacionamiento que estaba en el lateral del edificio y siguieron por la acera hacia la calle de atrás.
―Oh, ¿no iremos lejos? ―respiró aliviada al ver que no tendría que montarse en ningún vehículo. Si algo salía mal, siempre podía echar a correr hasta la clínica, pensó rápidamente. Qué cosa más alegre se me acaba de ocurrir, estuvo a punto de gruñir.
Como era obvio de adivinar, Rin había estado muy frenética a lo largo del día. Incluso hasta más de lo que había estado cuando le regresó su chaqueta poco después de año nuevo. No había transcurrido tanto tiempo desde entonces, pero la cantidad de movimiento de los últimos días le había hecho creer que ya estaba a mediados de abril.
Pasó unos diez minutos completos acurrucada en la cama con los ojos abiertos sin creer lo que había prometido hacer aquel día. Tuvo que repetírselo una y otra vez para asegurarse de que no era un producto de su imaginación. Aunque técnicamente no había prometido nada, él sólo le había puesto la hora sin darle una oportunidad de réplicas o negativas. Y era precisamente su cruda insistencia ―por ponerle un nombre― lo que más le había llamado la atención.
Sesshomaru Taisho era un hombre muy particular.
¿Sería posible que se comportara de esa manera únicamente porque quería más detalles sobre aquel día que se encontraron por primera vez? Le parecía muy obvio que ésa fuese su meta principal, y tenía sentido. Estando en su lugar, Rin también querría saber qué rayos le había pasado a alguien que había socorrido, especialmente si su caso parecía ser de tintes tan oscuros.
Caminaron otra cuadra más en total silencio, con Rin más concentrada en escanear rápidamente los alrededores en busca de algo que le hiciera saltar las alarmas y memorizando cada pequeño detalle a la vista en caso de emergencia. En cuanto llegara al sitio al que Taisho la conducía no tardaría en escribirle a la detective para indicarle su posición. No le había dicho con quién saldría, ni siquiera le dijo que iba a cambiar un poco su rutina porque no tenía que darle explicaciones. Con que ella supiera el lugar era más que suficiente por el momento. Una cosa era contarle a la psicóloga sobre su extraña relación con Taisho y otra muy distinta era decírselo a la policía. No quería que lo pusieran en una lista de sospechosos o indagaran en su privacidad sólo porque se saludaban y era la segunda vez que comían juntos.
Aunque… eso era en realidad lo más lógico y sensato. ¿No era mejor que todas las personas con las que se relacionaba quedaran expuestas para mayor seguridad? Le dedicó un vistazo rápido a su acompañante, que miraba al frente como si estuviera caminando él solo, y se preguntó si estaba haciendo lo correcto al ir con él y mantenerlo todo en secreto.
Sesshomaru escogió ese preciso momento para verla por el rabillo del ojo y la muchacha desvió la vista hacia otro lado, arrugando los labios. Odiaba cuestionar todo lo que hacía, siempre la hacía sentir incluso peor. ¿Y si le decía a Taisho que lo sentía y regresaba a terreno seguro? ¿Sería muy tarde para echarse para atrás?
―¿Ocurre algo?
―¿Eh? ―Rin volvió en sí de su plática interna para darse cuenta de que Taisho se había detenido―. N-no, no pasa nada. ¿Es aquí?
Iba tan distraída ahogándose en un vaso de agua que ni se había dado cuenta de que estaban parados justo delante de un restaurante francés con una pinta muy elegante. En realidad estaban a las afueras de un hotel y el restaurante era parte de su fachada, dándole un toque bastante sofisticado con la alfombra azul hasta las elegantes puertas de madera y vidrio, los pequeños pinos perfectamente podados y el nombre en letras cursivas y doradas que ni siquiera podía leer.
Santo cielo, hasta tienen un portero vestido a juego. ¡Espero que me alcance el dinero que traje conmigo!
Con mucha aprensión ante tanto lujo, no le quedó otra más que seguir los pasos de su acompañante hasta que el hombre de la entrada abrió las puertas para ellos. Por la apariencia del exterior, Rin ya sabía exactamente cómo se vería por dentro. Elegante, de buen gusto y definitivamente caro. Muy, muy caro. Un mesonero se encargó de recoger sus abrigos y colocarlos en un perchero a un lado de la entrada. Sesshomaru la guió hasta una mesa para dos casi en el centro de la estancia, donde uno de los varios pequeños candelabros de cristal guindaba sobre sus cabezas.
Se respiraba un aire muy sobrio y Rin casi podía escuchar que las conversaciones de los demás comensales iban sobre las grandes cantidades de dinero que tenían y las fiestas que planeaban hacer en sus yates privados por el Caribe. Por fortuna había sido lo suficientemente previsiva como para vestirse un poco mejor de lo que solía hacerlo regularmente, e incluso se maquilló más allá de su acostumbrado brillo de labios.
Y ella que pensaba que la invitaría a pasar al comedor de su compañía o a la misma cafetería de la vez anterior. Claramente Taisho se lo había tomado muy en serio esta vez.
El mismo mesonero que les había guardado los abrigos se acercó diligentemente hasta la mesa para entregarles un par de menús, saludando cordial y respetuosamente a Sesshomaru e ignorándola a ella por completo, lo cual no le extrañó en absoluto. Hasta lo prefería así. Rin se sentía tan desentonada con el lugar que lo único que quería era hundirse en la mullida silla de terciopelo y que nadie notara que estaba ahí.
Tratando de distraerse un poco para que no se le arruinara la salida, y al ver que Taisho iba a lo mismo, abrió el menú y se puso a ojearlo en busca del platillo más económico para que su billetera no regresara a casa expulsando polillas.
―¿Éstas son ancas de rana? ―dijo sin poder contenerse tras leer la larga lista de comidas―. Confirmado que es un restaurante cien por ciento francés.
Sesshomaru la miraba por encima de su carta como si no se hubiera esperado aquel comentario. Y Rin, cayendo en la cuenta de que había dicho una gran estupidez, regresó la mirada a su lugar con el rubor invadiéndole las mejillas.
Al regresar el mesonero, Rin no tuvo mayor opción que pedir algo de la sección para niños, pues no creía que podría costearse los platos para los adultos.
El lado bueno era que como el sujeto que tomaba la orden apenas le prestaba atención, la voz casi no le tembló cuando tuvo que hablar con él. Al menos le era más fácil controlarse de esa manera, cosa que obviamente Taisho notó.
―¿Es todo lo que vas a ordenar? ―abordó él en cuanto el mesonero se retiraba. Rin, que había aprovechado ese momento para enviarle un mensaje diciendo dónde estaba a la detective, levantó la cabeza de golpe de su teléfono.
―Es que no como tanto ―se excusó tratando de no darle importancia. Además de que no tenía ni la más remota idea de qué rayos iba en la mayoría de los platillos porque tenían unos nombres rarísimos y no quería cometer el error de ordenar sin querer un plato de caracoles, pero eso no era necesario expresarlo en voz alta.
Ahora que no había nada de por medio que pudiera usar para dedicarle fingidamente su atención, se hizo un silencio muy incómodo en la pequeña mesa.
―Y… ¿qué tal su día?
―Poco interesante.
Si lo dice así más le creo.
―¿Todo está bien en su trabajo?
―Sin novedades.
―Creo que usted no es del tipo que habla mucho ―sonrió ella para alivianar el ambiente―. ¿Le molestaría si le pregunto una cosa?
―Esta sería la tercera ―observó él levantando una ceja. Aún no cambiaba su expresión facial y Rin no sabía si aquello era una buena señal, pero aún así decidió seguir.
―¿Por qué quiso que lo acompañara hoy, señor Taisho?
Sesshomaru entrecerró un poco los ojos al examinarla, aunque Rin tuvo la suficiente perspicacia de notar que no había enfado en su rostro. Daba la impresión de que él también se lo estaba preguntando muy seriamente.
―Asumí que te agradaría ―ahora fue el turno de ella para arrugar el entrecejo con extrañeza. Cómo quería preguntarle abiertamente ¿Por Dios, en serio? ¿Y cómo fue que creyó eso? Pero no se atrevía a soltar semejante falta de sutileza ante un tipo tan serio y reservado como él. Como no encontró una manera lo suficientemente educada como para expresarle su incredulidad, optó por dejarlo pasar de momento.
―Pues es usted muy considerado ―busca algo de lo que hablar, lo que sea. Pero que no sea estúpido―. ¿Desde hace cuánto que viene a este lugar?
―Años. La empresa suele ofrecer cenas de negocios para los asociados que se hospedan en el hotel.
―Vaya, sí que les dan un buen tratamiento ―silbó al pasear de nuevo los ojos por el local tan finamente decorado que no tenía nada que ver con la cómoda y agradable cafetería de la vez anterior. Un pensamiento le pasó zumbando por la mente de repente―. Disculpe mi atrevimiento, pero el señor que estaba esperándolo ayer…
―Jaken. Es mi asistente.
―¿Su asistente? ―se sorprendió ella, y justo antes de abrir la boca para soltar un comentario, se mordió los labios para evitarlo.
―¿Qué ocurre con él?
Rin le lanzó una mirada de derrota pensando que no tenía que haberlo mencionado en primer lugar. Justo cuando NO tenía que decir nada estúpido.
―Es que… me recordó a un personaje de un libro ilustrado que leía cuando era pequeña.
―¿Qué personaje?
―Un kappa.
Esta vez sí notó claramente que la seriedad del rostro masculino flaqueaba un poco. Alentada por esa reacción, dejó salir una risita baja entre dientes a modo de disculpa.
―Lo siento, es que el dibujo era exactamente igual a él, al menos de lejos. Estoy segura de que no debe ser nada como ese personaje tan pesado y fastidioso que no se callaba en toda la historia.
―Te equivocas ―dijo él con un tono monótono, pero aún así Rin se volvió a reír. Quizás aquella salida no sería tan difícil como se lo había imaginado.
Llegó un mesero nuevo con la orden de las bebidas y las colocó impecablemente frente a cada uno. Para él, un vino blanco y para ella una limonada. Estuvo a punto de pedir un refresco de naranja ―su favorito―, pero al haber tomado un platillo de la sección infantil tampoco quería dejar mostrar malas apariencias, como si ella no fuera más que una niña un poco crecida. Lo cual, lastimosamente, era verdad en cierto aspecto. Aún así no quería desentonar aún más en aquel elegantísimo lugar, y menos en frente de Taisho.
―Entonces, ¿qué se siente tener un kappa como asistente? ―se le ocurrió decir luego del primer sorbo a su limonada―. El personaje del libro no dejaba de seguir al protagonista a todos lados en su aventura, y aunque siempre quería ser de ayuda, generalmente terminaba metiendo la pata y agobiando a su acompañante porque no se callaba nunca.
―Ese parece ser un resumen muy certero sobre Jaken.
Rin lo miró con los ojos bien abiertos, aún con la pajita en la boca.
―No lo dirá en serio ―pero la expresión en el rostro de Taisho le dejó saber que era en serio. Vaya, pobrecillo el Señor Kappa. En el libro siempre tenía las mejores intenciones pese a su naturaleza pedante, así que esperaba que, de ser así el caso del asistente, al menos éste no supiera lo que su jefe pensaba de él. Ahora haber traído el tema a flote le sentaba un poco mal porque no podía evitar sentir que se estaba metiendo con alguien que no le había hecho nada―. Pero apuesto a que no lo cambiaría por ninguna otra persona, ¿verdad?
―Probablemente no.
El silencio incómodo volvió a rodear la mesa que compartían, y lo único que llenaba el aire era la música clásica que salía por los altavoces astutamente ocultos a la vista del público. Rin hizo el intento de sacar más temas de conversación, pero siempre se retractaba al último minuto. Era obvio que no podía hablar con él simplemente de cualquier cosa como lo haría con sus amigos más cercanos, pero el sentir que su mirada dorada se posaba de vez en cuando en ella, como si esperara que dijera algo, la inquietaba aún más.
En circunstancias comunes, cuando ella era normal en toda regla, lo último que podía esperar al estar con otra persona era que se hiciera silencio. Siempre se le ocurrían mil cosas de las que hablar y no le costaba nada entretener a los demás con cientos de anécdotas e historias graciosas que había acumulado con el tiempo.
Pero aquella Rin estaba oculta tras un grueso cascarón que parecía ser de acero blindado, y el que semejante oyente la estuviera esperando afuera de éste no la animaba mucho a salir.
Casi dio un brinquito cuando el celular que guardaba en su bolsillo comenzó a vibrar. Se disculpó con Taisho y vio en la pantalla que era la detective quien la estaba llamando. Tenía la intención de levantarse para atender, pero Taisho le indicó con un gesto que no era necesario. Ante eso Rin no quiso debatir por el carácter de urgencia de la llamada, así que sólo se alejó un poco de la mesa girándose de lado en la silla y se llevó el aparato al oído.
―¿Buenas tardes?
―Hola, Rin, ¿cómo te va? ―sonó la agitada voz de la oficial al otro lado de la línea como si hubiera estado corriendo―. Me hubiera gustado llamarte antes, pero se presentó un pequeño problema en la estación y no se me dio la oportunidad.
―¿Se encuentra usted bien?
―Sí, sí, sólo era un recluso que se resistía mucho a ser interrogado e intentó escapar haciéndonos correr por un rato. Nada del otro mundo. Pero no tiene nada que ver con el motivo de mi llamada. ¿Sigues en el restaurante?
―S-sí ―asintió al darle un vistazo rápido e inconsciente al hombre al otro lado de la mesa.
―¿Estás acompañada por alguien o estás sola? ―no perdió el tiempo en preguntar.
―Estoy acompañada. No ocurre nada malo, se lo prometo, no hay nada de qué preocuparse ―siseó en tono bajo, preparándose para levantarse de la silla e ir a hablar a otro lado, cosa que tuvo que haber hecho desde un principio pese al gesto de su compañero―. Discúlpeme, pero ¿cree que podamos hablarlo en otra oportunidad, por favor? Le explicaré todo entonces, pero ahora… bueno, ahora no es el mejor momento.
―Pero Rin… ―la detective se cortó como si lo meditara y un par de segundos después soltó un suspiro―. Bien, de acuerdo. Estaremos pendientes de ti hasta que nos digas que has regresado, ¿escuchas? Cualquier cosa que pase te ruego que nos lo comuniques cuanto antes. ¿Tienes el llavero a mano?
―Siempre. Le aseguro que así será, muchas gracias. No tiene de qué preocuparse. Hasta luego y que tenga un buen día ―finalizó la llamada y volvió a guardar el celular en su bolsillo para sentarse adecuadamente de cara a su interlocutor―. Lo siento mucho.
―No te disculpes ―negó él con una parca seña. Si ella se sentía mal por una llamada de apenas unos segundos, ¿cómo sería si tuviera que responder todas las que a él le llegaban a su teléfono a cada hora? Afortunadamente Sesshomaru lo había dejado en modo silencioso para evitar inconvenientes y podría revisarlo una vez que estuviera de vuelta en su despacho.
Aunque debía admitir que aquel pequeño momento le había interesado más de lo que debería. Así que había al menos una persona que la tenía bien vigilada y quería saber todos sus movimientos. A juzgar por la manera en la que Takahashi se desenvolvía durante la comunicación, podía adivinar que apreciaba sinceramente la preocupación que parecía expresarle quien sea que estuviera al otro lado de la línea. Y lo que lo hacía más curioso era que se había negado a mencionarlo específicamente a él. ¿Acaso no se suponía que debía salirse de su ruta y menos si iba con alguien más?
Realmente quería preguntárselo directamente, eso y muchas otras cosas. ¿Sería por la persona que la llamó que Takahashi no podía salir por la noche o era por otra razón? ¿Por qué siempre miraba todo a su alrededor como si buscara una vía de escape? ¿Acaso aquella cosa que la había perseguido y herido en Kioto seguía representando un peligro para ella?
Sesshomaru la observaba sin siquiera parpadear sobre su copa, aprovechando que Rin paseaba la mirada por el restaurante y sus comensales una vez más para escapar de la tensión que los rodeaba. Pero en cuanto notó que era objeto de su total atención, enmarcó una expresión más tranquila y decidida.
En un intento de no dejar que la situación se tornara aún más incómoda, optó por hablar libremente de la primera cosa que se le vino a la cabeza.
―Dígame, señor Taisho, ¿ha viajado mucho gracias a su trabajo?
―Eventualmente. Aún lo hago.
―¿Ha podido visitar otros países? ¿Cuál ha sido el que más le ha gustado? Si me dieran a elegir probablemente me pasaría unos días en Holanda, África del Sur o Nueva Zelanda. ¡Debe ser tan bonito todo por allá! ―exclamó soñadoramente, aunque intentando ocultarlo.
―¿Por qué esos lugares? ―preguntó él. Su cara no había cambiado, y ella dudaba mucho que lo hiciera en cualquier momento, pero el que su voz mostrara algo de interés, aunque fuera en una medida de cucharita de té, era bastante alentador.
―Bueno, cada uno tiene algo que me atrae. Holanda por sus campos y jardines de flores, especialmente los tulipanes. Me encantaría ir en primavera y pasear por todos esos parques llenos de colores y aromas. África del Sur sería para hacer safari y ver a los animales en su hábitat natural, la cantidad de fotografías que podría tomarles sería fenomenal. Y también me gustaría visitar los centros de cuidado de fauna silvestre para ver cómo atienden a los animales heridos o huérfanos. Tal vez me dejen acariciar cachorros de león o alimentar rinocerontes bebés ―sonrió anchamente al pensar en esa posibilidad―. Y Nueva Zelanda… es simplemente hermosa. Amaría poder hacer senderismo o escalar algunas de esas montañas y poder ver el cielo abierto durante la noche. Debe ser espectacular poder ver tantas estrellas sin nada que estropee la vista.
―Te gusta la vida al aire libre, por lo que veo ―comentó él. Ella lo miró con una sonrisa muy sincera tanto en los ojos como en los labios. Hablar de ese tipo de temas siempre la animaba y ayudaba a sacar a relucir un poco su carácter original que se ocultaba tras un muro de precauciones y miedos.
―Muchísimo. La vida en la ciudad me parece estresante y poco natural, especialmente cuando has vivido siempre en una zona más o menos rural con bosques y montañas por todos lados.
Al terminar aquella pequeña oración, dos mesoneros se acercaron con sendas bandejas plateadas que llevaban sus respectivos platos y platillos acompañantes. Para Sesshomaru un filete de cordero, champiñones y cebollas en una salsa irreconocible y vegetales hervidos, con un platito con aceite de oliva y otro con pequeñas rodajas de pan tostado. Y para ella… atún con ensalada de brócoli y patatas hervidas.
Vaya, hasta para los niños la comida es elegante, se asombró al ver la impecable presentación. Casi hubiera preferido preguntar si tenían la Cajita Feliz de WcDonald's disponible.
―¡Buen provecho! ―deseó ella dedicándole un mohín, pero esperó a que él comenzara para atacar también su plato. No sabía nada mal, de hecho.
―Si no te gusta vivir en grandes ciudades, ¿por qué escogiste vivir en la más poblada del país? ―cuestionó Sesshomaru de repente cuando Rin tragaba su tercer o cuarto bocado. Su corazón se aceleró un poco al ver el camino que intentaba tomar con ese tema, por lo que se esforzó por buscar una respuesta que lo alejara de él.
―Se me presentó la oportunidad y la tomé ―encogió sus hombros―. Tengo algunos asuntos que atender aquí, y si todo sale bien regresaré a mis amados suburbios en cuanto termine con todo lo que debo hacer.
Por el tono que había empleado, Sesshomaru se dio cuenta de que sólo quería zanjar el asunto y evitar más preguntas.
―Pero qué descortés soy acaparando la conversación. ¿Qué me dice usted? Creo que no le dejé responder la pregunta que le hice sobre el lugar que más le ha gustado visitar en sus viajes.
El hombre permitió que se hiciera el silencio mientras le daba un sorbo a su vino y se llevaba una porción de sus alimentos a la boca. Rin lo miraba con educada expectación desde el otro lado de la mesa.
―No he pensado mucho al respecto. Noruega, tal vez ―dijo él―. Y Kioto.
Aquello último la tomó desprevenida, tanto que casi se le resbala el tenedor de la mano.
―¿Kioto? ―repitió sin poder controlar el ligero temblor en su voz. Afortunadamente supo corregirlo a tiempo―. Kioto es muy bonito, ¿verdad? Es tan tradicional y cultural que uno siente que viaja al pasado. Hay algunos templos que son muy interesantes y las antiguas casas señoriales siempre son un espectáculo de ver.
La muchacha volvió a centrarse en su plato para no tener que verlo a la cara. Más que ser una cobardía era una reacción involuntaria. Sólo rezaba por no escuchar preguntas más directas sobre aquello que no quería tocar, pues no tenía la menor idea de cómo reaccionaría o respondería.
―¿Y Noruega? ―mencionó repentinamente, aún sin levantar los ojos de sus alimentos―. ¿Por qué Noruega?
―Es un país interesante ―se limitó a decir―. Es uno de los socios más poderosos que tenemos, sigue un modelo económico impecable y de rápido progreso que debería ser adaptado más frecuentemente en el resto del mundo.
Ésta vez ella tuvo que mirarlo para cerciorarse de que estuviera hablando en serio. Sí, así parecía. Vaya, ella hablando de naturaleza, flores y animales y resultaba que para él lo más importante de un sitio era su potencial económico. Tenía su lógica al ver cuál era su oficio, claro.
―Además ―continuó él, devolviendo los ojos castaños hacia su persona―, las ciudades no son tan grandes y pobladas como en Japón. Es más pacífico.
―¿Preferiría vivir en un sitio así?
―Sería menos problemático ―contestó simplemente al volver a llevar la copa a sus labios. Aquello le había devuelto la sonrisa a Rin. Al parecer sí tenían algo en común después de todo.
Los minutos fueron pasando y la pequeña conversación se mantenía rondando por esos temas, unos en los que Rin obviamente tenía la mayoría de la palabra. Pero al menos gracias a eso se le hacía cada vez más fácil hablar en frente de él sin que la lengua se le trabara o la ansiedad tomara su lugar. Taisho, por su parte, se limitaba únicamente a escucharla sin omitir casi ningún comentario, generalmente en forma de monosílabos o frases muy cortas, pero Rin ya se había acostumbrado y no lo encontraba desagradable. Era como si aquel hombre, con su silenciosa presencia, le animara a desenvolverse con más soltura y desatara su verdadera personalidad carismática y habladora.
A las dos menos cuarto Sesshomaru pidió la cuenta con un gesto mudo, y no tardó en acaparar la pequeña carpeta de cuero que le había entregado el mesonero con la factura adentro. Anticipándose a sus intenciones, Rin sacó la cantidad exacta de dinero que había costado su plato y bebida, dejando su billetera casi totalmente vacía.
―¿Qué estás haciendo? ―se fijó él al ver que contaba los billetes para asegurarse.
―Es lo que me corresponde ―explicó, alzando lo que tenía entre las manos para enseñárselo.
―¿Y supones que lo aceptaré?
Rin puso cara de incomprensión y torció un poco la cabeza.
―Bueno, sí. Es lo justo, ¿no?
―Fui yo quien te trajo aquí ―contrarrestó Sesshomaru en un tono duro―. Guarda eso.
―Vamos, no puedo dejar que pague de nuevo por mí. Hizo lo mismo en la cafetería y me sentí un poco mal por eso.
―¿Por qué? ―entrecerró los ojos. Casi parecía ofendido.
―Es que me apena ―trató de excusarse ella, incómoda por tal penetrante mirada. ¿Por qué le molestaba un asunto tan trivial como el que quisiera dividir la cuenta?―. Usted ya lo hizo una vez, ahora quisiera pagar mi parte. No tiene nada de malo.
Muy en el fondo aquella situación le causaba algo de risa, aunque intentaba camuflarlo lo mejor posible con su cara de educada perplejidad más convincente. Agradecía mucho su buen gesto de invitarla a comer, pero el que pagara por ella una segunda vez le parecía un abuso.
―Quizá la próxima vez ―Sesshomaru metió su tarjeta de crédito y su identificación en la carpetita y llamó de nuevo al mesero para que se la llevara, dejando a Rin con el dinero en la mano y la boca ligeramente abierta.
No sabía si reír, indignarse, preguntarse qué rayos o sorprenderse. Seguramente la última opción. ¿Había oído bien? ¿La próxima vez? Una sonrisita inconsciente se formó en sus labios y su expresión se relajó hasta el punto de bajar completamente los hombros que mantenía ligeramente tensos.
―No crea que lo olvidaré ―le dijo un tanto distraída. No sabía muy bien cómo sentirse, y ni siquiera quería pensarlo demasiado para no arruinarlo.
Se levantaron al unísono en cuanto Taisho recibió de vuelta su tarjeta y carnet y se colocaron los abrigos que un asistente les había alcanzado diligentemente al llegar a la puerta.
―No creo que sea prudente salir ahora, señor. Ha comenzado a nevar y no parece que se detendrá pronto. ¿Prefiere que le llame un taxi? ―les habló el hombre, o más bien, el muchacho, pues no parecía mucho mayor que Rin. Para comprobar que sus palabras eran ciertas, Sesshomaru abrió la puerta de un tirón y se encontró con un panorama poco alentador.
Los finos copos de nieve caían copiosamente y sin descanso, hasta el punto de que casi parecían ser gotas de lluvia. La brisa no era muy fuerte, pero daba la impresión de que empeoraría en cualquier momento. Miró su reloj de pulsera y vio que faltaban diez minutos para las dos de la tarde. Sus ojos fueron hasta Rin, que observaba con aprensión el exterior asomándose por el otro lado de la puerta.
―Tengo mi paraguas ―dijo ella al saber que era objeto de su atención.
Sin más que decir, Sesshomaru salió del local para ser recibido por el viento helado. Unos segundos después, la muchacha tenía el paraguas amarillo sobre su cabeza, el mismo modelo viejo y algo torcido que había llevado la última vez. Tenía que extender el brazo para cubrirlo a él también por la diferencia de estatura, por lo que el hombre tomó el mango y lo alzó con mayor comodidad sobre ambos, recibiendo un agradecimiento mudo por parte de Rin.
―¡Santo cielo, qué frío! ―se quejó la chica cuando el aire la golpeó de lleno en la cara al comenzar a recorrer la calle. Tuvo que encogerse un poco en sí misma para mantener la temperatura, acercándose involuntariamente a quien iba a su lado.
Pero cuando se dio cuenta de lo que hacía sólo unos instantes más tarde, notó cómo todo el calor de su cuerpo la abandonaba para irse a refugiar en su rostro. Iba caminando muy cerca de Taisho, hombro con hombro para caber los dos bajo el paraguas. Nunca había estado tan cerca de él, y a pesar de todo el frío y el doloroso viento que le lastimaba la piel, no creyó sentirse más cómoda antes. Era raro, porque aquella era la primera vez que había tan escasa distancia entre ella y un hombre ―sin contar a su abuelo, a quien abrazaba cada vez que podía―. Ni siquiera había podido recuperar toda la confianza que sentía con sus amigos masculinos como para sentirse tranquila ante tanta cercanía, pero con Taisho no tenía la urgente necesidad de hacerse a un lado para dejar de tocarlo. Tenía algo que relajaba todos sus sentidos, los mismos que siempre estaban en alerta permanente ante cualquier desconocido y no tan desconocido. No importaba que no tuviera el don de la palabra, que fuera serio, callado y poco demostrativo. Le era reconfortante estar con él.
Cuando llegaron a la calle donde estaba la gran multinacional, Rin se sintió un tanto decepcionada de que el tiempo no hubiera transcurrido más despacio. Todo lo contrario a cómo había sido en el camino de ida al restaurante.
―Será mejor que se quede para no mojarse más, ¡con el frío que hace! ―abordó la muchacha cuando se protegieron bajo el techo de la entrada y él le entregó el paraguas. Se quedó mirándolo por unos segundos con la mente en blanco, y al darse cuenta de que lo que hacía era un tanto maleducado, se apresuró a despedirse. El corazón se le había acelerado y lo mejor era emprender la retirada―. M-muchísimas gracias por todo, señor Taisho. La comida estuvo deliciosa, el lugar precioso y la compañía muy entretenida ―se rió por lo bajo―. La siguiente vez va por mi cuenta, no lo olvide. ¡Hasta luego y que tenga un muy buen día!
Sesshomaru correspondió la inclinación educadamente y esperó a que ella cruzara la calle e ingresara a la clínica antes de hacer lo propio en su edificio correspondiente. No había pasado por alto que Takahashi había sonreído durante todo el trayecto, según pudo apreciar con las rápidas miradas que le había dedicado y en todas ellas poseía la misma apariencia distraída y feliz.
Él también había disfrutado de aquella peculiar salida. Y eso era algo que prefería mantener para sí mismo.
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¡Bueeenas! Nuevo capítulo, nuevas esperanzas para esta hermosa ship que se mantiene a flote contra todo pronóstico. Rin con su terrible pasado que le da una inseguridad de mil demonios, y Sesshomaru con su único interés de averiguar sobre este, y nada más. Sí... nada más, cómo no. *Alza las cejas sugerentemente*.
Pasamos a la segunda cita, un almuerzo algo incómodo al principio, pero que supo fluir de manera normal entre conversaciones ligeras, chistes a costa de Jaken (porque no hay que perder la costumbre ni aunque sea un AU) y una conversación que Sesshomaru intentó tornar a su favor para sonsacar información sutilmente, pero que Rin supo torear para evitar. Oh, y a él le encantaría ser mucho más directo, pero sabe que si lo es, Rin huirá despavorida y perderá la oportunidad. Es un sujeto calculador y cuidadoso, así que primero tantea el terreno en busca de una abertura... pero, ¿quién dice que mientras lo hace no pueda cambiar el enfoque de su interés? *Alza las cejas otra vez*
Este fue un capi ligero y divertido de escribir. Disfruté mucho caracterizar al señor Taisho, haciéndolo un hombre recio y formal... pero un hombre al fin, uno con típicas debilidades masculinas. No puedo mentir, ese trocito del partido me lo inspiró mi papá cuando pierde los nervios en un partido del Real Madrid xD Me pareció gracioso incluir que, a pesar de su apariencia, es un tipo normal que disfruta de cosas normales como lo son los deportes. Sesshomaru también es así, pero en una medida mucho menor y, por supuesto, sin público que pueda atestiguarlo xD
¡Oh, y quienes pensaron que Inuyasha le propondría matrimonio a Kagome acertaron! El próximo capítulo se darán detalles de cómo fue la extraña pero adorable pedida de mano, además de que también será la tercera cita, así que habrá romance por partida doble.
¡Muchas gracias a todas por sus adorables reviews! Adoro sus comentarios, sus esperanzas y palabras de ánimo, ¡serán bien invertidas, lo prometo! Gracias especiales a quienes comentaron durante la semana DanisSmile, Star firee, Cath Meow, Floresamaabc, Mina Rose, Alambrita, DreamFicGirl, SeeDesire, Tanianarcisa, Gogo Yubhari, NUBIA, Lucemg, Sakura521, Annprix1, Jenks, Freakin'love-sesshourin, Katy-Ber, Bucitosentubebida, Aoi Moss (x2), RYTH (x2), Daniela Taisho, Nancyl1313 y Rosedrama. Espero que hayan disfrutado nuestra cita con Sesshomaru y que se arreglen para el próximo fin de semana, que nos toca la siguiente xD
Un beso a todos, ¡hasta el sábado!
