Creo que algo que no me gusta de la universidad es el tiempo que me saca de escritura. Pero bueno, por el momento tengo que hacerlo porque todavía no existe el puesto de trabajo "escritor de fanfics". Ya va a llegar el día en el que el mundo nos necesite...
X
Se sentía casi cómo un sueño, el mejor de su vida, de esos de los que no se quiere despertar para no romper la ilusión; ¿si abría los ojos la joven seguiría estando en sus brazos?
Con pereza y temor movió los párpados y la ligera luz del día lo cegó por un segundo. Cuando pudo ver con claridad, una enorme decepción lo inundó al encontrarse su abrazo vacío y oír el ruido de la ducha desde el baño. Se restregó los ojos y vio por la ventana el amanecer, dando a suponer que era bastante temprano para levantarse, aún más teniendo en cuenta que era domingo.
Han Solo usó toda su fuerza de voluntad para salir de la cama, no sin antes bostezar y desperezarse con ganas. Fue hasta la puerta del baño en suite y la abrió lo suficiente para que su voz se oyera.
-¿Leia?
-Oh, Han. ¿Quieres ir encargando el desayuno?
-Venía a preguntarte si podía unirme a tí, cariño.
-No-respondió ella casi con frialdad-ya salgo.
-De acuerdo.
Le hizo caso y fue directo al teléfono de la habitación para pedir el desayuno. Mientras lo esperaba fue a colocarse algo sobre el torso: buscó por el dormitorio hasta dar con la camiseta sencilla y básica que llevaba la noche que conoció a Leia una semana atrás. Era gracioso ver la prenda desgastada en medio de camisas carísimas y sacos elegantes, recordándole que seguía siendo el mismo canalla de siempre y que nadie, ni siquiera su princesa, podría cambiar esa esencia.
La comida llegó y al segundo Leia salió del dormitorio en bata, con el pelo mojado y suelto, siempre con todo esplendor. La seriedad y adultez de su aspecto se iba al demonio cuando se encontraba así, y era cuando a Han más le encantaba esta chica; abrió los brazos, pretendiendo darle un cálido saludo matutino, pero ella fue directamente a su silla casi sin mirarlo.
-Buen día-saludó con una simple sonrisa. Han ya le había servido café y se sentó a su lado-¿como dormiste?
-Excelente. Creo que soñé que besaba a una hermosa princesa-susurró, guiñando un ojo. Leia se sonrojó y se ocultó en su taza-¿tú?
-Estaba durmiendo bien, hasta que un sinvergüenza me despertó para besarme.
Han rió con humor, pensando que esa mañana todo era perfecto.
-¿Qué haremos hoy?
-Iremos a un partido de polo, y luego vendré aquí porque tengo que hacer las maletas.
-Cierto-la mañana ya no era tan perfecta-¿te irás entonces?
-Tengo que, es mi trabajo. Pero por el momento solo a Londres-dijo antes de ponerse de pie. Han la imitó y la frenó antes de que pudiera irse para robarle un beso tierno y suave en los labios; cuando se apartó, observó que tenía los ojos cerrados, cómo si meditara algo.
-Entonces es nuestro último día juntos.
-Parece serlo.
-Podríamos quedarnos aquí todo el día despidiéndonos cómo corresponde-dijo Solo con su tono de broma, que en el fondo escondía una tristeza que saltaba en sus ojos avellana. Leia era mejor para esconder sus emociones tras una fría máscara, queriendo disimular cuanto la angustiaba pensar en la persona que dejaría atrás; desde que se había despertado estaba arrepintiéndose de los apasionados besos que compartieron durante la madrugada porque habían sido el paso final para caer en el abismo: estaban enamorados, locos por el otro, pero no se ilusionaría con un romance utópico e idealista que era imposible. Pensaba que escondiendo sus emociones no tendría que enfrentarse a ellas.
-Ve a vestirte-respondió ella casi con indiferencia-que llegaremos tarde.
Han pareció notar la frivolidad de su tono porque respondió de la misma manera, recordándole a la noche que habían discutido.
-¿Qué debo ponerme, alteza?
No se molestaron en discutir en que coche irían ni quien conduciría, porque no les hacia falta ese día pelear. Han no era un imbécil cómo para no darse cuenta de que Leia se estaba arrepintiendo de todo, pero dentro de las posibilidades quería despedirse de ella en buenos términos. Conducir lo relajó un poco a pesar de que la tensión se sentía en el aire hasta que llegaron a al hipódromo.
Se encontró rodeado de ese tipo de gente al cual siempre había criticado y hasta a veces casi despreciado: snobs. Viniendo desde muy abajo en la escala social, ver a esas personas pavonearse y hablando tan livianamente sobre el dinero cuando no conocían nada más allá de sus puntiagudas y operadas narices de verdad provocaba una sensación no muy grata; caminaban sin preocupaciones, las mujeres con sus vestidos de domingo y los hombres con pantalones casuales y camisas coloridas cómo si nada sucediera. Han se miró a sí mismo y sintió que no encajaba en esa ropa. Buscó a Leia, que la tenía perdida, y la encontró hablando con otras mujeres y notó cuanto se parecía al resto; se le escapó una pequeña sonrisa, sabiendo que la conocía más allá de eso pero reconociendo que era una excelente actriz.
Sus miradas se cruzaron unos segundos y Leia la apartó rápidamente, yéndose a otro lugar. Han suspiró frustrado, aceptando también que cuando algo se le metía en la cabeza a esa chica era imposible sacárselo. El gesto lo puso de un humor espantoso y se decidió a apartarse para calmarse. Se fue a caminar hacia el lado contrario, donde estaban las carpas en donde se servía la comida y, en la distracción, sintió que chocaba contra alguien.
-Lo siento-se disculpó. Era una chica casi de su edad que trabajaba de moza y se le habían caído un par de vasos vacíos que Han se agachó para recoger y poner de nuevo en su lugar.
-Gracias-sonrió ella.
-¿Mucho trabajo?
-Bastante, todo para que ni siquiera se dignen a mirarte o a darte las gracias.
-Es la primera vez que vengo a esta clase de reuniones, pero esta gente nunca me dio buena espina-rió Han.
-¿Qué? ¿Te metiste sin invitación?
-Digamos que estoy acompañando a una conocida-explicó, y buscó a Leia entre la gente. Se sorprendió (y no de la buena manera) al verla hablando con Isolder, su nuevo "asociado", que vestía el uniforme de uno de los equipos y parecía estar enseñándole su caballo-es la chica bajita de ahí.
-Parece haberte dejado algo de lado.
-Bueno, pero por suerte encontré a alguien con quien hablar-dijo sonriendo de lado, tratando de no darle importancia a la ola de celos que crecía en su interior.
Se sentía de verdad horrible con su comportamiento, pero necesitaba alejar a Han tanto cómo fuera posible. No quería sufrir una despedida inminente cómo la que se avecinaba y pensó que actuar fríamente lo haría menos doloroso (aunque parecía que la medicina era peor que la enfermedad). Sus ojos hicieron un breve contacto por un momento pero lo ignoró con una fingida superioridad, que sabía que el hombre detestaba, y luego se dio la vuelta para buscar otra cosa con que entretenerse.
-¡Leia!-escuchó en cuanto dio unos pasos; encontró a Isolder vestido cómo polista junto a un precioso caballo blanco y se acercó a él con una sonrisa amable.
-Hola Isolder-se sonrojó un poco cuando él le besó la mano-casi no te reconozco con el uniforme.
-No muchos saben que practico polo-rió, acariciando al animal. Leia lo imitó, encantada por el majestuoso equino-¿como estás?
-Bien, ¿y tú?
-Excelente. Quiero darme el gusto de jugar un partido antes de irnos y ponernos a trabajar. ¿Lista para el viaje?
-Algo nerviosa quizá-admitió la joven-abrir una empresa en otro país no es cosa de todos los días.
-Sí, lo se, pero presiento que la pasaremos muy bien-el hombre parecía más que encantado-¿viniste sola?
-No, he venido con Han.
-¿El de la otra noche?
-Sí, pero no se donde estará-musitó Leia, mirando a los costados.
-¿No es ese de ahí?-señaló Isolder. Ella siguió la indicación y sintió cómo el corazón se le paraba al verlo hablar muy animadamente con otra chica, aparentemente una camarera que le sonreía de forma coqueta. Se le puso la piel de gallina y se mordió el labio para intentar retener la horrible sensación que la invadía.
-Sí, es ese.
-Parece bastante entretenido-musitó él. No quería sentir celos, pero se veía que Han ya la había reemplazado. Se preguntó incluso si los sentimientos que compartieron durante sus apasionados besos habían sido mutuos.
-Sí-respondió fríamente. Tomó aire y se volteó a mirar a Isolder con una sonrisa amable-dejémoslo tranquilo. ¿Qué te parece si vamos a caminar y me muestras el campo?
Él pareció maravillado con la idea.
El partido finalizó con el sonido de la campana y los contentos asistentes salieron al campo a cumplir casi religiosamente la tradición de volver a poner el pasto en su lugar; Leia, sin entusiasmo prefirió quedar apartada de esa celebración junto a las gradas, mirando hacia el frente sin poner el ojo en nada particular. Sintió una conocida presencia y oyó la voz masculina que tantas cosas le provocaba.
-Es bastante tonto, el campo no quedará cómo antes.
-Siempre pensé lo mismo.
Sonaba cómo una metáfora de ellos mismos.
-Me habías dicho que te gustaban los partidos de polo-señaló Han con un tono ácido-no pareces contenta.
-No. Quiero irme-dijo Leia antes de voltearse y empezar a caminar.
-Tú eres la que manda-le escuchó decir.
Fueron al hotel sin siquiera cruzar mirada, cómo si el otro no fuera más que un desconocido. Un pensamiento lleno de sarcasmo cruzó la mente de la joven: en una semana habían vivido desde un estado casi de amor idílico a parecerse a una pareja con 40 años de matrimonio que ya no se soportaba.
Hermoso.
Sin saber que hacer cuando arribaron al hotel, fue directo al cuarto a guardar las cosas en sus maletas para el viaje del día siguiente. El vuelo era por la noche, pero se quería ir de esa maldita ciudad cuanto antes.
No notó a Han apoyado contra el marco de la puerta mirándola con seriedad.
-¿No es un poco pronto para que empaques?
-No se, pero creo que tu deberías hacer lo mismo. A no ser que tengas pensado quedarte aquí-siseó ella, y lo siguiente que salió de su boca no eran más que sus pensamientos en voz alta-al parecer ya encontraste compañía.
-¿Qué?
-Nada, olvídalo.
-Repítelo, Leia, te oí.
-Sólo noté que te veías muy contento hablando con esa chica en el partido-mencionó mientras seguía doblando su ropa sin mirarlo. Él la observó fijamente sin poder creer lo que oía.
-Bueno, pensé que no te importaba si buscaba "compañía" teniendo en cuenta de que hoy ya parecías tener ganas de deshacerte de mí, princesa.
-No se de que estás hablando.
-Santo cielo, te comportas cómo una niña-dijo Han, caminando hacia ella mientras la señalaba con el dedo de manera acusadora-no soy tonto, me di cuenta apenas te vi la cara esta mañana: te arrepentiste. Estás arrepentida de todo esto, de haberme pedido que te trajera aquí, de haberme ofrecido quedarme contigo una semana, de haberme permitido conocerte cómo nadie. Te enamoraste de mí, Leia, y por alguna razón no quieres estarlo.
La joven se quedó mirándolo con ira en los ojos.
-No se que tan grande tienes el ego, Han, pero estás siendo ridículo-espetó.
-¿En serio? ¿Me vas a decir qué te fuiste a pasear con Isolder solo porque te cae bien? Tengo 37 años, se darme cuenta cuando intentan ponerme celoso; no te gustó nada verme con esa chica y no quieres admitirlo.
-Lo haría si tú admitieras que estuviste celoso de Isolder desde que lo conocimos, porque si no lo estuvieras no me lo reprocharías.
Lo dejó callado el tiempo suficiente cómo para saber que había dado en el clavo.
Él respiró profundamente, intentando ver cómo respondería a eso. Parecía una competencia de egos, de egos muy grandes.
-Sí, lo estuve. No tengo miedo a decirte lo mucho que me gustas, Leia, pero no me voy a quedar a verte negar lo que sientes por mí solo porque quieres fingir ser una fría empresaria que quiere hacerse un lugar en el mundo de los negocios a costa de su propia felicidad.
Han parecía estar dando los últimos manotazos en un intento desesperado de ayudarla, de hacerle ver que ella no era esa clase de persona. La había conocido durante tan solo una semana y había visto a una joven tierna con más temores de los que aparentaba en su intento de hacerle frente al mundo adulto que se le había ido encima de un día para el otro.
Ya desde pequeña había sido terca, mucho, y peor aún si la hacían sentir cómo una niña que no entendía nada de la vida. Leia sentía que jamás había tenido tiempo ni siquiera de ser una adolescente con la temprana muerte de su madre, y menos de disfrutar su juventud tras el repentino fallecimiento de su padre, así que consideraba que nadie podía ya enseñarle más de la vida y menos aún un tipo que encontró un fin de semana de noche en el barrio más bajo de Los Ángeles. No iba a dar a torcer su brazo en esa discusión: eso era ella, una joven a la que la vida había golpeado incontables veces.
Fría, esa era la palabra, porque el hielo es difícil de romper. Y no estaba dispuesta admitir que Han Solo lo había conseguido.
Se volteó para buscar algo entre sus cosas ante la mirada expectante del hombre; agarró una buena cantidad de billetes grandes y los arrojó sobre la cama.
-Supongo que tendrás que irte entonces-dijo con firmeza antes de retirarse hacia la sala, dejándolo pasmado. Tomó un libro que había dejado sobre la mesa y se sentó en un sofá a leerlo con el objeto de intentar olvidarse de lo que la rodeaba por un rato, aunque estuviese pendiente de que Han saliera del dormitorio o no. Una vocecita en su cabeza gritaba por él, pero otra ignoraba los sentimientos de culpa que empezaban a florecer.
Una eternidad después el hombre salió de la habitación vestido cómo la noche en la que lo había conocido, salvo que esta vez llevaba sobre su camiseta blanca la camisa que había usado cuando fueron al partido. Iba a hacia la puerta, pero se detuvo a mitad de camino y se miraron a los ojos por una última vez.
-Me la llevo de recuerdo de lo que fueron unos días increíbles junto a una hermosa chica que conocí. Y me gustaría que ella tenga el mismo recuerdo-dijo con honestidad-estas son las cosas que te hacen ver cómo una inmadura, Leia, no permitirte sentir algo.
La joven lo vio irse y se mordió el labio. Continuó leyendo por mucho tiempo hasta que se cansó y pensó que tenía sus sentimientos dominados por completo: no quería derramar ni una sola lágrima por él. Decidida a dormir para sacarse de encima el pésimo humor fue hasta el dormitorio, y sobre la cama encontró toda la ropa que Han había comprado y que, al parecer, había decidido no llevarse; a un costado, tal cómo los había arrojado, estaban los billetes, el dinero que le había prometido.
Los tomó en sus manos y, comprendiendo el gesto, se derrumbó en lágrimas.
Leia solo supo que un insistente golpe en la puerta de la habitación le hizo abrir los ojos. No había dormido, solo llorado sentada contra una pared a medida que una enorme sensación de soledad se extendía por su cuerpo y los recuerdos de los momentos vivido en aquel cuarto florecían a cada segundo en su cabeza. Miró a su alrededor: estaba rodeada de todo lo que cualquier persona pudiese desear, pero se sentía miserable.
El golpeteo persistía y ya le estaba dando dolor de cabeza. Se puso de pie y, frente al espejo, secó sus ojos lo mejor que pudo e intentó arreglarse el cabello con las manos para parecer meramente presentable ante el insistente invitado sorpresa.
Llegó a la puerta de la habitación, tomó aire y giró el picaporte, encontrándose con la última persona que esperaba (y quería) ver.
-¿Vader?-inquirió cómo una niña frente a un desconocido.
-Soy Anakin para tí, hija-respondió este con su escalofriante sonrisa, haciéndola a un lado para entrar.
CHAN.
¡No puedo creer que falte tan poco para terminar el fic! ¡Solo dos capítulos! (Sí es que no se me ocurre nada fuera de lo previsto).
¿Qué les pareció? ¿Bueno, regular, malo? Fue muy difícil escribir la parte de la pelea, porque por un lado quería hacerles expresar sus enojos pero tampoco quería que fuera una escena exagerada en donde Leia terminara tirándole la ropa a Han por la ventana (nota mental: hacer fic sobre eso). Además odio hacerlos discutir a modo de que no van a querer verse nunca más, ¡creo que sufro más que ellos!
Cómo siempre gracias a cada uno que se toma el trabajo de dejar un review y a tooodos los lectores, porque ya con saber que hay interesados en la historia me hace reee feliz (aunque un comment siempre llena un poquito más el alma, ¿no?). ¡Nos leemos en un par de días!
