Epílogo
Apesar de la gran protesta por parte de Sanji, el médico ordenó que se quedara en el hospital durante la noche para observación. Tenía una conmoción cerebral leve y el corte debajo del ojo sólo necesitó unas pocas puntadas y los médicos esperaban que su recuperación fuese rápida, pero Zoro sabía muy bien lo cerca que había estado de perder al hombre que amaba.
«Dos segundos más tarde, y Sanji estaría muerto».
El pensamiento hizo que le doliera el corazón cada vez que lo veía y ese dolor se agravó cuando el deber lo obligó a dejar el lado de Sanji, mientras que los médicos lo trataban. Tuvo que hacer frente a los informes, suspender la búsqueda de Lucci y explicar a los medios de comunicación que la amenaza de bomba había sido falsa, sólo una estratagema utilizada por Lucci para distraer a Zoro y a sus alguaciles, dejando a Sanji vulnerables.
«Y me arrepiento de ello, dejé a Sanji solo».
Zoro sabía que nunca podría escapar de esa culpa, incluso si hubiera estado haciendo su trabajo. Fue su intuición de que algo no estaba bien que le había enviado de regreso para asegurarse de que su amante estaba a salvo, y dio gracias a Dios que había escuchado a sus instintos.
Luego de haber concluido con esas tareas, por el momento al menos, Zoro regresó al hospital, deslizándose en el cuarto de Sanji, para encontrarlo dormido. Tenía la cara magullada, cortes en las muñecas debido a las esposas, y se veía un poco pálido, pero estaba vivo y hermoso y Zoro sintió lágrimas arder en sus ojos mientras se sentaba junto a la cama.
Zoro tomó cuidadosamente las manos de Sanji y forzó una sonrisa cuando los ojos de Sanji se abrieron lentamente.
—Los hospitales se están convirtiendo en algo normal con nosotros, Zoro.
—Yo digo que es un hábito que hay que romper.
Zoro le besó la mano. — ¿Cómo estás?
—Cansado. Un poco desganado. Pero sobre todo, me siento malditamente afortunado.
—Sanji...
—Oye, te conozco, y sé que vas a torturarte por mucho tiempo sobre cómo tú no estabas allí y cómo todo podría haber salido mal, pero no voy a escucharte decir eso. Estoy vivo gracias a ti, porque regresaste, y yo...
—Nunca debí haberme ido.
—Estabas haciendo tu trabajo.
—Podrías haber muerto, Sanji. — Simplemente decir las palabras le hacía sentir enfermo.
—Yo podría haberlo hecho. Pero no lo hice y eso es lo único que importa.
Zoro le besó la mano nuevamente, tomando un momento para recuperar el control de sus emociones, para procesar todo lo que había sucedido. Él y Sanji acababan de empezar su relación amorosa y habían estado a punto de perder el futuro que querían, pero ahora, Lucci estaba muerto y Zoro no podía negar que él se sintió aliviado al saber que Lucci no volvería a ser una amenaza para Sanji.
Y, mirando a Sanji, Zoro pudo ver algo en sus ojos, algo que le dijo que estaba en paz, que él ya no estaba obsesionado por el pasado.
—En la declaración que diste, dijiste que él... ¿que él dijo que si no ibas con él, te mataría y volvería por mí?
Sanji asintió lentamente. —Yo no iba a dejar que eso suceda.
—Dios, Sanji...
—Yo nunca dejaría que sufras lo que yo sufrí.
Sanji hizo rodar sus ojos. —Pero yo... Dios, nunca dejaría que te lastime, pero al mismo tiempo, rogué porque tú no seas el que me encontrase, porque yo... — él tuvo que tragar de nuevo cuando sus emociones iban en aumento.
—No quería que me encontraras muerto y que ese sea el último recuerdo que tuvieras de mí y cuando estaba a punto de matarme, todo el tiempo que me apuntaba con la pistola, en verdad, lo único que podía hacer era pensar en el tiempo que perdimos.
Sacudiendo la cabeza, Zoro apretó su mano.
—Cualquiera que sea el tiempo que perdimos, lo recuperaremos y vamos a sacar el máximo provecho de cada momento que tengamos delante de nosotros.
—¿Lo prometes?
—Siempre.
Sanji sonrió, pero él todavía se veía cansado.
—No quiero que te sientas culpable, Zoro, porque tú me volviste a la vida cuando regresaste, pero más que eso, me salvaste cuando te negaste a renunciar a nosotros.
—Yo nunca perderé la confianza en nosotros.
—Tampoco yo.
Sus ojos tenían la promesa escrita en ellos y Zoro sabía que estaba todo bien.
—Sin embargo, amor, te ves agotado.
—¿Si?
—Totalmente. Parece razón suficiente para cerrar la puerta, hacerte un espacio en esta cama y que te quedes conmigo.
—Sólo quieres meterme en la cama. — Zoro bromeó.
—En todas las oportunidades que tenga.
—Sanji...
—Te amo.
—Yo también te amo.
Con cuidado, Sanji se corrió en la cama para hacer un lugar, y Zoro se quitó los zapatos antes de entrar gateando a la cama, apoyando la cabeza sobre la almohada igual que Sanji.
Sólo el estar cerca del hombre que amaba, el hombre que quería en su vida, ahuyentaba el frío que sentía cada vez que pensaba en lo cerca que había llegado de perder a Sanji para siempre.
«Pero él está bien ahora. Estamos bien. Lucci se ha ido, y podemos afrontar juntos el futuro».
—Creo que deberíamos vivir juntos, — dijo Sanji, mientras Zoro se acomodaba a su lado.
—Creo que deberíamos casarnos.
Sanji levantó una ceja. — ¿Esa fue una propuesta?
—¡Por supuesto que no! Una propuesta significaría que te daría la opción de decir que no, y no estoy dándote esa opción.
—Para decir verdad, yo no necesito esa opció ía lo último que diría ya que te diría que SI, si quiero casarme contigo.
Acercándose, Zoro le dio un beso lento y suave, pero la pasión y la necesidad todavía estaba allí y ambos sabían que sería para siempre.
—Sólo prométeme que vamos a hacer nuestro mejor esfuerzo para evitar los hospitales durante mucho tiempo — Zoro sonrió.
—Y tienes que prometerme que volveremos con esa idea que tenías sobre el chocolate...
—No te olvides de mi fantasía de nosotros dos en mi oficina.
—Oh, no me he olvidado de eso.
—Tenemos toda una vida para vivir las fantasías que cada uno de nosotros tiene, Sanji.
—Vivir fantasías ciertamente suena como a diversión, y estoy de acuerdo, vamos a disfrutar de eso, pero tengo que decirte, Zoro, que me gusta mucho más la realidad.
— ¿La realidad?
—Sí. La realidad. Nuestra realidad. Tú y yo felices y juntos.
Zoro parpadeó, las lágrimas que una vez más amenazaban con salir, pero esta vez eran lágrimas buenas, lágrimas que vienen de saber que habían superado todos los obstáculos que les arrojaron, y no sólo estaban juntos, sino que eran más fuertes.
—Con mucho gusto, Sanji.
—Ya lo sé. Nos lo merecemos.
—Así es y eso haremos bebé.
Deslizando sus brazos alrededor de Sanji, lo jaló más cerca, sosteniéndolo con fuerza, con la certeza de que siempre estarían juntos y serían realmente felices para siempre.
Fin
