Disclaimer: Fairy Tail y sus personajes son propiedad de Hiro Mashima

Hola, gracias por entrar n.n

Empezamos a transitar junto a nuestros protagonistas el último tramo de este viaje. Con el presente sólo quedan tres capítulos por leer. Desde ya, agradezco mucho a los lectores que han seguido la historia hasta hoy y espero que disfruten del final.

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


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Libro Marrón

Una existencia sencilla


La última etapa del viaje que había emprendido tanto tiempo atrás encontró a Levy algo inquieta debido a la amenaza que se erguía sobre sí y su compañero. Hasta el momento ninguna sombra había puesto en peligro la búsqueda que venía llevando a cabo, pero todo cambió radicalmente cuando tomó conciencia de la realidad.

Antes de partir, Makarov le había asegurado que se trataría de un viaje sin riesgos, pero quién sabe lo que se proponía el anciano al manifestarle tal imprudencia. La meta que tenía por delante, la obtención de Los Doce Grandes Libros de la Sabiduría, podría despertar el interés de muchas personas, algunas seguramente con siniestras intenciones, así que lo más lógico hubiera sido advertirle al respecto. Ahora le resultaba obvio que más de un interesado se habría puesto en marcha para tratar de arrebatárselos.

Levy ya no podía decidir si ir más aprisa o, por el contrario, lentificar la aventura, si ocultarse lo mejor posible o seguir como si nada, si continuar en el camino o desistir redondamente. De no ser por Gajeel, quizás hasta hubiese sido capaz de renunciar con tal de no exponerlo a una situación de batalla únicamente por su causa. Gran parte del tiempo se le iba en esas zozobras.

En este punto, llegó a la conclusión de que realmente había sido muy tonta al no haberse percatado de la acechanza, así como ingenua al no considerar siquiera la idea de que alguien más que ella pudiese querer los libros. En definitiva se trataba de su propia empresa, una que ella había deseado desde siempre y que había celebrado tener al fin, ¿entonces cómo diablos no se le había ocurrido pensar en los posibles enemigos?

En este tramo del razonamiento, no obstante, pudo comprender por fin lo que se proponía Makarov. Como buen Maestro, confiaba en que su discípula tendría la fuerza y el valor necesarios para enfrentar cualquier situación, ya que ella por sí misma se había entregado a su destino. ¿Por qué habría de advertirle sobre lo evidente? Ella lo había deseado, así que debía hacerse responsable.

Cuando entendió que había asumido el riesgo desde el principio, lo único que lamentó fue que Gajeel se hubiera involucrado. Por más despreocupado y seguro de sí mismo que se mostrase, le incomodaba profundamente tener que contar con él incluso para que le sirviera de custodio. Era como si nunca pudiera hacer nada para defenderse sin su ayuda.

-¿Y esa cara?

El mago en cuestión, que caminaba algo más adelantado, se detuvo para interpelarla. Sumida en sus pensamientos, sin darse cuenta poco a poco fue quedándose rezagada.

-Lo siento –se apresuró a decir, y apretó el paso para alcanzarlo.

Pero él la conocía bien.

-Ya deja de preocuparte, mujer.

-No es tan fácil –repuso Levy.

-Te prometí que te protegería.

-Y sé que lo harás.

-¿Entonces por qué estás así?

La joven se tomó algunos segundos antes de responder.

-Porque siempre es lo mismo.

Gajeel gruñó, pues entendió a qué se refería.

-¿Acaso no puede un hombre defender a su mujer?

Levy levantó la mirada.

-¿Acaso no puede una mujer defenderse por sí misma?

Esta vez el mago guardó silencio. Nadie mejor que él para comprender esa clase de orgullo. No se trataba de debilidad, sino de voluntad, de independencia. Levy no quería depender de él, y él, que la amaba con sinceridad por todas y cada una de las facetas que la constituían, la admiraba por ello.

Se limitó a hacérselo entender con un gesto vago pero significativo, su parquedad proverbial no cambiaba ni con todo el amor del mundo, y la instó a seguir adelante. Estaban recorriendo un bosque desconocido para ambos, por lo que no sería bueno que la noche los sorprendiese allí así de atribulados. Levy le agradeció con la mirada y caminó a su lado, un tanto reconfortada.

Esta vez ninguno de los dos pudo figurarse hacia dónde se dirigían ni qué tipo de biblioteca los recibiría. Vagando en el medio de un bosque que parecía abarcar el mundo entero, llevaban más de dos horas siguiendo la dirección que la intuición de Levy había indicado, desorientados y ya muy cansados. Hasta el momento, cada bosque había constituido un camino a atravesar y nunca un lugar en concreto adonde arribar como parecía augurar aquél.

Había que reconocer, no obstante, que el clima ayudaba y que el paisaje resultaba encantador. Añosos árboles de abundante y verde fronda, arbustos de toda clase cargados de flores y bayas dulces, animales que se asomaban tímidamente pero que, ni bien los veían, se metían en sus madrigueras con la velocidad del rayo, el firmamento más azul que hubiesen visto extendiéndose hasta el infinito y el canto alegre de los pájaros en sus nidos… Parecía un maldito bosque de cuento de hadas, pensó Gajeel disgustado, con escasa inclinación poética.

Cuando lo comentó en voz alta, Levy no sólo lo contrarió manifestándole el agrado del paseo que por su parte experimentaba, sino que le hizo notar el pequeño detalle de que de algún modo ellos eran hadas y que, por ende, estaban donde debían estar. El otro, ofuscado, bufó sin creerse del todo tan idílica manera de asimilar el asunto.

Ella meneó la cabeza con resignación, pero en el fondo le divirtió su falta de romanticismo. En realidad, lo que más le agradaba era que nada en ellos hubiese cambiado mucho y que el amor, en todo caso, viniese a sumar más y mejores ingredientes a sus respectivas personalidades.

Al poco rato de haber terminado esa sencilla conversación, y contra los deseos del huraño y falto de todo tipo de ilusión infantil Dragon Slayer, finalmente fueron a dar con un árbol bastante particular y llamativo, un árbol que a las claras se diferenciaba del resto.

Por empezar, su tamaño excedía por mucho el de los demás árboles que le rodeaban. Se alzaba a tal altura que la copa se perdía entre las nubes, por lo que resultaba imposible abarcarlo de un solo vistazo. El tronco, añoso, tenía una circunferencia de la magnitud de una casona y, al igual que ésta, poseía grandes ventanales y una enorme puerta de hierro que permanecía cerrada. Ante semejante irregularidad de la naturaleza, Gajeel no logró salir del estupor.

Como si fuera poco lo que habían explorado hasta el momento… ¡ahora un árbol-edificio! ¡O como quiera que sea! ¡Las cosas que había que ver!

-¿Qué demonios es eso? –sintió la imperiosa necesidad de preguntar, por si sus ojos le mentían.

Levy quedó tan estupefacta como él, aunque supo reponerse más rápido. Ella sí que conservaba aún algunas ilusiones infantiles.

-Pues… parece una casa, o un árbol hecho casa.

-Ni que lo digas.

-¡Fuiste tú el que preguntó!

Gajeel, desentendiéndose del reproche, se volvió hacia ella de brazos cruzados, pues empezaba a intuir de qué se trataba el asunto.

-Esto es obra de tu dichosa intuición –la acusó-. Tu… inefable radar nos trajo hasta este bosque y hasta esta… casa-árbol, o lo que sea.

Levy le sonrió con ironía, desentendiéndose también ella de los dardos que le dirigían.

-Eso parece –reconoció con fingida inocencia-. ¿Qué tal si echamos un vistazo? Mi intuición así me lo sugiere.

-¿Tenemos otra opción, acaso? –replicó Gajeel, algo fastidiado.

-También podemos quedarnos aquí como idiotas y ponernos a discutir por otra estupid…

-Entremos –determinó el otro sin dejarla concluir la frase.

Entonces ambos, dimitiendo de los reclamos, se dirigieron resueltamente hasta la entrada. Levy sacudió la argolla de bronce que pendía de la puerta y esperaron un tiempo prudencial a que alguien les abriese. Sin embargo, nada aconteció. Intercambiaron interrogativas miradas e hicieron un segundo intento, pero la respuesta fue la misma.

-¿Y ahora? –indagó Gajeel.

Levy se rascó la barbilla, algo insegura.

-Tal vez deberíamos entrar.

-¿Tú crees? –replicó el mago, mirándola con una ceja levantada-. No sé qué piensas que haya detrás de esta puerta, pero deberías tener en cuenta que puede tratarse simplemente de una casa y que sus ocupantes estén ausentes. Una casa rara, sí, y unos ocupantes que ya quisiera conocer, pero tal vez terminemos por actuar de forma inapropiada.

Esta vez fue Levy quien lo miró con una ceja levantada, incrédula ante esa repentina e inusual muestra de sensatez. ¿Desde cuándo era tan civilizado?

De todas maneras lo pensó. Él tenía razón, podía tratarse de una vivienda de alguna clase de moradores del bosque, y de insistir en entrar, podría incurrir en una imprudencia. Ella no era Blancanieves, no venía huyendo de ninguna madrastra resentida ni de un cazador corrompido, por lo que debería meditarlo muy bien antes de meterse donde no la llamaban.

¿Y si, por el contrario, se trataba de la casa de la bruja, la casa cuidadosamente acondicionada para atraer a las futuras e inadvertidas víctimas de su odio o apetito?

Pero tampoco eran Hansel y Gretel para caer en esas trampas. ¿Entonces qué hacer?

-Entremos –resolvió ceñuda.

A Gajeel le asombró ese súbito arrojo, y luego sonrió de lado. Esa era su chica.

De todas formas, la verdadera sorpresa sobrevino cuando la puerta se abrió por sí misma sin que nadie hubiera maniobrado. Ambos permanecieron estáticos, realmente confusos, pues incluso tratándose de algo tan natural como la magia, al no haber percibido ninguna energía especial el fenómeno los inquietó y los puso alerta. Sin embargo, más allá de ese insospechado movimiento, nada extraño ocurrió.

Volvieron a intercambiar recelosas miradas, aunque la decisión estaba tomada. Gajeel dio un paso, pero Levy lo retuvo con un gesto. Si alguien debía dar el primer paso para adentrarse en el misterio, ese paso tenía que darlo ella. El mago, a regañadientes, accedió.

Entonces Levy, con gran resolución, traspasó el umbral. Nada de vacilaciones ni precauciones, lo que tuviera que suceder sucedería. Era miembro de uno de los gremios de magia más poderosos y reconocidos del reino, por lo que un desafío como aquél no tenía por qué amedrentarla. Y su determinación, una vez más, fue recompensada.

Al principio le costó entender en dónde estaba, pues adentro había cierta penumbra y le tomó algunos segundos acostumbrarse. Después sus ojos se aclararon y se llenó de un asombro y de un regocijo que muy pocas veces había experimentado, pues nunca había tenido la oportunidad de visitar un sitio como aquél. Abarcó el recinto con una sola mirada, admirada y sonriente.

Gajeel entró detrás de ella y también tuvo dificultades para ubicarse, hasta que la sorpresa logró embargarlo de la misma forma. Desde luego, ¿de qué más podría tratarse? La intuición de Levy los había conducido hasta allí, así que en realidad nada tendría que asombrarle.

-Sólo es una biblioteca –farfulló.

Su compañera, indignada por la ligereza del comentario, le propinó un correctivo en la cabeza.

-No se trata de una biblioteca cualquiera –lo amonestó-. ¡Ten más respeto!

-Una biblioteca es una biblioteca –observó él, frotándose la zona agredida.

Pero a Levy los ojos le brillaban de tal modo que tuvo que cerrar la boca y rumiar el enfado, ya que a todas luces para ella era mucho más que una simple biblioteca. Observó nuevamente en torno suyo, corroborando que lo que por afuera parecía un árbol gigantesco en realidad constituía un verdadero receptáculo de libros. Estaba atiborrado hasta el techo, si es que lo tenía.

Si no era una biblioteca, ¿entonces de qué diablos se trataba?

-Esto es… esto es… –Levy estaba tan fascinada que apenas podía hablar.

Por dentro, la circunferencia era tan amplia como se dejaba adivinar desde el exterior, y más allá de algunas mesas y sillas dispersas en el centro, las paredes aparecían cubiertas de anaqueles y estanterías donde se acumulaban volúmenes de todos los tamaños y encuadernaciones, elevándose hasta perderse de vista. Sí, adentro de un árbol en el medio del bosque.

-Esto es… ¡El Árbol de la Omnisciencia!* –logró articular por fin con tono reverencial.

Gajeel emitió un largo silbido de admiración.

-Increíble… ¿Y qué es eso?

Un nuevo correctivo, más severo y doloroso que el anterior, vino a acomodarle las ideas y a acotar su innecesario sentido de la burla.

-Un lugar único, ¡un lugar que no se encuentra fácilmente! –exclamó Levy, sobrepasada por la emoción-. No se trata de una simple biblioteca, ¡aquí están guardados algunos de los libros más antiguos y fundamentales del mundo! ¡Este árbol tiene más de cinco mil años de edad!

Así se explicó Gajeel aquel sorprendente nivel de crecimiento.

-¿Y qué significado tiene?

Levy se tomó algunos instantes antes de responder, necesitaba acomodar sus pensamientos y contener sus emociones. Era tal la alegría experimentada que las palabras le resultaban del todo insuficientes. ¿Cómo explicar aquello que de por sí comprende todas las cosas del mundo?

-Si poseyeras todos los saberes que pueden adquirirse en todos los lugares, en todos los tiempos y por todas las personas, ¿dónde los almacenarías para conservarlos?

Aunque Gajeel fuese algo torpe para los misterios y para nada emotivo cuando la situación lo requería, le bastó con esa pregunta para llegar a entrever la magnitud de los conocimientos que ese sitio albergaba. De pronto un árbol no le pareció una mala alternativa para cumplir con esa función, sino todo lo contrario.

-Más de cinco mil años, ¿eh? –comentó, entendiendo un poco mejor la mirada de Levy-. Debe haber unos libros asombrosos.

Ella asintió con una gran sonrisa en el rostro.

-Es un gran honor para nosotros que nos hayan dejado pasar –señaló.

-Y a propósito de eso…

-Mejor dejémoslo estar –interrumpió ella, sonriendo aún-. Es un lugar maravilloso, Gajeel, jamás creí que algún día la encontraría, no cualquiera está destinado a hacerlo. La magia nos ha guiado, así que sólo agradezcámosle a ella el haber conseguido entrar.

Y de inmediato se puso a recorrer el lugar, extasiada. Él se encogió de hombros, resignado, y se sentó en cualquier parte, reflexionado en todo aquello mientras la observaba. Si se trataba de un sitio tan importante como antiguo, lo mejor sería darle la oportunidad de disfrutarlo a sus anchas y esperar a que saciara su curiosidad… si es que esto era posible.

Por el olfato comprendió que allí estaban a salvo, o al menos que no había un peligro cercano. Gajeel se permitió relajarse y esperar con paciencia, sumiéndose en sus propias cavilaciones. Divagó en la comida y en el trayecto que les quedaba por delante, e incluso tuvo la deferencia de dedicarle un pensamiento a Lily y al resto de sus compañeros, a quienes imaginó bebiendo y platicando en el gran salón. Por primera vez a lo largo del viaje, sintió cierta nostalgia.

Distraído como estaba, se llevó una sorpresa cuando le pusieron por delante un conocido libro de espirales doradas sobre un fondo color marrón.

-El Libro Marrón –anunció Levy, sonriente, y se sentó delante suyo para hojearlo-. Tal y como el lugar permitía anticipar, un nuevo libro apareció.

-Uno menos –suspiró Gajeel, satisfecho con el hallazgo.

-O uno más –sugirió Levy. Cuando encontró la página que quería, como de costumbre, leyó en voz alta el significado del color-: En magia el marrón está asociado a la tierra. En este sentido, promueve la estabilidad y la sencillez, está relacionado con el placer de una existencia simple y natural sin demasiados contratiempos…

Leyó algunas líneas más y ambos se sumieron luego en un profundo silencio, meditando en esas palabras. De algún modo, ese simbolismo movilizó ciertos pensamientos y emociones, pudieron identificarse perfectamente con el valor contenido en el mensaje.

-Una existencia sencilla… Parece difícil de lograr siendo lo que somos –murmuró Levy.

Gajeel se echó hacia atrás en su asiento con las manos cruzadas en la nuca.

-Hemos tenido muchas batallas que librar y seguramente nos quedan otras tantas por delante –señaló-. Es natural que una vida de ese tipo se convierta para nosotros en una especie de ideal, mientras que para otras personas ocurra exactamente a la inversa: algunos quizá sientan demasiado simple una vida tranquila y les gustaría que fuese más arriesgada. A cada quien le toca lo que le toca.

Levy lo miró con admirado interés.

-Vaya, eso fue… profundo –reconoció.

El otro desvió la vista, levemente ruborizado.

-Sí, bueno… A veces hay que tomar ciertas cosas en consideración… Digo.

A ella le hizo gracia su repentino pudor.

-Teniéndote a ti tal vez no me haga falta reunir los libros de la sabiduría –bromeó.

-¿Te estás burlando?

-Un poco.

-Mira, pequeña engreída –empezó el otro, encarándola con irritación controlada-, yo no habré leído tantos libros como tú, pero te aseguro que todavía te falta tomar mucha sopa para burlarte de mí, ¿me oyes?

Ella volvió a reír y el otro se sonrojó más, entre fastidiado y confuso. Se veía demasiado bonita riendo de esa manera, lo cual atentaba peligrosamente contra la defensa de su orgullo.

-Lo que quise decir es que eres muy sabio, idiota –repuso Levy con dulzura-. Eres más sabio de lo que crees.

El otro volvió a mirarla más desorientado que antes.

-¿Quién es sabio? ¿Yo?

Ella asintió con la cabeza.

-También me siento así algunas veces –reconoció retomando la idea-, también me gustaría saber qué se siente tener una vida apacible y sencilla, resolver los problemas cotidianos, enojarse por cosas triviales y alegrarse sólo por un abrazo oportuno o porque una noche pude darme el gusto de comer mi postre favorito.

Gajeel entendió.

-Quizás algún día podríamos intentarlo –dijo como al pasar.

La maga lo miró con ilusión.

-¿Crees que sea posible?

-¿Por qué no?

Ella suspiró profundamente, evaluando las posibilidades. Luego exhaló con cierto desencanto.

-Porque tendríamos que dejar de ser quienes somos, y nunca nos lo permitiríamos –concluyó-. Somos magos y Fairy Tail es nuestro hogar, no lo cambiaríamos por nada.

A pesar de la melancolía contenida en sus palabras, Gajeel sonrió con entendimiento. No podía estar más de acuerdo con esa postura.

-Entonces dejaremos la vida sencilla para una mejor ocasión.

-¿Ves? Eres un hombre sabio, Gajeel Redfox –reiteró ella con picardía.

El otro volvió a irritarse.

-Y tú estás muy lenguaraz –comentó con tono de advertencia.

-No necesitas tener conocimientos para ser sabio –le explicó Levy con el fin de apaciguarlo-. Se suelen confundir ambos términos, y en cierto punto no está mal hacerlo, pero los conocimientos constituyen más bien una acumulación de información. La sabiduría reside en la forma como esos conocimientos se utilizan.

Gajeel por fin cayó en la cuenta de lo que Levy trataba de decirle.

-Entiendo –manifestó.

-La sabiduría, quizá, radica más en la experiencia –continuó ella-. Creo que una persona sabia, realmente sabia, es aquella que ha logrado aprender algo de sus vicisitudes, sobre todo de las negativas. Alguien que es incapaz de aprender y corregirse a sí mismo, alguien que se desentiende de su entorno y de sus vivencias está condenado a actuar siempre como un tonto y a cometer los mismos errores. Culpará al mundo todo el tiempo, cuando es él el que no puede mejorar.

-Vaya, mira quién habla de profundidad –acotó el otro.

Levy sonrió.

-Por eso dije que eres sabio. Has cometido errores, pero cuando tuviste una oportunidad supiste verla y aprovecharla.

Fue tan sincera al decirlo que a Gajeel el corazón le dio un vuelco. Desde que había establecido un vínculo declaradamente emocional con ella, le acometían esos sobresaltos cada vez con mayor frecuencia y se preguntó si algún día se acostumbraría a experimentar esa clase de afecto.

-Tonterías –balbuceó. Luego, desarmado con su ternura, la atrajo hacia sí y la besó largamente.

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Permanecieron un par de horas más en el árbol, ella esculcando entre los cuantiosos y surtidos volúmenes y él observándola pensando una y otra vez en cuán importante era conservar su amor. Alguna vez, en el pasado, cuando apenas empezaba a vislumbrar los atisbos de esos sentimientos, había creído que sería imposible complementar dos personalidades y dos tipos de magia tan disímiles entre sí. Sin embargo, así había sucedido.

Qué había hecho él para conseguirlo o siquiera para merecerlo, todavía le resultaba inexplicable. Levy le había asegurado que poseía sabiduría, pero lejos estaba él de creérselo en su totalidad. Había demasiado de sí que desconocía, que lo inquietaba, y en muchas ocasiones le asaltaba cierto grado de inseguridad con respecto a su capacidad para mantener a alguien como ella a su lado.

Si hubiera tenido los conocimientos adecuados, tal vez se hubiese percatado de que sus temores eran los naturales cuando se trataba de una relación incipiente. Pero como carecía de ellos, cargó con esa incertidumbre durante bastante tiempo. Quizás a Levy le ocurriese otro tanto, pero esas cosas suelen correr por debajo, secretamente.

Así que la tarde transcurrió y la noche los instó a marcharse y proseguir su camino, un camino que estaba tocando a su fin. La maga ya había añadido el nuevo dije a su brazalete y había leído someramente varios libros y publicaciones sobre magia antigua, por lo que partió satisfecha. En su interior se prometió, al igual que en otras oportunidades, que en el futuro volvería a visitar ese increíble lugar.

Cuando salieron al cielo estrellado, la noche se presentaba fresca y tuvieron que apresurarse. Gajeel volvió a olfatear el aire por si percibía determinada presencia, pero nada malo detectó. Un poco se sorprendió del silencio que los rodeaba y pronto concluyó, con cierto pesimismo, que seguramente se trataba de la calma que precedía a la tormenta.

Estaba visto que un tipo de existencia sencilla jamás sería lo suyo.

A pesar de sus escrúpulos, le aseguró a Levy que todo estaba bien y que podrían caminar tranquilos. En la oscuridad el bosque ya no les resultó tan de ensueño o tan de cuento de hadas, por lo que ninguno de los dos tuvo inconvenientes en apretar el paso, aunque fuese por las dudas.


*La idea del Árbol de la Omnisciencia la tomé "prestada" de One Piece. Aquellos que sigan la serie recordarán la historia del personaje de Robin.