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Capítulo X
¡Baile de máscaras!
Ala Norte
Apenas terminó de bajar las escaleras no le fue necesario ni siquiera preguntarse a dónde ir, su primera suposición había sido correcta, los Fuegos no habían ido detrás de la barredora, se habían escabullido entre las escaleras y el pasillo corriendo a dónde hubiera alguien a quien hostigar, podía escuchar sus risas desquiciadas. Emprendió entonces de nuevo la carrera tratando de calmarse, los Fuegos eran inofensivos mientras no se frotaran contra la piedra, o bebieran jarabe de eléboro, porque entonces las cosas se pondrían… ardientes.
Y también estaba el hecho de que quisieran arrancarle la cabeza a alguien.
— ¡Profesor Jareth!— exclamó Albus por detrás, con la túnica desordenada ondeando por la velocidad de su paso — ¿Qué es lo que está pasando?
Él iba a responder cuando empezó a escucharse desde la sala de lectura del Ala Norte una canción que, aunque bien orquestada, la letra mucho decía del estilo de vida desordenado de las criaturas.
—No puede ser — murmuró Jareth sin responderles y alcanzando el tramo que le faltaba para llegar a la sala donde varios estudiantes permanecían quietos, con los ojos muy abiertos mirando a una docena de criaturas recubiertas de una mezcla de pelo y plumas rojo brillante, naranja y amarillo moviéndose de forma anatómicamente imposible. La canción seguía con sus voces chillonas y los Fuegos bailaban frenéticos, uno de ellos alcanzó a una alumna de primer año y la atrajo contra sí obligándola a mover los brazos como si fuese una muñeca. Ella no estaba asustada, más bien nerviosa y reía con el estribillo.
Jareth se apresuró a alcanzarlo antes de que los otros lo imitaran con otros estudiantes y subieran de tono esos jalones que hacían.
—Suéltala— ordenó serenamente, como si fuera algo casual. El Fuego perdió el coro que llevaba y levantó sus ojos llameantes al mago con la boca entreabierta. Muy lentamente obedeció, soltó una carcajada y brincó a otro lado.
— ¡Regresen a la torre, ahora!— vociferó señalando con la fusta el camino a seguir.
La canción se vio abruptamente interrumpida por el grito del hombre, pero solo menos de la mitad de los Fuegos obedecieron en una carrera desordenada en la que unos chocaron contra otros.
— ¡Profesor! ¡Van a las escaleras!— exclamó Albus.
Antes de ponerse de acuerdo o parecido, los tres corrieron detrás de ellos, pero los Fuegos se movían absurdamente rápido, dando saltos enormes y largas zancadas, trastabillaron con algunas armaduras y derribaron algunos cuadros que protestaron abiertamente. Jareth gruñó derrapando al girar en una esquina, si no tuviera restricción para aparecerse ya los habría alcanzado ¡Y tampoco tenía permitido usar magia en los pasillos! ¡Absurdas limitantes de seguridad que solo se volvían engorrosas en situaciones reales!
Albus y Scorpius corrían por detrás de él, eran rápidos pero sus piernas eran de menor alcance.
— ¿De verdad son tan peligrosos estos bailarines cantantes?— preguntó Scorpius.
—No lo sé, pero se ve preocupado.
— ¿Los aturdimos?
—Los aturdidores no les hacen nada, son prácticamente inmunes a cualquier encantamiento que conozcan — masculló Jareth empezando a bajar las escaleras.
— ¿Entonces qué los controla?
—Maleficios.
— ¡Oh bien! ¡Prohíben la enseñanza de maleficios y ahora resulta que necesitamos usar unos!— chilló Scorpius.
— ¡¿Prohibieron la enseñanza de maleficios?!— preguntó Jareth mirándolos solo por unos segundos.
—Después de la segunda guerra mágica, se hizo una lista larguísima de cosas que no deben enseñarse para prevenir algo parecido, casi todos los maleficios entraron ahí, ahora se les considera magia negra.
— ¡Qué tienen en la cabeza esos viejos magos inútiles!
—Mi abuelo dijo casi lo mismo— dijo Scorpius.
— ¡Ahí!— exclamó Albus señalando el lugar donde la tropa había retomado su canción donde se habían quedado saltando con más frenesí.
—Ya empezaron…
Y cuando lo dijo, la primera cabeza se desprendió de su cuerpo y con risas frenéticas empezaron a botarla de un lado a otro como si fuese una pelota.
— ¡¿Se quitó la cabeza?!— exclamó Albus horrorizado.
—Preocúpate cuando se la quieran quitar a alguien más.
"Que si se la quitan a alguien más el Ministerio reclama la mía", pesó mientras en los pasillos empezaban a estallar en gritos.
— ¿Ya acabaron las clases, cierto?— preguntó el hombre deteniéndose de repente.
—Eh… sí, la cena empieza en una hora mas o menos, creo— respondió Scorpius tomando aire profundamente.
—Bien.
El mago tomó un respiro profundo, se jugaría la simpatía de Flitwick pero si todos mantenían la cabeza en su lugar, no tendría que explicar nada ante el Ministerio, ya era demasiado mala su situación como para empeorarla. Con la mano izquierda hizo una esfera de cristal, azotó fuertemente la fusta con la derecha, y tomo aire de nuevo.
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Gran Comedor
Hermione se tomaba un té en su despacho. Neville había corrido a buscarla cuando terminó su clase y escuchó de una alterada Rose, que Jareth la había llevado en brazos a la enfermería. Luego de asegurarse personalmente de que realmente estaba bien, igualmente la obligó a quedarse en reposo, él ya había terminado con Herbología y supervisaría el ejercicio con su clase de encantamientos, incluso le preparó el té que tenía en ese momento, y la tetera tenía aún más. Una infusión relajante, especial para contrarrestar el dolor de los encantamientos aturdidores. Una receta de su propia creación con agradable sabor.
Sentada en el sillón, tras despedir a sus hijos volviendo a repetir que estaba perfectamente, se decidió a utilizar esa soledad para tranquilizar sus nervios.
Amaba a Rose y a Hugo como a nadie más, las lágrimas de la niña la conmovieron totalmente y la cara de susto de su niño pequeño la hicieron recapacitar el procedimiento de su necia empresa. Porque era eso y no otra cosa: necia.
En toda la maraña de mentiras que Jareth había contado, había una gran verdad, él reaccionó por instinto, ni siquiera dudó al escuchar el ruido, lazó el ataque con la misma precisión fría que había visto en muchos magos durante la guerra, aquello le tenía preocupada, demasiado defensivo para pertenecer a la nueva paz reinante, la pregunta era obligada ¿Donde había estado? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía ahí?
El té sin terminar pronto se enfrió entre sus manos.
—Debería cenar con ellos — murmuró poniéndose de pie lentamente y cambiando el rumbo de sus pensamientos nuevamente a sus hijos. Realmente no le dolía absolutamente nada, respiró profundo, por esa noche, Jareth y su complot podían esperar. Se dio una mirada al espejo, ni siquiera se veía pálida como para justificar comentarios sobre su salud, regresaría a trabajar por la mañana y replantearía las cosas, ahora solo quería pastel de calabaza.
Acomodó su túnica, ensayó la sonrisa decidida a dejar el despacho. Iba ya por un pasillo, las antorchas se habían encendido y la luz rojiza hacía danzar las sombras. Había mucha quietud, seguramente todos estarían listos para la cena. De pronto, ese silencio que envolvía el gran pasillo se vio interrumpido por un grupo de niñas que chillaban emocionadas, tirando unas de otras.
— ¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Por eso te lo digo! ¡Es precioso! ¡Precioso de verdad!
Hermione las miró con curiosidad, dos de ellas llevaban abombados vestidos brillantes y máscaras sobre sus rostros.
— ¿Y eso por qué?
— ¡Yo que sé! ¡Pero vamos antes de que acabe la cena, solo durará el tiempo de la cena! ¡Y el profesor! ¡Se ve tan guapo!
Pronto las cinco niñas de séptimo curso la pasaron como si no estuviera ahí, helada y estupefacta. Hacía no menos de unos minutos que se había decidido a pasar de ese engreído mago y ahora resultaba que estaba de autor con alguna bobada que fascinaba a las niñas.
Deseaba correr para ver a lo que se referían, pero su cuerpo no obedeció al pensamiento, con pasos casi torpes siguió avanzando el camino bien conocido al gran comedor. Escuchó el ruido proveniente de ese lugar, como una gran fiesta pero a ella no la animaba, por el contrario, se llenó de temor.
Atravesó las puertas con creciente pánico ¿Qué había hecho ese sujeto?
Cerró los ojos deslumbrada por los destellos de cientos de cristales colgando del techo que reflejaban luz blanca. Parpadeó para acostumbrarse y examinó alrededor. Las largas mesas habían sido reemplazadas por varias decenas de mesas redondas con largos manteles color del vino tinto con lienzos dorados colgando irregularmente. Flotantes candelabros resplandecientes sostenían velas blancas y doradas. En el vano de la bóveda los fantasmas bailaban, sobre el suelo las chicas se desbordaban en emoción comparando una y otra sus vestidos, otras tantas arrastraban a resignados compañeros a la pista del baile, se escuchaba una balada, con lentitud apropiada de un vals clásico pero con la intervención de un coro menos de antaño.
Toda la mascarada, de temática veneciana, incluía para algunos muchachos más simples atuendos de bufones con cascabeles sonantes, máscaras extrañas con formas menos elegantes pero igualmente llamativas, divisó algunos demonios imaginarios, con cuernos y todo, pero con el traje brillante a juego. Vestidos de todos colores, algunos más abombados como globos de tela brillante, otros en sobrios colores de la noche, con flores y joyas en exceso, una armonía incoherente de gustos que, sin embargo, encajaba muy bien todo en ese lugar.
— ¡Mamá!
Giró la cabeza para ver correr hacia ella a Rose, se había quitado la máscara para que la reconociera y enfundada en elegante traje lavanda con abombadas mangas corrió hasta ella abrazándola.
— ¡De verdad estás bien!— le dijo no queriendo llorar —Nevi… el profesor Neville me dijo que debíamos dejarte descansar — dijo sin soltarla del abrazo. Hermione acarició su cabello recogido en un peinado alto.
— ¿Y qué es lo que pasa aquí? ¿De qué me he perdido?
— ¡Oh! Pues, Albus dice que el profesor Jareth ofreció esta fiesta como disculpa por su descuido en la clase de Pociones, al principio el director Flitwick no estaba muy seguro, pero míralo ahora, le han dado en su punto más débil — señaló la niña hacia otro punto del salón, el pequeño mago miraba maravillado el conjunto encantado que hacía de orquesta.
—La música, claro — completó Hermione de repente malhumorada ¿Pensaba embelesar a todo mundo?
— ¿Por qué no te has cambiado, mamá?
— ¿Qué? Pues no tengo nada que ponerme para algo así ¿Cómo es que tú tienes el vestido? ¿Es que todos fueron de compras mientras me bebía el té de Neville?
Rose negó con la cabeza.
—El profesor Jareth dijo que, por esta noche, al menos hasta las doce y solo en este salón, todos tendríamos lo que quisiéramos, solo hay que imaginar el vestido y la túnica se transformaría en eso.
La bruja frunció el ceño ¿Qué clase de encantamiento era ese?
— ¡Hermione!
La aludida giró bruscamente con la expresión enfadada clara y obvia. Ahí frente a ella estaba el culpable con una túnica corta color azul con demasiados brillos repartidos como estrellas en el cielo de verano, blanca camisa de amplios volados abotonada hasta el cuello de donde se sujetaba del talismán una pañoleta plateada, el pantalón gris, ajustado como siempre en él, y la presencia eterna de las botas altas, esta vez llegando a superar por varios centímetros la rodilla.
Ella quiso hacer sonar sus dientes como si arañara una pizarra, pero la presencia de su hija hizo regresar a la razón, no tenía un motivo para odiarle en ese momento, pero resultaba inevitable que su simple presencia le hiciera perder los estribos, tan ufano, tan seguro, tan pretencioso y al final se salía con la suya aunque se pasara de largo todas las reglas, incluso las de la decencia.
—Profesor Jareth, veo que tiene habilidad para organizar con premura eventos de este tipo.
Jareth sonrió e hizo un ademán con las manos como si acabara de desvanecer algo, pero lo que sucedió en realidad fue un cambio el ritmo de la canción.
—Costumbre tal vez.
Rose de repente soltó a su madre y volvió a ponerse la máscara para cubrir su infantil sonrojo causado por la presencia de aquél mago.
—Voy… voy a buscar a James — tartamudeó antes de marcharse.
— ¿Me permite esta pieza, madame Weasley?
Hermione se sintió tensa, por una parte la invitaba a bailar como si fuera una chica sola en un baile de graduación y por otro, la trataba como a una vieja amarga. Jareth se apresuró a evitar la negativa tomándola desprevenida, conduciéndola con habilidad un poco lejos de ahí.
—No he dicho que si — se quejó la bruja.
—Tu honra está segura Hermione, solo evito que te arranquen la cabeza. Es lo menos que puedo hacer después de dejarte inconsciente toda la tarde.
— ¿De qué se trata todo esto? La verdad.
— ¿La verdad? Es un baile, nada más.
— ¿El encanto controla a los chicos? Porque que yo recuerde, a esta edad a nadie le gustan los valses.
Jareth negó con la cabeza suavemente.
—En este lugar, por esta noche, solo estoy ofreciendo sueños, no importa cuanto tiempo pase, la magia de la mascarada nunca morirá, siempre permanecerá en un rincón el corazón y por si no lo notas, realmente no todos están bailando.
Hermione miró a un lado y a otro dándose cuenta de que ella ya estaba moviéndose acompasada. Pero restando importancia a su propia situación, los chicos ciertamente se entretenían en actividades varias que iban desde un enfrentamiento con espadas -que firmemente quiso creer que por su encanto no lastimarían a nadie-, hasta…
— ¿Eso es un ajedrez mágico a escala?— pregunto viendo en un extremo de la sala, una enorme torre arrastrarse tras el comando y en un estallido arremeter contra la pieza ganada. Hermione miró con abatimiento, en su mente se arremolinaron los recuerdos de cuando Ron montaba un caballo de piedra encantada y ella reemplazaba una torre precisamente. El primer momento en que vio realmente el valor y gran talento de su esposo, en aquellos días un niño delgado luchando por su lugar en el mundo.
Sus ojos se empañaron, sus días en Hogwarts como estudiante parecían tan lejanos, ya había olvidado el día en que le visitara un extraño hombre con peculiar ropa llevando en mano la preciosa primera carta. Regresó la vista a Jareth y le vio más alto de lo que era, le llegaba a la cintura cuando mucho y espantada se soltó retrocediendo.
— ¡¿Qué me has hecho?!— chilló.
Él se mantuvo tranquilo mirándola con la mas neutral de las expresiones.
—Yo nada ¿En que has pensado? Te he dicho que esta noche he entregado sueños ¿Es esto lo que mueve a tu corazón?
Hermione vio sus manos y la ropa, su antiguo uniforme, toda ella pequeña como una niña de once años ¿Era eso lo que quería?
—El encanto termina a la media noche — aseguró él a sabiendas de que la bruja tenía la varita en la manga y en un lapso de ira se lanzaría contra él.
—Está listo.
Los dos giraron ante una nueva presencia que interrumpía el momento de incomprensión que asaltaba a la ahora joven bruja. Era Scorpius Malfoy, de negro impecable y máscara dorada que resaltaba el pálido rubio de su cabello, le conocía por la voz y por el profundo gris de sus ojos asomándose por las aberturas del rostro falso de oro.
—Parece que he juzgado bien tu talento, Scorpius — dijo Jareth en un tono grave que supo a elogio maldito.
—A la media noche, o un rato después de haber abandonando el salón — dijo el mago a la niña girándose hacia el muchacho a quien tomó por el hombro para conducirle y este no reparó en la presencia de esa pequeña desconocida con uniforme escolar en medio de todas las demás alumnas engalanadas con los atuendos de sus sueños.
—Tenemos al último ya encerrado, los goblins aseguran que solo vinieron quince, y tenemos quince de regreso en la Torre.
—Me complace escuchar eso, definitivamente a ti no te enseñaré adivinación, mereces algo más grande, te daré lo que quieres. Te entregaré todos tus sueños, Scorpius, solo haz lo que te digo.
—Sí, majestad.
Comentarios y aclaraciones:
¡Gracias por leer!
