¿Noche de Éxtasis?
Edward hizo una pausa en sus labores. Cualquier otro hombre se habría sentido herido por su pregunta brusca. ¿Terminado?
Pero sabía que no debía caer en los intentos de engaño de ella. Las mujeres amaban sus caricias, gemían con su fuerza y suspiraban con su contacto gentil. Isabella no podía sino disfrutar lo que le estaba haciendo.
Pero no era como cualquier otra mujer que hubiera conocido. Isabella era una guerrera. Una combatiente. Era dudoso que algún hombre pudiera presumir de haberle puesto un dedo encima, de manera tierna o de cualquier otra manera…
-¿Ya terminaste?
-No,- le aseguró, determinado a que su paciencia le durase todo el día. - Sólo he empezado.
Por supuesto, mantener la paciencia implicaba que tendría que mantener bajo estricto control su propio deseo.
No era una tarea fácil, debido al creciente dolor en su entrepierna. Estaba realmente asombrado con la profundidad de su deseo. Desde su debut sexual no se había sentido tan peligrosamente cerca de perder el control. La mera imagen de su esposa lo excitaba. Tocar su sedosa piel había calentado su pasión hasta hacerla hervir en sus venas. Y ahora, estando tan cerca de ese cuerpo perfecto..., un cuerpo que por derecho le pertenecía a solo a él... ¡Por Dios!, era suficiente volverlo loco de ansiedad.
Pero si su deseo era fuerte, él era más fuerte. Era un amante experto y ella era una novicia en estas lides.
Edward entrelazó sus dedos en su cabello, tomándola por la nuca y girándola para que estuviese forzada a mirarlo. La verdad residía en sus ojos. El humo del deseo velaba su mirada, no importaba que sus palabras lo negasen.
-Bésame,- le susurró Edward.
-N…
Ella no terminó la palabra y el pánico brilló en sus ojos. Sabía de sus propias vulnerabilidades. Había disfrutado el último beso. Y había una amenaza concreta de hacerla disfrutar el siguiente.
Bajando la mirada hacia su boca, se acercó lentamente, poniéndose lo suficientemente cerca como para sentir su respiración sobre su cara.
-Bésame.- repitió con voz ronca.
No respondía al principio, pero ya había probado el fruto de sus labios en la capilla y Edward ya conocía su capacidad para la pasión.
No le llevó mucho tiempo. Apoyando su boca sobre la de ella y estimulándola con su lengua, logró abrir sus labios para acceder al delicioso recinto. La mantuvo quieta para que sintiera su gentil intrusión, con lánguidas envestidas de su lengua imitó el acto sexual que estaba por venir. Pero a pesar de que ella se rindió lo suficiente para él, relajando su mandíbula, cerrando sus ojos, gimiendo suavemente, aún una parte lo resistía. Sus puños presionaban contra sus hombros mientras trataba en vano escapar.
Con calma, cuidadosamente, sin detener sus besos, atrapó una de sus muñecas y llevó su brazo hasta encima de su cabeza. Mientras intentaba protestar, él llevó el otro brazo para que se uniera al otro, asegurando ambos con una de sus manos.
Con su mano libre, alisó la ceja fruncida de ella y acarició su aterciopelada mejilla.
Edward aferró su angosto cuello, sintiendo la aceleración en el pulso debajo de su pulgar, y dejó que su mano viajara hacia abajo, haciendo una pausa sobre el colgante de plata. El pecho de ella subió y bajó más rápidamente ya que presentía las intenciones de él.
Con reticencia, Edward apartó sus labios y anidó su cara hacia un lado para susurrar en su oído.
-Vos sabes que deseas esto. Sabes que deseas que te toque. Tu cuerpo ansia ser tocado por mi mano.
Isabella contuvo la respiración, mientras Edward respiraba suavemente contra su oído, bordeó con su dedo las clavículas de ella y dejó que su palma se apoyara sobre su pecho, dibujando círculos en su pezón. Este se puso rígido en respuesta, alimentando su propia lujuria. Era perfecto, color rosa dorado a la luz de las velas. ¡Madre de Dios!, ¿había algo mas seductor como el perfil del pezón erecto de una mujer? Ah si, pensó, el saber que había sido él quien lo había estimulado.
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Aunque lo intentaba, el cuerpo de Isabella la estaba traicionando. La respiración cálida de Edward y las promesas de lo que le haría ganaron su camino en su oído, produciéndole escalofríos de horror y placer al mismo tiempo. Mientras su mano paseaba por su pecho, ella se arqueó por reflejo. Y cuando atrapó su pezón sensitivo entre sus dedos, tuvo que recurrir a toda su capacidad de autocontrol para no emitir un sonido.
-Oh, si, mi lady,- murmuró contra su mejilla, -¿ves como respondes?
No, quería gritar, pero hubiera sido una mentira. Y cuando su mano fue hacia el otro pecho, ella apenas podía respirar por la anticipación de ese contacto.
-Mira,- susurró Edward.
Ella cerró sus ojos y sacudió la cabeza. Ya era una humillación que su propio cuerpo la traicionara. No quería ver como su mano cubría su pecho como si fuese una posesión.
-Mira,- la animó.
No necesitaba recordarle que le había dado su palabra de no resistirlo. Era una persona honorable y podía recordar eso sin ayuda. Pero abrir los ojos y ver a su propio cuerpo traicionándola fue la cosa mas difícil que nunca hubiera hecho, y su cara se ruborizó de vergüenza.
Sus dedos parecían enormes, oscuros y toscos contra su piel pálida. Era un milagro que no la hubiese dañado con sus grandes garras. Pero observó que el pulgar de Edward hacía círculos en su pezón tan tiernamente como una nodriza estimulaba a un bebé para que succione.
Ella contuvo la respiración, y por un instante terrorífico, sus ojos se encontraron e Isabella enterró su cabeza contra su hombro, demasiado indignada y mortificada para mirarlo.
-Si, dulce, ves lo que puedo hacer,- dijo roncamente - Ahora siente lo que me has hecho a mí.- y presionó su entrepierna contra su muslo. A través de la tela de lino, ella sintió la ardiente extensión de su pene, lleno, duro y amenazador.
Instintivamente, trató de desprenderse del agarre de sus muñecas, pero Edward la mantenía firmemente sujeta a la cama.
-Admítelo. Estás desvalida contra tu propio deseo.
Sus palabras incitaron su ira. Nadie había llamado a Isabella "desvalida" y había vivido para contarlo. Era su propio honor lo que la retenía en esa cama, no el deseo.
Como para testear su determinación, dijo,
- Me resististes. ¿Deseas retirar tu oferta? ¿Es un precio demasiado caro para la libertad de tu hermana?
Se dio la vuelta con una mirada fulminante, una mirada que hacía que la mayoría de los hombres corrieran para buscar algún lugar donde esconderse.
-No.
Una extraña, casi piadosa sonrisa se dibujó en la cara de Edward y la soltó recostándose al lado de ella, lanzado una pierna firme sobre las de ella.
La tela de lino se sentía peligrosamente delgada entre ellos, e Isabella podía sentir los contornos musculosos de su pecho y de sus muslos y ese pedazo de carne obsceno con el cual pretendía penetrarla.
Pero no todavía. Aparentemente tenía otras aberraciones en mente primero. Edward llevó un dedo lentamente al centro de su garganta, dentro del hueco donde su pulso latía, y bajó hasta el lugar entre sus pechos. Pero esta vez no se detuvo ahí. Continuó hasta el vientre, y luego mas abajo, hasta que sus dedos tocaron el lugar donde el vello de una mujer comenzaba a crecer.
Susurró en su oído otra vez, con la voz contenida por el deseó. -¿Hay un ansia entre tus muslos, verdad?
-No,- mintió.
-Oh, si, la hay- le aseguró, sus dedos juguetearon con el vello de su pubis.
Silenciosamente lo maldijo por saber lo que le estaba provocando. Entonces se movió para capturar su boca. Esta vez el beso fue dulce y tierno, como al principio del beso en la capilla, y a pesar de la determinación de Isabella de permanecer impasible, se encontró a sí misma respondiendo al beso.
Mientras la apaciguaba con besos, su mano avanzaba en sus partes más intimas. No fue hasta que sus dedos separaron los labios vaginales que ella se dio cuenta de cuan atrevido Edward se había vuelto. Pero estaba preparado para su rebelión. Atrapó el grito de protesta entre sus labios…
Su pesada pierna la mantuvo inmóvil mientras continuaba con sus perversiones, acariciando y estimulando el centro entre sus muslos. Y entonces la tocó donde ella más deseaba, e hizo que su cuerpo se arqueara hacia arriba involuntariamente, descontroladamente.
-Ahí,- murmuró, Edward, contra su boca. - Si, ahí.
Una vez encontrado el punto de máximo placer, Edward no lo dejaría en paz. Mientras el cuerpo de ella se agitaba en un tormento agridulce, él acarició ese punto una y otra vez, deslizando las puntas de sus dedos calientes y húmedos entre los pliegues de su lugar mas secreto.
-Y aquí,- respiraba entrecortadamente mientras deslizaba un dedo dentro de ella mientras su pulgar continuaba atormentando el centro femenino del deseo.
Mientras, se agitaba con el tratamiento que Edward le proveía, una corriente pareció nublarle la mente, una nube oscurecía su visión y sus pensamientos y debilitaba su resistencia.
Se dejó perder en esa niebla vaga.
-Si, mi lady. Eso es. Si.
Su voz perforó la niebla en la que se encontraba y la hizo volver a la realidad. Pero era demasiado tarde. Isabella había caído en la trampa. Estaba perdida. Para su horror, ya no podía resistir más. Como si algún demonio la hubiera alzado y lanzado a través del aire, estaba volando hacia los cielos.
Una oleada tras otra de éxtasis la arrasaron, privándola de sus sentidos y de su control. Ella tembló y se arqueó violentamente en la cama.
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Una necesidad primitiva invadió las venas de Edward mientras observaba a Isabella arquearse sobre la cama. ¡Dios!, La quería ahí y ahora. Mientras ella se contraía en su clímax. Mientras ella gritaba de placer, era crucial esperar que ella bajase a la Tierra otra vez.
Pero si había que esperar, él esperaría. Era un hombre de palabra y languideció con su lujuria contenida mientras ella yacía jadeando el final de su odisea.
Después de un tiempo que a él le pareció una eternidad, aclaró su garganta y dijo -No os resististeis. Mantuviste tu palabra. Me parece muy honorable de tu parte.
El sudor se acumuló sobre su ceja mientras decía las palabras que debía decir.
-Ahora yo mantendré la mía -alcanzó un rulo húmedo detrás de la oreja de ella.
-Le juré a tu hermana que no te tomaría contra tu voluntad.- Edward apoyó la parte posterior de sus nudillos a lo largo del cuello de ella, dónde su pulso latía acelerado. -Si verdaderamente en tu corazón, no deseas esta unión, dilo ahora porque te advierto, mi lady, nada más disminuirá las llamas de mi deseo.
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Isabella estaba mortificada. Completamente mortificada. Y avergonzada. Y ultrajada. Y horrorizada. Y un millón de otros matices de humillación que nunca antes había vivenciado.
Si, había sido vencida en el pasado, en el campo de batalla, pero no en su propia habitación y nunca por sus propias maquinaciones. Derrotada por su más formidable enemigo, su propio cuerpo la había traicionado completamente.
Había perdido el control de manera humillante. Lo peor era que aún sentía una feroz e inexplicable hambre por ese bruto que era su esposo. Maldijo a su cuerpo aún tembloroso por el deseo y la necesidad. Sus pechos ansiaban su contacto. Y sus labios se sentían absurdamente desnudos, sin sus besos.
Aún cuando lo detestaba, su cuerpo ardía deseando sus caricias. Pero ella no podía rendirse ante ese deseo. Isabella de Swan nunca se rendía. Era la lección que había aprendido de manera dura en el campo de entrenamiento.
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Edward, con sus últimas palabras, había puesto fin al enfrentamiento entre ellos, ofreciendo su propia rendición. ¡Por Dios!, ¡Que ella la aceptara! Su corazón golpeaba más fuerte que el martillo de un herrero.
-Quiero que sepas esto.- Su voz comenzó. -No me resistí porque había dado mi palabra. Y no me acostaré voluntariamente con vos esta noche ni ninguna otra noche.
La mirada de él se congeló. Pero su mirada glacial era engañosa, porque en su mentón un músculo se tensó y luego se aflojó, y detrás de sus ojos, una violenta tormenta de verano se formaba.
-Como quieras,- replicó con calma.
Entonces la soltó y retrocedió. Debería haberse sentido aliviada Pero no confiaba en la furia silencia de Edward. Cuidadosamente, buscó las sabanas y las mantas y las subió hasta cubrirse el mentón, sintiéndose incómoda con su propia desnudez por primera vez en su vida.
Él se dio la vuelta hacia el fuego, dónde las brasas rojas brillaban en la chimenea, reflejando su peligroso humor. Vio por el subir y bajar de sus hombros que luchaba para restablecer el control de su respiración. Y tal vez de su estado de ánimo.
Después de un silencio incómodo, se dio la vuelta para encararla otra vez, su expresión era inescrutable. Buscó la camisa y se la puso.
Por un espantoso instante, pensó que había cambiado de parecer y que tenía la intención de romper su juramento, y que la forzaría al acto sexual. Pero era resignación, no venganza, lo que habitaba en sus ojos.
Y en el instante siguiente, encontró su mirada vagando involuntariamente por los magníficos contornos de su cuerpo desnudo. El brillo dorado de la velas acentuaba cada uno de sus formidables músculos, e Isabella vio que Edward poseía un cuerpo mas poderoso que cualquiera de los caballeros de Swan. Sus hombros eran anchos, sus brazos gruesos, y su pecho, masivo. No era sorprendente que hubiera sido capaz de someterla tan fácilmente.
Y mas abajo, antes de desviar la mirada, vislumbró brevemente el miembro, aún erguido, emergiendo de una mata de vello cobrizo.
Su piel se acaloró, y la respiración quedó atrapada en su garganta. ¡Por Dios!, era el hombre mas guapo que jamás hubiese visto. Contra sus deseos, un ardor comenzó a crecer otra vez entre sus piernas. ¡Maldición! A pesar del poder de la razón, a pesar de sus buenas intenciones, ¡Que Dios la ayudase!, ¡Estaba siendo excitada por la vista del cuerpo desnudo de Edward! ¡No podía ser!
Tal vez había hecho algún tipo de hechicería. O quizás era sólo una aflicción temporal que desaparecería en unos minutos. Pero en este momento, ella quería estar con él otra vez.
Bruscamente dejó la camisa a un lado. Como si ella no estuviese allí y arrancó las sabanas de la cama. Isabella levantó sus rodillas defensivamente. Y entonces hizo algo muy extraño. Con un gruñido y un tirón violento, se arrancó el vendaje de su pecho, exponiendo y volviendo a abrir la herida que ella le había infligido. Sangre fresca manó del corte.
Edward dejó que la sangre corriera por unos segundos y entonces con las sabanas se limpió la herida.
Sangre de Virgen. Por supuesto. Debía hacer parecer como si ellos hubiesen consumado el matrimonio.
Sintió una puntada de culpa mientras veía a Edward volver a abrirse la herida. Era algo caballeroso lo que estaba haciendo.
Pero no la volvió a tocar ni le volvió a hablar otra vez.
Recorrió la habitación soplando todas las velas, y se metió en la cama al lado de ella, se tapó con la manta, dándole la espalda.
Debería sentirse satisfecha. Había ganado esa primera batalla. Su orgullo estaba mal herido, ya que Edward había vuelto su propio cuerpo contra ella. Pero, finalmente, había hecho prevalecer su postura, ¿o no? Después de todo, había logrado que no consumara el matrimonio. Ese día había ganado.
Entonces, ¿por qué se sentía tan mal?
Porque, se dio cuenta que no había sido ella quien lo había frenado en su intención de consumar el matrimonio. Había sido el honor de Edward. Y por mucho que le doliera confesarlo, hubiera deseado que el concretara sus intenciones. Si no hubiera sido por su propia caballerosidad, ella estaría debajo de ese cuerpo musculoso ahora.
¡Maldición! La realidad era tan amarga como un vino en mal estado. Aunque Edward parecía arrogante, medio bruto y cruel, tenía que enfrentar la verdad. Su nuevo marido era un hombre de un honor indiscutible.
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Edward golpeó la almohada para acomodar la cabeza que parecía estallar de dolor. Maldijo su honor, por primera vez en su vida deseó no ser un caballero. ¡Que Dios lo ayudase!, quería poseer a su esposa, voluntariamente o por la fuerza, y enterrar su miembro dentro de su aterciopelada carne. No era justo. Ella debía ser de él. Tenía derecho a reclamarla esa noche, en cuerpo y alma.
Preferiría haberse mordido la lengua que haber divulgado esa maldita promesa.
Pero había estado tan seguro de que Isabella sucumbiría a sus encantos. Las mujeres siempre se rendían a su seducción. Él era muy, muy bueno en el arte de seducir mujeres.
De alguna manera la terca muchacha había logrado permanecer inconmovible.
Era inimaginable.
El había tenido la esperanza de que el dolor de abrir su herida disminuyera su lujuria. Pero su miembro latía descontroladamente, recordándole que no se había atrevido a hacer valer sus derechos entre los muslos de su mujer esa noche. Ni siquiera podía salir de ese cuarto a buscar alivio en otra parte. No, él era el esposo de la señora de la fortaleza, y la gente de Swan no vería con buenos ojos que el nuevo administrador abandonara la cama matrimonial en su noche de bodas.
Mañana quizás, si Isabella aún seguía con el jueguito de resistirse, buscaría a alguna muchacha escocesa para calentar su cama.
Edward frunció el ceño en la oscuridad, preguntándose si eso sería posible. No había visto en la fortaleza ninguna doncella que pudiera compararse con Isabella. No sólo era hermosa, sino que también estaba llena de vida y tenía una mente aguda.
Pese a todo, tenía que admirarla por su fuerza de voluntad, aún contra sus propios deseos. No era algo común en una mujer, al menos entre las mujeres que conocía. Si ella alguna vez se decidía a acostarse voluntariamente con él, estaba seguro que probaría ser una amante excelente. Si, sería una noche de máximo éxtasis. Pero su noche de bodas no era precisamente una noche de éxtasis. Esa noche iba a ser larga, dolorosa, vacía y miserable.
Si, ya lo sé. Yo también quiero matar a Bella. Jejejejeje. Pero todo a su tiempo… todo a su tiempo. ¡Dios que hombre! Jejejjejeje
respecto que dije que quedaban 2 cap. en esta historia... perdon... quedan muchos más... quedan 2 cap. de la otra historia Amazonas... pero con las prisas hice un corta y pega... jejeje. nos leemos esta tarde/noche... cuando llegue a casa... un besote.
Nos leemos guapas… besotes
