Capítulo X

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"Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos: quiero la luz y el trigo de tus manos amadas pasar una vez más sobre mí su frescura: sentir la suavidad que cambió mi destino."

Las calles de Nueva Orleans, en esta época del año, siempre tenían el mismo aspecto por las noches. Alegre y cálido, con pocas personas, sólo aquellos que hacían de la noche su ambiente. Una tranquilidad aparente, rota únicamente por el sonido lejano de una trompeta, y los cascos de un caballo, que se acercaba, tirando de un carruaje. La iluminación era la suficiente, para ver por donde caminabas, pero no tan buena, como para descifrar a quien estaba a más de cinco metros.

Todo esto era parte de la cotidianeidad de la ciudad, pero hoy había algo diferente en ella. Algo que enrarecía el aire, y que dejaba un escalofrío de incertidumbre en la piel.

Cuando entré en casa, le entregue mi abrigo y mi sombrero, a uno de nuestros sirvientes, quien los recibió inclinándose ligeramente ante mí, yo le sonreí, de la misma tenue forma.

- ¡Armand, hijo!, al fin has llegado… - escuché la voz de mi madre saliendo del salón principal, a mi encuentro.

- Sabes que normalmente estoy aquí a esta hora – me extrañé por su efusiva recepción.

Ella se acercó y acomodó el nudo de mi pañuelo, junto con sacudir alguna pelusa imaginaria de la solapa de mi chaqueta.

- Pero sabes que nos son días normales – objetó sin mirarme a los ojos.

Y en ese momento tuve el primer mal presentimiento de aquella noche.

- No será para tanto – quise conformarme.

Entonces mi madre me miró, con aquella dulce, tierna y consoladora mirada de madre.

- Tu padre te espera, quiere hablar contigo – fueron sus palabras claras, mientras acomodaba un mechón de mi cabello, que estaba bien, tras mi oreja – sé fuerte, es por nuestro bien.

El mal presentimiento, se iba convirtiendo poco a poco en una realidad.

Le besé la mano a mi madre, siempre atenta y amante. Y caminé hasta el salón, cerrando las puertas tras de mí. Para ese entonces sólo tenía veinte años, pero era la edad suficiente para ser un hombre. Me giré, con ambas manos unidas tras la espalda, en un gesto claro de respeto, en dirección a mi padre.

- Padre… ¿quería hablar conmigo? – pregunté.

Mi padre permanecía apoyado contra la chimenea, que por la estación del año que pasábamos, estaba apagada. Se fumaba un gran habano, que estaba seguro que no terminaría esta noche. Y sobre la chimenea le acompañaba un vaso de whisky.

- ¿Quieres uno? – me ofreció, mientras se llevaba el vaso a la boca.

Y sentí el golpe de la incertidumbre en el estómago.

- Claro – acepté, él me hizo un gesto, aún con el vaso en la mano, indicándome la mesa que contenía el licor y los vasos.

Caminé hasta ella y me serví un vaso, que no pensaba beber completo, pero que le serviría a mi padre, para hablarme de hombre a hombre, como me temía que sería.

- La guerra ha estallado – fueron sus palabras a mi espalda.

Y sentí como se me tensaban todos los músculos, lo miré, pero él no lo hizo, sólo siguió hablando, mientras observaba su vaso, como si en el líquido ambarino de su copa, estuvieran todas las palabras.

- No podemos quedarnos aquí – aclaró. Y eso ya lo sabía yo muy bien – las tropas de la Unión se acercan y debemos volver a nuestras tierras.

- Pero no nos atacarán a nosotros, también pertenecemos a la Unión – conjeturé.

En ese momento mi padre me miró.

- Armand, hijo… - su voz sonaba dolida, entristecida por los hechos – nosotros vivimos de la cosecha del algodón, hemos pasado largos años en estas tierras, si no volvemos a California, seremos tratados como Confederados.

Y el dolor se instaló en mi pecho. Pensé en ella.

- Pero… - quise decir.

Mi padre no dejó de mirarme.

- Tienes que pensar en esta familia – se antepuso a mis replica – y en tus hermanas.

Bajé la mirada y apreté un puño conteniendo mi enfado. Para algunas situaciones, tenía la suerte de ser el hijo mayor de esta familia, y el único varón, pero ahora mismo sentía que mi suerte, era una condena. Con una madre y tres hermanas menores, no podía dejar a mi padre sólo.

- ¿Si la convenzo de que venga con nosotros? – pregunté angustiado.

- No creo que Anya abandone a su familia – me aclaró.

- ¿Pero si lo hace? – insistí. Notaba como el corazón se desesperaba dentro de mi pecho.

- Será recibida como una hija más, y tu mujer – sentenció mi padre, con ese tono indiscutible con el que sellaba su palabra.

Me mordí el labio y asentí.

- ¿Cuántos días tenemos? – pregunté.

- Dos, tres como mucho – aclaró.

- Dos días – repetí, marcando aquel plazo en mi mente, mientras bebía el contenido completo de mi vaso – ¿puedo retirarme?

Mi padre asintió suavemente.

Caminé hasta la puerta del salón, decidido a organizarlo todo para llevar a Anya conmigo.

- Armand – lo escuché hablar. Lo miré desde la puerta – gracias.

Le hice un gesto, mi padre era un hombre honorable, uno de los primeros de esta ciudad en pagar, a su servicio, y entregarles condiciones dignas de trabajo a los esclavos. Trabajadores como solía llamarles él. Todas ellas, practicas no muy bien aceptadas por esta zona, pero que hasta ahora no habían pasado de ser discrepancias, que bien se podían arreglar, con un buen whisky o un mejor precio de venta, pero ahora él tenía que pensar en nosotros, la pequeña familia que éramos, y estábamos, literalmente, metidos en la boca del lobo.

Salí al enorme jardín que componía la entrada de nuestra casa. Grandes árboles decoraban un camino que habitualmente era recorrido por los carruajes de aquellos que nos visitaban. Caminé hasta la fuente que había medio oculta por los arbustos y que ahora mismo, estaba decorada con hermosas flores que se abrían en la superficie. Y la vi, apoyada contra el respaldo de aquel banco de hierro de color verde, que era el lugar perfecto para una cita de amantes.

Se giró hacia mí en cuanto escuchó llegar. Y se abalanzó hacía mí, des mismo modo ansioso en que lo hice yo.

- Armand…

En su voz se atenazaba la tristeza. Y sus brazos me rodearon como de todas las formas posibles, con desespero, protección, indefensión.

- Anya… mi hermosa criatura… - le susurré besando su cabello largo, que se había abierto en ondas, cuando cayó la capucha de la capa que vestía.

- Esto es horrible… - murmuró y por la forma en que su voz se había quebrado, supe que lloraba.

La llevé conmigo hasta el banco, pero en lugar de sentarnos uno junto al otro, la acomodé en mi regazo, como se hace con una niña pequeña, porque eso mismo era ahora ella, en mis brazos. Mi niña.

- Tranquila… todo estará bien... – intenté consolarla, con palabras, con besos, con suaves caricias.

Era obvio que ella ya sabía que la guerra se acercaba, un fantasma más terrible que la misma muerte, en nuestra época.

Busqué sus labios y los besé con intensidad, no había espacio en mí, para un beso honesto ahora mismo, necesitaba que ella comprendiera que la amaba más que a mi propia vida. Que el amor que le tenía no era lisonjero, ni cauto. No era un amor apacible, era apasionado como mi alma. Y no dejé de besarla hasta que la escuché gemir tímidamente, avergonzándose de su propia reacción. Me miró, y vi en sus ojos decisión.

- ¿Te irás? – quiso saber.

Yo asentí con suavidad.

- Y tú vendrás conmigo – afirmé, quería que supiera que ella lo era todo, que estaba dentro de mis planes, de todo lo que yo haría.

Noté su mano en mi mejilla, cálida, tenue.

- No puedo… - negó suavemente, sonriendo en medio de las lágrimas.

Yo sentí que el cielo mismo caía sobre mi cabeza, como si el mundo perdiera forma y consistencia.

- No puedo dejarte aquí… eres mi vida… - le confesé.

Anya cerró los ojos y los abrió nuevamente.

- Promete que lo que te diré, no lo sabrá nadie más que tú – me suplicó.

Y no tenía que decir más, para que yo supiera que aquello significaba mucho para ella.

- Lo prometo – en mis palabras había veracidad. Mi padre me había enseñado a mantener la palabra por encima de la misma vida.

Ella suspiró, tomó mi mano, y comenzó a jugar con mis dedos.

- Mi hermano va a unirse a la Unión – me contó, y entonces me miró – como un espía de los confederados.

Sentía como el pecho se me agitaba, qué debía hacer, qué debía pensar.

- No puedo dejar a mi familia sola… - se le llenaron los ojos de lágrimas.

Su hermano tenía dieciocho años, un año más que ella y Anya se convertía en la mayor de los que quedaban. Sin padre y con dos hermanos pequeños, le di respuesta a mis propias preguntas, debía ayudarla.

- Cuidaré de él – le ofrecí.

- Oh Armand… - se abrazó a mí - me moriría si le pasara algo, o a ti...

- Estaremos bien – intenté consolarla.

La guerra era un asco.

Y entonces recordé lo que había en mi bolsillo, un pequeño tesoro que había recogido esta misma tarde, para ella. Lo saqué y lo deposité en su mano. Anya lo miró y comenzó a hipar por las lágrimas.

- Shhh… - intenté calmarla – se supone que tienes que estar feliz – quise animarla – te estoy pidiendo matrimonio.

Ella continuó hipando, aunque logre arrancarle una suave sonrisa ahogada.

- ¿Es que no quieres casarte conmigo? – pregunté con cierto mimo.

Entonces sentí su mano enredada en mi cabello, y sus labios perdiendo la timidez contra los míos, en un beso con sabor a despedida.

Cuando me liberó, sus lagrimas habían remitido, y yo lo único que lograba hacer, era mirar su hermosos ojos claros, intentando conservar en mi memoria, intacto, ese fuego gélido que emanaba de ellos, para que calentara mi alma, cuando todo alrededor fuese dolor.

- ¿Qué dice? – intentaba leer.

Le acaricié el contorno del rostro, en tanto pronunciaba las palabras que había grabadas en ese anilla, al igual que en mí.

- Te pertenezco…

Se tomó una pequeña pausa, durante la cual parecía querer grabar, igualmente, en su memoria mi mirada.

- Y yo te pertenezco a ti… - susurró, dejando el anillo en mi mano, extendiendo la suya, para que lo pusiera en su dedo.

Y eso hice. Como preámbulo a lo que a continuación sucedió.

Junto a aquella fuente de flores flotantes, y ayudándonos por el banco de metal forjado, me abrí pasó entre la muselina de su vestido, y me adentré en ella, deseando que nuestro amor fuese eterno.

"Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero, quiero que tus oídos sigan oyendo el viento, que huelas el aroma del mar que amamos juntos y que sigas pisando la arena que pisamos."

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Me encontraba en el balcón del hotel, fumando un cigarrillo, la mañana había llegado hacía algunas horas, y a pesar de lo tarde que me había dormido, ese extraño sueño me había despertado, un sueño tan inverosímil, como vivido. Aún podía sentir en la piel las caricias de aquella chica, que era la misma chica que ahora descansaba desnuda en mi cama. Respiré profundamente y me terminé el cigarrillo, entrando todo lo silenciosamente posible, en la habitación. Me apoyé en el umbral de la ventana que daba al balcón, y desde ahí observé la espalda desnuda de Arien, y su cabello oscuro esparcido por la almohada. Parecía tan tranquila descansando, que no quise despertarla. Le envié un beso silencioso, que el aire dejaría sobre su piel.

Y salí de la habitación, en el mismo silencio. Pasé junto a la habitación de mi hermano, que estaba en completo silencio, aunque debía de ser temprano también para él. Bajé hasta la recepción y pedí que me subieran el desayuno para dos, pidiendo para mí un café, mientras esperaba a que estuviese listo.

- En dos minutos más lo subimos.

Me avisó un camarero, así que dejé mi café a medio terminar, y subí a mi habitación para recibirlo.

Cuando estaba llegando al final de la escalera que comunicaba el primer piso con el segundo, comencé a escuchar voces que parecían estar demasiado alteradas, para tratarse de una conversación. A medida que avanzaba, se oían cada vez más fuerte, y reconocí la voz de Tom aunque no entendía aún qué decía, comprobando que la puerta de su habitación estaba abierta, pero los gritos provenían de la mía.

Apresuré el paso, casi corriendo, hasta llegar a la puerta de mi habitación, que estaba cerrada, metí la llave en la cerradura y cuando entré me encontré con la escena que me temía.

Tom estaba de pie delante de la cama, mientras que Arien se había arrinconado cerca del cabecero, cubierta sólo con la sabana.

- ¡Me mentiste!- le gritaba Tom, encolerizado, fuera de sí.

- ¡Te amaba!... – decía Arien, haciendo un gesto negativo con la cabeza, como si no entendiera que Tom no la comprendiera - … te amaba…

Y yo, menos que nadie entendía lo que estaba pasando.

- ¡¿Qué pasa aquí? – pregunté exaltado.

Tom me miró. Y creo que muy pocas veces, o quizás ninguna, había visto su rostro tan desencajado.

- ¡No es buena Bill!... ¡No es buena!... ¡Aléjala de ti, y de mí!... – me exigió, con los puños apretados, como si estuviese a punto de asestar un golpe.

Caminé con prisa hacía la cama y lo sostuve de los hombros, temiendo que se arrojara sobre Arien.

Esto era surrealista.

- ¡Aléjala Bill!

Tom temblaba.

Lo empujé con fuerza, pero sin violencia, hacia la pared, quizás para darle espacio a Arien a que se vistiera. Él no dejaba de mirarla, con furia.

- Mírame… - le pedí, pero al ver que Tom no me oía - ¡Mírame! – le exigí.

Entonces sus ojos se enfocaron en los míos, y fui notando como poco a poco parecía volver de una especie de trance. Sus hombros que habían estado endurecidos por la violencia contenida, se iban relajando lentamente.

Podía oír a Arien moverse tras de mí. Buscando sus cosas, para escapar luego hacia la puerta.

- ¡Arien! – le grité, sin soltar a Tom.

Pero ella no se detuvo.

"Quiero que lo que amo siga vivo y a ti te amé y canté sobre todas las cosas, por eso sigue tú floreciendo, florida, para que alcances todo lo que mi amor te ordena, para que se pasee mi sombra por tu pelo, para que así conozcan la razón de mi canto."

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Continuará…

Este capítulo tenía muchas ganas de escribirlo, creo que al menos para ustedes, que son los que leen, la historia comienza a estar más clara, aunque esta reacción de Tom, sigue manteniéndonos en ascuas ¿verdad?... ya saben, hay que seguir, de ese modo iremos redondeando todo.

Besos y muchas gracias por sus comentarios, incluso los que han llegado atrasados o como un comentario de múltiples capítulos, también los que llegan a mi mail, todos son bienvenidos. El otro día hablaba con una amiga, y le contaba lo feliz que me hacía saber que me leía, a pesar de que esta historia no es de InuYasha. Sé que he perdido muchos lectores al decidirme a escribir sobre Bill, pero la vida es así ¿no?

Gracias por leer.

Siempre en amor.

Anyara