Disclaimer: La serie de HBO 'Juego de Tronos' no es de mi propiedad, como tampoco lo es la serie de libros 'Canción de Hielo y Fuego' del escritor estadounidense George R. R. Martin.


DAWN

Capítulo 10:

The Blood Star


—El camino del Demonio—dijo Ser Jorah Mormont al tirar de las riendas para detenerse junto a ella.

El viejo camino valyrio brillaba ante ellos como una larga cinta de plata que serpenteaba entre bosques y colinas.

—Aún no veo a los demonios—negó Visenya, con una sonrisa irónica. Frente a ellos, la llanura se extendía hasta perderse en el lejano horizonte. A partir de aquel punto las colinas, montañas, árboles y pantanos cobijarían a su khalasar por las noches.

La joven oyó el sonido de voces a su espalda, y se volvió. Mormont y ella se habían distanciado del resto del grupo, y los demás cabalgaban por la carretera de piedra oscura. Sus doncellas y jinetes cabalgaban con la elegancia de centauros. El día era demasiado perfecto. El cielo tenía un color azul intenso y sobre ellos, muy arriba, el ave del truenl trazaba círculos. La hierba se cimbreaba y suspiraba con la brisa; el aire le acariciaba el rostro, y ella se sentía en paz.

—Deberíais ver el Mar Dothraki—dijo Ser Jorah—. Tendríais que verlo cuando florece. Se cubre de flores color rojo oscuro hasta donde abarca la vista, parece un mar de sangre. Si se ve en la estación seca, el mundo se vuelve del color del bronce viejo. Ahí hay cientos de tipos de hierbas, algunas amarillas como el limón y otras oscuras como el índigo, hierbas azules y anaranjadas, y otras que son como un arcoíris. Se cuenta que en las Tierras Sombrías, más allá de Asshai, hay océanos de hierba fantasma, más alta que un hombre a caballo y más blanca que el vidriolechoso. Mata a todas las demás hierbas y brilla en la oscuridad con los espíritus de los condenados. Según los dothrakis, algún día, la hierba fantasma cubrirá el mundo entero y será el fin de toda vida.

—Hielo—susurró Visenya. Pensó en sus sueños, en el azul espectral que acompañaba a los espectros que la perseguían—. Los dothrakis piensan que el mundo terminará cubierto de hielo. No lo conocen, jamás lo han visto, pero saben como debe ser.

La Khaleesi iba a la cabeza de la horda, con la Guardia Real y sus doncellas, de manera que veía el paisaje siempre impoluto. Tras ellos la horda podía desgarrar la tierra, enfangar los ríos y levantar nubes de polvo asfixiante, pero ante ellos, los campos estaban siempre verdes y frondosos.

Pasaron por los Acantilados Negros, siempre alerta. Acamparon junto a una catarata de aguas azuladas; atravesaron las ruinas de la ciudad muerta de Bhorash donde, según se decía, los fantasmas aullaban entre las columnas de mármol ennegrecido. Visenya no vio a ningún fantasma, ni siquiera notó la presencia de los lamentos que acompañaban a las muertos.

Cabalgaron por los caminos valyrios que tenían más de mil años, rectos como una flecha dothraki. Durante varios días recorrieron la ruta de Tolos, y su khalasar descansó junto al agua envenenada que sus caballos temían beber. En aquellas colinas, que delimitaban las Montañas Pintadas, moraban tigres moteados y hrakkars salvajes que escapaban ante la proximidad del khalasar.

Visenya desmontó cuando la bóveda estrellada apareció sobre sus cabezas. Ordenó a sus doncellas que le preparasen la bañera. Irri encendió una hoguera junto a la tienda, mientras Seik y Jhiqui cogían de los caballos de carga la gran bañera de cobre, que recibió de Hizdahr, y acarreaban agua de la charca más cercana.

Irri y Jhiqui tenían más o menos la edad de Visy; eran chicas dothrakis tomadas como esclavas cuando Drogo destruyó el khalasar de su padre. No dudaron antes de ofrecerle sus servicios a la nueva Khaleesi, quién humilló a los soberbios Señores de Caballos.

Visenya recargó la cabeza contra la bañera. Jhiqui vertió esencia de rosas en el agua y Seik deshizo las trenzas para cepillarle el cabello hasta que obtuvo el brillo de la plata. Mientras Irri le frotaba los piernas con una esponja suave, pensó en Aenar, en Daenerys y en cuanto deseaba que la idiota mantuviera las manos lejos de su hombre.

No deseaba actuar como una mujer celosa, no tenía nada que envidiarle, pero le molestaba que Daenerys intentara apoderarse de todo lo que había conseguido. No era una guerrera ni una gran estratega militar, simplemente se trataba de una chiquilla tonta que no duraría un segundo en el mundo real. Aunque le arrebataron Rocadragón, nació en una cuna de oro, al igual que Viserys. No conocía la hambruna ni la necesidad, jamás trabajó para lograr un objetivo deseado; permaneció en un palanquín de seda mientras sus huéspedes trabajaban por ella.

Visenya detestaba la situación, pero no podía hacer nada para remediarlo. Mientras cabalgaba con el khalasar a través de las carreteras valyrias, ella surcaba los mares con Aenar. Pensó abandonarla en Meereen, en asignarle otro barco, pero descartó aquellas ideas. Missandei, Lara y Kinvara viajaban en la Estrella de Sangre, al mando del capitán Greyjoy, y Daenerys no podía ser la excepción. Ella jamás habría tolerado las costumbres de la horda o la rudeza de los caballos. No estaba hecha para cabalgar en terrenos salvajes, su delicado cuerpo terminaría rompiéndose como el cristal, por ello viajaba en el barco más grandioso de la flota.

Aunque no tenía nada que ofrecerle a su causa, prefería que viajara con ellos para mantenerla vigilada. Como Visy carecía de hijos, pensaba que heredaría el reino cuando muriera. Kinvara pensaba que Daenerys, tarde o temprano, terminaría traicionándola para obtener un ejército.

La cena constó sencillamente de fruta y pan frito con queso derretido, todo acompañado por una jarra de jugo mezclado con miel. El estómago de Visenya no era capaz de retener más.

Los Inmaculados y la Guardia Real se hallaban reunidos alrededor del fuego, compartiendo historias de guerra con los dothrakis. Arthur examinaba el arakh de Rhakaro con atención, Nakiye bebía un cuenco de sopa y Jorah observaba la tienda de la Khaleesi como un halcón. Aunque los dothrakis valoraban la habilidad de los Inmaculados, por los Tres Mil de Qohor, Gusano Gris fruncía el ceño como un toro. Los comentarios sexuales le molestaban porque jamás podría compartir una noche de verdadera pasión con Missandei.

Aelix entró para acurrucarse junto al lecho, y ella admiró el cofre de cedro con una pequeña sonrisa. Cogió el huevo de la cáscara verde oscura. Las motas de bronce brillaron entre las escamas cuando le dio una vuelta entre las manos. Visy se tumbó de lado y acunó el objeto en el hueco que quedaba entre su vientre y sus pechos. Le gustaba abrazar aquellos huevos. Eran muy hermosos, tanto como lo fueron sus hijos. Le recordaban a los pequeños dragones que salieron de la cáscara, en medio de un incendio, hambrientos y confundidos.

Visenya permitió que el demiguise descansara con ellos, en el nido que Aelix armaba a su alrededor. Dougal demostraba ser un compañero grandioso, amable y atento como un caballero ideal. Pronto, tendría pequeñas crías que cuidar.

—¿Puedes ver el futuro, verdad? —Visy observó los ojos dorados con curiosidad. Leyó en el bestiario de la Antigua Valyria que el demiguise era capaz de contemplar el futuro, que los brujos tejían capas de invisibilidad con su pelaje y que eran prisioneros porque las capas perdían su poder con el tiempo—. Supongo que escaparon antes de que la Maldición azotara Valyria. La Isla de los Cedros solía ser un puesto de avanzada del Feudo Franco—entonces desvió la mirada. Aquellos ojos dorados le recordaron a su amado, a la crisis de identidad que enfrentaba. Visenya prefería sentirse culpable por revelarle la verdad a ocultarle todo como una cobarde—. Podría… visitarlo.

Alcanzó la Corona de Meraxes con la mano restante. La lechuza aún permanecía en el camarote del capitán, sobre el dintel de la puerta. Las mujeres viajaban en las habitaciones de los oficiales para evitar situaciones incómodas con la tripulación, eminentemente masculina.

—Visenya puede llegar a ser bastante cruel—declaró Daenerys al ser peinada por Lara. Missandei se encontraba sentada en la mesa de navegación, con cientos de pergaminos a su alrededor, mientras escribía notas con una pluma—. Soy su heredera, la princesa de Rocadragón, debería escucharme.

—Nuestra reina ha jurado acabar con la esclavitud—dijo la pequeña escriba. Su tía no era una desquiciada como Viserys, no era ajena a la realidad que enfrentaba la Casa Targaryen, simplemente señalaba las cosas que le convenían—. Ella no es reina porque le interese un trono puntiagudo al otro lado del Mar Angosto, es reina porque desea construir un mundo mejor.

—Los valyrios, que construyeron la civilización más grandiosa de la historia, sabían que la esclavitud no podría ser erradicada de la tierra—mencionó Daenerys, recostándose en la cama de Aenar para abrazar las sábanas contra su pecho. Consideraba que el dragón no debía copular con bestias inferiores, pero aún así batía sus pestañas para el navegante—. Una sola persona, aunque tenga dragones a su disposición, no puede acabar con ella. Aunque lo hiciera, Essos no puede ser gobernado de la misma manera que Poniente. Debería zarpar con su ejército antes de perderlo todo.

—Nuestra reina jamás sería derrotada por mercaderes y piratas—espetó Missandei. Los magísteres pentoshis financiaban secretamente al Reino de las Tres Hijas porque temían que resultara vencedora. Pentos no deseaba que la Reina Dragón alterara su estilo de vida, aunque detestaban de la misma manera el haberse involucrado con las Tres Putas. En caso de ser invadidos por el ejército de la Casa Targaryen, los mercaderes podrían negar su participación para ganar el favor de la reina. Los idiotas no pensaban que Visenya ya conocía la verdad—. Han despertado al dragón y deben pagar las consecuencias.

—El Alto Consejo de la Triarquía apoyó a los Verdes durante la Danza de Dragones. Cuando la noticia llegó a Rocadragón, el príncipe Jacaerys Velaryon se apresuró al combate con Vermax—señaló Daenerys, olfateando el lecho. Parecía ser que Viserys le enseñó el desarrollo de la guerra civil en algún momento. No era completamente ajena a la historia de sí familia—. El resultado fue la batalla naval más sangrienta de la historia. El príncipe y su dragón murieron ahogados en el Mar Angosto, y las Tres Hijas resultaron triunfantes—entonces apretó la almohada contra su pecho—. El capitán Greyjoy comanda la flota de los Targaryen. No merece sufrir el mismo destino que Jacaerys.

—El capitán Greyjoy es un gran navegante. Nuestra reina piensa que es mejor que el hombre llamado Corlys Velaryon—replicó Missandei al organizar los pergaminos. Aunque la Serpiente Marina surcó los catorce mares, dudaba que hubiese acercado sus manos al timón. Aenar navegaba, remendaba velas, realizaba nudos imposibles y reparaba el casco como un armador de Braavos. Nació para surcar los mares, de una forma u otra—. El capitán tiene un motivo por el que regresar. Una mujer espera por él, una mujer que lo ama.

—Visenya dijo que Aenar tiene una… amante—susurró Daenerys, frunciendo el ceño ante la idea. Se decía que las mujeres de la Casa Targaryen no tenían rival en cuanto a gracia y belleza. Le parecía que ninguna mujer debía ser capaz de superarla—. ¿Esa mujer es más hermosa? Visenya no contestó la pregunta.

—Hermosa ni siquiera alcanza a describirla—tragó Lara, compartiendo una mirada con Missandei. La obsesión de Daenerys debió ser provocada por el pecho desnudo del navegante. Visy mentiría si dijera que no acariciaba esos músculos cuando él dormía a su lado, agotado por el sexo. Debía prohibirle el andar sin camisa—. Debe ser la mujer más bella en todo el mundo.

Visenya voló por los corredores cuando Missandei abrió la puerta. Aunque la motivación de Kinvara se basaba en una profecía milenaria y en los susurros que provenían del fuego, demostraba ser una aliada, por ello viajaba con el mejor capitán, junto a los miembros del Consejo Pequeño.

Aenar acariciaba sus branquias ocultas con una mano y presionaba el copo de nieve en su collar con la otra. Debió cederle su habitación a las mujeres que viajaban en el barco para evitar una situación incómoda con la tripulación. Él simplemente se conformaba con una hamaca en las bodegas.

—Detesto esa mirada—dijo Visy, desde la red que sostenía al capitán—. Piensas que eres el monstruo que aterroriza a los niños en el lecho. No eres un monstruo, tu padre lo es.

—Quisiera hacerte tantas cosas, cada una más perversa que la anterior—susurró Aenar, sin apartar los ojos amarillos del collar en sus dedos—. Pero no puedo embarazarte, mucho menos ahora. Una reina no puede cargar al bastardo de un monstruo.

—¿Es lo que piensas? —retrocedió Visenya. En su verdadero cuerpo, se acarició el vientre para evitar llorar—. Los grandes personajes de la Edad de los Héroes desposaron a sirenas y nadie los recuerda como monstruos. El Rey Gris es considerado un salvador en las Islas del Hierro, el asesino de Nagga y el enemigo del Dios de la Tormenta.

—Los súbditos de Durran Pesardedioses debieron apedrear a su hijo—Aenar tocó las branquias con la punta de los dedos. Aún no asimilaba la verdadera naturaleza de las cicatrices que cargó toda la vida—. Victarion tenía razón: soy un fenómeno.

—Sólo eres el hijo de dos mundos—susurró Visy. La conversación fuera de su tienda le impidió continuar con la visita—. Desearía que pudieras verte como yo te veo.

—Visenya—declaró Arthur. La reina recargó la espalda contra las plumas de Aelix y sostuvo en su regazo el cuerpo de Dougal—. Los emisarios han… regresado.

Jorah presentó ante ella un baúl de cedro que contenía las cabezas en veneno de sus emisarios. Intentó buscar una solución diplomática para evitar el baño de sangre, pero Mantarys respondía llamándola puta y exigiéndole que devolviera Meereen a los grandes amos.

Los Segundos Hijos y la Compañía del Gato parecían refugiarse tras magos mediocres. Cuando los Triarcas cayeron, Barbasangre no tuvo más opción que aliarse con los nobles de Mantarys. Los rumores sostenían que eran capaces de oler los metales preciosos, que animales ponían huevos de plata, y que fabricaban uno de los venenos más peligrosos y misteriosos del mundo.

—La cabeza derecha… —Visenya examinó la textura del veneno con los dedos. Los dothrakis sostenían que serpientes de tres cabezas eran creadas por los magos de Mantarys en tiempos de guerra. Las supuestas abominaciones no eran más que bestias fantásticas caídas en el olvido—. Es el veneno de la runespoor.

—No toques eso—Arthur apartó el baúl con una patada, presa del pánico—. Podrías morir envenenada.

—La ponzoña solo provoca la muerte cuando ingresa al torrente sanguíneo—Visy rodó los ojos. El famoso veneno de Mantarys no era más que la ponzoña producida por la cabeza derecha de la temible runespoor. Los magos eran más estúpidos de lo que pensó en un principio—. Leí el bestiario de Valyria hasta que las hojas se cayeron a pedazos. Puedo reconocer a una runespoor por su veneno.

—Khaleesi—negó Jorah, tendiéndole un pañuelo. La reina limpió la ponzoña de sus dedos, sin moverse de su lugar, para cubrirse el cuerpo con las plumas de Aelix—. Deberíais tener más cuidado.

—Deberíais tener fe.


Tras la batalla, Visy cabalgó por los campos cubiertos de cadáveres. Tras ella, sus doncellas y la Guardia Real contemplaban la matanza.

Los cascos de los caballos dothrakis habían desgarrado la tierra, pisoteado los muros de Mantarys, y la habían regado con sangre. Los hombres heridos gemían y rezaban. Los jaqqa rhan se movían entre ellos: eran los hombres misericordiosos, con pesadas hachas, que les cortaban la cabeza a muertos y moribundos por igual. Tras ellos iba una bandada de niñitas, que arrancaban las flechas de los cadáveres y las ponían en sus cestas.

Los mercenarios eran los que llevaban más tiempo muertos. Eran miles; estaban acribillados a flechazos y se veían negros por las moscas que los cubrían.

La ciudad estaba en llamas; las columnas de humo negro se alzaban hacia un cielo azul inmaculado. Bajo los muros destrozados de barro seco, los jinetes galopaban de un lado a otro, haciendo restallar látigos largos mientras sacaban a los supervivientes de entre las ruinas humeantes. Las mujeres caminaban a trompicones, con rostros vacíos e inexpresivos, llevando de la mano a sus hijos sollozantes. Solo había unos pocos hombres: tullidos, cobardes y ancianos.

Visy vio que un mercenario trataba de huir en dirección al pantano. Un jinete le cortó el paso, y otros lo rodearon, haciendo restallar los látigos ante su rostro, obligándolo a correr de un lado a otro. Uno galopó tras él y le azotó las nalgas hasta que tuvo los muslos cubiertos de sangre. Por fin, cuando el mercenario ya no era capaz más que de arrastrarse, se aburrieron del juego y lo mataron de un flechazo.

—En número son los mismos que llevó vuestro padre al Tridente—señaló Ser Jorah—, pero en su caso, solo la décima parte eran caballeros. Los demás eran arqueros, mercenarios y soldados armados con estacas y lanzas. Cuando Rhaegar cayó, muchos tiraron las armas y huyeron del campo de batalla. ¿Cuánto tiempo creéis que habrían resistido contra el ataque de cuarenta mil guerreros aullantes, sedientos de sangre? ¿Cuánto habrían resistido las corazas de cuero y las cotas de malla contra una lluvia de flechas? La Compañía Dorada no es rival para los dothrakis, Khaleesi.

Visenya endureció el corazón y cabalgó a través de la matanza para llegar a las puertas de Mantarys. Dentro de la ciudad, la situación era aún peor. Muchas de las casas estaban ardiendo, y los jaqqa rhan habían cumplido su macabra misión. En las callejuelas estrechas y llenas de recovecos había cadáveres decapitados, algunos tan grotescos como Maelys el Monstruoso.

Los caballos se negaban a cruzar el arco que delimitaba la entrada de un siniestro edificio de piedra oscura, ubicado en el centro de la ciudad en llamas. Era una edificación alta y alargada, sin torres ni ventanas, que se enroscada como una serpiente de piedra y atravesaba un bosquecillo de árboles de corteza negra. No había otros edificios en las proximidades. Las puertas, decoradas con mantícoras, dragones, basiliscos y quimeras, presentaban jeroglíficos valyrios que narraban una maldición. El techo del palacio era de piedra negra y lucía una gárgola horripilante en cada recoveco.

El horror invocado en la Casa de Sangre intentaba regresar al mundo por medio de magos mediocres que desconocían las consecuencias de sus actos.

La reina saltó para examinar el charco de plata que asustaba a los caballos de la horda. Al medir la textura del líquido, observó los tallados en la roca con el ceño fruncido. Sus manos, cubiertas de sangre por la cantidad mercenarios que asesinó, trazaron una línea en el arco de roca. El siniestro poder que rodeaba Mantarys era invocado tras las puertas negras, de forma desesperada.

—Sólo un estúpido utilizaría la sangre de un unicornio. Se trata de una sustancia tan pura que, desde el momento en que toca los labios, tendrás media vida—declaró Visy, sin apartar la mirada de los jeroglíficos. La Guardia Real la rodeó cuando los sementales escaparon en medio de relinchos cargados de un temor palpable—. Permanezcan aquí. No crucen el arco, o jamás lograrán salir con vida.

Sangre de mi sangre—dijo Jhogo en dothraki—. Este lugar es malévolo, es una guarida de espíritus y maegi. ¿No ves cómo se bebe el sol de la mañana? Vámonos antes de que nos beba también a nosotros.

—¡Khaleesi! —exclamó Jorah, cuando la reina ignoró las advertencias de su khalasar. Arthur detuvo al oso por la fuerza; el lugar emulaba la Casa de Sangre a la perfección.

Visenya apartó las puertas cuando los tallados le permitieron el paso. De pronto, se tropezó con un festín de cadáveres. Los comensales, asesinados de las maneras más despiadadas, yacían tirados sobre las sillas volcadas y las mesas destrozadas, en medio de charcos de sangre coagulada. A algunos les faltaban miembros; a otros, la cabeza. Las manos cortadas agarraban copas ensangrentadas, cucharas de madera, trozos de ave asada o pedazos de pan. En un trono elevado había un hombre muerto con cabeza de lobo. Llevaba una corona de hierro y tenía en la mano una pierna de cordero, como si fuera el cetro de un monarca. Sus ojos siguieron a Visy con una súplica.

—Cuando cae la nieve y sopla el viento blanco, el lobo solitario muere, pero la manada sobrevive—pronunció el Rey Lobo, con las fauces ennegrecidas—. El invierno se acerca.

Visenya atravesó una puerta de madera carcomida, frunciendo el ceño. Al entrar a una antecámara, notó la presencia de un hombre de larga cabellera plateada.

—Aegon—le dijo el hombre a una mujer que amamantaba a un recién nacido en una gran cama de madera—. ¿Qué mejor nombre para un rey?

—¿Compondrás una canción para él? —preguntó la mujer. Le pareció que lucía cómo una moribunda, que el bebé le arrebataba la vida con cada succión. Aunque se encontraba demacrada por el parto, no demostraba ser poseedora de una gran belleza.

—Ya tiene una canción—replicó el hombre—. Es el príncipe que fue prometido; suya es la canción de hielo y fuego.

—Rhaegar… —susurró Visy. La mayor obsesión de su estúpido padre le resultaba inconfundible. La mujer en la cama debía ser Elia Martell de Dorne; despreciada por el Príncipe de Plata cuando encontró un coño mejor.

—Tiene que haber uno más—continuó Rhaegar—. El dragón tiene tres cabezas.

Se dirigió hacia el asiento empotrado bajo la ventana, cogió un arpa y acarició las cuerdas plateadas. Una dulce tristeza impregnó la habitación cuando el hombre, la mujer y el bebé se desvanecieron como la neblina en la mañana, y solo quedó la música para espolearla en su camino.

La alfombra mohosa por la que caminaba había tenido en otros tiempos colores maravillosos, y en el tejido se veían aún hilos de oro que brillaban entre el gris desvaído y los manchones verdosos. Lo que quedaba de la alfombra amortiguaba el sonido de sus pisadas, cosa no tan deseable como podría parecer.

Visenya miró hacia atrás. Sintió un latigazo de coraje al ver que las antorchas se estaban apagando. Tal vez quedaran veinte encendidas, treinta como mucho. Ante sus ojos, una parpadeó y se apagó. Era como si la oscuridad reptara por la sala en dirección a Visy, y le pareció oír algo que se acercaba, algo que se arrastraba trabajosamente por la alfombra descolorida.

Por último aparecieron a su izquierda un par de puertas de bronce, mucho más grandes que todas las demás. Se abrieron cuando ella se acercó, y tuvo que detenerse para ver qué había más allá. Era una gigantesca sala de piedra, la más descomunal que había visto jamás. De los muros pendían los cráneos de dragones muertos, que parecían mirarla. En el medio de la habitación, un trono hecho de espadas albergaba a un venado coronado, que era reverenciado por un león, un lobo, una trucha, un halcón, una rosa de oro y un sol. El león devoró al venado para tomar su lugar, y la cabeza del lobo rodó hasta los pies de Visenya. Una rana saltó sobre el trono para susurrarle a la fiera en el oído.

—No te casarás con el príncipe, te casarás con el rey—dijo con una voz rasposa—. Reina serás, hasta que llegue otra más joven y más bella para derribarte y apoderarse de todo lo que te es querido.

Visenya ensartó al león con Hermana Oscura cuando se abalanzó sobre ella. Subió las escaleras de la sala para remover el cadáver de la bestia, pero el viento la obligó a sentarse en el trono. La nieve cayó del techo y el frío invernal consumió las hogueras, mientras presenciaba una batalla entre la noche y el amanecer.

A su derecha había una hilera de amplias puertas de madera, todas abiertas. Eran de ébano y arciano, las vetas blancas y negras se entrelazaban en extraños dibujos. Eran muy hermosas, pero en cierto modo también resultaban grotescas. En aquel momento, las sombras se estremecieron en la penumbra y formaron imágenes espectrales.

Dragones diminutos chillaron bajo un cometa sangrante, rodeados por la sal y el humo, mientras eran acunados por una niña desnuda. Un hermoso hombre de ojos púrpuras y cabellera castaña saltaba en el mar con la gracia de un delfín. Todas las bestias cayeron de rodillas ante el dragón de hielo, que reflejaba las estrellas del cielo, mientras el dragón marino surgía de las profundidades con la fuerza de un huracán.

—Hija de la magia… —un coro fantasmal susurró—. Madre de reyes.

Una mujer hermosa nadaba con un bebé en sus brazos. Era perseguida por una bestia verde con escamas en lugar de cabello. De lejos, parecía ser un hombre, pero visto de cerca revelaba las características que compartía con los peces carnívoros de Sothoryos. La mujer saltó del agua, y su perseguidor se vio obligado a permanecer en el mar. Los restos de un conjunto de atalayas y torreones ubicados sobre media docena de islotes y peñascos cobijaron a la misteriosa dama.

—No podrán tocarte, mi pequeño príncipe—susurró, depositando al bebé en una cuna de madera. Desprendió su tiara para colocarla en la cabeza del infante risueño, que gorgoteaba completamente ajeno al peligro. La sirena giró para observar los ojos de Visenya—. Debes ayudarle. Necesita saber quién es.

—Hija de la magia… —continuaron los fantasmas—. Esposa de los mares.

Un dragón de tela se mecía entre dos pértigas mientras la multitud aplaudía. Una loba moribunda paría un dragón de hielo y un lobo blanco con su último aliento. Una niña pequeña era arrastrada por un hombre que apuñaló su cuerpo medio centenar de veces.

—Hija de la magia…. —sisearon una vez más—. Hermana de la muerte.

Las visiones se sucedían cada vez más deprisa, una tras otra, hasta que pareció que el aire había cobrado vida. Las sombras giraban y danzaban en el interior de una ruina, impalpables y terribles. Una niñita de cabello plateado corría descalza sobre el mar embravecido, luchando contra las olas que amenazaban con aplastar su hogar. Mirri Maz Duur cantaba maldiciones, mientras el ave del trueno le arrancaba la carne a jirones. Un kraken coronado aplastaba a los tritones de escamas verdes que pinchaban sus tentáculos con tridentes de coral. Una dama de plata corría con tres huevos de jade, ónix y marfil para unirse a un dragón de tela, que esperaba en compañía de un grifo rojo. Al pie de la Madre de las Montañas, una fila de ancianas caían de rodillas, todas estremecidas, inclinando las cabezas canosas. Un millar de dothrakis alzaban las manos manchadas de sangre mientras Visenya cabalgaba entre ellos, a lomos de un unicornio tan blanco como la leche.

Un rugido de furia cortó el aire, y de repente, las visiones desaparecieron, se desmoronaron. Sus muñecas se encontraban atadas con gruesas cadenas oscuras. Los hechiceros de Qarth y los magos de Mantarys la rodearon con sonrisas codiciosas.

—Visenya de la Casa Targaryen, sed bienvenida—dijo un bujo, que escupía sangre plateada—. Largo tiempo os hemos aguardado. Sabíamos que vendríais a nosotros. Lo supimos hace un millar de años; desde entonces os esperamos.

En la oscura habitación, yacían enormes jaulas de acero valyrio. Las runespoor colgaban de gruesas estalactitas; muchas de ellas sólo conservaban dos cabezas. La cola del zouwu ondeaba como un estandarte, mientras el animal rasgaba los barrotes con furia. Los escarbatos ocultaban sus bebés de las sombras que bailaban con la muerte. El lamento de los bowtruckles, que moraban en un árbol ennegrecido, secó las semillas de la vida. Los unicornios observaban la sangre plateada que caía desde un altar con la mirada perdida.

—Vuestra pasión—rió un brujo. Tenía la piel de un tono violeta azulado, con los labios y las uñas todavía más azules, tan oscuros que casi parecían negros. Hasta el blanco de sus ojos era azul—. Nuestra recompensa para vos. La magia es más fuerte desde que nacisteis. Pasareis los eones junto a ellos, como siempre deseasteis—señaló desdeñosamente las jaulas. Los hechiceros pensaban que las bestias fantásticas no eran más que ingredientes para sus pociones—. Debemos arrancar el monstruo que cargáis en el vientre.

Entonces Visenya alzó la mirada, con los ojos cargados de rabia. Las cadenas de acero valyrio estallaron en mil pedazos y los animales en las jaulas retrocedieron, temerosos.

—¿Deseáis poder? —susurró Visy, protegiendo su vientre con una mano. La tormenta que azotaba Mantarys estremeció la tierra con la fuerza de un cataclismo. Del techo, caían relámpagos tan negros como la noche—. Les enseñaré lo que significa el poder.


Tras atravesar la muralla y entrar en la ciudad pasaron a caballo junto a casas gremiales, mercados y casas de baños. En el centro de amplias plazas, fuentes cantarinas salpicaban a los hombres que, sentados en torno a mesas de piedra, jugaban al sitrang. A lo largo de la calle empedrada crecían palmeras y cedros, y en cada intersección había un monumento. La reina advirtió que muchas estatuas carecían de cabeza, pero hasta esas resultaban imponentes.

Una multitud compuesta por antiguos esclavos perseguía el unicornio de Visenya, mientras niños arrojaban pétalos de rosa en el camino para crear una alfombra de flores. El templo del Señor de Luz, una monstruosidad de columnas, peldaños, arbotantes, contrafuertes, cúpulas y torres, todo unido como si lo hubieran tallado en una única roca colosal, se alzaba como la Gran Pirámide. Sus fachadas lucían un millar de tonos de rojo, amarillo, naranja y dorado, que se mezclaban y se fundían como nubes al anochecer. Sus esbeltas torres arañaban el cielo como llamaradas detenidas en el tiempo.

Una hilera de hombres con armadura ornamentada y capa naranja montaban guardia ante las puertas del templo. Las lanzas que esgrimían tenían la punta en forma de llama. Realizaron una reverencia cuando la Elegida del Señor de Luz decidió honrarlos con su presencia.

Volantis estaba erigida a horcajadas sobre una desembocadura del Rhoyne, donde el río besaba el mar, y el Puente Largo unía sus dos mitades. La entrada era un arco de piedra negra con tallas de esfinges, mantícoras, dragones y otras bestias fantásticas olvidadas por el hombre. A ambos lados se alzaban edificios de lo más diverso: tiendas, templos, tabernas, posadas, locales para jugar al sitrang y burdeles. Casi todos eran de tres o cuatro pisos, con niveles que sobresalían cada vez más, de forma que los más altos parecían besarse. Había puestos y tenderetes de todo tipo; tejedores y en cajeros exhibían sus productos junto a los cereros y las pescaderas que vendían anguilas y ostras. Cada orfebre tenía un guardia ante su puerta, y cada especiero, dos, ya que su mercancía valía el doble. Visenya recordó que, según Arthur, el Rhoyne era cinco veces más ancho que el Aguasnegras a su paso por Desembarco del Rey.

En la parte central del puente colgaban de ganchos de hierro, como ristras de cebollas, manos cortadas de ladrones y rateros.

Volantis pareció detenerse cuando Rhaegon chilló sobre la ciudad. Cuando los esclavos tomaron el control, los vástagos de la Antigua Sangre decidieron recluirse en el interior del Muro Negro, con guardias y elefantes para resistir el dominio de la Reina Dragón. Según ellos, una mujer que descendía de una familia menor, no merecía gobernar a la Primera Hija de Valyria. Obviamente, los idiotas olvidaban que ellos mismos descendían de soldados hacendados, que recibieron tierras en las colonias del Feudo Franco, antes de la Maldición. Aunque fingían descender de las grandes familias, Visy conocía la verdad. Los registros ennegrecidos, que aún perduraban en el Mar Humeante, no mentían.

Divisó el Muro Negro que habían alzado los valyrios cuando Volantis no era más que un puesto avanzado de su imperio: un gran óvalo de piedra fundida, de setenta varas de alto y tan ancha que por su parte superior podían correr a la vez seis cuadrigas, cosa que sucedía una vez al año durante las fiestas que conmemoraban la fundación de la ciudad. Allí el tráfico era más denso. Las calles estaban atestadas de carros, carretones y hathays, que provenían del puente o se disponían a cruzarlo.

Las puertas eran colosales fragmentos de piedra oscura que debían ser abiertas por cuatro elefantes de carga. El mecanismo en el interior fue removido por los guardias que permanecían atrincherados en la entrada. La reina debió ocultarse cuando los soldados comenzaron a disparar flechas desde las almenas.

Gusano Gris y los Inmaculados alzaron sus escudos al unísono. Los dothrakis permanecían fuera de la ciudad, mientras el dragón acababa con la resistencia de los tigres. Necesitaba instalarse en el Palacio de la Triarquía, que se encontraba tras el Muro Negro, para encontrar una manera de revelar su embarazo.

—Debemos derribar esa puerta—señaló Arthur. Los bloques de piedra debían ser más gruesos que el pilar central de un castillo ponienti—. Necesitamos un ariete.

Las largas guerras habían despoblado buena parte de la ciudad, y amplias zonas de Volantis se estaban hundiendo en el lodo sobre el que se construyeron. La mitad de las fuentes se había secado y casi todos los estanques estaban agrietados o llenos de agua hedionda. Las enredaderas trepaban por cualquier grieta de los muros o la calzada, y en tiendas abandonadas y en los templos sin tejado habían arraigado árboles nuevos.

Visenya acarició su vientre para alcanzar la pequeña forma de vida que crecía en su interior. No le importó que los magos decidieran encadenarla, pero estalló al saber que cargaba a un bebé completamente indefenso, que debía ser protegido de los monstruos que deseaban arrancarlo de su madre.

El dragón de hielo pateó las puertas del Muro Negro y derribó los bloques de piedra sobre los guardias apostados en la entrada.

—Parece sobreprotegerte—comentó Arthur, de forma distraída. Rhaegon perseguía sus pasos como una sombra azul. Mientras galopaba en el unicornio que le arrebató a los magos, él sobrevolaba para mantenerla vigilada—. ¿Estás bien?

Visenya tragó para detener las náuseas. Los síntomas del embarazo comenzaban; sus pezones no toleraban la armadura de Jaenara y debía ocultarse para vomitar.

—¡Khaleesi! —saltó Jorah cuando la reina cayó inconsciente en los brazos de Nakiye.


Visenya observó el techo con una mano sobre el vientre, mientras yacía recostada en un cómodo sillón junto a la ventana. Le fue asignada un ala completa en el Palacio de la Triarquía. Tenía jardines propios, una piscina de mármol, una torre de adivinación y un lecho capaz de albergar a un elefante. Había libertos que atendían hasta la menor de sus necesidades. Los suelos de sus habitaciones privadas eran de mármol, y de las paredes colgaban tapices de seda que se estremecían con la menor brisa.

Todos los colores que habían faltado en Mantarys estaban allí, en el interior del Muro Negro. Los edificios que se agolpaban en torno a ella eran como fantasías de un sueño febril. Las esbeltas torres eran más altas que las casas en Nuevo Ghis, y en todas las plazas había ornamentadas fuentes en forma de dragones, grifos o mantícoras.

Los capitanes mercantes le llevaban encajes de Myr, azafrán de Yi Ti, y vidriagón de Asshai. Los mercaderes le ofrecían bolsas de monedas; los orfebres, anillos de plata y cadenas hechas de amatistas. Los flautistas tocaban para ella, los acróbatas hacían acrobacias, mientras los tintoreros le ofrecían los vestidos de seda más exquisitos del mundo. Una pareja de Jogos Nhai le obsequió uno de sus caballos a rayas blancas y negras. Una viuda le llevó un ojo myriense, que emulaba la forma de un cometa. El partido de los elefantes, compuesto por mercaderes y usureros, suplicaba de toda forma imaginable el favor de la Reina Dragón.

Tiendas y tenderetes de todo tipo se alzaban entre los almacenes y embarcaderos del puerto. En unas se podían adquirir ostras frescas; en otras, grilletes y cadenas de hierro; en otras, piezas de sitrang talladas en jade y marfil. También había templos donde los marineros ofrecían sacrificios a dioses extranjeros, y junto a ellos, casas de mancebía desde cuyos balcones las mujeres llamaban a los transeúntes. Visy advirtió que una enorme cantidad de prostitutas vestían una vulgar imitación de su vestido rojo, mientras exhibían las nalgas o los pechos.

Todos los pescaderos pregonaban su mercancía. Vio bacalaos, peces vela, sardinas, toneles de mejillones y almejas. En un tenderete había anguilas colgadas, y en otro se exhibía una tortuga gigantesca, pesada como un caballo, colgada de las patas traseras con cadenas de hierro. Los cangrejos forcejeaban en los toneles de salmuera y algas, y varios vendedores freían pescado con cebollas y remolachas, o vendían un guiso de pescado muy cargado de pimienta que habían preparado en cazoletas de hierro.

Los volantinos presumían de que las aguas de su puerto bastaban para cubrir las cien islas de Braavos. Visenya no había estado nunca en Braavos, pero se lo creía: Volantis, la ciudad rica, madura y podrida, cubría la desembocadura del Rhoyne como un cálido beso húmedo, y se extendía por colinas y pantanos a ambas orillas del río. Por doquier había barcos que navegaban río abajo o se dirigían hacia mar abierto, en los muelles y espigones, cargando sus bodegas o descargando mercancías: navíos de guerra, balleneros, galeras mercantes, carracas, cocas pequeñas y grandes, barcoluengos, naves cisne, barcos de Tolos, de Yunkai y de las Islas Basilisco.

Las amarraderas fueron capaces de albergar a la flota de la Bahía de Dragones. Aenar descendía de la Estrella de Sangre, tan imponente y tan apuesto como un héroe legendario, mientras Daenerys le sujetaba el brazo con adoración.

Comenzaba a utilizar los ojos de Rhaegon para ver a la distancia. No correría para recibir al Consejero Naval, no después de lo sucedido. No necesitaba la presencia de un hombre que consideraba al bebé en su vientre un monstruo.

—Shiera… —susurró Visenya al cargar el travieso escarbato que intentaba robar su corona. Había una mujer junto al naranjo; llevaba una túnica con capucha. El borde de la prenda llegaba hasta el piso de mármol. El rostro que se divisaba bajo la capucha era de madera lacada en rojo oscuro—. Si queréis advertirme de algo, hablad sin rodeos.

—Escuchadme bien. Las velas de cristal están ardiendo—pronunció Shiera Estrellademar. El secreto peor guardado de la Ciudadela rondó la mente de Visy. Los maestres hipócritas negaban la existencia de los grandes misterios, pero conservaban en sus criptas las velas de vidriagón utilizadas por los magos de la Antigua Valyria—. El bebé en vuestro vientre ha despertado una gran enemistad. Vendrán por él, y por su padre. Recordad las visiones. Recordad quién sois.

—La sangre del dragón—declaró Visenya. Nadie pondría las manos sobre su bebé. Todo aquel que intentara lastimarlo sufriría el mismo destino que Mantarys—. La sangre de los Primeros Hombres.

—Pronto llegará la yegua clara, y con ella el usurpador de los mares—dijo Shiera. Las velas de cristal la convertían en una sombra susurrante. Cuervo de Sangre debió aprender muchas cosas de su amante—. Sois la estrella sangrante que marca el comienzo de una nueva era.

Cuando volvió a quedarse a solas, Visy acarició su vientre de forma protectora. Oía el viento entre los frutales, y en los jardines no había más que bestias fantásticas. Las runespoors trepaban por las ramas de un peral, mientras las cabezas luchaban entre ellas. Los escarbatos tomaban un baño con monedas de oro en una bañera de mármol. Los demiguises reunían naranjas en una canasta para alimentar a las crías de Dougal. El zouwu dormitaba en la hierba, libre de todas las cadenas que le impidieron desaparecer. El cuerno de los unicornios brillaba bajo el sol. Los bowtruckles tallaban un agujero en la corteza del peral para darle forma a su nuevo hogar.

En el Reino de las Tres Hijas afirmaban que se trataba de una bárbara conquistadora con sed de sangre, que quienes osaron contradecirla acabaron empalados para sufrir una muerte lenta. Se decía que la reina bruja alimentaba a sus dragones con carne de recién nacido, que rompía juramentos y treguas, que se burlaba de los dioses, que amenazaba a los enviados, que se volvía contra aquellos que la servían con lealtad y que engendraba horrores inimaginables. Sostenían que se apareaba con hombres, mujeres y eunucos; hasta con perros y niños.

En Volantis, miles de libertos abarrotaban noche tras noche la plaza del templo de R'hllor para oír los gritos sobre estrellas sangrantes. Los sacerdotes rojos proclamaban que la Reina Dragón fue elegida por el Señor de Luz para cambiar al mundo, para unir a todos los credos antes de la Batalla por el Amanecer, y el pueblo creía cada palabra como una manada de ovejas.

Los magísteres de Lys convencían a los mercenarios de las compañías libres con prostitutas y mentiras. Proclamaban que los supuestos dragones de Visenya Targaryen eran lagartos pintados adiestrados para la guerra, que la supuesta magia se trataban de los mismos trucos utilizados por los ladrones comunes. Visy le encomendó a Daario la importante tarea de mediar con los mercenarios. Deseaba evitar, de forma diplomática, un baño de sangre en las Tierras de la Discordia.

Arthur ingresó con un melón cortado en pequeños trozos.

—Visenya—llamó el caballero. Los sanadores que atendieron a la reina le revelaron a la Guardia Real su embarazo. Nakiye aceptaba la situación porque le permitió a Aenar visitarla, pero los ponientis no eran tan comprensivos—. Necesitas comer un poco.

—No abortaré a mi hijo—espetó Visy. No necesitaba oír un sermón destinado a convencerla de cometer una atrocidad. Debía proteger al indefenso bebé en su vientre—. Deseo estar sola.

—No sugeriría semejante acto—dijo Arthur al sentarse junto a la joven—. No necesitas a un noble estúpido. Eres capaz de reinar sin un esposo, de criar a ese bebé. Nacerá como el hijo de una gran reina.

—Nadie debe saberlo—Visy contuvo las lágrimas. Esperaba una batalla verbal, pero el caballero aceptó su embarazo con una sonrisa en el rostro—. Aenar no debe saberlo.


Lara era la encargada de anunciarla. La pequeña escriba tenía una voz dulce y potente.

—Estáis en presencia de Visenya de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, Reina de la Bahía de Dragones, Reina de Lhazar, Reina de Volantis, Khaleesi del Gran Mar de Estrellas, Señora del Desierto Rojo, Protectora del Golfo de las Penas, Portadora de Tormentas, Quien no Arde, Asesina de Mentiras, Mhysa, Domadora de Bestias, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones.

Era la primera audiencia que celebraba en Volantis y la aglomeración de casos resultaba abrumadora. La gente se apretujaba al fondo de la sala, y se produjeron escaramuzas para discutir quién tenía prioridad. Era un tedio que la reina conocía muy bien. Permaneció sentada en una silla con cojines y escuchó, al tiempo que sacudía un pie con impaciencia. A mediodía, Jhiqui le llevó una fuente con fruta fresca. Los peticionarios parecían no tener fin. Por cada dos que se despedían con una sonrisa, otro se iba murmurando o con los ojos enrojecidos.

Daario Naharis apareció con sus nuevos reclutas, los hombres de Poniente que habían desertado de los Hijos del Viento. Visy no pudo evitar lanzarles alguna que otra mirada, mientras se prolongaba la perorata de un peticionario tras otro.

El Príncipe Desharrapado le escupió en el rostro cuando se negó a entregarle Pentos, una vez que terminara la guerra. Los pentoshis tramaban con el Alto Consejo de la Triarquía, al igual que Norvos y Qohor, pero no le entregaría la ciudad a un completo desconocido. Las Banderas Luminosas y la Compañía de la Rosa fueron contratadas por la Ciudad de los Hechiceros. Los Escudos de Hierro, los Estandartes Andrajosos y la Compañía de la Doncella servían a Norvos. Los Hombres Galantes, los Lanzas Largas, los Manada de Lobos y los Mozos Alegres peleaban por las Tres Hijas. La Compañía Dorada, fundada por Aceroamargo, aún no declaraba su apoyo a la Triarquía, aunque se hallaban en negociaciones.

Los inmaculados estaban firmes, con la espalda contra las columnas, escudos y lanzas en ristre, las púas de los cascos enhiestas como una hilera de cuchillos. El Palacio de los Triarcas fue remodelado para suplir todas las necesidades de la joven reina.

Cuando Daario presentó a los reclutas vio que entre ellos había una mujer, grande y rubia, enfundada en cota de malla.

—Meris la Bella—anunció el capitán. Medía casi dos varas y media y no tenía orejas; un tajo le cruzaba la nariz y lucía cicatrices profundas en ambas mejillas. A pesar de todo, Visy sonrió. Nakiye ya no era la única mujer guerrera que conocía.

Hugh Hungerford era delgado y taciturno, de piernas largas y cara alargada, e iba ataviado con ropa elegante, pero deslucida. Webber era bajo y musculoso, y llevaba la cabeza, el pecho y los hombros recubiertos de arañas tatuadas. Orson Piedra, aseguraba que era un caballero, al igual que el espigado Lucifer Largo. Will de los Bosques le lanzaba miradas lascivas incluso mientras se arrodillaba. Dick Heno tenía los ojos de un azul muy llamativo, el cabello blanco como el lino y una sonrisa inquietante. La cara de Jack el Bermejo quedaba oculta tras una hirsuta barba naranja, y no había forma de entenderlo.

—Se cortó media lengua de un mordisco en su primera batalla—le explicó Hungerford.

Visenya enfocó su atención en los dornienses cuando Aenar apareció tras Gusano Gris. No deseaba verlo, no después de lo sucedido. Continuaba amándolo, pero detestaba las palabras que salieron de su boca. El bebé que cargaba en el vientre jamás sería un monstruo.

—Con la venia de vuestra alteza—intervino Daario—. Os presento a Tripasverdes, Gerrold y Rana.

Tripasverdes era enorme y calvo como una piedra, con unos brazos tan gruesos que podrían rivalizar con el cuerpo de la runespoor. Gerrold era un joven alto y esbelto de pelo veteado por el sol y ojos joviales azul verdoso. Su capa era de suave lana marrón forrada de seda cruda, una prenda excelente. Rana, el escudero, era el más joven de los tres y el menos imponente, un muchacho solemne, bajo y fornido, de pelo y ojos marrones. Tenía un rostro cuadrado, de frente alta, mandíbula grande y nariz ancha.

La reina le indicó a Daario sacar a las personas de la sala. Desde que evitaba la presencia de Aenar, el mercenario parecía mucho más feliz y dispuesto a seguir sus órdenes. Aunque fingía ignorancia, sabía que al menos una vez terminaron peleándose por ella. Los marineros de la Estrella de Sangre debieron separarlos antes de que recurrieran a las armas para resolver el conflicto.

—Podéis levantaros—Visenya enderezó la espalda dolorida. Sus pechos comenzaban a llenarse de leche materna—. En nombre de la Casa Targaryen, os ofrezco disculpas por los errores cometidos por mi padre, príncipe Quentyn—entonces sorbió una copa de jugo—. Habéis cruzado los mares en secreto, por orden de vuestro padre. El príncipe Doran teme que Lanza del Sol sea atacada por los esbirros de Tywin Lannister, si llegan a enterarse de esta reunión en Desembarco del Rey—cruzó las piernas con lentitud. Las plumas de Aelix, tejidas para formar una exquisita capa, hipnotizaron a los ponientis—. Si deseáis obtener algo de mí, debéis decirme vuestros nombres.

—Ser Gerris del Manantial, alteza. Mi espada es vuestra—Gerrold dio un paso hacia adelante.

—Y mi martillo de guerra. Soy Ser Archibald Yronwood— Tripasverdes cruzó los brazos frente al pecho.

—Es muy fácil hacerse pasar por caballero cuando se está tan lejos de Poniente—espetó Arthur. Conocía perfectamente las tácticas de los dornienses—. ¿Estáis dispuestos a defender esa afirmación con la espada o la lanza?

—Si fuera necesario, sí—replicó Gerris—, aunque ninguno de nosotros pretenderá igualar a la Espada del Amanecer.

El príncipe tragó con nerviosismo al extraer un pergamino amarillento de una solapa escondida. Saltó cuando un invisible Dougal se lo arrebató de las manos para entregárselo a Visy.

El pergamino estaba escrito en la lengua común. La reina lo desenrolló despacio y estudió los sellos y las firmas. Alzó una ceja cuando leyó el nombre de Ser Willem Darry. Lo leyó una y otra vez.

—¿Podemos saber qué dice, Khaleesi?—pidió Ser Jorah.

—Se trata de un pacto secreto—respondió Visy—, sellado en Braavos. Ser Willem Darry, el caballero que cuidó de Daenerys, lo firmó en nombre de la Casa Targaryen. El príncipe Oberyn Martell lo firmó en nombre de Dorne, con el Señor del Mar de Braavos como testigo—le tendió el pergamino a Ser Arthur para que lo leyera—. Estipula que la alianza ha de sellarse con un matrimonio. A cambio de la ayuda de Dorne para derrocar al Usurpador, Viserys debía tomar como reina a Arianne, la hija del príncipe Doran.

El caballero leyó detenidamente el pergamino.

—Si Robert hubiera tenido noticia de esto, habría aplastado Lanza del Sol, igual que hizo con Pyke, y se habría cobrado la cabeza del príncipe Doran y la de la Víbora Roja.

—Supongo que os habéis enterado de lo sucedido con Viserys—dedujo Visenya—. Si ese tonto hubiese sabido que tenía una princesa dorniense esperándolo, habría ido a Lanza del Sol en cuanto hubiese tenido edad para casarse. También hubiese perdido la cabeza, en más de un sentido—negó con la cabeza—. Viserys está muerto. Me temo que vuestra hermana no podrá convertirse en reina.

—Mi padre confiaba en que me encontraseis aceptable—declaró Quentyn Martell. Visy alzó una ceja al comprender que el príncipe intentaba proponerle matrimonio, de una manera bastante burda—. Cuatro reyes disputan en Poniente. Robb Stark ha declarado la independencia del Norte, Renly Baratheon ha reunido las huestes del Dominio, Stannis Baratheon planea derrocar a su hermano con la ayuda de una sacerdotisa roja y Joffrey es tan misericordioso como Maegor el Cruel. Los Siete Reinos jamás han estado más maduros para la conquista.

—El regalo que me traéis sois vos mismo. En vez de Viserys y vuestra hermana, somos vos y yo quienes hemos de sellar este pacto—Visenya movió el pie con una sonrisa en los labios—. Habéis venido a proponerme matrimonio.

Daario Naharis dejó escapar una risa burlona.

—Me parecéis un cachorro. La reina necesita un hombre a su lado, no un niño llorón. No sois esposo para una mujer como ella.

Ser Gerris del Manantial frunció el ceño al oírlo.

—Cuida tu lengua, mercenario. Estás hablando con un príncipe de Dorne.

—Y con su niñera, por lo visto—Daario pasó los pulgares por la empuñadura de sus espadas y sonrió con gesto amenazador. Nakiye frunció el ceño como solo ella sabía.

—Dorne son cincuenta mil lanzas y espadas comprometidas al servicio de nuestra reina—respondió el príncipe Quentyn.

—¿Cincuenta mil? —se burló Daario—. Yo cuento tres.

—Ya basta—ordenó Visenya. No necesitaba presenciar una batallas de machos. Tenía suficiente con Aenar Greyjoy—. Deberíais saber que el juego de tronos que libran los grandes señores no es de mi interés. Si lo que deseáis es una esposa, mi tía Daenerys aceptará vuestra propuesta a cambio de Dorne.

—He venido aquí por vos—negó Quentyn. Daenerys aspiraba al Trono de Hierro, pero no poseía nada propio. Si Dorne marchaba a la guerra para sentarla en el trono, los Martell sufrirían el mismo destino que los Rayne de Castamere. Necesitaban a la Reina Dragón, no a una niña idiota que soñaba con limoneros y puertas rojas—. Hemos recorrido medio mundo, Majestad.

—Habéis venido por fuego y sangre—replicó Visy—. Si deseáis sentar a un Targaryen en el trono, podéis llevaros a Daenerys. Mi tía sueña con ese horrible sillón puntiagudo—rodó los ojos—. Debo librar mis propias guerras, príncipe Quentyn.

—Vuestro lugar está en Poniente, mi reina—Ser Gerris decidió auxiliar al torpe muchacho—. Debéis tomar vuestro ejército y zarpar con él a Desembarco del Rey.

—Jamás comprenderíais, habéis vivido en Poniente vuestra vida entera. Luché para que ningún niño supiera jamás lo que es vendido y comprado. Continuaré esa lucha hasta abolir la esclavitud por completo—Visenya observó el rostro de los esclavos que liberó de sus cadenas—. Tenéis mi hospitalidad y mi gratitud, pero no obtendréis más de mi.


Cuando Irri le tendió un cuenco, cogió un bollo con rapidez. Estaban mucho más ricos calientes, cuando chorreaban miel y mantequilla. El olor de la panceta frita no tardó en despertar sus antojos matutinos. Comía mucho más porque debía alimentar a la pequeña forma de vida en su interior.

Visenya estudió con atención el cause de los ríos que fundían sus aguas con el Rhoyne. Los informes sostenían que los norvosis y los piratas de agua dulce que rondaban el Lago Daga intentaban cerrarle el comercio a Volantis. Se decía Urho el Sucio podía matar a un hombre con tan solo su hedor y que la tripulación de Korra la Cruel, compuesta por hermosas doncellas, castraba a los hombres que encontraban por deporte.

Le resultaba evidente que a Quentyn Martell nunca le había resultado fácil sonreír, y que las mujeres hermosas lo ponían nervioso. Aún no conocía profundamente al muchacho, pero sabía lo suficiente. Lord Yronwood había criado al príncipe desde edad muy temprana. El niño le había servido como paje y después como escudero; incluso recibió de sus manos el ordenamiento como caballero, en vez de que lo armara la Víbora Roja. Su padre le encomendó la tarea de cruzar los mares para firmar una alianza con la Reina Dragón, y para ello le asignó una guardia compuesta por los caballeros jóvenes de Palosanto.

Visy descubrió, por medio de los dornienses, que las Tres Hijas le prohibían a los barcos dirigirse a Volantis. El príncipe y su guardia debieron hacerse pasar por mercenarios para llegar con ella, pero aún así sufrieron el ataque de corsarios en las cercanías de Lys. De no ser por la Víbora Roja, tres de sus compañeros habrían sido asesinados en el mar. Oberyn Martell no estaba de acuerdo con el plan de su hermano porque consideraba que la hija de Lyanna Stark ofendía a Dorne con su existencia, que avergonzaba la memoria de su querida hermana. Su opinión al respecto cambió cuando Quentyn le presentó a Visenya.

Daenerys intentaba hacerse con el apoyo de los ponientis, pero era ignorada de forma rotunda. Necesitaban a la Reina Dragón para ganar la guerra, no era de su interés la hija del Rey Loco. La primera Daenerys unió Dorne al Trono de Hierro, pero su tía no lograría emularla. No tenía absolutamente nada: los dragones la despreciaban y los dothrakis detestaban su debilidad, pero aún así creía ser capaz de guiar legiones a la batalla. Todo lo que poseía derivaba de la gracia de su sobrina.

Visy debía cuidar su espalda porque la ambiciosa chiquilla podía atentar contra su vida. Daenerys pensaba que heredaría la Bahía de Dragones si llegaba a morir, pero no era así. Los jinetes de su khalasar la llamaban Reina Mendiga y los Inmaculados soportaban su presencia porque se hallaba emparentada con la Rompedora de Cadenas. De ser diferentes las cosas, sería expulsada de Volantis como una vagabunda común.

A juzgar por lo que decían los marinos, las maravillas y horrores hervían: la abolición de la esclavitud, dragones en Volantis, peste gris en Yi Ti. Un nuevo rey corsario se había alzado en las Islas del Basilisco y había atacado Árboles Altos, y en Qohor, los seguidores de los sacerdotes rojos se habían amotinado y habían tratado de quemar la Cabra Negra en nombre de la estrella sangrante.

Visenya enfocó su atención en los ejércitos de las Tres Hijas. Debía formular estrategias de batalla, tratar con los problemas de Volantis y lidiar con su embarazo, todo al mismo tiempo. Necesitaba la ayuda de sus consejeros para enfrentarse al problema.

La Compañía Dorada tenía fama de ser el mejor de los ejércitos libres. La había fundado hacía un siglo Aceroamargo, hijo bastardo de Aegon el Indigno. Cuando otro de los Grandes Bastardos de Aegon trató de arrebatar el Trono de Hierro a su hermanastro legítimo, Aceroamargo se unió a la revuelta. Pero Daemon Fuegoscuro murió en el Prado Hierbarroja, y su revuelta murió con él. Los seguidores del Dragón Negro que sobrevivieron a la batalla huyeron por el Mar Angosto, y entre ellos se encontraban Aceroamargo, los hijos menores de Daemon y cientos de caballeros y señores sin tierras que pronto se vieron forzados a vender las espadas para comer. Algunos se unieron a los Estandartes Andrajosos; otros, a los Segundos Hijos o a los Hombres de la Doncella. Aceroamargo vio como la fuerza de la casa Fuegoscuro se dispersaba a los cuatro vientos, así que creó la Compañía Dorada para unir a los exiliados.

Desde entonces, los hombres de la Compañía Dorada habían vivido y muerto en las Tierras de la Discordia, luchando por Myr, por Lys o por Tyrosh en cualquiera de sus guerritas intrascendentes y soñando con la tierra que habían perdido sus padres. Eran exiliados e hijos de exiliados, desposeídos y olvidados, pero seguían siendo luchadores temibles.

—Nuestra palabra vale tanto como el oro: es su consigna desde tiempos de Aceroamargo—dijo Visenya—. ¿Por qué romper un contrato que ofrecía la perspectiva de buenos salarios y saqueos abundantes? La mayoría de las Compañías Libres cambiaría de bando por media moneda de hierro. La Compañía Dorada es diferente. Es una hermandad de exiliados e hijos de exiliados, unida por el sueño de Aceroamargo. Quiere oro, sí, pero también un hogar.

—Temen vuestros dragones—sugirió Daario. El Alto Consejo de la Triarquía declaraba que los dragones de Visenya Targaryen no eran más que lagartos pintados, que el supuesto kraken en las aguas se trataba de un arrecife común. Los soldados no podían temer bestias que jamás habían visto—. Sólo un estúpido enfrentaría abiertamente el fuego de dragón.

—Han pasado la mayor parte de su vida combatiendo a la Casa Targaryen—recordó Visy. Tenían motivos para odiar a su familia: la Guerra de los Reyes Nuevepeniques marcó el final de los Fuegoscuro, pero los señores exiliados aún buscaban recuperar sus tierras perdidas—. La Compañía Dorada marcha en estos momentos a Volantis, pero no sirve a las Tres Hijas.

—Debería mantener la calma, mi reina—Daario masajeó los hombros de Visenya con suavidad. Los enemigos rodeaban sus ciudades; por el oeste la Triarquía tramaba en su contra; por el norte Norvos y Qohor dominaban el Rhoyne; por el oeste los brujos que sobrevivieron a la destrucción de Mantarys deseaban verla muerta; por el sur los corsarios surcaban el Mar del Verano para vender esclavos en Lys—. Le aseguro que vuestros hombres lograrán repeler cualquier ataque.

Frunció el ceño cuando los dedos de Daario descendieron por su espalda para sujetarle las caderas. Aunque sentía lástima por él, le desagradaba que hombres decidieran tocarla sin su consentimiento. Debió soportar múltiples intentos de violación en Nuevo Ghis, y jamás volvería a ser una víctima. Visy apretó las manos para asestarle un puñetazo en el rostro, pero otra persona lo apartó con un empujón.

—No la toques—advirtió Aenar, con la mandíbula tensa.

Antes de que pudiera reaccionar, ambos comenzaron un combate de machos. Era capaz de separarlos con sus poderes, pero los daños terminarían eclipsando a los beneficios. Por ello, gritó para pedir la intervención de Arthur, mientras Aenar derribaba al mercenario. Daario pateó las piernas de Visenya, provocando que la reina golpeara su vientre con una silla al caer.

—¡Khaleesi! —exclamó Jorah. El par de idiotas detuvieron los puñetazos al notar que lloraba de dolor, enroscada sobre sí misma como un ovillo de lana—. ¿Es el bebé?

—Duele… —susurró Visy. La Espada del Amanecer la cargó en sus brazos mientras aullaba por un sanador.

Aenar tragó saliva al procesar que su amada reina estaba embarazada, que sería padre y que lastimó al bebé como Euron Greyjoy lo habría hecho.


Volantis era uno de los puertos más importantes del mundo, un auténtico espectáculo de colores, sonidos y olores extraños. En las calles había tabernas, almacenes y garitos, entremezclados con burdeles baratos y templos de dioses peculiares. Los rateros, asesinos, vendedores de hechizos inservibles y cambistas se mezclaban entre la multitud. Los muelles eran un gran mercado donde las compras y ventas tenían lugar día y noche, y se podían obtener mercancías por una fracción de su precio en un bazar, siempre y cuando no se indagara mucho sobre su procedencia. Ancianas encorvadas vendían aguas aromatizadas y leche de cabra, que llevaban en cántaros de cerámica cargados a los hombros y sujetos con cinchas. Por todas partes se vendían hermosos puñales de bronce, calamares secos, ónice tallado, un poderoso elixir preparado con leche, y hasta huevos de dragón cuyo aspecto recordaba demasiado al de rocas pintadas. Marineros de cien naciones vagaban entre los tenderetes, bebían vinos especiados e intercambiaban chistes en idiomas extraños. El aire olía a sal, a pescado frito, a brea caliente, a miel, a incienso, a aceite y a esperma.

Mientras caminaba, Visy pensó que era agradable recorrer la ciudad que gobernaba. Marineros, estibadores y mercaderes le abrían paso, sin saber qué pensar de aquella jovencita esbelta con el cabello como oro blanco, que vestía un vestido de hielo claro y una capa luminiscente tejida con las plumas de Aelix.

Una niña se cruzó en su camino.

—Madre de Dragones, esto es para vos—se arrodilló y le puso ante el rostro un cofrecito enjoyado.

Visy lo cogió casi por puro reflejo. El cofre era de madera tallada, con la tapa era de madreperla e incrustaciones de jaspe y calcedonia.

—Sois muy generosa—sonrió Visenya. Dentro había un brillante escarabajo verde de ónice y esmeraldas.

El escarabajo se desenroscó con un siseo. Durante un instante, pudo ver una cara negra, malévola, casi humana, y una cola arqueada de la que goteaba veneno. En aquel momento, el cofre salió volando de su mano en pedazos. Un dolor repentino le atenazó los dedos. Arthur pasó junto a ella, y Visy cayó con una rodilla en tierra. Volvió a oír el siseo. Un anciano golpeó el suelo con el extremo de su daga.

—Mil perdones, mi reina—El anciano se arrodilló. Vestía una capa de viajero de lana sin teñir, con la capucha echada hacia atrás. Tenía una cabellera blanca y una barba sedosa que le cubría la mitad inferior del rostro—. Ya está muerta. Os han enviado una mantícora.

Visenya sujetó su vientre al ponerse de pie. Nakiye empaló a la asesina con su lanza, mientras Jorah despejaba la zona. Su querido caballero observaba al anciano con los ojos entrecerrados, como si desconfiara de él.

—¿Conocéis a este hombre? —indagó. El bebé era extremadamente fuerte; resistió un golpe que habría asesinado a cualquier feto y continuaba luchando contra las adversidades como un guerrero. Era de la sangre del dragón.

—Es uno de los mejores caballeros que han visto los Siete Reinos—respondió Arthur—. Fue armado caballero por Aegon el Improbable y sirvió en la Guardia Real desde el reinado de Jaehaerys I, por asesinar a Maelys el Monstruoso en combate singular. Recientemente, protegió la espalda del Usurpador.

—Robert está muerto—El anciano bajó la cabeza. Frente a ella se encontraba Barristan el Bravo, quien acabó con los pretendientes Fuegoscuro en la Guerra de los Reyes Nuevepeniques—. Prometí proteger a vuestra familia, y les fallé. Permitidme servir en vuestra Guardia Real y no os decepcionaré jamás, Visenya Targaryen.


Espero no haber infartado a nadie. Siéntase libres de comentar.

: Sip, Visenya apenas soporta a Daenerys. Tolera su presencia porque no desea echarla a la calle, pero su paciencia está en el límite. Aenar respira bajo el agua, como Aquaman. Tal vez, en el futuro, revele algún poder genial ;)

Mari: Respecto a Aegon VI, también pienso que es hijo de Illyrio y Serra. Cuando Tyrion contempla la imagen de Serra, prácticamente narra una versión femenina del Joven Griff. Pobre de Jon, le hicieron creer que el niño era el hijo de su gran amor. Daenerys viajó con Aenar porque los dignatarios incapacitados para montar con los dothrakis viajaron con él, y porque es mejor que alguien de confianza la vigile, por más irritante que sea. Sip, pobre Visy. Su pasión siempre fueron las bestias fantásticas; solía soñar con montar a Rhaegon más allá del mundo para datar nuevas especies como Jaenara Belaerys. En ese momento, esta creando un par de hechizos bastante útiles ;). Respecto a la edad, tiene cerca de 18 (comprendo que es confuso porque mi trama tiene elementos del libro y de la serie). Aunque me sugirieron a Jennifer Lawrence, en mi mente tenía a Doutzen Kroes (una vez más lees mis pensamientos) no quise despreciar a mi amigo porque la belleza es un concepto tan subjetivo como el amor. Espero que te agrade el capítulo.