CAPITULO DIEZ
—Te equivocas —ella parecía confusa—. Hubo un error. Tienes que volver al médico y repetir las pruebas.
—¿Para qué? —InuYasha negó con la cabeza y suspiró con frustración. Enterarse de que jamás podría engendrar un hijo había sido un golpe terrible.
Recordaba todavía la sensación de fracaso que lo había invadido entonces. Y le resultaba muy sorprendente que Kagome pudiera seguir aferrándose a su mentira ahora que sabía la verdad.
—Déjalo ya. No necesitas las mentiras. Nos vamos a casar y voy a adoptar a tu hijo. Por lo menos, que haya verdad entre nosotros.
—Te estoy diciendo la verdad.
Ella no parpadeó ni apartó la vista. No se mordió el labio ni dio ningún tipo de muestra de que lo que él le había dicho hubiera cambiado algo. ¿Qué narices buscaba? ¿Por qué se aferraba a esa ridícula historia?
¿No le bastaba con que se casaran? Le iba a dar su apellido al niño. ¿Por qué no podía tratarlo con algo de respeto? ¿Tener con él la cortesía de decirle la verdad?
—Tengo trabajo —dijo.
Y salió de la cama.
—InuYasha, quédate conmigo.
La miró y vio que estaba sentada con la colcha de seda formando un charco en su regazo y la luz de la luna rozando sus pechos. El pelo azabache le caía por los hombros y parecía la amante con la que soñaban todos los hombres. No había nada que deseara más que volver a la cama con ella y abrazarla.
Y como lo deseaba tanto, cruzó la habitación y se acercó al vestidor. De allí sacó una bata de cachemira negra y se la puso. Cuando regresó al dormitorio, ella no se había movido. Seguía sentada igual, bañada por la luz de la luna y con una súplica muda en los ojos.
—Duérmete —dijo él con voz tensa—. Nos veremos mañana.
Cerró la puerta del dormitorio tras de sí y se dirigió a su despacho intentando apartar la última imagen de ella de su mente.
...
Una parte de Kagome quería rendirse. Arrojar la toalla y admitir que InuYasha jamás sería el esposo que ella quería que fuera. ¿Cómo iban a poder tener algo juntos si no la creía en algo tan importante, tan fundamental, como la paternidad del niño?
Llevaba días dándole vueltas a la cabeza. Desde la conversación en la que InuYasha le había contado lo que él consideraba la verdad. No conseguía encontrar el modo de atravesar el muro que había erigido él a su alrededor y tenía miedo de no conseguirlo nunca. Y si ella no podía, ¿qué significaba eso? Quizá debería reconsiderar el matrimonio. Marcharse y correr el riesgo con el chantajista.
Aquella idea no le gustaba. Era verdad que los tiempos habían cambiado y las madres solteras ya no eran parias como antes. Pero Kagome no quería eso para su bebé. Quería que su hijo tuviera padre y madre. Que fuera querido. Que creciera rodeado de apoyo y seguridad.
Además, no podía volver al apartamento en el que ahora vivía Sango sola. Miró a su alrededor. Su amiga estaba encantada con el sitio y lo había convertido ya en su nido privado.
—¿Te he dicho que Miho Yamada me ha contratado para planear la fiesta de su quinto aniversario de boda? —le preguntó Sango desde la cocina.
—Eso es genial —comentó Kagome.
—Sí. Aunque, entre tú y yo —Sango entró en la sala con dos vasos altos de limonada con hielo—, Miho no parecía feliz.
—¿Qué le ocurre?
—No creo que quiera que se sepa esto, así que es alto secreto, ¿vale?
—Vale.
Sango le pasó uno de los vasos.
—No sabe si es buena idea celebrar un matrimonio que teme que no vaya a durar un años más.
—¡Oh, Dios mío! ¡Pobre Miho! Todo esto ha sido muy duro para ella —Kagome tomó un sorbo de limonada.
—Parecía muy triste, pero luego sonrió y siguió hablando de la fiesta. Casi me siento culpable por aceptar el trabajo.
—No —musitó Kagome—. Al contrario, haz que sea una gran fiesta. Por ella. Sé lo que siente Miho. A veces hay que seguir adelante con algo aunque tengamos dudas.
—Eso suena a experiencia personal.
Kagome miró a su amiga. A ella no podía ocultarle lo que sentía. Sango la conocía demasiado bien y se daría cuenta. Además, necesitaba hablar con alguien de eso, ¿y quién mejor que ella?
—InuYasha no quiere escucharme.
—¿Y eso te sorprende? —Sango se sentó enfrente de ella—. Ya sabías que es muy testarudo. En Wall Street tiene fama de ser el hombre con la cabeza más dura del país. Todo el mundo dice que, cuando toma una decisión, nada puede cambiarla.
—Eso es muy reconfortante —Kagome tomó otro sorbo de limonada y dejó el vaso en la mesa que tenía delante—. No sé qué hacer. Lo que hace ahora es algo más que terquedad. No quiere ni considerar la posibilidad de que los análisis de fertilidad que se hizo hace años estuvieran equivocados.
Kagome había hablado con Sango la mañana siguiente a la del gran anuncio de InuYasha, por lo que su amiga ya estaba al tanto.
—Todavía no sé qué decirte —Sango movió la cabeza—. No puedes obligarlo a creerte.
—Pero debería hacerlo —Kagome se puso en pie y empezó a pasear por la habitación—. Si fuera mentira, ¿por qué iba a seguir yo insistiendo en que es el padre? ¿Tiene algún sentido eso? —se detuvo, movió la cabeza y se frotó las sienes—. Juro que a veces tengo la sensación de estar dando vueltas en círculos.
—Querida, os conocéis muy poco. No es tan sorprendente que no se fíe de tu palabra en un tema tan importante.
—¡Pero ésa es la cuestión! Que le dije que repitiera los análisis y no le da la gana. Dice que no hay motivo para hacerlo.
—Testarudo, ya te lo he dicho —sonrió Sango—. Pero no sé lo que puedes hacer tú.
—Yo tampoco —Kagome resopló y se encogió de hombros—. No se me ocurre nada, pero necesitaba desahogarme.
—Eso no tiene nada de malo. Yo siempre estoy encantada de escucharte, pero si has terminado —señaló un sobre marrón de papel manila que había sobre la mesa—, podemos repasar los últimos detalles de la boda.
La boda. En unos días se casaría con un hombre que estaba convencido de que era una mentirosa. ¿Cómo podía ser bueno eso?
—¡Oh, oh! —comentó Sango—. Veo que dudas. ¿Estás cambiando de idea en lo de casarte? Porque si es así, dímelo ahora para que empiece las cancelaciones.
—No —Kagome miró a su amiga—. No me voy a echar atrás —se puso una mano en el vientre como para reconfortar así al bebé—. No importa lo que él piense. InuYasha es el padre de mi bebé. Y éste se merece llevar el apellido de su padre.
—Cierto —Sango inclinó a un lado la cabeza—. ¿Pero y tú qué? ¿No te mereces algo mejor de lo que te ofrece InuYasha? ¿No te mereces un hombre que te crea y te ame?
Sí, era verdad. A Kagome se le oprimió el corazón. No era tan tonta como para pensar que InuYasha la amaba, pero sabía que le importaba. No se mostraría tan protector si no sintiera algo por ella. Y si sentía algo, podía llegar a amarla con el tiempo, ¿no? Después de todo, cuando naciera el bebé, ella insistiría en que se hiciera la prueba de paternidad y por fin la creería. Pero le habría gustado que la creyera sin pruebas. Que pudiera mirarla a los ojos y ver que ella no le mentiría sobre algo así.
Movió la cabeza y volvió a su sillón.
—Merezco casarme con el hombre que amo. Y yo lo amo. Aunque no me creería si se lo dijera —añadió. Entornó los ojos y levantó la barbilla con determinación—. Pero algún día conseguiré que se entere y, cuando llegue ese día, me va a tener que suplicar para que lo perdone.
—Así me gusta —sondó Sango—. Si alguien puede hacerlo, eres tú. Además, no hay nada mejor que una buena súplica.
—¿Se sabe algo del chantaje?
...
InuYasha levantó la cabeza y miró a Miroku. Su amigo había ido a llevarle unos documentos legales relacionados con el bloque de pisos que InuYasha acababa de comprar.
—No, nada. Ayer hablé con el inspector y dice que no tienen pistas. El chantajista podría ser cualquiera. Pero el que fuera fue lo bastante listo para no dejar huellas digitales en las notas.
Miroku hizo una mueca.
—Puede ser alguien que ve la televisión.
—Cierto —InuYasha se echó hacia atrás en su silla de cuero y cruzó los brazos—. Según el inspector, tampoco tienen nada nuevo sobre la mujer que murió en el 721.
Su amigo frunció el ceño.
—Parece increíble que pueda morir una mujer y no dejar pistas sobre el motivo.
—Lo sé.
—¡Pobre mujer!
InuYasha asintió.
—Mukotsu dice que, mientras no haya más información, la policía no tiene nada en lo que basarse.
—Supongo que te sentirás mejor sabiendo que Kagome ya no vive allí.
—Pues sí.
—He recibido la invitación a tu boda —dijo Miroku, cambiando de tema.
—¿Sí?
—Todavía no me puedo creer que sea verdad. Me parece recordar que, cuando te dejó Kikyou, juraste no volver a entrar en la «trampa para osos» del matrimonio.
—Las cosas cambian.
—Ajá. Aunque debo decir que he visto novios más felices. Qué narices, he visto condenados a muerte más felices.
InuYasha enarcó una ceja, se echó hacia delante y apoyó los codos en la mesa.
—¿Por qué voy a estar feliz? Esto es un trato de negocios, pura y simplemente.
—Sí, claro.
—¿Qué significa eso?
Miroku soltó una risita.
—Puedes intentar engañarte a ti mismo, pero no me vas a engañar a mí.
—¿Ah, no?
—Olvidas que os he visto juntos.
—¿Y qué?
—Que he visto cómo la miras —sonrió Miroku.
InuYasha lo miró de hito en hito. ¿Qué narices le pasaba últimamente? ¿Estaba perdiendo su famosa cara de póquer?
—No sé de qué me hablas.
—Di mejor que no quieres saberlo. Tú la quieres.
—No seas ridículo —InuYasha hizo una mueca—. Tú preparaste los papeles. Sabes muy bien que es un matrimonio amañado. Algo que nos resulta conveniente a los dos.
—Sé que así fue como empezó.
InuYasha se levantó, le dio la espalda a Miroku y miró la ciudad por la ventana. Todo en él estaba tan tenso que era un milagro que pudiera respirar. Oír decir a Miroku que había notado sus sentimientos sólo servía para que aquello resultara más duro todavía. Era un hombre que siempre se había enorgullecido de guardar sus pensamientos y sus sentimientos para sí mismo. Y le preocupaba mucho estar perdiendo su máscara.
—Eh, yo no te culpo. Kagome es sensacional.
Sí, eso era verdad. Kagome se había metido en su vida, en su corazón, y ahora no estaba seguro de si podría mantener la distancia entre ellos que creía tan necesaria.
No se permitiría sentir más por ella de lo que sentía ya. Ella le mentía sobre algo tan fundamental que no podía pasarlo por alto. Y se negaba a abandonar la mentira incluso en presencia de hechos.
¿Qué indicaba eso de ella?
¿Y qué indicaba de él, si estaba dispuesto a soportarlo?
—Todavía me miente —murmuró, más para sí mismo que para Miroku.
—Quizá no mienta.
InuYasha lo miró fijamente. Su amigo sabía la verdad. Sabía por qué y cómo había terminado su matrimonio con Kikyo.
—Los dos sabemos que sí.
—Ya hemos hablado antes de eso, InuYasha.
—Sí, es cierto, así que vamos a ahorrárnoslo hoy, ¿vale?
—Bien —Miroku levantó las dos manos en un gesto de rendición—. Siempre has sido un hijo de perra muy terco.
InuYasha soltó una carcajada.
—¿Cómo es ese dicho? Hay que ser uno para reconocer a otro.
Miroku asintió.
—Aceptado —cambió de tema—. En cualquier caso, ahora que hemos terminado con los papeles, ¿por qué no vamos a comer?
—Buena idea —InuYasha intentó apartar a Kagome de su mente y siguió a su amigo fuera del despacho.
...
InuYasha la encontró en lo que iba a ser el cuarto infantil, pintando las paredes beige de un tono verde suave. Ella llevaba auriculares y movía las caderas al ritmo de la música. Su pelo iba recogido en una coleta, los vaqueros desteñidos se pegaban a sus piernas como las manos de un amante y el dobladillo de la camiseta terminaba unos cinco centímetros por encima de la cintura del pantalón, lo cual dejaba al descubierto una cinta de piel blanca.
InuYasha reprimió un gemido, apoyó un hombro en la jamba y se cruzó de brazos. Ella estaba de espaldas, ignorante de su presencia. Sus pies descalzos trazaban pasos de baile intrincados en el plástico que cubría el suelo de madera mientras subía el rodillo hasta la parte alta de la pared.
InuYasha se dijo que debía acercarse, quitarle el rodillo y decirle que contrataría a alguien para pintar la maldita habitación. Ella no tenía que hacer eso personalmente. Pero la oyó cantar con voz suave, comprendió que disfrutaba con aquello y no quiso privarla de eso.
Cuando Kagome se volvió para mojar el rodillo en la bandeja de pintura que tenía detrás, lo vio, se quitó los auriculares y soltó un grito.
—¡InuYasha ! ¿Por qué no has dicho algo?
—Estaba disfrutando del espectáculo.
Ella se ruborizó y bajó la cabeza.
—Bailas bien —a él le gustaba verla avergonzada. Solía estar siempre tan en control, que resultaba agradable pillarla desprevenida.
Ella le sonrió. Tenía gotas de pintura en las mejillas y una mancha verde le atravesaba la frente. InuYasha extendió una mano y frotó la mancha con el pulgar.
—Y tienes pintura en la cara.
—Genial —rió ella—. Pero la habitación queda bien, ¿verdad?
—Sí —él la miró a los ojos—. Pero debiste decirme que querías hacer esto. Habría llamado a los pintores…
—Quería hacerlo yo —repuso ella—. Es importante para mí. Quiero que nuestro bebé se sienta bienvenido desde el principio.
InuYasha sintió un nudo en el estómago. «Nuestro bebé». Habría dado mucho por que eso fuera real. Por ser el padre biológico de aquel niño. Apartó aquel pensamiento de su mente.
—Puede ser bienvenido sin que tú tengas que usar el rodillo personalmente.
Kagome dejó el rodillo en la bandeja y se quitó los guantes de plástico que llevaba.
—Quería hacerlo yo.
—Vale. ¿Estás pensando pintar la habitación contigua para una niñera?
Ella lo miró.
—Nada de niñeras. No quiero que a mi hijo lo críen extraños.
—Bien —asintió él. La abrazó—. Yo tampoco quiero.
—InuYasha —ella intentó apartarse—. Te voy a manchar el traje de pintura.
—No importa, tengo muchos trajes —le acarició las gotas de pintura de las mejillas—. El verde te sienta bien.
—Seguro que eso se lo dices a todas tus prometidas.
—Sólo a las que están embarazadas.
La besó y apartó de su mente las dudas y preocupaciones para sumergirse en una ola creciente de pasión.
Continuara…
