1. algunos de los personajes usados en esta historia pertenecen a Naoko Takeuchi (digo algunos personajes porque otros preferí mantenerlos del original)

2. la historia no me pertenece ni es de mi autoría, la historia se llama "Intriga y Seducción" y pertenece a Jennifer Blake


Capítulo 10

-¡No! ¡Mi hija no está en el convento, no está allí! No puede molestar a las buenas hermanas a estas horas. ¡Sería un sacrilegio y no serviría para nada, para nada, se lo aseguro!

Por la atención que le presto el príncipe, la señora Aino podía muy bien haberse ahorrado su perorata. Tal como había prometido, Darien no parecía oírla, ni siquiera cuando la mujer grito que Serena los lanzaba a una persecución inútil. Unos minutos después de que Serena hubiera hablado, todos los hombres habían montado a caballo y estaban listos para partir.

A su jefe debió ocurrírsele que tal vez necesitaran un rehén, pues en el último momento ordeno que Serena y la anciana los acompañasen. Mientras Sarus iba a buscar capas para ambas, se ensillo un caballo para Serena y se lo condujo hasta la puerta principal. Sin embargo, Darien no confiaba en que Serena los siguiera dócilmente; de modo que entrego las riendas del caballo de la señora Aino a Artemis y cogió las de Serena con su mano enguantada.

El color gris azulado de la aurora se extendía sobre las copas de los árboles cuando llegaron a la gran puerta de la cerca cuyos altos y sólidos postes ocultaban la fachada del convento. El pequeño edificio estaba sumido aun en un profundo sueño. En voz baja, Darien ordeno a Ziocite y Artemis que se dirigieran a la parte trasera del convento para vigilar la salida. Neflyte desmonto y golpeo la puerta de madera con la empuñadura de su espada. Pasaron unos instantes que parecieron horas hasta que vieron moverse el débil resplandor de un farol que se acercaba. Una voz quejumbrosa quiso saber desde el otro lado de la puerta quienes eran y cuál era la naturaleza del asunto que los llevaba hasta allí.

-¡Su alteza real, el príncipe de Rutenia, desea ver a la madre superiora!

-La madre Setsuna está ocupada en sus plegarias y no ha de ser molestada -respondió la voz.

-Es un asunto de la máxima urgencia.

-No recibirá a nadie. Vuelvan cuando haya salido el sol.

-No podemos esperar tanto -declaro Neflyte con el rostro tenso-. Se lo advierto, señora, si no quieren verse obligadas a pagar una puerta nueva para esta valla desvencijada...

-Hermana Marthe, se lo ruego, soy yo, Serena Tsukino -dijo Serena, interrumpiendo la amenaza de Neflyte-. ¿Me permite entrar? Le aseguro que es muy importante que hablemos con la madre Setsuna.

La hermana vacilo durante rato, tiempo que Serena empleo en preguntarse qué le había impulsado a ayudar a los hombres a entrar en el convento. No era porque quisiera facilitarles las cosas; de haber sido ese el motivo los habría conducido a la puerta trasera, por donde hubieran podido acceder directamente a la madre superiora. No, sencillamente no deseaba que se empleara la violencia contra aquel recinto sagrado y las mujeres que vivían allí, que habían sido sus amigas durante su adolescencia.

- Serena, ¿eres tú de verdad? -Serena lo confirmo y la monja gruñó por lo bajo y descorrió el gran madero que atrancaba la puerta-. ¿Qué haces con estas personas? ¿Respondes por ellos?

Darien se apeó del caballo y luego ayudo a bajar a Serena. Malachite hizo lo mismo con Berthe, que permanecía sumida en un silencio sombrío. Después de desmontar, Jedite se ocupó de atar los caballos al poste. Luego se dirigieron todos hacia la puerta. Darien apoyo la mano en las rusticas tablas y abrió para permitirles el paso, obligando a la anciana monja a hacerse a un lado.

-Con permiso, hermana Marthe -dijo, inclinando la azabache cabeza. La cordialidad de su sonrisa pareció asombrar a la religiosa.

La hermana Marthe les cedió el paso sin emitir un murmullo siquiera. Subieron los escalones hacia la puerta principal, que estaba abierta, entraron y se dispersaron por el convento.

A partir de ese momento, la visita se convirtió en una operación militar. Se apoderaron del farol de la hermana Marthe y consiguieron otro en alguna parte. Llamaron a Artemis y Ziocite para que entraran desde la parte de atrás, mientras Serena y Berthe permane cían junto a Darien y la hermana Marthe en el zaguán, y la guardia se dividía en dos grupos para registrar habitación por habitación. No quedo tapa de arcón sin levantar, armario sin abrir ni cortina sin sacudir. Inspeccionaron el pequeño y austero locutorio en el que se permitía reunirse a las pupilas con parientes y amigos de visita, el refectorio con su larga de mesa de madera y sus duros bancos sin respaldo, las aulas con su olor a papel de pliegos, a tiza y a viejas encuadernaciones en piel, la despensa con las hierbas colgadas para secarse y los huevos en tocino derretido y el cuartucho donde se guardaban las telas para hacer uniformes y hábitos. Incluso registraron la pequeña sala que servía de capilla, donde había un altar improvisado y un crucifijo maravillosamente tallado en roble tabaco.

Cuando llegaron al dormitorio, en la larga habitación con sus estrechos camastros virginales se agitaban ya las jóvenes pupilas. Unas cuantas yacían inmóviles, petrificadas por el espanto, mientras que otras se ponían de pie en la cama o saltaban a un lado u otro rompiendo el silencio de la noche con gritos y chillidos de excitación; la luz de los faroles traspasaba sus finos camisones. Por el ruido era imposible discernir si la invasión de su casto alojamiento por parte de apuestos hombres vestidos de uniforme era la experiencia más terrible de su vida o la más excitante.

-¿Qué significa esto?

La pregunta, formulada con tono autoritario, procedía de la madre Setsuna, que llegaba desde su habitación en la parte posterior de la casa. En su hábito no había una sola arruga y el griñón estaba tan almidonado que se le clavaba en la frente. La madre superiora avanzo a paso militar, fijando sus ojos entornados en Darien.

-Le ruego perdone la intrusión -dijo este, inclinándose-. Es lamentable, pero necesaria.

-No lo creo -replico la madre Setsuna, con una sonrisa que no mermaba en absoluto su autoridad.

En ese momento los dos grupos de hombres, que habían finalizado el registro, convergieron en el zaguán. El hecho de que no llevaran consigo prisionera alguna, así como sus miradas, delataban su fracaso. La madre superiora los observo con expresión condenatoria y luego alejo a las jóvenes escasamente vestidas que se habían aventurado a abandonar el lecho. Cuando se extinguió el sonido de sus pies desnudos, la madre superiora se volvió de nuevo hacia Darien, esperando una explicación en medio de un silencio imponente.

-Mis hombres y yo estamos buscando a una mujer, Mina Aino, que dispone de cierta información sobre la muerte de mi hermano. Tenemos razones para creer que se encuentra aquí.

- ¿Y era necesario -dijo la madre superiora, po niendo toda su ironía en la palabra- caer sobre nosotras en medio de la noche para descubrir si su informador estaba en lo cierto?

Rara era la vez en que Serena había sentido el peso de la desaprobación de la madre Setsuna, y aunque esta no la miro siquiera, la noto sobre sí claramente. A Serena le hubiera gustado redimirse explicándole el motivo por el que había conducido a aquellos hombres hasta allí, pero no era el momento más adecuado.

-Existía el peligro de que esa mujer sintiera miedo e intentara huir. -La paciencia que dejaba traslucir el tono de Darien era poco habitual.

-Podría, tal vez, comprender su ansiedad, pero no el modo en que ha pretendido calmarla. Hubiera bastado con una simple pregunta.

Darien alzo una ceja.

-¿Hubiera bastado?

-Ciertamente. -La madre superiora inclino la cabeza-. Ya no está con nosotras.

-Ya le había dicho que no estaba aquí -dijo la señora Aino con tono vengativo y triunfal. Inicio una risa áspera, pero se cortó cuando noto que Ziocite se acercaba a ella por detrás.

-¿Ha estado aquí? -insistió Darien cuando se hizo de nuevo el silencio.

-Paso tres días con nosotras hasta que ayer por la mañana llego un mensaje, traído, según creo, por la camarera de su madre, Maria. No sé lo que contenía el mensaje, pero tan pronto como se hizo de noche llego un carruaje en busca de la señorita Aino. Subió al mismo sin una palabra de despedida o, si me está permitido añadirlo, de gratitud por su estancia entre nosotras.

-¿En qué dirección? -El Príncipe frunció el entrecejo mientras aguardaba la respuesta.

-No me quede para verlo. ¿Lo sabe usted, hermana Marthe?

-Hacia el norte, madre Setsuna -contesto la monja.

Resultaba evidente que la señora Aino había intentado demorar su llegada al convento, aun sabiendo que su hija no se encontraba allí. Mina viajaba sin saber que se había descubierto su paradero y su posterior huida, y su marcha no sería tan rápida como la de los hombres a caballo. Gracias a su tozudez, arriesgándose a ser humillada, la madre de Mina había obligado a Darien a perder varias horas, y tal vez a este le fuera imposible alcanzarla.

-Parece ser -dijo Darien lentamente- que habremos de convertirnos de nuevo en centauros. Me pregunto cuál podrá ser el equivalente femenino.

Se dirigió hacia la puerta mientras hablaba, después de coger a Serena por el brazo.

-Un momento -dijo la madre superiora. Sus ojos se habían fijado en la abertura de la capa de Serena, que dejaba al descubierto la muselina arrugada y manchada de su vestido, el mismo que llevaba la noche que condujo a Mina hasta la escuela convento. Miro también su pelo dorado totalmente enmarañado. Cuando la madre Setsuna alzo la mirada hacia los ojos de Serena, en ella se reflejaba una sospecha escandalizada. Dirigiéndose a Darien, dijo-: Exijo que deje a esta joven aquí.

Los hombres de la escolta, que se disponían ya a marcharse, se detuvieron para mirar a Darien y a la madre superiora. La hermana Marthe contenía el aliento, mientras que la señora Aino alzaba el mentón, como si dar muestras de inquietud fuera un insulto. Darien miro a Serena, deteniéndose brevemente en las suaves curvas de sus labios entreabiertos.

-Lamento decepcionarla, pero así es la vida, ¿o no es cierto? Sin embargo, si quiere salvar a alguien, le entrego a la otra dama que nos acompaña, la señora Aino, con la esperanza de que no halle motivos para lamentar su impulso.

Con estas palabras, abandonaron el convento. A su espalda oyeron la voz chillona de Berthe Aino diciendo:

-¡Déjela marchar! ¡Es lo que ella quiere! ¡Deje que se vaya con su príncipe de pacotilla! ¡Espero que se divierta con él, menuda mujerzuela!

Estas palabras siguieron resonando en la mente de Serena mientras cabalgaba junto a los hombres. Le pareció que la traspasaban con una verdad insoslayable. No había puesto objeción alguna, no había protestado ni había realizado el menor movimiento de resistencia al ser conducida hasta el caballo. En consecuencia, tal vez fuera cierta la descripción de su tía: era una inmoral. Aunque no buscara la compañía de Darien, en ningún otro lugar era tan bien aceptada como en aquel grupo de hombres.

Serena no hubiera podido soportar la escandalizada desaprobación de las monjas ni su condena por su aparente conducta de haber podido quedarse con ellas. La madre Setsuna, quizá, se hubiera mostrado compasiva, pero no hubiera podido esperar de ella que lo comprendiera. En cuanto a las demás, era dudoso que intentaran siquiera, e improbable que aceptaran el estrecho contacto de quien había pasado por semejante depravación con las inocentes pupilas del convento. Naturalmente su actitud se vería reflejada en toda la comunidad en cuanto se divulgara la historia. Al imaginarse rodeada por el desprecio, la compasión y las risitas disimuladas, ¿por qué no habría de sentir alivio, gratitud incluso, al comprobar que Darien tenía la intención de conservarla a su lado?

Sin embargo, no había futuro en esa relación. La persecución finalizaría tarde o temprano, cogerían a Mina y le arrancarían la información que querían de ella. Luego nada más retendría a los hombres en Luisiana, nada impediría que regresaran al decadente esplendor de Europa. Serena no podía esperar que Darien quisiera llevarla consigo, y lo cierto es que no debía hacerlo. Tendría que valerse por sí misma. Tenía que haber un modo de hacerlo sin sacrificar su honor y su alma., Al menos lo deseaba con todas sus fuerzas.

Avanzaron velozmente por el camino que seguía el brazo pantanoso del rio, haciendo resonar los cascos de los caballos sobre el blanco suelo fluvial y notando el viento en el rostro. Serena cabalgaba en el centro del grupo. Sus cabellos ondeaban al viento, igual que su capa, cuyo cuello le golpeaba la cara. La luz iba aumentando y era ya gris bajo una luna que se había vuelto una sombra espectral en el oeste. Darien cabalgaba a su derecha, Artemis a su izquierda, Malachite y Neflyte justo detrás y los gemelos en retaguardia. Nadie hablaba, nadie preguntaba adonde se dirigían o que tenían que hacer para obligar a sus exhaustas monturas a seguir la pista de Mina. Si estaban cansados por la actividad de la noche, o hambrientos por la interrupción de la cena, nadie lo demostró. Les bastaba con saber que cabalgaban; el hombre que los dirigía se ocuparía del resto.

Serena miro de reojo a Darien, pensando en la carga que este soportaba sobre sus hombros. Parecía aceptarla como algo normal. Se le veía un poco ceñudo, como si reflexionara sobre las alternativas posibles. Al notar la mirada de Serena, volvió la cabeza para mirarla con una sonrisa. Darien contemplo el ovalo de su rostro y su expresión de duda y desconcierto, mezclados con la fatiga, y luego volvió la vista hacia el camino.

No oyeron el grupo de gente que avanzaba precipitadamente hacia ellos al tomar una curva. El camino despejado, cubierto por el rocío quedo de pronto obstruido enteramente, de lado a lado, por hombres de rostro resuelto. Serena reconoció a los amigos y vecinos de su tía y también al joven sin sombrero que marchaba a la cabeza. Era Andrew.

-¡Ahí están! ¡Son ellos!

El sonido de las espadas al deslizarse en sus vainas resulto aterrador. Se empuñaron las pistolas. Estallo un tiro, y un hombre soltó un grito de dolor y de rabia. Los dos grupos dementes se lanzaron el uno contra el otro, con el ruido sordo de dos toros enfrentados en combate. Chocaron los aceros resplandecientes. Los hombres gruñían y lanzaban juramentos, los caballos relinchaban y corveteaban. Ambos bandos disponían del mismo número de hombres, pero si Andrew y los otros hubieran llegado a St. Martinville habría reunido un grupo mucho mayor.

-Sacre bleu! -exclamo uno de los vecinos, que era calvo-. ¡Luchan como demonios estos extranjeros!

Andrew se lanzó entonces hacia Serena blandiendo la espada y con expresión ferozmente resuelta. Darien hizo girar al caballo y se encaró con él.

-Ah, alteza -dijo Andrew sin resuello-. Creo que le ha sorprendido vernos llegar tan pronto.

-Supongo que algún entrometido os ha ayudado.

-El hijo de la cocinera, un muchacho curioso, fue a averiguar por qué se retrasaba la cena, y oyó nuestros golpes.

-Le felicito por su buena suerte.

Darien empuñaba la espada con extrema soltura, pero sin perder la concentración.

-Parece mejor que la suya, ¿no cree? ¿Pero que ha hecho usted con la señora Aino?

-¿Hecho? ¿La ha visto acaso tirada en una zanja? No, no, aunque hubiera sido lo mejor. La he dejado en el convento lanzando maldiciones, aunque no sé si pretendía condenarnos por haberla soltado indemne o por lo poco que ha sufrido.

Serena tuvo la impresión, mientras ambos hombres se alzaban sobre los estribos, lanzándose uno contra el otro y retrocediendo alternativamente, que en varias ocasiones, con un poco más de esfuerzo, Darien podría haber puesto fin al combate hiriendo a Andrew. Era como si esperara la oportunidad de desarmarlo sin hacerle daño. Lo mismo podría decirse de los miembros de la escolta del príncipe, quienes, formando una falange en torno a Serena, repelían a sus atacantes.

En un momento determinado, Darien fue embestido por tres lados. Andrew aprovecho que el príncipe desviaba su atención de él para abrirse paso hacia Serena y arrebatar las riendas de su caballo de la mano de Darien. Al notar este súbito tirón, el caballo de Serena se encabrito. No disponiendo de pericia en la silla inglesa, Serena tuvo que apretar las rodillas contra los costados del caballo y echarse hacia delante para aferrar las trines.

Entonces la empujaron desde un lado. Su rodilla quedo atrapada entre su propio caballo y el del hombre que se le había echado encima. Serena sintió un dolor que se extendía por su pierna y se dobló al recibir un golpe en la rótula. El caballo se agito, aprisionado. Serena cayó al suelo, entre los cascos enloquecidos. Un grito le subió a la garganta y quedo atrapado allí en un gemido ahogado. Sintió un estallido de dolor en la sien y la envolvió la oscuridad.

Serena despertó progresivamente, flotando con un suave balanceo. Las punzadas de dolor en la cabeza seguían el mismo ritmo. Trago con fuerza para despejar las brumas de la inconsciencia. El dolor de la sien la traspaso de parte a parte cuando una mano cálida y firme le aparto el cabello de la cara y de la herida con suavidad, pero que ella experimento como si le estuvieran arrancando los cabellos uno por uno. Serena volvió la cabeza con un murmullo irritado.

-Su belleza permanece intacta -oyó decir con una lentitud familiar por encima de su cabeza-, aunque no puedo decir lo mismo de su genio.

Serena comprendió que la sostenían unos brazos fuertes cuyo consuelo contrastaba con las palabras burlonas con que la había saludado Darien. Abrió los ojos y se encontró con la brillante mirada zafiro del príncipe. Serena advirtió que su cuerpo estaba cubierto por una manta de pieles y su cabeza descansaba en el regazo de Darien, sentado en el rincón de un carruaje. El vehículo, forrado de terciopelo castaño y con portezuelas de palisandro tallado, rodaba a velocidad considerable, como indicaban los árboles que pasaban por la ventanilla.

Serena abrió los ojos.

-¿Que ha ocurrido? ¿Cómo he llegado hasta aquí?

-Suerte ha tenido de haberse quedado dormida durante el aburrido episodio. ¿De verdad no recuerda nada?

-No.

En la voz de Darien había una nota festiva cuando contesto.

-La recogí del suelo y la entregue a los cuidados de Artemis y Jedite. Les ordene entonces que continuaran mientras nosotros cubríamos la retirada ante oponentes cuyo torpe celo e inútil coraje no han conocido igual. Batirme con esos granjeros y sus hijos, llenos de furia y sin ninguna elegancia, no es mi idea del deporte.

-Lamento que no estuvieran a su altura. ¿Los ha dejado tendidos en el suelo en medio de un charco de sangre?

-Ha habido algunos cortes en hombros y heridas que causaran una o dos interesantes cojeras en el próximo baile, pero nada grave.

Su falta de vehemencia al hablar, el que hubiera pasado por alto la burla que tan temerariamente le había lanzado Serena, hizo sentir a esta una punzada de remordimiento.

.-Fue... fue muy amable al preocuparse por mí.

-Amable no, era necesario. Sin usted para hacer temblar mi presunción, ¿dónde estaría yo?

-Muy lejos, persiguiendo a Mina, no lo dudo.

-No, no. No tema, usted no supone ningún impedimento. Artemis ha escogido el carruaje con muy buen tino. Es ligero y capaz de viajar casi a la misma velocidad que nuestras monturas.

-Quería decir que si no se hubieran entretenido conmigo al principio...

-Querida Serena -dijo el, con voz melosa en la que se adivinaba una diversión contenida-, no ha sido tan difícil, se lo aseguro.

Serena apretó los labios, pero se obstino en mantener los ojos cerrados.

-Veo que el enfrentamiento con los vecinos de la señora Aino no ha conseguido enseñarle humildad, o al menos cierta cortesía.

-No. ¿Por qué habría de ser de otro modo? Acudieron a petición de su pretendiente, Andrew Furuhata, y si cree que estaba preocupado por los ampulosos encantos de su tía, entonces es usted quien necesita una lección, pero no de humildad, ¡sino de cómo superarla!

-Andrew... ¿quedo...?

-Furioso y debatiéndose entre media docena de amigos más sensatos que le impidieron salir en nuestra persecución, según lo vi por última vez, totalmente indemne.

Serena dejo escapar un leve suspiro.

-Me alegro.

-Me doy cuenta, aunque de haber sabido que iba afectarle tanto lo hubiera cogido por el cogote y me lo hubiera traído también para complacerla. No he disfrutado nunca de un menage a trois, pero sé de buena tinta que puede resultar muy divertido.

Serena había descubierto que Darien solía comportarse del modo más escandaloso cuando estaba preocupado, y su tono era frívolo y carente de tensión.

-¿Divertido? Y yo que creía que su reconstituyente favorito era la ira... y el coñac. Me sorprende que no me haya obligado todavía a beberlo.

-Las mujeres inconscientes no sirven para apreciar un buen licor, pero estaba a punto de enviar a buscar plumas quemadas para despertarla de su desmayo.

-¿Desmayo? -exclamo Serena con aborrecimiento en la voz, abriendo los ojos-. ¡Ha sido más que eso!

-¿En serio?

-¡Lo sabe usted perfectamente! -No tenía ni idea de por qué el príncipe se lo tomaba a la ligera, a menos que quisiera desanimarla en el caso de que intentara hacerse la invalida, lo que desde luego no estaba en su intención.

-¿Duda de mi habilidad como médico?

-Solo de sus conocimientos, y lamento su tendencia a atribuirme una pequeña debilidad, como un desmayo, cuando en realidad me han dado un golpe en la cabeza. -Los ojos azules de Serena eran dos puntos oscuros cuando aparto la mirada del príncipe. Al ver por las ventanillas los árboles que aparecían y desaparecían a causa de los botes, se sintió mareada y se apresuró a cerrar los ojos de nuevo y a llevarse la mano a la boca.

-¿Quiere que paremos? -pregunto el con brusquedad.

Serena sacudió la cabeza e inmediatamente lamento haberlo hecho al notar el dolor.

-Tal vez haya sido un error reanimarla. Tiene una pequeña conmoción. No tiene por qué ser peligrosa, pero desde luego esta forma de viajar no es el mejor tratamiento.

Serena se esforzó por abrir dos estrechas rendijas en los ojos. La expresión del príncipe era pensativa. Por la mente de Serena cruzo la idea de que estaba sopesando la posibilidad de enviarla de vuelta a casa de su tía.

-Estoy... estoy bien.

-¿De verdad? -inquirió él, torciendo los labios en algo que no acababa de ser una sonrisa.

-Creo... que si, sí.

-Tenía polvos para dormir, eficaces y rápidos, en mi equipaje. Desgraciadamente no ha habido tiempo para avisar a Sarus. Todo ha quedado en el pabellón de caza y tendrá que permanecer allí hasta que nos detengamos el tiempo suficiente para mandar un mensaje a Sarus y esperarle, puesto que juro que regresemos por esa misma ruta. Tal vez consigamos algo similar cuando nos detengamos para cambiar los caballos.

-Eso podría ser un problema -murmuro Serena.

-Sí, ya lo hemos descubierto. No hay una posta decente en todo este territorio salvaje. ¿Qué hace la gente cuando viaja?

-Hacen etapas tranquilas en lugar de lanzarse a este ritmo infernal -replico Serena, sofocando un grito cuando la rueda del carruaje se hundió en una agujero y se vio lanzada hacia adelante antes de que Darien pudiera impedirlo. Cuando él consiguió devolverla a su anterior posición, prosiguió-: Los viajeros que necesitan caballos frescos dependen de la ayuda de los propietarios de las granjas y plantaciones, que dan hospitalidad durante la noche.

-Supongo -dijo Darien- que a menos que un hombre posea una plantación en este salvaje territorio, no tiene motivos para aventurarse a viajar por él. Lo normal será que vaya en dirección opuesta, hacia St. Martinville y Nueva Orleáns.

-¿Territorio salvaje? Es la segunda vez que lo dice.

-Eso me parece a mí -replico él. Sus ropas crujieron cuando se volvió hacia la ventanilla, por la que pasaban las ramas sin hojas de árboles densamente apretados sin interrupción-Nos dirigimos a una co munidad cuyo nombre, según tengo entendido, procede de una lengua india, Natchitoches.

-En realidad era una tribu india. Es una vieja ciudad, fortaleza francesa en otro tiempo, y está totalmente civilizada.

-Me alegro de oír eso.

-¿Por qué a Natchitoches?

-Oyeron al conductor de su prima preguntar por esa dirección.

La ciudad de Natchitoches era ciertamente muy civilizada, y había en sus alrededores varias plantaciones de extensión considerable, pero las carreteras que conducían hasta ella y el territorio que la rodeaba estaban escasamente poblados. Se había fundado más de cien años atrás y la principal vía de acceso era fluvial, rió Mississippi arriba hasta la confluencia con el rio Rojo, y luego hasta la ciudad, que se hallaba a orillas de este. Hasta la última década no se había abierto una ruta por tierra, la carretera por la que viajaban ellos en ese momento. La señora Aino tenía parientes en esa ciudad, aunque el hecho de que Mina buscara refugio entre ellos era una muestra de desesperación. Si para ella St. Martinville era un pueblo miserable, Natchitoches le parecía en comparación el fin del mundo, una ciénaga inmunda de aguas estancadas y sin el menor atractivo. Existía cierto peligro en llegar a aquella ciudad a la que se dirigían a toda velocidad. En los últimos tiempos se había convertido en la frontera del país a medida que los colonos de la costa sudeste la utilizaban como trampolín para pasar a los amplios espacios abiertos de la Texas española. La ciudad era un hormiguero de gentes sin ley, y la vida allí tenías las características habituales de un lugar fronterizo. Era también el corazón de una vasta zona de territorio neutral conocida como Tierra de Nadie. Esta franja, que tenía una extensión de unas cien mil hectáreas a lo largo del río Sabine en la Punta sudoeste del estado, era reclamada desde 1806, unos catorce años atrás, tanto por Estados Unidos como por España. Para evitar enfrentamientos entre ambos países que pudieran conducir a una guerra abierta, ninguno de los dos ejercía su jurisdicción legal sobre aquella estrecha franja, ni enviaban soldados a patrullarla como hacían con las tierras contiguas. Como resultados, se había convertido en un paraíso para ladrones y asesinos, para marginados de los dos países, que cometían pillajes y asaltaban a los colonos que viajaban hacia el oeste. También se realizaban allí diversas actividades clandestinas, entre las que se contaba la importación ilegal de esclavos y otro tipo de contrabandos que, al decir de algunos, llevaba a cabo el pirata y héroe de la batalla de Nueva Orleáns, Jean Lafitte, que era ya un hombre de mediana edad. Se rumoreaba también que se estaban congregando grupos de hombres que pretendían iniciar una campaña para arrebatarle Texas a España y convertirla en parte de Estados Unidos.

Por todo ello, no era una zona que se pudiera atravesar con garantías. Cualquiera que osara penetrar allí, ponía en peligro su vida. Eran muchos los que habían desaparecido, sin que se volviese a saber de ellos. Una mujer que se adentrara en aquella zona necesitaba protección armada, por fea o vieja que fuese. En el caso de Mina, que viajaba prácticamente sola, era una increíble temeridad. Era de esperar que Darien y sus hombres la alcanzaran antes de que se viera en dificultades.

A Serena le hubiera gustado hablar de la situación con Darien, pero su torvo silencio sugería que conocía ya aquellos hechos. No parecía, por tanto, que hubiera nada que decir. En cualquier caso, Serena no se sentía con fuerzas para intentarlo.

Se quedó quieta con la mejilla apoyada en el pecho de Darien, notando el latido regular de su corazón, su respiración rítmica, y sus movimientos para amoldarse a los vaivenes del carruaje. Cada vuelta de las ruedas la daba más y más de cuanto ella había conocido hasta entonces: parientes, amigos, sociedad, iglesia. Estaba sola con un príncipe impelido por su sed de venganza. Serena no sabía cómo acabaría todo, ni lo que sería de ella. No le satisfacía en absoluto que fuera así. Sin embargo, tampoco estaba totalmente descontenta.


Pobre de Sere, que feo que se sienta querida solo por su secuestrador y su guardia, que en vez de la que se dice su familia, en serio que eso me da tristeza, y definitivamente odio a la tía Aino, es odiosa y déspota, och… me choca

Hubiera sido más fácil que Darien la dejara con las monjas no?, porque no lo hizo?, será que aun se quiere divertir con ella?, o hay algo mas?