Los personajes ni la historia me pertenecen, todos los derechos a sus respectivos creadores


CAPÍTULO 10

Lucy se levantó al punto y cogió la manta y el cepillo con manos temblorosas. Procedió a meterlos en la bolsa.

Basta de goblins. Por favor, Dios mío. Seré buena y me lo comeré todo.

—Olvídate de eso. Déjalo. —Natsu se abalanzó sobre sus armas—. Vete.

Había una cosa que ella sabía hacer bien. Lo soltó todo, dio media vuelta y echó a correr.

En su interior todo se puso en alerta roja, los sistemas destellaban. Se puso a cien de adrenalina. Agudizó la visión, el olfato y el oído. Determinó cuál era el mejor camino a seguir a la vez que se esforzaba por oír cualquier atisbo de persecución.

Nada, ningún sonido. Solo el viento bailando entre los árboles. El ruido de su propia respiración, irregular debido al miedo, y de Natsu corriendo tras ella. Pero Lucy volvió a captar tufillo a goblin. El corazón le dio un respingo.

—Lo más rápido que puedas, Lucy —decía Natsu a su espalda con voz tranquila.

Muy bien. Lucy hundió la barbilla, buscó y encontró su zancada, y salió de estampida.

Natsu se apresuró detrás mientras el cielo se iluminaba con la salida del sol. Lucy parecía haberse vuelto ingrávida. Maldita sea, corría como un guepardo. O más. Un espectáculo digno de ver. Salvaba obstáculos como rocas y troncos caidos, haciendo que los saltos parecieran naturales, como si decidiera levantar los pies y volar sin más. Natsu aún pudo anotar otra sorpresa al descubrir que se quedaba rezagado.

Buena chica. Si tenia tanto aguante como velocidad, saldrian de esa.

Lucy dejó la mente en blanco. Vivia el presente. No existia nada más allá del profundo ritmo de su respiración, de las atléticas flexiones de músculos y huesos, del sonido de Natsu corriendo a su espalda. Se habian adentrado mucho en el bosque, de modo que la infinita cúpula del cielo acabó tapada por el espeso ramaje, aunque la luz matutina fue haciéndose más brillante y el dia cada vez más cálido hasta que ella tuvo la piel cubierta de sudor.

El bosque estaba silencioso a su alrededor, viejos troncos retorcidos llenos de secretos y aprisionados por serpenteantes enredaderas. Lucy reparó en que, desde que el dia anterior los goblins los habian llevado alli, no habia oido a ninguna otra criatura cerca, nada de crujidos, trinos ni gorjeos. Quizás era porque estaba en presencia del máximo depredador. O acaso fuera porque los goblins se propagaban por el bosque como una enfermedad terminal. O ambas cosas.

No culpo a nadie, pensó. En vuestro lugar, yo tampoco emitiria gorjeos, trinos ni crujidos.

De pronto, como una bruma surgida de la tierra, la invadió una sensación de Poder frio, que le lamió la caldeada piel y se le aferró al cuerpo, estrujándola como una boa constrictor alrededor de su presa.

El asco y el miedo le cerraron los músculos de la garganta, o quizá lo hiciera la constricción del Poder. Se tambaleó hasta pararse y por instinto se llevó la mano a la garganta.

Natsu giró sobre sus talones y quedó encarado hacia el camino por el que venian. Cuando Lucy miró hacia atrás, él soltó un bramido. Le sobresalian los tendones del cuello, y los enormes músculos del pecho y los brazos estaban tensados por la furia. En comparación con ese ruido apocaliptico, el recuerdo de lo sucedido en Nueva York se desvaneció en la intrascendencia. Estando tan cerca como estaba de él, incluso en su forma humana el Poder del rugido desgarró la tela del mundo.

A Lucy se le levantó el pelo de la nuca. Se desbocó el pavor a través de su cuerpo desde un lugar atávico más profundo que la elección consciente.

El sonido hizo trizas la opresión en su cuello. La fría constricción del Poder se desvaneció. De pronto fue capaz de volver a respirar. Tomó aire.

Natsu se volvió, los feroces huesos del sombrío rostro transformados por el odio y la rabia. Sus cálidos ojos jades eran dos gemas gemelas, y las pupilas se habían convertido en sendas rendijas.

—Ahora lo sabemos seguro —gruñó—. Sting está aquí, intentando entorpecer nuestra marcha. Corre.

Lucy retrocedió unos pasos sin dejar de observarle. Él frunció el entrecejo y ladeó la cabeza, la típica imagen de la exasperación masculina. Pues muy bien. Lucy levantó las manos en un gesto de vale– ya–me–voy, giró sobre sus talones y echó a correr como alma que lleva el diablo.

No mucho después, llegó al linde del bosque y titubeó al encontrarse con una amplia llanura. Para criaturas de su tamaño, no había donde guarecerse. Miró hacia atrás, inquieta, mientras él la alcanzaba.

Natsu llevaba de nuevo el hacha y la espada sujetas con correas a la espalda. En su cara de halcón había menguado la furia, pero sus ojos aún ardían como ascuas.

—¿Puedes cambiar de forma? —le preguntó ella.

—No del todo. Antes, en el bosque, ya lo he intentado. —Natsu hizo un gesto hacia la llanura—. Saben que estamos aquí, no hay duda.

Lucy saltó hacia delante, y Natsu tuvo la oportunidad de admirar lo rápido que podía ella correr sin el impedimento de los árboles y la maleza.

Para no malgastar aire, ella se comunicó con él por telepatía. Yo todavía no los oigo, ¿y tú?

No, creo que Sting ha estado cubriéndolos, le explicó él. De lo contrario los habría oído mucho antes. No se habrían acercado tanto.

Eso, y que Natsu se habia distraido con la sensualidad de Lucy. Maldita sea, sabia que estaban entreteniéndose demasiado, pero en fin. Era culpa de él que Lucy volviera a correr peligro. Ella le trastocaba la cabeza, y sus viejos y afinados instintos hacian cortocircuito. Natsu jamás volveria a mostrarse impaciente con sus hombres cuando se enamorasen de una cara bonita.

¿Están persiguiéndonos aun creyendo que puedes convertirte en un dragón? Pese a ser telepático, el tono mental de Lucy daba a entender lo suicida que le parecia esa idea.

A menos que sepan la verdad, dijo él. Quizá por eso son tan agresivos. Tal vez saben que el veneno de los elfos

pronto perderá su efecto.

Lucy tropezó y casi se cae. Natsu dio un salto y la agarró del brazo. Ella le dirigió una mirada horrorizada. Pero eso querría decir que los elfos —Ferion— sabían que seríamos atacados.

O querría decir que al menos uno de los elfos pasó cierta información a una parte interesada, admitió él, que la animó a seguir corriendo. Y en honor a la verdad, a Ferion le constaba que tú hiciste lo que dijiste que harías:

llevarme a la frontera y dejarme allí.

Pues vaya verdad de mierda, soltó Lucy. Si vuelvo a ver a ese elfo, le haré una cara nueva.

Natsu no pudo reprimir una sonrisa burlona. Quiero estar presente.

Lucy se rezagó para trotar al lado de Natsu. Al ver que él torcia el gesto, ella dijo: No te preocupes por mí, grandullón. Puedo llevar cualquier ritmo que pongas.

Natsu se rio a carcajadas. No tengo ninguna duda, amor mío.

Lucy echó la cabeza hacia atrás. Empiezo a hartarme de refregártelo por las narices.

Pese a las bromas, ambos sabian que su situación era cada vez más desesperada. Él miraba todo el rato a su espalda, hasta que de pronto vio a una horda de globlins saliendo del bosque. Junto a ellos apareció una veintena de jinetes armados.

Lucy también miró. Los goblins no montan a caballo, dijo. Incluso yo lo sé. Los caballos no los aguantan.

Serán sus aliados, los fae oscuros, dijo Natsu, reparando en que su visión de ave rapaz era mucho mejor que la de Lucy. Distinguió perfectamente los jinetes fae.

Por primera vez durante la huida, el rostro de Lucy reveló tensión. Llevan arcos.

Arriba ese ánimo, chica melindrosa. Le dirigió su sonrisa tenebrosa. Las cosas empiezan a ponerse

interesantes.

Natsu aumentó la velocidad, y Lucy, fiel a su alarde, mantuvo el ritmo, la melena rubia ondeando al viento, las largas piernas de gacela sin tocar el suelo. Por todos los demonios, Natsu estaba orgulloso de ella.

Delante de ellos, el terreno cambiaba. En el horizonte, se elevaba un risco. Habrían corrido otro kilómetro cuando en lo alto apareció una docena de jinetes fae oscuros.

No montaban caballos.

Montaban a horcajadas criaturas fae que parecían libélulas gigantes. Enormes alas transparentes veteadas de negro brillaban con tonalidades de arcoíris.

Al verlos, Lucy aflojó el ritmo y se paró. A su lado, Natsu hizo lo mismo. Llevó una mano al costado y se dio la vuelta. Estaban atrapados.

Lucy se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en las manos. Natsu se arrodilló a su lado y le pasó un brazo alrededor de los hombros. No dijo nada; ella tampoco. No había nada que decir.

En cuanto se hubieron detenido, sus perseguidos redujeron la marcha y se acercaron con más cautela. Los goblins se desplegaron en formación de semicírculo, los jinetes fae oscuros intercalados entre ellos. Los fae oscuros del risco se quedaron donde estaban, montados en las libélulas gigantes mientras observaban la escena que se desarrollaba abajo.

Lucy los miró protegiéndose los ojos del sol. El tercero de la izquierda irradiaba un Poder frio diferente del de cualquiera de los otros. Tragó saliva para intentar aliviar la sequedad de su garganta.

—Alli —dijo—. El rey de los fae está en el peñasco, ¿verdad?

Natsu se sentó tras ella y la atrajo hacia su pecho.

—Si. Espera por si hace falta su intervención.

—Aún nada de cambios de forma —dijo ella. No era una pregunta.

Natsu negó con la cabeza.

—Necesito algo más de tiempo.

Necesitaba un tiempo que no tenian. Lucy se fijó en la piel de Natsu caldeada por el sol, en su respiración lenta y sosegada. Esa tranquilidad la maravillaba.

Lucy no estaba tranquila. Le daba vueltas a la cabeza como enloquecida, el corazón siguiendo con su danza saltarina. Pensaba en la paliza que le habian dado los goblins. Pensaba en Zancrow y su corredor de apuestas, ambos muertos. Pensaba en la navaja automática que guardaba en el bolsillo de las mallas.

Natsu la soltó, se incorporó de rodillas y desató las correas de las armas. Depositó a un lado el hacha y la espada. A continuación, cogió la espada corta que llevaba sujeta a la cintura y la dejó en el suelo junto a lo demás. Con los ojos entrecerrados, miró a las huestes que se aproximaban.

—Si no lucho, quizá pueda negociar con ellos para que te dejen ir —dijo a Lucy.

—No puedes rendirte y ya está —dijo ella—. ¡Van a matarte!

—Seguramente no enseguida. —Su semblante era brutalidad y ángulos marcados en grado sumo—. Si me rindo, puedo ganar tiempo. Si consigo que te suelten, puedes intentar llegar hasta mi gente de Nueva York y contarles lo sucedido. Alli estarás a salvo.

Queria decir que no lo matarian enseguida porque antes lo torturarian. Lucy se enfurecia por momentos.

Observó al rey de los fae oscuros en el risco. Nunca habia odiado tanto a alguien, alguien a quien además no conocía.

Era otro de los Poderes principales, uno de los más antiguos de las Razas Viejas. Su conocimiento y memoria de las tradiciones y la historia de la Tierra eran enormes. Como había señalado Natsu, era imposible saber lo que había rajado Zancrow antes de que ella le parase los pies con el hechizo vinculante. Y Sting tenía conexiones con los elfos, si no con Ferion quizá con alguno de los que hubieran presenciado su charla con Ferion y hubieran oído lo bastante para hacer conjeturas.

—En todo caso no funcionará —dijo con tono rotundo—. No van a dejarme marchar.

Natsu la miró y no se tomó la molestia de discutir.

—Entonces lucharemos.

—No me apresarán —le dijo ella, que metió la mano en el bolsillo y sacó la navaja. Apretó el resorte y la hoja salió como un rayo.

Natsu le agarró la muñeca al punto con los ojos llameando.

—¿Qué coño estás haciendo? —le espetó—. ¿Que no te apresarán? Pues entonces lucharemos. No nos entregaremos.

Lucy miró a los goblins y a los fae oscuros. Eran muchos, formaban un pequeño ejército. Se hallaban casi al alcance de los arcos. Cubrió con su mano la de Natsu.

—Natsu, ¿confiarás en mí esta vez? ¿Me dejarás probar una cosa sin hacer preguntas?

La mano y la cara de Natsu se volvieron de piedra; se le agarrotó el cuerpo. Lucy reprimió una creciente sensación de pánico y siguió hablando en voz baja.

—Por favor. No queda mucho tiempo.

Natsu aflojó los dedos. La soltó. Lucy se incorporó de rodillas y se colocó frente a él. Él permaneció quieto y le miró la cara mientras ella le ponía la punta de la navaja en la blanca cicatriz del hombro. Lucy se concentró en el bronce oscuro de la piel desnuda. Se mordió el labio y trató de mover la mano, pero solo pudo ponerse a temblar. Los nudillos se volvieron blancos.

—Maldita sea —dijo apretando los dientes—. No puedo cortarte.

Natsu le cubrió la mano. Esta vez para hacer un movimiento rápido y que la hoja mordiese la piel, justo encima de la cicatriz. Del corte empezó a manar sangre brillante y caliente. Lucy tomó aire a duras penas y le dirigió un gesto de asentimiento. Él volvió a soltarla.

El segundo corte fue mucho más fácil. Lucy pasó la hoja por la palma de su mano. Fue un buen corte y bastante profundo. Surgió el dolor, y la sangre empezó a gotear hacia la muñeca.

El ejército habia avanzado y cruzado la delimitación del alcance de los arcos; estaba tan cerca que ella podia oir a los goblins reir y llamarse unos a otros.

Y luego hablan de esfuerzos desesperados. Ojalá supiera si va a funcionar o no. En todo caso, pronto lo sabremos.

—Ahi va eso, grandullón —murmuró Lucy, que cruzó la mirada con la mirada de halcón de Natsu y unió su corte abierto al de él.

Durante unos segundos pareció no pasar nada. De repente, algo llameó y brotó de Lucy, le atravesó la palma y entró en Natsu, cuya cabeza se echó hacia atrás. Dio un grito ahogado mientras se tambaleaba sobre las rodillas. Su Poder respondió con un bramido.

Lucy vaciló, mareada por la transferencia. Acto seguido, Natsu titiló y se expandió tan deprisa que ella se cayó de espaldas. Luego forcejeó para apoyarse en los codos y observó boquiabierta el enorme dragón que se erguia delante.

Oh. Dios. Mio. Lucy se habia imaginado su aspecto. Habia vislumbrado su sombra cuando volaba sobre la playa. Pero no estaba preparada para el impacto de la cosa real. Era del tamaño de un jet privado.

Natsu presentaba diversos tonos de bronce que bajo la luz del sol tenian un reflejo iridiscente. Su ancho pecho musculoso estaba justo arriba. La cabeza de Lucy subia y bajaba mientras asimilaba las largas piernas plantadas a ambos lados. El color broncineo se oscurecia hasta ser negro en los extremos de las piernas. Los pies tenian garras curvas largas como su antebrazo. El cuerpo se estrechaba formando unas caderas poderosas y una cola dilatada.

Lucy miró por un momento la hendidura en la vaina de grueso pellejo entre las patas traseras que le cubría la región de los genitales. Por lo visto, no tenía ninguna parte vulnerable.

Por el suelo se desplegaron sombras enormes. Natsu había abierto las alas, extendidas ahora como las de un águila.

El cuerpo de Lucy aprendió de nuevo a moverse. Se arrastró hacia atrás sobre manos y pies, escabulléndose como un cangrejo.

Natsu arqueó el largo cuello serpentino. Inclinó hacia abajo una cabeza triangular astada que medía como el cuerpo de Lucy, para así poder mirarla con unos ojos que eran grandes estanques de lava fundida. Agitaba la cola de un lado a otro con un sonido que cortaba el aire.

—Esta es mi larga cola escamosa de reptil. Mayor que ninguna otra —dijo Natsu con una voz más fuerte, más profunda, pero aún reconocible como suya. Un enorme párpado se cerró en un guiño inconfundible.

Lucy se entregó a una risa histérica.

—Quédate aquí —le dijo el dragón, que, como un Behemot elegante y sinuoso, bajó la cabeza al

volverse hacia el risco. Enseñó los dientes en un desafío fiero.

—VAMOS, A QUÉ ESPERAS, HIJO DE PUTA.

Uno a uno, los jinetes fae oscuros se elevaron en el aire en sus caballitos del diablo. Volvieron grupas y se marcharon.

Era imposible verlo, pero Lucy notó que el depredador dentro de Natsu vibraba con el instinto de dar caza. Sin embargo, se contuvo, y ella sabía por qué. No podía dejarla desprotegida con el ejército goblin–fae tan cerca.

Lucy se incorporó sobre un codo para mirar hacia sus perseguidores. Los goblins y los jinetes fae habían dado media vuelta. Estaban en franca retirada.

El sonido del suelo desgarrándose la hizo volverse hacia el dragón, que hundía las garras en la tierra mientras gruñía a los enemigos en su repliegue.

—Natsu —dijo ella. Él la miró. Lucy hizo un gesto hacia el ejército en retirada—. Ve.

Fue aliento suficiente para Natsu. Se agachó y echó a volar de un salto. Un rugido surcó el cielo como un trueno. Los goblins se pusieron a chillar cuando empezó la matanza. Lucy se sentia violenta y vengativamente feliz.

No fue tanto una batalla como un exterminio. Tras la primera y espectacular arremetida de Natsu cuando voló bajo sobre sus cabezas y arrojó fuego, Lucy no vio nada más. Se tendió boca abajo, se cubrió con las manos y aguardó a que terminara todo.

La peste a goblin quedó disimulada por el olor a humo grasiento. No tardó mucho en hacerse el silencio en la llanura. No se podia hacer recuento de victimas porque no habia nadie. Ninguno de los enemigos habia llegado con vida a la llanura.

Lucy hundió más la nariz en la fragante y alta hierba. El sol estaba alto en el cielo. Sentia calientes la espalda y los hombros. Notó acercarse un susurro tranquilo. Le cayó una sombra encima. Algo muy ligero le hizo cosquillas en los antebrazos, que le cubrian la nuca. Y le sopló en el pelo.

Lucy se rascó el brazo.

—¿Has matado los caballos de los fae?

Cesaron los soplidos.

—¿Ha estado mal hecho? —dijo Natsu con voz cautelosa. Ella se encogió de hombros.

—No tenian ninguna culpa.

—Por si sirve de algo, tenia hambre y me he comido uno. —Otro soplido.

Lucy no pudo menos que soltar una risita.

—Supongo que sirve de algo.

Rodó sobre si misma. Él se habia estirado al lado, su enorme cuerpo entre Lucy y los restos del ejército goblin–fae. Sus alas, una espectacular extensión de bronce oscureciéndose hasta el negro en las puntas, estaban plegadas. La piel relucia al sol.

Lucy levantó la cabeza y miró hacia unos penachos de humo. La cabeza triangular descendió hasta quedar frente a ella, penetrantes los jades ojos.

—No tienes por qué mirar hacia allá —dijo con voz suave.

Lucy se sentó derecha y se apoyó en el hocico del dragón. Luego pegó la mejilla al cuerpo. De cerca, veía en la piel un vago patrón de escamas. Acarició la ancha curva de una fosa nasal. Parecía algo más suave que el resto. Él se mantenía muy quieto, la respiración rápida y superficial.

—¿Qué tal te sienta? —le preguntó.

—Bien. —Natsu exhaló un suspiro, una fuerte ráfaga de viento, y pareció relajarse—. Gracias por salvarme otra vez la vida, Lucy Heartfilia. —Hizo que las sílabas de su nombre humano sonaran musicales.

—Lo mismo digo, grandullón —susurró ella.

Al cabo de unos instantes, él se apartó concediéndole a ella todo el tiempo para enderezarse. Lucy alzó la vista, hasta la larga cabeza triangular silueteada en el sol de la tarde.

—Tienes dos opciones —dijo él.

—Las opciones son buenas. —Lucy se puso en pie, repentinamente cansada y dolorida de nuevo—. Son mejores las opciones que las órdenes.

—O me montas —le dijo— o te llevo yo.

—¿Montar? Pero ¿qué dices? —Se protegió los ojos del sol para ver la enorme mole—. Ahora mismo puede ser más emocionante de la cuenta. No veo cinturones de seguridad.

—Pues sí los hay. —Dándole tiempo para acomodarse, la envolvió con las largas garras de una pata con tal precisión que no le provocó pinchazos ni arañazos. Cuando él inclinó la pata, Lucy encontró un hueco de veras cómodo en el que colocarse. Natsu alzó la cabeza para poder mirarla—. ¿Todo bien?

—Me siento como Fay Wray en King Kong, pero por lo demás fantástico —contestó ella—. Si no fueras multimilmillonario, podrías ganarte bien la vida como ascensor.

Él soltó una risotada. De pronto, cuando saltó al aire, el mundo se desprendió. Cualquier cosa que dijera ella se perderia en el batir de las enormes alas, en su ensordecedor chillido.

Retiro lo dicho, le gritó telepáticamente. Ya no le quedaba aire de tanto chillar. Olvídate de fabricar Valium, o de la profesión de ascensorista o peluquero. Puedes ser la mejor montaña rusa del mundo. Eh, seguro que Six Flags te pagaría un pastón.

Veo que la loca que habita tu cuerpo está vivita y coleando, dijo él.

Se escoró y cambió de dirección al percibir un pasadizo de vuelta al mundo humano. Lucy consiguió aspirar más aire para gritar otra vez. Hablo muy en serio… ¡No me veo capaz de lidiar con esto!

Mala suerte, replicó Natsu. No correré el riesgo de que nada más salga mal. Este es un vuelo directo a Nueva York. Gracias por volar con Dragneel Airlines.

—¡No tiene ninguna gracia! —soltó ella a voz en grito. Las risas de Natsu le resonaban en la cabeza.

Lucy se acurrucó en su agujero irrompible tapándose los ojos con las manos. Descubrió que no era un vuelo suave, sino que tenia un ritmo acompasado con el batir de las alas. También pensó que iba a congelarse. Tuvo otra sorpresa al ver que él la envolvia con una manta de terciopelo de Poder, que la protegia del viento y del frio de las alturas.

Lucy percibió el incremento de magia que señalaba el pasadizo de regreso a la dimensión humana a medida que se acercaban. Espió a través de los dedos. Siguiendo un sentido direccional desconocido para ella, Natsu extendió las alas, y planearon hasta pasar a unos treinta metros de un pequeño cañón. ¿Ya eres capaz de abrir los ojos?, preguntó él.

Estoy mirando, respondió ella.

Muchos pasadizos a Otras tierras son como este. Se expresan en cierta fractura del paisaje físico, le explicó Natsu. Si volásemos solo tres o cuatro metros por encima, ya no estaríamos en él.

¿Entonces permaneceríamos en la Otra tierra?, preguntó Lucy, cada vez más interesada en contra su voluntad.

Exacto. Es como seguir una corriente de aire específica. El pasadizo por el que nos llevaron los goblins era un tanto inusual, explicó él. En la tierra había una fractura, pero era de esas viejas, desgastadas por el tiempo. Apenas me resultaba visible.

En algún momento el sol cambió y se volvió más pálido. El cañón se encogió hasta convertirse en un simple barranco enmarañado de maleza. También era diferente la calidad del aire. Habían cruzado.

¿Sabes dónde estamos?, preguntó ella. Lucy se había olvidado del miedo mientras observaba fascinada la tierra desplegándose abajo.

Al norte de donde estábamos antes. Estoy más familiarizado con el paisaje a lo largo de la costa. Reconoceré más cosas cuando lleguemos al Atlántico. Natsu le envió el equivalente a un encogimiento de hombros mental. Me interesa más saber qué día es y cuánto tiempo hemos pasado en la Otra tierra.

Lucy se había olvidado de eso. Contemplaba los cambios en el paisaje mientras Natsu ponía rumbo al este. Al cabo de una media hora, apareció frente a ellos la línea azul del mar. Giraron hacia el norte, siguiendo la costa, subiendo hasta que el aire fue enrarecido para Lucy. Las ciudades y los pueblos que sobrevolaban eran como de juguete.

Ya está, dijo Natsu. Ella alzó la vista para verle señalar a la izquierda. Eso es Virginia Beach. Aún nos quedan un par de horas de vuelo.

Ah, muy bien. Aquello desanimó a Lucy. Y aquí estoy yo, sin revistas ni novelas de bolsillo, ni dinero para una película a bordo.

Se quedaron en silencio. Al cabo del rato, ver pasar la costa entre sus pies colgando acabó siendo aburrido. Se examinó el corte en la palma de la mano, que se había cerrado en algún momento durante la curación de Natsu.

La costra parecía ya de una semana. La tocó con escaso interés, y acto seguido dirigió su atención a las largas y curvas garras negras que la rodeaban. Frotó una, a la que luego dio unos golpecitos con una uña. Brillaba como la obsidiana y sin duda era más dura que el diamante.

Tras esto, ya no le quedaba nada más que hacer salvo mover los pies distraidamente y obsesionarse con el desastre en que se habia convertido su vida.

Después de todo lo sucedido, iba camino de Nueva York en las garras de la misma criatura de la que habia estado huyendo. Con la cual, por cierto, también habia echado un polvo alucinante.

Con esto último bastaba para que todo fuera insólito, aun sin tener en cuenta los demás desastres acaecidos. Lucy levantó la vista hacia Natsu y la apartó de inmediato.

Los recuerdos de lo que habian hecho juntos eran tan intensos que cada vez que pensaba en ellos se quedaba sin respiración. Pero al mismo tiempo parecian surrealistas, como si le hubiesen pasado a otra persona. Y no podia conectar del todo a ese hombre que habia sido su amante con esa espléndida y exótica criatura que la transportaba por el aire con tanto mimo.

Lucy apoyó los codos en una garra y se cubrió el rostro con las manos. Por sus ojos interiores pasaron fogonazos de los últimos dias. El enfrentamiento con los elfos. Los disparos sobre Natsu. El accidente de coche. La fortaleza de los goblins, la paliza. El hermoso sueño de su madre. El impasse en la llanura.

Lucy no sabia qué pensar de aquello. Queria esconderse en una habitación oscura y tranquila hasta entenderlo todo. Lo que acaso lograria en diez años o asi.

Y realmente no era una buena noticia haber llamado la atención del rey de los fae. De frente y de perfil. El rey no podia saber lo sucedido entre ella y Natsu. Pero habian escapado juntos. Y ahora el rey de los fae podria formular muchas preguntas sobre si ella tenia algo que ver con la transformación de Natsu, preguntas de las que querria pronta respuesta, al igual que de todas las que pudiera haber acumulado hasta la fecha.

Es imposible estar bajo el radar sin ser visto, gilipollas. Si antes a lo mejor él sabía algo y tenía cierto interés en ella, ahora todo estaba claro como el agua. Lucy no tenía duda alguna de que figuraba en la lista de los Diez Más Buscados del Rey de los Faes. Seguro que mandarían fotos suyas a las oficinas de correos y a las comisarías de policía así como al FBI.

Siempre podía someterse a cirugía plástica y marcharse a vivir fuera del sistema en algún pueblo mexicano remoto. Tenía que recuperar las cosas de los tres alijos restantes y volver a salir de la ciudad. De todos modos, eso no impediría la detección mágica. Natsu ya le había advertido de que, si intentaba escapar, la encontraría.

¿Qué era ella, entonces? No lo sabía. Cuando estuvieran de regreso en Nueva York, ¿sería su prisionera? ¿Hablaba él en serio cuando la consideraba propiedad suya o se trataba de una broma? Era difícil saberlo, pues a veces Natsu tenía un sentido del humor peculiar.

«Dime solo lo que quiero saber y te dejaré ir.» Ja. Lucy puso los ojos en blanco. No podía creer que se hubiera enamorado de alguien así.

Sí creía que él la había perdonado por lo del robo. Cabía suponer que había sido un verdadero milagro, pues no mucho tiempo atrás había estado convencida de que la iba a hacer trizas. Y Lucy le había prometido que no intentaría escapar. En ese momento lo había dicho en serio.

Lucy no sabía si mantendría su promesa. La vida se había vuelto tan imprevisible que ahora no estaba dispuesta a fiarse de nada ni de nadie, menos aún de sí misma.

Lo único seguro era que seguía enfrentándose a un futuro peligroso e incierto.

Y que estaba… otra vez sola. Peor que nunca.