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Comprensión

Para el momento en que hubo estado en la cubierta del barco, la penumbra comenzaba a desfibrarse al paso de los rayos que ascendían desde el horizonte hasta el infinito lienzo celeste; el cielo, comenzaba a teñirse con un tenue malva y reflejándose en las apacibles aguas, las volvía de vuelta a la transparente quietud albergadora de exuberancia y colores. Sus sentidos se agudizaron cuál félido al notar cómo el sol insuflaba vida al puerto. Como si cada paso fuera un tortura, de a poco los hombres de mar respondían a su labor, desenredando aparejos o revisando, y acaso, reparando las redes de pesca; aquellas personas que ofrecían su mercancía a cualquiera que pudiera toparse en su camino, tendían, apilaban o amontonaban descuidadamente los objetos a la vista.

Al sentir sus manos recorriendo sus brazos supo la inseguridad que debía reflejar su rostro. Se volvió hacia él. En sus ojos podía leer la afirmación que su propia boca no atrevía a expresar; besó sus labios con delicadeza para acallar los ecos de su mirada. Con gentileza, él pasó el gabán detrás de su espalda y lo colocó sobre los hombros.

Subió al caballo, que esperaba con paciencia casi humana; sujetó con firmeza las bridas, solamente entonces se armó de valor para poder siquiera ver sus ojos. La suplica plasmada en las pupilas atravesaba su cuerpo.

—Prometo tratar—musitó ella.

—Por favor...

Fijó la vista hacia el frente y azuzó al animal. Éste se impulsó hacia adelante; por la inercia el cuerpo de la chica se meció hacia atrás, pero se asió con firmeza. No pudo evitar mirar a sus espaldas, pudo observar como él aún permanecía en el mismo sitio. El eco de sus cascos no era ya tan grande ahora que los sonidos de la ciudad comenzaban ya a acrecentarse.

En la costa, los rayos del sol cubrían casi por completo el entorno, de oscuridad sólo quedaba el remanente que se ocultaba más adelante, en el camino que era engullido por la indómita selva; aún así, las sombras bajo los árboles se hacían a cada momento más grandes y alargadas, el día comenzaba a adueñarse del mundo y debía apresurarse.

Atravesó de un salto el muro derrumbado, azuzando a Hiperión con golpes en sus costados. El caballo respondía aplicando más energía a su trote, como sabiendo lo que aquello implicaba. Las hebras de luz que se colaban por el bóveda arbórea golpearon su rostro e iluminaron su recorrido en el terreno llano detrás de la hacienda. Pudo observar un par de figuras informes pululando en los alrededores: la jornada laboral recién iniciaba. En ese punto supo que no era posible volver a su habitación sin pasar desapercibida.

Algo se le iba a ocurrir; después de todo, meditó, no podía haber dejado al caballo andar por doquier hasta el momento de que se presentara una oportunidad de escabullirse hacia el interior de la casa. Al divisarla, los peones se precipitaron a las puertas de establo y abriéndolas permitieron el paso del animal.

La chica colocó a Hiperión en su cuadra y bajó de él, los volantes de su vestido cayendo etéreos. Unos ojos oscuros la recibieron agrestes y fríos a pesar de la juventud que aún emanaban, le juzgaban en silencio, el veredicto, culpable. Pero ninguno de los dos se atrevió a decir palabra y ella salió del establo sin inmutarse. Apenas notó los ojos de las mucamas escrutándola de hito en hito. Se dirigió hacia la cocina.

Al entrar pudo observar a ambas cocineras hacendosas en su labor. La mayor de ellas, Jacinta, la notó primero, volvió la vista, la miró de pies a cabeza y regresó inmediatamente a las labores. María Victoria se acercó a la pequeña mesa que se encontraba en medio de la cocina y se sentó. Se despojó del gabán colocando éste en el respaldo de la silla.

— ¿Desayuno?—pidió la chica.

—Ya va—contestó la otra cocinera.

La anciana cocinera permanecía en silencio, machacando aquello que más que verduras parecía papilla. María hesitó en si hablar o no.

— ¿Nana?—musitó, la cocinera bufó—. ¿Por qué estás molesta?

¿Acaso habrían descubierto su ausencia? Había estado segura de que nadie, a excepción del mozo de cuadras, la había visto salir; pero al parecer, al muchacho se le había soltado la lengua. Jacinta se acercó a ella colocando su rostro surcado por arrugas frente al suyo con el ceño fruncido.

— ¿Dónde fuiste tan de mañana?—interrogó—. No sueles despertarte a estas horas y encima pedir desayuno.

—Salí a cabalgar—apuntó la chica con rapidez.

— ¿Y eso?—cuestionó.

—No podía dormir—mintió.

—Oh, pobrecita—puntualizó la anciana cambiando de semblante—, debes estar muy preocupada por el patrón.

María sonrió con tristeza, hasta ese momento no había dedicado un solo pensamiento a su padre. A la par que la anciana colocaba un plato rebosante de huevos cocidos, manifestó con aire serio:

—Sabe, no debería montar tan seguido; su cuerpo es aún muy tierno a esta edad para exponerlo a ese tipo de esfuerzos.

— ¿Sí?—La joven ladeó la cabeza con inocencia—. Pero, ¿qué esfuerzos? Guillermo es más joven que yo.

—Ajá, pero es cuerpo de hombre, por no decir de campo; pero para las personas de clase como usted el cuerpo de la mujer, más incluso a esta edad, está aún muy joven para ajetreos.

— ¿Por qué cre' que a las mujeres de sociedá las casan cuando están un poco más grandecitas?—terció la cocinera más joven, quien había estado escuchando toda la conversación.

— ¿Por qué?—inquirió Victoria, quien honestamente no tenía idea.

Axnojtik (tonta)—reprendió la mujer mayor y se dirigió inmediatamente de nuevo hacia la joven—. Sí, hija, ahorita estás en tus ¿qué, quinces? Estas palabras no pueden venir de nosotras, pero... Cuando tengas más edad, cuando te conviertas en una verdadera mujer, incluso tú—apuntó ella con cierto grado de complicidad— deberás unir tu vida a la de un hombre, incluso sin no haberle visto jamás; tendrás que quererle, respetarle y amarl...

— ¡No!—exclamó la chica negando con la cabeza—. Mi padre no lo permitiría, nunca.

Ambas mujeres se vieron la una a la otra con preocupación, y mecánicamente se volvieron hacia la chica; sus miradas taladrando su espíritu y revelando una terrible acusación. María se incorporó, había perdido el apetito.

—Iré a mi habitación, no quiero que me molesten a menos que yo pida algo—ordenó ominosa.

Subió los peldaños con lentitud; detuvo sus pasos a mitad de camino al escuchar el balbuceo iracundo del capitán Alborán. La chica asomó la vista sobre la baranda. Abajo el hombre tenía el rostro tan congestionado por el enojo que parecía podría explotar. Trato de no ignorarlo de seguro y era un pequeñez.

— ¡Ni una soberana carta! Pudieron haber mandado una al menos; ya deberíamos tener noticias de ellos.

Se detuvo.

"Tajtli"

Dio un paso atrás, con su mano aún sobre el barandal. Con aires circunspectos entornó los ojos y titubeó por un momento antes de desechar la idea por completo. Su padre estaba bien, no había de qué preocuparse; además ahora que lo recordaba, le debía una seria explicación. Giró sobre sus talones y se encaminó hacia su habitación. Al entrar en su pieza, lo primero que hizo fue dirigirse directo hacia su cama.

Se recostó y cerró sus ojos. Las memorias atacaron su mente como una llamarada, extendiéndose y abrazando su piel con las caricias aún latentes de su pirata. Sonase como sonase, sabía que jamás volvería a ser igual. Se sentía plena, mas por un momento la culpa se apoderó de ella. ¿Cómo había sido capaz? Ahora todos sus pensamientos se dirigían a su padre. ¿Qué pasaría si se enteraba de aquello que había hecho? ¿Qué pensaría de ella?

—Lo siento, papá—mustió al vacío.

De improvisto, escuchó un estrépito; pasos apresurados recorriendo los pasillos. Después el sonido de la puerta al abrirse, nadie había pedido entrar, mucho menos ella lo había permitido. Se incorporó de golpe.

—Dije que no...

—Guillermo la vio—saltó la joven—, ¿acaso usted sabe lo que esto implica?

—Un gusto verte, Ana—ironizó.

—Mi señora, por favor, comprenda la seriedad del asunto.

—No me arrepiento de nada—indicó María con decisión, y se dirigió hacia el ventanal—. Nada.

Afuera podía observar la quietud que comenzaba a dominar dentro de la hacienda ahora que la mayoría de los trabajadores se encontraban ya realizando sus faenas.

—Debe comprender—suplicó—. Olvide a ese hombre que la ha embrujado, antes de que el capitán Alborán se entere.

La muchacha cerró los ojos y cubrió su rostro entre sus manos con pesar. María se volvió abruptamente hacia ella; con premura se colocó a su lado y sujetó a la chica por la muñeca.

— ¡No puedes decírselo!—exigió—. ¡A nadie, Ana! Promételo.

—No...—La joven negó con la cabeza—. No puedo, mi señora. No puedo prometer algo así.

—Ana, por favor—pidió—. No se lo digas a nadie. Debe de ser un secreto.

—Pero Guillermo lo sabe.

—El callará—afirmó—, me lo ha prometido.

—Bien debería saber, más que nada usted, que no puede confiar en nadie—siseó.

—No confió en él—señaló—, pero no tengo otra opción.


Gracias por leer. No olviden comentar.

Comentarios, ñamm (?) :3

sheblunar: Claro que sí :D No por nada pasan las cosas ;) Jaja, de que el español lo hace lo hace.

LadyLoba: Jajaja, tenía que pasar ¿cómo querías que fuera igual de... apasionado? Por las cejas de Iggy... Pues no te aseguro nada, ni de Guillermo ni de la dama. Sí, arderá Troya y algo más 8 )

Wind und Serebro: Algo de humor inglés debía de haber ;) Gracias a ti por leerla :D

Flannya: Jaja, se hace lo que se puede ;) Dios, pero qué preocupación por el inglés... ¿Crees que María iba a dejar que le pasara algo? Lo del romance sí va a estar canijo, pero el anglosajón siempre ha encontrado la manera.

...

Como este es un poco pequeño prometo mañana actualizar. Nos leemos pronto. Ciao!