Exención de responsabilidad: No soy dueña de DBZ.

Nota de Tempestt: Hay algo de lenguaje grosero en este capítulo. *Aprieta los dedos una pizca*, pero seamos honestos, tú estarás cabreado también.

Capítulo diez

Una puta vida

El comerciante de alimentos atrapó a Bulma, los dos brazos de más que serpenteaban por debajo de su camisa la apresaron sin ningún esfuerzo. Ella bajo la vista hacia su cintura y con una mirada anonadada absorbió la horrible verdad sobre los apéndices adicionales del hombre. En lugar de brazos humanos como los otros dos, estos disminuían hasta unas afiladas garras negras y estaban cubiertos con el mismo vello que tenía en las mejillas, solo que más largo y fluido. Eran estrechos, doblemente articulados y larguiruchos, idénticos a las grandes patas de una araña.

Bulma lanzó un grito histérico, pero su voz cayó en oídos sordos. Los gritos de una mujer eran comunes entre la multitud y nadie siquiera levantó la cabeza de su trabajo. El hombre luego de reír por la excitación, murmuró palabras a su oído que ella no pudo entender. Apartó la cortina verde a un lado con impaciencia y retrocedió hacia el interior de su guarida.

Los conmocionados ojos azules de Bulma se precipitaron hasta encontrarse con la mirada sin emociones de Vegeta, quien observó como el hombre la arrastraba de espaldas detrás de la cortina mientras sus gritos rodaban sobre él cual si fuera agua helada. Ella le tendió la mano en un último gesto de súplica y su nombre cayó de sus labios como una evocación de protección. Deliberadamente, él le dio la espalda y se inclinó con indiferencia contra el mostrador en espera paciente a que se acabara el tiempo del vendedor.

Esto le enseñaría a la mujer a mostrarle el respeto que se merecía como su superior. No solo estaba por encima de ella en jerarquía, sino que su conocimiento del universo era mucho mayor. En el futuro, lo pensaría dos veces antes de poner en duda su autoridad o demandar que él la obedeciera como un sirviente común. Además, se ganó el castigo. El manto de pretenciosa moralidad que ella instaló tan cómodamente sobre sus ineptos hombros estaba a punto de ser arrebatado sin piedad. Era fácil reprenderlo por su falta de compasión y ambigüedad moral cuando se sentaba en su pedestal sin mancha, pero ahora era el momento de que se revolcara en el lodo como el resto de ellos. Al fin obtendría una muestra de lo que se sentía sobrevivir en un universo en el que solo prosperaba el más cruel y el débil padecía dolor y angustia.

Observó el ir y venir de los transeúntes. Hombres y mujeres se acercaban a los comerciantes para negociar diversos bienes y suministros. Había visto la misma cosa cientos de veces antes en cientos de diferentes planetas. Un obsceno destello de color brillante le llamó la atención y giró la cabeza para examinar a una andrajosa mujer que llevaba el cabello teñido de fucsia. Su ropa una vez había sido de un sorprendente color amarillo canario, pero el tiempo y el abandono lo envejeció a un beige suave salpicado de oscuras manchas marrones. El corpiño estaba cortado indecentemente a baja altura y el dobladillo se detenía justo debajo de la separación de los muslos. Todo en ella gritaba puta callejera, incluyendo la cara arrugada con líneas desgastadas que contaban la historia de su existencia oprimida. No exhibía ninguna chispa de vida, su esencia misma era monótona y apática. Su alma había sido golpeada numerosas veces dejándola muerta por dentro, incapaz de sentir incluso la más básica de las emociones. Las únicas preocupaciones que tenía solo eran su próxima comida y sobrevivir a su último cliente.

Vegeta contempló sin interés como sacó unas pocas monedas de su escote con el fin de intercambiarlas por un paquete de medicamentos. Al estirar el brazo para depositar el dinero en la palma del comerciante, su escaso vestido expuso lo suficiente para que él viera los putrefactos estragos de un virus comecarne. La herida inflamada supuraba pus verde y sangre podrida. Ella estaba en extrema necesidad de atención médica inmediata o ciertamente moriría.

Con una mano temblorosa tomó la medicina, pero fue justo cuando un sujeto de mala muerte que acechaba cerca lo arrebató de su agarre. Él le arrojó el paquete al comerciante y exigió el dinero de la mujer de vuelta. Cuando el comerciante le entregó las monedas, el puño carnoso del hombre se cerró sobre estas de un modo posesivo. Le gritó enojado a la atribulada mujer y la sacudió ferozmente por el cabello de color sintético. La gente se apartó, creando un espacio abierto que no podía ser traspasado. Nadie dejó de hacer sus actividades, solo ajustaron su curso para no enredarse en la pelea, e ignoraron la escena en el momento que los gritos del hombre se volvieron más enfurecidos y la mujer comenzaba a llorar con amargura.

Llovieron golpes sobre ella, el sujeto la menospreció por desperdiciar su dinero duramente ganado en algo tan inútil como los medicamentos cuando podría ser utilizado por él en lugar de eso. La mujer alegó sin ánimo que era su dinero y ella era la que se había echado de espaldas para ganarlo, por lo que debería permitírsele gastarlo a su antojo. El hombre le dio un brutal revés y le recordó que estaría muerta dentro del año de todos modos, así que no tenía sentido comprar algo que solo prolongaría lo inevitable. Por supuesto, el hombre no fue tan elocuente con sus palabras, no obstante, Vegeta entendió lo esencial.

La mujer sollozó debajo de los golpes, empezó a pedir perdón y prometió hacer todo lo que le pidiera, siempre y cuando dejara de lastimarla. Sus gemidos sonaban tan fuertes que Vegeta casi no oyó el estrépito detrás de él, sin embargo, los gritos de Bulma eran inconfundibles.

—¡Por favor, Vegeta! ¡Lo siento, lo siento mucho, no me hagas esto! —El clamor venía acompañado por el sonido del desgarramiento de telas y sus gritos de terror. La cabeza de Vegeta se movió hacia un lado para bloquear los alaridos detrás de él mientras observaba la escena en la calle.

Bulma esquivó los brazos del hombre araña cuando llegó por ella. Se lanzó hacia una mesa toscamente hecha, cogió una copa de arcilla y se la tiró con todas sus fuerzas a su agresor. Tiró misil tras misil contra él, pero el hombre los esquivó sin problemas. La criatura siseo molesta y le arrojó una cadena de palabras que solo pudo interpretar como un reproche por romper sus posesiones. Él arremetió y ella trató de correr más lejos, aun así, uno de sus brazos extra serpenteó hacia afuera y la cortó en el lado con su garra. La chaqueta estilo francés que ella envolvió sobre su blusa blanca para completar su traje de negocios fue arrancada y cayó al suelo en un aleteo desmenuzado de seda costosa.

No podía creer que Vegeta le hiciera esto, que la entregara a otro hombre como si fuera un saco de arroz, que comerciara con su cuerpo por comida como si fuera una posesión y no una mujer. Ella jamás se hubiera imaginado que sería capaz de tanta crueldad. A pesar de que no tenía dudas de que era un monstruo asesino, una pequeña parte suya nunca creyó que pudiera ser tan insensible. Pero lo sabía, sabía que él en realidad no quiso que sucediera.

Comprendió muy tarde que Vegeta había tenido la intención de alejarse del vendedor de alimentos. Prefirió morir de hambre que entregarla al hombre insecto, pero su diatriba en la calle empujó botones que ni siquiera sabía que existían y ahora le quería enseñar una valiosa lección. Ella no era nada sin él, su palabra era la ley y no debía desafiarlo. Estaba arrepentida, muy arrepentida, porque ahora no tenía salvación. Se hallaba desamparada y sola en un implacable universo que se la iba a comer viva. Sin ejército, sin Yamcha, sin Vegeta. Él le dio la espalda, abandonándola para soportar las consecuencias de su maliciosa lengua.

Vegeta seguía presenciando la paliza que la mujer soportaba en la calle, era la única persona además de su dueño que reconocía abiertamente su existencia. Incluso el comerciante continuó trabajando sin dificultad, solo se movió hacia el final del mostrador para negociar con otra persona. La mujer se tambaleó bajo los golpes y Vegeta estaba impresionado por la cantidad de abuso que podía recibir y todavía seguir en pie. Al igual que él, ella había sufrido largos años de dolor y tormento, lo que endureció su cuerpo y su alma contra la agonía de vivir. ¿Cuántas veces había visto a alguien roto?, ¿siquiera conocía a alguien cuyo espíritu no estuviera dañado en forma irreparable? El mentón de Vegeta bajó sobre su pecho y lanzó un vistazo hacia atrás desde las esquinas de los ojos. La bruja de cabello azul aún era vivaz y seguía con ansias de saborear la vida, al menos hasta ahora.

La puta gritó de angustia y se derrumbó por último bajo un feroz puñetazo en la cara. El hombre le gritó que se pare, pero ella se acurrucó en un ovillo apretado, lloriqueando patéticamente en la suciedad. Él estiró el brazo, agarró un puñado de su vestido raído y trató de darle un tirón para que se levante del suelo, en lugar de eso desgarró la tela delgada y expuso su cuerpo sucio a los ojos indiferentes.

—¡Vegeta, ayúdame!¡Por favor, has que se detenga! —Era el sonido de la carne golpeando a la carne y las palabras fueron cortadas por un jadeo estrangulado. Los brazos de Vegeta se apretaron sobre su musculoso pecho y su máscara impasible se hizo más difícil, más cerrada. Sus ojos negros ardieron de modo infernal cuando él con determinación ignoró los gritos de Bulma pidiendo ayuda.

Repitió el mantra en su cabeza de que se merecía lo que le pasaba. Ella fue la que quiso abandonar la nave para ver su primer planeta alienígena, ella fue la que quiso comida tan desesperadamente. Pues bien, la dejaría trabajar por esta. La línea dura de sus labios adelgazó mientras empujaba hacia abajo al animal posesivo en su interior que rugía ante la idea de otro hombre tocando lo que él marcó como suyo. Esta era otra forma más de probar que siempre tenía el control. No permitiría que sus instintos más bajos gobernaran su mente. Estaba siendo tocada por otro porque él lo permitía. Aún la poseía, ya sea que ella lo reconociera o no. Esto era solo una extensión de esa posesión.

Bulma se quedó sin aliento cuando el puño de su agresor le partió el labio y advirtió el sabor metálico de la sangre en su boca. Durante la pelea, al tirar el sombrero del vendedor, reveló otras dos filas de repugnantes ojos saltones que se centraron exclusivamente en ella. Podía ver su reflejo multiplicado en esas profundidades brillantes, era el de una mujer de cabello azul cuyo rostro se había transformado en la viva personificación jadeante del terror y el horror. Su boca se abría con fuerza en un grito sin fin que no conseguiría sofocar aunque quisiera.

Su arrepentimiento se convirtió en rabia y una pequeña voz que ella mantenía encerrada en la parte más oscura de su corazón se despertó. Era la misma voz que le dijo la verdad sobre su culpabilidad, la voz que sabía que dejaría a Vegeta con vida. Unas palabras viperinas de rabia y traición susurraron en su mente, abrumando a la normal voz lógica que sonaba en su cabeza. ¿Cómo podía Vegeta dejar que esta cosa la tocara? Ella podría merecer algún tipo de castigo por las duras palabras que profirió, admitió con amargura, y con toda seguridad Vegeta sentiría que era la justa retribución por su encierro de estos últimos meses, pero no pensó que él caería tan bajo. Nunca había considerado que permitiría que otra criatura, otro macho, exigiera la venganza de la que estaba tan sádicamente sediento.

Si Vegeta sentía que debía ser castigada por los agravios que cometió en su contra, entonces debería ser él quien lo hiciera. Una semilla negra floreció en su corazón y creció con cada segundo que pasaba. Le dolía el pecho por la furia de la traición. Se merecía algo mejor que ser abusada por una cosa mitad hombre, mitad criatura araña que no sabía nada de la lucha entre ellos por el control. Solo Vegeta debería poder tocarla. Bulma solo toleraría sus manos sobre ella y su cuerpo contra el suyo. Este era su derecho a castigarla y de nadie más. Como se atrevía a dejar que otro hombre tocara lo que le pertenecía.

Rabia desnuda brilló en los ojos de Bulma y se lanzó hacia adelante extendiendo las manos como garras para rastrillar sus uñas por la cara del hombre, dejándole surcos sangrientos en la carne. Él chilló de dolor, la alejó de un golpe y se abalanzó después para acorralarla mientras ella echaba mano a una varilla de hierro que cayó al suelo.

El hombre de la calle miró furioso a la mujer desnuda y sus manos trabajaron con frenesí en su bragueta. Bramó en voz alta para que todos pudieran oír que ella era su propiedad, que haría lo que deseara y el dinero era de hecho de él. Merecía su castigo por desobedecerlo, por atreverse a pensar que tenía algún valor. La mujer se arrastró de nuevo con los codos, el fuego en su alma que había sido sofocado de una forma tan despiadada, resurgió por un breve momento. El hombre cayó sobre ella y extinguió la llama con nada más que un soplo de aire. Su peso la aplastó contra el suelo dejándola inmóvil, los ojos de la mujer morían con cada empuje de las caderas flacas del sujeto.

Era brutalmente fácil aplastar la voluntad de vivir de alguien. Vegeta sentía la presión de darse por vencido casi todos los días desde que salía por la puerta. La vida era una peligrosa danza de habilidad y determinación cuando se vivía debajo de las frías garras de Frízer. Antes de conocer a Bulma, nunca había visto a alguien con tanta vida en sus ojos, con tanta alegría por el simple hecho de existir.

El rostro de Vegeta se oscureció de repugnancia al ver los ojos de la puta apagarse. Desaprobó el método del macho para controlar a su hembra. ¿En cuántas misiones había estado donde vio la misma cosa innumerables veces? No entendía por qué otros machos tenían la imperiosa necesidad de dominar a una hembra de esa manera. Encontró que todo el acto era sucio y repugnante. Como guerrero nunca se permitiría quedar abierto al ataque en el campo de batalla solo porque necesitara liberarse de la sed de sangre. Además, la expresión en los ojos de la puta no era una que quería en su hembra. Ella podría ser su propiedad, pero parte de la necesidad de poseerla venia de querer domesticar la llama y sostenerla en la mano, no aplastarla con su puño.

La gente siguió aumentando alrededor de la pareja y solo unos pocos se detuvieron a mirar con ojos lujuriosos. Ellos sonrieron y aplaudieron al hombre que desnudaba a una mujer de los últimos restos de su alma.

El comerciante de alimentos se abalanzó sobre Bulma en una ráfaga voraz de manos codiciosas y desgarradoras. Con una tremenda fuerza, ella empujó el arma hacia la parte más vulnerable del sujeto y sintió el laxismo de la grasa cuando el estómago se le contrajo, pero no tuvo la fortaleza necesaria para empujarlo en sus entrañas. Él rugió de dolor, tiró la improvisada arma y Bulma gritó de desesperación. El hombre la abofeteó brutalmente de nuevo en el rostro, ella giró a lo lejos y cayó sobre la mesa de madera. Él subió tras ella y enredó las manos en su largo cabello. Dolor ardiente la atravesó por todo el cuerpo, originándose justo debajo de su omóplato. Ella pudo sentir el irregular corte de las navajas en su carne y empujó el silencioso grito que estaba atrapado en su garganta hacia sus labios.

Él la tiró al suelo, su delicada fuerza no podía competir con su mayor peso. Le levantó la falda por encima de las caderas, le abrió los muslos con brutalidad y magulló su carne. Las manos del sujeto acariciaron toscamente sus sensibles senos, enviándole afiladas sacudidas de agonía. Ella lo observó con aterrorizado asombro cuando sus sangrientos labios delgados se separaron para revelar una hilera de afilados dientes de aguja que podían desgarrarle la carne de un solo asqueroso bocado.

Los dientes se separaron y de las fauces abiertas apareció una lengua larga y sinuosa. Bulma enmudeció ante la visión y al instante cerró la boca, temiendo que si él le metía ese abominable musculo en la garganta seguramente se ahogaría hasta la muerte. A través de los dientes apretados, ella llamó a su salvador, la única persona que la condenó, pero en quien todavía confiaba para salvarla. Él no permitiría esto, no lo haría. Elevó una súplica silenciosa en su mente. La oscuridad en su interior se deslizó de un modo tortuoso alrededor de su cerebro y le prestó su voz a la oración. Ellos estaban unidos por una promesa de sangre y venganza que no podía ser rota.

—Vegeta. —La voz de Bulma era un susurro que solo podía ser escuchado por el oído de un saiyayín.

Vegeta observó lo último del espíritu de la mujer parpadear y morir, dejando tras de sí un cadáver animado. El hombre se puso de pie, ni siquiera se tomó la molestia de ayudarla a pararse; rio a carcajadas mientras ella intentaba levantarse, desnuda y ensangrentada. Ellos se dispersaron entre la multitud, la mujer siguió con desaliento a su amo, escondiendo el rostro detrás de la caída de su cabello sucio. Un grito lleno de dolor rasgó el aire y envió un escalofrío de reconocimiento por la espalda de Vegeta. Había oído ese sonido antes, soñaba con ese sonido cuando era un niño, antes de que hubiera conquistado su edredón y el miedo a su nueva vida. Hubo un fuerte estrépito y luego un momento de silencio. Su nombre, pronunciado suavemente como una oración, llegó a sus oídos. La voz era vacía, sin esperanza... rota.

Vegeta se volvió sobre sus talones, arrancó el mostrador y paso la puerta de tela. En los confines oscuros de la pocilga vio a Bulma clavada en el suelo por la criatura araña, cuya anormal lengua larga se forzaba entre sus dientes apretados. La blusa de seda había sido abierta en dos y la falda se arrugaba alrededor de sus caderas, pero se dio cuenta con cierta sensación de alivio que sus bragas blancas estaban todavía intactas.

El comerciante de alimentos volvió la cabeza hacia el saiyayín invasor mostrando claramente su descontento en sus rasgos retorcidos.

—Wes no se hace yets. —La criatura frunció el ceño ignorando a su víctima, quien empujaba su torso sin resultados.

—Es ahora —gruñó Vegeta, él avanzó hasta el comerciante y lo arrojó lejos de Bulma con un movimiento de su muñeca. La criatura aterrizó a unos pocos metros de distancia, estrellándose sobre la mesa de madera de mala calidad y rompiendo unas cuantas copas de arcilla en su caída. Vegeta extendió el brazo y puso a Bulma de pie. Ella bajo su falda a toda prisa y jaló los restos de su blusa para cubrirse lo mejor que pudo.

La penetrante mirada de Vegeta cayó sobre ella, pero al igual que la mujer en la calle, la vio ocultar el rostro detrás de la caída de su cabello verde azulado y todo lo que le mostró fue la coronilla de su cabeza. Estaba delante de él, acurrucada en sus elegantes ropas rasgadas, intentando desesperadamente no llorar. Vegeta colocó dos dedos debajo de su mentón y levantó su rostro hacia él.

Los ojos ensombrecidos de Bulma se encontraron con los de obsidiana. Su mirada fija la dejó sin aliento. Era como si estuviera observando detenidamente hasta lo más profundo de su alma, tratando de discernir la cantidad de daño que había causado con su displicente falta de consideración por su bienestar. Algo despertó en los ojos de Vegeta y ella mantuvo su reserva todavía. La observó, realmente mirándola y un espasmo de reconocimiento cruzó su rostro. Antes de que ella pudiera guardarlo para sí, en los profundos abismos tenebrosos que se ocultaban en su corazón, él vio la oscuridad arremolinándose en su interior. Sintió la conexión entre ellos. Un sombrío destino del que no podían escapar. Ella encerró la traidora voz que buscaba su propia ruina a manos de Vegeta. No se permitiría ser víctima de su carisma. No era una de esas mujeres de voluntad débil que se desmayaban en los brazos del guapo pero malvado antagonista, ni caería bajo una enferma y retorcida forma del síndrome de Estocolmo. Los labios de Vegeta se levantaron en una sonrisa fría cuando vio el desafío en sus ojos. Su mirada ardiente escrutó sobre ella, deteniéndose en su reciente labio partido que coincidía con el hematoma ya curándose en su sien.

En un primer momento, Vegeta sintió algo dentro de él revolverse ante la vista de su mirada inexpresiva. Ella parecía dañada irremediablemente, como un ángel que rompió sus alas al caer del cielo. Su semblante triste lo castigó por la insensibilidad con que la trató y la brillante criatura que confiaba en él para protegerla cuando salieron de la nave ya no existía más. Pero entonces vio el toque de oscuridad en sus ojos, una corrupción gradual de su alma. Algo estaba retorciendo su mente contra ella, despertándola a nuevas ideas y emociones que jamás habría considerado tener si seguía con su existencia mimada. Él casi se sentía arrepentido, no obstante, pronto la sombra retrocedió mientras ella se esforzaba por someterla.

Los ojos de Bulma brillaron con intensidad por la traición y fue una experiencia nueva para Vegeta. Nunca nadie había confiado en él lo suficiente para traicionarlo. Incluso cuando explotó a Nappa, no fue tanto una traición como lo inesperado. Sus dos subordinados sabían que si no morían en batalla, algún día serian sacrificados por el príncipe para sus propios fines. Sin embargo, la mujer había confiado en que él la mantendría a salvo. Tal vez no a salvo de él, pero definitivamente a salvo de cualquier otra criatura que se atreviera a atacarla. Esperaba que Vegeta abusara de ella, era casi un contrato no escrito entre ellos y, lo más importante, al parecer creía que demandaría ser el único en hacerlo. Este era sin dudas un duro revés para su antinatural relación.

—¿Te lastimó? —La pregunta era irrelevante. El labio de Bulma palpitaba y su ojo se sentía como si fuera a explotar en su órbita. Lo que en realidad preguntaba era si el comerciante araña la había violado. Ella apartó la mirada y en silencio sacudió negativamente la cabeza. Su fría expresión se posó en el vendedor que luchaba por ponerse de pie.

—No es justo, wes nos hads un trato —murmuró el hombre en tono infantil, la decepción brillaba en sus enormes ojos negros.

Vegeta entrecerró la mirada en señal de advertencia a la criatura. El vendedor se estremeció de pavor ante la combinación del helado odio que irradiaban los ojos azules de la mujer y el calor del fuego del infierno que ardían en los ojos negros del guerrero. Vegeta todavía veía al comerciante infractor en el momento en que Bulma se volvió hacia él con los ojos encendidos una vez más por el espíritu que habitaba dentro de ella. Retrocedió la mano y con todas sus fuerzas lo abofeteó de lleno en la cara. Un fuerte crujido resonó en la pocilga y un potente silencio descendió mientras ellos se miraban. Normalmente él nunca habría permitido que hiciera tal cosa. Ninguna cantidad de distracción le impediría saber que su patético ataque lento venía. Sin embargo, consideró que la mujer necesitaba una compensación por el golpe que su honor había tomado y esta parecía ser la forma más fácil de satisfacer eso.

Bulma le lanzó una mirada dura a su captor y a su supuesto protector. El mensaje era claro en los rasgos cincelados de Vegeta, él no estaba arrepentido y por lo tanto, ella no se lo perdonaría. Con fría indiferencia, Bulma recogió su orgullo y salió del lugar. Vegeta sintió algo parecido al alivio ante la vista de su antiguo fuego ardiendo en su alma de nuevo. Habría estado tristemente decepcionado si este incidente rompía su voluntad. Ella era mucho más fuerte de lo que parecía en el exterior y él esperaba con interés ver su espíritu entretenido en las próximas semanas.

Vegeta le dio al comerciante una última mirada asesina antes de salir. Caminaron en silencio de regreso a la nave, ella lo seguía de cerca, dejando escapar un pequeño resoplido aquí y allá. Una vez que llegaron al camino de tierra que conducía fuera de la ciudad y su nave apareció a la vista, Bulma se detuvo en medio de la ruta. Él sintió una sensación de pinchazo en la nuca y se dio la vuelta bruscamente.

Ella estaba parada a pocos pasos de distancia, mirándolo con dureza. Vegeta suspiró hondo y entrecerró los ojos hacia el sol, deseando estar en cualquier lugar menos allí en ese momento. El silencio fue roto por la acusadora voz de Bulma cuando esta resonó a través de la corta longitud que los separaba.

—¿Por qué hiciste eso, Vegeta? —dijo enojada y él estaba silenciosamente feliz de que ella todavía se sintiera lo bastante segura de sí misma como para gritarle. Una pequeña parte suya se preocupó cuando ella le regresó la mirada en la casucha. El vacío en sus ojos fue demasiado reminiscente al de la puta en la calle.

—Tú lo pediste —replicó él de un modo rudo. Cruzó los brazos sobre su pecho y la miró impasible. Si ella buscaba una disculpa estaría decepcionada. Vegeta no estaba seguro si se sentía arrepentido, casi siempre él solo tenía hambre.

—Oh, así que es eso. —Bulma alzó los brazos llena de frustración—. Me querías enseñar una lección: no te cruces con el poderoso y malvado príncipe saiyayín o lo lamentarás. —Se burló mientras frotaba sus húmedos ojos con el dorso de su mano. Parada allí, con la blusa de seda anudada por delante y la holgada falda arrugada colgando de sus caderas, parecía una niña pequeña jugando a vestirse con la ropa de su hermana mayor.

—Te dije que el precio era demasiado alto, pero no me hiciste caso —gruñó él en respuesta, enfurecido por el retorcimiento que ella hacía de la verdad.

—Bien, maldita sea. Vegeta, tengo hambre. Nuestra situación no ha cambiado en nada, excepto que ahora necesito una ducha caliente. —Ella frunció el ceño hacia sus ropas hechas jirones con disgusto. Cada vez que pensaba en las manos o las piernas de aquel horrible hombre o lo que fuera en su cuerpo, quería vomitar—. Y ahora esta arruinado mi único conjunto de ropa —añadió con un puchero.

Vegeta siguió la mirada que ella le daba a su propio cuerpo y de repente encontró difícil respirar, lo que no tenía nada que ver con el aire polvoriento. El vientre pálido de Bulma estaba desnudó ante sus hambrientos ojos y él se deleitó con la vista. La blusa se anudaba entre sus senos, apenas dejando suficiente material para cubrir siquiera eso. La falda montaba corta en sus caderas donde ella fieramente la había tirado demasiado hacia abajo para poder esconder sus muslos desnudos. Parecía la versión mucho más limpia de una prostituta que se podía encontrar cada dos metros en esta ciudad.

—Bien, ya conoces el camino de regreso a la choza del comerciante. —Vegeta perdió el control por la ira, su propio hambre le roía el estómago.

Bulma alzó la cabeza ante las palabras y sus ojos se estrecharon peligrosamente. Indignada cruzo el camino, levantó la mano para bajarla en la mejilla de Vegeta otra vez, pero él cogió su delicada muñeca en un fuerte agarre y una línea dura le adelgazó los labios gruesos.

—Solo conseguiste hacerlo una vez, mujer, nunca más. —Su amenazante voz rastrilló sobre Bulma quien se estremeció bajo el sol del mediodía. Sus ardientes miradas se cruzaron enfrentándose en una batalla silenciosa por el dominio. Ella bajó la vista ante el ataque implacable de sus ojos, tiró de su mano y le dio la espalda en un arrebato.

—¿Por qué no le entregaste el dinero? —Ella hizo otro puchero mientras observaba el terreno accidentado. Incluso desde allí se sentía el hedor de la ciudad flotando en el aire polvoriento, lo que la hacía tomar respiraciones superficiales.

Vegeta le clavó la mirada a su nuca, resistiendo las ganas de retorcerle el cuello por su actitud estirada.

—Traté de darle un credichip, pero solo quería dinero en efectivo.

Bulma se volvió hacia él y arrugó el ceño con preocupación.

—¿No tienes dinero?

—Tengo dinero, solo que no es efectivo. —Él agitó su credichip delante del rostro de Bulma, su ego masculino le exigía probar que no estaba sin un centavo.

—¿No llevas dinero en efectivo contigo? —Ella ignoró su mano y lo miró fijamente a los ojos.

Él le sonrió con sarcasmo.

—No, debo de haber dejado mi billetera en mi otro pantalón. —En respuesta, ella frunció el ceño e hizo una mueca de frustración.

—¿Por qué no lo dijiste, idiota? —chilló.

—¿Por qué? ¿Acaso tienes dinero metido en tu vagina, perra santurrona? —bramó él de nuevo.

El rostro de Bulma enrojeció, sus ojos se desorbitaron y su presión arterial se disparó al cielo.

—Tú... —balbuceó ella, pequeños trozos de espuma se formaron en las comisuras de su boca. Las cejas de Vegeta se levantaron una fracción y la observó infundir de rabia cada célula de su cuerpo.

—Tú... —Los labios de Bulma se despegaron de sus dientes apretados para escupir las palabras y trató de formar las sílabas con desesperación. Su mente corrió por el insulto perfecto que describiría lo mucho que lo odiaba en ese momento. Cretino, bastardo, cabrón. Estaba tan furiosa que su cerebro casi se apagó y solo pudo repetir el mantra mortal en su cabeza: ¡pendejo!, ¡idiota!, ¡hijo de puta! Las cejas de Vegeta se curvaron un poco más alto mientras observaba a la mujer prácticamente colapsar por un ataque epiléptico. Su boca se abrió y del torbellino de furia que se agolpaba en su mente solo logró escoger la única cosa que era absoluta.

—Tú... ¡HOMBRE MALO! —gritó ella con toda la rabia reprimida que había dominado desde que él la arrojó a los brazos del hombre insecto. Vegeta puso los ojos en blanco, decepcionado de que no dijera algo más devastador, pero al mismo tiempo divertido por el hecho de que la enfureció tanto con su crudo comentario.

—Vaya, me siento herido. —Su tono gracioso destilaba sarcasmo mientras él le daba una mirada aparentemente aburrido.

—Oh, te odio, asqueroso bastardo. —Las manos se le apretaron en puños al final de sus brazos entumecidos.

—De igual modo, remilgada y descerebrada zorra doble cara. —Él escupió a través de sus dientes apretados, tratando de controlar el impulso de golpearla allí mismo.

Ellos sostuvieron sus miradas, sus rostros estaban enrojecidos y sus mandíbulas apretadas. Puntos bailaron frente a los ojos de Bulma y se recordó tardíamente respirar. Ella retrocedió, arrancó un delicado adorno de su muñeca y lo tiró con violencia a la cara de Vegeta.

Él lo atrapó y abrió la mano para ver un brazalete incrustado con diamantes.

—Asumo que los diamantes son un artículo de comercio básico en todas partes —siseó ella con desprecio. El corazón se le detuvo dolorosamente en el pecho mientras lo observaba examinar cada una de las piedras, calculando el valor en su cabeza. La pulsera había sido un regalo de Yamcha, justo antes de que la dejara por entrenar para la llegada de los saiyayíns. Esa fue la última cita real que tuvieron antes de que todo se viniera abajo alrededor de ellos. Había sido una noche mágica, aún más maravillosa por el meditado y costoso regalo que él le dio.

Ella se paró frente a Vegeta, a medio vestir, andrajosa, sucia y casi se derrumbó bajo el peso de la desesperación que la inundó. Solo unos momentos antes, una malvada voz le susurraba que le pertenecía a Vegeta. Una posesión, nada más, al igual que el brazalete le pertenecía a ella. ¿Cómo podía creer en semejantes pensamientos estúpidos?, ¿cómo pudo ocurrirle algo así? Sintió como si pudiera maldecir hasta que su cara se volviera azul. Quería levantar la mano y abofetear cualquier cosa, y por desgracia, cuanto más miraba la presumida cara de Vegeta, más pensaba que podría ser capaz de salirse con la suya de nuevo.

Todo lo que quería era irse a casa. Se estaba haciendo demasiado vieja para ir corriendo en busca de aventuras. Al menos en el pasado tenía a Gokú con ella. Él siempre la mantenía a salvo y protegida. Ahora vagaba por el universo con el príncipe de todos los hijos de puta. Quería volver a casa, tomar una ducha caliente y acurrucarse en los brazos de Yamcha. Él la amaba, la pulsera que Vegeta sostenía era la prueba de ello. Yamcha la amaba y la adoraba, moriría por protegerla, nunca la entregaría a un hombre insecto y nunca la lastimaría. Los pensamientos de Bulma sonaban como los de una niña caprichosa incluso para ella, pero no podía impedir que se arremolinaran en su mente.

Esto estaba fuera de control. No iba a ser capaz de sobrevivir a Vegeta. Él la mataría con el tiempo y no existía nada que pudiera hacer para detenerlo. Era un bastardo cruel y sin corazón. ¿Siquiera conocía la diferencia entre el bien y el mal?, ¿alguien alguna vez se tomó la molestia de enseñárselo?

Con un último vistazo a la pulsera, Vegeta pasó por delante de ella y Bulma se volvió para verlo salir.

—¿A dónde vas?

—¿A dónde crees, idiota? Regresa a la nave y espera por mí. —Su tono no admitía discusión y Bulma francamente estaba demasiado cansada para intentarlo. Tenía suficiente de su primera experiencia en un planeta extraterrestre. Todo lo que quería era un largo baño caliente en la relativa seguridad de su habitación. Ella lo vio alejarse por unos pocos minutos antes lanzarse de regreso a la nave, donde sabía que estaría a salvo. Al menos, hasta que Vegeta regresara.