Notas iniciales:

¡Hola!, sé que tardé demasiado en actualizar, pero tuve varios problemas con la computadora, con la U y también algunos familiares. La verdad no me gusta mucho escribir desde el cel. Odio el teclado Samsung.

Amm bueno, este capítulo es como relax. Disfrútenlo. ¡Se lo merecen XD!


"El sexo sin amor solo alivia el abismo que existe entre dos seres humanos de forma momentánea". — Erich Fromm

Capítulo 9: Mi primer viaje al infierno o Por la Tarde, ese Mayordomo, Reconciliado

Querido Sebastian:

Han pasado un par de meses desde mi última carta. Sé que esperas mis noticias ansiosamente, pero desde que Lizzy está explorando su parte demoníaca es cada vez más difícil encontrar un momento para escribirte sin que ella lo note, pues está cada día más suspicaz.

La verdad me parece increíble que haya pasado ya casi un año desde nuestro último encuentro. Realmente no es un recuerdo muy grato y desde entonces todo ha sido muy extraño. Sabes que durante todo este tiempo Lizzy y yo nos dedicamos a aprender las artes básicas de los demonios, tanto las mágicas como las militares. Todo esto, por supuesto, para explorar y dominar nuestras recién descubiertas habilidades. Kevin ha sido de mucha ayuda y nos ha explicado demasiado sobre el infierno, tanto que en estos dos meses al fin he terminado por creer todo tipo de cosas inauditas respecto a los demonios, especialmente a los de tu clase.

Kevin me cuenta sobre ti y el crecimiento de nuestro hijo, cosa que estoy comenzando a aceptar e incluso me emociona un poco. Creo que al final será mi único heredero, pues, aunque lo hemos intentado mucho con Lizzy, ella simplemente no ha logrado embarazarse. Eso la desanima bastante, pero no es algo de lo que deba hablar en esta carta.

Sé que reunirnos es sumamente difícil, pues cualquiera que intente ayudarnos con eso caería en una grave falta por órdenes de tu abuelo y también sé que te tiene bastante vigilado para que no vuelvas al mundo humano al menos hasta que finalice tu embarazo, pero muero por verte. Finalmente estoy aprendiendo a convocar portales y es muy posible que dentro de poco pueda estar contigo y con mi hijo. Realmente tengo mucha curiosidad por verte embarazado (por 'bizarre' que eso suene) y deseo acariciar a nuestro bebé, aunque todavía le falten algunos meses para nacer.

Iré la próxima semana si todo sale bien. Por favor espérame tan ansiosamente como yo espero verte.

Se despide de ti el padre de tu hijo, Ciel Phantomhive.

Ophira sonrió sutilmente tras leer la carta por enésima vez en esa semana. Desde la primera vez que lo hizo, notó una inexplicable felicidad apoderarse completamente de su cuerpo, haciéndolo sentir como si se encontrara en medio de una centena de felinos de diferentes razas y tipos.

Se incorporó de la cama con un poco de dificultad por el peso extra de su embarazo y buscó en su armario la túnica negra con detalles bordados en oro que le había regalado su abuelo hacía poco menos de un mes, pues a decir verdad habiendo recorrido ya dos terceras partes de su embarazo no se sentía para nada sexy con su atuendo de cuero negro que lo dejaba medio desnudo. Incluso había dejado de utilizar las botas altas actualmente. Se miró frente al espejo y soltó un largo suspiro de resignación. Su propia actitud lo hacía sentir idiota, pero realmente ver a Ciel en ese momento y aferrarse a la ilusión que le causaba la carta suponía para él una especie de liberación de lo que consideraba su condena de arresto domiciliario, pues, aunque pudiera transitar libremente por el infierno y sus alrededores, a él esa dimensión le quedaba pequeña.

Salió volando por la ventana de su habitación y se dirigió hacia Las Puertas del Infierno, lugar en el cual citó a Ciel para ese día. Esperó una media hora hasta que vio abrirse un portal, por el cual salió aquel apuesto joven de veinte años con un parche en el ojo derecho y una mirada rojiza en el izquierdo. Sintió su corazón acelerarse dentro de su pecho y tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no perder el decoro y saltarle encima. No era algo propio de él, aunque estaba jodidamente feliz de verlo.

Ciel se sintió desconcertado unos instantes, pues era la primera vez que abría un portal hacia ese lugar él solo y notó que le consumía demasiadas energías, pero tras un pequeño mareo inicial y unas cuantas respiraciones profundas para acostumbrarse al pesado aire del infierno, observó al demonio que había ido a recogerlo y le sonrió, acercándose hacia él un tanto vacilante. Había notado el abultamiento a la altura del estómago y aún no lo creía del todo.

—Bienvenido al Infierno, Joven amo —saludó el exmayordomo negro, haciendo una corta reverencia a Ciel.

—Hola, Sebastian —respondió él sin dejar de sonreír, aunque un poco distante—. Este último año te ha sentado de maravilla —murmuró, sin dejar de recorrerlo con los ojos.

El mayor no pudo ocultar su alegría por el cumplido y le sonrió a Ciel sin darse cuenta, además sus ojos brillaban de forma especial tras escucharlo, aunque en cuanto lo notó, trató de volver un tanto más sutil su expresión.

—Gracias por el cumplido. Si así lo desea podemos entrar a la ciudad, me gustaría mostrarle el lugar —ofreció, deseoso de deslumbrar a Ciel—. Es bastante interesante y tenemos cosas con las que los humanos ni siquiera sueñan aún.

—Eso suena bastante bien, pero me gustaría charlar un poco contigo primero, en un lugar más privado. Además estoy cansado por el viaje, es bastante agotador.

—Es cierto, fue su primera vez —sonrió de medio lado—. Vamos a mi habitación entonces, allí podrá descansar un rato antes de explorar la ciudad.

—Por supuesto, acepto tu ofrecimiento. Creo que en un par de horas habré descansado lo suficiente.

Ophira asintió con la cabeza y se dio media vuelta para ordenarle a Kaled que los dejara pasar; él miró con recelo a Ciel, pero finalmente abrió la puerta de par en par, pues no podía resistirse a la orden de un superior. El mayor desplegó sus alas y alzó vuelo sin cruzar palabra. Ciel hizo aparecer en su espalda unas pequeñas alas de dragón y revoloteó un poco antes de poder seguirle el paso al mayor. Volaron sobre aquel lugar, esquivando el tráfico de demonios que viajaban de la misma forma y llegaron a la ventana de la habitación de Ophira en un par de minutos. Él la abrió y entró, girándose luego para ayudar a Ciel en su aterrizaje, aunque el marqués se negó a recibir ayuda, demostrando que tenía bien dominado el arte de entrar a las habitaciones por la ventana.

—Así que ésta es tu habitación… —murmuró Phantomhive—. Es muy elegante.

—Gracias. Me gusta mantenerla así. Luego le mostraré los pequeños museos de objetos humanos que poseo. Tengo cosas que los humanos ni siquiera creerían que existieron —dijo con una sonrisa en los labios.

Ciel caminó hacia la cama y se sentó sobre ella. Sebastian hizo lo mismo a su lado, para mirarlo más de cerca. Esto no pasó desapercibido para Phantomhive, quien se echó de espaldas al colchón, dejando que se desajustara su ropa y su camisa se subiera un poco para mostrar un trozo de la piel de su abdomen. Miró al demonio con cierto aire de inocencia, como si todo aquello fuera un accidente del que él no estaba consciente.

—¿Por qué me sigues tratando como si fueras mi mayordomo, siendo que ya no hay un pacto? —preguntó en un tono de voz casual.

Ophira no supo qué responder en ese instante, pues recién notó que lo hacía. Esquivó la mirada de Ciel mientras pensaba al respecto. Le tomó a penas unas milésimas de segundo, pero fue el tiempo suficiente para que él notara su inseguridad, la que de inmediato pasó del autoreproche a la molestia pues reconoció para sí mismo que no quería romper el vínculo que lo unía al alma del marqués, aunque ahora ya lo hubiera perdido todo de él. Ese era un hecho que simplemente se negaba a aceptar.

—Supongo que es costumbre —respondió con simpleza—. ¿Le molesta?

—No realmente —Phantomhive se le quedó mirando al abdomen abultado del demonio—. ¿Puedo tocar? —preguntó, acercando su mano hasta Ophira.

El exmayordomo se sintió nervioso ante esa petición y asintió suavemente. ¿Cómo era posible que un mocoso de veinte pudiera hacer sentir así a un demonio de más de tres mil años?, era algo simplemente ridículo. Él se sentía ridículo, débil y vulnerable ante el marqués. Sintió su mano ligeramente temblorosa tocarle el abdomen. El bebé pateó ante el contacto y Ciel retiró rápidamente la mano, sorprendido.

—¿Eso fue...? —comenzó la pregunta, pero Sebastian lo interrumpió.

—Sí, fue... —inhaló y exhaló, tratando de calmarse un poco, pues su corazón latía demasiado rápido— fue nuestro hijo —dijo finalmente—. Parece contento de que esté aquí. No ha dejado de moverse desde que nos encontramos.

—¿Puedo tocarlo otra vez? —preguntó extendiendo la mano nuevamente.

—Por supuesto.

Le tomó la mano para que la posara nuevamente sobre su vientre. Lo retuvo allí cuando el bebé volvió a patear y luego lo soltó, dejando que él explorara con libertad. El marqués juntó su otra mano en el abdomen de Sebastian y lo observó a los ojos mientras lo acariciaba sobre la tela. Se había dibujado una sonrisa en su rosto. El demonio notó el gesto y se sintió bastante feliz también, al parecer eso había terminado de convencer a Ciel sobre la veracidad del embarazo y realmente le enternecía ser padre. O al menos eso era lo que deseaba creer.

—Es maravilloso, ¿verdad? —murmuró Ophira.

Ciel no respondió. Había estado notando las reacciones de su demonio desde que llegó al Infierno y supo que ese era el momento ideal para estirar su cuello y buscar un beso de la boca contraria, el cual no tardó en llegar. Sebastian atrapó los labios del híbrido sin dudarlo un segundo, lo abrazó por los costados y lo hizo pegarse lo más posible a su cuerpo, mientras trataba de abrirse paso con su lengua en los aún cerrados labios de Ciel. Él llevó sus brazos hasta el cuello del mayor y cerró los ojos a la vez que abría su boca para permitir al demonio explorarla por completo. Buscó su lengua con la propia, pero se dejó dominar en seguida, permitiendo incluso que Ophira explorara su alma con aquel beso, que lo sintiera cerca y notara lo dispuesto que estaba de entregarse a él en todos los sentidos. El exmayordomo lo notó inevitablemente y no dudó en recorrer con sus manos la espalda de Ciel, brindándole caricias que poco a poco fueron volviéndose más atrevidas. Los besos tampoco se detuvieron, al contrario, se volvieron cada vez más apasionados y húmedos. Ciel sentía que Sebastian deseaba robarle el alma a besos y realmente no era algo tan lejano a la verdad. Él le correspondía de la misma forma, notando el calor subir por su cuerpo rápidamente. Trató de alejarse un poco luego de un rato, pero el demonio mayor no se lo permitió.

—Ciel… —murmuró entre besos—. Déjame hacerte el amor, por favor —rogó a su oído, sin apenas separar los labios de la piel del marqués.

El menor se tensó ligeramente ante aquella petición, pero se relajó pronto, dirigiéndose hacia el oído de Sebastian para responder:

—Haremos el amor hasta que no podamos más —dio un pequeño mordisco en su oreja—. ¿Sigues sin usar ropa interior? —preguntó en tono juguetón, mientras guiaba sus manos para colarlas debajo de la túnica.

—Descúbrelo —respondió con picardía.

Con un simple hechizo, Sebastian desnudó a Ciel por completo y se dedicó a recorrer su piel con la boca, dando besos, lametones y pequeñas succiones por su pecho. Él se dejó hacer, mientras recorría el cuerpo de su exmayordomo con las manos por debajo de la túnica. Ophira se situó en su abdomen y dio algunos mordiscos suaves, mostrándole luego sus colmillos. Al notarlo, el marqués imitó la acción, dejando ver también unos colmillos más pequeños, pero bastante afilados. También varió el color de sus ojos, que ahora se veían de un rojo más intenso; tras esta acción no pudo controlarse más y se abalanzó contra el demonio puro, rotando las posiciones para quedar sobre él.

Se miraron a los ojos durante algunos segundos, pero antes de que el mayor pudiera reaccionar, Phantomhive le sujetó las manos con fuerza sobrehumana y repartió algunos mordiscos bruscos en su pecho. Esta acción le pareció un reto directo al príncipe, lo cual le molestó, por lo que con un movimiento rápido colocó a Ciel bajo su propio cuerpo, aplastándolo con su peso y sujetando fuertemente sus manos tras él.

—¿Qué se supone que haces? —preguntó a su oído—. No puedes tratarme así. Sigo siendo más fuerte que tú.

El abdomen de Sebastian presionaba contra la espalda de su ex amo y este podía notar la por demás extraña sensación de "pataditas" directo en su columna vertebral. Se notaba que su hijo estaba incómodo en esa posición y, además, que era tan malhumorado como sus dos padres. Ciel trató de zafarse, pero al parecer Ophira andaba demasiado bien de energías últimamente, porque su agarre era firme. Lo miró de reojo.

—Sebastian, suéltame —pidió en tono de orden—. Esto podría hacerle daño a nuestro bebé. Creo que lo estás aplastando con la posición en la que estamos.

—No puedes ordenarme ahora —le dijo al oído, con una voz profunda que estremeció a Ciel hasta los huesos—. No vuelvas a desafiarme. Estoy un poco sensible últimamente.

—No... —se mordió la lengua antes de lanzarle otro reto directo—. Lo siento —respondió finalmente—. Suéltame ahora, por favor —rogó, tragándose un poco su orgullo.

—No —susurró el mayor a su oído y le dio un mordisco suave en la oreja—, entrégate a mí como te entregaste a ella aquella noche.

El aliento caliente de Ophira chocó contra su oreja y un nuevo estremecimiento lo recorrió por completo. Cerró los ojos un instante, tratando de relajarse para poder ceder y tras unos segundos, logró controlarse.

—A ti me une algo demasiado importante, algo que ella no ha podido darme y posiblemente nunca pueda hacerlo... —hizo una pausa corta—, por eso, ahora quiero entregarme a ti en cuerpo y alma.

Aquellas palabras salieron con su voz demoníaca y tuvieron el efecto esperado en Sebastian, quien aflojó el agarre, irguiéndose para quedar sentado sobre los muslos del conde.

—Hacía mucho tiempo que deseaba escuchar eso.

Se levantó de la cama para que Ciel se acomodara y mientras lo hacía, trató de desnudarse, pero al final no pudo quitarse la túnica por completo. Siempre había sido un hombre muy preocupado por su apariencia y ahora se veía horriblemente gordo, según él mismo. El marqués notó ese titubeo y, sonriendo de medio lado, se levantó de la cama para quitarle la túnica al demonio, pero él se resistió un poco, sin mirarlo.

—¿Qué sucede?, ya me tienes desnudo, Sebastian. Es justo que tú también lo estés. Nunca antes te incomodó mostrarte ante mí.

—No me incomoda —suspiró e hizo una corta pausa—. Está bien, sí me incomoda —admitió, a regañadientes—. Odio como me veo en este momento. Es lo más antierótico que he visto en mi vida y eso que me he topado con cosas muy grotescas.

Sin duda, esa confesión era demasiado tierna para Ciel. Sonrió e insistió en alzarle la túnica hasta arriba del abdomen, dejando descubierto el abultamiento de su embarazo.

—No seas idiota. Así te ves hermoso. Me entran unas ganas tremendas de hacerte el amor al verte así.

Se arrodilló frente a él y depositó algunos besos en la parte alta de su vientre, acompañados de suaves caricias. El bebé se movía, aparentemente buscando el contacto de Ciel. Ophira no recordaba haber estado más sonrojado y feliz en su vida.

—Ciel... —murmuró, observando sus actitudes.

El menor terminó de desvestir a su exmayordomo y guio sus labios, descendiendo a la ingle, al mismo tiempo que lo hizo retroceder hasta que cayó de espaldas sobre la cama. Sebastian le dejó actuar, se acomodó mirando hacia el elegante dosel que le ocultaba el techo y abrió un poco las piernas para recibir las atenciones del marqués. El violento sonrojo que lo asaltó al sentir las atenciones en su abdomen había pasado; era un poco irónico, pero se sentía menos avergonzado al sentir la lengua de Ciel recorriendo su miembro que ante las tiernas caricias anteriores.

Una de las manos de Phantomhive recorría sus muslos sutilmente, acariciándolos con delicadeza, mientras su boca se ocupaba de engullir su miembro, ayudándose con la otra mano. Sintió los labios aprisionar su pene y dejó salir un jadeo. No estaba seguro de que Ciel supiera exactamente lo que estaba haciendo, así que se esforzó por reprimir su instinto y no moverse demasiado en ese momento. La lengua se enrollaba con torpeza en torno a su piel, las manos ahora jugueteaban con sus testículos y descendían por momentos a su trasero. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a moverse lentamente contra la boca del menor, tratando de no lastimarlo o provocarle arcadas. No estaba seguro de que pudiera tolerar una reacción similar.

Aquel jugueteo duró unos pocos minutos, solo el tiempo suficiente para que Ophira obtuviera una erección. Luego de eso, sujetó a Ciel con firmeza y lo atrajo con un movimiento rápido para buscar nuevamente sus labios. Generó apenas un roce, antes de colocar al menor bajo su cuerpo. Se retiró algunos centímetros y dedicó largos segundos a contemplarlo. El marqués se sonrojó al sentirse expuesto ante la mirada amorosa y cargada de deseo que le dedicaba el mayor. Desvió la vista tratando de ocultarse, pero Sebastian se lo impidió, sujetándolo por la barbilla. Lo miró fijamente a los ojos y Ciel pudo notar todos los sentimientos que se arremolinaban dentro del alma de su demonio. Él le permitió examinarlo y le entregó con ese simple gesto toda su confianza, e incluso su amor.

Sus pieles desnudas se rozaban entre sí y el calor de sus cuerpos aumentaba. Ophira soltó la barbilla de su ex amo y se recostó por completo sobre su cuerpo, aunque cuidando no aplastarlo. Unió nuevamente sus labios en un beso corto e inocente, antes de repetir la acción numerosas veces. Ciel lo rodeó con sus brazos cuando sintió que el beso se prolongaba y jadeó, dejando penetrar en su boca la hábil lengua del mayor.

Tal como lo había advertido antes, los besos de Sebastian parecían querer llevarse su alma; sin embargo, esta vez sintió algo diferente: un amor casi tangible que le era entregado en el beso. El mayor cerró los ojos y mostró por completo su alma a Ciel, dejándolo experimentar lo que deseara con él. Ciel se sintió abrumado al notar lo que estaba sucediendo y su propia alma se cerró parcialmente. Ophira lo percibió, su amado no estaba siendo completamente honesto, pero era claro de que al menos una parte de él correspondía sus sentimientos.

Se separó de sus labios y suspiró largamente antes de reanudar las atenciones en el cuerpo de Ciel. Atacó su cuello, depositando allí algunos besos que intercalaba con lamidas y pequeñas succiones, buscando marcar su piel, reclamarlo como suyo.

Sus penes se frotaban con el contacto y la excitación crecía cada vez más en ambos. Ciel, con los labios entreabiertos, jadeaba y suspiraba de placer, soltando por momentos alguno que otro gemido. Mierda que todo aquello se estaba sintiendo demasiado bien. Cerró los ojos y se limitó a recorrer el cuerpo del demonio con sus manos.

Abrió los ojos al sentir un par de dedos explorando entre sus nalgas y contuvo un quejido. Suspiró, se relajó y buscó el oído de su exmayordomo.

—E-espera… —jadeó, colocando sus manos sobre los brazos de Sebastian—. Eso no me resulta agradable —dijo, volviendo el rostro hacia otro lado.

El demonio le dedicó una sonrisa burlona. A su parecer, el marqués se veía demasiado adorable con ese sonrojo cubriéndole las mejillas, la respiración agitada, su piel brillante por el sudor y los ojos llenos de vergüenza e inseguridad, lo cual podía percibirse pese a sus intentos de ocultarlo. Acarició su rostro con ternura y volvió su sonrisa un tanto comprensiva, mientras hacía que el híbrido lo mirara a los ojos.

—¿No confía en mí, joven amo? —preguntó con voz suave.

Dirigió su mirada a él. Desde sus gestos hasta esa forma de hablarle trataban de transmitirle confianza y la honesta intención de no lo dañaría nunca. Ciel suspiró pesadamente y negó con suavidad, casi como si no deseara hacerlo. Sintió ahora un nuevo movimiento, un tanto brusco, que provenía del abdomen de Sebastian y se sobresaltó un poco.

—Creo que él también desea que confíes en mí. No podría dañarte, aunque quisiera.

—Nunca he desconfiado —respondió el marqués—. Sé que no me dañarías, sin embargo, no me siento cómodo con esta posición. No es algo que disfrute realmente. ¿A ti te gusta?

—Solo si la persona que lo hará es experta en el tema —respondió nuevamente con un dejo de burla en su voz—. Pero si así lo prefieres, podemos parar esto aquí.

Intentó levantarse de la cama, pero Ciel no lo dejó. Rodeó su cuerpo con fuerza, aprisionándolo entre sus brazos.

—No te vayas —murmuró a su oído—, dejaré que me lo hagas. Te necesito. Te… —titubeó un poco— quiero —soltó finalmente con un suspiro.

Aquellas palabras sonaban sinceras y sin duda Ophira deseaba creer ciegamente en ellas, aunque seguía habiendo algo que no terminaba de cuadrar en los sentimientos que le transmitía Ciel. Decidió no cuestionar sus intenciones y sin responder, volvió a unir sus labios, invadiendo inmediatamente su boca por completo.

Los besos que otorgaba a Ciel eran mucho más que simples contactos carnales. Eran su verdadera forma de hacer el amor, uniendo su alma con la del hombre que estaba destinado a ser su pareja inmortal, tal como lo veía él, al menos. De hecho, para él esos besos eran más que suficiente en la mayoría de los casos y de no ser porque deseaba sentir a Ciel tan entregado a él como lo había visto hacía un año con Elizabeth, no habría dudado en abandonar por completo las atenciones físicas. Pero como no era el caso, su mano izquierda descendió para atrapar ambas erecciones y comenzar un lento movimiento de caderas, mientras la derecha toqueteaba la mesa al lado de la cama, buscando un botecito que contenía aceite de vainilla, para lubricarlo.

Debido a que el nivel de transformación demoníaca que usaba en presencia de Ciel nunca distaba mucho de su apariencia humana, sus dedos mantenían las uñas cortas, lo cual era extremadamente útil en ese instante. Volvió a acariciar en medio de las nalgas del menor y éste se tensó nuevamente, cerrando los ojos con fuerza.

—Sólo hazlo de una maldita vez —gruñó Ciel—. No pienso quedarme aquí todo el día.

Sebastian rio por lo bajo y volvió a poseer su boca, mientras introducía dos de sus dedos en el cuerpo del menor. Él ahogó un gemido de sorpresa y se aferró con más fuerzas al demonio puro. Mordió sus labios, antes de lograr relajar su cuerpo.

Tardó un poco en adaptarse a la intromisión y cuando finalmente lo logró, comenzó a mover un poco su cadera. Terminó el beso y los labios de Sebastian volvían a centrarse en su cuello. A su mente regresaron los recuerdos de la última vez tuvo sexo con Sebastian. En aquel entonces aún era su mayordomo y, aunque lo negara, se había sentido especialmente bien gracias al afrodisíaco.

Cerró los ojos cuando notó un flashazo de placer recorrer su cuerpo. No tenía dudas de que el demonio sabía cómo tocarlo y ya comenzaba a hacerlo estremecer. Se mordió el labio inferior, ahogando algunos jadeos. Sus manos se dedicaron a recorrer el cuerpo del mayor, explorándolo por completo.

Las preliminares se alargaron lo que a Ciel le pareció una eternidad, aunque para Sebastian significó apenas un instante. A decir verdad, ninguno notó conscientemente en qué momento ambos comenzaron a gemir más acaloradamente y a necesitar cada vez más del otro.

—Ahh… Sebastian —jadeó el marqués—. Hazlo ya —rogó, con la mente nublada por el placer.

—Como usted ordene, joven amo —murmuró a su oído.

El mayor alzó la cadera del híbrido y le separó ligeramente las piernas. Le costó un poco encontrar una posición cómoda debido al abultamiento de su vientre por el embarazo, pero después de intentarlo por algunos segundos, logró que la barriga no estorbara mucho y se adentró en él lentamente.

Phantomhive clavó sus uñas en los brazos de su demonio y arqueó su espalda. Aquella acción siempre dolía, sin embargo, estaba demasiado excitado como para que eso le importara demasiado. Cuando Sebastian terminó de entrar, buscó sus labios nuevamente para un beso intenso.

En esta ocasión, el alma de Ciel se volvió un poco más hermética. El demonio pudo sentir que le estaba negando el acceso a cada vez más sentimientos, aunque asumía que esto era por la falta de experiencia al exponer su alma. Seguramente aún tenía muchas inseguridades al respecto.

—Te amo –murmuró Ophira contra sus labios, tras separarse un poco.

Lo único que obtuvo por respuesta fue un gemido bastante largo. Cerró los ojos, tratando de comprender el que a Ciel le costara formular una respuesta para corresponder aquel sentimiento, ya que sabía lo mucho que se le dificultaba expresar cualquier cosa que no fuera molestia o enojo.

—Quiero acariciar tus alas —pidió de pronto el menor.

Ophira se detuvo por un segundo, descolocado por la extraña petición en ese momento, sin embargo, expuso sus alas y las colocó al alcance de Ciel. Él las acarició desde la punta hasta el tronco en la espalda del mayor y descubrió allí una zona erógena, ante un gemido involuntario de parte del demonio. Sonrió al escucharlo y volvió a estimular la zona. Sebastian lo dejó hacer y apoyó los brazos sobre la cama, para poder sostenerse, mientras su cuerpo volvía a moverse cada vez más rápido en el interior de Ciel.

Ambos estaban ya demasiado calientes. El placer carnal se encontraba muy cerca de su límite para los dos. El marqués bajó sus manos para apretar las nalgas del demonio y lo aprisionó con fuerza dentro de su cuerpo. Él, tomó con una mano el pene de Ciel y comenzó a masturbarlo rápidamente, pues sentía también su orgasmo acercarse.

Sebastian arremetía violentamente contra Ciel en esos últimos momentos de placer. Decidió enfocarse en el plano físico y dejar los asuntos del alma para después. Al marqués, aquello no pareció molestarle en lo absoluto. Dejó que su cuerpo respondiera por sí mismo y repartió apasionadas caricias por todo el cuerpo del mayor, tratando de enfocarse en acariciar el nacimiento de sus alas. Esas atenciones realmente enloquecieron al príncipe demoníaco y, pese al autocontrol del que siempre se había jactado, se corrió sin previo aviso en el interior del híbrido.

Phantomhive se retorció al sentirse inundado con el semen de su exmayordomo y soltó algunos gruñidos, dirigiendo su mano ahora hacia su propio miembro, para masturbarse, pues Sebastian lo había soltado, tratando de sostenerse sobre la cama sin aplastarlo. El marqués llegó a su clímax segundos después. El demonio se le había quedado viendo sin decir ni hacer nada después del orgasmo, le sonrió después de unos momentos y luego salió de él para recostarse a su lado en la cama y abrazarlo con bastante ternura.

Ciel, por su parte, se sentía bastante extraño y viscoso. No era una sensación muy agradable, sin embargo, no tuvo los ánimos suficientes para separarse y ordenarle a Sebastian que le preparara un baño tibio, así que se limitó a acurrucarse entre sus brazos, mientras su cuerpo volvía a la normalidad.

—Ciel… —murmuró el demonio, después de largo rato.

El marqués ya estaba casi dormido y apenas logró contestar con un gemido desganado. Entreabrió los ojos y lo observó. No necesitó demasiado para notar la mirada de alegría que tenía su demonio. Después de todo, aquello había valido bastante la pena.

—¿Qué sucede?

Sintió una caricia suave en su mejilla, un beso corto en los labios y, al final, un asfixiante abrazo contra el pecho de su exmayordomo. Suspiró. Se sentía como uno de esos pobres gatos que tantas veces le había visto aplastar a Sebastian.

—Te lo dije antes, en medio del sexo. Estoy convencido de que te amo —dijo en voz bastante baja, a su oído.

Ciel tardó un poco en contestar, no estaba seguro de qué debería decir, o siquiera de qué era lo que sentía. Estaba seguro de amar a su esposa, sin embargo, también sentía algo muy fuerte por Sebastian. Él pareció notar su confusión y lo liberó un poco del abrazo.

—No tienes por qué responder nada ahora mismo. Solo deseaba decirlo sin que parezca una confesión forzada por el calor del momento.

—Sebastian —susurró—. Realmente estoy un poco confundido. Nunca he sido bueno hablando sobre estas cosas y lo sabes, pero creo que te lo he demostrado, ¿no? —lo miró nuevamente a los ojos. Ahora era él quien acariciaba la mejilla del demonio—. Si no te amara, no me habría entregado a ti de esta forma.

Depositó otro beso corto en sus labios y volvió a acurrucarse contra él, ocultándose en su pecho.

—Eres mío. Aunque no exista un contrato entre nosotros, tenemos algo más fuerte que nos une y ambos son míos —deslizó sutilmente una de sus manos por el abdomen del demonio—. En cuanto él nazca, quiero que ambos vengan a vivir a mi casa.

Sin duda, escuchar esa noticia hizo reaccionar gratamente a Ophira. Sonrió de forma involuntaria y estrujó entre sus brazos al marqués, notoriamente emocionado.

—Por supuesto. Creo que hay una forma de renovar el contrato, pero en mi estado podría ser riesgoso hacerlo, pues el bebé consume la mayoría de mis energías.

—Está bien, por ahora no hay prisas. He esperado bastante para tener mi venganza. Puedo esperar unos cuantos meses más.

—Tan solo faltan seis —respondió, sonriendo.

—Es poco tiempo. Aunque me queda una duda, ¿es posible que pactemos aún si soy un demonio híbrido?

—Sí, aunque el contrato cambiaría un poco, pero son detalles que no deben preocuparnos por el momento.

—El contrato anterior contemplaba que yo te entregara mi alma humana, pero ahora no estoy seguro si la conservo.

—Tu alma humana está siendo asimilada bastante rápido por tu lado demoníaco, dentro de medio siglo no tendrás esos cambios extraños que experimentas ahora, pues ambas partes se habrán fusionado por completo, mientras podemos pactar con esa energía que aún no ha sido consumida por la parte que "despertó" en ti.

—Ese tipo de cosas me dan dolor de cabeza —se removió un poco en la cama—. ¿Podrías prepararme un baño?, me siento viscoso. Además, deseo ver las maravillas del infierno.

—Claro —se separó de él y se levantó de la cama—. Su baño nos espera, joven amo —dijo haciendo una reverencia y se inclinó sobre él, para cargarlo.

Sin darle tiempo a protestar, lo cargó entre sus brazos y le robó cortos besos en los labios antes de llevárselo al cuarto de baño, donde ya los esperaba una bañera casi circular, lo suficientemente grande para que cupieran ambos cómodamente. Lo depositó en el agua cuidadosamente. Estaba tibia. Él se introdujo después, a su lado y lo rodeó por la cintura con un brazo, pero Ciel se separó.

—Necesito un poco de espacio. Ha sido demasiado contacto físico para mí —dijo, antes de hundir la mitad de su cabeza bajo el agua.

El mayor se rio. Ciel siempre se había comportado como un gatito huraño y no le extrañaba que dijera ese tipo de cosas. Nunca había sido alguien cariñoso, al menos no desde que lo conocía.

—Está bien, toma todo el espacio que quieras.

Se recostó sobre el borde de la bañera y estiró su cuerpo, buscando relajarse un poco. Phantomhive comenzó a limpiase, tratando de sacar el semen de su cuerpo. El príncipe lo notó, pero decidió no prestarle demasiada atención y cerró los ojos. Después de un rato, sintió a su acompañante acercarse. Abrió uno de sus ojos para mirarlo, se le había recostado en el hombro y parecía un poco cansado.

—Te alimentaste de mí, ¿verdad?

—Sólo un poco —respondió, con voz baja—. Pero podría devolverte tus energías si quieres.

—No, no es necesario, nuestro hijo las necesita más —acarició lentamente su abdomen—. Podrías tomar más, si gustas. Realmente quiero hacértelo a ti. Estoy seguro de tener la experiencia suficiente.

—No lo dudo, pero tampoco es necesario. Si te robo más energías no podremos visitar todos los lugares que deseas.

—Le dije a Elizabeth que estaría en Alemania por negocios. Tengo al menos una semana para pasar aquí, contigo. ¿Por qué no aprovechar el tiempo?

La mano de Ciel había descendido hasta los muslos de Sebastian, él abrió las piernas y lo dejó explorar cuanto quisiera. Le resultaba bastante agradable ese contacto.

—¿De verdad? —no iba a admitirlo, pero aquello le hacía bastante ilusión.

—Sí. Y creo que en los próximos meses tendré más viajes de este tipo. Aunque para eso tendrás que convencerme de volver, si me dejas ir arriba esta vez, quizá surja un contratiempo y tenga que permanecer unos días más en Alemania…

—Eso es un chantaje, joven amo. ¿En qué lugar aprendió trucos tan bajos? —preguntó divertido—, la verdad yo nunca tuve problemas con dejarte hacérmelo —se colocó a horcajadas sobre Ciel—, solo quería que me lo pidieras correctamente —le robó un beso juguetón.

—Debiste haberlo dicho antes.

El menor delineó el cuerpo de Sebastian con la punta de sus dedos. Se detuvo justo donde nacían sus alas, aunque en ese momento allí no había ni señas de que alguna vez hubieran existido, aun así, la zona parecía seguir siendo sensible para el demonio.

—No habría sido divertido si lo decía —susurró contra sus labios.

Aquella declaración no le pareció graciosa a Ciel y desvió el rostro. Lo había hecho rogarle sólo por un juego idiota.

—Ahora esto tendrá que parecerte divertido sin besos en los labios —dijo enfurruñado.

—Sin los besos esto será puramente físico. No habrá una verdadera conexión de nuestras almas —protestó Ophira.

—Todo es por tu culpa —sonrió con superioridad.

Empujó al exmayordomo nuevamente contra la tina y se colocó entre sus piernas, acorralándolo. Su mano derecha no perdió el tiempo y guio sus dedos a explorar entre las nalgas de Sebastian, mientras que con la palma rozaba sus testículos.

—Tienes buena mano —dijo a su oído el demonio.

—Lo sé —respondió, dejando de lado la modestia.

No iba a negarlo, esa actitud arrogante de Ciel era la que había hecho que se enamorara de él en primer lugar. Le dio un mordisco suave en la clavícula, al mismo tiempo que sentía su dedo anular presionando suavemente para entrar. Alzó un poco la cadera para dejarle un mejor acceso y finalmente el primero de los dedos del marqués se adentró en su cuerpo. Jadeó, apretándolo en su interior, distendiendo sus músculos apenas un segundo después. Ciel sonrió, comenzando a mover su dedo en el interior de Sebastian, buscando aquel punto que sabía que dispararía el placer en su cuerpo.

El mayor apoyó sus manos en el fondo de la bañera para acomodarse mejor. La sensación del agua moviéndose a su alrededor e intentando entrar en él junto al dedo de Ciel era bastante interesante, pero lo era mucho más observar las expresiones de su excontratista, tratando de encontrar su punto P. Se le notaba bastante concentrado en ello. Lo dejó explorar un poco más y luego se inclinó sobre él para susurrarle al oído.

—Vamos, mete otro y sigue intentando.

Se había expresado en forma un tanto burlona, lo cual no pasó desapercibido por Ciel. Él introdujo otro dedo con brusquedad y comenzó a mover ambos agresivamente. El demonio no pudo reprimir un gemido ante estos actos y se sujetó del borde de la bañera, abriendo un poco más las piernas.

—No me retes —sentenció con voz ligeramente amenazante.

—¿O qué? —preguntó, mirándolo directamente a los ojos, con un reto directo.

—Agradece que estás embarazado —sacó violentamente ambos dedos.

Ophira jadeó ante esa acción y le miró ligeramente confundido. ¿Qué demonios estaría pasando por la cabeza de ese retorcido marqués? Sintió entrar tres dedos esta vez y cerró los ojos. Phantomhive parecía haber encontrado finalmente su próstata con este último embiste, pues su cuerpo se contrajo involuntariamente por el placer que experimentó en ese instante. Ciel sonrió triunfal al notarlo, su expresión era como la del vencedor de una importante batalla. Volvió a apuntar hacia allí sus dedos repetidas veces, mientras el demonio se dedicaba a dejarse complacer, moviendo su cadera rítmicamente contra los dedos que lo invadían.

Después de un rato, el exmayordomo negro sujetó la mano del menor y este lo observó, retador. Sin decir nada, el mayor hizo chocar a Ciel con el otro extremo de la bañera y se colocó a horcajadas sobre él.

—Lo quiero ya, joven amo —murmuró a su oído.

Sostuvo el pene del menor con una de sus manos y comenzó a deslizarse sobre él, lentamente, pero Ciel no lo esperó. Lo sujetó con fuerza de la cadera y con una rápida embestida desde abajo, entró por completo en él, aprovechando la sorpresa del momento para acorralarlo nuevamente contra la bañera.

—Eres un jodido impaciente, Sebastian —dijo al notar la mueca de molestia ante la brusca intromisión.

El demonio buscó los labios de Ciel, pero éste se negó a besarlo, así que lo abrazó para no tener que mirar su rostro en ese momento. De pronto sentía que la excitación comenzaba a perderse. Al parecer el marqués no sabía tratarlo con un mínimo de delicadeza y lo que más le molestaba era esa actitud que mantenía, como si en lugar de hacerle el amor estuviera librando una guerra. Suspiró y cerró los ojos. Por mucho que lo intentara, no lograba conectar con los sentimientos de su amante momentáneo y eso lo frustraba.

Phantomhive no se detuvo a preguntarse qué sucedía tampoco. Se limitó a empezar una danza con embestidas rápidas y enérgicas, las cuales intercambiaba luego con otras más lentas y profundas. Estaba más enfocado en demostrarle a Sebastian que era bueno haciéndolo que en sentir el momento. Tomó su pene y comenzó a masturbarlo, mientras sus labios recorrían el cuello y los hombros del mayor, quien no podía decir que no lo estuviera disfrutando en forma física, pero volvía a sentirse vacío al hacerlo con el que consideraba su alma destinada para pasar la eternidad.

Trató de olvidar el asunto y enfocarse en el sexo, en lo bien que se sentía tener las manos de Ciel acariciándolo, su miembro entrando y saliendo de su cuerpo, ayudado por los movimientos que él miso hacía. Respiró agitadamente algunas veces, tratando de dispersar su mente y dejó que sus manos vagaran por todo el cuerpo de Ciel, acariciándolo, tocando sus zonas erógenas y tratando de descontrolarlo un poco más, aunque aquello fue algo que simplemente no logró hacer. El agua seguía moviéndose a la velocidad de sus cuerpos, salpicando y entrando en él junto a su amante. El sonido seguía siendo el mismo, los jadeos y gemidos de Ciel, el chapoteo del agua y la fricción entre sus cuerpos.

Al no poder desahogar la frustración que le producía la prohibición de los besos, buscó la parte alta del cuello del marqués, cerca de la barbilla y se dedicó a succionar la zona para dejarle marcas notorias en el cuerpo. Luego fue ascendiendo hasta su mejilla y sin escuchar sus protestas siguió marcando su rostro. Los demonios como él eran altamente posesivos e incluso, naturalmente generaban una sustancia en su saliva que tornaba de un color bastante oscuro las marcas realizadas en medio del sexo. El objetivo de Sebastian era, sin duda, que todos en el infierno y fuera de él pudieran ver que Ciel le pertenecía.

—N-no hagas eso —jadeó el híbrido al notar que el otro llevaba demasiado tiempo succionando su mejilla—. Me desconcentras…

El exmayordomo negro obedeció y reprimió algún comentario hacia lo mucho que se estaba aburriendo en ese momento, especialmente porque tampoco lo dejaba cambiar de posición. Aunque Ciel parecía disfrutarlo bastante y prueba de ello fue que momentos después llegó a su orgasmo. Ophira notó el semen caliente llenar su interior y suspiró. Su cuerpo ya no se encontraba excitado, aunque trataba de fingir que sí para no hacer sentir mal al menor. Lo abrazó, acorralándolo entre sus brazos y se esforzó un poco por fingir un orgasmo. Ciel pareció satisfecho al sentirlo "llegar" también. Se recostó sobre su hombro, relajado.

—Deberías salir ya —murmuró segundos más tarde, a su oído.

—Umm… —se separó—. Lo siento.

Salió de él y se recostó a su lado. Aquella actividad lo había dejado cansado, aunque Ophira no le robó muchas energías en esta ocasión tampoco. El mayor aprovechó la oportunidad para apartarse un poco, se lavó y luego salió por completo de la bañera, ante la mirada de un muy extrañado Ciel

—¿Terminarás de bañarte solo? —preguntó—. Quiero descansar un rato antes de comenzar con nuestro recorrido por el infierno.

—No, báñame tú, como cuando eras mi mayordomo —le pidió—. La verdad me siento muy cansado, me cuesta un poco permanecer despierto.

Al menos eso era bueno para Ophira. Si estaba tan cansado como decía, seguramente no notaría lo insatisfactorio que había sido el sexo que sostuvieron hacía pocos momentos.

—Claro, no tengo problemas con ello.

Terminó de asear al marqués y se retiró un poco para colocarse nuevamente la túnica con magia. Alzó a Ciel de la bañera, envolviéndolo en una toalla y lo llevó hasta su cama, para depositarlo sobre la misma.

—Será mejor que descanses bien —suspiró, delineando suavemente el rostro del menor, quien se había quedado dormido—. Pretendo no dejarte descansar demasiado mientras estés aquí.

Continuará…


Notas finales:

Jeje, este capítulo se extendió más de lo que hubiera imaginado. La verdad pensaba que pasaran otras cosas aquí, pero espero que lo hayan disfrutado, al final quedó como algo relax, algo bonito para que disfruten después de tanto tiempo sin actualizar (y pues... ellos nunca habían hecho el amor, realmente).

Después de esto, todo irá cuesta abajo. Ya queda poco para terminar el fanfic.

No sé cuándo pueda actualizar nuevamente, esto lo escribí porque ya tenía demasiado dejándolo de lado, la verdad estoy atareadísima con la U y esas cosas. Actualizaré en cuanto pueda.

Por cierto, publiqué un relato corto del universo Sweet Darkness. Sólo es un relato, pero estoy escribiendo más. Pueden leerlo aquí: wattpad (punto) com/story/66824231-sweet-darkness-relatos

Y no olviden pasar por mi fanpage, busquen en Facebook: One Piece of V. Bokthersa's Adventure

Nos leemos pronto, bye!

PD: No olviden que acepto todo tipo de comentarios ^^