Desde que tú has partido, ha comenzado para mí la oscuridad
Entorno a mí… y del recuerdo de los días bellos de nuestro amor.
La rosa que me has dejado, ya se ha secado,
pero la guardo en un libro, que no termino más de leer.
Hermione se hallaba en la parte exterior de la tienda, era de noche y ese día le correspondía a ella vigilar mientras Harry cuidaba de Ron, que aún estaba convaleciente de las heridas causadas producto de una despartición mal hecha, a raíz de la huida desde el ministerio. Lo bueno de todo, era que por lo menos ya tenían un Horrocrux que destruir. Lo malo, no sabían cómo. Y Ronald cada vez estaba más irascible… al igual que Harry, que ese mismo día le había levantado la voz, diciéndole que no hacía lo suficiente para ayudar.
—Miraba el cielo estrellado, sin indicios de nubes o de alguna tormenta. En aquel páramo no había árboles altos que impidieran ver el paisaje celestial… así que se entretenía mirando las estrellas y acariciando el libro «Como agua para chocolate», cubierto con la tapa de «Beedle el Bardo»". Adentro, la rosa blanca que Draco le había dado el día de la despedida de Hogwarts. ¿Qué estaría haciendo él ahora? ¿Con quién se divertiría esa noche? Su corazón estaba triste, sentía celos y rabia. Draco debía hacer su vida como siempre, demostrar odio y ser el mismo mujeriego del cual ella tenía conocimiento. Si cambiaba su forma de ser, podría descubrirse todo y poner en riesgo tanto a su familia, como a él mismo.
—¿Aún no logras descifrar nada? —era Harry quien se acomodaba a su lado, luego de cubrirla con una manta de lana.
Hermione cerró de inmediato el libro que no quería terminar de leer, solo lo haría el día que volviera a estar con Draco, y miró a Harry.
—No, aún no. ¿Cómo sigue? —preguntó refiriéndose a Ron.
—Igual. A ratos creo que me odia. Hermione, dime ¿todavía sientes algo por él?
Aquella pregunta la sorprendió. No quería tocar ese tema que era tan delicado, más ahora considerando el estado de salud de su amigo.
—Siempre he sentido mucho cariño por ti y por Ron, Harry.
—Sí, Hermione, pero yo no te gusto —ella sonrió y Harry también—. Recuerdo perfectamente cuando Ron comenzó a salir con Lavander, tú estabas destruida…
—Harry, yo quiero mucho a Ron pero creo que ha pasado mucho tiempo de eso y quizá lo que llegué a sentir por él, era solo un encantamiento del momento, celos de amiga quizá por verlo con alguien que no era para él.
—Yo creo que al final tú y él terminarán casados —Hermione rió—. Espero que él se dé cuenta de que tú eres la indicada —agregó tomándole la mano—. Eres muy linda Hermione y te mereces lo mejor.
Ninguno de los dos se dio cuenta que Ronald acababa de llegar a la entrada de la tienda, solo vio lo suficiente para sentir que los celos lo invadían. Ya sabía que Hermione y Harry tenían algo, no era posible que fueran tan buenos amigos. Él era un estúpido e iluso y creer que amistad entre hombre y mujer podía darse sin que existieran otros sentimientos. Ahí tenía la prueba: Harry y Hermione se entendían como algo más que amigos.
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Eran cerca de las dos de la madrugada y Draco todavía estaba despierto, de pie frente a la ventana. Afuera solo una tenue luz que proporcionaban algunas antorchas. Sabía que los dementores se paseaban por el castillo, cual hogar suyo fuera. Sentía náuseas, tenía sed. Debía ser por la ira y por la imposibilidad de no poder hacer nada.
Vestía solo la parte inferior del pijama y en su cama, una mujer. Una compañera de Slytherin de cabello negro y piel blanca: Pansy Parkinson. No era la primera vez que estaba con ella, pero sí, la primera que se arrepentía de haber tenido sexo con ella. Se sentía infiel, deshonesto y por sobre todo, vacío. Ese espacio debía llenarlo su Mía, pero ella no estaba allí. Ese año no la vería en Hogwarts y hacía un mes ya que no tenía contacto con ella. No tenía noticias de ella y cada día esperaba que llegara una lechuza diciéndole que tendrían un hijo, que serían padres… pero eso no ocurría. A ratos pensaba que Hermione le había mentido y que sí se había tomado la poción. Luego se conformaban diciéndose que obligatoriamente no tenía que estar embarazada, pero la primera opción era la que barajaba con mayor seguridad. Estaba claro que Hermione no le quiso decir la verdad para que él se fuera tranquilo, pero no debía pensar así. Conocía a su Mía y sabía que sería incapaz de mentirle.
Unas manos suaves lo rodearon por la espalda e impidieron que siguiera pensando en ella.
—¿Qué te ocurre, Draco? Has estado tan extraño.
Draco se irguió y dio un paso más hacia la ventana, intentando no esquivar los brazos de Pansy.
—Estoy bien. Vístete y vete a tu cuarto —ordenó cortante.
—Pero siempre nos hemos quedado toda la noche…
Ella bajó los brazos, decepcionada. Ya antes había sentido el rechazo de Draco, pero intentó no tomarlo en cuenta pensando en que estaba preocupado por la situación que se vivía. Pero ahora con su tono arrogante y autoritario, la hacían sentir ridícula, como mendiga de amor y eso no iba con ella.
—No eres el mismo. Ni siquiera me has besado, dejaste que yo te hiciera todo, hasta usaste hasta esas cosas muggles… esas fundas…
—Preservativos.
—¿¡Pero por qué!? ¿Es que ya no me tienes confianza?
—Pues no. No confío en nadie. Así que me aceptas así o simplemente te buscas a otro. Sin besos y con condón. Así será de aquí en adelante, ¿entendido? Y ahora vístete y sal de mi cuarto que quiero dormir.
Dejándola sola en la habitación para que se pudiera vestir, Draco ingresó al baño privado que tenía en el dormitorio, ya que él era uno de los pocos privilegiados del colegio que podían contar con habitación individual y baño para él solo.
Cerró la puerta y le dio un puñetazo al espejo, quebrándolo, sin importar el corte que se hizo en la mano, ni la sangre que corría por su brazo.
—Hermione… Mía, amor, perdóname.
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Despertó sudando e inquieto. Otra vez el maldito sueño que se repetía: Hermione lloraba desesperada, caía por unas escaleras mientras alguien reía, pero esta vez era él quien lo hacía. Luego todo se volvía confuso: veía a Hermione casándose y llorando, luego él estaba vestido de novio, pero la novia no era Hermione. Y nuevamente la imagen de ella cayendo al abismo y él sin poder alcanzarla.
Miró el reloj que estaba en el velador y vio que eran cerca de las ocho de la mañana. Estaba claro que no alcanzaba a ir a la primera hora de clases, así que se apuraría en duchar e ir a desayunar. Alcanzaba a escribir la carta que debía enviar ese día a su madre y ella sabría qué hacer. Eso era muy importante. Marcaba el inicio de su futuro…
Más tarde, cuando iba rumbo al salón de clases, secundado por los dos gorilas, también Mortífagos, Crabble y Goyle, cuando su amigo Blaise Zabini se paró frente a él y le hizo un movimiento con la cabeza, indicándole que quería hablar con él.
—Ya los alcanzo —les dijo a los «secuaces», y los dos se fueron rumbo al aula de clases sin preguntar detalles.
Blaise le tomó el brazo y lo guio hasta un sector un poco apartado, hablándole en voz baja —tenían prohibido hablar durante los recreos y entre clases, solo se aceptaba conversaciones al interior de las salas comunes de sus casas—.
—Nos van a ordenar hacer algo.
—¿Nos? ¿A ti y a mí?
—No. A todos los de séptimo. Han dado la orden de practicar el maleficio Cruciatus con los de primero.
Draco guardó silencio, inspiró para tratar de pensar bien las cosas. Eso era tortura. No debía estar permitido.
—Si no lo hacemos, los profesores lo deberán hacer con nosotros —continuó Zabini.
—¿Alguien más sabe esto?
—No. Yo me enteré por casualidad. Recuerda que estuve castigado porque me negué a matar un ratón con un maleficio imperdonable y por eso debí realizar aseo sin magia en la biblioteca. Fue allí que escuché los Carrow cuando planeaban todo. Mañana nos lo exigirán en clases. Yo sé que tú eres mortífago, al igual que Nott, pero también sé, que los obligaron.
—¡Shhh, cállate! —miró por sobre la cabeza de su amigo, podría ser que alguien los escuchara —en ese momento pasaba por el lado de ellos la profesora McGonagall, quien hizo como que no había visto ni escuchado nada y siguió su camino—. Reúne a los del grupo de Slytherin. Vayan a mi habitación a las ocho, antes que comience el toque de queda. Tengo una idea…
Sin más que decir, dejó a Zabini y se dirigió hasta la clase de pociones.
A eso de las ocho de la noche, estaban todos los más allegados a Draco y con los cuales se podía confiar: Zabini, Nott, las hermanas Greengrass y Pansy Parkinson. Ni Flint, ni Crabble, menos Goyle habían sido invitados. Era de conocimiento general que los de ese trío se habían convertido en mortífagos tanto por herencia como por gusto propio. Así que Zabini no los había invitado, ya que entendió claramente cuando Draco le dijo: Reúne a los del grupo.
—Amigos, lamentablemente esa es la situación. Tendremos que torturar a los de primero —era Blaise quien había informado todo lo que escuchó durante el día mientras cumplía su castigo en la biblioteca. Las tres muchachas estaban con cara de miedo, aún sin poder creer lo que acababan de escuchar.
Todos sabían que el resto del colegio pensaría que los Slytherin se regocijarían con esta decisión. Sin embargo, no para todos era motivo de alegría. La reputación de Slytherin estaba por los suelos. Todo el colegio sabía que la mayoría de los padres de estos estudiantes eran mortífagos, pero no lo eran todos. En este grupo, solo Malfoy y Nott eran mortífagos el resto, no lo era, a su vez cada familia vivía en un constante temor porque en cualquier momento los podrían apresar.
Incluso la familia de Daphne (que era la mayor y estaba en séptimo) y su hermana Astoria Greengrass (de sexto) se había ido a vivir a Dinamarca, atentos a que en cualquier momento se llevarían con ellos a sus hijas.
En cuanto a Pansy, su madre estaba tranquila, ya que era una bruja de sangre pura y viuda. Sabía que no la reclutarían por ser mayor. Había tenido a su hija casi a los cincuenta años y por tanto, no era el perfil que Voldemort desearía.
Por otra parte, Blaise Zabini vivía en un constante peligro. Si bien sus padres habían optado por enviarlo al colegio, ellos habían desaparecido del mapa. Estaban escondidos de los magos oscuros y su paradero era incierto. Ni siquiera Blaise sabía con exactitud dónde se encontraban actualmente.
—Yo tengo la solución y espero que todos me apoyen… —dijo Draco poniéndose de pie dispuesto a exponer la idea a sus amigos, esperando que estuvieran de acuerdo.
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Hermione y Harry desayunaban en silencio, estaban cansados ya que la noche anterior resultó desastrosa. Luego de una pelea entre Harry y Ron, este último optó por abandonar la cruzada. Los había dejado solos. Incluso intentó poner en contra de Harry a Hermione obligándola a elegir entre ambos. Le dolía tanto que Ron insinuara que entre ella y Harry existía algo más que amistad. Ella los quería a ambos, pero como amigos, su amor era otro y no se los podía decir.
Mientras tomaba té, una lágrima resbaló por su mejilla, intentó ocultarla limpiándose el rostro y tratando de buscar algo en el bolsito de cuentas, metió la mano en busca de su neceser femenino, al sacar un espejo pequeño calló de la caja un tubo envuelto en un papel. Se notaba que no era un artefacto mágico. Harry lo tomó de inmediato. Hermione saltó de la silla para quitárselo, pero él levantó la mano e impidió que ella lo alcanzara.
—¿Qué es Rapid Test? —preguntó leyendo el envoltorio.
—Algo que a ti no te interesa —y Harry se lo entregó de inmediato, al ver el rostro rojo y enfurecido de su amiga. Ella lo tomó y lo guardó de inmediato en el neceser.
—Hermione, ¿es eso acaso lo que me estoy imaginando?
—No sé qué te imaginas —respondió entre dientes.
—Tú y Ron… bueno, ¿eso es una prueba de embarazo?
Hermione trató de tranquilizar sus nervios lo mejor que pudo para así poder responder de buena manera a su amigo.
—Primero, Harry Potter, que yo tenga esto en mi poder, no significa que sea mío. Y si lo fuera, entonces sería un tema que solamente me atañe a mí. Y por último: no, entre Ron y yo no ha existido nunca nada, ¿estamos? Y ahora no me preguntes más.
—Deberías confiar en mí. Somos como hermanos.
—Los hermanos también se guardan secretos. Perdón Harry, pero este es un tema que no quiero ni debo hablar contigo.
—Como desees, pero si estás en problemas…
—¡Ya te dije! ¡No es asunto tuyo! —se puso de pie y salió rápidamente de la tienda.
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Neville Longbottom caminaba por el pasillo que lo conducía a la sala común de Gryffindor. Debía acelerar su paso, pronto serían las nueve de la noche y el toque de queda comenzaría. Lo que significaba que si algún estudiante era encontrado fuera de su casa, sería castigado y los castigos bajo la dirección del nuevo director Snape, habían acrecentado su dureza. El más contento era Filch, que gozaba con aquellos castigos que directamente se trataba tortura, vulneración de derechos y, por ende, delito. De pronto se encontró de frente con dos Slytherin: Malfoy y Zabini. Eso era sinónimo de problemas. Sabía que tenía todas las de perder frente a ellos, pues era de conocimiento público que la Casa Slytherin era la privilegiada en esos momentos y que a sus integrantes prácticamente había que reverenciarlos porque Voldemort amaba a las serpientes. Así que encontrarse con dos frente a él no era presagio de algo bueno. Así que intentó esquivarlos pero Malfoy lo apuntó con su varita, mientras que Zabini le tomó un brazo.
—Adentro —indicó Draco e ingresaron con Neville a una sala desocupada.
—No sé qué quieres, Malfoy. Yo…
—¡Calla, estúpido! Escucha muy bien lo que voy a decir, pon mucha atención porque no pienso repetirlo —agregó Draco.
Neville sintió que Zabini lo soltó y vio que Draco guardó la varita entre sus ropas. Hubiese deseado aprovechar el momento y escapar, sin embargo, juraría que lo que Draco y Blaise querían tratar con él, era algo serio.
—Habla. Te escucho.
—Los Carrow han ordenado que se practique el maleficio Cruciatus contra los alumnos de primero.
—¿Qué?
—Escucha. No interrumpas. Nott, Zabini, Daphne Greengrass, Pansy Parkinson y yo, no estamos dispuestos a hacerlo.
—Pe…
—Sin embargo —Draco levantó la voz— Si nos lo exigen tendremos que hacerlo, pero no será real. Tenemos entendido que se les dará a elegir a los de primero quien será el alumno de séptimo con quien quieren practicar. Diles que nosotros simularemos usar la maldición o la aplicaremos suavemente pero que ellos deben también simular que reciben la maldición en forma correcta, ¿me entiendes? —Neville asintió—. Así que nos deben elegir. Lo cual no significa que el profesor destine a otro alumno de séptimo y ahí no podemos asegurarles que no les hagan daño. Pero por lo pronto nosotros no seremos causantes de tanta tortura. Anda ve. Da aviso al resto pero que el secreto se guarde entre los de primero. Si los Carrow se enteran, todo se va por la borda, ¿alguna duda? —Neville negó con la cabeza—. Muy bien, ahora vete.
El muchacho abandonó el lugar y Draco y Zabini se sintieron conformes.
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¡Todo era desastroso! Su vida era un caos de primera y francamente, ya la situación era insostenible: Ron se había ido hacía semanas, en la noche del día anterior, casi los devora la serpiente de Voldemort en el Valle de Godric y para colmo, estaba sentada sobre lo que era la varita mágica de Harry. La había partido en dos sin querer.
Se sentía inútil y sola. De verdad que extrañaba al estúpido de Ron y por más que quisiera no recordar, también a Draco. Todavía estaba en su estaba su corazón el vívido recuerdo: su voz, sus besos, sus caricias, todo su ser. Lo peor de todo o lo mejor, no lo tenía claro aún, era que no estaba embarazada. El test que Harry le había quitado de las manos había dado negativo. Entonces, ya no tenía nada de él. En un momento se había ilusionado con estar embarazada y poder avisarle y juntos escaparse, pero al pasar de los días y darse cuenta que ese sueño sería, se sentía cada vez más vacía. Imaginaba por las noches a Draco acompañado de otra mujer. Conocía su reputación y no lo culpaba, solo que los dudas le carcomían el alma.
Cuando por fin le confesó a Harry lo de su varita sintió una calma tremenda, pero de todos modos le dolía haberle cedido la suya. Quizá con eso podía sobrellevar la rabia que su amigo debía de sentir sin expresárselo a ella directamente.
Harry no era el mismo, lo sentía distante, a ratos pensaba que él la culpaba de la dimisión de Ron, en más de una oportunidad lo sorprendió mirándola, debía ser por el famoso test de embarazo, que a la muy boba se le se había enredado en los dedos y fue a dar justo a las manos de su amigo. Si supiera que ella amaba a Draco Malfoy, la odiaría... la odiaría de verdad, porque ahora estaba segura que Harry sentía cualquier cosa por ella, menos cariño.
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Con el correr de los días y considerando que no recibía noticias de ella, Draco asumió que no sería padre y eso realmente lo entristecía, hubiese deseado tener tanto un hijo con ella… pero ya habría tiempo para eso.
Era época de Navidad, por lo tanto se encontraba en casa para descansar unos días en vacaciones de invierno pero, ¿podía realmente descansar?, imposible. Todos los días su casa estaba llena de gente. Escuchaba gritos agónicos de algunos prisioneros y sabía de muertes que allí ocurrían. Grande fue su sorpresa cuando se enteró que hacía unos días apresado a Luna Lovegood. Se imaginó lo peor. Pero gracias al linaje de ella, una sangre pura, solo se encontraba prisionera. Más de algún recuerdito le habrían dejado sus captores, pero nada grave, según lo informado por Narcisa. Con ella no podía hacer lo mismo que con Hermione, es decir, rescatarla, pues si lo hacía sería evidente entonces que él había rescatado también a Granger. Además Bellatrix lo tenía entre ceja y ceja, y estaba atenta a cada movimiento de él. Así que, lamentablemente, no podía hacer nada por la joven de la Casa Ravenclaw.
—Me imagino que a estas alturas ya sabes de las andanzas de ella y los otros dos.
Narcisa Malfoy sirvió una taza de té a su hijo en el dormitorio de él, luego de haber puesto un par de hechizos silenciadores para lograr un poco de intimidad y poder conversar con su hijo.
Draco le regaló una pequeña sonrisa, típica de él, indicando que de algo estaba enterado.
—¿Es por lo que ocurrió en el ministerio? Sí, lo sé.
—Hijo, yo sé que te habías ilusionado con esa muchacha pero debes pensar que jamás podrán estar juntos.
Draco con desidia revolvió la taza de té. Estaban sentados en una pequeña mesa redonda que, generalmente, Draco utilizaba para estudiar cuando estaba en casa. Y sin quererlo con la otra mano acariciaba el dije que colgaba de su cuello.
—Esa magia es tan real como tú o yo, si siguen entrelazados es porque aún nos amamos.
—No digo que no se amen, hijo. Digo, que será muy difícil que estén juntos. Si gana Quien-Tú-Sabes, Potter, ella y Weasley serán los primeros en morir.
—No digas eso.
—Es la verdad, hijo. Pero si Quien-Tú-Sabes es derrotado, nosotros iremos a la cárcel, eso lo debes también tener claro. Ya eres mayor de edad y te enjuiciarán como adulto por haber sido mortífago.
—¿Crees que no lo sé, madre? ¿Piensas que duermo tranquilo por eso? —se puso de pie y dejó la taza de té a un lado—. Lo he analizado miles de veces y sé que no tengo escapatoria… que no he hecho nada bueno…
—Hijo, sí que has hecho cosas buenas: has intentado una y otra vez salvarme a mí de la muerte y rescataste a Hermione.
—Mía.
—A Mía, la rescataste. Eso debe pesar, ella de seguro en un juicio hablará a tu favor.
—Eso, si hay juicio. Madre, prefiero no …
No alcanzó a terminar cuando la puerta de la habitación de abrió de repente. Era Lucius Malfoy que con cara de no haber dormido en días, menos bañarse, entraba en la habitación con un pergamino en las manos.
—Narcisa, debes firmar este documento.
—¿De qué se trata?
Lucius extendió el papel sobre la mesa para que lo leyera su esposa. Luego se volvió hacia la puerta intentando hacer algún hechizo pero la varita no la tenía en su poder. Voldemort se había apoderado de ella.
—Nadie nos escuchará, si eso es lo temes, Lucius —explicó Narcisa mientras leía el documento. Draco estaba de espaldas mirando por la ventana. Hacía meses que no cruzaba palabra con su padre, luego de los azotes recibidos por éste.
—Firma. Rápido. Ten —le entregó una pluma a su esposa.
—Este es un traspaso de la fortuna a… ¿Kenson Greengrass?
Draco puso atención. Conocía a su padre y algo se traía entre manos.
—Hay mucho en riesgo. Si el Señor Tenebroso pierde… perdemos todo, Cissy. Debemos asegurarnos con traspasar algunos bienes a otras personas.
—Pero no sabemos mucho de esta familia. Es más, tengo entendido que han huido.
—Sí, pero me he estado enviando algunas lechuzas con Kenson y logramos armar un contrato que dice que apenas seamos absueltos, tú, yo o Draco —Lucius miró a su hijo que, a pesar de que su padre lo había nombrado, no se inmutó y tampoco giró para mirarlo. Quería seguir escuchando. Ya iba entendiendo, aunque estaba seguro que había algo más—… nos devolverá todo intacto. Anda firma. Es un contrato legal.
Narcisa sabía que a estas alturas no tenía nada que perder así que firmó al pie de la página. Luego Lucius le pidió la varita, hizo un par de movimientos en el aire y el pergamino desapareció.
—Listo. Se acaba de ir donde Kenson.
—¿Sabe algo de esto el Señor Tenebroso?
—Cierra tu mente Cissy y tú también Draco, ¡a ti te hablo! —Draco giró y lo miró fijamente.
—¡No me grites que no soy sordo! He escuchado todo y no tienes que decirme que cierre mi mente, eso lo vengo haciendo desde hace bastante tiempo —volvió a girar hacia la ventana, mirando cómo nevaba en el exterior.
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Luego de pasar dos semanas en casa regresó nuevamente al castillo de Hogwarts, aunque con la misión expresa de estar atento a cualquier llamado de su padre o de Voldemort, así que tanto Theodore Nott, Crabble, Goyle y Draco, podrían desaparecer y aparecer en el colegio, sin mayores condiciones. Esa orden se la dio el mismo Voldemort a Snape, a fin de poder contar con la presencia de estos jóvenes mortífagos en caso de que fuese necesario.
A mediados del mes de enero, luego de dar una ronda por el lago en solitario, decidió que ya hora de regresar a su habitación. El ambiente lúgubre del castillo, los rostros sombríos de sus compañeros y el temor que su imagen provocaba, lo tenían hastiado y lo único que quería era estar en la habitación, leyendo e instruyéndose. Su madre ya le había entregado el segundo legajo de material que él le había solicitado para iniciar aquel estudio que tanto le interesaba, el cual deseaba comenzar en un ambiente formal. Esperando, eso sí, que la guerra pronto concluyera.
Al caminar hacia el castillo, en una banca de piedra adosada justo a la entrada del pasillo principal, se hallaba una joven que le pareció familiar. La había visto una vez posiblemente el peor día de ella…
Era una joven de unos quince o dieciséis años, delgada, de cabello ondulado, sedoso y rubio dorado oscuro. De ojos grandes y cafés. De piel blanca y un rostro de facciones agradables, distinguiendo sobre todo sus rosados y delgados labios, así como las pecas que adornaban su mejilla. Era Megara O'dowell, la chica que había sido apresada en la mansión Malfoy y por la cual él había pagado con creces el descaro de haberse negado a abusar de ella.
Megara lo miró y supo a quien tenía en frente. Desde que inició el año escolar había estado con ganas de abordarlo y conversar con él, pero siempre a último minuto, se arrepentía. Ahora él estaba parado frente a ella y parecía que algo le quería decir. Sin embargo, vio que titubeó e intentó desviar el camino. Ella se puso de pie y le tomó una mano. Pensó que él se la quitaría pero en lugar de eso se detuvo y se volvió hacia ella.
—No es bueno que hables conmigo.
—Recuerdo todo que pasó lo de ese día —dijo mirándolo a los ojos.
—Lo sé.
—También recuerdo que te castigaron.
—Así fue.
—Quería darte las gracias por haber intentado evitar que…
—No es bueno que nos vean hablando.
—Pero, ¿entonces crees que podremos seguir hablando luego… en otro lugar?
—No veo por qué no —suspiró. En fin, no tenía nada que perder hablando con aquella muchacha que lo miraba como si fuera un dios.
Por lo menos lo que siguió en los días posteriores alivianaron la carga de Draco. La compañía de Megara lo alentaba bastante. Luego de las clases solían juntarse en el lago, a pesar de estar en cursos separados, tenían muchas cosas en común. A ambos les gustaba la soledad y el silencio. Además compartían un secreto: lo ocurrido aquella noche en la casa de él. En más de una oportunidad, Draco se percató que Megara dejaba su mirada fija en la nada y que luego discretamente se limpiaba una lágrima. Le había dicho que hubiese preferido morir ese día o que le aplicaran un obliviate, como solían hacerlo, pero dejarla así con ese vívido y doloroso recuerdo, era matarla poco a poco. Y a pesar de todo, ahí estaba, dispuesta a luchar y terminar su año escolar.
—Tú sabes que soy mortífago —Draco había lanzado una piedra al lago y se habían hecho unas ondas de expansión en el agua que provocaron que algunos pájaros salieran volando. Mientras ambos estaban sentados en el suelo a orillas del lago.
—Como también sé que no eres malo —respondió—. Si no, me habrías atacado esa noche.
—No, no soy tan bueno como tú crees. He hecho cosas de las cuales no me siento orgulloso.
—Creo saber a qué te refieres. En el castillo muchos te temen.
—¿Y tú? ¿Me temes? —preguntó mirándola a los ojos. Los ojos de la muchacha eran hermosos…
—Ya no.
—Así con que esta es tu nueva conquista, ¿no Malfoy? —era Vincent Crabble que, acompañado del otro gorila, Gregory Goyle, llegaban al lugar. Tanto Megara como Draco se pusieron de pie.
—Hora de irme —dijo la muchacha, intentando avanzar, pero Goyle le tomó un brazo.
—Aún es temprano, podríamos jugar un rato, ¿no Draco? ¿Qué opinas?
Draco oprimió con fuerza el brazo de Goyle y logró que éste soltara el de la muchacha.
—Vete. Luego seguimos la conversación —la chica asintió y logró pasar por medio de los dos recién llegados.
—¿Y a ti qué te ocurre, Malfoy? De un tiempo a esta parte no te juntas con nosotros, conversas con esa sangre sucia de O'dowell, ¿estás bien?
—Estoy bien. Y con quien converse no es un tema que a ustedes les deba importar. Ahora si me permiten… —intentó dar unos pasos para alejarse, pero Crabble se puso en su camino.
—Amigo, cuida tus palabras. Todos somos lo que somos y le debemos respeto al Señor Tenebroso.
—Sé quién soy, Crabble, no me lo recuerdes.
Mientras caminaba, intentando ocultar su nerviosismo, se preguntaba si Megara estaría bien. Conocía a ese par y sabía ellos sí habían participado de esas sesiones de tortura en casa. Conocía las intenciones de ambos, ninguno de ellos usaba el cerebro y podían causar mucho daño, sin pensarlo siquiera. Debía poner en sobre aviso a su nueva amiga.
Siguió por el pasillo que guiaba hasta los pies de la torre en donde estaba ubicada la casa Ravenclaw, encontrándose de frente con la angosta escalera de caracol. Allí estaba Megara a punto de subir, cuando Draco la alcanzó.
—¿Estás bien? —pero estaba claro que no, ella lloraba. Draco le tomó el brazo y ella se colgó del cuello de él.
—A veces quisiera borrar todo de mi mente, Malfoy, quisiera no existir más…
—Tranquila. Vas a estar bien. Pero debes tener cuidado con ese par.
—No me harán más daño del que ya otros me han hecho. Soy capaz de todo con tal de defenderme ahora, Malfoy.
—Eres fuerte. Sé que lo eres —ella lo miró a los ojos y él bajó la cabeza para unir sus labios con los de ella.
