Sin más preámbulos:

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Acto Décimo

Tiempo de Espera

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Final del capítulo anterior:

–¿Qué hiciera lo mismo? –preguntó Heero sin entender.

–Que tu me contaras algo de tu vida… llevamos tres años de vernos y casi no nos conocemos –explicó Duo.

–Pero te salve la vida –reclamó Heero

–¿Y eso qué? No es lo mismo.

–No, una vida vale más que unos recuerdos, y yo ya te salvé la vida dos veces.

–Eso no importa, no me importa. Una vida puede valer menos que los recuerdos que conservas de ella, Heero, y nosotros como solados lo sabemos muy bien. –Declaró firmemente Duo, negando toda razón a Heero, que a su vez… tuvo que aceptar.

–De acuerdo –terminó diciendo después de meditar unos segundos. –Acepto tu trato, pero empiezas tú. –Duo sonrió ampliamente.

–Es un trato. Entonces… –aceptaba mientras se acomodaba de nuevo entre las sabanas y bostezaba. –… empezamos mañana, tengo mucho sueño. –Y se daba la vuelta en la cama, dándole la espalda a Heero.

Heero estuvo a punto de aventarle la almohada de nuevo, pero se contuvo. Después suspiró y cedió a la propuesta de Duo, pues no le quedaba otra opción…

–Buenas noches, Duo –dijo Heero, mientras también se acomodaba en la cama. Dejando todo en calma… y en pocos minutos, ambos dormían.

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Todos voltearon al oír azotar la puerta.

–Buenos días, jóvenes. –Saludó sensualmente y con marcado acento, la mujer que acababa de entrar. De rasgos duros pero atractivos, cabellos dorados y ojos miel, realmente llamativa y de formas ondulantes, pero con un aire de amenaza más poderoso que el de una cobra. La Teniente Fhler.

Tenía un puño recargado en la cintura. Con una turbia sonrisa. Heero agudizo la mirada.

–Explíquenos, por que no podemos ver a Wufei, Teniente –lanzó Trowa, seca y demandantemente. Su sentido de alarma se activaba al estar cerca de la mujer aquella.

–Vaya sentido de la educación –dijo suavemente la Teniente mientras se movía de la puerta y caminaba hasta la ventana cerrada, quedando de perfil a ellos. –Dígame, joven Barrton. ¿Tiene alguna prisa por verr al Generral? –apretó un botón cercano a la ventana y esta comenzó a abrirse. La Teniente dio tiempo para que Trowa contestara, pero éste no lo hizo. La Teniente sonrió. –Me lo imagine. –La luz, proveniente del exterior iluminaba su cara de manera deslumbrante, denotando la blancura de su piel. La ventana lentamente se iba descorriendo dejando entrar poco a poco la intensa luz al cuarto y sacándolos de la penumbra en la que estaban. Ante la frase de la Teniente, Trowa y Heero temieron una amenazante sugerencia.

–No se preocupen jóvenes, no tenemos secuestrado a su amigo. –La Teniente volvió la cara a los jóvenes y sonrió sarcásticamente. La idea de Trowa y Heero ni bien había sido formulada, fue eliminada por completo ante la burla de la mujer.

–¿Secuestrado? –se oyó una carcajada –Ni quien lo hubiera pensado, Teniente, eso es una estupidez –exclamó Duo de pronto, con su incomparable sonrisa. Su voz no denotaba ningún nerviosismo ni tensión, a diferencia de ellos, incluido Quatre, a quien la mujer provocaba una extraña aversión.

La Teniente había mirado a Duo inesperadamente con sorpresa, para después aumentar su sonrisa y agudizar sus ojos. –Tiene rrazón, joven Maxwell. Que tonterría mi ocurrencia –contestó con recalcitrante ironía, volteando de nuevo hacía la puerta. Duo estuvo tentado a decir algo, pero se contuvo, en realidad no quería problemas con la Teniente… no era con ella su pelea interna. Sin embargo, no permitiría que se burlaran de ellos. –Pero sabe, joven Maxwell, no está mal infundada, tengo mis motivos para decir eso. Mucha gente piensa mucho y no dice nada –contestó la Teniente mirando significativamente a Trowa y luego a Heero.

–Que curioso, quizá sean las apariencias –retrucó Duo, encogiéndose de hombros. –Las impresiones gobiernan nuestra vida, ¿no es así, Teniente? –Incluso Quatre miró extrañado a Duo. No era común en él replicar de manera tan indirecta ofensas de aquel tipo y menos que pareciera diplomático. Vamos, que ni siquiera era una habilidad de Duo. Sin embargo, ahí estaba, contestando las insinuaciones de la Teniente con evasiva e "inocente" elegancia.

La Teniente fijó de nuevo su atención en el ingenioso chico y sonrió cruelmente. –Así es, joven Maxwell –dio unos segundos en los que miró a Duo con especial interés, parecía un cazador cambiando de presa. Curiosamente, Duo, devolvía la mirada. –Sobre su pregunta, joven Barrton –habló entonces la Teniente, sin despegar la vista de Duo. –No pueden verr al General, puesto que ahorra, él se encuentra descansando y pretendemos que siga así, porr lo menos todo este día. ¿Le parrece suficiente rrazón? –La mirada de la Teniente, pasó lentamente de Duo a Trowa, mismo que no contestó.

–Oh, eso lo explica todo –exclamó Duo de nuevo, pero sin dirigir su mirada a la Teniente, había empezado a caminar hacía la puerta por donde había llegado ésta. Antes de llegar se dio la vuelta. –Lo siento, Cris –se disculpó con Cris, quien se encontraba frente a la puerta de Wufei y les había impedido el paso, los últimos 10 minutos, sin alzar mucho la voz y tratando de no hacer ruido.

–No se preocupe, joven Maxwell –contestó Cris, mostrando una dulce sonrisa en su rostro, misma que no había desaparecido en todo este tiempo. Una sonrisa por demás engañosa, pues quien podría imaginarse que una persona tan "dulce" fuera un muro de contención tan poderoso como para detener a cuatro pilotos Gundam juntos y terminar sin un sólo rasguño.

–Bien, entonces es hora de irnos, ¿no es verdad, Teniente? –dijo Duo, mirando dos segundos a la Teniente misma que asintió, para después salir de la habitación con tres desconcertados ex-pilotos. Del otro lado de la puerta, Duo estaba recargado en la pared, con su común pose de manos en la nuca y una pierna doblada sobre la pared. La Teniente cerró la puerta.

–Porr favor, jóvenes, síganme –pidió la Teniente mientras caminaba al elevador de ese piso.

–¿A donde vamos? –preguntó Duo, más no parecía importarle mucho. Comenzó a caminar detrás de la Teniente de inmediato. Iba sonriente y hasta altanero, a diferencia de los demás que incluso dudaban un poco en moverse.

–A mi oficina –dijo la Teniente sin mirar atrás, mientras entraba al elevador. Los demás la siguieron.

–Creí que las oficinas estaban en esta misma planta –habló Duo asomándose por la ventana y observando la blancura de la ciudad. Mientras ascendían.

–No. Estas son sólo las rrecamarras de descanso. Se tiene muy rrestringido el acceso a ellas. Siéntanse aforrtunados –contestó la Teniente, totalmente firme y con los ojos cerrados.

–Pues yo vi entrar mucha gente a ellas estos días –respondió Duo soplándose un cabello del fleco que le estorbaba.

–Créame joven Duo, serrán las únicas que verrán entrarr en su estancia –reiteró la Teniente mientras salía del elevador. Trowa, Quatre y Heero se permitieron una mirada suspicaz, mientras Duo cruzaba delante de ellos con una sonrisa extrañamente forzada. Antes de salir, la Teniente dijo algo en ruso y disminuidamente se oyó una pequeña alarma apagarse.

Entraron a un área semicircular con puertas alrededor. Un lugar imponente e incomodo, alfombrado. Justo enfrente se encontraba cerrada una gran puerta de cristal esmerilado de doble hoja que, seguramente, pertenecía a Wufei y justo a los lados de esta puerta, se encontraban cuatro puertas más, dos de cada lado, levemente más pequeñas pero igual de elegantes. La Teniente se dirigió a una de las puertas y la abrió con facilidad. –Pasen –dijo, sosteniendo la puerta. Así lo hicieron los chicos. –Tomen asiento –indicó para después sentarse detrás de un moderno escritorio de fina madera. Comenzó inmediatamente a remover papeles y a encender la pantalla que se encontraban encima. Quatre y Duo se sentaron en unos sillones que se encontraban a los lados del amplio cuarto, Trowa y Heero no lo hicieron.

–¿Por qué estamos aquí? –preguntó Heero con su habitual sequedad. La Teniente alzó la vista de sus asuntos para centrar la vista en Heero. Pudo notar que la mirada de la Teniente no mostraba más interés en él. Simplemente lo miraba como quien mira una pequeña roca en el piso. Por primera vez se miró en un espejo que no podía romperse. Por primera vez, estaba del otro lado de la indiferencia. Heero se sitió extraño, de nuevo. Empezaba a hacerse una costumbre incomoda… La Teniente desvió su mirada al otro lado de la estancia, donde estaba Duo sentado y pudo notar que la mirada dedicada a Duo mostraba mucho más interés que en él. Duo hacia caso omiso de esta y miraba la habitación con la curiosidad de un niño aburrido. Una sutil sonrisa apareció en él rostro de la Teniente, que volvió a dirigir su indiferente mirada a Heero, para devolverla a los papeles de la mesa. Heero sintió una punzada de rabia en su interior muy similar a la que sentía con el Coronel, pero su perpetua mascara de "no me pasa nada" no lo demostró.

–En vista del accidente ocurrido ayerr y que mi itinerrarrio está más ocupado que el de la Comandante parra hacerr de guía de turristas –manifestó la mujer con el sarcasmo que la caracterizaba, sin levantar la vista. –Se me ha orrdenado darrles cierrtas instrucciones, que yo llamarría más bien adverrtencias.

–¿Advertencias? –preguntó, esta vez, Quatre.

–En vista de que les gusta meterrse en problemas a conciencia. –La Teniente miró a Duo referentemente, éste sonrió sarcástico. Heero frunció más el ceño. –Tengo que adverrtirrles de algunas cuantas acciones que el descuidado del Corronel no les dio y que la Comandante no parrece haberr tenido la intención de hacerrlo. Se las dirré yo –continuó la Teniente, dando vuelta a la pantalla que estaba encendida.- Segurramente ustedes o porr lo menos algunos de ustedes ya habrán detectado a algunos de los "ilustrres" perrsonajes que tenemos hospedados en la Base. Con algunos de ellos es conveniente no generrase molestias y estás instrucciones son las acciones que no deben cometerr nunca.

–Primerro. Axel Brambs. El niño genio. "Civil". No lo traten como un inferriorr a ustedes y llámenlo de usted –en la pantalla apareció una imagen de jovencito de ojos opacos por la ceguera.

Ucume Wallace. "Química en arrmamento". Nunca mencionen de algo imposible delante suyo. Y cuando hablen con ella, hagan preguntas concretas y lo más corrtas posibles, contesten de igual forrma –una imagen de la inteligente mujer de piel oscura ocupó el lugar del jovencito. –Procurren no mencionar nada de sus lentes, es muy sensible al respecto. –Quatre puso más atención a la imagen, los lentes de la mujer no tenían montura, ni nada de lo que sostenerse, parecían dos cristales flotando en el aire a la altura de sus ojos.

Pietro Lusten. "Técnico de maquinarria" –la imagen de un tipo joven sumamente delgado, con ojeras enormes, piel pálida y brillosa, completamente desaliñado y con cara de adicto. Una ilustre imagen del nerviosismo encarnado. –No le hablen fuerrte o golpeado, tarrtamudea demasiado, perro es un maldito genio. Tampoco se agachen cerrca de él.

Anderrsan Berrto. "Civil" –un hombre de gran volumen, barbado, sumamente sonriente y orgulloso a leguas. –No mencionen ningún trasporrte y se salvarran de una platica morrtalmente aburrida de viajes espaciales que nunca existierron y pésimas bromas. –la Teniente parecía burlarse de lo que acababa de decir.

Hioko Mando. "Civil" –un hombre joven que más que empresario parecía militar, de facciones duras cual roca y expresión impía. –No se molesten en hablarrle, es más probable que el hielo de todo el Polo Norte se derrita antes de que les conteste porr serr corrtes. No abrirrá la boca si no es absolutamente indispensable.

Ilesbet Williams. "Civil" –una mujer bellísima, rubia y de cara limpia, ojos verdes. Arreglada e inexpresiva. –Que puedo decirr. Una mujer amarrgada. Cuiden su lenguaje con ella y aténganse a las consecuencias.

–La General Nigma. "Mando militar" –la imagen de la mujer enfundada en traje negro y de brazos cruzados, con la aguda mirada de ojos negros profundos, con el fleco cubriendo la mitad del ojo izquierdo, más el adorno de un ojo dorado justo en el centro del pecho, era una imagen incómodamente amenazante de la odiosa mujer. Más, con esa burlona sonrisa y mirada de sabelotodo –Con ella es obvio que no pueden llamarrla porr su nombre. –La teniente miró a Duo sarcásticamente. –Y si la curriosidad es demasiada, pregúntenselo a ella y quizá tengan una rremota posibilidad de que se los diga. No intenten pasarrse de listos con ella, ni ocultarrle algo que les pregunte directamente, puede costarrles carro –aseveró la Teniente mirándolos fijamente a todos.

–Sobre los ocho Comandantes de Nivel de la Base. Porr orrden de superrior al inferriorr. Araxiel Verrona: Primer Nivel –la ya conocida comandante.

Gilbert L´ Vant: Segundo Nivel –un joven rubio y arrogante.

Enrick Libnis: Terrcerr Nivel –un hombre rudo y sonriente, moreno.

Luisa Relin: Cuarrto Nivel –una mujer bastante tiesa, castaña.

Daniel Jalve: Quinto Nivel –un hombre albino e hierático.

Caziel Dropadi: Sexto Nivel –un jovencito guapo y castaño, que guiñaba un ojo.

Greit Nuká: Séptimo Nivel –una mujer de facciones delicadas y bonita, morena.

–y porr ultimo, Amed Medjalí: Octavo Nivel –un hombre de ojos profundos y confiado, moreno– No hay mucho que decir, solamente que no traten de insinuarles que hacen mal su trabajo si no quieren hacerse de enemigos –las imágenes de cada uno de los comandantes aparecieron en la pantalla conforme eran nombrados.

–Y porr último y muy importante: Lydia Cazielli. –La imagen de una muchacha albina de ojos muy abiertos y mirada salvaje, con el cabello corto, apareció en el monitor. –La adverrtencia es muy clarra y única, perro muy difícil de cumplirr. Presten atención –la Teniente se inclinó aseverando la advertencia. –No la provoquen y NO caigan en el desafío. En pocas palabras: rrechacen sus desafíos con diplomacia, tratando al máximo, de evitarr el ofrecimiento. Es muy belicosa y la Doctora, tiene suficiente trabajo –declaró, pagó el monitor –Bien, ahorra pueden irr a donde quierran, menos…

–Espere un momento –la interrumpió Duo –¿Qué tiene que ver que la Doctora Julia tenga mucho trabajo? –preguntó con fastidio marcado en la voz. La Teniente lo miró cerrando un poco los ojos. Después sonrió tan burlescamente como siempre.

–El punto es que Lydia, tiene la afanosa costumbre de mandarr mucha gente al hospital. Lo rresumiré parra que lo entienda, joven Maxwell –dijo con sarcasmo. –A la joven Lydia le gusta pelearr y es muy buena en ello. Se les da esta adverrtencia, parra que conserrven los huesos en su lugarr. Ahorra volviendo al tema…

Duo estalló en una carcajada monumental que hasta a él mismo espantó. Estaba en un ataque de risa total, casi ni respiraba. Quatre, estaba totalmente espantado, no entendía el por que de la risa de Duo. Es decir, sabia que su amigo no era la persona más cuerda del mundo y siempre trataba de entenderlo… pero ahora si estaba seguro de que el frío le había hecho perder la cordura. Trowa y Heero lo veían también con desconcierto. La Teniente en un inició también extrañada y ahora estaba indiferente mirando a Duo. Después de unos treinta segundos, y ¡jáctense de la paciencia de la Teniente!, mostró una suave y sádica sonrisa.

Duo se "recuperaba" de su ataque con Quatre dándole palmadas en la espalda y palabras de que recuperara la razón. Cuando al fin, soltó algunas palabras coherentes. –Pero… pero, ¿para que conservemos los huesos en su lugar? Parece que no sabe…

–Se perrfectamente con quien hablo, joven Maxwell –cortó la frase imponentemente la Teniente, sin amedrentarse o mostrar disgusto, solamente frialdad. Pero su tono de voz hizo que la gracia de Duo desapareciera poco a poco de manera notable, haciéndolo callar en pocos segundos, aunque su boca no dejo de mostrar una sonrisa y en sus ojos un reto. Si, sonrisa forzada, pero sonrisa al fin y al cabo. –Porr lo mismo se los advierrto destacadamente –puntualizó la mujer.

Miraron a la mujer, no parecía bromear, ni parecía que conociera la palabra. Era cierto que la advertencia era absurda en un principio y momentos atrás la risa de Duo estaba justificada. Pero la Teniente asesinó la gracia del comentario con la última frase. –Les advierrto precisamente porr eso, jóvenes. Los conozco, en esta Base son más que conocidos, no imporrta si en el rresto del mundo apenas los rreconocen, no faltarrá el que quierra probarr destrezas ante ustedes. No se arriesguen al rridículo, jóvenes –explicó la Teniente enfatizando más esas finas cejas puntiagudas que tenía. –Es cierrto, que nadie puede igualarrlos en sus arrtes como Guerreros Gundams, perro aquí no representan más que un rreto parra los soldados, y los soldados… superran rretos –declaró amenazante.

–No tenemos la intención de retar a nadie –rebatió Trowa.

–No he dicho que lo vayan a hacerr. Les advierto lo que no deben hacerr –puntualizó la Teniente de nueva cuenta. En ese momento sonó un timbre y alguien hablo por un comunicador, en ruso. La Teniente contestó y el timbre volvió a sonar, para quedar en silencio de nuevo. –No soy su enemiga, jóvenes pilotos, sólo cumplo orrdenes, si tienen algún problema, hablen con su amigo Wufei –concluyó la Teniente y cambiando tan rápido como de expresión, lo hizo de tema. –Ahorra, hay lugarres a los que no pueden pasarr: El ultimo nivel esta prohibido, los inverrnaderos, la cabina de control y la zona rrestringida de los hospitales, con excepción de las especificaciones de los Comandantes de cada nivel, no creo que haya problema al rrespecto del resto de la Base, son libres de andarr donde quierran. –Antes de que otra cosa pudiera pasar tocaron a la puerta, por la que se alcanzaba a ver un hombre con cabellos despeinados. –Adelante –dijo la Teniente y en el acto apareció el hombre y la persona menos favorita de Trowa.

–Teniente, reportándome con usted, dígame en que puedo ayudarla –se presentó con toda la exageración de la que había hecho gala desde el momento en el que lo conocieron. El individuo que acababa de entrar a la oficina con una enorme sonrisa y su ojo tuerto. Leono Cazielli "Topazi".

–Capitán, atiéndalos en lo que se les ofrezca. Ellos tienen instrucciones, sólo acompáñelos. La Comandante está ocupada –dijo la Teniente sin voltear a ver a ninguno de los interlocutores. Con los ojos en su trabajo ignoró a todos olímpicamente. Y como era de esperarse, Topazi, no fue el único que reclamaría ante aquella imposición, pero si fue el primero que lo intento.

–Pero Fhler…

–Se pueden rretirrarr. Topazi, tú también –sin ningún éxito. La Teniente siguió con su trabajo como si no hubiera nadie en la habitación. Topazi, sonrió forzadamente y abrió la puerta haciendo ademán para que los ex–pilotos pasaran. Entre sorprendidos, incómodos, salieron de la habitación, con excepción de un chico trenzado que se quedó en el dintel de la puerta, asiendo muestra clara de que el tiempo compartido con Heero tiene repercusiones. La mirada de Duo no haría desear a nadie estar en el lugar de la Teniente. Sin embargo, como si la mujer no sintiera nada siguió con los suyo mucho después de que Duo saliera de la habitación.

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–¿Por qué hiciste eso, Duo? –preguntó Quatre acercándose al susodicho que estaba recargado en el barandal del elevador, mirando por la ventana como se acercaban cada vez más y más a la ciudad que era el centro de la Base. Duo volteó la cabeza y de manera inocente preguntó.

–¿Hacer qué, Quat?

–¿Por qué te comportaste así con la Teniente?, parecía que le tenías rencor. –Duo suspiró. La voz de Trowa, fría y cortante, más la voz de Topazi, cínica y burlona, llenaban el lugar tras ellos. Trowa había empezado a interrogar a Topazi en cuanto este hizo ademán de acercarse a Quatre, permitiendo a Quatre escaparse disimuladamente durante el bombardeo de preguntas que no amedrentaba en lo absoluto a Topazi, más si lo mantenía a distancia.

–Bien. En realidad, no lo se. Por algún motivo empezó a desagradarme mucho su manera de hablar. –Duo subió sus manos a la nuca en expresión relajada cuando estaban apunto de llegar a su destino. –En cierto modo, me recordó a alguien y eso me hizo agarrarle cizaña. –Duo sonrió. –Más parece que fui correspondido, ¿no te parece?

–Bueno, eso debo admitirlo. Aunque me parece muy extraño, también –declaró el rubio, mientras las puertas del elevador se abrían. Duo dio una gran sonrisa y salió del elevador para dar la cara al helado aire de la plaza del Tercer Nivel. Topazi vio así, también la manera de escabullirse del insidioso cuestionario de Trowa, siguiendo a Duo. Todos salieron tras él. Trowa, por supuesto, interponiéndose siempre discretamente, entre Topazi y Quatre, como mínimo una distancia de cinco metros.

Y como últimamente se hacia costumbre. Heero se quedaba al último observando la escena, pensando en lo que acababa de oír entre Quatre y Duo. Las impresiones gobiernan nuestra vida, ¿no es así, Teniente?¿Que habría querido decir con eso Duo?, ¿por qué se había sentido extraño e incomodo cuando lo dijo? y más importante, ¿por qué Duo se comportaba de esa manera? En cierto modo, me recordó a alguien y eso me hizo agarrarle cizaña. ¿Recordar a quien? Tal vez esa tontería de la sesión de preguntas que Duo quería hacer le sirviera de algo, para averiguar todo aquel embrollo que estaba generando Duo.

De pronto sus pensamientos acelerados se detuvieron. ¿Y para qué demonios quería él saber al respecto? ¿A él qué le importaba aquello? Si Duo quería pelearse con la prepotente mujer ¿a él en que le afectaba? Mientras no generase otra guerra le valía un comino o menos… ¿verdad?

Sus pensamientos lo habían mantenido absorto del mundo por unos segundos. Una sonriente mirada violeta frente a su rostro lo regresó al planeta de golpe, su cerebro se activó y dio la señal natural que torna a las mejillas coloradas. Sin embargo, como era un sistema atrofiado, la señal nunca llegó a su destino.

–¿Qué quieres? –preguntó aparentemente inmutable.

–¡Vaya, estás vivo!, por un momento pensé que nos habías dejado y ni adiós habías dicho –bromeó Duo, con una gran sonrisa y cara de burla. –¿En que colonia estabas? o más bien… –Duo iba directo con una de sus insinuaciones, sin perder tiempo, Heero preparó sus oídos para bloquear las burdas preguntas, pero lo que siguió, no se lo esperaba –…¿con quien estabas?

"Contigo" pensó, por dos milisegundos que ni se notaron pasar por su cabeza. –Jojo… talvez no saliste de la tierra, ¿he? Tal vez, no estabas tan lejos, en un "bonito reino pacifista" lo más seguro –los ojos de Duo eran dos rendijitas acusadoras que resplandecían de malicia picara. –… quien iba a imaginar que en esa cabezota había espacio para el romance.

Oh, oh, a eso los oídos sordos dejaron de funcionar mágicamente y entonces hubo reacción química. Heero adornó su cara, con un par de furiosas cejas fruncidas y… unas sutilmente coloreadas mejillas. La señal llegó al cerebro después de todo. Los ojos de Duo se abrieron descomunalmente por unos instantes para volver a tomar su forma divertida, acompañados por una enorme sonrisa mal disimulada. Se cubrió la boca con una mano.

–Heero, ¿te han dicho que te ves lindo cuando te sonrojas? –Duo reía, y aunque pareciera muy difícil, esto hizo que el color de Heero aumentara. –Pues claro que no, debe ser la primera vez que te sonrojas.

–Duo –el aludido volteó, Quatre nuevamente lo miraba severo, siempre era igual cuando amenazaba con pasarse de la raya y poner en riesgo su vida. Así se tragó su risa como pudo y se disculpo con un:

–Esta bien, para todo es la primera vez, vámonos –y se dio la media vuelta continuando con su camino hacia las afueras de una enorme plaza del nivel tres, cubierta de blanco en donde algunos niños jugaban batallas de nieve y un enorme pilar en el centro con un reloj que daba cuatro caras en diferente dirección. Marcaba las 10 am.

Los demás viendo solucionado el problema y a Heero nuevamente inmutable, siguieron a Duo. Heero como siempre lo siguió en último lugar, pero había algo raro en él mientras avanzaba y que le duraría todo el día. Se recuperaba lentamente de una sensación muy nueva para él. Cuando Duo se burló, pensó en contestarle, pero no pudo, se sintió sorprendido y descontrolado. Una corriente cálida que venía del fondo de su pecho, a unos centímetros del corazón, le había invadido todo el cuerpo sin que pudiera hacer nada al respecto.

Lo pensó bien por unos instantes tampoco quería pararlo, era nuevo y desconcertante, incomodo, pero algo le había agradado. Te ves lindo cuando te sonrojas. "¿Lindo? ¿es qué puedo ser lindo? ¡Pero que demonios estoy pensando, que tontería!" Heero sacudió la cabeza un poco y entonces siguió caminado. Sin embargo, la pregunta se quedó clavada en su corazón.

El resto del día fue prácticamente aburrido, pero los ex–pilotos no lo sintieron. Topazi los había llevado a un pud*(1) del tercer nivel en donde acostumbraban ir muchos "distinguidos personajes". Unos que otros fueron interesantes, pero lo que realmente le llamaba la atención a Trowa era que Topazi, contaba aquellos detalles, especialmente dirigiéndose a Quatre y Trowa, disimuladamente, había hecho uso y gala de todas sus habilidades, para mantenerse en todo momento a una distancia prudente de Topazi como para no poderle romper toda la crisma y que no se percatara nadie de la situación.

Topazi, era muy distraído y no sentía la "antipatía" de Trowa o le valía un reverendo cacahuate. Seguía hablando encantadoramente y hasta coqueto, según veía Trowa con los cambios de humor y leves sonrojos que le provocaba a Quatre.

–La joven de allá, es una torpe en lo que se refiere a la milicia pero créanme, es una experta en otras cosas –había dicho en un momento, y con la mirada picara que dirigió a Quatre, éste no pudo evitarlo y se sonrojó levemente. Desvió la mirada lo más dignamente que sus cualidades le permitían. A nadie agradó el comentario en realidad y menos la manera en que se dirigía a Quatre, pero a Trowa casi le da por agarrarlo a patadas, deshacerle la cara y echarlo de la base en ese momento.

–¡¿Duo? –se oyó una voz gruesa a sus espaldas. La verdad es que Duo había estado algo distraído con el lugar y había tomado un par de copas, escuchando a Topazi como un alumno escucha al profesor de filosofía. Dio la vuelta al escuchar su nombre de tan animosa manera. Su mirada de interrogante indiferencia pasó velozmente a una fascinación y alegría completas. –¡¿Jay? –exclamó el trenzado parándose raudo de la silla y acercándose al joven, que lo imitaba desde la silla contraria al pud.

¡Ar you a lif!*(2) –Contestó efusivo el otro joven y revisó a Duo de pies a cabeza como el mismo Duo hacia con él. Se abrazaron emotivamente.

¡Who say, ma!*(3) –Ambos se veían muy asombrados pero contentos y emocionados. El joven que había identificado a Duo era más alto que él, no por mucho, pero se veía mucho más fornido, cabello castaño casi grisáceo, bastante opaco y ojos negros. Pero curiosamente las facciones, también tenían el mismo aire que despedían las de Duo. Entre sabionda, pero también ladilla. Ambos hablaban rápido y en ingles, y curiosamente casi no se les entendía. Sus rostros se veían casi conmovidos y la emotividad que demostraban era el paso de los años con el peso de la guerra. Un rayito de esperanza que uno no cree encontrar después de una tragedia, se formaba delante de todos los que estaban en ese pud. Un par de amigos que se encontraban después de muchos años y una terrible guerra. Los dos vivos. Los dos sin daños. Los dos en el mismo lugar.

Los dos jóvenes se olvidaron del mundo a su alrededor y se sentaron en una mesa un tanto alejada del resto, más no del bullicio del lugar y conversaron largamente en su nada ortodoxo ingles. En su lenguaje propio. Sonreían inmensamente a veces y se entristecían otras tantas, al oír las anécdotas de cada uno. El tiempo a partir de entonces, para los dos jóvenes que acababan de encontrarse pasó rápido, escaso e insuficiente.

Mientras que en el lado contrario: Heero no sabía por que, pero se sentía entre contento y triste, y solo. Era extraño, si tenía que aceptarlo, odiaba que Duo le estuviera molestando pero al menos así se distraía de lo aburrido de su alrededor. Ahora no era muy interesante nada de lo que pasaba, ni la gente que entraba ni las insistentes preguntas de Trowa para que dejara de molestar a Quatre que no hacia nada por defenderse del encajoso tipo.

Miraba a su alrededor y aunque en otra ocasión habría encontrado interesantes a los personajes de aquel lugar, en ese momento eran imágenes burdas y molestas de la situación en que se encontraba. Primero: Relena lo había echado de su reino, al lado del mundo más frío que pueda haber y como despedida le había dicho que todo había terminado, que se ocupara de otras cosas que no fueran ella. Segundo: sus amigos -sí, por que eso los consideraba a pesar de nunca demostrárselos o nunca habérselos dicho- parecían en otro mundo. Trowa y Quatre desaparecidos por seis meses cuando menos, Duo en el espacio y Wufei, también, anteriormente desaparecido, en medio de una montaña de nieve en el Polo Norte, con un misterio engatusado a más no poder. Y para acabar de empeorar el asunto el maldito Coronel ese que se paseaba de un lado para el otro buscando problemas con él. "Imbecil" pensó Heero con tan sólo recordar al pelirrojo. Como le irritaba, ¡diablos, como odiaba esa situación!

En ese interminable recuento de peripecias, Heero, volteó por enésima vez en dirección a aquella mesa donde el trenzado continuaba hablando muy animado y feliz. Más si alguien le hubiera preguntado el motivo por el que volteaba a aquel lugar, hubiera, en primera instancia negado que lo hacía y segundo que no nos importaba. La verdad era más que obvia, o al menos para todos, menos Heero. Éste no entendía lo que pasaba, se sentía incomodo y molesto y a la vez solo, muy solo. No entendía, no entendía.

Se levantó. A nadie le preocupó en realidad. Todos los demás estaban muy atentos a sus asuntos. Trowa mortificando a Topazi, Quatre tratando de que eso no se saliera de control y Duo platicando con su… ¡lo que fuera que ese tipo, fuera de Duo! Salió del pud.

Afuera se sentía el mismo frió encerrado que en toda la Base desde el momento en el que habían llegado. Empezó a caminar. Caminó sin rumbo. Caminaba y observaba el lugar. La Base parecía una colonia, tenía parques y plazas, tiendas y restaurantes, incluso tenía museos y algo parecido a clubs nocturnos. Es cierto, todo tenía un aire gélido impresionante, toda la gente era muy correcta o muy fría, tanto que él pasaba desapercibido por las calles. Su forma de ser y su esencia, entre salvaje y fría, llamaba la atención a cualquier a donde iba, pero en este lugar, era un ser completamente diferente, aunque su esencia no había cambiando. Era un ser extraño incluso a si mismo. Desde que llegara a la Base, no había podido controlar sus emociones como siempre. Sufría constantes cambios de animo y sensaciones desconcertantes, ¡y no tenía idea de porque!

Heero se detuvo por primera vez desde que comenzó a caminar y levantó la vista. Se encontraba a un lado de una enorme plaza cubierta de nieve. La misma que Wufei había pedido que no se limpiara. Ahora veía por que. Los niños, algunos de los pocos que vivían en aquel lugar, estaban jugando con ella. "Wufei, ha cambiado" pensó Heero, viendo jugar a los niños. "Antes no le hubiera importado en lo absoluto los niños. ¿Qué es lo que lo habrá hecho cambiar? ¿Esta Base? ¿Pero qué de ella?"

–¿Alguna vez a jugado en la nieve? –preguntó una voz infantil a su lado. Heero volteó un poco la cabeza y se encontró con una niña de cabellos rubios y rizados. La niña a la que había salvado. ¿Sophia? Si, Sophia Verliak, se llamaba. La niña se recargaba en un barandal que daba hacia la plaza un desnivel debajo de ellos, llevaba un vestido azul marino de mangas largas y de falda hasta los tobillos, de corte suave que caía agraciadamente por el cuerpecito de su dueña. Heero no contestó a la pregunta.

–¿No?… No me sorprende. Es de esperarse. ¿Es la primera vez que está en esta parte de la Tierra? –preguntó la niña de nuevo. Heero volvió a guardar silencio. –Ya veo. ¿Sabe? Se parece mucho al Coronel Nelvik. –Heero frunció las cejas.- No debería molestarse. Es cierto que no es precisamente un halago, pero tampoco en una ofensa. Simplemente se parecen. –Heero no dijo nada, pero su respiración mostraba su desagrado por el comentario. –Señor Heero, ¿no se le ha ocurrido preguntar por que lo comparo con el Coronel Nelvik, o es que no quiere enterarse? –La pregunta tomó un poco por sorpresa a Heero, pero mejor rebatió con otra pregunta.

–¿Por qué me está preguntando eso? –La niña volteó, no sonrió ni nada parecido, simplemente miró a Heero con expresión cansada.

–Está evitando la pregunta ¿por que no le interesa saberlo, o por que es una niña quien se lo pregunta? –rebatió ella. Heero no contestó. La niña suspiró. –No es mi intención discutir con usted, señor Heero. Le agradezco mucho que me haya salvado. –La niña se separó del barandal y se enfrentó a Heero, haciendo una reverencia. –La verdad es que solo quiero hablar con usted. Si me lo permite, creo que sería agradable. –Heero la observó y no supo por qué asintió. –Muchas gracias. –Contestó la niña sin sonreír. –¿Me acompaña? –dijo mientras empezaba a caminar. Heero la siguió al enorme invernadero.

–Dígame, señor Heero…

–No me digas señor –cortó Heero.

–Lo lamento. Sólo le llamaré Heero. Por favor, usted dígame Sophia, pero hábleme de usted –dijo a su vez, Sophia, sin mirarlo –¿Heero, ya encontró el motivo por el que se siente solo? –Soltó Sophia. Heero se detuvo, ¿cómo lo sabia? –No se altere, lo sé por que lo siento.

–¿A qué se refiere?

–Me parece que el señor Quatre tiene la misma habilidad, ¿eso le sirve?

–¿También siente lo que las otras personas?

–A veces… cuando es muy fuerte la sensación, la emoción o el sentimiento. –Heero guardó silencio. –Pero no me ha contestado. ¿Encontró el motivo de su tristeza? –insistió Sophia, caminando nuevamente.

–No estoy triste.

–Entonces, ¿como se siente? –Heero volvió a callar. –Heero, créame, yo sé cuando se siente tristeza. Toda mi vida la he sentido. Sólo quiero ayudarle.

–No necesito ayuda.

–Ahora no, pero quizá después si. Será cuando yo lo pueda ayudar. Pero por ahora sólo me interesa conocer al "soldado perfecto" de quien habla tanto el Señor Wufei. –Heero levantó la cabeza algo sorprendido. –¿Quiere saber que dice él de usted? En realidad no dice mucho, no era muy dado a hablar. Ahora menos, aunque lo parezca, pero dice lo suficiente para intrigar a una persona. Decía mucho de sus compañeros de guerra. Como admiraba cosas de ellos y como detestaba otras, que tanto se parecían o que tan diferentes eran, algunas de las cosas que había aprendido de ellos y otras tantas que pensaba, les había enseñado. Sin embargo de todo lo que mencionaba, con el que parecía sentirse identificado era con usted. Decía cosas que lo describían a él, hablando con su nombre, o al contrario cosas de él que lo describían a usted. Por eso me llamó la atención. Y ahora veo por que.

–No entiendo –dijo Heero. Sophia se detuvo y se giró quedando, frente a frente.

–Es usted muy callado, se guarda muchas cosas, se confunde con facilidad, pero tiene sus objetivos muy claros. Pocas cosas le intimidad y si es así, nunca lo demuestra, está dispuesto a aprender pero necesita el maestro adecuado. Sabe que es humano, que puede sentir y emocionarse, pero no lo acepta y no lo lleva a la practica… –Sophia guardó silencio, estaba seria y eso le daba el aire de una persona mayor. Heero no dijo nada, por que estaba sorprendido y no sabía que contestar. –Está enamorado, pero no se ha dado cuenta –terminó diciendo Sophia. Esto a Heero lo turbó evidentemente.

–¿Qué? –fue todo lo que pudo decir. Sophia sonrió tristemente.

–Bien, menos mal que me está escuchando, Heero. ¿Sabe por que está aquí? –preguntó Sophia. Heero, que no había salido del todo de su turbación, no supo si lo anterior fue una broma de mal gusto, como había notado que era costumbre de aquel lugar; o algo tan verdadero como las declaraciones anteriores. Tan ciertas, que por unos cuantos segundos le hicieron sentir vulnerable. Y para salir de su turbación, se centró en la pregunta que se le acababa de hacer.

–No –contestó simplemente.

–¿No? ¿No tiene ni una ligera idea? –indagó Sophia algo escéptica. Heero pensó de nuevo.

–Por algo que Wufei cree importante, un descubrimiento que hizo. –Contestó Heero, pues sentía que así podía hacerlo. Sophia se había vuelto a recargar en el barandal que seguía a su lado y miraba a los demás niños jugar.

–¿Está seguro que es sólo por eso? –Preguntó casi indiferente sin dejar de ver la plaza. –¿a caso no hay nadie que lo espere de vuelta en algún lugar? –El corazón de Heero dio un vuelco al oír aquello y le dolió. Sin que él se diera cuenta su mirada fría y dura, se suavizo y mostró el mismo dolor que sentía muy dentro de él.

–No –murmuró. Sophia lo miró y también se le veía algo triste.

–Lo siento. –Dijo, pues no era su real intención incomodar a Heero. –Al menos no está solo –declaró después. Heero la miró extrañado. –Sus compañeros siempre están con usted. Sobretodo el joven de la trenza. Se ve que le tiene un gran cariño. –Sophia sonrió un poco, una leve marca de sonrisa en sus labios. Heero estuvo a punto de decir algo, preguntar a que se refería para aclarar aquello pero un sonido estrepitozo llenó el aire del lugar. El enorme reloj que estaba en la punta del pilar en medio de la plaza hizo sonar su poderosa campana dando las tres de la tarde, sacándolo de su desconcierto. –Tengo que irme. –Dijo Sophia separándose del barandal, después se colocó frente a Heero. –Gracias por conversar conmigo, pero me gustaría que siguiéramos hablando en otra ocasión, ahora tengo trabajo y a usted lo deben estar esperando. –Sophia dio la media vuelta caminó hacia los invernaderos.

–Espera –incluso a él su voz le sonó extraña –…¿cuando? –fue lo que salió de su boca. Sophia dio vuelta de nuevo.

–Después de las tres de la tarde, cualquier día de mañana en adelante. Puede encontrarme en los invernaderos. –Sophia señaló el invernadero, éste tenía una pequeña puerta que daba hacia la plaza. –En cualquier nivel habrá una puerta igual. La clave es Menelao. –Dijo y los brillantes ojos azules de la niña miraron unos segundos interminables los de Heero. Por alguna razón, Heero, sintió mucha tristeza. Sophia, hizo una pequeña reverencia como mera despedida y se fue.

Heero se quedó plantado ahí donde lo había dejado, no tenía intención de moverse y no lo haría. ¡Dios, todo le había pasado desde que llegara a esa Base! Necesitaba pensar en todo lo que le había pasado, desde que dejara a Relena, hasta ese encuentro con Sophia. ¿Desde cuando se sentía tan en confianza con alguien tan pronto? Suspiró, tenía que pensar. Se perdió por la enorme Base, con el único propósito de pensar, hasta entrada la noche.

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Eran las once y media de la noche aproximadamente. En la habitación sólo se encontraban Trowa, sentado en un sillón cercano al piano y Quatre, interpretando una pieza sencilla y melancólica. Trowa tenía el ceño fruncido y miraba la puerta del elevador con enfado desde hacía más de una hora.

–Trowa, déjalo ¿quieres? –la voz de Quatre sonó después de un andante de la canción que interpretaba. Trowa bufó levemente, molesto, sin dejar de mirar la puerta.

–Es un idiota –declaró sorpresivamente con su monótono timbre. Quatre alzó un poco las cejas sorprendido, pero no dejó de tocar.

–Trowa, sólo trata de ser amable. Como es italiano, quizá eso tenga algo que ver con que sea… demasiado cálido –Declaró Quatre tratando de calmar a Trowa.

–Creo que aquí y en Júpiter, es demasiado cálido. Es obvio que quiere algo contigo –contestó Trowa, más celoso que racional. Quatre sonrió para sus adentros, tenía que admitir que le gustaba algo ver celoso a Trowa. Era tan callado y estoico algunas veces que Quatre dudaba de lo que sentía, pero últimamente, gracias a Topazi, las dudas se irían lejos por un buen tiempo.

–Trowa estás exagerando, la única vez que ha sido un poco… atrevido, fue cuando se presentó con nosotros y no ha vuelto ha hacer algo semejante, sólo ha sido amable con nosotros.

–Corrección. Ha sido "amable" contigo –reclamó Trowa aún con su conocido tono.

–Supongo que por que soy el único que le presta atención y no se le va encima con preguntas mefíticas –retrucó Quatre con tono y mirada significativa.

–Yo no… –Trowa vio la elocuente mirada de su pareja. Refunfuñó y se cruzó de brazos. –Mhhm.

–Mggrr –se oyó una contestación al sonido producido por Trowa. Quatre bajó la vista a un lado del piano. Frela, la loba de Wufei, estaba acostada entre el piano y los pies de Trowa y veía a éste interrogante, queriendo entender los extraños ruidos que producía. Ambos se dieron cuenta de esto, pero a Trowa no le causaba gracia como a Quatre. Refunfuñó, sacando aire de la nariz. –¡Fhuh!

–Fhuh –imitó Frela. Quatre hizo una risita que trataba de ser comedida, pero que obviamente no había logrado. Trowa frunció de nuevo el ceño y dirigió la vista al lado contrario de Quatre y la loba. Como niño pequeño haciendo puchero. Eso era precisamente, estaba haciendo puchero. Se dio cuenta de esto y terminó causándole gracia a él también. Rió amenamente un par de veces, haciendo que Frela perdiera el interés en él y volviera a recostarse mirando hacia la puerta de Wufei.

–Lo ves, Trowa. Estabas exagerando –dijo Quatre contentó mientras seguía tocando, pero esta vez una pieza más alegre. Y de pronto, el piano dejó de sonar. Quatre tenía los sentidos ocupados en el beso que Trowa acababa de darle en la boca y segundos después volvía a estar en su lugar como si nada hubiese pasado. Obviando la sonrisa de satisfacción que tenía en la cara.

–¡Trowa, que haces, aquí no! –exclamó, Quatre cuando pudo reaccionar, mirando alrededor, también sonriendo.

–¿Por qué no? –rebatió Trowa.

–Por que pueden vernos –contestó Quatre elocuente.

–¿Quién? –Trowa alzó las manos en ademán interrogante, sin cambiar su monocorde voz. –Quatre por si no te has dado cuenta hemos estado prácticamente solos todo el día. Heero anda perdido hace horas, Duo con su amigo, Wufei durmiendo, la mayoría de nuestros anfitriones están trabajando y Topozito o Topatazo o como se llame, nos dejó de molestar a las tres de la tarde. En todo ese tiempo, ni siquiera te he tocado. ¡Déjame robarte un beso de vez en cuando! –A Quatre se le hizo mantequilla el corazón, al ver a su frustrado novio. Volvía a probarle una vez más que no era el chico de acero que parecía ser siempre.

–Trowa, lo siento. Es por precaución, lo sabes –consoló Quatre a Trowa, mientras le acariciaba una mano. Trowa suspiró y tomó su mano. Después le miró como apunto de proponerle algo que quizá no le gustaría y no estaba equivocado.

–Deberíamos decirles –pronunció lenta y suavemente.

–Trowa, no digo que no lo hagamos, pero ahora no. Hace tres días que todos nos reunimos de nuevo, después de casi un año de no vernos. No es la noticia mejor recibida del mundo y menos si estamos en una misión. –Trowa una vez más concedió a Quatre la razón. Es cierto que habían acordado no decir nada hasta un mejor momento.

Quatre veía la incomodidad de Trowa, a él le era mucho más difícil contenerse. Quatre sonrió y se acercó a Trowa, devolviéndole el beso. –Verás que pronto podremos decírselos. Cuando todas las emociones del momento hayan pasado. –Trowa dio otro beso a Quatre, pero esta vez pasó su mano libre por la nuca de Quatre. Ambos cerraron los ojos, Frela, sintiéndose incomoda entre tanta miel, salió de en medio de la escena y se fue a recargar a la puerta de Wufei. Quatre se inclinó un poco más en su asiento, continuando con otro beso. Trowa soltó su mano de la de Quatre y pasó esta por su cintura con intención de atraerlo.

Las puertas corredizas del elevador se oyeron abrir, y por ellas apareció un pensativo Heero, que de no ser por tener la mirada en el suelo, quizá se hubiera llevado una sorpresa. Pero cuando Heero alzó la cara, Trowa y Quatre le miraban como si nada, cada uno en su lugar.

–Heero, al fin regresaste, ¿dónde estabas? –preguntó Quatre como la cosa más normal del mundo, mientras Trowa estaba más expectante y tieso de lo común e incluso algo molesto.

–Por ahí –contestó Heero, después de unos segundos de su acostumbrado mutismo. Quatre sonrió afectadamente. Que cerrado era Heero a veces. Heero caminó hasta un sillón que quedaba frente a Trowa y Quatre. –Estabas tocando –se dirigió a Quatre. Éste asintió. El moreno hizo un ademán de que continuara y se sentó, desviando la vista hacia la loba de Wufei, acostada ante su puerta. Quatre no sabia que hacer, miró a Trowa unos segundos como preguntándole silenciosamente que ocurría, Trowa no contestó,. Quatre continuó tocando una pieza tranquila, aunque el ambiente era algo tenso.

Después de algunos segundos de no decir nada y sólo escuchar las notas del piano. Heero habló.

–¿Duo ya llegó? –preguntó, sin dejar de ver a la loba de Wufei. Quatre dejó de tocar suavemente.

–No. Desde el bar no lo hemos visto. Se fue con su amigo a dar una vuelta, supongo –contestó. Heero no dijo nada, ni se inmutó.

–Ya es tarde –comentó Heero. Trowa y Quatre se miraron. Era extraño, que hiciera este tipo de comentarios, era muy extraño. Parecía como si se preocupara por Duo. Fue ahí cuando Trowa encontró el pretexto perfecto para escaparse de tan incomoda situación. Se levantó de su sillón.

–En realidad es algo tarde. Me iré a dormir. ¿Y tú, Quatre? –preguntó, estirándose un poco.

–Si, Trowa, yo también me iré a dormir –contestó Quatre. –Te alcanzó en un momento –miró a Trowa, significativamente.

–Bien, entonces. Buenas noches, Heero –se despidió y se metió a su habitación. Quatre dirigió su atención a Heero.

–Heero… –comenzó, pero la verdad no sabia que decir. Quería saber que le pasaba a Heero. Su comportamiento no era normal. No sabia como empezar, no conocía tan bien a Heero como para hablar libremente con él.

–No te preocupes, Quatre –contestó de repente, Heero, sin que se hubiera formulado la pregunta. Quatre apaciguó su nerviosismo.

–No pareces estar muy bien. –Dijo primero. –Se te ve distinto. Quizá, incluso, un poco frágil –se arriesgó Quatre. Heero le miró. Su vista era cansada y poco potente, a diferencia de cómo había sido siempre. Quatre suspiro. –Heero, hace unos días, en el avión de camino a Moscú, intenté preguntarte algo. –No hubo respuesta, ni una reticencia a continuar la conversación ni una invitación. –Quería saber como estabas. –Quatre esperó un momento para ver alguna reacción en Heero, misma que no llegó. Simplemente le contemplaba. –Algo no andaba bien cuando nos encontramos en el Palacio Peacecraft. Te sentía extraño, como si estuvieras dolido…

–No deberías espiar los sentimientos de los demás, Quatre. –Heero salió a la defensiva, ni él mismo estaba seguro de por que. Quatre se sorprendió de momento, pero entendió.

–Heero, sabes que no es así. Es algo que a veces no puedo controlar y tampoco espió a nadie. No lo haría para lastimar a alguien, menos a un amigo –contestó Quatre pausadamente. Heero le miró severamente, pero después movió la vista a otro lugar. Muy sutilmente y sólo para quien conocía a Heero, entendía que ese gesto era una forma de disculpa. Quatre sonrió, esperó unos momentos y soltó la pregunta: –¿Qué ocurrió, Heero? –Heero lo miró a su vez interrogante. –¿Por qué estás así? –Quatre aclaró su pregunta. Heero le miró fijamente unos momentos, suspiró y se sentó enfrentando a Quatre.

–Relena me echó –se limitó a decir. Quatre tuvo que sorprenderse por lo seco de la declaración, e incluso le tomó unos segundo reaccionar y asimilar la idea.

–¿Qué?,… pero ¿por qué? –preguntó extrañado Quatre y tratando de sonar calmo, tomar las cosas con la cabeza fría, tenia que aprovechar esa oportunidad con Heero, quizá nunca más se presentaría.

–Dijo que tenía… que darme cuenta… eso es todo.

–¿Cuenta? Suena extraño. No creo que Relena sea de esas personas que se queda callada. –Trató de aclararse Quatre, ¿a que podía referirse Relena con eso? ¿Darse cuenta? ¿y para eso era necesario "echar" a Heero de su lado? Es decir, no es que la idea le incomodara, Relena era buena persona, pero Heero y Relena a su parecer no hacían buena pareja. Ella demasiado dulce y necia. Él también muy necio, pero con la sutileza de un yunque. En definitiva no creía en un romance así. ¿No tienes una idea de a que podría referirse?

–No. Pero algo tiene que ver con que no me quiera –declaró, Heero, que curiosamente no se veía tan dolido, simplemente confundido.

–Heero, no creo que sea eso. Estoy seguro de que ella te quiere mucho. Lo demostró. –Heero no contestó –Quizá, ella se dio cuenta de algo que tú no y… es eso por lo que se alejó de ti –dedujo Quatre suavemente.

–Me alejó a mí –aseveró Heero, incluso algo molesto.

–No estoy seguro de eso. Es una forma de verlo si. Pero si ha dicho que es necesario que te des cuenta, tal vez es algo más. –Heero le miró levemente interrogante. –Quiero decir, ella, por su parte, no puede dejar el Reino, aquí, Wufei nos necesita, pero quizá todo se prestó a la situación que ella notó. Algo que puedes ver si estás alejado de la misión de guardaespalda. Como ella no puede salir huyendo de ti, mejor se alejó, no acompañándote. No "estorbar" a tu visión –acabó Quatre. Heero parecía pensar esto mirándolo fijamente. –Es sólo una idea. Puedo estar equivocado, pero al menos tienes otra opinión. –Quatre calló, Heero le seguía viendo, pero su rostro más que de preocupación, era de tristeza. –Heero, no estés consternado. Está bien, las cosas no se acaban así de fácil. Tú mejor que nadie lo debe comprender. Para que acabe una batalla, hace falta más que la separación de los bandos –concluyó, sin saber que más decir. Heero suspiro.

–Tal vez tengas razón –declaró únicamente para volver a observar a la loba de Wufei, aun tirada a su puerta. Quatre sonrió. No es que Heero hubiera saltado de gusto por su conversación, pero al parecer le había servido de algo y eso le bastó.

–Bueno, Heero, con tu permiso, estoy algo cansado. –Quatre se levantó y después de un asentimiento de Heero, se metió a su cuarto. –Buenas noches –dijo antes de cerrar la puerta.

–Gracias –oyó desde el otro lado y el a su vez contestó.

–De nada, Heero.

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Llevaba casi veinte minutos mirando a la nada. Pensaba en muchas cosas y en ninguna en particular, más bien era un pretexto para esperar. ¿Esperar? ¿Esperar qué?

La respuesta era obvia, más a Heero le parecía inaceptable y hasta absurda. Fuera de esto, efectivamente: esperaba a Duo. Le urgía de cierto modo que Duo llegara. No por que le preocupara. Tenía urgencia de hablar con él. Bueno, no tanta.

Que tu me contaras algo de tu vida… llevamos tres años de vernos y casi no nos conocemos. La voz de Duo sonó en su cabeza. …casi no nos conocemos.

Era cierto, tenían tiempo de conocerse y no tenia la menor idea del pasado de Duo, unos cuantos detalles. Pero ahora habían salido tantas cosas a la luz, que incluso lo que sentía, empezaba importarle a él mismo.

Sintió una bolita húmeda en su mano recargada en un brazo del sillón. Miró y vio el hocico de Frela dándole toquecitos en la mano. Heero no sonrió, pero miró los ojos azul eléctrico de la loba y pareció sentir ternura de la mirada preocupada del animal. Levantó su mano suavemente y la posó después en la cabeza de la loba. Esta cerró los ojos de manera tierna, para luego posar su cabeza en una de las piernas de Heero y sentarse. "Que bonito animal" pensó Heero.

Pasaron los minutos, mientras Heero acariciaba la cabeza de la loba. Ésta cerraba los ojos cada vez que su mano recorría el mismo camino una y otra vez. De repente, las orejas puntiagudas se levantaron para escuchar y poco después les acompañó la cabeza. Frela volteó hacía una puerta un poco más allá del elevador. Heero miró en la misma dirección y una curiosa imagen se le presentó:

Una cara sonriente con larga trenza colgando a un metro del suelo sobresalía de la entrada.

–Jeje, hola… ¿me pasas unos zapatos limpios? –fue el saludo de Duo.

(Continuará…)

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Notas de autor:

*1: Pud- O taberna inglesa.

*2: "Tas vivo"- Se supone que están hablando en modismos, por eso lo pongo así, pues tampoco estoy muy segura de su redacción en ingles.

*3: "quien lo dice, hombe"

Gracias por leer

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