Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin pertenecen a Hajime Isayama. Este Fanfiction es escrito sin fines lucrativos.
Notas del capítulo: Lemon o encuentro sexual muy explícito. En todo el capítulo.
Últimas notas: Extenso. Palabras altisonantes. Posible OOC (tal vez) pero espero que no tan drástico para ser ofensivo para algún lector. Éste es un intento de lemon y amor, desde el POV de Levi, a ver cómo sale el experimento.
Sin más, el fic.
- 10 -
—Necesito un café.
Así fue como empezó la noche. Y, hasta la fecha, no puedo mirar una maldita taza o hacer un maldito café sin evitar recordar lo que Eren hizo en aquella ocasión. Llámenme enfermo, pero aquel recuerdo se me había grabado a fuego en cada rincón de la mente.
Porque, con la excusa del café para evitar dormirse, en la cocina me dieron la jodida chupada más perfecta de mi vida.
Escuché el agua de la cafetera hervir desde mi ubicación. Estaba sentado en la barra de la cocina, con la cabeza erguida y los ojos nublados del placer, perdidos en el techo, mi boca deshilándose en suspiros. Estaba perdiendo la maldita razón. No podía ver a Eren, si lo hacía, sentía que me correría en ese instante.
Él estaba haciendo una maldita magia divina con su boca, succionándome de manera profunda y rítmica, evitando rasparme con los dientes y haciendo sonidos huecos y eróticos al sacar mi miembro de su cavidad de repente, de vez en cuando, para lamerlo lentamente por fuera… sus ojos perdidos en su objeto de interés, sin verme a mí. Mirarlo tan concentrado en llevarme al límite, jugando pero serio a la vez, me dejaba tan jodidamente duro que me dolía. No sé cómo carajos lo hacía, pero sentirme dentro de su boca, la textura de su lengua y la firmeza de sus manos me tenía en una maldita nube, en algún lugar fuera de la realidad…
Le había pedido que no lo hiciera, pues había tenido experiencias desagradables con esto… pero, contrario a mis palabras, él sólo me besó, cargándome y sentándome en la barra de la cocina. Y, mientras seguía besando mis labios, sus manos acariciaban suavemente el falo por encima del pantalón, apretándolo de vez en cuando de manera cruel que me hacía gruñir e incluso aruñando dulcemente sobre la tela, para finalmente liberarlo y comenzar con su maldito milagro…
De pronto, sentí que me sacaba cuidadosamente de su boca, en lo que yo intentaba casi desquiciadamente recuperar el aire. Y, en ese momento, me atacó otra punzada de placer al verlo dejar un rastro de saliva espeso que ligaba a su boca con mi longitud, haciéndome gemir con la visión… Sentí mi cara encendiéndose, todo mi cuerpo lo hacía, muriéndome por tomarlo de una puta vez.
—¿Sabes? Acabo de hacer un descubrimiento interesante —murmuró, mientras seguía lamiéndome distraídamente, acariciando dulce pero firmemente con su mano lo que no abarcaba con su lengua.
—¿Eh…? —Fue todo lo que pude pronunciar. Me había quedado sin aliento. Y entonces, me vio directamente, sus ojos quemándose en un verde erótico, con un fuego entre cálido y oscuro que nacía en sus pupilas y se dirigía a mí, queriendo consumirme…
Y yo no le veía el problema…
Entonces, esbozó una sonrisa irónica.
—Siempre me había preguntando por qué eras bajito, pero —comenzó, para luego llevar sus ojos verdes al miembro, y el muy sádico sabía que yo lo miraba hipnotizado—… pero acabo de descubrir adónde se fue lo que te faltó de estatura —dijo en voz baja, para luego rozar el glande con sus labios, soplando en él y dejando un hálito caliente por su recorrido, haciendo que me retorciera de ganas por que regresara el maldito falo a su boca. Pero no… a él le pareció una mejor idea distribuir una serie de besos en aquella longitud, suaves pero ruidosos, chupando aquella piel dulce y lentamente. Mierda, mierda…
Al oír el comentario, sentí mi rostro encenderse más, combinado con aquella escena… ni siquiera había oído lo que dijo, y es que aquella jodida chupada me tenía idiotizado… lo escuchaba pero todo lo que mi mente decodificaba era aquella imagen, y los pequeños gemidos casi inaudibles que él soltaba sólo para aumentarme las malditas ganas…
—Los centímetros que te faltaron de estatura… se vinieron para acá… ¿Te lo habían dicho?
Y mi cara sólo ardía y ardía más…
—Cállate, no digas esas-
—… ¿Por qué no? ¿Porque te calientas más? —Arrastró las palabras con lascivia y, luego, lo sentí chupar lenta pero tortuosamente aquella punta, haciendo círculos con su lengua, provocándome un impulso eléctrico y apreté los dientes para no gemir.
—Eren, el agua-
—¿Eh? ¿Se volvió a secar? Es la segunda vez que la pongo. —Recordó, separándose un poco para contestarme; pero, cuando extrajo el miembro de su boca, inevitablemente mis ojos viajaron a sus labios y un morbo me recorrió al reconocer mi propio líquido preseminal manchando su boca enrojecida y brillante… ensuciando los labios que amaba.
No pude evitarlo. Lo tomé por la nuca, acercando su rostro al mío y le ordené, con mis ojos fijos en su boca, casi murmurando:
—Lame tus labios…
Y, sin perderme de vista, obedeció, mordiéndose el labio inferior plagado con mi esencia, luego el superior, lentamente para que yo pudiera mirar cómo se la relamía.
—… ¿Algo más, Levi? —Me preguntó, observándome con un puto deseo que iba a acabar conmigo. Mierda, su voz era erotismo puro…
—Apúrate… hazte el maldito café y vámonos. —Sentencié, muriéndome de ganas de hacérselo en ese segundo, y este tarado sólo se tarda. ¿Lo estaría haciendo a propósito? Agh, qué rabia…
—… No sé hacer café. —Me confesó, suavemente, mirándome con una sonrisa manipuladora de "anda, prepáramelo tú".
—¿Me estás jodiendo? —Le pregunté, sin poder creérmelo.
—… Pero sé hacer cereal. —Dijo, con una sonrisa conciliadora y apenada.
Rodé los ojos, hastiado.
—Tch. Eres muy tonto.
—¡Rayos! ¡Qué insensible eres! —Replicó, con enojo.
Suspiré.
—Ya. Yo te lo haré. —Decidí, besándolo suavemente antes de apartar sus manos de mí y acomodarme el pantalón, pero vi que él se levantó.
—… No sé hacer café, pero… supongo que puedo intentarlo una vez. —Dijo de pronto, separándose de mí para apagar la cafetera.
Diablos, este mocoso me iba a sacar un infarto con todo lo que hacía: el verlo, el oírlo, todo en él era orgásmico y se me clavaba en lo más profundo. Estaba tan enterrado en mi mente, tanto que sería imposible sacarlo… jamás podría olvidarlo. Eso pensaba mientras Eren buscaba el café entre los cajones de la cocina, sacando un sobrecito y buscando las instrucciones por ambos lados del paquete, poniendo una cara de no estar enterándose de nada.
—Entonces ¿cómo se hace el-?
Ni siquiera lo dejé terminar la maldita frase.
Sin avisarle, lo tomé por la nuca para robarle los labios una vez más. No sabía cuánto tiempo había pasado del último beso, tal vez un minuto o incluso menos, pero necesitaba tenerlo en mi jodida boca ya. Sostuve su rostro con mis manos para después ocupar toda su boca con firmeza, marcándola con mi lengua porque esa maldita boca era mía… Eso hacía cuando escuché un ruido de algo caer. Eren había tirado el sobrecito al suelo para apresarme por la cintura; su agarre seguro, deseoso, posesivo. Gruñí al sentirlo endurecerse, cuando me presionó contra él y especialmente contra aquella parte.
—Prepárame una taza. No tengo planes de dormir esta noche. —Murmuró, casi contra mis labios.
—Mierda, prefiero besarte. —Contesté, en voz baja, compartiendo el aire de él. Un ligero toque obsesivo a tabaco…
Lo sentí sonreír sobre mis labios.
—Buena respuesta. —Respondió, y depositó besos pequeños y castos en mi boca, los besos más dulces que jamás había sentido— El café… venga, por favor.
—Tch. —Fue mi sonido de queja.
—Vamos… Dijiste que lo harías. Yo no sé. En la cocina sólo puedo hacer un truco.
—¿Cuál?
Esbozó una sonrisa irónica antes de responder. —Bueno, puedo hacer que explote sólo con un sartén y la mínima iniciativa de cocinar.
Negué con la cabeza pero, en lugar de responder a eso, sólo comenté:
—… También tienes otro talento.
—¿Sí? ¿Cuál? —Preguntó, intrigado.
Me acerqué a su oído y gruñí:
—Volverme loco…
Y, mientras lo besaba en el suelo, nuevamente el agua se enfrió. Demonios, éramos un penoso caos de urgencia, obsesión y seguramente estupidez…
Varios minutos después, finalmente le preparé el café o eso intenté mientras sentía sus besos pasearse por mi nuca, por mis hombros, por mi pelo, sintiendo todo su pecho apretarse contra mi espalda, muy cálido y rígido. Ese momento tenía que ser el puto cielo. Y pensé que, si aquello ocurriera todas las mañanas, ésa podría ser una buena manera de comenzar el día…
En cuanto pronuncié el "ya" y saqué la cucharita para anunciarle que había terminado, me arrebató el café para tomárselo, quemándose la lengua un segundo después de una forma bastante patosa y ridícula.
—¡Rayos! ¡Caliente!
Sólo negué con la cabeza, reprobando la acción.
—Serás idiota… no te lo tomes tan rápido, tienes que dejar que se enfríe.
Eren puso una cara de impaciencia y, acto seguido, tomó la taza y la metió al refrigerador, dejándome casi boquiabierto por la acción.
—¿Qué? ¡No voy a esperar quince minutos para tomármelo! Así es más rápido. —Le dio la explicación a mi mirada de reproche.
—Carajo, Eren. Cada vez haces actos de inteligencia más sofisticados. —Solté— Sóplalo, mierda, como la gente normal.
Pero él replicó astutamente:
—¿Que lo sople? ¿No ves que me quedé sin aire soplándote a ti?
Desvié la mirada, sintiendo mi cara arder.
De repente, lo noté perdido, pensativo. Pasaron pocos minutos así. Y de improviso, sonrió levemente en mi dirección, como si se hubiera acordado de algo divertido.
—¿Sabes algo? —Me lo quedé viendo— Al principio me costaba mucho trabajo leerte. Pero, cuando se te conoce bien, te vuelves más fácil de leer.
Fruncí el ceño. —¿Cómo así?
Con la mirada en el suelo y la voz muy baja, contestó:
—Nunca exageras tus emociones, es como si las disimularas; aunque ahora mismo puedo verlas, un poco ocultas, pero ahí están. —Y, casi en un hilo de voz, concluyó— En realidad, me gusta tu manera reservada de sentir. De hecho, todo de ti… me gusta mucho.
Creo que no vale la pena decir cómo terminó aquel comentario.
Tan rápido como acabó de decirlo, saqué el café del refrigerador y cargué a Eren, para llevarlo de vuelta al cuarto en una tempestad explosiva de besos. Carajo, ya no podía más. Tenía que tomarlo. Tenía que hacerlo mío hasta que colapsara del cansancio. Mierda, hasta que nos desmayáramos juntos…
Lo que siguió fue demasiado rápido. En cuanto vi a Eren terminarse el café y dejar la taza sobre el buró, diciéndome "más tarde la lavo", justo al acabar la frase lo empujé contra la cama deshaciéndome de su ropa fina, Eren sorprendido por la acción pero calentado por ella. En mi caso, observaba casi hipnotizado cómo su bendita piel se abría entre mis dedos, al soltar cada botón de su camisa; mis manos saludando a aquel pecho que se descubría bajo ellas. Y él suspiraba, con la mirada fija en mis actos, estremeciéndose. Enseguida, en cuanto le arrebaté aquella prenda botándola a alguna esquina de la cama, él cambió nuestra posición, arrojándome al colchón para hacerme lo mismo.
—Parece que me podrás entender bien. —Murmuró de pronto, descubriendo mis hombros, la camisa resbalándose por mis brazos. Sus ojos devorando mi pecho, el que nunca había visto. Estaba casi embobado, y eso que lo estaba disimulando…
—¿En qué sentido entenderte bien, mocoso?
De repente, volvió en sí y, mientras sus dedos se deslizaban por mi torso, acariciándolo con manos firmes y calientes, me respondió al oído:
—Me podrás entender bien, porque… me gusta rudo…
Sonreí irónicamente.
—Sí que nos parecemos.
Después, pasó un momento en el que se concentró en sacarme el pantalón, un acto tardado entre tantos besos que nos dábamos, que distraían a sus manos y hacían que se pausaran en medio del acto, como si hubieran olvidado lo que iban a hacer. Sin embargo, al recordarlo segundos después, se dirigieron al cinturón para desabrocharlo, para paralizarse de nuevo en el cierre. Pero no lo oí bajarse. Mi oído estaba inundado del sonido de nuestros labios encontrándose entre besos ansiosos, ruidosos, para luego oírlo bajar la cremallera lentamente. Los suspiros de ambos calentándose más, haciéndose más pesados…
—… No tienes el cuerpo de un joyero. —Me dijo, de repente, separándose un poco de mí. Sus pupilas viajaron hambrientas por mi torso y, cuando sus manos lo recorrieron, mi piel blanca se enrojeció un poco, estremeciéndose bajo su bendito toque…
—¿Qué quieres decir? —Le pregunté, intrigado.
Él respondió, seriamente.
—… Eres más fuerte que un joyero. —Observó— Antes de esa ocupación, hacías otra cosa.
Me quedé callado, mi cabeza mojándose de recuerdos de la ciudad subterránea como una lluvia: La pobreza, la desesperación de conseguir comida, un techo y un callejón sin tantas ratas, las memorias de tantos trabajos sangrientos y malditos, antes de conocer a Erwin… quien me confió algo más grande cuando estaba hundido en un hoyo de miseria. En Eren yo veía la luz… y en mí sólo veía tanta maldita oscuridad…
Pero, inevitablemente, a la memoria de la ciudad subterránea estaba ligada la de los ojos de mi madre cuando se apagaron; siendo yo la última cosa que ella miró, antes de respirar por última vez. Treinta años de su vida consumidos en un suspiro. Y sus últimas palabras, dulces como siempre lo habían sido…
« Mon cher, sois heureux… » (Querido, sé feliz) el cual musitó con una lágrima naciendo de sus preciosos ojos grises, cuando la muerte la venció. Sus orbes oscureciéndose hasta que no vi nada más en ellos…
—Levi. —Me llamó, de pronto. Mi consciencia volvió a él, encontrándome con sus ojos verdes enormes y brillantes— Tu pasado… me importa y no me importa. —Me confesó. —Cuéntamelo todo después, lo quiero oír todo. Pero… ahora, quédate aquí. Necesito que estés aquí.
Asentí.
—Ven.
Me perdí en su pecho tan caliente, en sus latidos tan potentes y en sus brazos, enlazados con fuerza tras mi espalda; me perdí en su boca dulzona pero ligeramente agria por el tabaco, y así de adictiva. Su cuerpo cálido era una bendición que acabé de desnudar, para luego verlo estremecerse al saberse desvestido frente a mí, pero sólo lo besé. Es posible que me atrajera un poco cuando lo conocí, con el tiempo me enganché estúpidamente, y ahora lo tenía de esa manera… no sabía qué nombre ponerle a eso, es algo de lo que todos hablan pero que pocos conocen, algo que se viste de un maldito milagro.
No sabía nada de hacerlo con un hombre. Nada, mierda. No sabía que la penetración le dolía más a un varón, especialmente en la primera vez, y para aminorar el daño debías lubricarlo; a diferencia de la mujer que, en mi experiencia con ellas, se lubricaba sola de manera natural. Pero tenía una ligera intuición de que debía prepararlo. No tenía lubricante en casa ni sabía qué otra cosa usar para hacerlo, además de saliva y líquido preseminal… Eren temblaba un poco, sus ojos algo incómodos ante la novedad, aunque los besos constantes que le daba parecían ayudar…
—No creo que aguantes si entro en ti así nada más. Te vas a partir de dolor. —Le comenté, mientras llevaba una mano a su entrepierna para acariciarla, llevando un ritmo que lo había hecho suspirar y agitarse buscando más contacto, pero me detuve cuando noté sus pupilas dilatarse de una manera que pensé que se correría. La pausa hizo que él me mirara con reproche, pero mi intención no era llevarlo al orgasmo así de fácil, sino recoger su líquido preseminal para lubricarlo.
—¿Estás… diciendo que soy débil? —Preguntó, con la voz algo molesta, pero atontada tras aquella paja.
Sólo negué.
—Estoy diciendo que debe doler de puta madre. —Le respondí, seriamente— Por eso, voy a prepararte lo mejor posible. —Concluí, tratando de separar sus piernas, las cuales por reflejo él intentó mantener cerradas, temblando por toda esa novedad.
—¿Qué haces? —Preguntó, algo nervioso.
—… Si te meto algo, esto se dilat-
Pero su mano impactándose en mi boca no me dejó terminar.
—¡Maldición, cállate!
—¿Quieres hacerlo sí o no?
—¡¿Por qué te embarras el líquido en los dedos?! No me digas que-
—Sí.
—¡No, no, no!
—Eren…
—¡¿Qué diablos es eso?! ¡¿Me vas a meter los dedos en el culo?!
—Exactamente.
—¡Rayos, no! ¡¿En qué demonios piensan los homosexuales al gustarles esta tontería?!
Arqueé la ceja.
—Hablas de homosexuales y has pasado las últimas cuatro horas besándome, genio.
—… ah.
—Y el día del aeropuerto también lo hiciste y sabías que era un puto varón.
—Bueno, eso…
—Y hace una hora me la chupaste en la cocina con una maldita cara de satisfacción.
—… eso no dice nada… —Insistió él.
—Ya, Eren, no seas imbécil. Sólo me falta metértela para completar tu transformación de marica.
Y soltó, casi desesperado:
—¡Agh, cállate! ¡No lo digas así! ¡Carajo, es contigo! —Entonces se tapó la boca, con los ojos viendo horrorizados mi sonrisa recién nacida.
—Oh, ¿es conmigo?
—No, no dije nada. —Se apresuró él.
—Sí, dijiste que sólo te pasaba conmigo.
—Eh, no.
—¿No? ¿Y por qué lo escuché claramente?
—… Es el efecto de la acústica.
—¿De la acústica, de la que no sabes ni un carajo?
—¡Sí sé, maldición! Es… esa mierda del sonido.
Resollé, burlesco.
—Gracias por la clase.
Entonces, no sé cómo pasó, pero el tarado se empezó a reír y yo lo seguí con un bufido entretenido e irónico, sonriendo sarcásticamente.
—Esto es nuevo para mí. Siempre he estado con mujeres.
—Yo igual. —Le contesté.
—Pero… no es tanto que quiera estar con un hombre. Contigo está bien, creo. Algo así. No te burles, carajo…
Lo besé lentamente, diciéndole: —No me burlo, Eren.
Entonces, sentí sus dedos acercarse a los míos, pero no para tocarlos; más bien, les estaban quitando el líquido preseminal, lo poco que aún no se había secado, acumulándolo en la palma de su mano.
Y, ante mis ojos asombrados, él soltó:
—Yo lo haré. —Decidió él, metiéndose el dedo medio a la boca, para luego agregar el índice y el anular, manteniéndolos ahí por pocos minutos. Luego, los dirigió a su entrada, dejándolos inmóviles frente a ella por un par de segundos.
—Se van a secar, Eren.
—Rayos, es cierto.
Y, aunque vi sus dígitos dudar, me acerqué a sus labios para besarlo. Había visto que las veces que lo había hecho, él se relajaba hasta cierto punto… y era lo que buscaba también en aquella ocasión.
Lo que empezaron como besos castos y suaves sobre sus labios, empezaron a vestirse de sensualidad, de algo puramente carnal. Sobre mi boca, sentí que abrió la suya ligeramente, invitando a mi lengua a pasar unos momentos ahí. Y, mientras sentía el cuerpo de su lengua moverse junto con la mía, en movimientos contrarios pero combinados, lo oí gemir quedamente, con un poco de dolor.
Cuando me separé de él para ver qué pasaba, sus dedos ya estaban dentro de él, haciendo movimientos algo bruscos para dilatar su entrada.
—No lo hagas tan fuerte. —Le indiqué.
—No me trates como a una mujer —soltó, algo molesto, y le respondí:
—Que entre en ti no te hace una mujer. Te conocí siendo hombre y eso no cambiará aunque te folle. Es una posición nada más —le expliqué.
—Una que tú no quisiste tomar, por cierto. Yo cedí… —Recordó.
—Luego yo cederé, si quieres hacerlo. —Aseguré, en voz baja. Y es que realmente estaba dispuesto si era lo que Eren deseaba.
Él soltó un bufido de risa, sarcástico.
—Ay, ajá. Eres tan malvado que cuando me hayas follado, vas a decir "yo nunca dije eso, mocoso". —Comentó, pero yo sólo negué.
—Es en serio, Eren. Si quieres hacérmelo, te voy a dejar.
Él respondió:
—… Ver para creer.
—En este caso, sólo tienes que creer.
Al oírme, Eren sonrió levemente, y soltó un: —Ya no duele tanto.
Y, cuando lo vi, casi sentí mi entrepierna torcerse de placer por la imagen de sus dedos entrando y saliendo de él, haciéndome imaginar que se trataba de mí en un par de minutos, al verlo preparándose para recibirme. Su rostro enrojeciéndose por tantas sensaciones… y entregándose a ellas.
—Ngh… —Gimió, sus ojos ligeramente nublados.
—No lo estás haciendo mal.
—No mires, morboso —me riñó, en lo que sus dedos hacían diversas formas, asemejando a unas tijeras. Y yo estaba absorto por aquella imagen, por verlo extasiado lubricándose, que coloqué mi mano sobre su miembro sin avisarle y, al apretarlo, un gemido gustoso brotó de repente— ¡Ah, carajo!
Imaginaba lo sensible que debía estar. Y, mientras lo tocaba suavemente a la par del ritmo de sus dedos, distribuí algunos besos en su cuello, viendo sus ojos verdes cada vez más nublados.
—Ah, demonios… esto es… —soltó, casi adormecido del goce. De pronto, lo tomé por la muñeca para detenerlo.
—Ya, para. Estás preparado.
Eren sólo respiró irregular y fuertemente, idiotizado de tantas sensaciones, incluso mareado. Entonces, le pregunté en voz baja, en su oído:
—Dime la verdad. ¿Quieres que use preservativo o no?
Lo vi enrojecerse aun más, casi impactado, como si hubiera pensado que lo de follarlo era una broma y con esa sola pregunta le había dado un golpe con la realidad.
—… Me lo pondré si eso quieres. —Continué.
Eren tragó duro.
—Yo… lo he usado todas las veces… —Me contó. Sólo asentí.
—Ah, bien. —Solté, estirándome a buscar uno en el cajón, pero él me detuvo.
—Pero… no esta vez. —Decidió, seriamente, con una mirada extraña pero deseosa— Contigo no.
Me quedé callado, observándolo. Y noté que Eren estaba completamente seguro de eso.
—Entonces, entraré.
El temblor que lo azotó no pasó desapercibido para mí.
La única manera de calmarlo fue distraer su cuerpo con caricias, o algún beso furtivo; su cuerpo atontado por aquel contacto que hacía que la intrusión fuera menos dolorosa. Había pasado unos minutos así, introduciéndome lentamente y tocándolo para distraerlo. Eren perdía el maldito control cuando lo tocaban de esa forma…
Sin embargo, para que Eren hubiera estado tan jodidamente aterrado por la idea, su entrada no tardó tanto en recibirme casi por completo. ¿Sería que se había dilatado demasiado bien? No sabía, pero alguna mierda estábamos haciendo bien para disfrutarlo a pesar de ser un par de imbéciles y novatos en esto.
Aunque después de diez minutos, Eren ya no lo parecía… pero, cuando estuve dentro de él, noté un problema.
—Eren, respira —le recordé. Él se retorció dulcemente.
—Ah… m-más…
—¿Qué?
—¡Más, carajo, más! —Exigió, su voz teñida de ganas.
—Puedo lastimarte. —Sentencié, seriamente.
—N-no, se siente… glorioso…
Me quedé casi paralizado, al oír sus palabras y al sentir la carne tan caliente que me envolvía.
—Maldición, tu interior…
No se lo dije, pero me volvía loco estar dentro de él. Tan loco como nunca lo había estado dentro de nadie, sus entrañas estrechándome, tragándome y uniéndome con él como cadenas… Mierda, sólo quería estar ahí, sólo quería tenerlo entre mis piernas, dominándolo hasta que la muerte me arrastrara con ella junto a él… de esa forma, incluso en el maldito cielo o en el jodido infierno se lo seguiría haciendo, cuando fuéramos unos malditos espíritus de porquería…
Eras tan mío en ese momento, Eren… tan mío, como nunca lo serías de nadie. Nadie, jamás, estaría tan dentro de ti como yo lo estuve.
—Diablos, m-me encantas… —articuló, entre suspiros de éxtasis, ahogándose con él. Aquella frase tatuándose dentro de mí, apretándome. Lo que me encanta, diciéndome que le encanto… mierda. Eres tan erótico y tan malditamente dulce, Eren. ¿Cómo demonios puedes ser tan perfecto?
—Eren, tú- —murmuré, pero él me interrumpió con voz extasiada, infestada de placer.
—M-más adentro… —exigió, sus ojos nublados de gozo— Eres un hombre, así que… hazlo como un maldito hombre… no, mejor, como un maldito animal —y miré que su deseo por mí se lo estaba comiendo, tal como me estaba ocurriendo a mí.
—… Si te lo hiciera como un animal… eso no sería quererte, Eren. —Le expliqué, viendo sus ojos que me tenían embrutecido, esclavizado a él como un pobre imbécil esperando su siguiente orden, cualquiera que ésta fuera. Lo adoraba, maldita sea, con cada puta fibra de mi ser.
—No quiero que me quieras —dijo, entre dientes, con un tono oscuro y asfixiado de lujuria—, qu-quiero que me folles bien duro… ¿me oyes?
—Eren.
—Te necesito más adentro. Más profundo… y más fuerte —me pidió— no me niegues eso, Levi. Por favor… n-no hagas que te ruegue. Me tienes loco…
—Sólo dime si te duele.
—No. No te diré nada. Te quiero dentro. Quiero que te entregues a mí. —Sentenció, abrazando mi cuerpo con fuerza, descontrolado, besando mi cuello y mordiéndolo con una mezcla de demencia y dulzura, el deseo arrancándole la razón— Te quiero mío, Levi. ¿Entiendes? Quiero que tú… todo tú seas mío. Todo…
—Lo soy, Eren. Y tú también eres mío.
—Mierda, me tienes tan enfermo…
—Y tú me tienes adicto…
Sus gemidos eran diferentes a todo lo que había oído antes. No sonaban como un hilo de aullidos estúpidos e ininterrumpidos que te llegan a marear, sino que eran ligeramente graves, suaves y brotaban de forma algo constante, sus brazos atados en mi espalda, rasguñándola tiernamente con toda su necesidad.
—Ah, lo haces… tan bien… me tienes en un puto cielo… —pronunció, mientras yo me sentía desfallecer por la bendita presión de su entrada en mi miembro, que se clavaba en su interior tan profundamente como podía, golpeándolo de manera certera.
—Eren, te sientes… increíble…
Nunca había hablado tanto durante una relación sexual. Carajo, ahora que me ponía a pensar, en realidad nunca había hablado. Todo lo que había dicho en todos mis encuentros se reducía a "espérame en lo que me pongo el preservativo". De verdad, eso era lo único que murmuraba y luego me limitaba a coger hasta cansarme. Pero, con Eren…
Con él, tenía la necesidad de que su cuerpo se derritiera entre mis manos, y también su oído con tantas palabras o, más bien, tantas verdades… al decirle que su cuerpo era un milagro, que follarlo era mi locura y mi perdición, que sentirme dentro de él me iba a sacar un jodido infarto de tanto placer…
Entonces, golpeé algo dentro de él que casi me hizo retorcerme del gusto, incluso, mi cuerpo se había doblado de satisfacción al tocar aquello, casi trabándose por una oleada de placer que me recorrió y me paralizó por unos segundos. Aquel lugar se había sentido como una almohada suave y demasiado caliente, como un cúmulo de nervios. Esa parte había sido una puta delicia dentro del cuerpo de él… Y, justo en el instante en que la golpeé, Eren había soltado un grito enloquecido de gozo, sumergido en él.
—¡Ahí! ¡Da-Dale ahí otra vez!
Carajo, no sabía dónde rayos estaba. No recordaba cómo me había movido para atacar esa sección. ¡¿Dónde diablos estaba?! Debí practicar con otro hombre… bueno, no. Me gustaba que Eren fuera el primero y el único, pero ésta era la maldita desventaja…
—Dame un segundo.
—¡¿Qué?! —Vociferó, furioso— ¡¿Te vas a tardar un segundo?! ¡Demonios, dale ahí pero YA!
—¡Que te esperes, mocoso! ¡Tengo que buscar!
—¡Mierdaaa…! —Aulló, desesperado, agitando la cabeza de frustración.
—¡Cállate, no ayudas!
—Ah, pá-pásame mi móvil… ahorita busco dónde era… —Decidió, moviendo su cabeza en dirección al buró, indicándome dónde agarrar el teléfono. Su rostro precioso y perlado de sudor.
—¡¿Estás demente?! —Le grité— ¡No te lo voy a pasar! ¡No necesito esa mierda para encontrar nada!
—¿Qué parte era? —Me preguntó, urgido por saber. Giré los ojos, pensando.
—Tal vez era tu próstata…
—¿Va con acento?
—Sí, y en el medio con ese, ese de Santísimo Estúpido.
—Gracias. —Soltó, mirándome con molestia— Bueno, pásamelo ya, no quiero perder más tiempo —habló, hambriento de aquella sensación y desesperado por volver a sentirla.
—… Ya te dije que no necesito tu móvil para encontrar tu próstata. Quiero aprenderme tu maldito cuerpo, ¿oíste? No quiero que nada ni nadie me diga en dónde carajos está cada parte de ti, yo lo encontraré todo mientras te cojo… —Le aseguré, y vi cómo su rostro se ruborizaba, tan caliente por todo lo que le decía.
—N-No te tardes…
—No lo haré.
Volví a recostarlo en el colchón, colocando mis brazos a ambos lados de su rostro y lo besé antes de seguir buscando. Primera estocada… nada. Segunda… no, no aparecía. Comencé a enfurecerme y, justo en ese momento, me impulsé con una maldita fuerza hacia delante, encajándome en él y, en ese instante, vi cómo su cuerpo se retorcía de pronto y de su boca salió un grito que retumbó por la recámara, sus ojos volviéndose blancos por un segundo, mientras soltaba un "¡Ah, maldita sea, Levi!" tan enloquecido y extasiado que me arrancó una risa.
—Oh, aquí está. —Murmuré, sonriendo burlonamente— Te escondías, ¿eh?
—L-La encontraste… —dijo con un tono de felicitación, y me besó lenta pero eróticamente como premio— ahora… —comenzó, clavándome una mirada de decisión, para luego agregar seriamente— ahora quiero que le des a ese lugar como un enfermo. Quiero que lo destroces, ¿me escuchaste?
—… Lo haré. —Respondí y, acto seguido, le metí una estocada tan profunda que brotó un gemido tan ensordecedor que tal vez se oyó a tres calles. Y, desde ese momento, no paré. Ni un segundo.
Comencé a cogerlo de manera brutal, como un zafado, sintiendo sus entrañas palpitando en torno a mi miembro y abrazándolo casi envuelto en llamas. Aquella estrechez me hacía perder la cabeza, se sentía tan jodidamente delicioso que creí que me iba a desmayar…
En ese momento, la imagen de Eren debajo de mí era lo más glorioso que había visto en toda mi miserable vida.
Su cara caliente y enrojecida, perlas de sudor resbalando por su rostro y por su cuero cabelludo; la cara de perfil apoyada en la almohada, un rastro de saliva resbalando de su boca entreabierta, intentando controlar su respiración. Sus labios muy hinchados y rojos por todos los besos que le había dado esa noche; sus pupilas ocultas tras sus párpados, totalmente en blanco… casi pude ver las malditas estrellas en su mirada extasiada y perdida, y dos lágrimas deslizarse por su rostro, asfixiado de tanto placer.
Y lo haría sentir aún mejor.
Lo besé, recorriendo cada rincón de su boca y chupando ruidosamente su lengua. Eren ni siquiera respondía, estaba tan atontado de aquella explosión de delicia que ni siquiera podía reaccionar… lo había llevado a otra dimensión. Tal vez a la misma en la que estaba yo.
Pero todavía podía llevarlo más lejos… Estaba seguro de eso.
Quería que jamás olvidara esa noche. Quería que acabara loco y afónico de todo el placer que le daría, porque yo todavía podía seguir…
—¿Más, Eren? —Pregunté, paseando mi lengua por su pecho casi ardiendo, a la vez que sentía y recorría su abdomen ardiente con mis manos.
—D-Dios…
—Lo tomaré como un sí…
En ese instante, salí de él y lo giré, dejándolo en cuatro en el colchón, sintiendo su cuerpo débil, casi paralizado y entumecido de tanto gozo.
—Eren, ¿estás bien?
—Ah… s-sigue… —Pidió, casi sin voz, y me introduje en él de golpe, clavándome en su interior, tal vez incluso rasgándole el alma y sacándole un gemido que casi me dejó sordo. Noté que estaba mordiendo un pequeño bulto formado por las sábanas, avergonzado de sentir tanto goce y de hacer tanto ruido.
—Déjame oírte… —Le ordené, y casi me asombré al oír tanto deseo en mi voz. Sonaba como un maniaco sexual… jamás me había escuchado así.
—N-No… sueno como una puta…
—No suenas así. Eres música, Eren.
—¿Qué?
Y le expliqué, murmurando:
—Tus gemidos… son la mejor música del mundo. Déjame oírte… déjame escuchar cómo te arranco la cordura de lo bien que te follo…
Su cuerpo tembló de tanta excitación.
—Eres un… maldito c-creído…
Entonces, le dije al oído:
—No te ocultes… Me vuelve loco tu maldita voz.
—¿Ah, sí? —Preguntó, un poco asombrado, incluso algo tímido.
—Y tu cuerpo… y tus labios… y tus brazos… y tu entrada ardiendo y abrazándome…
—A-ah…
—¿Sigo? ¿O ya estás cansado? —Le pregunté, sin despegar mis ojos del espectáculo que me estaba brindando, el de su cuerpo y su rostro de perfil inundados de placer.
—Tú… tú no has terminado… —Contestó, en voz baja, rehuyéndome la mirada— Tal vez yo… bueno, yo no… —Y se pausó durante un rato.
—¿Tú no qué? —Quise saber. Tardó en responder.
—Como… como no te has corrido, pensé que… bueno, que tal vez yo no te caliento tanto…
Me quedé pasmado. ¿Qué acababa de decir este tarado?
Había estado a punto de correrme varias veces, había sido una tortura no correrme, pero me había mentalizado no hacerlo. Estuve en mi límite en más de tres ocasiones, pero no quería perder la maldita erección, así que me distraje a propósito. Quería mantener esa rigidez hasta poder sacarle el alma a Eren, hasta hacer que se desfalleciera de satisfacción, era por eso que no me había corrido aunque me muriera de ganas por hacerlo…
—¿Dices que no me calientas? —Le pregunté, en voz grave— Ah, mocoso imbécil… —Y empecé a explicarle: —El solo verte basta para que me ponga dolorosamente duro… de hecho, el solo pensar en ti hace que me dé una puta erección en menos de un segundo…
—Rayos, n-no seas tan… obsceno…
—Entonces no digas tonterías —le regañé, para luego murmurar—. No te va bien decir que no me enciendes, porque… tú eres fuego, Eren. —Y, acto seguido, comencé a recorrer su espalda con mis labios, repartiendo besos en ella y oyéndolo deshacerse en suspiros.
—Levi, Dios…
—Quiero que gimas para mí… me gusta. Tu maldita voz es mi droga, me vuelve loco… tú… tú me vuelves loco…
En ese momento, volteó su rostro tras su hombro y me vio, sus ojos nublados de placer.
—C-carajo, bésame… —me pidió, y vi sus pupilas infestadas de todo aquel jodido amor que yo le había inyectado desde que lo besé en ese bar, saboreando el vino… aquel vino que nos trajo hasta acá, no exactamente porque nos hubiera emborrachado…
Eren no tuvo que decir más. Tras sus palabras, me arrojé a sus labios como si estuviera muerto de hambre, muriéndome por devorarlos y enterré mi lengua en cada milímetro de su boca, recorriéndola y conquistando cada fibra de ella, pasándola por sus dientes, su paladar, sus encías… para luego succionar dulcemente su propia lengua, tragándome su sabor como si se tratara de mi heroína. Besar a Eren era lo mismo que drogarme, me dejaba tan enloquecido y tan embrutecido, siempre buscando más y más, hasta perder la cordura.
—¿Quieres que siga? —Le pregunté de nuevo, y fue la primera vez que escuché un toque algo suave, casi cálido, en mi jodida voz.
—S-sí… —contestó, extasiado— quiero… quiero dártelo todo a ti, así que… tómalo todo.
Besé sus labios al oír su respuesta, y repliqué:
—Lo tomaré sólo si… tú también lo tomas todo de mí. No es mucho. —Musité en su oído y lo vi sonreír débilmente, ligeramente adormilado pero tal vez enternecido por mi respuesta, no lo sabía. Incluso a mí me sorprendían esas palabras. El amor pendejo te hace cosas extrañas.
—Esto es… es excesivo, Levi. —Expresó, de pronto— Tú eres… rayos. Cada día te clavas más, cada minuto te entierras más, cuando deberías de salirte…
—No, Eren. —Lo contradije— Quiero dominarte. No sólo quiero tu cuerpo, quiero tu boca, tu voz, tu pensamiento, tu razón… Lo quiero todo. Soy un puto egoísta, ¿y qué? Debes dármelo todo. Lo deseo. Quiero tenerte, llenarte… quiero estar en todos lados dentro de ti.
—L-Lo estás… —Admitió, en voz baja y, enseguida, su mano se hundió entre mi pelo, guiándome hacia su boca gloriosa, besándome de una manera que me paralizaba, que me quitaba la respiración y me destrozaba la razón. Era un beso lleno de necesidad, de locura, de adoración… y con todas ellas pinté su cuerpo aquella noche, sintiéndolo temblar bajo mis manos, su piel reconociéndome como su dueño. Lo era. Esa noche, Eren era completamente mío, se lo había quitado incluso a Dios. Lo amé como jamás quise a nadie, una entrega tan pura y tan real.
Pero aún me faltaba marcarlo. Me faltaba lo último…
—Eren.
—¿Hm?
—Dime, ¿dónde quieres que me corra?
Se tardó en responder, y sólo dijo en voz muy baja:
—… Donde quieras.
—No, dímelo tú. —Contesté, acomodándome nuevamente para tomarlo. Quería hacerlo eyacular y finalmente hacerlo yo también.
Él musitó algo, pero no lo oí.
—¿Qué? —Pregunté.
—D-Dentro… —Susurró y, al escucharlo, algo en mi jodido interior se apretó. Me acerqué a su oído, mi pecho apoyado contra su espalda perlada y exquisita.
—No te oí. —Mentí, y vi que quería ocultar su rostro, pero no se lo permití.
—Sí me oíste.
—No, de verdad que no. Dime dónde.
Pasaron unos segundos de silencio, su cara completamente enrojecida.
—Eres… un sádico…
Sonreí. —Dónde, Eren. —Insistí.
—De-Dentro, carajo… —Repitió, en voz muy baja, y volteé su cara hacia mí, sus ojos desviándose inmediatamente huyendo de los míos, muertos de la maldita pena—… Hazlo dentro.
—¿Dentro de ti?
—Hm-hum…
—¿Para que te llene?
—Maldición, ¡ya! —Susurró, su cara a punto de resbalarse de la vergüenza— Sólo c-cállate y hazlo…
Entonces, olí y besé su bendito pelo castaño con toda aquella locura que él, y sólo él, podía hacerme sentir.
Él había dicho "dentro"…
—… Será un placer. —Respondí y, al penetrarlo, en su interior volví a encontrar el maldito alivio. Eren gimiendo quedito para mí. Entonces, tomé su cadera y le pregunté— ¿Puedo darte muy fuerte?
—Hazlo como te guste… —Replicó, quedito.
—Creo que te arrepentirás de la respuesta. Mañana no te vas a poder parar. —Le contesté, con un tono ronco.
—No soy tan débil. —Aseguró, con un toque de reto en su voz— Sin importar cómo lo hagas, caminaré perfectamente porque soy fuerte.
Me empecé a reír de manera sarcástica.
—Ah, ¡qué cruel! ¡Sí soy fuerte, maldición! —Insistió, enojándose después cuando mi risa irónica y cínica subió de volumen. Pero, de pronto, bajó la voz y comentó— Diablos. Tu risa es… tan sensual. Ríete más seguido, carajo… O no. Bueno, no sé. Ríete para mí. Sólo para mí, ¿eh? En realidad, tu risa debería estar prohibida… Podrías embarazar a alguien con esa bendita risa.
Su comentario me halagó tanto que volví a llenarle la espalda de besos, lamiendo su columna y dejando mi aliento en ella, sintiéndolo tensarse dulcemente debajo de mí.
—… Me sorprendes, Eren. —Le confesé en voz baja y, luego, murmuré en su oído— Eso es lo mejor que me han dicho en mi puto cumpleaños…
Silencio.
Mucho, mucho silencio.
Y, medio minuto después:
—¡¿En tu QUÉ?! —Gritó.
—Y tú has sido mi mejor regalo…
—¡Levi! ¡¿Por qué no me lo-?!
Pero, justo en ese instante, me introduje en él de una estocada y golpeé su próstata al primer intento, arrancándole un grito glorioso que me había encendido de vuelta. Él estaba respirando de forma frenética, mientras yo me detenía para que volviera a acostumbrarse a la intromisión, que se adaptara al intruso que lo haría perder la cabeza…
—¿L-Levi? —Me llamó un minuto después, casi inseguro, y coloqué mi cara en su hombro para que supiera que lo escuchaba. Entonces, con un hilo de voz, sólo dijo suavemente— Feliz cumpleaños…
Otro silencio.
Maldición. Cada vez… con cada cosa que hacía, ese estúpido se me clavaba más hondo…
Esas dos palabras y ese tono tan cálido, me habían estrujado el maldito interior, haciendo que se derritiera… La maldita sensación que me causó con sus palabras fue tan fuerte que incluso sentí los ojos escocerme, tal vez del sueño, o de la calma y alegría que él me había hecho sentir aquel día. Por la bendición de poseerlo en esa nochebuena. De dejarme abrazarlo, besarlo, tocarlo y estar dentro de él… y por dedicarme esas dos palabras de felicitación con aquella sonrisa dulce, a la vez que me besaba tibiamente, con devoción, girando la cabeza tras su hombro y enterrando una de sus manos en mi cabello, acariciando las mechas negras y bajándola para hacer círculos en mi nuca, casi con dulzura. Su boca me supo al maldito paraíso… y su interior contrayéndose en mi miembro dulcemente, expectante… esperándome.
—… Gracias. —Respondí, sintiéndome más adicto a él que nunca antes, al punto de que estallaría y no pude evitar quedarme viéndolo por algunos minutos como si quisiera que se me tatuara en las pupilas… su imagen en medio del sexo, justo tras separar sus labios de los míos con un delgado hilo de saliva uniéndonos, me había calado profundo. Se me había enterrado hasta en lo más interno, y sabía que aquella imagen me seguiría hasta que muriera. Era lo más glorioso que había visto… Eren era lo que más había deseado en la vida y lo mejor que había tenido…
—Levi… rápido, córrete dentro. —Urgió, un poco más audible, sus ojos mirándome con hambre— Te has encargado de mi placer toda la noche, ahora sigues tú. Hazlo, lléname… porque, si no lo haces… no me sentiré tuyo. Y me gustaría serlo. —Afirmó, mirándome directamente. —Puedes hacerlo como te dé la gana, me gustará cualquier cosa que hagas porque eres tú.
Esas palabras fueron como un imán para mí, atrayéndome inmediatamente a sus labios, completamente loco por él. Y, en ese instante, me recorrió un latigazo de placer cuando sentí a Eren incrustándose en mi miembro, penetrándose él mismo más profundo y gimiendo dulcemente, endureciéndome.
—… Te-Termina. Y hazlo como te guste. —Me invitó, su voz nublada de ganas, y no tuvo que decir más.
Coloqué su rostro en la almohada, de perfil para que no se ahogara, levantando su cadera y afirmándola en dirección a mi erección, para luego introducirme en él lenta y tortuosamente. Vi cómo el cuerpo de Eren se retorcía y cómo su boca emitía un gemido largo y quebrado, junto con mi nombre, en un tono de infinito placer que finalmente destapó toda mi lujuria…
Oír mi nombre en sus benditos labios y observar su cara de perfil contraída de gozo, fue demasiado para mí. La escena me calentaba tanto que sentí que explotaría y ya no pude más. Quise llegar al interior de él como un enfermo… Cogí su cadera con fuerza, empezando un maldito vaivén enloquecido y frenético, que hizo que Eren compusiera una sinfonía de suspiros y gemidos, intercalados con mi nombre, brotando de sus labios enrojecidos de una manera tan sensual, entrecortada y erótica que creí que perdería la cabeza… Y me pidió a gritos que le diera más. Más fuerte, más profundo… Y quise concedérselo aunque no pudiera levantarme al día siguiente…
—Ah, Levi… esto se siente… m-mierda…
—Después de esto, serás mío…
—S-Sí…
—Completamente. Lo eres, Eren. Lo eres desde el puto día que te conocí…
—A-ajá…
—Si ese día no hubieras tomado ese… ngh… m-maldito vuelo… te hubiera cogido como un animal en ese baño. Maldición, lo sabes, Eren…
—Ah, rayos… —Soltó él, su voz repleta de lujuria— Cuando te vi por primera vez… n-no podía creer que fueras real… yo n-nunca me había fijado en- ¡ah, por un demonio, Levi! ¡Eso fue-! —Gritó, por un movimiento que hice que lo había sacudido, arrancándole una leve convulsión de placer.
—¿Qué decías…?
—N-Nunca me había fijado en un hombre… nunca se me hubiera ocurrido… yo jamás pensé que un hombre me… pues, me haría sentir-
—No. No un hombre cualquiera. Sólo yo. —Lo interrumpí y le di una estocada tan profunda para que no lo olvidara, tan fuerte y posesiva que gritó por toda la jodida habitación.
—Qué… maldito celoso… —hiló entre gemidos entrecortados, sin poder respirar bien de tanto goce.
—Lo soy, Eren. Cuando se trata de ti…
—¿Eh?
—Tú… tú eres todo lo que me importa. El mundo se puede ir al carajo mil veces. Todo estará bien si estás tú, mierda… —Le dije, en voz baja.
—Levi…
—¿Hm?
—En serio… m-me encantas… —repitió— Ah, maldición, ya no —pausó, temblando con los primeros espasmos del orgasmo— n-no puedo m-más…
Entonces, lo penetré de una manera tan profunda y bestial que le arranqué los gemidos más fuertes de aquella noche, y de pronto sentí cómo su cuerpo se paralizaba ante aquel orgasmo que lo sacudió, para luego perder el equilibrio y desplomarse en el colchón.
Mientras esto ocurría con él, yo había soltado un gruñido totalmente fuera de mí, con unas oleadas de placer azotándome como descargas eléctricas, de una manera tan intensa que todo a mi alrededor se volvió negro, arrancándome un gemido ronco y largo hasta que llegué al clímax corriéndome abundantemente dentro de Eren. Esto ocurrió justo en el momento en que la entrada de Eren palpitó y se contrajo exquisitamente cuando él alcanzó el orgasmo segundos antes de mí, apretando mi miembro de manera hambrienta y abrasadora.
Su orgasmo me había arrastrado al mío en pocos segundos: En mi caso, al alcanzarlo, mis rodillas temblaron y fue un clímax tan fuerte y tan potente que mi cuerpo flaqueó y se derrumbó encima de Eren, derrotado por el placer. La cara del castaño había aterrizado en la almohada y la mía en el hueco entre su nuca y su hombro. Mi respiración ruidosa y descontrolada salía por mi boca como una bestia enfurecida, arrítmica. Y Eren tampoco podía más.
De pronto, lo oí gemir quedito, seguido de un ruido muy leve pero extraño de un líquido resbalando. Aunque casi no tenía la energía ya ni de mover los párpados, quise ver qué carajos había sido ese ruido, y noté que mi semilla se había deslizado lentamente por los muslos de un Eren totalmente exhausto y desfallecido de tanto goce. Mierda, aquella imagen me había puesto duro de nuevo…
—… no está mal. —Fue todo lo que dije al ver la escena, casi hipnotizado por ella.
—¿El… el qué…? —Me preguntó, apenas recuperando el aliento.
Pero no le respondí, sólo volví a acomodarme entre su nuca y su hombro, cerrando los ojos y sintiendo su bendito y maldito cuerpo. Su espalda firme, caliente y perlada de sudor justo debajo de mi pecho. Diablos, casi podía sentirme dentro de él.
Y me di cuenta de algo.
No, más bien, estaba convencido de eso.
Lo que había hecho con Eren no era sexo. Estaba seguro, no se parecía pero ni de lejos, en absolutamente nada. Yo acababa de hacer el puto amor con él…
Y era mío. Finalmente Eren era mío… y si antes el mocoso me atraía, no podía describir cómo me sentía en ese momento después de tomarlo: Ahora, cada maldita vena de mi ser le pertenecía, cada centímetro de mi cuerpo y de mi boca, cada pensamiento… Todo lo mío estaba ocupado por él y, como un pago justo, él también era de mi completa propiedad. Yo acababa de tomar todo de él y de entregárselo todo. En ese instante, me di cuenta de que Eren ya no me gustaba, sino que iba mucho más allá: Ahora él era mi puta droga, mi maldita obsesión y necesidad. Eso fue lo que pensé, mientras mi cuerpo seguía vencido e inmóvil por aquel orgasmo, en el que finalmente había podido tener lo que más deseé en la vida y por lo que, a cambio, renuncié a todo:
A mi matrimonio equivocado, a mi resistencia de querer al hermano de la mujer con la que me casé… incluso renuncié a la idea de no querer a una persona tan arrebatada e impredecible como él, que contrastaba tanto conmigo… Pero tal vez era justamente ese choque lo que me tenía tan loco por él.
Sin poder evitarlo, sintiendo su cuerpo debajo del mío, até mis brazos frente a su pecho y le dije la verdad más grande que había en este mundo de mierda.
—Eres… mi puta vida, Eren.
El castaño seguía intentado regular su respiración, totalmente agotado. Tal vez me había pasado un poco con él…
Mientras esperaba a que se calmara, una de sus manos me causó curiosidad, y se me ocurrió algo. Toqué su dedo anular, agarrándolo distraídamente y mirándolo. En realidad, estaba haciendo una medida tentativa… pero no podía dejar que él se diera cuenta.
—¿Tiene algo raro mi dedo? —Me preguntó de repente y casi sin voz, al sentirme hacer aquello. Estaba casi seguro de que la medida de su dedo era nueve…
—No, nada. Es un dedo de mocoso tonto. —Respondí, quitándole importancia, esperando que se callara y no escarbara más en ese detalle.
Tenía tiempo con esa locura en la cabeza. Incluso se la mencioné a Eren en el baño del bar, pero… no fue hasta esa noche, ese momento de estar en la cama con él tras el encuentro tan intenso que se me grabaría hasta en la puta sangre… no fue hasta ese instante que aquel deseo latió por mis venas de una forma demente e incontrolable.
La maldita locura de pedirle al tarado que fuera mi esposo…
Si él había elegido la segunda opción, mi intención con él era ésa. Y pensaba pedírselo de una maldita manera tan impresionante que su cerebro de nuez ni siquiera podría considerar la opción de rechazar… Para darle una argolla, necesitaba conocer su medida primero, aunque me tardara medio año haciéndole el mejor anillo que pudiera existir.
Eso fue lo que pensé. Y guardé la medida como nota mental, sin decir nada. Incluso me dieron ganas de golpearme cuando sentí una leve pero jodida sonrisa nacer al pensarlo; y Eren, confundido, sólo me preguntó por qué carajos había sonreído.
Fin del capítulo 10.
Notas: Hola. Muchas gracias por leer y por los comentarios tan bellos, que he respondido por PM o chat. Qué valentía quien haya llegado hasta aquí. Os felicito, guerreros/as, que sois temerarios/as. (?) Ojalá el lemon no los haya decepcionado.
Título inspirado en la canción Luna de Zoé, porque no sabía cómo ponerle al capítulo. "Donde lo hacen" parecía brutalmente honesto y no muy buena opción (…) así que gracias a estos niños tiene un nombre más o menos decente.
Por último, cualquier comentario, duda o sugerencia pueden hacérmela saber.
Un abrazo fuerte y gracias por leer este fic.
