Gracias a todos por vuestros reviews. Aquí os dejo con el siguiente capítulo.

DETRÁS DEL VELO

10. Tierra y lluvia

Y queda también advertido de que en estas tierras del sueño más allá de las Puertas del Sueño Profundo, la distancia y las medidas tienen poco sentido, y que queda más allá de las capacidades de la carne ir de un lugar a otro en línea recta, ya que allí todo es curvo y circunstante; camina con cuidado y busca la senda, y la encontrarás.
(Abdul Alhazred)


Cuando Kingsley llegó a la noche siguiente encontró a Remus increíblemente agitado, paseando por el salón y revolviéndose el pelo de vez en cuando.

-¿Qué le ocurre?

-Está nervioso –Moody no parecía mucho más tranquilo, pero al menos su cojera le impedía dar tantos paseos.

No era normal ver al licántropo en ese estado. Al menos Kingsley no recordaba haberlo visto así nunca. Remus siempre se mostraba tranquilo, calmado y paciente. Pero ahora, no dejaba de retorcer sus manos y sus movimientos agitados parecían los de un lobo enjaulado. Cuando el licántropo lo vio entrar dio un salto de alivio.

-¡Kingsley! Menos mal que has venido.

-Os prometí que lo haría y aquí estoy. ¿Acaso creías que os dejaría tirados?

Remus negó con la cabeza y se acercó a los dos magos para sentarse junto a ellos.

-Bien –empezó el mago moreno observándolos con seriedad-. Quiero que me expliquéis exactamente qué es lo que pensáis hacer.

Moody y Remus se miraron.

-Tú vas a localizar a Black a través del espejo y cuando lo hagas, Lupin tomará una droga para llegar al mundo de los Primigenios y comunicarse con él. Si todo sale bien, el Hechizo de Ubicación lo guiará directamente junto a Sirius.

-¿Una droga? Un momento, no dijisteis nada de una droga. ¿Estáis seguros de que…?

-Por favor, Kingsley, eso ya lo hemos discutido.

-¿Qué tipo de droga?

-Loto Negro.

Kingsley los miró con expresión indescifrable.

-Supongo que sabéis cuáles son sus efectos.

-Sí.

-Pero, el Loto Negro…

-Todo lo que vayas a decirnos ya lo sabemos.

-¡Sólo me preocupo por él!

-¡Pues deja de hacerlo! Remus ya ha tomado su decisión y créeme, no va a cambiarla por mucho que digas. Yo ya lo he intentado y no ha servido de nada, así que vamos, no nos sobra el tiempo para perderlo de esta manera.

Kingsley los miró con seriedad unos instantes, pero la determinación en sus miradas acabó por convencerlo.

-Está bien –suspiró-. Vosotros sabréis lo que estáis haciendo.

Después de leer varias veces las instrucciones de Alhazred sobre el consumo del Loto Negro, Ojoloco sacó una bolsita de terciopelo de su túnica y vertió su contenido en el almirez que Remus había preparado.

-Hay varias formas de tomarla, pero creo que lo mejor será disolverla.

Remus asintió y esperó a que Moody terminara de machacar los pétalos de la extraña flor hasta convertirlos en un fino polvo de color negro. Luego los vertieron en una copa de vino y removieron hasta que todo quedó bien mezclado.

-Bueno, esto ya está.

Los tres magos se dirigieron entonces a la habitación y el licántropo se sentó en la cama mientras Ojoloco dibujaba un Triple Círculo de Protección alrededor del lecho.

-¿Estás preparado?

Remus asintió, aunque en realidad estaba bastante asustado y preocupado. Deseaba que todo saliera bien y la posibilidad de cometer cualquier fallo lo aterraba. ¿Y si se quedaba atrapado por siempre en aquel lugar¿Y si no conseguía atraer la atención de Sirius sino la de cualquier otro ser¿Y si descubría que verdaderamente Sirius estaba muerto?

-No te preocupes, todo saldrá bien. Ahora vamos a repasar: cuando yo te indique beberás la droga. Una vez entres en trance, Kingsley empezará el conjuro sobre el espejo para localizar al compañero. Tu espíritu se disociará del cuerpo. No sé lo que tardarás, pero si todo va bien, el hechizo de Kingsley te guiará junto a Sirius. Él no podrá verte, pero tú a él sí. Eso espero. Lo que tienes que hacer es avanzar hacia Koth, donde está el amuleto; recuerda que allí las distancias no son como aquí, no importa dónde estés, sólo piensa en el lugar al que quieras ir y éste aparecerá en la distancia. Más adelante lo llevaremos a la Torre. No avances muy rápido o Sirius perderá el rastro. ¿Has entendido?

-Sí. ¿Qué haré para volver?

-El alma volverá al cuerpo en cuanto el efecto de la droga acabe, pero si no, Kingsley y yo estaremos aquí para ayudarte a regresar.

-Bien.

-¿Alguna cosa más?

-Creo que no.

-Entonces, adelante.

Remus tomó la copa que Moody le ofrecía y la acercó a sus labios. Dudó unos segundos, pero finalmente bebió. El líquido le quemó la garganta. Recordó la primera vez que probó el whisky de fuego ante la mirada atenta y divertida de Sirius y James. No era nada comparado con aquella nueva sensación de ahogo, como si su estómago estuviera ardiendo. Boqueó seguido un par de veces para tomar aire.

-¿Te encuentras bien?

Desechó la mano que Ojoloco le ofrecía y se tumbó en la cama, apenas consciente de que alguien le retiraba la copa para evitar que cayera al suelo.

Su vista empezó a nublarse y se asustó cuando todos los músculos de su cuerpo se relajaron hasta casi dejar de sentirlos. Quiso gritar, llamar a Ojoloco, que estaba a su lado, diciéndole algo que no podía escuchar, pero fue imposible. Trató de relajarse y cerrar los ojos para concentrarse, pero justo en ese momento una fuerza extraña lo impulsó hacia arriba y sintió su cuerpo elevarse. Aunque en realidad, como comprobó más tarde, no era su cuerpo el que se había levantado.

Era una sensación curiosa: por un lado sabía que estaba tumbado en la cama, despierto, pero incapaz de moverse; por otro lado, se sentía tan ligero como la brisa. Su nuevo cuerpo, hecho de humo y niebla, se alzaba con tanta facilidad como si el punto de gravedad estuviera en el cielo y no en la tierra. De hecho, le resultaba difícil bajar. Sólo podía subir, subir como el aire. Se asustó. ¿Y si no podía regresar¿Y si se perdía y era incapaz de volver a su cuerpo? Se vio a sí mismo observándose desde la cama, se vio a sí mismo elevándose y alejándose. Y decidió ser valiente. Lo hago por él, pensó. Y se dejó llevar por aquella extraña fuerza que lo alejaba de la habitación.

Cuando dejó de resistirse empezó a girar con rapidez. Sintió una fuerte sacudida en el estómago. Los colores se empezaron a formar ante sus ojos con una calidez que lastimaba las pupilas. Remus era consciente de que su cuerpo físico se encontraba a salvo en su cama, pero aún así las sensaciones eran dolorosamente reales.

De pronto, el extraño remolino se detuvo y ante él estaban los constructores de las enormes pirámides, sudando y transportando los pesados bloques de piedra, cubiertos de la arena dorada y fina del desierto. Aunque no podía ver con claridad: era como si hubiera un extraño velo ante sus ojos que le hacía ver los objetos de forma distorsionada e irreal, como si hubiera delante de ellos un cristal defectuoso que alargaba las figuras, como si viera todo detrás de las aguas agitadas de un turbio estanque. Y de pronto los esclavos egipcios ya no estaban allí, y en su lugar apareció un enorme ejército, liderado por un hombre joven y apuesto vestido con una armadura romana. A su lado, el emblema del águila de las legiones de la ciudad eterna. Y apareció luego un hombre sentado en una barca, navegando por las aguas tranquilas de un lago lleno de niebla. Y vio a Raistlin, el poderoso mago que habían intentado invocar hacía unos días: con aquellos extraños ojos de pupilas en forma de relojes de arena y el pelo completamente blanco. Caminaba apoyado en un bastón, de cuya punta salía una poderosa luz, en mitad de un desierto inabarcable.

Recorrió varios lugares hasta que consiguió sobreponerse a la extasiada vista que se perfilaba ante él. De pronto sintió comos si alguien le tirara del brazo, guiándole a un sitio concreto y supo que Kingsley debía de haber terminado su hechizo.

Ante él se alzaba una llanura inmensa coloreada en tonos rojos y dorados. Aquél debía de ser el Abismo de Sarkomand. Después de un momento sus pies se posaron sobre la cálida arena. Sabía que allí las distancias no se medían por metros, pero caminar le pareció la opción más plausible. Así, al menos tendría la sensación de estar avanzando hacia algún lugar.

El desierto era una planicie herida por picos de rocas puntiagudas que sobresalían del suelo como puntas de lanza roídas. Filos cortantes que se alzaban gritando aullidos de viento y sombras de sed. A pesar de no ver a nadie, Remus tenía la sensación de ser vigilado por cientos de ojos. Y era una sensación inquietante.

Remus sentía su corazón estremecido por el espectáculo. Y apenas había visto nada, se dijo. ¿Cómo estaría Sirius, después de vagar durante más de un año por parajes semejantes?

-¡¡Sirius!! –intentó llamarlo, pero su voz sonó hueca. Apagada. Sabía que era imposible que lo escuchara, Moody ya se lo había advertido. Pero quería intentarlo-. ¡¡Sirius!!

Nada. ¿Dónde estaba? Según le explicó Ojoloco el hechizo de Kingsley le guiaría directamente a él. Pero no podía verlo. Lo único que veía era soledad y piedras afiladas. ¿Y si había fallado¿Y si el hechizo no había funcionado? Dio un par de pasos sin saber muy bien adónde ir.

Y entonces lo escuchó. Su voz: grave y un poco ronca. ¡Era él!

-¡¡SIRIUS!!


-Ya te lo he dicho. ¡Yo no pretendía cruzar ese maldito Velo! –Sirius parecía enfadado-. Si estoy aquí no es por mi culpa. Tengo que volver porque aquí no me ata nada. Porque allí hay gente esperándome.

-No importan tus razones. Todo tu afán no servirá de nada. ¿Cuántas veces te lo he dicho? No puedes salir de aquí. Nadie escapa de aquí. Yo no pude y tú no podrás.

-Si hay una entrada tiene que haber una salida. ¡Es así de sencillo! Además, yo no…

Sirius se detuvo en el acto. El corazón parecía haber dejado de latir. ¿Qué era aquello? Aquel olor… ¿Moony?

-¿Decías?

El animago sacudió la cabeza, sobrecogido y asustado. No quería creer lo que había sentido¡era imposible! No quería volverse loco. No tan pronto. Remus no podía estar allí, su mente le había jugado una mala pasada, eso era todo.

-No voy a rendirme –continuó en voz algo más baja, pendiente de lo que había a su alrededor, olfateando, mirando por si lo veía... ¿Pero qué estaba pensando¡Él no estaba allí¿Por qué se empeñaba en seguir haciéndose daño?-. Voy a encontrar la manera de volver.

-¿Alguna vez te han dicho que eres un poco testarudo?

-Sí, muchas veces –hizo una mueca-. Demasiadas. De hecho, siempre me salía con la mía porque se cansaban de llevarme la contraria… ¿Qué es eso?

No podía seguir ignorándolo. Había vuelto a percibirlo. ¡Era él! Tenía que ser él, nadie en el mundo desprendía aquel aroma, aquella dulce fragancia era sólo suya. De su lobo… Si no fuera totalmente imposible, juraría que estaba allí mismo, a su lado, murmurando algo a su oído. Era su olor, no había duda¿pero cómo…?

-¿Qué es el qué?

Sirius parpadeó, conteniendo las lágrimas de emoción, y trató de tranquilizar un poco su agitado corazón, que parecía a punto de salir de su pecho.

-N-nada.

El Guía se volvió hacia él y a pesar de que su rostro estaba como siempre oculto, Sirius pudo imaginar su expresión de curiosidad y sorpresa.

Pero el animago sabía que no debía darle ninguna pista. Si realmente había una posibilidad de que Remus, de algún modo, estuviera allí, no iba a delatarlo a su extraño acompañante, así que decidió hacer como si no hubiera notado nada, aunque aquel exquisito olor lo estuviera volviendo loco. ¿Sería él de verdad o alguien estaba jugando con él? No sabía qué pensar.

Pero el extraño olor continuaba, aunque de una forma más débil, como si se estuviera alejando. Sirius empezó a asustarse. No, no quería que se fuera. Pero el rastro se alejaba del rumbo que ellos seguían hacia la derecha. ¿Y ahora qué¿Debía arriesgarse y seguir aquella señal?

Se detuvo, y delante de él el Guía hizo lo propio.

-¿Ocurre algo?

Sirius dudó unos segundos, pero finalmente señaló hacia el lugar por el que se alejaba el rastro.

-Voy a seguir por ahí.

En menos de un segundo, el Guía estaba frente a él.

-¿Por qué?

Sirius se encogió de hombros tratando de parecer casual.

-No lo sé. Simplemente quiero seguir ese camino.

-Por ahí no hay nada.

La voz sonó extrañamente fría y metálica y Sirius sintió una chispa de esperanza.

-En ese caso, si no encuentro nada, me volveré y continuaré por donde tú digas. Tengo todo el tiempo del mundo para recorrer estos lugares. Pero ahora quiero tomar ese camino.

El Guía se encogió de hombros y Sirius lamentó no ver sus ojos para saber qué era lo que en verdad pensaba.

-Haz lo que quieras. Acabarás dándote la vuelta.

Sirius empezó a caminar. El olor era cada vez más suave, cada vez estaba más lejos. Remus –pensó-, por favor, no te vayas, no me dejes. ¡Espérame!


-Ya vuelve en sí. ¡Remus, despierta!

-No parece encontrarse muy bien. Traeré un poco de agua.

-Remus¡Lupin! Vamos, abre los ojos.

El licántropo parpadeó. Podía oír las voces, pero parecía que estuvieran a varios kilómetros de distancia. ¿Cómo es que estaba allí? Hacía apenas un segundo se encontraba en aquel desierto paraje, guiando a Sirius hacia el amuleto. ¿Cómo es que había regresado tan pronto?

-Ya despierta.

-¿Cómo te encuentras?

Remus miró a sus amigos.

-¿Qué ha pasado¿Por qué he vuelto tan rápido?

-¿Rápido? –intercambiaron una mirada de sorpresa-. ¡Llevas más de dos horas en trance! Empezábamos a preocuparnos.

-¿Dos horas?

Ojoloco lo ayudó a incorporarse.

-¿Qué ha pasado¿Lo… has visto?

Remus asintió con la cabeza, demasiado alterado para hablar. Agarró el brazo que Kingsley le ofrecía y trató de incorporarse, pero no se levantó de la cama. Estaba muy débil.

-Entonces¿ha funcionado?

-¿Y que…¿Qué ha pasado¿Se dio cuenta de que estabas allí¿Qué hizo?

-Vamos, déjalo que se recupere. ¿No ves lo pálido que está?

Pero Ojoloco no hizo caso, se sentó a su lado y siguió preguntando.

-Vamos, Lupin. ¿Te siguió¿Qué pasó¿Qué viste?

-Fue… una sensación inquietante –parecía confundido y desorientado-. El alma se separó del cuerpo, fue como si me zambullera en un estanque de agua helada. Empecé a viajar por algunos lugares extraños y después de dar algunas vueltas por fin llegué al mundo de los Primigenios.

-¿Cómo es?

-Pues… no sé, es difícil de describir: es un lugar muy grande y triste. Sentí mi alma estremecerse por el miedo y la desesperación. Al principio no lo vi y pensé que algo había salido mal, pero entonces oí su voz.

Remus temblaba mientras hablaba, se notaba que estaba muy excitado y nervioso.

-Lo viste –murmuró Kingsley sorprendido.

-Sí. Pero fue muy extraño. No pude verle bien. No como ahora os veo a vosotros. Era como si algo me impidiera ver las cosas con claridad cuando tomo la droga. Todo se ve borroso y difuminado, como si mirara a través de un cristal empañado. Pero él estaba allí. Estaba allí… -y la sonrisa se mezcló con algunas lágrimas que no pudo seguir conteniendo.

-¿Y él¿Te vio? –fue Kingsley quien hizo la pregunta, se notaba que aquello empezaba a interesarle.

-No. No pudo verme, pero creo que sí me percibió. Iba con alguien… Creo que se trata del Guía.

El licántropo y Moody intercambiaron una mirada de comprensión.

-Eso no es bueno –dijo el ex auror rascándose la cabeza-. Nada bueno.

-Sin embargo no parece que el Guía tenga mucho poder sobre él. Cuando Sirius notó mi presencia lo obligó a cambiar de rumbo y a seguir el camino que yo le señalaba. Creo que esto puede funcionar, Moody. Era como tú dijiste: cuando localicé a Sirius pronuncié el nombre de Koth y en menos de un segundo el perfil de la ciudad apareció ante mis ojos: pude ver sus columnas brillando bajo la pálida luz. A pesar de lo lejos que estaba pude verlo perfectamente, como si la ciudad se hubiera desplazado rápidamente ante mí. Pero en realidad la distancia no había cambiado. Empecé a caminar hacia allí y él me siguió. Pero no avanzamos mucho. Apenas unos pasos antes de que me trajeseis de vuelta.

-Entonces es cierto. Basta pensar en un lugar para llegar hasta él.

-Sí.

-Funciona –murmuró Kingsley alucinado-. Teníais razón. ¡Funciona!

Ojoloco asintió pero al momento se giró hacia Remus.

-¿Y cómo te encuentras tú?

-Cansado –trató de sonreír, pero no le salió muy bien.

-¿En serio¿No notas nada raro¿Ningún efecto secundario?

Remus sacudió la cabeza.

-Nada. Pero todo esto me ha dejado un poco agotado. Me siento como si acabara de pasar la luna llena.

-¿Quieres que te prepare algo caliente¿Una taza de té?

-No, gracias. Creo que me acostaré un rato. Necesito recuperar fuerzas.

Moody alzó las cejas extrañado. ¡Pero si últimamente resultaba imposible convencerle de que tenía que reposar!

-¿Seguro que te encuentras bien?

-Por favor, Moody…

-Como quieras. Si necesitas algo…

-Silbaré –Moody respondió a su sonrisa con una mueca-. ¿Os importa cerrar la puerta?

-Claro que no.

-Descansa.

-Gracias, lo intentaré.

Kingsley fue el último en salir. Cuando cerró tras él aún se quedó un rato con la mano en el manillar mientras Ojoloco bajaba las escaleras mascullando algo entre dientes. Los sollozos de Lupin no tardaron en oírse y Kingsley se conmovió al imaginar sus lágrimas. Desde que conocía al licántropo, nunca lo había visto llorar. De hecho lo primero que siempre recordaba de él era su sonrisa, amable y comprensiva. Lupin siempre había sido una persona triste, pero aquello no impedía que su personalidad emanara una tranquilidad y una ternura contagiosas. Por eso aquellas lágrimas eran tan dolorosas para el auror. Ahora lo sabía: Lupin estaba realmente afectado por todo aquello, la pérdida de Sirius lo había destrozado. Pues bien, él no iba a abandonarle. Había tomado su decisión: permanecería a su lado hasta el final.


Había desaparecido. El olor había desaparecido. Había llegado hasta allí, pero en aquel lugar el rastro se perdía, como si el origen del exquisito aroma hubiera muerto de pronto. Y él no quería moverse. No quería irse de allí por si volvía.

Cuando se transformó en animago, siendo un chiquillo, su sentido del olfato se desarrolló de manera sorprendente. Sus amigos creían que se burlaba de ellos cuando les decía que podía reconocer su aroma, pero era cierto. Remus lo sabía, porque también él tenía aquella parte animal. Sirius era capaz de localizarlo cuando estaba a escasos metros. Siempre. Su olor era tan característico: a bosque húmedo, a tierra mojada y a lluvia. Por las noches se deleitaba aspirando aquel dulce aroma, proveniente de la cama de al lado.

El mismo que había percibido hacía apenas unas horas.

¿Dónde estaba ahora¿Por qué se había marchado? Sirius olfateaba nervioso a su alrededor, buscando una señal. Pero ya no había nada.

-¿Hasta cuándo vamos a quedarnos aquí?

Sirius no contestó. No se movería hasta que llegara una nueva pista. Esperaría lo que hiciera falta. Después de todo, no tenía otra cosa que hacer.

-¿Cuánto vamos a esperar?

-Lo que haga falta.

Y sin más, se sentó en el suelo. Cerró los ojos y se dejó atrapar por los recuerdos.

Durante los últimos años en Hogwarts, pasaba las noches contemplando cómo su amigo fingía dormir en la cama de al lado. Él sabía lo que realmente hacía porque imitaba sus actos uno por uno: la espalda arqueada, los movimientos disimulados, los jadeos contenidos. Sirius siempre tenía su imagen en la mente cuando llegaba al clímax. Quizás no al principio: en un primer momento las chicas lo habían revolucionado como a los demás. Incluso llegó a salir con un par de ellas y sus primeros besos los compartió con adolescentes enamoradizas que le juraban amor eterno, rendidas entre sus brazos para luego decidir que querían más a otro.

Pero luego todo cambió. No supo muy bien cómo ni cuándo, sólo supo que de pronto sus sueños eran con él, que se había enamorado de aquellos ojos dorados y que no podía dejar de imaginar sus caricias, sus besos…

Intentó disimularlo, por supuesto. Intentó que nadie se diera cuenta, aunque al final había acabado por confesarlo a James. Él le aconsejó que se lo dijera, pero no quiso hacerle caso. Se reirá de mí, pensaba. O me odiará, o se sentirá tan avergonzado que no querrá acercarse y todo habrá acabado. Al menos así puedo disfrutar de su presencia, de su cercanía. Al menos así estaré a su lado.

Y se conformaba con ello. Por eso, cuando escuchaba sus jadeos contenidos en la oscuridad, cuando percibía los estremecimientos previos a aquellos orgasmos robados a la soledad de la noche, él se unía al silencioso ritual, imaginando que estaban juntos, que hacían el amor uno encima del otro, y no en camas separadas.

Moony nunca se dio cuenta, pero durante aquellos años, cada vez que tenía un orgasmo, había alguien, en la cama de al lado, coreando sus movimientos, gritando en silencio su nombre con la boca cerrada y los dientes apretados.

Luego, Sirius se arrepentía, y juraba que nunca volvería a hacerlo, porque le parecía que aquello era entrometerse en la vida privada del licántropo. Pero al final siempre cedía: era superior a él, y acababa masturbándose con furia, enfadado por no tener el valor suficiente para confesarle lo mucho que lo amaba.

Solía pensar que se le pasaría, que cuando acabara Hogwarts y dejaran de compartir habitación todo terminaría y volvería a sentirse libre. Libre de aquellos ojos de miel, libre de aquel cuerpo cuajado de cicatrices y de aquellos labios que podían cambiar su mundo con una sonrisa.

Pero se equivocó.

El final de los estudios no supuso el final de la amistad entre los Merodeadores y sin saber muy bien cómo Remus y él acabaron compartiendo piso. Bueno, sí que supo cómo: él llevaba ya tiempo viviendo solo y cuando la madre de Remus murió no tuvo dónde ir. Fue entonces cuando Sirius casi lo obligó a quedarse con él.

Y así volvieron a la antigua situación.

Mañana se lo diré, pensaba cada noche. Pero al día siguiente se conformaba con estar a su lado. Porque tenía miedo de que él dijera que no. Temía que él se asustara, que se marchara y lo dejara solo. Y de todas formas así era casi perfecto.

Somos como un matrimonio. Lo único que falta es el sexo.

Y así era en verdad: Remus siempre lo esperaba para comer juntos, hacían la compra los sábados y los fines de semana que no salían se quedaban hasta tarde viendo alguna película de misterio o de terror en la tele. Sirius recostaba sus piernas en las del licántropo y él, después de protestar un momento, acababa haciéndole cosquillas en la planta de los pies. Y terminaban enredados sobre el sofá, con las piernas entrelazadas, acariciándose distraídamente y hablando en susurros. ¿Para qué arriesgarse? Así era feliz. Lo tenía todo, excepto su cuerpo. (Y después de todo tenía muy buena imaginación).

No, no se lo diría, porque prefería ser un cobarde a perder lo que tenía. Fue así toda su juventud.

Y cuando por fin trece años después se atrevía a confesar la verdad y descubría que su amigo sentía lo mismo por él, todo acababa. ¡Y lo necesitaba! Lo necesitaba con toda su alma, deseaba estar con él, hacerle el amor hasta oírle suplicar que parara. Necesitaba demostrarle que siempre había estado enamorado de él. Que siempre lo había amado, porque aquella última noche no tuvo tiempo para demostrarlo. ¿Era por eso que había creído oler su aroma¿Por eso imaginaba que estaba allí, a su lado, susurrando palabras de aliento a su oído¿Se estaría volviendo loco?

Si era así había decidido que no le importaba: lo amaba. Y haría lo que fuera por volver a tenerlo a su lado. Si la locura era su última opción… le daría la bienvenida.

Esperaría. Esperaría a que volviera, porque sabía que lo haría. Y luego… ¿qué más daba? Luego la locura se apoderaría de él y así, al fin, podría ser feliz.

Continuará…


¡Por fin se han encontrado. Pobre Remus, después de tanto, consigue viajar junto a Sirius, pero lo que ha visto lo ha dejado impresionado. Es normal que se derrumbe cuando se queda solo. ¡Debe ser horrible ver a Sirius y no poder comunicarse con él! Pero parece que el animago se ha dado cuenta de su presencia. Debió sentirse realmente sorprendido cuando lo olió. Qué lástima, si hasta piensa que se ha vuelto loco… Pero bueno, parece que el plan funciona. ¿Vosotros que pensáis¿Saldrá todo bien? Personalmente adoro la escena en la que Sirius recuerda su juventud junto a Remus, me gusta cuando describe esas noches de sábado en el sofá. ¡Qué lindos!

Espero veros a todos en el próximo capítulo. ¡No me falléis!

DAIA BLACK.
M.O.S.