Capítulo IX "the gap between two worlds shall break"


En la imagen, Regina y Emma estaban de pie bajo el árbol de manzanas, sólo se veía la oscuridad de la noche rodeándolas, y la luz de la luna que se filtraba entre las ramas iluminando ciertas facciones de cada una; el cabello de Emma, los ojos de Regina, sus sonrisas... Parecía como si ninguna fuera a dejar de mirarse jamás, o quizá se tratara tan solo de una mirada de un instante que fue capturada en el tiempo, en un dibujo de ese libro.

De cualquier manera, había alguien que, en efecto, no iba a dejar de observar esa escena pronto, y ese era Henry.

La Autora lo contempló a él al principio, y luego pasó su atención a la forma en que la mano del muchacho retenía esa hoja del libro, negándole la chance de pasar página. Estaba tomándose un momento para apreciar algo que parecía demasiado bueno para ser cierto. El joven sentía que era una de esas cosas que debían ser valoradas como un tesoro en el momento justo, porque bien era sabido que momentos así eran más fugaces de lo que uno desearía.

Varios minutos pasaron para que él cayera en cuenta de algo, y su expresión cambiara. La luz que expresaba maravilla en su rostro se fue con velocidad, y sus cejas se contrajeron en desconcierto.

Es porque no tiene su corazón en su pecho, ¿verdad? —preguntó luego de unos cuantos segundos— Cualquier maldición debería romperse con un beso de amor verdadero, incluso la del Oscuro, ¿no es así? —levantó la vista a la Autora, y ésta le dio una sonrisa llena de empatía.

No, no es por eso, cariño —contestó, y dio vuelta la página, hacia el siguiente tramo de la historia, pero antes de seguir leyendo, decidió que le daría una mano—. La maldición del Oscuro es mucho más complicada que eso. Es muchísimo más difícil de romper que cualquier maldición antes creada.

Él no comprendió aquello.

Pero un beso de amor verdadero es la magia más poderosa que existe —interpuso él, confundido. La joven negó con un gesto de la cabeza y volteó a mirarlo con toda la seriedad del Universo en sus facciones.

Un beso de amor verdadero es poderoso, sí. ¿Pero sabes por qué lo es? —preguntó, y él lo meditó unos instantes.

Porque el amor verdadero es magia —contestó, y ella asintió con la cabeza.

Pero no cualquier magia, Henry. El amor verdadero es magia blanca. Es luz —explicó. Puso una mano en alto e hizo una pequeña bola de energía blanca en el aire, para poder explicar más fácilmente—. Esa clase de luz, está atrapada en el cuerpo de las personas que aman, en sus almas...

Entonces la joven llevó ambas manos a esa bola de energía, y la atrapó, impidiendo que la luz saliera. Henry arrugó las cejas, sin entender.

Cuando dos personas que verdaderamente se aman y se lo demuestran, es que esa luz que crean juntas se manifiesta en mayor magnitud y escapa —la Autora entonces movió un par de dedos a un costado y un pequeño halo de luz escapó del interior de sus manos—. Así ocurre con un beso, pero ésta es la mínima demostración de afecto existente. Incluso un abrazo puede llegar a ser más íntimo que un beso. ¿Sabes qué demostración de amor es más poderosa que un beso, para que cualquier maldición se rompa?

Henry lo meditó por unos cinco segundos, justo antes de que su rostro se volviera del color de un tomate, mientras recordaba una de sus últimas clases en la escuela, sobre anatomía y las funciones de ciertos órganos del cuerpo, y cómo la gente los usaba...

No me refería a eso, pequeño pervertido —la Autora rió con ganas ante la imagen del muchacho, rojo como una manzana—. Hablo de un acto de amor verdadero —completó la explicación, golpeando al muchacho en el hombro como si acabara de insultar a su madre, y negó con la cabeza, mientras volvía la vista al libro.

Henry, por su parte, no intervino más por un largo rato. Pretendía así poder olvidar ese pequeño inconveniente sobre teorías sobre el amor y sus formas de demostrarlo. Leer parecía la mejor forma de distraerse y dejar ir el momento vergonzoso sin más, asique fijó sus ojos en la siguiente hoja del libro...

Regina no comprendía como algo que había empezado tan bien, podía terminar tan catastróficamente.

El beso había sido mágico y cálido, y cuando Emma la había empujado contra el tronco de aquel árbol, su cuerpo se había deshecho en un escalofrío demasiado similar a una descarga eléctrica. Creyó que se rompería. Eso era como un alma gemela debería sentirse. Como si al tocar a otra persona te dieras cuenta que habías estado incompleto toda tu vida, hasta ese momento; ese preciso instante en que una parte de ti que no sabías perdida se une al resto. Como sentirse completa. Como no se sentía jamás con Robin. Pero ella no pensaba en eso en ese momento, sino en labios teñidos de rojo, en mechones de cabello que parecían hebras de oro enredados en sus dedos, y en como el aire le faltaba a puntos absolutamente no saludables y, a su vez, el mundo a su alrededor jamás le había parecido más hermoso, y vivo, y brillante.

—Emma —suspiró, y la mencionada inhaló aire por la nariz, tratando de contener los temblores que su nombre en los labios de Regina le causaba, en esa situación, con ese tono de voz, en ese suspiro, en ese momento...

—Hey —apoyó la frente contra la de la morena, permitiéndole respirar mayores cantidades de aire.

Regina no pudo ni siquiera contemplar contener la sonrisa que rompió en sus labios, mientras recordaba la primera vez que la había visto, y como su primer "hola" había sonado tan similar a ese "hey" que acababa de darle.

Si alguien le hubiera dicho, años atrás, que terminaría de esta forma, con aquella mujer en chaqueta roja de cuero que amenazaba romper su vida entera con su presencia, se hubiera reído tanto. Ciertamente hubiera reído primero, y quizá luego volviera a cometer cada error que la llevó a ese instante, sólo para poder sentir como el mundo se desarmaba delante de sus ojos y todo lo que ella podía ver era verde, y todo lo que podía sentir era Emma, y lo único que quería en el mundo era vivir por siempre allí, bajo ese árbol, con ella.

Otra historia era Emma, y lo que sentía ella. Regina lo experimentaba en primera fila. Todo era tan perfecto, puro, y grande que temía que su cuerpo no fuera a soportarlo; no cuando su propio corazón experimentaba sentimientos del mismo tipo. Temía que, si seguían así, con sus magia chocando cada vez que sus labios lo hacían, y su ritmo cardíaco subiendo cada vez más, su pecho acabaría por explotar como una supernova.

Habían reído mientras se besaban, como si toda la tensión del mundo hubiera explotado al fin y todo fuera simple y liviano. La última vez que Regina había reído entre besos databa desde años atrás, cuando tan solo era una niña. Y ni siquiera había sido de esa manera tan limpia, y con sonidos que escapaban de su garganta como carcajadas inocentes y llenas de ganas de simplemente ser.

¿Por qué demonios tardamos tanto tiempo en hacer esto?, se preguntó.

Había llevado sus dos manos a las mejillas de Emma Swan, había apoyado su frente en la de la otra mujer, había rozado su nariz con la propia y Emma le había sonreído una vez más. Entonces, cuando se acercó a besarla una vez más, un silbido llenó el silencio de la noche en que estaban y todo se rompió.

Una flecha avanzó con letalidad a su posición, y se incrustó en la espalda de Emma antes de que ninguna supiera qué estaba ocurriendo. La mujer rubia gruñó con descontento y soltó a Regina. En un segundo volteó hacia la dirección de la cual la flecha provino y, al siguiente, desapareció en una espesa nube de humo negro.

Donde Emma había estado parada instantes atrás, sólo una flecha había quedado en el camino como única evidencia de que había, en efecto, estado allí. Los colores rojo y blanco adornando la cola del arma. La reina se quedó sin aire de pronto, y miró hacia todas direcciones, tratando de encontrar rastro alguno de su acompañante.

—Emma —la llamó, con preocupación, y miró en dirección a la casa cuando vio, por el rabillo del ojo, como la luz de la habitación de Ruby se encendía. Demonios—. ¡Emma! —siseó bajito para no despertar a nadie más, y aún así manejó que sonara como un grito. Ninguna otra luz se encendió en la casa, y agradeció al sueño pesado de su hijo. Ruby, por otro lado, tenía sentidos animales y su oído no podía ser la excepción a la regla.

—Ya estoy de vuelta —canturreó alguien detrás de ella, y era la voz de Emma, pero sonaba tan distante como se rumoreaba que era con todo el mundo—. Tenía algo de lo que encargarme —añadió, y cuando Regina volteó a verla, notó por qué: Rojo brillante y parcialmente oscurecido, palpitando en su mano, había un corazón.

—Emma, por el amor de Dios, ¿es ese el corazón de Robin? —susurró escandalizada, y trató de quitárselo, pero la sheriff se echó para atrás con una actitud divertida.

—¿Por qué supones que es del ladrón? —preguntó la rubia, con una sonrisa infantil en sus labios, mientras buscaba formas abstractas en la oscuridad que se movía dentro del órgano mágico en su poder.

—Llámame adivina, querida, pero tengo una corazonada —la morena rodó los ojos—. Claro, además de que rojo y blanco son los colores de Robin —señaló la flecha en el suelo, con un gesto de obviedad.

—¿Y? —la Oscura se encogió de hombros y miró el corazón en su mano— Él me atacó a mí, por si no lo recuerdas, creo que eso me da derechos de hacer lo que sea que quiera con su criminal existencia.

—No, no en realidad —Regina se cruzó de brazos y alzó ambas cejas—. Deberías llevarlo a prisión por lo que hizo, no asesinarlo, nunca asesinarlo —estiró la mano hacia la otra madre de su hijo, y ésta la miró recelosa. Dio un paso hacia atrás y alejó el órgano de la mujer delante de ella.

—¿Por qué te importa tanto? —frunció el ceño, y Regina lo sintió en su pecho incluso antes de que Emma lo identificara. Los celos, la frustración, y un horrible y abrumador sentimiento de rechazo— Ah, claro, es que las almas gemelas no crecen en los árboles y quieres cuidar la tuya, ¿cierto?

—Emma, no —dio un paso adelante, pero Emma retrocedió de nuevo, riendo irónicamente—. Es por ti, te arrepentirás de lo que sea que tengas en mente en tanto entres en contacto con tus sentimientos —le dijo, e intentó tocarla; sólo eso bastaría para que reaccionara, pero Emma volvió a retroceder.

—Comprendo, bien —asintió una vez, y apretó un poco el corazón en su mano, lo que le ganó un grito de dolor proveniente de algún lugar entre unos arbustos. El rostro de Regina se volvió de pánico, y el de Emma de dolor—. Toma tu estúpido final feliz —le lanzó el corazón del bandido, y la alcaldesa lo atrapó en el aire—. Al final de cuentas, no puedo matarlo, Mary Margaret me lo ha prohibido. Agradécele a tu némesis, supongo.

La Salvadora Oscura se encogió de hombros, como un niño al que acaban de gritar, y un nudo se hizo en la garganta de Regina. Quería, por todos los medios, volver a tener a Emma como hacía un instante, brillante y reluciente, y para nada oscura, o herida como en ese momento.

—Emma, espera —Regina trató de alcanzarla; estiró su mano hacia ella, pero Emma desapareció en el aire, convirtiéndose en tan solo una brisa que pronto pasaría a ser inexistente en aquella noche.

Y Regina se quedó ahí, por varios minutos sosteniendo el corazón de Robin Hood en una mano, y el de Emma en su pecho, sintiendo como si el propio hubiera desaparecido junto con la Salvadora Oscura.

Se sentía como una intrusa, o una espía observando cosas que no le conciernen; pero la opresión que había experimentado el corazón de Emma cuando ella trató de ayudar a Robin Hood, esa tristeza, mezclada con oscuridad y la forma en que se sentía demasiado similar a un alma acostumbrada al rechazo, le recordaba lo mucho que le debía a esa mujer. Le recordaba culpas que a menudo aparecían, y que ella se negaba a sentir. Se repetía hasta el cansancio que a Emma no le importaba, que ya lo habría superado, que aunque ella no se disculpara tan seguido como debería, la había perdonado tiempo atrás. Pero ahí estaba, cuando Emma sentía algo ligeramente parecido al rechazo, o a la incomprensión y la soledad; ahí reaparecía. Como un perro que ha recibido demasiadas patadas en su vida y al ver un zapato cerca llora. Aunque la mujer que acababa de desaparecer lo negara hasta el fin de los días, su corazón no mentía, y ella se volvía a sentir como una niña sin padres, como una jovencita a la que su primer amor traiciona, a la que han dejado a un lado tantas veces que ha perdido la cuenta, y que seguirá viendo abandonos y decepciones en cada esquina de cada calle, por el resto de su vida.

Y esa sensación, Regina la acababa de revivir. Aunque no fuera su intención, y estuviera segura que no la dejaría por nada del mundo en lo que le restara de vida si de ella dependía, Emma no podía ver en su corazón como ella lo hacía, no era capaz de sentir lo que le provocaba cada vez que la miraba, ni como temblaba por dentro cada vez que la nombraba, y Dios la ayudara, como su ser entero había vibrado con ese primer beso que habían compartido.

Respiró hondo, sabiéndose inútil desde el momento en que había intentado seguir a Emma, y una barrera de magia le había negado el acceso, rebotándola hacia donde estaba como si fuera una maldita pelota de ping pong.

Esas malditas monjas y su molesto polvo de hadas.

Inhaló profundo y se apretó el puente de la nariz con sus dedos índice y pulgar. Emma Swan era una adolescente insegura cuando se trataba de sentimientos. Sobre todo llena de oscuridad como estaba.

Gruñó con rabia y con pasos pesados se dirigió hasta la mansión. Entró sin molestarse en amortiguar el sonido de sus tacones y, con un movimiento de su muñeca, cerró la entrada de un portazo.

—¿Regina? —Ruby bajó en pijamas por las escaleras, lentamente y tallándose los ojos con su mano derecha. La chica estaba semi dormida aún y sólo estaba de pie porque en sueños creía haber escuchado a la dueña de casa gritar "Emma"— ¿Estás bien? —miró detrás de la mujer, y luego a su alrededor, no viendo nada donde esperaba ver una cabellera rubia— ¿Emma no está contigo?

La mayor de las morenas sólo le lanzó una mirada severa, pero seguido suspiró. ¿Qué podía hacer? La señorita Lucas tenía un oído inhumano, y era amiga de la señorita Swan, era obvio que se levantaría a buscarla si algún idiota —en este caso la reina, para nada idiota, pero sí recientemente impulsiva debido a cierto corazón intruso en su pecho— gritaba el nombre de un compañero desaparecido. Era entendible. Asique ante la insistente mirada de la joven lobo, la reina se encogió de hombros, siendo esa la respuesta más simple que consiguió. Al parecer, eso la convenció lo suficiente como para que cambiara de objetivo.

—Oh por Dios, ¿es eso un corazón? —los expresivos ojos verdes de Ruby se abrieron de par en par, mientras señalaba la mano de Regina y su expresión se tornaba de horror. La otra mujer blanqueó los ojos.

—No es de Snow White, tristemente, si es lo que te preocupa —contestó con cierto anhelo y tristeza ante la idea de que, en efecto, no era ese el corazón de su alguna vez hijastra y némesis. La joven, por su parte, le dio una mirada de reproche por la pobre respuesta que había recibido. Regina simplemente ignoró el gesto, porque acababa de darse cuenta de que, de hecho, había alguien ahí fuera sin un corazón y con quien debía ajustar un par de cuentas.

—Es de Robin, larga historia —informó a la joven lobo y, seguido, llevó el órgano a sus labios—Ven —susurró, y si no fuera absolutamente tétrica la forma en que simplemente se podía controlar a una persona con simplemente sostener su corazón, hubiera sido devastadoramente atractivo. Pero Ruby no lo diría en voz alta. No mientras Emma fuera oscuramente peligrosa y considerara a esa mujer lo suficientemente importante como para entregarle su corazón. No. Bajo esos términos, Regina le parecía tan atractiva como una mujer barbuda.

Minutos después, un golpe débil en la puerta principal de la mansión llenó el ambiente. Para entonces Ruby ya había regresado a su habitación por indicación de Regina y, ésta última, se había encargado de insonorizar la sala. Necesitaba privacidad para lo que haría ahí, y el oído sobrehumano de la joven que hospedaba no era de fiar en asuntos de privacidad.

Cuando fue a recibir a su visita, el rostro pálido y expresión vacía de Robin Hood fue lo que le recibió. Graham sin corazón era por mucho más atractivo y, ante ese pensamiento, una pequeña ola de tristeza le recorrió el cuerpo, proveniente del corazón intruso en su pecho.

Demonios, se dijo, dándose cuenta que le debía más disculpas a Emma de las que recordaba y jamás consideraría pedir. Aunque no pudiera realmente arrepentirse, pues el cazador, por muy encantador que fuera, bueno con Henry, o cuan bien le sentara el uniforme de sheriff, había desarrollado sentimientos por su Salvadora. Quitar del camino a cualquiera que la viera de esa forma era una obligación.

No le tomó más de los primeros cinco segundos de haberlo visto para devolver el órgano ajeno a su lugar, y ver de inmediato como el color y el brillo regresaban a los ojos del ladrón, mas no el alivio.

Una vez lo tuvo en contacto con sus emociones, Regina se permitió una pequeña regresión a su época de Reina Malvada, e hizo uso de ese carácter que todos suponían perdido y superado, pero que siempre estaba a la orden del día, esperando el momento oportuno para ser de utilidad.

Sin retirar su mano del interior de aquel bandido, apretó tan solo un poco, y se valió de sus uñas para causar más de ese agudo y exquisito dolor que, sabía, con la presión justa podía causar. Él se retorció bajo su agarre, y su boca se abrió como si fuera a gritar su dolor, pero en lugar de eso sólo manejó emitir un quejido débil y gastado. La reina curvó sus labios en una pequeña sonrisa. Aún lo tenía.

—Regina —Robin gimió, y ella se acercó lo suficiente a él como para que el bandido no se perdiera ni un solo tono de los matices de marrón que había en sus ojos.

—Sólo diré esto una vez, Robin, asique préstame mucha atención —interrumpió en voz baja, antes de que pudiera decir algo remotamente similar a un "lo siento", porque disculpas no era lo que ella quería oír en momentos así. Era tiempo de dejar algo en claro más contundentemente que la vez anterior—. El momento en que vuelvas a atentar contra la vida de Emma, será el momento en que tu corazón se vuelva cenizas en mis manos, ¿lo entiendes? —alzó ambas cejas, pero en respuesta él arrugó el ceño en una expresión absolutamente cabezahueca, como las que Henry le daba a menudo en cuanto a opiniones fuertemente arraigadas respectaba. La reina apretó tan solo un poco más el órgano bombea sangre de Robin, para luego dejarlo ir junto con un gruñido de frustración.

¿Cómo deshacerme de él sin matarlo?, se preguntó, dando un par de pasos lejos de él.

—Estás ciega, Regina. Esa mujer te ha hechizado y tú no lo ves, pero yo —se acercó a ella con seguridad y la tomó por ambos brazos, casi sacudiéndola— puedo. Y te ayudaré a abrir los ojos. Eres mi alma gemela, mi destino, la mujer para la que nací y con la que debo pasar el resto de mi vida —añadió, con un suspiro de maravilla ante sus propias palabras, mirándola directo a los ojos, con la convicción que una persona religiosa hablaría de la existencia de Dios.

Regina torció los labios en disgusto, porque de pronto el hombre ni siquiera podía agradarle. Y ella sabía que era por la oscuridad que daba vueltas en la ciudad, que tenía que ver con Emma siendo el Oscuro y sacando todo de proporción, desequilibrando la balanza y consigo a todo el mundo. Pero no le importaba. Ese hombre, ese que había arrojado una flecha en su dirección poniéndola en peligro a ella mientras atentaba contra la vida de Emma, no le agradaba en lo más mínimo. Lo detestaba. Y detestaba que le recordara incesantemente que ella estaba atada a él. Que Dios, el Destino, o el Universo mismo hubieran decidido tan déspotamente a quien ella debía amar. Robin Hood, con todo su amor por ella, y esa convicción con la que echaba culpas sobre Emma, mientras repetía "destino" y "almas gemelas" cada vez que abría la boca, la estaban orillando a un abismo que sabía demasiado a oscuridad.

Ella tenía la facultad de elegir.

Su madre había elegido un esposo para ella, un título de reina que ella jamás había querido, una hijastra que la había traicionado, una vida llena de soledad.

Llevó su mano al cuello del bandido frente a ella, y sus fosas nasales se abrieron un poco más mientras apretaba los dientes.

Rumplestiltskin había escrito cada punto y coma de gran parte de su vida. Había diseñado una maldición para que ella lanzara, le había dicho que debía matar a su padre, que esa era su mejor forma de vengarse, y no la que ella quería —matar a Blancanieves, con la simpleza que le otorgaba un cuchillo—; le había conseguido un hijo que había predestinado para que le arrebataran...

Apretó tan solo un poco la garganta de Robin Hood, mientras se decía a sí misma que nunca más dejaría que alguien decidiría algo por ella. Nunca más.

—Nunca más —rugió, llevando su mano izquierda a la mandíbula del ladrón—. Nunca vuelvas a mencionar que soy tu destino, o volver a insinuar que estoy atada a ti de por vida —apretó sus dedos contra la piel rasposa del rostro del hombre y sintió la barba de varios días sin afeitar metérsele bajo las uñas.

—No es algo que puedas simplemente decidir —dijo él igual de cabezahueca que antes, apenas entendible, dada la poca movilidad que tenía su rostro. Ella apretó los dientes y los músculos de su mandíbula se contrajeron visiblemente.

—No te amo —soltó en el rostro del hombre, que torció una mueca de dolor al escuchar eso por segunda vez—, no lo hice, ni lo haré nunca —concluyó, tratando de herirlo con la más cruda verdad.

—Eso... —Robin dudó un momento, y pasó saliva pesadamente—. Eso es mentira, tú me amabas antes de que todo esto ocurriera, y sé que puedo lograr que me ames de nuevo —sus ojos se volvieron desafiantes, como si acabara de tocar su orgullo y aquello fuera un reto para probar ese honor suyo del que tanto alardeaba.

—Yo amo a... —dijo ella al fin, y sonrió mientras reprimía su nombre en sus labios, sabiendo que si la nombraba ella lo sabría—. A alguien más.

Y el rostro del hombre, ese que había transmitido derrota, dolor y desafío en tan sólo minutos, entonces era furia y descontrol.

Rechinó los dientes, y dio unos cuantos pasos a lo largo y ancho del recibidor, no molestándose en esquivar ciertos objetos, y lanzando al suelo deliberadamente otros. Cada ciertos pasos miraba a Regina directamente, amenazante y oscuro como venía comportándose el último tiempo, y entonces volvía a su tarea de caminar erráticamente, y dañar la propiedad ajena.

—¿Ella? —preguntó en un grito, deteniéndose en seco y arrojando un jarrón al suelo.

—Ella —afirmó la morena, desafiante.

—Eso no es amor, Regina, es un hechizo —el rostro de Robin se descompuso en marcas en su frente, y alrededor de su boca mientras volvía la mirada a Regina, con enojo—. Muerto el perro se acaba la rabia, dicen, ¿no? —agregó, dando media vuelta hacia la puerta de salida.

Regina entonces lo llamó por su nombre, con frialdad, y dibujó una sonrisa en su rostro cuando él volteó a verla.

—Pensándolo mejor, querido —su sonrisa se volvió una mueca de crueldad y apareció inmediatamente delante de él—, voy a necesitar ese corazón tuyo después de todo —añadió, incrustando sin demasiado cuidado su mano en aquel pecho—. Necesito que transmitas un mensaje por mí.

Cuando Emma apareció de nuevo en la mansión del Hechicero, por esos días llamada "La mansión de Snow White" —porque los chicos buenos no tienen la imaginación de un dragón como para, por ejemplo, llamarla "La Fortaleza Prohibida"—, ni siquiera tomándose la molestia de aparecer en su habitación y pretender que no había salido ni siquiera al balcón a oler las flores, o simular que nada había pasado al menos. En lugar de eso, se materializó en la entrada de la sala principal del lugar, donde aún estaba reunido el nuevo consejo del reino de sus padres. Caminó con pasos de furia hacia el centro y se dirigió a su madre.

—Si vamos a hacer esto —dijo, impaciente, moviéndose inquieta y con ambas manos cerradas en puños—, debemos aclarar algunas reglas antes —la señaló, con el dedo índice, clavándola en su lugar con una mirada que echaba fuego.

—¿Qué le gustaría agregar al acuerdo, princesa? —intervino la princesa Ariel, hablando desde dos lugares a la derecha de la madre de la Salvadora— ¿Alguna tierra que te interese gobernar en nombre de Su Alteza, o quizá propiedades en el mar? —le sonrió, con amabilidad, y Emma simplemente pretendió por unos instantes que podía derretirla con la mirada hasta que fuera un charco de cabello rojizo, sangre y escamas. Claro que no podía. Su madre sostenía la daga demasiado cerca como para lograr nada. Asique sólo la ignoró, volviendo la vista a Snow White.

—Asumo que el reino lo heredará Neal cuando llegue el momento, y a mí me tratarás como tu juguete de guerra —Emma dijo, gesticulando con una mano como si aquello no tuviera importancia; Snow abrió la boca para refutar aquello, pero Emma continuó—. No me interesa en verdad, sigo creyendo que un reino en tus manos no sobrevivirá el tiempo que Neal necesita para aprender a caminar, pero creo que es necesario que ponga mis puntos en este tratado que intentan organizar.

—No me parece apropiado que te refieras así a —quiso intervenir Leroy, pero Emma siguió hablando sobre él.

—Sólo quiero un par de cosas garantizadas en este circo que pretendes montar, a cambio de mi ayuda voluntaria a tu construcción del castillo que tanto quieres —continuó, haciendo énfasis en la palabra "voluntaria", remarcando el hecho de que, si no quería, su madre podía tomar la daga y obligarla; pero estaba segura que frente a su consejo trataría las cosas con diplomacia e intentaría llegar a un acuerdo, por el bien de su imagen al menos. Que tu propia hija negara su todopoderosa ayuda se vería irremediablemente mal.

—¿Y qué es eso que deseas, cariño? —preguntó Snow, sonando como el monarca amable y benévolo que la reina Eva había pretendido educar.

—El reino libre de ladrones —espetó, con rabia, sabiendo que si pedía su bendición para matar a Robin Hood se le sería denegada; asique fue con su segunda mejor opción—. No quiero ladrones de ningún tipo cerca de los límites de las tierras, ni en las nuestras, o en las de nadie aquí que desee la paz con nuestro reino.

—El crimen es algo que tenemos pensado combatir, Emma —su madre le sonrió con ternura, como si considerara que su hija fuera estúpida o algo por el estilo, y puso una mano sobre su brazo tratando de suavizar su actitud—. Tu petición ya estaba siendo tratada.

—Deja las miradas condescendientes, Mary Margaret —Emma se sacudió la mano que su progenitora había puesto como una pluma sobre ella, y vio como la otra mujer hacía una mueca de dolor al oír el apelativo que su propia hija había utilizado al referirse a ella. Era su nombre, o algo así, pero todo lo que no fuera "mamá" sonaba infinitamente horrible en labios de Emma—. Me refiero a que todos los ladrones por igual reciban castigo o exilio. Inclusive aquellos con los que sostienes amistad —puntualizó, alzando una ceja. Snow White comprendió de inmediato.

Podía simplemente negarse. Sabía que se refería a Robin Hood y que su petición no incluía motivaciones puramente gubernamentales, sino de índole personal. Era obligación de ella como buena reina el negar aquella petición egoísta. Emma quería a Regina sin Robin Hood, y por mucho que eso molestara a Snow, porque le susurraba en el oído que su primogénita guardaba sentimientos para con la persona que había sido profetizada como su perdición, le concedió aquello. Porque, ¿qué importaba si su hija tenía sentimientos por su madrastra? Regina ya tenía un alma gemela, y eso no era algo de lo que te deshicieras poniendo distancia y muros de por medio. El destino de Regina estaba sellado y su alma estaba encadenada por la eternidad al alma del bandido. Asique no había daño en concederle aquello a Emma.

Le sonrió solamente y asintió. Posó sus manos en las mejillas de la Salvadora que alguna vez había sido, y se acercó para besarle la frente.

—Si eso te hace feliz, cariño —se alejó tan solo un poco para mirarla, e ignoró la forma en que Emma blanqueaba los ojos. Nada le arruinaría el momento de felicidad con su hija, ni siquiera ella misma. Podía hacerla feliz en su ataque de celos sin siquiera volverse miserable ella misma, ni ponerla en peligro. Eso era una victoria que celebraría y saborearía todo lo que pudiera.

—Entonces, ¿todo listo? —intervino Phillip, rompiendo tentativamente el momento, y mirando cautelosamente a ambas mujeres—. Si todo lo que necesitábamos era la colaboración voluntaria de la princesa Emma, ¿estamos listos para proceder? —miró alrededor, y todos asintieron. Snow bajó una mano hasta la de su hija y la apretó con gentileza, mientras la otra se posaba con autoridad sobre el mango de la daga.

—Cielos, mamá —Emma blanqueó los ojos—. Acabo de acceder, no tienes que usar la daga —negó con la cabeza, ante la ridiculez de su madre, y siguió a la muchedumbre que se movía hacia otra parte del inmueble. Snow entornó los ojos mientras caminaba a su izquierda. Había algo extraño en ella.

—Estás diferente, cariño —levantó una mano hacia su rostro para acomodarle un mechón detrás de la oreja y así poder verla mejor, pero Emma se escurrió de ese contacto.

La reina miró su mano y luego a su hija, que de pronto parecía irritable, y molesta, y como si le avergonzara que le demostrara cariño en público y, oh por Dios, pensó Snow White, ¿eran esos sentimientos?

Claro que Snow White, siendo ciega como sólo ella podía en ocasiones, recordó el beso de amor verdadero que Emma le había dado a Henry en la frente años atrás, luego recordó a Regina en la misma situación, y creyó que todo lo que ella amaba a su hija había surtido alguna clase de efecto en ese beso que le había dado en la frente momentos atrás. Creyó que, si bien no había roto la maldición, podía bien haber introducido algo de luz en el interior de su hija. Obviamente aquella conclusión no podía ser sino una errada por falta de conocimiento; ella no tenía idea de que otro beso un poco más intenso había tenido lugar momentos antes. Asique sonrió, avanzó con la cabeza un poco más en alto, y un sentido de orgullo maternal que gritaba por sus adentros que había hecho algo bien.

Emma, por su parte, ignoraba que estaba sintiendo determinadas cosas. Sólo iba concentrada en su más reciente descubrimiento: prestando más atención al grupo que conformaba el nuevo consejo de su madre, no podía evitar cuestionarse si aquel no era el nuevo escuadrón del mal.

Era ridículo de observar —la forma en que Aurora se aferraba al brazo de Phillip y lo acariciaba lenta y cautelosamente, como si éste fuera su propia versión del gato del Padrino; su madre con su apariencia de cazadora y su cabello ligeramente más largo y rebelde liderándolos hasta lo que parecía ser un búnker; el menos amigable de siete enanos... Un dragón, un pirata, una sirena, y criaturas varias—, y aún más ridículo de considerar, pero era un grupo suficientemente variado como para crear una pandilla del mal. Era una mezcla curiosa —e hipócrita— que su madre había logrado conseguir.

Su padre, por otro lado, no estaba allí. Nunca estaba. Emma lo había visto por los jardines paseándose por entre los rosales y los puestos de vigilancia sutilmente ocultos entre éstos, enseñándole a Neal los nombres de cada cosa que veía, pretendiendo tener una conversación profunda con un infante que aún no reconocía su propio nombre. Así era, el Príncipe Encantador se había convertido en una niñera de tiempo completo, mientras su esposa y su hija llevaban a cabo lo que parecía ser la conquista de un reino al que ni siquiera habían regresado aún.

Cuando estuvieron en la entrada de aquel lugar bajo tierra —bastante lejos de la mansión—, Snow White despachó a los más inútiles miembros de ese consejo con un movimiento de su mano y una sonrisa. La mayoría de ellos hicieron una ridícula reverencia y acataron. Entonces quedaron en el lugar otro puñado de, aunque en considerable menor cantidad, incompetentes. Con contadas excepciones entre los presentes, como Maléfica y el Hada Azul.

Ahí abajo habían pocas cosas, en realidad: dos o tres ratas sin contar a Killian; unos barriles probablemente llenos de polvo de hadas, algunas cajas que rezaban diferentes cosas como "varitas", "pergaminos", "pociones" —probablemente los objetos desaparecidos de la tienda de Gold— y, en un rincón aún más oscuro que el resto del lugar, estaba esa silla.

Emma la recordaba de los planos que le había dado Maléfica a Regina, hecha en carbonilla y lápiz; un dibujo bastante rústico y para nada ilustrativo. En persona era mucho más imponente, a decir verdad, aunque no demasiado fuera de lo ordinario, o de lo que había imaginado en primer lugar.

En la organización de las cosas y quién manejaba ciertas ramas de esa organización del mal que había juntado su madre, habían varios puestos obvios: así como Blue era quien manejaba el polvo de hadas y todo lo referente a magia blanca; Maléfica era la encargada de administrar los recursos mágicos más oscuros.

La mujer dragón dio un paso al frente y le hizo un gesto con la mano a la rubia más joven del grupo. Emma metió ambas manos en los bolsillos traseros de sus jeans y dio algunos pasos inseguros hacia adelante, donde esa mujer y la silla le esperaban.

—Me recuerdas tanto a Lily a veces —la mujer dragón dijo con calidez al ver los modos de la Princesa Swan, y le sonrió con afecto; no a ella seguramente, sino a las similitudes que veía entre la Salvadora y su pequeño cachorro—. Está preocupada por ti, ¿te importaría visitarnos pronto?

—Deberías preguntarle a la persona que sostiene la daga, no a mí —contestó Emma, señalando con la cabeza a su madre—. Temo que, sin importar cuantas cosas quiera, no puedo tenerlas.

—No es eso lo que me cuentan las evidencias —contestó la mayor de las rubias con media sonrisa para nada oculta. Ante la mirada confundida que le dio la Oscura, hizo un gesto hacia el hombro de la más joven.

Emma miró en esa dirección y pudo ver, debajo del cuello de su chaqueta, marcados en rouge rojo sangre los perfectos labios de Regina.

—Oh —fue todo lo que fue capaz de expresar, y le dio una mirada llena de pánico a su madre, luego a Maléfica. La última hizo un gesto despreocupado para que se relajara y la ayudó a sentarse propiamente en el artefacto que habían destinado a quitarle parte de su magia.

—¿Cómo sobrelleva todo esto Regina? —le preguntó suficientemente bajo como para que sólo Emma oyera, mientras la ayudaba a posicionar sus piernas correctamente. Emma no pareció darle importancia a lo que la mujer decía, simplemente se encogió de hombros— ¿No lo sabes? Es lógico. Probablemente no te importe ya que no se supone tengas la capacidad de sentir en tanto estés lejos de ella, pero déjame decirte, ese corazón tuyo es un verdadero problema —las orejas de la rubia se movieron inconscientemente, y la mayor de ambas rubias curvó sus labios, en una apenas perceptible sonrisa—. Sientes mucho y demasiado puro para un alma oscurecida como la de Regina. Me han llegado rumores de que busca una manera de deshacerse de él.

—No es cierto —Emma espetó, con una molestia creciente en el hueco que había en su pecho. Era ese vacío que le molestaba cada vez que alguien mencionaba su corazón, y ahora se multiplicaba infinitamente debido a esa sensación que no parecía abandonarla de estar molesta con la alcaldesa, querer decapitar bandidos y prohibir las flechas en el reino—. Regina y yo hicimos un trato, y ese corazón que ella carga es su seguro de vida. Ella no lo desecharía por simples molestias.

—Oh, pero no son simples —Maléfica contestó, posicionando las manos de la más joven a la altura de cada símbolo correspondiente, y amarrándolos en su lugar, para que no se moviera durante el proceso—. Yo conozco un poco sobre corazones, querida, y podría jurar que eso que abruma a nuestra adorada reina malvada, es lo mismo que a ti te hace sentir incompleta cuando estás lejos de ella.

La Salvadora bajó la vista a su pecho, y llevó su mano libre hasta donde sentía esa ausencia.

—Efectos secundarios de no tener corazón, supongo —contestó, arrugando el ceño. No se suponía que fuera capaz de sentir nada, ni siquiera molestia. Algo iba mal.

—No tan así; en realidad, se trata de un sentimiento —explicó la mujer, tomando esa mano que Emma aferraba a su pecho, para luego bajarla al lugar indicado por los símbolos de aquella silla—. La ausencia repentina de algo tan grande como uno de esa clase, provoca el vacío que tú experimentas; y el que Regina tenga que lidiar con el suyo y el tuyo, es demasiado para su cordura. Me temo que su alma sufre por la intensidad con la que siente en estos momentos —terminó de decir, justo cuando acababa de acomodar la última de las correas que sujetaban a la sheriff al artefacto.

La mujer dragón se enderezó, y miró a la Salvadora delante de ella. Tan fría como los cuentos que la nombraban fuera de esos muros, pero aún así seguía siendo una niña perdida. Perdida y vacía, con demasiada oscuridad en su cuerpo, y la belleza destructiva del sol. No culpaba a Regina por haber caído de esa manera tan rotunda en sus encantos.

—¿Por qué me dices esto? —Emma miró a la mujer dragón con suspicacia, y la otra le regaló una sonrisa que no le decía nada.

—Sólo dejaba en claro que no estás sola en esto —susurró, haciendo una seña en torno a la silla—. Hay alguien allá afuera que cuenta contigo, y temo que tu ausencia de sentimientos te haga olvidar por qué haces las cosas.

—¿Temes que traicione a Regina? —Emma alzó ambas cejas, y rió con gracia; Maléfica se enderezó y le echó un último vistazo a su trabajo, revisando que todo estuviera en su lugar. Luego le dio una mirada severa a la Salvadora Oscura, y la analizó por breves instantes.

No contestó aquella pregunta, y Emma no le dio la satisfacción de conocer sus pensamientos. Asique ninguna volvió a dirigirse la palabra en lo que restó del proceso.

La silla en la que estaba entonces, parecía tirar de su esencia sutilmente, y le recordaba la forma en que Neal tiraba de su cabello cuando ella lo cargaba. Era suave y como un cosquilleo que se desparramaba por sus extremidades y dejaba su cuerpo en forma de pequeñas cantidades de energía. Había supuesto que el proceso en el que le succionarían su magia sería un tanto más doloroso que aquel pequeño hormigueo pero, hasta el momento, no era así.

Snow White se acercó a su posición, se inclinó delante de ella para que sus rostros quedaran a la misma altura y, con una sonrisa desproporcionadamente enorme para su rostro, dijo:

—Ahora, cariño, haz magia.

Emma alzó una ceja.

—¿Qué clase de magia? —preguntó, considerando decirle a su madre que era una completa inepta en ocasiones. La magia por si misma era variada e impredecible, ni hablar de la magia oscura, y teniendo en cuenta que le soltaban información sobre los planes como si fueran contadas migajas de un gran pan, ¿esa mujer pretendía que simplemente adivinara?

—Cualquier clase de magia —contestó, dudosa, y miró a Maléfica buscando confirmación.

—Bueno querida —empezó la mujer de más edad en aquel lugar—, si tuvieras tu corazón en tu pecho simplemente te diría que pensaras en Regina —sonrió con satisfacción al sentir como se erizaba Snow White ante la absolutamente obvia conexión entre su hija y su madrastra—. Pero como eso ya no es una opción, te sugeriría que te aferraras a algún recuerdo negativo y la oscuridad dentro de ti se encargará del resto.

Bueno, eso era fácil en realidad. Su recuerdo negativo más reciente incluía el corazón de un ladrón que no había podido volver cenizas y la forma en que Regina había implorado porque no lo hiciera. No podía hacerlo de cualquier manera, ¿de qué le había servido rogar? Sólo había logrado que mil demonios se desataran dentro de ella y arruinara ese momento que habían conseguido.

Entonces Emma no vio más. Fue como si millones de manos la sujetaran y la pellizcaran; tironeaban de su piel, su cabello, sus uñas, cada pequeña parte de su ser era jalada y su interior cedía. Cedía con dolorosa complacencia, y sentía como si su esencia se estirara y se extendiera sin fin aparente; como si corriera por mecanismos ajenos a ella y se volviera algo más.

Apretó los ojos, porque la sensación era agotadora en sentidos absolutamente fuera del entendimiento, y el control que tenía sobre su cuerpo se volvía nulo. La oscuridad dentro de ella se retorcía, se negaba, pero muy poco importaba porque parecía que era imposible que aquello se detuviera por su voluntad. Era la primera vez que algo ajeno a Regina lograba someter a aquella entidad dentro de ella de una forma tan aplastante. Fue entonces que Emma recordó que Maléfica había construido esa silla basada en pergaminos que detallaban el sombrero mágico, y en las capacidades de extraer magia que éste poseía. Así tenía más sentido, si se tenía en cuenta que con eso habían logrado extraerle la oscuridad a Rumplestiltskin.

La sensación de que la tierra se abría bajo sus pies y que su posición se movía fue lo segundo que experimentó. Abrió los ojos para ver lo que ocurría a su alrededor, por simple instinto, pero no vio nada más que las sombras que salían de su cuerpo, y la rodeaban como aquella primera vez, cuando sostenía la daga en una mano y lentamente sentía el metal transformarse y pasar a mostrar un claro "Emma Swan" en su hoja. Esta vez ella estaba en una silla, pero era ese mismo vórtice de oscuridad en el que una vez se había metido. Y, como aquella vez, no vio nada más que oscuridad todo el tiempo.

Si hubiera sido capaz de sentir algo que no fuera su magia siendo drenada, hubiera oído la voz de Regina hacer eco por su mente en el momento en que ésta le decía a Robin Hood un: "El momento en que vuelvas a atentar contra la vida de Emma, será el momento en que tu corazón se vuelva cenizas en mis manos, ¿entendido?", y quizá eso hubiera aplacado su furia. Pero las circunstancias de nuevo le jugaban uno de sus trucos. Momento equivocado, quizá. Destino, quizá. Pero, fuera lo que fuera, ella no había sido consciente de que aquellas palabras habían tenido lugar en este plano de existencia y, por consiguiente, se perdió esa oportunidad de sentirse la prioridad de alguien por primera vez en su vida.

Tampoco vio como Maléfica, Blue y Snow White daban varios pasos atrás, o como Hook dejaba el búnker. No vio la forma en que Blue alzaba su varita y Maléfica su cetro de dragón, ni como comenzaban a canalizar aquella magia siguiendo las instrucciones que su madre les daba.

La tierra bajo sus pies, en efecto, se había abierto y elevado. Donde ellas estaban ya no era un lugar bajo la tierra, sino la cima de una torre, y a sus costados se elevaban nuevas torres, y muros tan altos como el castillo en el cual sus padres la habían concebido. No. Emma no vio todo eso, pero gracias a su magia era posible y, en cierta forma, lo había sentido todo. La magia era parte de su esencia y había presenciado en primera persona como de la nada misma se creaban cosas nuevas; como un poco de energía se convertía en una piedra, luego en un muro, luego en una habitación y, ésta, en parte de un castillo. Era como presenciar, en los límites que cabe, como se habría creado el Universo.

Cuando abrió los ojos, contrario a apenas instantes atrás donde no veía nada, vio todo lo que su vista alcanzaba —comenzando por el reloj sobre la biblioteca, pasando por la escuela primaria, la estación del sheriff e, incluso, la mansión del alcalde, donde varias luces aún seguían encendidas. Se sentía como estar en la cima del mundo.

El sonido del velcro siendo separado la despertó de su ensoñación, y vio inmediatamente a su lado a Maléfica desatándola, portando una sonrisa en su rostro y un secreto para susurrarle al oído.

—Sólo un paso más, cariño —le susurró, estirándose sobre ella para liberar su torso. Emma la observó inexpresivamente por unos instantes, luego a su madre, que sonreía de oreja a oreja.

—¿Y ahora? —preguntó. Se puso de pie y estiró sus brazos, sintiendo como si hubiera estado una eternidad en aquella posición. Quizá había sido así.

Miró su reloj.

No. Sólo habían sido unos cuantos minutos.

—Ahora —Snow juntó ambas manos en el medio, con emoción, haciéndolas sonar sólo una vez—, debemos pensar en qué vestido te gustaría llevar a nuestro viaje de regreso a casa —casi chilló, como una cría emocionada. Blue simplemente sonrió, apenas, como si ser mínimamente expresiva fuera un crimen. Maléfica se permitió no disfrutar demasiado aquella noticia y Emma, por su parte, se esforzó por no retorcerse fuera de su piel y esconderse bajo una roca ante aquella realidad.

Ese mundo estaba justo debajo de Neverland como su lugar menos favorito existente.

Snow hizo una seña a Maléfica y Blue para que la siguieran. Killian ya no estaba con ellas y Emma no sabía dónde había ido, en qué momento había desaparecido y, honestamente, poco le importaba.

—Puedes quedarte aquí si quieres, cariño —Snow volteó a ver a su hija a último momento—. Ya no necesitamos de tus poderes y asumo que querrás disfrutar tu última noche en este mundo —terminó de decir, y esperó por la respuesta de Emma. A la rubia le tomó sólo un instante decidirse por quedarse.

El resto inmediatamente bajó por las escaleras del lugar, dejando a la Salvadora Oscura en completa soledad, en la cima de aquella torre.

A esa noche le quedaban pocas horas de vida, y aún eran absolutamente apreciables. Para Emma, al menos, eran un tesoro en esos momentos. Ya no era ajeno a ella ese atisbo de luz que daba vueltas por su ser aún y que la conectaba con su humanidad perdida. Y ese mismo destello era el que le hacía apreciar esa noche libre de nubes y absolutamente estrellada como —palabras de su madre— la última que pasaría en ese mundo. Luego de ese día, todo cambiaría. Las constelaciones pasarían a ser otras que le eran absolutamente ajenas. Jamás les había dado la atención debida, pero admitía para sí misma que extrañaría muchos de esos puntos brillantes bajo los que había vivido su existencia entera.

en el silencio de lo que restaba de esa noche, se percató de que las voces que susurraban en sus oídos con insistencia se habían apagado casi por completo. Por esos días casi nadie la llamaba "Emma", sino "Princesa Swan", lo cual no funcionaba como interruptor para esa habilidad de oír conversaciones ajenas. Eso era un alivio por momentos, y una tortura otras veces. Escuchar absolutamente todo podía ser tedioso, pero útil en ocasiones. Sobre todo cuando tenía que ver con los ineptos del consejo de su madre hablando sobre planes y tratados sobre reinos de los que le convendría comenzar a aprender algo. Pero ya no. No mientras se refirieran a ella como una princesa.

Asique simplemente miró el cielo, deseando poder desaparecer del mundo por un instante y simplemente flotar en la nada, en el silencio, y la calma, e ir a un lugar en el que no necesitara salvar a nadie y donde nadie pensara que ella necesitaba ser salvada.

Entonces la tierra volvió a moverse bajo ella, y las piedras recién creadas del castillo lo sintieron en su totalidad.

Tranquilidad, ¿era demasiado pedir?

En casa de Regina una luz más se encendió, y Emma supo que seguramente era la de la habitación de Ruby, que se levantaba de un salto ante cualquier perturbación del aire. La de la habitación de Herny permaneció apagada —porque su hijo tenía el sueño de un oso en invierno.

Pero un sonido como de un trueno llenó el ambiente, y la tierra vibró una vez más. Magia, se dijo. Alguien estaba haciendo magia una vez más y no se trataba de ella. Entonces la luz de la habitación de Henry se encendió, y Emma arrugó las cejas con la furia desencadenada de una madre y desapareció de la cima de esa torre en un parpadeo.

Su hijo tenía clases a las que asistir al día siguiente, y aún si amanecían en el Bosque Encantado, Regina lo obligaría a levantarse a la misma hora para que no perdiera su tan valiosa rutina. Él no era más que un niño aún y necesitaba todas sus horas de descanso completas, una rutina estable y la menor cantidad de alteraciones en su vida diaria. Quien fuera que estuviera haciendo magia de esa magnitud a esa hora, en su maldito castillo, sin siquiera pedirle consentimiento, debería tener un increíblemente convincente motivo.

Recorrió a pie los pasillos fríos de piedra aún sin decorar, iluminados por antorchas en las paredes; abrió cada puerta que se cruzó y examinó cada habitación que fue encontrando. Era como un juego de "frío, tibio y caliente". Conforme más cerca estaba, más fuerte se sentía la magia, más claramente sentía ese "caliente" que alguien le estaría susurrando si en verdad fuera aquel juego.

La última puerta que revisó era más grande que el resto, y ella recordó haberla creado. Recordaba su magia haberse ensanchado y expandido por una gran cantidad de territorio limpio, haberse elevado en forma de columnas y el toque final de su magia se había concentrado en un candelabro en el centro del lugar. Era el salón más grande de toda la construcción, el central, ese donde organizarían bailes en algún futuro y muchos años en el futuro nombrarían rey a su pequeño hermano. Aunque allí, en ese momento, había una gran caldera que humeaba aunque no hubiera fuego bajo ella y, de pie frente a ésta, se encontraba Maléfica orquestando los ingredientes y procedimientos de una maldición, pero era Zelena quien parecía llevarla a cabo.

La mujer de cabello rojo y vientre abultado metió la mano en su pecho y arrancó su propio corazón de un solo tirón. Miró a Emma un instante y le sonrió en forma de saludo, de esa manera tan retorcida que sólo ella tenía. Luego volvió sus ojos verdes al casi completamente oscurecido órgano y lo colocó por encima del caldero.

Por supuesto, lo que más ama es a sí misma y esto posiblemente sea una maldición suicida, pensó la Salvadora, incapaz de moverse un centímetro más mientras atestiguaba aquello acontecer. Zelena, contrario a lo que la rubia había considerado, en ningún momento dejó caer su corazón a la mezcla, sino que lo que lentamente se fue escurriendo de allí fue la sustancia viscosa que lo oscurecía.

La Salvadora Oscura pestañeó un par de veces, no comprendiendo demasiado bien lo que acababa de ocurrir. ¿A qué era lo que acababa de renunciar la Bruja Retorcida?, se preguntó inevitablemente. ¿Qué había en esa oscuridad que había dejado ir, que ella amara más que a cualquier cosa?

Lo que siguió fue un silencio absoluto en el que el tiempo pareció detenerse y un humo de color verde oscuro comenzó a salir de la mezcla. Esa oscuridad del corazón de Zelena a la que ésta había renunciado era el ingrediente final, y el resultado se alzó en ese salón, nublándole la vista a todos, escurriéndose por cada ventana abierta y puerta de aquel castillo. Trepó por los muros de la ridículamente enorme construcción, y se arrastró por la tierra hacia delante, acariciando las hojas de los árboles del bosque, dirigiéndose al pueblo.

En la mansión, Regina se encontraba apostada en una ventana lateral que le daba vista directa al recientemente construido castillo, del que comenzaba a distinguirse a la lejanía ese inconfundible humo que cada maldición exhibía mientras cobraba efecto.

Ruby y Henry, cada uno con su propia versión de estar recién despiertos, se encaminaron a su lado, con pasos pesados y absolutamente ajenos a los acontecimientos, simplemente con deseos de observar qué ocurría y qué tenía tanta potencia en esa ciudad como para despertarlos de una sacudida.

El adolescente simplemente abrió la boca, asombrado, para luego sonreír, absolutamente emocionado porque, según sus propios pensamientos: ¡al fin estaba ocurriendo!

Ruby, por otro lado, mantuvo su preocupante seriedad luego de la sorpresa inicial. Ella conocía parcialmente los planes de Snow White, y lo más probable era que el siguiente paso a arribar al Bosque Encantado, sería dividir al equipo en dos; el primero para buscar a Merlín por un lado, mientras que el segundo mantendría a Regina ocupada, lejos de Emma y de que aquella profecía se hiciera realidad.

—¿Qué hacemos? —preguntó la más joven de las morenas; pero Regina no le contestó, sólo se limitó a observar con imperturbable seriedad el avanzar de la maldición.

Al fin regresarían a casa, era todo lo que manejaba pensar. Ella llevaría a su hijo y a la chica lobo a su castillo, donde estarían a salvo. Encontraría a Emma, le devolvería su corazón. Hallaría el hueco en el que se estuviera ocultando Merlín, le obligaría a quitar la maldición del Oscuro de Emma, y por último la llevaría a su castillo, con su hijo y su mascota lobo, donde reinarían juntas por siempre. Sí. Lo tenía todo planeado.

Tomó la mano de Henry, y éste a su vez tomó la de Ruby, mientras los tres observaban ese humo verde lamer el asfalto de Mifflin Street y absorber entre sus paredes cada auto y edificio a su paso, alcanzando con velocidad el escarabajo de Emma y el Mercedes Benz de Regina. Pronto estuvo frente a ellos y los envolvió con su verdusca esencia, hasta que ellos sólo vieron y respiraron magia, y se vieron inevitablemente dentro de aquella nueva maldición.

La expresión seria de Regina no la dejó en ningún momento, y sólo cambió cuando el humo se hubo disipado. Fue entonces que sonrió. Era mejor de lo que había pensado.

—¿Eso es todo? —Ruby giró y vio la sala de la mansión del alcalde, notando que nada había cambiado; todo estaba en su lugar y lo único que era ligeramente diferente era ese repentino aroma a bosque que, pensó, el fallido hechizo había traído consigo.

—Estás mirando en la dirección equivocada, querida —Regina le contestó, dirigiéndose a la puerta. Tomó el picaporte con controlada ansiedad y abrió. Entonces el aroma a bosque que Ruby había sentido ingresó con brutalidad por sus fosas nasales, mientras delante de la mansión sólo había verde. Tanto verde que de pronto le dieron ganas de transformarse en lobo y correr.

—"La brecha entre dos mundos se romperá, y con ella una fusión" —recitó la joven lobo, comprendiéndolo. Eso había sido. La primera parte de la profecía estaba completa. La brecha entre Storybrooke y el Bosque Encantado ya no existía, ahora se trataba de un solo territorio.

Henry dio un tentativo paso adelante.

Divisó a lo lejos, entre tierra y árboles, los autos de sus madres —el escarabajo cómodamente descansando bajo un árbol, y el Mercedes en una posición algo precaria, balanceándose sobre un tronco caído. Si se adentraba en aquel territorio encontraría otros vehículos, y probablemente algunas casas más, no en mejores condiciones que el resto de la ciudad; pero antes de que pudiera correr en una aventura, la mano de su madre se posó sobre su hombro como un gancho, haciéndolo retroceder.

—Claro, peligro —el joven reflexionó en voz alta y asintió. Apretó los labios con diversión contenida ante lo que sería de su vida en ese lugar, y giró la vista hacia su madre—. ¿Ahora qué?

—Bueno, cariño —la reina reflexionó, volteando a verlo—. Lo primero sería dejar este lugar, asique si hay algo que quieras llevar contigo, será mejor que lo busques rápido —añadió, cerrando la puerta tras de sí, haciendo su propio camino hacia la puerta trasera de la mansión.

—¿A dónde vamos? —Ruby caminó apresuradamente tras ella, mientras Henry subía las escaleras, probablemente a meter su libro de cuentos en su mochila y algún que otro cómic.

—A mi castillo, por supuesto —contestó la morena con naturalidad, sin siquiera voltear a verla—. Tengo un reino que mantener en pie, ya que Snow White de reinar sólo sabe cómo ganarse al pueblo, mas no tiene idea de cómo manejar una ciudad en Maine siquiera. Los trolls probablemente están de vuelta con sus destrozos y, como la última vez, no se irán solos. Ella, déjame decirte, fuera de lanzar unas cuantas flechas en la dirección apropiada, no sabe mucho más sobre estrategia militar, y mucho menos gobernar.

—Pero, ¿y Emma? —la pregunta de la joven de ojos verdes fue tentativa, como un paso cuidadoso en un campo minado, temiendo una explosión inminente. Regina sonrió de costado.

—Emma vendrá a mí pronto —contestó, con simpleza—. Tengo algo de ella que seguro querrá de vuelta.

—¿Y si no le permiten venir? —Ruby se aventuró una vez más.

—Ya estoy en eso, querida —fue la respuesta críptica de Regina, que volteó ligeramente hacia la joven, y le sonrió de costado, como quien tiene un as bajo la manga.