Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos predeterminados me pertenecen. Lo mismo aplica a la Enciclopedia de Chicas Monstruo y las 30 franquicias de las Grandes Ligas de Béisbol, incluyendo sus afiliados dentro de la pelota organizada. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 10: Sospechas
-¿Brian?
La voz de Canatella, usualmente optimista y cantarina, esta vez venía cubierta de un velo bastante más formal. Ambos iban, como ya era costumbre, de camino al King Edward's Memorial Hospital para una nueva sección de electroterapia. Al principio la Kobold se llevó algunas críticas veladas en el trabajo por dejar de lado carreras más lucrativas en lugar de lo que el chico le pagaba por el trayecto de ida y vuelta entre el centro asistencial y su casa. "Ustedes no lo entenderían", se limitaba a contestar la chica peluda con seriedad. "El dinero es secundario cuando se trata de alguien a quien estimas".
Esa misma estima la llevó a observarlo de cuando en cuando por el espejo retrovisor. Usualmente el beisbolista buscaba temas de conversación para hacer más llevaderas esas cinco millas y algo de camino, pero hoy iba con la cabeza apoyada contra el cojín trasero, el cinturón de seguridad bien puesto, los ojos cerrados en una pose contemplativa a la vez que defensiva. Al igual que ayer lunes, el martes comenzó con una lluvia tan fuerte como breve, dejando unos quince litros extra en todos los depósitos sacudidos por su presencia y el pavimento seco en cuestión de cinco minutos. El ambiente seguía fresco y húmedo, bañado por el generoso sol asociado a los veranos del Atlántico norte y las brisas del Mar de los Sargazos.
-¿Brian? -repitió la chica monstruo mientras dejaban atrás Trott's Pond.
-¿Eh? -el aludido abrió los ojos como si saliera de la hipnosis-. Perdón, ¿dijiste algo?
-¿Te ocurre algo, chico? -inquirió ella, bajando un poco la velocidad al tomar una curva-. Hoy no estás con la misma disposición de siempre.
-No dormí bien anoche, es todo -replicó el submariner-. Es la primera mala noche desde que volví de Boston hace casi un mes. Tuve unos sueños más tontos... Si los contara te reirías.
-Pruébame.
El tono de la liminal no daba lugar a más opciones. Lennox-Whitmore suspiró e intentó buscar una página idónea para comenzar a explorar el libro de sus divagaciones ocultas. Sacudió el índice como si quisiera espantar la modorra invadiéndolo e inició su narración.
-Creo que habrán sido dos o tres, pero el más extraño y el que mejor recuerdo tenía que ver con un escenario en el que yo nunca existí. Mis padres continuaron su matrimonio de forma relativamente normal hasta que ella se enteró, muy tarde, de que él la engañaba.
-¿Tu padre era un adúltero? -Canatella quedó sorprendida de semejante detalle.
-Sí -contestó Brian-. Un auténtico malnacido. Engañó a mi madre por años con su secretaria particular, una mujer que abandonó hace mucho las islas luego de la humillación pública que implicó el juicio. En cuanto a él, regresó a Londres tras quedar con la cola entre las piernas y aún paga pensión alimenticia a mi madre; supongo que sigue teniendo su lucrativo puesto de abogado en la City, lo que me hace dudar seriamente del honor de las Home Nations -pausa-. Volviendo al sueño, entre encuentro y encuentro, el desgraciado armó un plan con su amante para irse ambos al continente, incluyendo vender la casa de Tucker's Town y dejar a mi madre abandonada a su suerte. Ella, con todo su trabajo en el Rosewood, nunca se dio cuenta de nada. Y ahí estaba yo, observando todo como un fantasma, sin poder ayudarla ni advertirle de las maquinaciones en su contra. Habré gritado hasta cansarme, escrito mensajes en espejos inundados de vapor o con los vahos de la cocina, pero nada funcionó.
-Eso es horrible -la Kobold se estremeció entera, pensando cómo narices su pasajero tendría semejante perspectiva en la cabeza-. Oye, si no quieres seguir, lo comprenderé perfectamente. ¿Deseas que ponga algo de música para subir los ánimos?
-No, está bien. Necesito desahogarme, Canatella, y te agradezco que me escuches -prosiguió el chico rubio-. El caso es que la traición se consuma y Stella, mi madre, cae en una depresión profunda. Sin un lugar donde ir, toma una habitación de forma permanente en el hotel y se vuelca por completo a cocinar. No para un minuto, pensando en recetas y menús al punto de ignorar hasta a la misma familia que tenemos en Somerset y que desea darle una mano. Sus platos alcanzan la perfección al costo de vaciarla por dentro, robándole su belleza y ganas de vivir. Entonces, una mañana cualquiera, uno de sus pinches, al llegar a trabajar, la observa reclinada contra una encimera; a su lado hay un par de huevos quemados en la sartén.
-No me digas que... -ella tragó saliva.
-Sí. La encontraron sin vida y la posterior autopsia reveló que murió de cansancio y de pena -la voz de Brian se cortó un poco; él también se sentía afectado-. Fue enterrada en el panteón familiar y el restaurante no atendió durante una semana en señal de duelo. Allí se acabó la pesadilla, porque eso fue, y me desperté casi llorando -él tragó saliva y se recompuso un poco-. Ignoro qué hora habrá sido, pero subí a su habitación como pude con esta pierna lastimada, arrojándome en sus brazos como si no existiera un mañana. Le conté exactamente lo mismo que a ti, quedándome dormido a su lado y despertando algo más allá de las diez. No descansé nada; por eso estoy así.
-Oh, Brian... -Canatella sentía unas enormes ganas de abrazarlo, sacarle el miedo, hacerle sentirse vivo-. Esto no tiene por qué darte vergüenza. Todos podemos permitirnos momentos de debilidad.
-Más que debilidad, fue una sensación de impotencia intensa -retrucó él mientras seguían por South Road-. Mi madre siempre me ha dicho que yo soy lo que le da vida y por eso hago mis mejores esfuerzos para no fallarle. Es el sentido del deber que llevo dentro, el que me animó a hacerme beisbolista y sacrificar muchas cosas a fin de lograr mi sueño.
-Pensaba la misma cosa -dijo la Kobold tras girar a la derecha para esquivar un coche detenido-. Agradezco que me hayas contado esto y me permitiré devolverte el favor. ¿Sabes por qué vine a Bermuda?
Él negó con la cabeza, preguntándose si alcanzarían a cubrir esta nueva historia en lo que quedaba de camino. Alrededor del coche se veían las zonas residenciales de la Parroquia de Devonshire, separadas de la costa sur por un par de cientos de metros. Más allá de Devondale Drive, tupidos bosques apenas adornados con macizos de flores tropicales crecían a escasa distancia del camino o en los jardines de las viviendas del sector. Palmeras marcaban los límites de cercos vivos o de piedra compacta que hacía juego con las veredas. En las zonas descubiertas se veían pequeñas extensiones de terreno rodando hacia dentro o en dirección contraria, su pasto bien recortado y fragante. Con excepción de St. George, Hamilton, Somerset y la villa de Flatts, algo más hacia el oeste de su actual posición, ninguno de estos sectores formaba parte de una entidad demográfica formal. Ergo, no existían departamentos de policía, servicios de aseo o educación y mucho menos alcaldes de Paget, Smith, Warwick, etc. Todas las necesidades elementales (luz, gas, electricidad, seguridad, educación, salud) eran cubiertas por el Gobierno central, aunque los mismos vecinos aportaban lo suyo a la hora de mantener limpias las calles y reciclar basura, por nombrar un par de casos. Bermuda, al ser un territorio único en su clase, también se permitía hacer las cosas de forma única.
-Ni la más mínima idea -contestó Brian, su curiosidad algo más despierta.
-Piensa un poco en mi nombre -Canatella lo incitó a quitarse las energías negativas-. ¿Qué te sugiere?
-Italia o tal vez un lugar importante de la diáspora de ese país -sugirió el muchacho.
-Aciertas de pleno, Brian. Yo soy italiana, concretamente de las afueras de Palermo, donde siete generaciones de mi familia crecieron bajo el sol y la generosidad del Mediterráneo -dijo la chica monstruo-. Desde ya te cuento que no tengo nada que ver con los mafiosos, por muy siciliana que sea. Eso lo llevo en la sangre y me siento orgullosa de mis raíces. A diferencia de muchos Kobolds, que se enfocan en la explotación minera, nosotros éramos dueños de una tienda de ultramarinos a la que jamás le faltaron clientes. El negocio duró hasta más o menos los 80, cuando la Camorra se empezó a poner brava y decidimos mudarnos a Córcega por nuestra propia seguridad. Además del inglés y el italiano, hablo bastante bien el francés, lo que me viene de perillas cuando se trata de trabajar con turistas extranjeros.
-Qué hermosa historia. Entonces, si las cosas mejoraron en Córcega, ¿cómo viniste a parar a estas latitudes? Europa no está precisamente a la vuelta de la esquina.
-Al cumplir la mayoría de edad, mis padres me regalaron una buena cantidad de dinero para hacer lo que quisiera con él: invertirlo, gastarlo, ahorrarlo... Eso quedaba a mi criterio. Siempre quise venir a Norteamérica y pensé que un crucero por el Caribe sería una hermosa experiencia de vida -dijo ella, sonriendo ante sus propios recuerdos-. El plan inicial era estar un mes entre Bermuda, Bahamas, Antigua y Aruba. Después volvería a casa para incorporarme al negocio mientras sacaba una carrera.
-¿Qué querías estudiar?
-Electrónica -dijo Canatella-. Siempre me han fascinado los circuitos, los gadgets y todas esas cosas. De pequeña era de las que desarmaban relojes y radios para ver cómo funcionaban. ¡Ni te imaginas los soponcios que le di a mi madre!
La Kobold rió y, como quien no quiso la cosa, su gesto arrastró a Brian. El contraste entre ambos relatos era evidente, incluso chocante a la luz de la tarde. Brian miró el reloj del panel de control y vio que aún quedaban quince minutos para la hora límite. Por ningún motivo quería hacer sospechar a Mazara ni descubrirse en lo referente a Lide. Sabía que la anguila tenía una intuición aguda y procuraría mover cada una de sus piezas con cuidado.
-¿Y cómo acabaste siendo taxista en este rincón del mapa? -preguntó el beisbolista.
-Solía conducir la camioneta de reparto en Córcega. Teníamos muchos clientes que pagaban extra por el envío de sus compras a casa y me dejaban propinas pasables -Canatella suspiró, dando gracias en silencio por desistir de prender la radio a última hora-. Al igual que tantos otros turistas, me quedé tan maravillada por todo lo que vi en Bermuda que decidí convertirla en mi hogar permanente. Cancelé mi billete de vuelta y, una vez que me reintegraron el dinero, llamé a mis padres para darles la noticia.
-Me imagino que te deben haber subido y bajado a insultos.
-Más o menos. Mi madre era la más atacada porque yo soy hija única y siempre me ha tenido mucho cariño; en eso tú y yo nos parecemos bastante, Brian -él asintió ante la mención-. No le hizo ni puñetera gracia el prospecto de quedarse sin su "bebita del alma"; así me llamaba, por raro que suene.
-¿Y tu padre?
-Bueno, tampoco estaba muy alegre, pero me dio un plazo de tres meses para formalizar mi situación y encontrar empleo, además de un lugar donde vivir. En esa época aún no existía el sistema de integración y mucho menos la OEI, pero poco después surgió la idea de iniciar el programa de forma muy experimental, con toda la responsabilidad cayendo en los anfitriones y sin mecanismos estandarizados de control.
-Interesante -añadió el pasajero-. He de decir que esto no lo sabía; en esa época yo estaba recién iniciando mis estudios en el Boston College.
-Eso no importa -Canatella adelantó a otro coche; ya estaban en la Parroquia de Paget, a menos de un kilómetro del hospital-. De vuelta al tema, yo fui una de las primeras liminales que se unió a una familia bermudeña y el resto, como dicen, es historia. No me demoré más que tres semanas en hallar empleo en la compañía de taxis para la que sigo trabajando hasta hoy y continúo viviendo a dos pasos de Front Street, en la capital. Antes de eso pasé con una considerable cuota de miedo: la gente me miraba, hablaba a mis espaldas, se burlaba de mí...
-Son reacciones típicas ante cambios radicales -intercaló el ojigris.
-Es cierto, Brian. Pero cuando entré a trabajar allí hice amigos, me familiaricé gradualmente con la cultura y gastronomía locales, me uní a la liga de rugby a siete... Haber tomado ese crucero desde Córcega fue la mejor decisión de mi vida.
-En eso también nos parecemos -acotó Brian-. Tú y yo somos un par de dedicados que dejaron atrás muchas cosas, incluyendo la seguridad del hogar, por experimentar algo nuevo. La vida no es más que un inmenso carrete de hilo junto al cual hay un telar que refleja el estado de tus decisiones.
-Qué poético, Brian -ironizó la Kobold-. Veo que tus talentos no sólo se limitan al béisbol.
-Es algo que salió de repente. Y si hablamos de talentos, tú misma manipulas el volante mejor de lo que yo nunca podría hacerlo.
-¿Por qué? -ella sonaba algo desconcertada.
El rubio cambió de posición levemente en su asiento antes de contestar.
-No tengo licencia de conducir para vehículos motorizados -el levantó un poco la voz cuando su contraparte lanzó una risita-. Nunca la he necesitado; iba en autobús a la escuela en Hamilton y el resto del tiempo caminaba o usaba uno de los carritos del hotel para moverme. En Boston siempre he echado mano de los autobuses o los trenes locales, pero evito los taxis porque, al igual que en cualquier otra ciudad de Estados Unidos, te cobran un ojo de la cara. El auto particular tampoco ayuda; estacionar allí, según me contara mi tía Amanda apenas llegué, es imposible.
-Te creo -ella volvió a su tono amable de siempre-. Es un problema incorregible de las grandes metrópolis. Que el tráfico sea como el gas y se adapte al espacio que lo contiene es un incordio de los buenos. ¡Y así algunos dicen que hay que construir más calles y carreteras!
Dejaron atrás Garden Lane y en la cuadra siguiente doblaron a la derecha. Este era Point Finger Road, calle en cuyo costado derecho ya se veían las torres del hospital. A tono con el monumento, todas las propiedades a ambos lados eran blancas, sus setos pulcramente cortados en cuadrado y sin rejas que superaran los tres pies de altura. Por aquí se veían varios convertibles, incluyendo un Alfa Romeo de mediados de los sesenta de inmaculado aspecto. Conforme se acercaban a la zona de entrada de vehículos, la calle tomaba una pendiente de más o menos quince grados, haciendo pasar los ladrillos blancos de las jardineras de forma un poco vertiginosa. Fue una suerte que Brian no anduviese mareado o con náuseas en esos momentos.
-¡Y ya estamos aquí! -exclamó Canatella tras detenerse en la primera zona de entrada, cuyo techo de acrílico blanco creaba sombras opacas y a la vez translúcidas-. Veo que llegamos con diez minutos de sobra; sólo espero que no haya mucha cola para que te registren.
-Tengo mis fichas bien puestas -contestó el chico al tiempo que ella le abría la puerta del Peugeot-. Quisiera darte las gracias por dos cosas. Una, como siempre, por traerme hasta aquí, y dos...
Poco le importó a Brian Lennox que hubiese gente a su alrededor. Dio un paso hacia la Kobold (su bota ortopédica generando un eco duro en el proceso) y le dio el abrazo que ella hubiera querido dispensarle originalmente. Fue un contacto de no más de tres segundos, terminado mediante un beso en la mejilla con la dosis justa de cortesía. La chica peluda se puso totalmente roja, sin siquiera atinar a decir nada.
-...por escuchar mis locas divagaciones y ayudarme a recuperar el optimismo -él le estrechó la mano y ella sólo se dejó llevar-. Mil gracias, Canatella. Eres una gran amiga.
-No... No fue nada, corazón. Siempre que lo necesites, sólo pídelo y... y ahí estaré -ahora dudaba un pelito-. Mejor será que entres. La doctora Mazara te espera y no es bueno hacerla enfadar.
-¿Nos reunimos en la cafetería, como siempre?
La liminal asintió, subiéndose nuevamente al auto de forma casi mecánica y buscando un buen lugar para estacionarse; lo que menos deseaba era ver convertido su vehículo en un horno de alta cocción. Condujo unas cincuenta yardas hacia la zona de urgencias, donde reconoció de inmediato al enfermero que recibiera a Brian ese día que se lastimó el tobillo. El muchacho simplemente respiraba el aire fresco, sentado en ese plinto de piedra que parecía una extensión de sí mismo. Apagó el motor, sacó la llave de la chapa y reclinó un poco su asiento hacia atrás después de bajar hasta la mitad el vidrio automático a su derecha.
-Dices que yo soy una gran amiga, Brian -suspiró-, y no sabes cuánto te lo agradezco. A veces me pregunto si te has mirado al espejo, chico -otro suspiro, esta vez con sana envidia-. Una cosa tengo clara: harás inmensamente feliz y plena a la mujer, sea humana o extraespecie, que conquiste tu corazón.
Encendió la radio satelital y pilló algo que hace tiempo buscaba: la banda sonora de Damn Yankees, una comedia musical de los años sesenta con marcados toques faustianos. Desconectó el taxímetro con una pasada de su garra izquierda, cerró los ojos y, tal como en su reciente conversación con el nativo de St. George, simplemente se dejó llevar. Dio gracias en silencio a Vernon y Diana Wallwork, sus anfitriones y dueños de una tienda de souvenirs en el mismo corazón de la capital, por abrirle las puertas sin reservas y hacerla parte de su pequeño clan. De él también formaban parte Brianna, una muchachita fantástica de doce años con estupendas habilidades artesanales, y Steven, el pequeñajo de diez que siempre la buscaba para jugar rugby o recibir ayuda con sus deberes de la escuela. Ambos tenían el sitio más especial en su corazón y los amaba como si fuesen hermanos de su misma sangre.
"Algún día llevaré a cabo mi gran plan: hacer que mis familias se conozcan. No importa que nosotros debamos viajar a Francia o que ellos vengan aquí", sentenció. "Lo haré aunque me deje la vida en ello y quedará guardado para siempre en nuestras memorias".
Logro desbloqueado
20G - Dando y dando
-30/OF-
Knock, knock, knock...
-Adelante.
La voz de Mazara Bradford tenía un leve tinte de anticipación cuando se abrió la puerta. Desde el pasillo, vestido con una camiseta de tenista hecha de poliéster en tonos blancos y rojos más unas bermudas negras con vivos plateados, entró Brian Lennox-Whitmore, el hombre que le quitaba el aliento. Saludó a la doctora con una inclinación de cabeza y dejó sobre la silla reservada a las visitas una especie de chaqueta roja delgada, parecida a un cortaviento con capucha.
-¿Y eso? -preguntó, señalando el curioso añadido al conjunto del chico.
-Esta mañana llovió, doctora, y como el clima suele ser bastante variable incluso en verano, preferí irme a la segura -él se sentó en la camilla y se quitó la bota ortopédica-. No abulta mucho; ya sabe que no me gusta complicarme la vida.
-Haces muy bien, Brian.
Ella llevaba su cabellera azul petróleo recogida en una rigurosa cola de caballo. Además de su traje especial (dorado y negro) para mantener la mucosa a raya, exhibía una falda gris sobre sus aletas anteriores y no había en su bronceado rostro señal alguna de maquillaje. Ajustó un poco el cronómetro de precisión y después revisó sus notas antes de comenzar una nueva sesión de tratamiento. En un impulso, quiso darle un cariñoso beso en la mejilla al quedar cerca de él, pero se contuvo a último momento.
-Lo siento -ella apartó la mirada y se sonrojó-. Estamos en la consulta. Actuar así es antiético.
-No se preocupe, doctora -él intentó tranquilizarla-. ¿Comenzamos?
-Comencemos.
Brian, desprovisto ya de calzado y calcetín en la pierna izquierda, se tendió a lo largo en la camilla, sintiendo la curiosa fricción de la toalla de papel entre su espalda y el duro colchón médico. Percibió el frío punzante del gel sobre la piel pero luego se relajó conforme la corriente de baja tensión depositaba ese millón de agujas sobre la zona afectada. Se limitó a cerrar los ojos y evadirse, buscando esa paz que generaba el silencio forzado y pensando, nuevamente, en el fantástico panorama planeado junto a Lide.
Durante un cuarto de hora, ninguno de los dos pronunció palabra. Él no deseaba hacer enfadar a su superiora temporal y ella aún no balanceaba del todo las sensaciones causadas tras la cena del domingo. Luego de volver a casa en el mismo taxi que la trajera al Rosewood, calentó un poco de agua en la tetera mientras echaba a andar la ducha. Incluso una anguila como ella, con su espesa mucosa que le permitía vivir en tierra, necesitaba purificar y limpiar su piel. Tras buscar su pijama (hecho de la misma tela especial que su ropa rutinaria) y una bata, se metió en la amplia tina que sus anfitriones adaptaron para ella. No era un jacuzzi pero sus oleadas de calor venían de maravillas a la hora de eliminar los nudos en sus músculos tras largos días en el hospital. Mientras jabonaba su cuerpo desnudo y disfrutaba las gotas besando su piel, pensó en el dulce sabor de los labios del chico y su sorprendida expresión tras esa confesión que pareció salida de un manual de improvisación. Nada podía estar más lejos de la verdad: Mazara veía a Brian no sólo como un símil respecto de la moral y las ideas, sino en la forma de sentir y pensar. Ambos usaban máscaras la mayoría del tiempo, sólo descartándolas en presencia de gente confiable y discreta.
Hasta que lo conoció, nunca había pensado estar seriamente en una relación, rechazando olímpicamente a todos quienes la invitaran a salir durante sus años en la Universidad de Florida. A grandes rasgos recordaba al menos unos veinte intentos, incluyendo un ogro y una Dragonewt originaria de Alexandria, Virginia. Lo suyo, siguiendo el caso en que salvara a Silvino y luego lo reuniera con su madre, era una dedicación absoluta al servicio, a usar sus talentos para bien, como lo pusiera tan adecuadamente el lanzador de los Medias Rojas durante su cena en The Point. Se enorgullecía de su propia seriedad y dedicación, de saber que su contribución a la sociedad era apreciada por quienes realmente la necesitaban. Nuevamente estaba allí la veta de su odio a los hipocondriacos. Y si bien tenía problemas en trabajar con niños, jamás le cerró la puerta de plano a la posibilidad de ser madre. Para esto se inspiraba en Ondina, su propia progenitora, quien ablandara gracias a pura persistencia el férreo corazón de Zachary Holt Bradford, hombre con el que se unió para siempre bajo el sol de Key West y veterano de la Guerra de Afganistán entre otras muchas campañas.
Que el submariner se haya tomado tan bien sus disculpas tras el accidentado comienzo de las terapias en junio sólo lo hizo más atractivo a ojos de Mazara, cuyo corazón fue conquistado por él sin siquiera lanzar una bola al plato. La naturalidad del muchacho hizo todo el trabajo, llenándola con esas mieles que nunca creyó poder probar. En los días anteriores a su cita en el hotel, pasó al menos un par de horas cada noche ensayando su confesión ante el espejo: al principio era un absoluto desastre, su lengua enredándose sola o cambiándole el nombre sin querer. Poco a poco fue afirmándose, trepando por el risco de la duda y colgándose de los escasos puntos sólidos camino a la cima. La última frase, respecto a la doctora y su paciente, fue la más complicada, pero no llegó al punto de estampar sus labios contra el espejo. El vidrio era frío, implacable y parejo, opuesto total del muchacho cuyo rostro sereno ahora contemplaba.
"Desearía que estuviésemos en otro sitio ahora", cogitó la anguila. "Desearía poder espantar ese miedo que tuviste al principio. Desearía demostrarte que mis sentimientos son legítimos y puros. Desearía, Brian Lennox, una oportunidad para acompañarte en tu camino, para ser tu compañera y hacerte feliz".
En ese momento el rostro del chico pareció contraerse en una mueca de dolor. Mazara paró el cronómetro y detuvo el flujo de electricidad desde sus manos al gel.
-¿Sucede algo, doctora? -inquirió él al no sentir las agujas en el tobillo.
-Eso es lo que me hubiera gustado preguntarte, Brian -ella volvió a su lado profesional-. Vi que hiciste un gesto denotando incomodidad. ¿Te sientes bien?
-Sí, estoy bien -Brian se incorporó un momento para dejar descansar la base de su espalda; después se tendió en la camilla-. Mi mente se posó por sí misma en algo desagradable.
-¿Qué cosa? -ella ajustó el respaldo, dejándolo medio inclinado hacia adelante.
-Sólo una pesadilla que tuve anoche -él se encogió de hombros-. No dormí bien y terminé pasando de largo.
-Oh... -la anguila sonaba preocupada-. ¿Quieres hablar de ello mientras continuamos el tratamiento?
-Prefiero dejarlo así, doctora. No quiero hacerle perder su valioso tiempo con mis tonterías -retrucó el muchacho rubio con solemnidad típicamente británica-. Sólo mantenga la calma y continúe con lo suyo.
-Si así lo deseas…
Los 35 minutos restantes se redujeron al diálogo parco de las primeras sesiones, el silencio interrumpido sólo cuando ella le daba una orden o le preguntaba si la corriente estaba en la intensidad apropiada. Una señal de alarma pareció encenderse en el interior de Mazara, girando alrededor de esa pesadilla. Sabía de sobra, gracias a lo que él mismo le había contado más los demás elementos de su historial médico, que Brian no acostumbraba trasnochar, nunca dejaba de tomarse las medicinas a tiempo y estaba, tobillo descontado, en estupenda forma física. Nadaba todos los días, comía bien, bebía poco alcohol y pasaba casi todo su tiempo libre fuera de casa. Tal vez la única licencia que se concedía era sentarse a observar las estrellas en los límpidos cielos del archipiélago.
Bermuda era, además, un país pequeño pero lleno de atracciones interesantes: restaurantes y bares de todo tipo; campos de golf gratuitos o privados; fuertes y plazas construidos por los colonos ingleses; museos, teatros y tiendas de regalos. Incluso las playas como Windsor o Frick, con todo su atractivo natural, eran imanes para pasar allí el día entero en compañía de un picnic, un buen libro o un bodyboard. ¡Si hasta la misma chica monstruo lo describió como la sucursal más hermosa del paraíso! Entonces, ¿qué clase de prodigio nefasto podría haberlo llevado a caerse así?
De momento no podía permitirse pensar en eso.
-Ya estamos listos, muchacho -dijo tras enviar los últimos pulsos de alto voltaje-. ¿Cómo se siente tu tobillo? ¿Has podido pisar mejor entre ayer y hoy?
-Mucho mejor, gracias, aunque sigo siendo tan cuidadoso como siempre -él recibió la toalla de papel y lo secó antes de colocarse el calcetín.
A modo de compensación por lo poco que conversaron, fue ella quien le hizo una seña para levantar su pie y después le colocó la bota, asegurando cada una de las tiras de velcro con decisión. Levantó la cabeza e hizo chocar sus ojos con los de él, sonriéndole.
-Hecho -sentenció-. ¿Sigues yendo a la playa a nadar o simplemente descansar?
-Me paso al menos cuatro horas diarias en el agua.
-Muy bien -asintió la anguila-. Ojalá todos mis pacientes fuesen tan bien portados como tú.
-¿Está bromeando, doctora? -él rió, inseguro de si le estaba tirando los tejos o sólo lanzándole un cumplido.
-En absoluto -nuevamente Mazara tomó el tono serio-. Recuerda que yo sólo influyo en el 20% del tratamiento y el resto corre por tu cuenta. No te me vayas a poner rebelde, ¿eh?
-No pensaba hacerlo, doctora. Muchas gracias por todo y nos vemos el jueves.
-Adiós, Brian. Cuídate mucho.
Seguido por el eco de la bota, el beisbolista tomó su campera y se marchó; ya conocía el camino de sobra. No hizo más que salir de la zona de atención para sentirse aliviado; por un momento creyó que los nervios se lo comerían vivo en su primera sesión tras la cita en el restaurante. El detonante de la pesadilla que arruinara su noche y después pusiera en conocimiento de su madre y de Canatella fue la ansiedad por imaginar qué intentaría Mazara luego de la cena. No tenía potestad ni habilidad para leer sus pensamientos y por eso decidió refugiarse detrás de sus ojos cerrados; nunca nadie inventaría mejor mecanismo de defensa. Había sido cortés y decente, como siempre, sometiéndose a sus instrucciones y contestando sólo al ser requerido. Tal vez le tocaría ir por las piedras dos o tres sesiones más antes de que las cosas retomaran su cauce normal.
-¡Hey! -dijo al ver a la Kobold sentada leyendo un periódico en la cafetería.
-¡Volviste! -la aludida se puso de pie y le dio otro enorme abrazo-. ¿Qué tal anduvieron las cosas?
-Normal, todo normal. ¿Disfrutaste tu descanso?
-Sí, escuché algo de música en el auto antes de venir a merendar algo -Canatella se frotó el estómago-. Hoy he tenido un día de locos, ¿sabes? Antes de recogerte hice como quince carreras y no había tenido tiempo de almorzar.
Lennox-Whitmore notó un lápiz junto a la página abierta. Al parecer la Kobold se había entretenido, entre bocado y bocado, con los sudokus y crucigramas de la última página. Los primeros ya los tenía todos resueltos (la envidiaba sanamente porque era un negado en lo que a secuencias complejas de números respectaba) pero en el puzzle más grande había sólo un término sin llenar. Leyó la descripción y luego tocó el hombro de la taxista.
-Fiquet -le dijo.
-¿Qué? -ella pareció no entender mucho.
-El término que te falta es Fiquet -apuntó a la casilla 35 desplegada de izquierda a derecha-. Hortense Fiquet era la compañera del pintor francés Paul Cézanne, maestro del postimpresionismo. Ya tenías la I de "Islandia" y la "E" de Salem, lugar donde se hicieron las quemas de brujas en Norteamérica -le mostró-. Si bien la F y la T están aisladas en sus casillas, la Q te deja "Quark" en "partícula subatómica" y la U completa "Uri", correspondiente al cantón suizo cuyo escudo de armas incluye la cabeza de un toro.
Canatella sacó cuentas rápidamente y lo entendió todo, dándole al muchacho un golpecito en el hombro de forma amistosa.
-¡Eres un bromista! -exclamó, llamando la atención de todos los allí presentes-. Llevo veinte minutos pensando qué podría haber entrado ahí y tú lo resuelves en cinco segundos. Definitivamente tienes que enseñarme tus secretillos -se arrimó a él como si fuesen íntimos amigos.
-Sólo es cultura general, mi estimada Kobold. Sólo cultura general.
-¿Te parece si discutimos algunos consejos durante el viaje de vuelta? -inquirió ella cuando ambos ya estaban en el exterior-. A veces tengo esperas más largas que esta y los crucigramas siempre son amigos fieles.
-Si lo poco que sé te sirve...
-Todo ayuda, mi amigo -ella le abrió el asiento trasero del coche-. Así como una gran fortuna comienza con una moneda y un largo camino comienza con un solo paso, un crucigrama bien resuelto comienza con un término complicado.
-Y así me calificas de poético -Brian se colocó el cinturón de seguridad-. Tú tampoco lo haces nada mal. ¿Quieres otro consejo?
-Por supuesto -ella ya estaba detrás del volante y poniendo en marcha el motor.
-Anota. Cada vez que tengas una buena idea o un pensamiento ocurrente, anótalo. Sólo necesitas un cuaderno que puedas llevar donde vayas. Si la inspiración golpea, no es bueno dejarla ir.
-Eso suena bien -retrucó Canatella-. Podría tener una agendita en la guantera o algo así.
Hizo una nota mental para comprar una apenas tuviera la oportunidad. O tal vez podría convencer a los hermanos Wallwork de que le dieran uno de sus cuadernos sobrantes. Hablar con sus anfitriones tampoco estaría de más, pero lo primero y más importante era ver qué trucos podría enseñarle su pasajero favorito respecto al elusivo mundo de las casillas blancas y negras puestas a intervalos estratégicamente planeados. ¿Cuántas pistas complicadas había visto en su vida? Más de las que podía recordar.
Desde la ventana de su oficina, Mazara vio la escena en pleno. Verlo conversar con esa Kobold e incluso sonreírle sólo acentuó sus sospechas. Abrió el cajón donde guardaba el expediente de Brian y escribió en él unas cuantas notas a mano; era su diario secreto, ese rincón exclusivo donde podía ingresar las notas que bajo ningún motivo irían en el sistema centralizado del hospital.
29 de Junio de 2017 - 12ª Sesión
Mi Brian llegó con una actitud distinta, casi evasiva y reminiscente de las primeras sesiones que tuvimos hace dos o tres semanas. Me hubiera gustado hablar con él de forma más distendida, pero no se pudo y eso me deja intranquila. Se portó estupendamente bien, siguiendo cada instrucción con la precisión exacta. Respecto al tema de esta entrada, sólo tengo una pista sobre la que es menester actuar: una pesadilla que tuvo anoche. He de averiguar qué podría haber causado semejante desequilibrio en su interior. Aceptaré la respuesta con hidalguía. Y si yo soy la causa, juro que cambiaré. Por él lo haré todo y más.
M.B.
-Sólo me falta guardar esto y ya está -dejó el papel en su cajón secreto y después revisó su agenda-. Me quedan dos sesiones para cerrar el día, pero esto no puede esperar.
Cogió el teléfono y marcó el anexo 226. Le atendieron al tercer tono.
-Granville -dijo la voz del otro lado.
-Hola, Richie -Mazara puso una voz agradable-. Disculpa que te llame tan de repente, pero necesito pedirte un favor.
-Depende de lo que sea, Mazara.
-Me acaba de surgir una emergencia urgente y tengo que retirarme ahora mismo del hospital -arrojó su primera carta distractora-. El asunto es que aún me quedan dos pacientes por atender en mi agenda. ¿Podrías cubrirme, por favor?
-¿Dos pacientes? -el doctor Granville sonaba algo suspicaz-. ¿Quiénes son?
-La primera es Ethel Lillibridge, cuya última sesión es dentro de cinco minutos. Ya sabes, la muchacha que practica windsurfing y se cayó hace tres meses sobre una roca.
-Conozco bien su caso y sé que lo has llevado admirablemente -acotó el otro médico-. Con ella no creo que tenga problemas. ¿Y el otro?
-Marlon Stirewalt.
Hubo una pausa entre ambos. Stirewalt era un caso de manual, poseedor de una personalidad cáustica como consecuencia de un gravísimo accidente que le dejó paralíticas las piernas a los 44 años de edad. Antes de eso había sido eximio navegante, combinando su entusiasmo por las regatas con un estupendo ojo comercial. Vivía de sus rentas y pudo permitirse participar tres veces en la Regata de Barcelona, un viaje sin escalas alrededor del mundo con la ciudad condal como punto de salida y llegada. No poder dedicarse a su gran pasión lo terminó alejando del mar, de su mujer y hasta de sus hijos, quienes se mudaron a Inglaterra hace años porque ya no aguantaban su mal genio.
-Eso será más complicado -dijo Granville-. Stirewalt se enfada hasta cuando lo saludan un segundo muy tarde. Tipo más amargado nunca he conocido, pero el deber es el deber. Tendrás que compensarme por esto, Mazara.
-Si necesitas salir por alguna razón, me encargaré encantada de tus pacientes -confirmó la anguila-. Dando y dando, como dicen por ahí.
-Me parece un trato justo -pausa desde el otro extremo de la línea-. Suerte con tu asunto, Mazara. ¿Es algo muy privado o podrías...?
-Sumamente privado, Richie -ella suspiró-. Te agradezco tu buena disposición, especiamente con algo salido de la nada. Nos vemos mañana.
-Ningún problema. Cuídate.
Terminó la llamada, se quitó la bata blanca y la guardó en el armarito que tenía junto a la puerta. Acto seguido, sacó su bolso de cuero negro y lo revisó: allí estaban su tarjeta de acceso al hospital, su billetera y chequera, su necessaire... Ordenó el escritorio, echó llave a los cajones, bajó las persianas, apagó las luces y dejó cerrada su oficina, dando instrucciones de antemano a los encargados de la limpieza para que comenzaran por allí si tenían consigo las llaves maestras. El beep del sensor ponía oficialmente el cierre al día 27 de junio y daba el pistoletazo de salida a un plan forjado en tiempo récord. Para ello debería pasar primero por casa y después encontrar un taxi o autobús que la dejase lo más cerca posible de los destrozados Arcos Naturales.
El resto debería tejerlo ella con ayuda de las mareas.
Dos horas y media después...
-Gracias por traerme, chófer -dijo Mazara tras descender del taxi al final del camino-. ¿Hasta qué hora me dijo que tenían móviles disponibles?
-Nuestra compañía opera las 24 horas, señorita -contestó el conductor, un humano de cabellera castaña y ojos negros-. Permítame darle una tarjeta; sólo llámenos y tendrá un vehículo lo antes posible.
-Lo tendré en cuenta.
La anguila pagó la carrera de casi doce kilómetros y se encontró frente a lo que, hasta la súbita llegada del Huracán Fabián en 2003, fuese uno de los monumentos más hermosos de las islas. Antes del desastre, ella sólo los conoció en fotos como formaciones de piedra erosionada durante miles de años. El primero, ubicado casi inmediatamente a la entrada de la playa, era el más grueso y contaba con una entrada algo más grande que una persona promedio. Las paredes convergían en ella de modo diagonal, creando lo que, visto desde arriba, parecería una inmensa letra X aplastada.
El segundo, a unas 150 yardas de distancia en dirección al mirador y el puesto de playa cuyas luces estaban apagadas, era más como un conjunto de dedos embebidos en la arena, restos de una mano gigante y tosca cuya labor, de la mano de los elementos, fue formar la península donde ahora descansaba el pueblo. De punta a punta medía dos millas y contaba con varias otras playas; la más especial para ella era Windsor, por ser uno de los lugares favoritos de su querido Brian.
Para llegar hasta allí tuvo que atravesar cuatro Parroquias en un viaje que le tomó casi media hora debido a la hora punta (incluso en Bermuda existía). Mientras iba sentada en el asiento trasero, contempló el paisaje cada vez más oscuro a su alrededor, sólo teñido de naranja por los agonizantes arreboles de un sol que se iría a descansar hasta la mañana siguiente. Salir del hospital resultó más fácil de lo que pensó en un principio y compensaría adecuadamente a Richie Granville por creer su historia a pies juntillas. Al dejar atrás el Lago Mangrove y Trott's Pond, su expresión cambió de inmediato; aquí comenzaban los campos de golf y jardines característicos de la zona más pudiente del país. Su conductor intentó entablar conversación con ella, pero desistió cuando la vio hacer un gesto determinante con la mano, asintiendo posteriormente al preguntarle si podía encender la radio. Con la señal local de la BBC se tiñó el último tramo, comprendido entre South Road y el giro a la derecha en el camino rumbo a Tucker's Town.
Atrás quedaron las hermosas casas con muelles privados, yates y jardines dignos de las revistas chic. Sólo sintió sus ojos brillar al llegar a la bifurcación donde estaba la entrada al condominio, custodiada por un conserje con ojos de águila. "Veo que no erré al considerar este factor", se dijo en ese entonces para infundirse ánimos. "La playa es mi mejor opción para colarme en la villa sin ser vista".
El mar rugía en esos momentos. Ahora era noche cerrada y la luna, en cuarto menguante, aportaba la luz justa para generar esas caprichosas sombras. Aunque no había nadie a su alrededor, Mazara mantenía todos sus sentidos en guardia, deslizándose suavemente entre la arena cada vez más húmeda. La marea subiría dentro de poco, mas ella venía preparada: llevaba un traje de baño de cuerpo entero ceñido a su bien proporcionada figura y encima de todo ello un cortaviento gris oscuro. Lo único que podía revelar su presencia era la mucosa, cuyo rastro quedaba escrito cual tinta plateada sobre el suelo de la playa.
-Bien, aquí está el segundo arco, o lo que queda de él -miró el techo agujereado y destrozado por esos vientos idos-. Este no es un escondite muy apto, pero de aquí al muro posterior del pabellón es terreno descubierto. Sólo espero que no haya alguien dando vueltas...
A la izquierda de la zona segura formada por las rocas se prolongaba un bosquecillo increíblemente tupido, con árboles de copa gruesa y arbustos espinosos; por allí no podría colarse sin sentir cientos de agujas dañando sus preciadas escamas. Miró a ambos lados y, al no notar a nadie, se deslizó hacia la derecha. Justo en la zona donde recién comenzaba a mojarse la arena notó los rastros dejados por un montón de sillas de playa, extendidos en una línea de casi 120 yardas hasta el fondo de la península. Se encogió al pegarse a la pared posterior del edificio y sentir la respiración de alguien. Concentró sus instintos de depredadora, cogiendo una piedra que encontró tirada a escasos centímetros antes de asomar la vista por la esquina. Cerca de la piscina, cuyas aguas brillaban de forma cómplice, estaba el vigilante nocturno, cuya labor también consistía, a juzgar por la pértiga con malla que llevaba, de mantenerla limpia.
Volteó la vista y vio que su rastro de mucosa se hacía cada vez menos visible. Debía moverse rápido.
"Electrocutarlo está fuera de toda cuestión", pensó Mazara. "Sin embargo, esto me ha dado una idea", tomó el peso del proyectil en su mano derecha. Retrocediendo casi veinte pies, fijó la puntería en el poste metálico de una farola apagada y la arrojó contra él, generando un ruido sordo que, entre tanta soledad, se extendió como fuego en pasto seco.
-¿Eh? -dijo el vigilante, dejando su pértiga a un lado-. ¿Quién anda ahí?
Clang!
Otra piedra, esta vez más pequeña y de sonido una octava más agudo, repiqueteó de modo espectral y casi hizo gritar al humano, quien acudió de inmediato a ver qué sucedía. Aprovechando el espacio, la chica monstruo de piel bronceada se coló más allá de los límites del club, encontrando en el acto refugio dentro de un sendero estrecho, bien camuflado y cuyo suelo húmedo era bálsamo para sus escamas. Lanzó un suspiro, concediéndose cinco minutos de descanso a fin de reponer sus reservas de mucosa.
-Por poco no lo consigo... -susurró; luego aplaudió un par de veces-. La parte más complicada está hecha. Con un poco de suerte, este caminito me dejará bien cerca de la residencia Lennox.
Resumiendo la marcha, emergió en la parte curva de un camino amplio, pavimentado e iluminado sólo en ciertas zonas. Sombras más amplias le permitirían moverse con más libertad, siempre y cuando evitara ser sorprendida por las luces encendidas en los pórticos cercanos. Notó el poste de madera barnizada y sonrió.
16 ← Shore Lane → 25
-¡Avanzamos! -celebró discretamente mientras cogía la vereda izquierda-. Sé que Brian vive en la casa 15, pero eso está en el camino principal. Sólo debo superar esta gran curva y estaré allí.
Los números de las propiedades parecían estar asignados al azar y no por el lado de la calzada. La consabida casa 18, de altas murallas blancas y equipada con un par de cámaras de vigilancia, se encontraba al costado diestro, justo donde empezaba el giro a la derecha desde la perspectiva de Mazara. Siguiendo siempre el borde de las inmaculadas arboledas, se movió por la izquierda hasta llegar al límite del número 17, cambiando de lado debido a que esta cerca era con barrotes y proveía muchísimo menos espacio para cubrirse. Sólo una de las ventanas aparecía con los marcos perfilados por la luz y estaba en el rincón más lejano, dándole un suspiro de alivio. El número 16, ubicado cincuenta metros más allá, era otra propiedad en tonos blancos, aunque algo más pequeña y con un prominente garaje para, según sus cálculos, tres o cuatro vehículos de buen tamaño.
"Ni en cien años conseguiría comprar una propiedad aquí", pensó ella. "No es algo que me quite el sueño, en todo caso. Estoy aquí por otra razón mil veces más importante que el dinero, el lujo o el qué dirán." Se sonrojó y pasó el último recodo, llegando a la esquina del camino principal.
Tomó aire nuevamente y se escondió detrás de una serie de arbustos magníficamente cortados. Sin duda los jardineros del condominio hacían un estupendo trabajo. Ni una sola hoja, brote o punta de rama se veían fuera de lugar. Agradeció por su buena estrella; hasta ese momento no había necesitado lanzarse al agua, ya fuese de una piscina o del mismo mar a sus espaldas. Miró hacia su izquierda y después al otro lado. Nada de nada. Podía cruzar sin problemas en busca de la tierra prometida. Sólo por estar 100% segura, pasó la vista por otro poste barnizado, aunque algo más maltratado por el paso del tiempo. Incluso parecía abollado en la parte inferior. ¿Un choque accidental, quizás?
Exit ← Tucker's Town Road → 15-1
Aguzando su visión nocturna lo más posible, Mazara volvió a moverse por la vereda de la izquierda. Su buena fortuna continuó cuando, tras voltear nuevamente, notó que su rastro era demasiado tenue para delatarla. El bosque había absorbido la mayoría pero sin deshidratarla del todo. Deleitó sus pulmones con la mezcla del aire salado atacando la península por ambos lados y mezclado con los aromas de las flores plantadas en ordenados almácigos. El rostro de la oriunda de Key West se iluminó al ver otra estructura blanca, con su consabido tanque y una serie de arbustos ornamentales bajo las ventanas.
"¡Por fin llegué! Ahora sólo tengo que..."
Su tren de pensamiento se cortó de súbito al notar que la puerta principal se abrió. Escondiéndose nuevamente tras otro de los incontables ejemplares de árbol frondoso, vio que Brian, aún vestido con la misma ropa con la que fuera a la consulta esa tarde, salía a dejar varias bolsas de basura a los contenedores ubicados frente al caminito del garaje. Se deshizo gradualmente de los papeles, vidrios y latas antes de regresar por donde vino y cerrar la puerta.
Lo que la anguila alcanzó a notar antes de que desapareciera fue un rostro algo más tranquilo, pero teñido con la picardía clásica de quien está incubando una idea notable en su cabeza.
-¿En qué estarás pensando ahora, Brian? -preguntó la liminal en voz alta-. Esa es la pregunta cuya respuesta he venido a buscar esta noche. El asunto es que no puedo llamar a la puerta como si nada y pedirle a él, o a su madre, que me dejen entrar.
Rodeó la casa y buscó un punto para llegar hasta el jardín posterior, beneficiándose de las persianas cerradas en las ventanas del frente. Distinguió la voz del beisbolista, reconociendo también la de la señora Stella. Asomó con sumo cuidado la cabeza y ahí los vio, sentados en la terraza y con sendos vasos de té helado en una mesita de vidrio con refuerzos metálicos.
-Ya me encargué de los desperdicios, mamá -dijo el ojigris tras sentarse en su sitio-. Al menos invertí bien el último tercio de la tarde para separar la basura. Lamento haberlo dejado hasta tan encima.
-No te disculpes, mi amor -contestó la chef, ataviada con pantalones de mezclilla, una camisa blanca y sandalias de tela; llevaba el cabello suelto-. Ambos tuvimos días complicados, especialmente después de lo que pasó anoche.
-Aún me siento mal por haber interrumpido tu sueño -se excusó él-. Digo, tener de la nada una pesadilla tan estúpida...
-Tus miedos no son una estupidez, Brian. Hiciste lo correcto al venir a mí y desahogarte -ella lo abrazó por los hombros-. Aunque yo misma estuviese exhausta y sin ganas de nada más, siempre encontraré tiempo para consolarte, para espantar tu pena y darte el amor que mereces. Recuerda que tú eres mi vida.
-Gracias, mamá. Gracias.
El muchacho se puso de pie, le dio un beso en la mejilla y volvió a sentarse, tomándose su bebida en dos tragos. Mazara no pudo evitar conmoverse desde su posición, recordando cómo su propia madre siempre estaba dispuesta a tenderle un cable durante sus momentos difíciles (los tuvo por montones, especialmente en su adolescencia). Tragó algo de saliva e inhaló nuevamente el delicioso aire para calmarse; lo último que deseaba era delatar su presencia.
-¿Sabes, Brian? -Stella retomó la conversación-. Yo misma he tenido pesadillas parecidas a la tuya. Recuerdo perfectamente la más nítida porque también la sufrí no pocas veces: tu padre y yo no escatimábamos esfuerzos por ampliar la familia en esa época donde aún nos amábamos. La traición ni siquiera pasaba por mi mente. Pasaba el tiempo y como nuestros intentos acababan en fracaso, fui a hacerme un examen médico y el resultado me dejó con el alma en los pies.
-¿Qué te dijo el médico? -inquirió él, casi con miedo.
-Que era estéril -contestó la chef-. Nunca podría tener hijos propios porque mis óvulos eran defectuosos. Se me vino el mundo abajo: me deprimí, dejé de trabajar un tiempo e incluso me mudé a casa de tus abuelos en Somerset. Sólo deseaba estar sola, que nadie me molestara en ese duelo cuya sola mención desgarraba mi alma -ella se quebró un poquito, causando sin saberlo que Mazara se estremeciera entera-. Lawrence me ofreció adoptar en ese momento, pero yo lo rechacé. Yo quería un hijo propio, que creciera en mi vientre y llevara mi sangre. Nada más me habría dejado satisfecha. Igual terminamos divorciados pero por motivos distintos. En ese mundo alternativo nunca existió su infidelidad, sólo mi honda pena por ver mi mayor realización arrancada de cuajo.
Madre e hijo se unieron en un abrazo, completando ese curioso ciclo en el que antes participara Canatella como válvula de escape. Stella sollozó en los hombros de Brian, dejando escapar sus mayores temores ante la única persona de su absoluta confianza.
-Por eso la tía Amanda es tan querendona conmigo, ¿verdad? -dijo él tras pasarle una caja de pañuelos desechables.
-Así es, mi niño -la mujer ya estaba algo más tranquila-. Ella nunca pudo ser madre y aunque hay varios otros sobrinos en la familia, como Lizzie o Blair, tú eres lo más cercano que ha tenido a un hijo. A veces te sobreprotege y puede ser algo brusca, pero eso tiene sus raíces en ese gran deseo inherente a todas nosotras. Es su forma de demostrar que te ama. Mi hermana ha sido mi mayor aliada cuando yo no he podido estar junto a ti.
-No puedo más que estarle eternamente agradecido por todos estos años de dedicación -añadió el muchacho-. Ahí existe una raíz aún más profunda: los seres humanos no estamos diseñados para vivir solos. Necesitamos a alguien con quien compartir alegrías, penas, desafíos y elecciones: familiares, amigos, tal vez un alma gemela.
Mazara sintió detenerse su corazón ante la mención de esas dos últimas palabras. Cerró los ojos y ató cabos rápidamente antes de continuar escuchando esa conversación tan trascendental.
-¿Alma gemela? -la voz de la madre pareció iluminarse-. ¿Acaso tienes tus ojos puestos en alguien, pillín?
-En absoluto, mamá. Sólo lo mencionaba como ejemplo. Tiene que ver con las realizaciones de las que hablabas hace un rato. ¿Recuerdas ese famoso dicho sobre la vida plena? "Planta un árbol. Escribe un libro. Ten un hijo". Esos son sus ingredientes. Tal vez nunca llegue a hacer las tres cosas, pero de momento me conformo con recuperarme de la lesión al tobillo.
-Aún eres joven, Brian. Ya verás que pronto encontrarás a alguien -lo besó en la mejilla-. Desde ya digo que no me importa si es una humana o una chica monstruo. Si ella es decente y te hace feliz, apoyaré absolutamente tu decisión, siempre y cuando cumplas una condición.
-¿Cuál sería?
Ambas mujeres levantaron la vista hacia el mismo punto del cielo, donde las estrellas parecían dar forma a una flecha apuntando hacia el noreste. Stella rellenó sus pulmones de aire y espantó los últimos estertores del llanto antes de contestar.
-No cometas los errores de tu padre -la voz de Stella estaba teñida de ternura y consejo-. Disfruta cada momento que pases con ella. Quiérela. Escúchala. Apóyala cuando se caiga y permite que ella devuelva la mano de ser necesario. Sólo sé tu mismo. La franqueza construye los bloques más duros sobre los que cimentar una relación.
Siguieron diez minutos de silencio. Mientras los Lennox-Whitmore contemplaban las constelaciones tejidas en el firmamento, Mazara se permitió sacar sus últimas conclusiones gracias al frescor de la pared contra la que se apoyaba ahora mismo. Escuchar aquella conversación le reveló la película en pleno: la pesadilla de Brian tenía que ver con un universo alterno y oscuro, uno en el que nunca existió y su madre, desesperada por la ausencia de alguien en quien volcar su amor, veía su vida descarrilarse. Odió intensamente a la figura ausente del marido adúltero que lo dejó todo en la estacada por una maldita aventura. ¿Qué clase de bastardo podía abandonar a una mujer como Stella? Fue una suerte que el susodicho no estuviera ahora mismo en Bermuda; sentía ganas de pasarle una buena porrada de voltios por ese sucio cuerpo. Meditó sobre el mayor miedo de ese muchacho ejemplar, dedicado como ella y con un profundo sentido del deber. "Los seres humanos no estamos diseñados para vivir solos. Tampoco las liminales", razonó la extraespecie mediante su propia extensión de la idea fuerza. Si bien ella tenía varios amigos y colegas en el hospital, pasaba la mayor parte del tiempo sola, sus anfitriones casi siempre ausentes de acuerdo a las palabras que intercambió con él en la cena. A veces el vacío se hacía pesado, opresivo, casi irrespirable.
-Haber acertado en mi vaticinio inicial sólo renueva mi determinación -susurró, su valentía erizándole cada poro y escama tras recordar ese instante en su oficina-. No permitiré que sucumbas ante ese miedo, mi amor. Jugaré mis cartas con criterio, tal como lo hice en esa maravillosa velada en el Rosewood. Demostraré que puedo ser el alma gemela que tanto necesitas y caminaré contigo cada paso hacia el futuro.
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40G - Mente despierta, mente resuelta
"Mamá, papa, si están despiertos ahora mismo, sólo les pido una cosa", habló en silencio, persignándose posteriormente. "Recen por mí porque necesito todas las buenas vibras posibles."
-Cambiando de tema -la voz de Brian cortó el apacible silencio del jardín-, me siento feliz porque por fin vas a tener un día libre, mamá. ¿Hace cuánto que no te daban uno?
-Ya perdí la cuenta, mi amor -la mujer rió-. Tengo muchas horas de vuelo, pero también una sorpresa para ti: el señor Heathcott me dio todo el fin de semana libre.
-¿En serio? -él casi estalló de alegría-. ¡Qué fantástico! Definitivamente tú y yo tenemos que hacer algo el sábado o el domingo. Tal vez podríamos visitar a los primos en Somerset, ir al teatro o al cine e incluso a jugar golf. Y si todo eso no es suficiente, también viene el mercadillo a Hamilton.
-Brian, con esa pierna no puedes jugar golf.
-Pero sí puedo ser tu caddie, ¿eh? Sé que debes tener tu juego de palos guardado en algún sitio.
Mazara se sonrojó ante la ternura del muchacho, recordando cuando le había preguntado si era de verdad. No sólo lo era, sino que estaba cortado de la tela más fina y pura de todas. Este debía ser el primer caso en que un hijo se ofrecía a un rol tan sacrificado como el de caddie, especialmente si se jugaba una ronda completa en los complejos links de la isla principal.
-Me vas a malacostumbrar, hijo.
-Vive un poco, mamá. Y ahora que lo pienso, este viernes... -Brian se detuvo en seco; había hablado más de la cuenta.
-¡Espera un momento! -Stella sirvió más té helado en los vasos de ambos-. ¿También tienes algo para este viernes?
-Quizás, quizás, quizás... -retrucó el aludido como en el estribillo de la famosa canción-. ¿Quieres seguir dibujando con estrellas?
-Bueno, de constelaciones sé poco y nada, así que sorpréndeme.
Esa era la cuña que la anguila necesitaba para mandarse cambiar. Deshizo todo el camino hasta el límite de la piscina del club de la playa; ahora el vigilante no andaba por ningún sitio. Se quitó el cortaviento e ingresó a la marea que ahora llegaba casi hasta el mismo cerco de roca delimitando el área de la piscina. Deleitándose con el agua cálida, nadó en dirección contraria a la extensión de la península y sintió sus facultades más finas, como la visión nocturna y el prodigioso olfato de depredadora, despertar a plena capacidad. Apreciaba cada grano de arena en movimiento bajo ella, la escurridiza luz lunar creando refracciones misteriosas e incluso los pequeños habitantes de las zonas poco profundas en busca de comida. Ella misma sintió hambre después de un plan en el que apostó fuerte y consiguió justo el número deseado en la ruleta.
Renacida y optimista tras obtener un nuevo y noble objetivo, emergió del mar casi en el mismo punto donde iniciaba el primer arco destrozado por los vientos huracanados. El aire helado erizó un poco los poros de su piel expuesta, problema rápidamente solucionado gracias a una toalla extraída de un bolso deportivo que ocultó a escasos metros de donde la dejara el taxi en el viaje de ida. Con la parte superior de su cuerpo seca, notó que sus pezones estaban bien marcados en la tela del traje de baño. Necesitaba refugiarse rápido, así que cogió el teléfono inteligente guardado en un bolsillo aparte y abrió la aplicación de mapas mientras reptaba camino abajo, cuidando en todo momento que el conserje de la villa no la sorprendiera infraganti.
-El punto más cercano a donde estoy ahora es el campo de entrenamiento del Mid Ocean Club -miró la pantalla-. Es el mejor sitio para emprender el regreso; de aquí al restaurante SulVerde hay al menos quince minutos de camino. Mientras más expuesta esté, más en riesgo me pongo.
Marcó rápidamente el número de la tarjeta recibida hace lo que pareció una eternidad y le contestaron de inmediato.
-Compañía de Taxis de Bermuda, buenas noches -dijeron del otro lado de la línea-. ¿En qué podemos servirle?
-Buenas noches -dijo Mazara con su tono más cortés-. Necesito un móvil lo antes posible para la entrada del Mid Ocean Club; estoy cerca de la zona principal, por donde se va al driving range.
-Está de suerte, señorita -contestó el operador-. Hay un móvil a sólo cinco minutos de usted. Lo enviaremos de inmediato. Es un coche blanco.
-Hágalo, por favor. Ha sido un largo día y sólo deseo volver a casa.
-¿Su nombre y teléfono, si no es mucha molestia?
-Mazara Bradford. Creo que mi número ya lo tienen, considerando que tomé un móvil hace poco rato.
-¡Ah, aquí está! Tiene usted razón. Necesito su destino para informarlo al conductor.
-El número 24 de Victoria Street. Y que el chófer tome la ruta más expedita posible.
-Enterado. Gracias y buenas noches.
-Igualmente.
Tras colgar, envolvió su chaqueta mojada en la toalla y la arrojó sin más ceremonias al interior del bolso deportivo. Sentada entre dos luminarias ubicadas justo dentro del jardincillo más allá del muro de roca a la izquierda, se preparó para disfrutar la espera. Estaba exhausta y satisfecha a partes iguales. Esa noche dormiría muy bien y mañana por la mañana hablaría con Aaron Bentley (o quien hiciera falta) para pedir el viernes libre. A Granville no le haría mucha gracia, pero nadie podía preparar unos buenos omelettes sin quebrar huevos.
Avancemos unas ocho o nueve horas...
Brian Lennox-Whitmore sólo despertó cuando sintió sus brazos topar la pared detrás de él. Abrió los ojos y miró la naciente luz solar colándose por las persianas no cerradas del todo. Bostezó como un auténtico león y después echó un vistazo al reloj ubicado en su mesita de noche. Al ser apenas las siete y cuarto, eso significaba que había dormido menos de ocho horas. Por raro que sonara, se sentía absolutamente descansado, recargado, fresco como si hubiese pasado una semana entera atrapado entre las cómodas sábanas de su lecho.
-Ya que se me agotó el sueño -dijo, calzándose las pantuflas y poniéndose una bata-, mejor será que vaya a preparar el desayuno. Me espera otro fantástico día en compañía de Lide y hay que comenzarlo como corresponde.
Abrió las persianas y después las ventanas, recibiendo el fresco aire marino directamente en el rostro. ¡Qué contraste con la mañana anterior, cuando apenas pudo arrastrarse desde el lecho a la ducha y comió el desayuno casi por inercia! Evidenció así el peso y tarifa que cobraban las pesadillas brutales en cualquier tipo de mente. Sincerarse con Stella anoche surtió maravillosos efectos en su conciencia, ayudando a limpiar su alma gracias a las siempre bien ponderadas palabras salidas de un ser repleto de cariño.
-Hoy no se esperan lluvias -mencionó tras revisar la aplicación del clima en su teléfono-. ¡Ah, aquí hay unos mensajes de la tía Amanda!
Abrió WhatsApp y se encontró con tres textos breves de la publicista, enviados hace menos de diez minutos y teñidos de ese cariño tan especial que su madre mencionara anoche.
Buenos días, mi niño. Hoy me espera otra jornada de perros en la oficina: tenemos que enviar los encargos para las licitaciones de Vodafone y T-Mobile.
¡Son contratos enormes y nos catapultarían a la fama si salen bien! Pero incluso eso queda pequeño ante lo mucho que te extraño, Brian. Y aún faltan tres meses completos para volver a verte... Sólo espero que pasen rápido.
Cuídate mucho, amor. Disfruta tu día por ambos. Y si conoces a una linda muchachita en las playas, las calles de Hamilton o los campos de golf, cuéntame todo sobre ella. Recuerda que debe tener mi sello de aprobación si quiere salir contigo, ¿eh?
El submariner rió con ganas antes de redactar una respuesta sencilla.
Gracias por escribirme, tía. Sólo confíe en sí misma y todo saldrá bien en las reuniones. Yo también cuento los días para que nos volvamos a encontrar. Mamá le manda saludos.
Su solterona e independiente pariente nunca cambiaría, pero esa era exactamente la razón por la que la adoraba tanto como a su propia madre. Se dirigió al armario y decidió cambiar un poco su conjunto, dejando los trajes de baño convencionales guardados y optando por uno en tonos azul marino que le llegaba casi hasta los tobillos. Ceñido a sus muslos y gemelos, era del mismo tipo prohibido, en controversial decisión, por la Federación Internacional de Natación tras una temporada de locos en la que se rompieron medio centenar de récords mundiales en cuestión de meses. En todo caso, él no era Mark Foster, así que podía darse el lujo de usarlos en las aguas de Windsor Beach.
-Esto también servirá -cogió una camiseta de algodón roja con el escudo de armas bermudeño cerca del pectoral izquierdo-. No es que me sienta excesivamente nostálgico ni nada por el estilo, pero he usado demasiados blancos y negros estos días.
Se demoró sólo seis minutos en ducharse a conciencia y salió del baño con el pelo a medio secar y la bota ortopédica siguiendo cada centímetro con el consabido eco. Dejó el pijama en el canasto de la ropa sucia (ese día le tocaría hacer la colada antes de irse a dormir), entró a la cocina con mucho cuidado y revisó el refrigerador en busca de algo para preparar un desayuno sustancioso. Al dormir tan bien, despertó con un hambre de los mil demonios; pocas cosas le desagradaban más, como buen hijo de chef que era, que dejar un estómago insatisfecho.
Cuando estaba decidiendo si preparar una buena porción de avena con canela, recurrir a los waffles con Nutella y la leche con plátano u optar por el tocino crujiente con verduras y tostadas más una taza de té con leche, escuchó un golpecito en la ventana. Volteó y se encontró con un rostro que conocía muy bien.
-¡Taira! -exclamó él, yendo a abrirle la puerta-. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿No se supone que entrabas a eso de las ocho?
-¡Muy buenos días, Brian! -ella lo saludó con un leve apretón de manos, liberando después esa exquisita esencia floral-. Pedí a mi jefe entrar una hora más tarde y también quedarme una hora más para cumplir mi promesa.
-¿Promesa?
-¡Claro! ¿Recuerdas que me ibas a contar todo sobre tu cita del domingo pasado? -la troll, siempre tan modesta, buscó un lugar para sentarse-. En vez de hacerte caminar hasta donde yo estuviera, preferí venir aquí directamente y ahorrarte el esfuerzo; recuerda el estado de tu tobillo.
-Taira, no debiste… -el chico se veía algo cohibido.
-¡No es ninguna molestia, chico! -respondió ella, sonriéndole y abriendo sus monumentales brazos-. ¡Ven aquí! ¡Dame un abrazo!
Sin deseos de discutir tan temprano, el rubio simplemente se dejó acoger por la enorme chica monstruo, quien lo rodeó con una delicadeza inusitada para una extraespecie definida por sus modales toscos. Era otra muestra de ese cariño típico de una hermana mayor que siempre encontraba una forma de subirte el ánimo. Si bien podía considerar a Taira y Adamina hasta cierto punto como sus "hermanas mayores", la Hinezumi tendía a irse por el lado más lúdico y directo, estimulándolo a buscar continuamente sus límites. La jardinera, por sus fueros, plasmaba una dimensión más calmada y contemplativa, rompiendo una vez más los estereotipos amarrados a las liminales de gran tamaño. A cada minuto que pasaba con Taira, no podía dejar de calificar a Tolkien y los demás escritores de fantasía como un montón de soberanos imbéciles; estos no habrían distinguido una troll de una ogro y mucho menos de un poste de alumbrado público.
-¿Y esto a qué viene? -inquirió él.
-Para celebrar tu felicidad, claro -retrucó la especialista en plantas y flores-. Además, recuerda que debes cuidar ese tobillo. ¿Te gustaría que te ayude a preparar el desayuno?
-Si tienes una receta que puedas enseñarme, trato hecho.
-La tengo -Taira sonrió-. Mientras la preparamos, podemos charlar sobre lo que nos interesa. ¿Tienes arroz de grano grueso, azafrán, ajo, sal, crema de leche y un poco de cordero?
-Todo excepto lo último -dijo Brian mientras buscaba los demás ingredientes-. ¿Qué puede reemplazar al cordero?
-Vacuno está bien, de preferencia sin grasa; hay que cuidar la línea -le guiñó el ojo con mucha complicidad-. Y si es roast beef, no podría ser mejor.
-Estamos dados, entonces.
La siguiente media hora se les fue en preparar un plato similar a un buen risotto, mezclando el aromático dorado del azafrán con las esencias de la carne tierna y dejando que el arroz absorbiera esos benditos jugos para adquirir una textura cremosa. La extraespecie, mientras medía los condimentos a fin de dar el toque justo, quedó gratamente sorprendida por las reacciones de su contraparte ante lo desconocido, felicitándolo por animarse a ir a una "cita a ciegas", como la describió. "Yo nunca he ido a una porque, la verdad, no me considero demasiado atractiva", añadió ella. De la unión de la crema y el exceso surgió una exquisita salsa para acompañar los trozos colocados ordenadamente en platos idénticos. El ajo, una vez usado, terminó con un nuevo hogar en el basurero a corta distancia. Brian Lennox, alternando el diálogo con la revoltura en la cacerola, respondió que cada ser vivo contaba con una belleza interior inherente, oculta tras las máscaras usadas en el día a día. "Sólo cuando estamos con nuestros amigos o gente que apreciamos", elaboró, "nos quitamos las máscaras y somos nosotros mismos. Quienes pueden descubrir las claves para ver más allá son los únicos capaces de hallar la recompensa al final del camino".
Una vez estuvo listo el preparado, ambos se sentaron a comer frente a frente.
-Aunque vendría de perillas para esta delicia, no voy a ofrecerte Chardonnay porque es demasiado temprano para andar bebiendo -se excusó él-. ¿Te parece bien un vaso de jugo de frutas?
-Sería perfecto -respondió ella, pletórica ante los argumentos anteriores que lanzara Brian-. No sé si te lo había dicho antes, pero soy abstemia por elección propia. He visto lo que el alcohol bebido sin moderación puede causar y, siendo franca, no es bonito -bajó un pelín la cabeza.
-Perdón por preguntar, pero ¿tus anfitriones tienen problemas con la bebida?
-En absoluto. Ninguno de los dos jamás ha sabido qué gusto tiene una gota de licor, así que fue casi humorístico cuando les regalé un sacacorchos automático de acero inoxidable la pasada Navidad. Eso sí, donde yo nací la gente no tenía tanto autocontrol como una persona consciente de su propio hígado -señaló, moviendo sus manos y esparciendo más aroma floral-. Si mi familia se mandó cambiar de allí hace una década fue por eso. Las taigas son un problema sin solución y no volveríamos allí ni aunque nos pagaran en oro.
-El alcohol bebido sin moderación es el padre de todos los vicios -acotó el rubio, citando textualmente a René Goscinny y Albert Uderzo-. Como le escuché decir a Ciro Sabbatani, uno de los muchachos del Rosewood, ruso que no chupa no es ruso ni es nada. Triste, pero cierto. Añado desde ya que yo mismo consumo alcohol en contadas ocasiones y sólo como forma de socializar. Y del tabaco paso olímpicamente.
-Somos dos; pocas cosas detesto más que el olor a cigarrillos. De vuelta al tema, ¿qué tal era esta chica con la que fuiste a cenar?
-Bueno, esto es como jugar a la ruleta, pero partiré por decir que quedé gratamente sorprendido.
Desarrolló en detalles sencillos los aspectos positivos de Mazara, haciendo especial énfasis en su forma de pensar y cómo el sentido del deber definió las vidas de ambos desde muy temprano. Por supuesto no la nombró ni mencionó que era la terapeuta tratándole el tobillo lastimado tres veces por semana; evitar conflictos éticos constituía una condición inviolable desde ambos lados. Usar la figura de la cita a ciegas se apegaba estrictamente a la verdad, ya que ni la anguila ni él sabían qué esperar de la velada en un principio. El plato resultó ser aún más delicioso de lo que había predicho y no pudo evitar preguntar de dónde había obtenido Taira semejante maravilla.
-Esto es algo que me enseñó mi madre -señaló la aludida- y ella lo aprendió de mi abuela. Ha estado en la familia durante generaciones. ¿Te interesaría tener la receta?
-Pensaba pedírtela pero me quitaste las palabras de la boca, Taira. ¿Eres adivina?
-No, Brian. Sólo es la clase de favor que hago a un buen amigo como tú.
Terminaron de comer y aunaron sus esfuerzos para dejar todo impecable. Faltando cinco minutos para las ocho y media, la troll se despidió de él con una sonrisa para partir a trabajar. Los jardines, senderos y árboles no iban a mantenerse solos. Mientras la contemplaba irse, usando el mismo vestido blanco que llevaba el día que se conocieron, Brian se apoyó contra el dintel de la puerta principal y esparció el naipe de sus bendiciones sobre una mesa imaginaria cubierta con fieltro verde. Aún con el lastre del tobillo lastimado, el apoyo de sus seres queridos continuaba animándolo a abrir esa nueva dimensión en su vida, una que hasta hace menos de un mes conocía sólo de forma superficial o en ámbitos bastante más restringidos.
Nota del Autor: ¡Feliz año nuevo, queridos lectores! La vida sigue y la escritura también, así que arrancamos el 2018 con un nuevo capítulo de Muros de Cristal, el décimo y en el que además superamos las 100 mil palabras. Su hilo conductor son los miedos, cuya sola admisión requiere no poca valentía en una época como la nuestra, marcada por el desdén gratuito y las críticas descarnadas del populacho. Una vez más brota la necesidad de compañía como base de cualquier pirámide emocional. El profundo y quemante amor filial entre Stella y Brian, así como las sólidas cadenas de amistad conectando a Canatella y Taira con el chico, son pruebas de ello y permiten acceder a sus lados más sensibles, casi siempre ocultos tras máscaras férreas. Construir el pasado de la Kobold fue otro ejercicio interesante, permitiéndome jugar con la cultura y la geografía para obtener excelentes resultados.
El miedo también deja huellas en Mazara, cuyos sentimientos por el chico adquieren una perspectiva más definida mediante una mezcla de principios, acciones y su propio pasado. La presente sesión podría haber sido mucho más tensa si se considera que fue la primera tras su confesión, pero preferí guardar esa cuota emocional para su incursión nocturna a Tucker's Town, en la que llegó a rozar con los dedos la esfera más íntima de su amado y recibir un envión de aire puro a lo profundo del corazón. Aún siendo una depredadora innata y sigilosa, sabe que debe mantener la discreción a tope; de ahí se explica la bitácora escrita a mano. Describir el ambiente y disposición del condominio no fue fácil; como es una zona privada, tuve que echar mano a mapas satelitales e imaginar el resto hasta donde lo permitieron mis capacidades.
Valaika está tan ansiosa como yo de ver qué sorpresas trae el correo esta semana. Fuimos a buscarlo bien temprano a la estafeta para evitar el calor, pero igual terminó imponiéndose una ducha compartida a media mañana.
Pirata: ¡Hola otra vez y gracias por comentar! Mi política personal es responder de forma pública o privada (según el caso) todas las reseñas que llegan; no hacerlo sería una falta de respeto. A lo que nos convoca: lo que al principio asoma como un plan de batalla termina convirtiéndose en una maravillosa coincidencia y refleja, además, que Lide no es una chica calculadora ni fría; simplemente se dio el tiempo de repensar todo con calma y seguir su corazón. Ella y Brian tendrán nuevas oportunidades de seguir progresando en su peculiar relación. Por otro lado, me gusta intercalar tramas pequeñas alrededor de la grande para dar un descanso al lector y mostrar otras caras de la vida, como el mismo béisbol. He usado este recurso en mis otras historias publicadas aquí: Rojo y Azul y Trueno Sangriento.
No hay más que decir salvo desearles un 2018 lleno de éxitos. Gracias nuevamente por leer, comentar y recomendar esta historia; es la mejor recompensa al esfuerzo aquí puesto. ¡Hasta la próxima semana!
