Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes que se reconocen son de Stephenie Meyer; yo sólo los transporté a un Universo Alterno haciéndolos a todos humanos y creando una trama distinta. Por ende, la trama me pertenece. Plagear es feo y a Edward no le gusta.
Sí, amo
Diez:
Celos de madera. (Primera parte)
Érase una vez un lobito de madera en una muñeca.
.
Labios. Él.
Sí, eran las únicas palabras en las que podía pensar.
Mi mente se rehusaba a buscar algún otro tema con el cual entretenerse; en parte gracias a él. El calor que emanaba su cuerpo, tan cerca del mío, era casi adictivo. ¿Y para qué hablar de su olor o su aliento? Efluvios que simplemente no podía ignorar. Que desordenaban mis pensamientos o cualquier cosa coherente que lograba llegar a pensar.
Y, por supuesto, esperé.
Esperé como una tonta a que su piel hiciera contacto con la mía. ¿Para qué mentir? Lo quería. Sí. ¿Y quién no? Él era un chico bastante a puesto, de esos de los que ya no quedan muchos, muy guapo. Era una moneda reluciente que me atraía como si fuera una niña que le gustan las cosas brillantes.
Una moneda. De la que sólo conocía una cara. ¡Y, demonios, sí! Anhelaba mucho conocer más.
¿Me ayudaría esto a conocerlo? ¿Me basaría en un beso para poder conocerlo mejor? ¿Sería nuestro contacto, algo en lo que pudiera edificar? No, no lo sería. Y aún así Edward me tenía aquí, parada en mi habitación, con ojos cerrados y esperando.
Esperando por él.
Y, ¿saben qué?
Nunca llegó.
El aura de incoherencia que cubría mi mente poco a poco se fue desvaneciendo a medida que me daba cuenta de que actuaba sola en un papel para dos. El silencio de mi habitación me acunó al mismo tiempo que lo hacía la vergüenza absoluta. ¿Estaría yo haciendo el ridículo frente a él?
¿Habría malinterpretado las cosas?
Bueno, él me ordenó que cerrara los ojos, y mientras los cerraba lo vi acercarse. ¿Qué prueba más se necesita para saber que me iba a besar?
Un beso no es algo que se dé por planeado, supongo. Pero él no podía pasarse de listo y tan sólo pedirme que…
—Bella, abre los ojos —ordenó en un susurro.
Me di cuenta, al momento en que su aliento rozó mis párpados, que sus labios no estaban tan abajo como yo había pensado.
Lentamente comencé a abrir mis ojos, para encontrarme primeramente con sus labios —tan malditamente tentadores que no lo admitiré nunca— demasiado cerca de mi rostro, y formando esa sonrisa torcida que yo secretamente adoraba. Oh, genial, qué hermosa primera visión después de que te patean el trasero rompiendo una ilusión. Negué mentalmente, no era una ilusión, era una idea absurda que mi retorcida mente había creado al momento de estrujar toda la coherencia y moralidad que le quedaba.
Subí mi mirada. Su nariz, perfecta simétricamente, podía casi tocar mis cejas o el inicio de mi frente. Definitivamente, estaba muy cerca.
Y entonces, para el final —pero no menos importante—, sus ojos. Esas dos esmeraldas me miraban con un brillo exquisito del cual no supe determinar el motivo. Brillaba en el verde… ¿felicidad? ¿Qué había visto él en mí como para que su simple mirada irradiara una alegría tan magnética? De un momento para otro sentí deseos de sonreír como él lo hacía.
Mi corazón latió acelerado, como nunca. En una carrera frenética que nunca ganaría, porque nunca se detendría.
Fue cuando sentí, más ligero que el ala de la más hermosa mariposa, la yema de los dedos de Edward recorrer la piel de mi mejilla. Acariciando. Sintiendo.
Yo, por mi parte, cerré mis ojos, disfrutando mudamente del sentimiento que crecía en mi interior cada vez que él me tocaba. Era… extraño. Todo era tan confuso. Había tantas cosas nuevas que no había experimentado mucho.
¿Tendría razón Jacob? ¿A mí me gustaba Edward Masen?
Hice memoria en mi cabeza, recordando los momentos a su lado. Las escasas dos semanas. Habían pasado tantas cosas.
Y fue como si recibiera un golpe en el estómago, me di cuenta de mi error.
No.
Yo no podía. Él no podía gustarme. No, simplemente no. Edward era un tonto, un… egocéntrico, un bipolar. Un… idiota del que jamás podría saber nada, por mucho que quisiera.
Negué con la cabeza, antes de alejar su mano de mi rostro. Debía acostumbrarme a la ausencia de su cercanía si quería seguir siendo yo. Si quería seguir estando cuerda.
—Edward, para —dije, sin mirarlo directamente a los ojos—. ¿Por… Por qué…?
Desvié la mirada. Simplemente no podía mirarlo a los ojos. Las cosas se me estaban saliendo de control.
—Mañana… ¿Mañana irás a la escuela? —preguntó.
Mañana era viernes, ¿serviría de algo ir? ¿Podría hablar con él? ¿Quería yo hablar con él? ¿Estaba preparada para recibir la respuesta afirmativa a la que yo tanto temía por un motivo incoherente?
Supongo que sí, pensé.
Asentí, aún sin mirarle. Algo en mi interior se revolvería si lo hacía, lo sabía.
—¿Está bien si paso a recogerte mañana?
—¿Ahora te haces el caballero? —escupí casi sin darme cuenta. Mi mente era un manojo de ideas que no podía desenredar.
—Puedo serlo siempre que lo desee. Tienes una idea de mí que no es del todo correcta —susurró—. Es como si no quisieras conocerme.
¿Qué no deseo conocerlo? ¡Este tipo estaba híper-mega loco!
Estúpida yo que no pudo decir nada antes de que él volviera a hablar.
—Entonces paso mañana por ti.
—Puedo ir sola.
—Pasaré a las siete treinta —fue una clara orden de que no tenía otra opción.
Se inclinó sobre sí, para acercarse a mí. Y pasó. Sus labios me tocaron. Rozaron suavemente la piel de mi frente antes de que él desapareciera por la puerta de mi habitación, a pasos lentos y seguros. Y con una expresión en su rostro que tampoco pude descifrar.
—¡Hasta mañana, Bella! —gritó. Y luego un portazo.
¿Y, qué creen? El tal «mañana» llego antes de lo que yo deseaba.
Septiembre 21, 2007.
&.
Desperté aquella mañana con músculos agarrotados y adoloridos. Obviamente había dormido en una posición que no favorecía para nada a mi pobre cuerpo.
Tengo que agradecer que por lo menos pude pegar el ojo esa noche.
Charlie ya se había ido, de nuevo.
La tarde de ayer fue relativamente normal. Y aburrida. No hubo nada bueno e intenté no pensar en lo que había pasado en la mañana. Por suerte Alice no había venido a arrastrarme de mi trasero para llevarme a la escuela; y eso supone un alivio a mi anatomía.
Cuando dejé los platos de mi almuerzo, ayer, el teléfono sonó, y resultó ser Jake. Dijo que, si no me molestaba, me iba a ir a buscar a la escuela cuando terminaran las clases. No estaba segura de qué responderle, ¿se suponía que tenía que ir a la casa de Edward después de la escuela, de nuevo? ¿Se lo tomaría tan a pecho si me escapaba un día?
Fruncí el ceño cuando le contesté a Jacob, y le dije que viniera nada más —al parecer el paro de su escuela aún seguía en pie—; él respondió que vendría en su coche y con Leah. Y que, tal vez, me llevaría a La Push si le decía lo mucho que me había gustado mi regalo. ¡Y claro que se lo agradecí!
Estuve hablando con Jake hasta que el coche patrulla de Charlie se hizo notar en el patio delantero.
Me levanté de mi cama despacio, y sin prestarle atención a la hora que se indicaba en el reloj de la mesilla junto al mueble. Estaba grogui, parecía borracha o algo por el estilo. Debía de verme bastante graciosa con el pelo alborotado y el pijama arrugado.
Llegué al baño con pasos muy lentos —el día en sí parecía ir más lento de lo normal— y dejé correr el agua suavemente. Cerré mis ojos y dejé que la sensación de calidez me inundara por completo. Al diablo si me ahogaba con el vapor. Hoy, por alguna razón, no me sentía del todo yo.
Quizás me faltaban ánimos. ¿Sería un día de esos?
Una bocina en el exterior, una inconfundible bocina, —cuando recién me ponía mis jeans— me aseguró que sí.
Oh, no. No, no, no, no. ¡No! ¡No!
Busqué con la mirada el reloj en mi mesilla de noche. Y abrí los ojos cual par de platos cuando vi la hora. ¡7:35 am! ¿Tan, pero tan lento iba mi mundo que no me di cuenta de la velocidad del tiempo? Y ahora tenía a un Edward esperándome abajo mientras yo estaba semi-desnuda, sin desayunar y sin cepillarme los dientes. ¡Caos!
Otro bocinazo se escuchó, más impaciente que el primero. ¿Es que no podía esperarse unos minutos?
Tomé mi camiseta azul después de ponerme mi sostén y me la puse cuando iba bajando por las escaleras, con la mochila colgando de mi codo. Era un verdadero desastre. Por suerte había alcanzado a cepillar mi cabello antes de vestirme.
Al quinto bocinazo salí de la casa algo decente, con el estomago rugiendo por algo de comida.
Y, por supuesto, ahí estaba el bellísimo Volvo plateado brillando con la poca luz que las nubes de ese día nublado dejaban traspasar. Con él dentro del auto, en el asiento del conductor; con una sonrisa demasiado cómplice para mi propio gusto. Parecía que había recibido una buena noticia o algo por el estilo, porque el rostro de Edward Masen se veía realmente radiante a través de la ventana del auto.
Aunque no era aquella sonrisa torcida que tanto me gustaba, aún así se me contagió un poco la alegría que su rostro sereno —y hermoso— transmitía. Casi. Casi. Me largaba a sonreír antes de entrar al auto.
—¿Qué tal, Bella? ¿Cómo has dormido?
Su amabilidad excesiva me produjo escalofríos.
—Bien… esto… ¿Y tú?
—Fue una noche bastante placentera para mí.
—Oh, ¿puedo preguntar por qué? —me picaba una enorme curiosidad.
—Claro —y cuando dijo eso pisó el acelerador y nos encaminamos hacia el instituto.
A pesar de su afirmativa se mantuvo callado al principio del trayecto, y yo me revolvía en mis adelantadas teorías respecto a su alegría excesiva. ¿Qué lo habría puesto así? ¿Alguna noticia buena? ¿Una llamada? ¿Una carta? ¿Una chica?
Ugh, se me revolvió el estómago cuando pensé en eso.
—Vaya, aún llevas esa linda pulsera —observó Edward a mitad de camino.
Miré mi muñeca. Efectivamente ahí estaba la pulsera que Jake me había regalado para mi cumpleaños, con el lindo lobito de madera aullando mudamente hacia el techo del vehículo. Sonreí pensando en lo arrogante que había sonado la voz de Jacob en la llamada de ayer. Si será poco modesto mi mejor amigo. No sé cómo Leah le tiene esa paciencia.
Cuando pensé en ellos dos recordé que me iban a venir a recoger al final de la escuela. ¿Debía decirle a Edward? ¿Se molestaría? Su reacción me turbaba de cierta manera. ¿Seguiría Edward con la idea de que a mí me gustaba Jacob? ¿Le habría convencido de lo contrario? La pura verdad es que no se vio del todo satisfecho cuando le dije que no me pasaban cosas con Jake.
Tenía curiosidad. ¿Qué pensaría Edward de mí?
Estúpido o no, eso me preocupaba. No quería que tuviera una visión errónea de mí.
Y otra vez los recuerdos venían a mi mente. La semana pasada, en el patio de la escuela. ¡No le había agradecido a Edward por defenderme contra Mike! ¡No le había pateado el trasero a Newton por insultarme a mis espaldas! Definitivamente tenía demasiadas cosas en la cabeza que no me dejaban pensar con la claridad que en esos momentos necesitaba.
—Sí. Me gusta mucho esta pulsera, adoro las cosas hechas a mano.
—¿Y qué hay de los objetos usados? —preguntó de repente, tan rápido que no estuve segura de haberle entendido bien.
Por eso me giré un poco para verle el rostro. Su semblante, antes alegre, ahora se mantenía sereno y pensativo. ¡Demonios! Tenía tantos, tantos deseos de saber qué pasaba por su mente ahora.
—¿Disculpa? —pregunté, en una silenciosa invitación de que repitiera lo que había dicho.
—Nada —susurró—, olvídalo —y sonrió torcidamente, como a mí me gustaba.
Las canciones en la radio seguían pasando sin apuro. Creo que pude reconocer Open Arms. Se sentía bastante extraño escuchar una balada romántica junto a Edward. Mi corazón palpitaba un poco apurado, pero no tan desbocado como solía estarlo. ¿Se estaría acostumbrando a su carrera solitaria siempre que me encontraba en prescencia de Edward?
—Esto… —dije, algo insegura. ¿Cuándo las mejillas me comenzaron a arder? Tragué con dificultad antes de hablar, procurando que mi voz no temblara patéticamente—, hum… ¿p-puedo cambiar la estación?
Edward sonrió.
—¿No te gusta Journey? —cuestionó. A pesar de conocerle tan poco, pude darme cuenta fácilmente del deje de diversión bajo su pregunta.
—Sí, si me gusta. Pero no siento… deseos de e-escuchar esa canción ahora —dije, mirando hacia el paisaje que mi ventana me mostraba.
—¿Tienes problemas con las baladas clásicas? Siento que ahora me dirás que November Rain apesta.
¿Ahora venía a hacerse un conocedor especialista de música o alguna cosa por el estilo?
—La verdad es que hay mejores baladas que November Rain —le reté, aún sin verle.
—Claro.
¿Qué? ¿Qué había dicho? ¿Me había dado la razón? ¿Hasta ahí iba a dejar nuestro pequeño debate?
Admito que me sorprendió un poco el que no hubiera sacado más ideas. ¿Algo malo le pasaba a Edward? Cuando me giré para verle de nuevo, él tenía esa sonrisa alegre en su rostro. Parecía haber recordado eso que le hacía curvar los labios de esa manera. Y a mí ya me cocía la curiosidad.
Tanto me cerré en eso que olvidé pedirle, de nuevo, que cambiara la estación.
—Entonces… —comencé, mirándolo aún—, ¿por qué tu noche fue buena?
—Pues estuve pensando algunas cosas —respondió mientras viraba para entrar en el estacionamiento del instituto. ¿Habíamos llegado ya?
Edward estacionó su Volvo diestramente y sin dificultad alguna. Quedaban bastantes minutos, supuse, ya que no habían demasiados autos en el aparcamiento. Pero claro, los hermanos de Edward ya estaban ahí; y los Hale también. Pude identificar el Porsche de Alice y la motocicleta de Jasper —la había visto estacionada en el garaje de los Cullen el día de mi fiesta—.
Cuando le iba a preguntar en qué cosas había pensado él ya había hablado antes.
—No te mentiré —Edward tomó de vuelta el hilo de la conversación cuando detuvo el motor y me miró directamente a los ojos—, tú estabas entre una de aquellas cosas —sonrió.
Mi corazón comenzó a latir rápidamente cuando le escuché decir eso. ¡Sonaba tan irreal que él confesara que había pensado a en mí! En ningún momento ni siquiera llegué a pensar de que yo podría llegar a ocupar ni siquiera un pequeño espacio en su mente.
Me había equivocado. ¿Él había pensado en mí, anoche? ¡La sola pregunta sonaba tan fantasiosa!
¡Tan cursi!
Tuve que desviar la mirada, esconder mi rostro, para que él no se diera cuenta del rubor que comenzaba a adornar mis mejillas. Por suerte que el estéreo del auto se había apagado. No podría soportar esta escena escuchando baladas románticas.
—Pensé… —susurró con su voz aterciopelada— en tu ausencia. Intenté adivinar lo que te podía haber pasado —tomé los bordes de mi camisa con mis manos, apretando—. Pensé en tu huída de mi casa el martes…
Mi mente seguía sin procesar toda la información necesaria para comprender lo que decía. Todo era tan malditamente confuso, irreal, fantasioso.
Entonces soltó una risita por lo bajo cuando su mano acarició mi cabeza, como felicitándome por algo. Me hizo sentir bastante pequeña ese gesto. Y me hizo sonrojarme más. ¿Por qué cuando sólo él me tocaba sentía una corriente eléctrica recorrer mi interior?
—Y tengo algo que decirte —sentenció.
—¿Q-Qué cosa? —tartamudeé. ¡Ugh, qué patético!
—Te lo diré a la salida de clases, ¿vale? Ahora mejor entremos al instituto.
Asentí torpemente. Y prácticamente salí como un bólido del auto, huyendo. Escuché a Edward llamarme cuando iba a entrar. No me detuve ni me volteé, no dejaría que él me viera en ese estado de desorden hormonal que no podía controlar.
Con la mochila colgada al hombro ingresé al edificio, dejando a Edward atrás y encerrándome en mi mundo personal. Del cual no salí hasta el almuerzo.
Las clases pasaron normales, aburridas, sin sentido. Pude concentrarme mejor que antes y en primer receso se me acercó alguien a quien, quizás, no tenía demasiados deseos de ver. Angela me preguntó por mi ausencia, y yo no encontré nada mejor que hacer que responder que tenía problemas personales. Aquello no era una mentira, así que no debía de preocuparme por sentirme culpable al no decir la verdad al cien por ciento.
Algo me decía que Angela no estaba al tanto de los sentimientos de Edward; y eso, de cierta forma, era un alivio para mí.
Alice alzó su brazo de entre la gente en la cafetería para indicarme que me sentara con ellos. Yo no puse oposición después de ver a Mike en la mesa de mis amigos. Le dediqué una fría mirada y él me miró confundido. Tal vez Newton no sabía que yo estaba al tanto de sus asquerosos comentarios sobre mí.
—¡Bella! —chilló Alice cuando me senté junto a Rosalie—. ¿Qué te había pasado?
Me revolví algo incómoda en mi asiento.
—Problemas.
—¿De los que yo llegaré a saber? —preguntó la duendecillo.
—Lo dudo. O tal vez más adelante.
Emmett levantó la vista del libro que estaba leyendo, ¿es que el Pre Universitario era tan agotador?
Los labios del mayor de los Cullen se elevaron, mostrándome una sonrisa cómplice.
—¿Un chico? —dijo con tono picaresco.
Se me subieron los colores a la cara, dejándome en evidencia.
—Es eso, por supuesto —apoyó Rosalie antes de darle una mordida a su manzana roja.
—¡No! ¡Claro que no! —exclamé.
—¡Oh, oh, oh! ¿Quién es? —cuestionó Alice aplaudiendo y sonriendo como niñita pequeña que le darán un dulce.
Me sorprendía a mí misma, a veces, lo transparente que podía ser.
—No es un chico —mascullé severamente, esquivando sus miradas.
Fue cuando me di cuenta de que en la mesa de los Cullen, donde siempre son cinco, habían cuatro. Le busqué con la mirada disimuladamente mientras habría mi gaseosa. Por suerte Alice hablaba con Rosalie y Jasper comentaba algo con Emmett; pasé desapercibida pero la curiosidad, seguro, se pintaba en mi rostro.
¿Dónde estaba Edward?
—¡Oh, Bella, qué linda pulsera! —dijo Alice.
Tomó mi muñeca para observar el lobito que colgaba de la cadenita de plata. Alice tenía los ojos iluminados. No pensé que le gustaran esta clase de cosas a ella.
—¿Quién te la dio? —cuestionó Jasper, sereno.
—Un amigo de la reserva, mi mejor amigo —¿para qué mentir con eso?—. Es un regalo de cumpleaños atrasado, me lo entregó el miércoles.
—Oh —susurró Alice con ojos entrecerrados. ¿Sucedía algo malo?
—Por cierto, gracias por el móvil, Jasper, está de lujo.
—¿Y te gustó mi regalo, pequeña Bella? —preguntó Emmett con una sonrisa estúpida en su rostro. Ahora que recordaba, aún tenía unos cuantos regalos por abrir, entre ellos el de Emmett.
—De nada Bella —sonrió Jasper.
—Esto… no he visto tu regalo, Emmett.
Rosalie soltó una risita por lo bajo, y Emmett le acompañó después. ¿Me estaría yo perdiendo de un chiste privado? Aunque conociendo a Emmett, era mejor no conocer el chiste del todo.
—Te gustará mucho —dijo Emmett entre pequeñas risas.
Le miré con una ceja alzada. Quizás escondiera ese paquete algún tiempo hasta que tuviera la salud mental y la preparación emocional para poder lidiar con lo que sea que el Cullen grande me hubiera regalado.
Por primera vez no me picó del todo la curiosidad.
Porque la tenía centrada en otra cosa, o persona.
Iba a preguntar en dónde se encontraba Edward —aunque me debatía internamente si hacerlo o no, los hermanos Cullen y Hale sacarían sus conclusiones apresuradas, en especial Alice—, pero antes de que pudiera hablar una voz a lo lejos me llamó.
—¡Bella!
Me giré para encontrarme con los castaños ojos de Jessica Stanley. Tenía una sonrisa extraña, como si disfrutara de algo de lo que yo no sabía y que me involucraba a mí. Ella traía las manos tras la espalda, en una posición inocente.
—Hay un chico que te busca allá afuera, Bella. Un tal Jacob.
Mis ojos se abrieron de la sorpresa. ¿Jacob? ¡Pero si dijo que vendría a la salida de la escuela!
Oh, y Edward aún no llegaba.
Cuando comencé a levantarme de la mesa escuché un silbido por lo bajo. Gruñí "Emmett" en voz baja antes de salir con Jessica de la cafetería y caminar al estacionamiento. Ahí vi un coche negro estacionado en el centro, despreocupado, y una figura masculina, alta e igual de despreocupada apoyada sobre el capó.
Fue fácil reconocerlo.
—Vaya, Bella… ¿Tu novio? —preguntó Jessica.
Pensaba que se había ido. ¿Se quedaría para formar ideas llenas de chismes?
—No, un amigo. Y, si no te importa… me gustaría hablar a solas con él.
—Oh —rió y dio unos cuantos pasos hacia atrás—, claro. Diviértete.
Puse los ojos en blanco. Era obvio que no iba a irse.
Sin importarme si Jessica o no había desaparecido caminé hacia Jacob con pasos rápidos. Cuando estuve lo suficientemente cerca me envolvió con sus enormes brazos y me dio un beso en la cabeza. Me sentí mucho, mucho menor que él.
—Hola bajita, ¿cómo estás?
—Sorprendida, y mucho. ¿Qué haces aquí? Pensé que vendrías a recogerme después de las clases.
Jacob se inclinó para susurrarme.
—Pues vine a raptarte, ya que mi Leah nos espera en la playa de La Push ahora —la forma en que hablaba de ella me producía cierta envidia.
—¿Por qué no vino? —pregunté.
—Había ido con Harry al médico —explicó—, al parecer el viejo no se sentía bien.
—Oh, debería decirle a Charlie —dije, más para mí que para él.
Él asintió.
—Y bien, ¿vienes?
—Jake, tengo clases.
—¿Y…? —se encogió de hombros—. ¡Vamos, Bella! Así pasarás más tiempo con nosotros. Rebecca está de visita y tiene muchas ganas de verte.
Fruncí los labios, no muy segura.
—No sé, Jake —Jacob rodó los ojos y palmeó mi espalda—. Oh, está bien. Pero déjame ir por mis cosas.
Mi mejor amigo soltó una pequeña carcajada de victoria mientras mi daba un fuerte abrazo, meciéndome de un lado para otro. Reí con él como cuando éramos pequeños.
De repente Jacob se detuvo y frunció el ceño.
—¿Y ese quién es? —me preguntó Jacob al oído, indicando con un movimiento de barbilla.
Volví la vista para encontrarme con los ojos verde esmeralda de Edward, que me miraba a la distancia apoyado de costado sobre un árbol, de brazos cruzados sobre el pecho y de ceño fruncido.
Cuando miró a Jacob, el verde parecía teñirse de rojo. Y temí lo peor.
Oh, no.
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¡Aloha! Más de alguna querrá matarme, lo sé; esperaban el beso. Aunque yo les había dicho que faltaba ya para eso. De todos modos hubo más o menos un beso. Y, créanme, un beso en la frente puede producir MUCHAS cosas, experiencia propia. Pero well... los celos comenzaron a fluir, ¡y no crean que a Bella no la haré pasar por lo mismo! En un par de capitulos sucumbirá en las manos de los celos. Por ahora, es el turno de Edward.
Me dio mucha risa al leer unos reviews que pensaban que Bella se había desmayado. xD Creo que hice mala impresión de Todo se volvió negro. Cuando cerramos los ojos, ¿qué color vemos? ¡Negro, pues! xD Creo que no usaré mucho esa expresión cuando Bella se desmaye, para que no se confundan las cosas.
Y, por cierto, ayer comencé a subir un conjunto de Drabbles dependientes, un pequeño AU de Luna Nueva llamado Cemetery Drive, apreciaría mucho si se pasaran y me dejaran su opinión, en serio. nOn
¡Muchísimas gracias por todos sus maravillosos reviews! Cada vez me sorprenden más. Me alegra que se una más gente, me pone muy, muy contenta y me dan ganas de escribir más. ¿No ven que estoy subiendo más seguido ahora? Y este capitulo me salió bastante largo, he de admitir. Ojalá les haya gustado, ¡se lo dedico a mis queridas lectoras! Espero sus comentarios al respecto del capitulo.
¡Se me cuidan mucho mis vampirezas! Y nos leemos pronto. Bites!
+ Janelle M.
