Hola! Feliz año nuevo a todos!

Queria subir un nuevo capitulo el dia de ayer pero con tantas cosas por hacer no me quedo tiempo, asi que aqui estoy hoy, trayendoles de nuevo un poco mas de esta historia.

Clearwater tomó las riendas. Los caballos negros se movieron nerviosos y luego se pusieron en marcha, avanzando a un paso que hacía bambolearse el carruaje. Bella sentía el viento en las mejillas, pero como no hacía frío no tuvo necesidad de levantar la capucha de su capa bordeada de piel. Miró a Clearwater, sentado muy erguido junto a ella con los ojos clavados en el

camino, y comprendió que, pese a que no decía nada, estaba tan nervioso como ella. Aquélla era una carrera contra reloj y ambos sabían que se trataba de un irresistible desafío.

Había pasado más de hora y media desde que Bella decidiera mandar llamar a Clearwater, tomar su capa y deslizarse furtivamente en dirección a los establos. Había esperado a oír exactamente el plan de su esposo antes de abandonar sigilosamente el cuarto contiguo a la bibliotecas.

- Mi yate está en Brighthelmstone – oyó decir a lord Cullen – Podremos llegar allí poco después del amanecer y tender velas antes que levante la niebla.

- Mi querido Edward, no puedes navegar directamente hacia los barcos de Bonaparte – objetó Jacob.

- No soy tan tonto como para eso. Navegaremos hacia el oeste, en dirección a Normandía.

- Parece razonable; pero, ¿qué ocurrirá cuando lleguemos a nuestro destino?

- Haremos planes cuando estemos a bordo. Entre los cuatro, podemos elaborar un plan de ataque.

- ¿Y cómo llegaremos a Brighthelmstone al amanecer? – preguntó Jacob y Bella se lo imaginó mirando el reloj que había sobre la repisa de la chimenea.

- Cambiaremos de caballos en Meridan – oyó decir a Edward – Brighthelmstone está a cuatro horas y media. Lo lograremos. Hasta ahora, el príncipe bate todas las marcas: hace el viaje en ese tiempo. Nosotros lo haremos en menos aún.

- ¿Cómo iremos?

- Tú y yo a caballo; y los otros dos en el carruaje. Nosotros prepararemos las velas y, cuando ellos lleguen, estaremos listos para navegar.

Era entonces cuando Bella se había deslizado hacia la planta alta. Sir Eleazar Hawkesley y lord Courtney todavía no habían llegado. No obstante, debía darse mucha prisa. Llamó a su doncella y la mandó en busca de Clearwater.

Diez minutos después, la doncella le anunció que el hombrecillo la esperaba en la sala de estar. Bella ya se había cambiado de vestido, poniéndose uno verde esmeralda con el cuello de terciopelo del mismo color, bordado en hilo de plata. Su sombrero, adornado con plumas, le daba el aspecto de alguien que va a salir de paseo por el parque y no a embarcarse en una travesía en dirección a la costa. Había algo tranquilizador en los ojos marrones de Clearwater mientras la escuchaba.

- Debemos llegar a Brighthelmstone antes que su señoría – le dijo Bella con voz baja – El y el coronel Black irán a caballo. ¿Usted lo sabía?

- En efecto, señora – respondió Clearwater.

- Otros dos caballeros los seguirán en su carruaje – explicó Bella – pero

nosotros debemos ser los primeros en llegar. ¿Sabe dónde está anclado el yate de su señoría?

- Sí, milady.

- Entonces, lléveme allí cuanto antes – ordenó Bella y después, aprensivamente, preguntó – ¿Es posible?

- Lo lograremos, milady.

A Bella le parecieron siglos los minutos que tardó el lacayo en sacar su equipaje e informarla de que el carruaje estaba listo. Clearwater la esperaba con los caballos, que sacudían inquietos la cabeza, como si supieran lo que les aguardaba. El equipaje fue colocado en la parte de atrás del carruaje. Había suficiente espacio para sus dos pesadas maletas y una sombrerera de cuero. Por fin se pusieron en marcha por la ribera del Támesis, en dirección a la campiña. Era una espléndida noche de luna, sin una sola nube, de modo que el camino parecía una cinta de plata.

- ¿Está seguro de que nadie informará a su señoría de que nos hemos marchado? – preguntó Bella .

- Si lo hacen, saben que arriesgan el pellejo – contestó Clearwater con una mueca, lo cual le hizo pensar a Bella que nadie se atrevería a desobedecerlo.

Aunque sabía que el conde no preguntaría por ella, le había dejado instrucciones a su doncella para que le dijera que estaba durmiendo.

- ¿Cambiaremos de caballos? – preguntó al cabo de un rato.

- En Meridan, milady.

- ¿Meridan? – repitió Bella – ¿No es peligroso? Su señoría puede enterarse

- No en el pueblo, milady – corrigió Clearwater – sino en los alrededores. Un primo mío es el dueño de la posada y podrá informarnos de si su señoría nos ha tomado la delantera, porque necesariamente tendrá que pasar por «El perro y el gato» para llegar.

Bella suspiró y se recostó en el asiento. Pese a las preocupaciones respecto a su nueva posición en sociedad durante las últimas semanas, había oído hablar de los planes de Napoleón Bonaparte para invadir Inglaterra. Sabía también que se habían construido defensas a lo largo de la costa y que los soldados estaban alerta para repeler al odiado francés.

Lord Cullen cedía a un impulso alocado al pensar en rescatar a una mujer prisionera de los franceses en el corazón mismo del campo de batalla. Pero Bella sabía que hubiera sido inútil argumentar. No había nadie que pudiera hacerle cambiar su decisión. Además, conocía a sir Eleazar Hawkesley, un hombre idealista y amante de las aventuras, que recibiría encantado aquella invitación. Lo mismo que lord Courtney, el cual era aún más irresponsable.

La empresa que se disponían a llevar a cabo era muy peligrosa. El valor no bastaba para cruzar el Canal y enfrentarse a napoleónicos soldados.

Es descabellado, parecían decir los cascos de los caballos sobre el camino. Y las ruedas, expresando el sentir de Bella, respondían: Pero yo le amo.

La joven miró hacia atrás por si veía a los jinetes.

- ¿Qué caballo llevará su señoría? – le preguntó a Clearwater.

- Su favorito, Black Wolf. Es un animal espléndido, pero no podrá ir a toda la velocidad que puede desarrollar si debe ir a la par de Vulcan, el caballo del coronel. ¿Lo recuerda?

- Sí, los conozco a ambos. ¿Qué ventaja llevamos sobre ellos?

- Bastante, milady, no se preocupe. Lo único que nos demora es el peso de sus maletas. ¿Podríamos dejarlas en la posada?

- No, Clearwater. Tengo que llevar mis vestidos. No quiero llegar a Francia y sentirme avergonzada ante las damas de ese país.

- ¿Francia? ¿Allí, allí es adonde va, milady? – preguntó Clearwater, asombrado.

- Sí – afirmó Bella – Su señoría va a Francia para rescatar a... una persona amiga. Si... si ocurre algo, Clearwater; quiero decir si no regresamos, ¿podrías llevar los caballos a casa y entregárselos a Garret para que los cuide?

- Lo haré, milady – respondió Clearwater – pero volverán. Su señoría no es de los que fracasan en una empresa.

Bella se sintió reconfortada. Edward, por supuesto, no podía fracasar. Como decía Clearwater, siempre tenía éxito en cuanto emprendía. Así pues, ¿cómo podía entonces mostrar interés por alguien tan insignificante como ella? Inmediatamente recordó las palabras de Jasper Withlock: No seas humilde.

Lo conquistaré, pensó y, mirando a Clearwater, lo apremió.

- ¡Más rápido, Clearwater, más rápido! Tenemos que llegar antes que él.

Emplearon dos horas y media en llegar a Meridan. Era un pequeño villorrio, a tres kilómetros del camino principal, situado en una pradera verde y ondulante con bosques frondosos que se extendían hacia el horizonte. Los caballos, sudorosos, echando espuma por la boca, entraron en el patio de la posada.

- ¡Quil!¡Quil!

La voz potente de Clearwater podía despertar a un muerto. En unos segundos, aparecieron dos hombres adormilados.

- ¡Cambiad estos caballos! ¡Rápido! – les ordenó Clearwater – Voy a elegirlos. No quiero animales corrientes.

- ¿Y quién dice que tengo caballos corrientes en mi establo? – preguntó con voz estremecedora otro hombre que apareció en el patio. En seguida, su tono de voz cambió – ¡Pero si eres tú, primo ¡Sólo tú podías formar tanto escándalo a esta hora de la madrugada.

- ¡Me tendrás que dar tus mejores animales, Quil! – exclamó Clearwater, bajándose del carruaje para ayudar a Bella, quien corrió a la casa. La posadera bajaba en aquel instante la escalera con una palmatoria.

Bella se lavó las manos y la cara en pocos minutos y apenas había tenido tiempo de tomar una taza de chocolate que le había preparado la posadera, cuando oyó la voz de Clearwater:

- ¿Está lista, milady?

Ella corrió al carruaje y subió antes que nadie pudiese ayudarla. Los nuevos caballos no podían compararse con los suyos, pero eran fuertes y estaban descansados, de manera que se pusieron en marcha a buen paso.

No tomaron el camino principal, por el cual habían llegado, sino que siguieron por un estrecho sendero y Bella supuso que más tarde tomarían de nuevo la ruta anterior.

- Allí está Cullen Hall, milady – dijo Clearwater al cabo de medio kilómetro, señalando hacia la izquierda.

Bella se volvió para mirar. Después de pasar un puente, se dibujaba el oscuro contorno de la casa más hermosa que había visto nunca. Las piedras grises brillaban como el metal bajo la luz de la luna y las ventanas parecían joyas. Había un gran lago delante y terrazas que semejaban collares tendidos sobre la colina, descendiendo hasta el agua.

Es encantadora, pensó Bella. Sería feliz en ella, feliz con Edward y... y nuestros hijos. Esta idea la hizo temblar, pero inmediatamente, antes de abandonarse a la depresión, se consoló pensando que algún día aquel sueño sería realidad. Cuando volvieron al camino principal, preguntó:

- ¿Se nos han adelantado?

- Mi primo podría jurar que no han pasado por la posada.

- Pero, ¿se habría enterado en caso de que así fuera?

- Los habría oído, puede estar segura. estaba dormido cuando oyó nuestros caballos en la distancia y cuando llegamos ya estaba vestido.

- Entonces, con seguridad se dará cuenta si pasa su señoría – dijo Bella .

- Hemos batido la marca de su alteza real, milady, al menos en lo que se refiere a esta parte de camino.

- El llegó en cuatro horas y media hasta Brighthelmstone, ¿verdad?

- Sí, milady. Pero no llevaba peso de más.

- Lo siento, Clearwater – dijo Bella con una sonrisa – Alguna vez volveremos y no traeré absolutamente nada.

- Entonces podremos demostrarles lo que somos capaces de hacer – afirmó Clearwater.

Cuando llegaron a Brighthelmstone todavía no había amanecido, aunque ya se

insinuaban en el cielo las primeras luces del amanecer. El villorrio que el príncipe de Gales y su amante la señora Fitzherabert habían puesto de moda estaba silencioso. Había niebla sobre el mar y Bella pensó, aliviada, que Edward tenía razón al comentar que podrían navegar sin ser advertidos.

El puesto donde estaba anclado el yate estaba a pocos kilómetros de Brighthelmstone y Clearwater conocía perfectamente el camino, de manera que pudieron recorrerlo sin detenerse.

Era difícil ver con claridad. Había gran cantidad de embarcaciones ancladas en las quietas aguas, pero Bella distinguió una de mayor tamaño. Sin duda era la perteneciente a lord Cullen

- No puede quedarse aquí, Clearwater – advirtió con nerviosismo – Si llegan los otros, verán los caballos.

- Volveré por otro camino, milady, en cuanto la acompañe a bordo – repuso Clearwater y a continuación gritó – ¡Lapwing!¡Lapwing!

Era la primera vez que Bella oía el nombre del yate y admiró las hermosas líneas del barco, cuyos mástiles señalaban al cielo.

- ¡Lapwing! – volvió a gritar Clearwater.

- Deben de estar dormidos – murmuró Bella – No nos oirán y milord llegará antes que los tripulantes se acerquen a la costa.

- Los despertaré – dijo Clearwater.

Pero en el momento que volvía a ponerse las manos alrededor de la boca para gritar, se oyó una voz a su lado que decía:

- ¿Puedo ayudarles, señor? – Era un pescador.

- ¿Tiene un bote? – le preguntó Bella rápidamente.

- Sí, señora. Está allí.

- ¿Puede llevarme hasta el Lapwing? – preguntó la joven – Le daré una guinea.

- ¡Oh, sí señora! – repuso el pescador.

- Gracias – dijo Bella – Mi cochero le ayudará con las maletas.

Bella se hizo cargo de las riendas para que Clearwater pudiera bajarse del carruaje y llevar su equipaje al bote ayudado por el pescador.

Todo estaba en calma y la joven sentía que aún le retumbaban los oídos por el ruido de los cascos. ¿Llegaría a tiempo al barco? Estaba segura de que si lord Cullen aparecía antes, se negaría a llevarla a bordo. Con alivio vio que Clearwater regresaba ya. Le entregó las riendas y dijo:

- Gracias, Clearwater. Gracias es poco decir – añadió emocionada.

- Ha sido un honor para mí poder ayudarla, señora – afirmó el hombre.

- Trate de que su señoría no lo vea, Clearwater – le aconsejó Bella mirando

hacia Brighthelmstone.

- No me verá, milady – prometió él – ¡Y buena suerte!

Sus palabras la acompañaron a través de la niebla mientras se acercaba a la orilla. El pescador la ayudó a subir al bote y en seguida se alejaron de la costa. En poco tiempo llegaron junto al yate y, en respuesta al grito al pescador, se oyó la voz soñolienta del vigía desde la cubierta del Lapwing.

- ¡Tengo un pasajero para ustedes! – avisó el pescador. Un rostro sorprendido miró a Bella por encima de la borda.

- ¡Llamen al capitán inmediatamente! – ordenó ella – Soy lady Cullen.

Se oyó ruido de pasos sobre la cubierta de madera; luego voces, más pasos y, por fin, un hombre que debía ser el primer oficial dijo:

- El capitán le da la bienvenida, milady. Vendrá en unos minutos.

Echaron una escala de cuerda y si Bella no hubiese estado habituada a trepar a los árboles, le hubiera resultado difícil subir por ella. Pero no fue así y llegó con facilidad hasta cubierta, donde la esperaba el primer oficial, destacado y en actitud respetuosa. Poco después apareció el capitán.

- Ruego que nos disculpe por no haber estado en cubierta para recibirla, milady – dijo – Su señoría quiere que siempre estemos dispuestos para cualquier imprevisto, pero no suponía que llegaría nadie a esta hora.

- ¿Podemos hablar, capitán? – preguntó Bella – Tengo algo importante que comunicarle.

- Desde luego. ¿Quiere milady seguirme hasta la cabina?

- Por favor, que suban mi equipaje a bordo en seguida – pidió Bella – Y que alguien entregue esta moneda de oro al hombre que me ha traído.

Sacó una moneda de su bolso y se la entregó al capitán. Éste se la dio al primer oficial, quien a su vez se la entregó al pescador. Bella se disponía a seguir al capitán, pero en aquel momento recordó algo.

- Por favor, díganle a ese hombre que, si alguien le pregunta, debe decir que no me ha visto.

El capitán pareció algo sorprendido, pero le dio la orden al primer oficial que informó al pescador. Entonces les llegó la ruda voz de este último:

- Así que es eso? ¡Ya decía yo que se trataba de una mujer de ésas!

El capitán hizo un gesto de nerviosismo, pero Bella sonrió. ¿Qué le importaban aquellas palabras, con tal de que Edward no supiera dónde estaba hasta que hubieran zarpado?

Edward y Jacob Black estaban satisfechos por el éxito de su viaje, a pesar de que no habían podido superar la marca de su alteza.

- Lo hubiésemos logrado si no hubieses insistido en tomar vino en Meridan – se quejó el segundo.

- No me preocupa ganarle al príncipe – dijo lord Cullen – En este momento tengo otras cosas más importantes en que pensar. Nuestra misión es peligrosa, Jacob, y tenemos que planearla muy bien si no queremos pasarnos el resto de la guerra en una prisión francesa. Me han dicho que son muy incómodas.

- Esta descabellada idea ha sido tuya – replicó Jacob – En lo que a mí respecta, Jane puede ser prisionera del mismo emperador de la China. Además, estoy seguro de que no padece en su cautiverio. Tendrá los guardias a su merced.

- Me pide ayuda y no puedo ignorar su llamada – aseveró Edward.

- ¡Mi querido amigo! – exclamó Jacob – No es la solicitud de Jane lo que nos ha traído aquí; es el desafío lo que te apasiona. ¡Piensas que eres el único capaz de rescatar a una mujer de las garras de Bonaparte!

En aquel momento llegaron al puerto y trataron de ver en medio de la neblina.

- Espero que el yate esté allí – dijo Jacob – Me contentaré con un descanso y una copa. Si quieres que te diga la verdad, Edward, el último tramo del viaje me ha dejado exhausto.

- No estás en buenas condiciones – comentó Edward –¿Puedes gritarles? – le pidió a su amigo.

- ¿Crees que nos oirán?

- Mis instrucciones son que deben estar alerta día y noche.

No sin satisfacción, advirtió que, al poco rato, se acercaba un bote con tres hombres a bordo.

- Bienvenidos, señoría – saludó el primer oficial saltando a tierra.

- Buenos días, oficial – repuso lord Cullen – Veo que trae usted dos hombres. Uno de ellos se quedará aquí con los caballos hasta que llegue un carruaje con sirvientes que se harán cargo de ellos.

- Muy bien, señor – asintió el oficial.

Lord Cullen subió al bote en silencio, acompañado por el coronel.

El capitán les esperaba a bordo del yate para darles la bienvenida.

- Creí que le sorprendería, capitán – dijo Edward.

- En absoluto, milord – respondió el capitán – Siempre estamos listos para su llegada.

Lord Cullen miró a Black.

- Buen servicio, ¿verdad, Jacob?

- ¡Excelente! – afirmó el coronel.

- Disponga las velas inmediatamente, capitán – ordenó Edward –

Dentro de poco llegarán otros dos viajeros y entonces pondremos rumbó a Francia.

- ¿Francia, señor? – preguntó asombrado el capitán.

- Francia – repitió lord Cullen – A Boulogne, para ser exactos. Al principio navegaremos hacia el oeste. Cruzaremos el Canal haciendo el menor ruido posible y trataremos de seguir a sotavento por la costa de Normandía.

- Comprendido, señor.

Pocos segundos después, lord Cullen y su amigo estaban cómodamente sentados en la cabina principal y un camarero les sirvió vino.

- Como en los viejos tiempos, ¿verdad Jacob? – preguntó Edward con una sonrisa de satisfacción, mientras se oía el trajín de lo marineros alistando la embarcación.

- Déjame que recuerde – dijo Jacob – Hemos salido de la plaza Berkeley poco después de las once...

- Once y treinta y cinco para ser precisos. Si Eleazar y Benjamin llegan en seguida, podremos zarpar antes del amanecer sin que nadie nos vea.

- ¿Importa pasar desapercibidos? – preguntó Jacob.

- Hay demasiados espías en la costa para mi gusto – repuso Edward – Nunca he confiado demasiado en los que dicen haber escapado de la Revolución. Seguramente gran parte de ellos siguen leales a Napoleón.

- Yo también lo creo – declaró Jacob.

Hubo ruidos más fuertes sobre cubierta y lord Cullen se puso en pie. Pocos minutos después se abrió la puerta y aparecieron sir Eleazar Hawkesly y lord Benjamin Courtney.

- Os habéis demorado bastante en llegar – dijo Edward.

- ¡Maldito seas, Edward! – exclamó sir Eleazar – Hemos batido la marca establecida.

- No lo creo – dijo Jacob.

- Poco ha faltado – reconoció lord Courtney – Si Eleazar no se hubiera detenido a recoger su ropa, habríamos ganado por cinco minutos al príncipe.

- Pero lo importante es que estáis aquí – manifestó lord Cullen – ¿Sí, capitán?

- Estamos listos para zarpar, señor.

- Muy bien ¡En marcha entonces!

El capitán saludó y cerró la puerta.

- ¡Qué afortunada es la joven Jane! – exclamó Jacob – ¡Si ella supiera...!

- Bien, ahora tenemos que planear nuestra campaña – le interrumpió Edward.

- Lo haremos cuando nos hayas dado de comer – opuso Benjamin Courtney – Me muero de hambre.

- Yo también – dijo sir Eleazar – No te comportas como un buen anfitrión, Edward.

- Ya he encargado el desayuno – repuso lord Cullen – Mientras tanto, ¿una copa de vino?

Llenó las copas y en aquel momento llegó el camarero con el desayuno. Edward levantó su copa.

- Por nosotros – brindó – ¡Por el rescate de una dama!

- ¡Por nosotros! – repitió Jacob Black con seriedad – Y roguemos a Dios que nos ayude a volver a casa.

- ¿Alguien lo sentiría si no volviésemos? – preguntó lord Courtney – Tengo la sensación que no nos echarán de menos.

- ¡Oh, Benjamin! Te equivocas. ¡Hasta el príncipe lloraría nuestra ausencia! – replicó Jacob.

- Confío en que tengas razón – comentó Benjamin Courtney con cierta melancolía – Pero, de cualquier forma, haré mi testamento y se lo dejaré al capitán. Es decir, si llegamos a la costa. Me imagino que ésa es la intención de Edward.

- Es más probable que nos hundamos antes de llegar allí – observó Jacob – Creo que será mejor que te pongas un salvavidas, si eso es posible con la barriga que tienes.

- ¿Barriga? – se ofendió Benjamin – Estoy más delgado que tú. Apuesto a que tengo varios centímetros menos.

- Hecho – aceptó Jacob.

- Un momento – intervino Edward – Antes que empecéis a apostar, veamos lo que debemos hacer. No podemos deambular como idiotas por la cubierta.

- Tú eres el comandante en jefe – señaló Eleazar –¿Qué sugieres?

- Somos cuatro – dijo Edward, acomodándose en un sillón y sirviéndose una copa de coñac –¿Quién habla bien francés?

- Alguna vez fui el primero de la clase en Eton – dijo Benjamin – cuando el maestro estaba enfermo.

- Yo nunca hice las paces con el francés – anunció Eleazar – Me arreglo muy bien sin él, aunque en la mansión Volturi esté de moda decir en ese idioma lo que se puede decir mucho mejor en inglés.

- ¿Y tú, Jacob? – preguntó lord Cullen.

- Puedo decir algunas palabras – respondió el coronel – Cuando era joven entendía bastante. Tuve una institutriz francesa a los tres años.

- ¡Qué cabeza la mía! – exclamó Edward – Al pensar en vosotros para que me acompañéis, sólo tuve en cuenta la lealtad que me profesáis y que todos sois buenos con los puños. Olvidé que necesitamos un intérprete o, al menos, alguien que pregunte dónde queda el camino hacia el château.

- ¿Y tú, Edward? – preguntó Jacob.

Lord Cullen se sonrojó levemente.

- El francés no es mi fuerte – confesó – Puedo arreglármelas, pero nadie me confundirá con un Garretivo. Portugués e Italiano eran mis materias preferidas en Oxford, pero no nos servirán para nada. Mi vocabulario francés es muy reducido.

- ¡Diablos! – exclamó Jacob –¿Por qué no mandamos a llamar al capitán y le preguntamos si hay alguien a bordo que lo hable?

- No hay necesidad – dijo una voz desde la puerta – Con seguridad podré ayudarles.

Los cuatro se dieron la vuelta sorprendidos al escuchar aquella voz femenina y lord Cullen se puso en pie, exclamando entre atónito y furioso:

¡Bella ! ¿Qué diablos haces tú aquí?

¿Que les ha parecido? Estoy segura que les gustaría saber un poco mas, así que aqui les dejo un pequeño fragmento del proximo cap:

Ambos se separaron con actitud culpable. Bella se sonrojó al pensar que, sin duda, Edward la había visto cuando le daba el beso a Jacob, y temió que llegara a falsas conclusiones.

-Me perdonaréis si soy un intruso en mi propio camarote – dijo Edward con tono sombrío y, arrojando sobre la mesa el telescopio que llevaba en la mano, agregó – He sido un tonto al creer que eras mi amigo, Jacob. Ahora advierto que estaba equivocado.

La historia es una adaptación de la novela de Barbara Carland llamada Luna de miel para uno y los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, yo sólo le he adaptado.

Besos!