Capítulo 10: La vida precaria
Abandonaron la sala que olía a secretos y a confesiones tempranas sin decirse una palabra. Malfoy no esperó una respuesta y se levantó de pronto, tendiéndole una mano.
—Vámonos, empieza a hacer frío.
Y Ginny ni siquiera tuvo el valor de una disculpa.
Abandonaron la sala como quien abandona un sueño, sin mirar atrás, como hacen las personas que saben que no han de volver. Que ya no podrían recuperar las palabras aunque quisieran, que todo y nada se quedaba allí, a la espera de una mano benevolente que cambiara el curso de sus vidas lastimadas por las verdades.
Anochecía. Y cada quien caminaba bajo los fantasmas de sus recuerdos, bajo el agravio de sentirse expuesto ante la mirada del otro mientras subían las escaleras al resguardo de su habitaciones solitarias y en penumbra. Ni siquiera pensaron por un momento en bajar a cenar. Se dirigían hacia allí como los reos de una condena injusta, sin hablarse, sin mirarse, cada quien caminaba bajo los fantasmas de sus recuerdos. Cada uno inmerso en la red de la memoria que menos comprendía.
A Ginny seguía palpitándole el pecho bajo aquella pregunta que no quería contestar. ¿Qué ves en mí? «Lo veo todo». ¿Qué ves en mí? «¿Podrías llegar a quererme?». ¿Qué ves en mí?...
¿Se puede querer a una persona que se odia a sí misma?
Draco perdido en la evocación de noches pasadas e inciertas junto a Lavender. La veía a través de la niebla del cigarro que ella se fumaba con lentitud, desnuda, boca abajo sobre las capas de sus túnicas, tumbada en una especie de banco de piedra que había formado la pared de aquella habitación. Lavender siempre fumaba con parsimonia, como una actriz venida a menos, después de horas interminables perdido dentro de ella. Y por eso aquel el recuerdo siempre venía acompañado por una sensación de cansancio absoluto y angustia por que acabara de fumar. Porque Lavender nunca quería marcharse a dormir. Lavender nunca dormía.
—¿Sabes qué? Tengo una teoría —le dijo ella, entre calada y calada.
—No me digas.
—Las personas que son malas buscan a personas más buenas que ellas y viceversa. Creo que el mundo les da un toque de atención para que se equilibre la balanza.
A Lavender siempre le gustaba filosofar por la noche. Se preguntó si otra vez vendría bebida.
—¿Y qué mierda quieres decir con eso? ¿Qué te he buscado porque yo soy una mala persona?
—No, que yo te he encontrado porque eres una persona buena.
Y los fantasmas de los recuerdos. Y las redes de la memoria. Cada quien entró en su cuarto sin mirarse a los ojos, perdidos en un mar de dudas.
¿Qué ves en mi? «Quiero curarte las heridas».¿Qué ves? «Nunca me querrás. La quieres a ella, pero la dejaste escapar». ¿Se puede querer a alguien que se odia a sí misma? «Si. Se puede. Tú lo sigues haciendo, lo sé».
—¿Lavender, estás despierta?—Y en el segundo recuerdo de Malfoy llovía—. ¿Lavender?
No sabe como pudo tener el valor de dejarla entrar en su habitación. Sabía que Blaise dormía en una cama ajena, aunque no muy lejos de allí. Que Goyle estaba en la enfermería, que ella había hechizado la cama de Crabbe al pasar con una carcajada y de puntillas. No recuerda si tuvo miedo. Solo quería tenerla en su cama, pero no se lo diría.
—¿Lavender?
—¿No te has cansado todavía?—Veía su cuerpo debajo de las sábanas, dándole la espalda. Era la primera vez que dormían juntos, pero Lavender en realidad nunca dormía, y se despertó con la sensación del agua cerca de él.
—¿Está lloviendo? —Aunque ya sabía que era otra clase de lluvia la que lo había despertado.
—Sí.
La rozó con la mano, la cintura que sublevaba las sábanas y su consciencia. Quería volver a dormirse, todos sus recuerdos eran de un absoluto y abrumador sentimiento de vacío. Estaba cansado. Cansado de luchar contra algo más fuerte que las piernas que se le abrían sugerentes antes sus ojos.
—En éste puto lugar nunca para de llover —Y abrió la piernas instándole a entrar, para que no escuchara la lluvia. El agua contra los cristales, el agua de aquellos ojos que llovían bajo sus párpados.
—¿Lavender, estás despierta? —Y se hundió en ella, sin poder detener la lluvia.
El beneficio de la certeza
Al mes siguiente todo seguía oscuro y gris, como si no hubiera amanecido. Ginny se despertó de igual manera, como si siguiera en las tinieblas confusas de un duermevela reacio a abandonarla. Y el amanecer la descubrió con los ojos abiertos, abrigándose y sin dejar de temblar.
Camino del aula, bajo la nieve que todo lo cubría, sentía los párpados pesados y la soñolencia de alguien que se ha pasado todas las noches de aquel mes conjurando visiones. Las horas lectivas pasaron corroyendo el tiempo, sin tomar apuntes, sin poder hacer nada más que suspirar contra las distintas mesas en la que se sentó aquel día.
No sabía qué hacer. Se limitaba a acunarse en un estado inconsciente donde no sentía nada. Retazos de aquella conversación que mantuvieron la asolaban como agujas clavándose en su costado sin dejarla respirar, intentando poner un orden y un concierto entre lo que pensaba y lo que sentía.
Esa mañana lo había visto de lejos, apoyado al lado de la puerta cerrada de una clase, hablando con Blaise. No parecía infeliz, se reía, bajo la gesticulación nerviosa de la historia que escuchaba con una sonrisa.
Y pensó en Pansy, que luchaba por una relación abocada al fracaso. Y en Lavender, perdida sin convicción. Y ella entre las dos, intentando escapar de un camino trazado para que llegara justo hasta él. Y pensó sin querer en Harry, lo fácil que habría sido querer a Harry, lo simple que habría sido abandonarse entre sus brazos y la seguridad que habría sentido al hacerlo. Lo sencillo que habría sido todo. Pero la vida no da tregua y el tiempo solo es aliado de los que ya no están y por eso, bajó al Gran Comedor sintiendo que andaba sin andar, poniendo un pie detrás del otro por inercia, sin saber que Luna la esperaría en la puerta como si estuviera segura de que la encontraría así, con los ojos como estatuas fijos en el suelo y en la comisura de los labios un temor que nunca conoció.
—Pareces triste —le dijo Luna. No tenía ganas de hablar y entró con ella pisándole los talones. Ni siquiera se dignó a saludarla, y acabó sentándose en la mesa de Gryffindor con la sensación de dejarse caer en un vacío.—Pareces triste —volvió a repetirle, como si creyera que no la habría escuchado, y Ginny solo deseó enterrarse en su delirio y suplicarle que se callara. Pero al fin y al cabo era Luna. Y era su amiga. Y no tenía manera ninguna de escapar de aquellos ojos que profetizaban su devenir con solo mirarla.
—Creo que me he enamorado tan equivocadamente que asusta —Y lo dijo como si el mundo se fuera a desvanecer a su alrededor. Lo había dicho, y ya ni siquiera se asombraba de la verdad.
Luna la miró impasible, sin sonreír, pero con cierta afabilidad pintada en los trazos menudos de su rostro. Se quedó pensando que iba a decirle a continuación, si la habría entendido del todo o no, si podría llegar hasta Ginny y rescatarla del pozo negro en el que se encontraba. Pero Luna no hizo nada de eso, Luna ni siquiera habló. Se acercó a ella con decisión y la abrazó como si no hubiera otra cosa que hacer en ese mundo.
Sabía que se había hecho un silencio ominoso a su alrededor pero dejó de importarle en el mismo momento que escuchó un susurro en su oído, como si vertiera en él el agua de un río.
—Nadie ama equivocándose. Podemos equivocarnos con las personas, podemos equivocarnos en el momento, pero nadie se equivoca cuando quiere. No te asustes —le dijo. Luna se había incorporado para mirarla a los ojos y Ginny quiso llorar, quiso llorarle cuanta pena le cabía en el alma en un suspiro—. Será mejor que lo asumas cuanto antes porque no estás sintiendo nada malo.
La hora bruja
Se habían sentado a fuera en un banco cuajado de nieve, bajo sus propios alientos helados, en algún rincón del castillo.
Ginny se moría de frío y se frotaba las manos pero no encontró mejor lugar que aquel blanco lecho para morirse si hiciera falta. Luna, sin embargo, parecía no sentir el aguijonazo helado que caía sobre ellas como un designio.
—Mi padre dice que la vida está hecha para sorprendernos —Hacía dibujos con el pie sobre la nieve mientras le hablaba—. ¿Estás asustada porque es Malfoy o porqué no te habías enamorado nunca?
Ginny no se atrevió a mirarla a los ojos, después de haberle contado todo desde un principio sin saltarse ni un solo detalle. Desde la carrera hasta lo del carruaje, pasando por lo de la botella, el vuelo, la carpeta con el nombre Lavender y, sobre todo, la historia que Malfoy le contó aquel día. Ginny no pudo mirarla a los ojos si no que siguió viendo como hacia círculos concéntricos como si allí pudiera encontrar la respuesta. Luego suspiró hondo, era una buena pregunta.
—Supongo que por las dos cosas —respondió finalmente. Ginny meditó las palabras mientras se miraba sus propios pies—. Un poco por Pansy, también. Pero sobre todo por Lavender.
Luna detuvo la pierna en un círculo inacabado y Ginny observó su cara rojiza por el frío.
—Me gustaría saber donde está Lavender —le confesó de pronto, apartándose un mechón rubio de la cara.
—A mí también, Luna. Pero Malfoy me aseguró que él no sabía nada. Y luego está la cuestión de si Pansy tuvo algo que ver. ¿Crees que sería capaz de hacer algo así?
—No lo sé — reconoció, sorbiendo por la nariz.
Ginny chasqueó la lengua y se abrazó así misma a través del abrigo gris, recordando.
—La historia que Malfoy me contó parece sacada de un libro. Pero supongo que gracias a ella reconocí al verdadero Draco, a ese que es capaz de enamorarse de verdad. El que es capaz de decir al mundo entero que Pansy lo dejó a él solo por no herirla. Pero si tan enamorado está de Lavender, ¿porque no ha ido a buscarla? —Luna, a su lado, se encogió de hombros, mirando los árboles de nevados más allá del jardín—. ¿Porqué creí reconocer tanto rencor y tanto dolor en sus palabras?—Y Ginny negó, dándole una patada al montículo de nieve que había dejado su amiga al hacer los círculos—. No sé que pensar. Hay tantas cosas que no entiendo, que no me atreví a preguntarle...Luna, ¿qué demonios hago?
—¿Hacer con qué? —le preguntó esta, indecisa, volviéndose para mirarla.
—Pues ya sabes...¡Con esto! —Y Ginny apretó un dedo tembloroso a la altura de donde aún creía que tenía el corazón.
Luna siguió su dedo, más confusa que sorprendida ante la pregunta, incapaz de dilucidar porque habría que hacer algo si todo estaba hecho ya.
—No te entiendo...—reconoció por fin.
—Sé que las cosas no pasan como a una se le antoja. Sé que yo no mando en mi corazón. Pero tengo miedo de estar enamorada de un chico que quiere a otra y que encima no es capaz de reconocerlo. Ya sabes, una siempre se imagina que se colgará de un caballero de cuento y no de uno que puede que tenga una retahíla de hechizos oscuros escondidos debajo de la maldita manga.
Luna se rió bajito de aquellas cuitas por donde la veía perderse, por haber llamado lío al milagro que atisbaba, por que ella nunca se había enamorado y sin embargo, podía reconocer en ella los síntomas de un amor sin fisuras.
—Si pudiéramos elegir de quien enamorarnos, no nos enamoraríamos nunca —le contestó. Su voz de ángel atravesó el aire dispuesta a desarmarla y rió.
—Eso no tiene ninguna lógica —se intentó defender Ginny, ceñuda.
—¡Oh, sí que la tiene! Llevan años llamándome loca pero no lo estoy, ¿sabes? Mi padre me enseñó a mirar más allá, me enseñó a abrir los ojos ante las cosas que parecen no tener lógica ni concierto, a enfrentar la vida tal y como me viene pero sobre todo, a ser más sincera conmigo misma, a pesar de lo que digan los demás.
Cuando Luna acertaba de aquella manera, dejándola sin palabras, acababa sintiendo que aquella niña de ojos enormes parecía que le llevara más de una vida de ventaja.
—Yo no creo que estés loca...—se excusó, metiéndose las manos enguantadas dentro de los bolsillos, reconociendo aquello y sin querer reconocer lo demás.
—Gracias. ¿Estás más tranquila?
Tranquila no era la palabra que Ginny buscaba, pero se le parecía, así que suspiró hondo y empezó a escarbar con el pie en la nieve profunda, como si quisiera desenterrar las palabras que no podía decir. ¿Tranquila? Podría decirse que ahora que había reconocido que sentía algo por él de una vez por todas, lo que se sentía era más equilibrada, como si hubiera estado en una balanza durante demasiado tiempo. Notaba que se igualaban las cosas, que ya no le pesaba tanto en el alma, que su mente y su corazón se habían puesto de acuerdo en cargar con su nueva realidad. ¿Pero tranquila? Aún quedaban dudas que resolver, quedaban incógnitas que se alimentaban de sus sueños bajo el nombre de Lavender.
—Me siento mejor —concluyó, sin decir la verdad. ¿Cómo podría? Hablarle de Lavender, y no exactamente de la Lavender que ellas dos conocían y por las que se preguntaban, si no de la persona que había visto en los recuerdos de Draco, tan impredecible como cierta.
Pero Luna se inclinó de repente bajo sus ojos y sonrió queda.
—¿Sabes qué, Ginny? Creo que deberías de volver a la enfermería.
El cambio de conversación la descolocó por un momento. ¿A la enfermería? No se encontraba tan mal como para eso, y dudaba que Pomfrey escondiera entre sus pócimas una que arreglara el corazón.
Ginny la miró interrogante a través del humo que expelían sus alientos.
—¿Para qué quieres que vaya a la enfermería, exactamente? —le preguntó.
Sin embargo, Luna, sonrío sutilmente, exactamente como hacía cuando iba a dejar sobre ella una huella de desconcierto difícil de extirpar.
—Para que puedas seguir adelante. Allí, en ese cajón, está la respuesta.
Luna acertó de lleno y Ginny calló. «Para que puedas seguir adelante», se repetía como una letanía incesante, como una canción de cuna desolada y absoluta. Para seguir adelante dejando atrás el pasado, quizás, para que los fantasmas del amor de un recuerdo no la persiguiera y pudiera vivir tranquila.
«¿Se puede querer a alguien que se odia a sí misma?», recordó, implacable. ¿Se puede? Se podía. Y quizás aún se pueda, pensó consternada. Tal vez aún rondara en la retina de aquellos ojos grises el sueño de haber querido a alguien que ya no estaba. Porque ella luchaba contra una persona que, estando lejos, vivía aún prendida del recuerdo e idealizada en la mente de Draco. Porque todos los recuerdos son así y ella lo sabía: benevolentes, arbitrarios, generosos en la evocación de los afectos, selectivos con las pasiones. Compasivos con los que dolían para proceder a suavizarlos.
¿Que quedaría de aquella relación en su memoria? Se preguntaba. ¿Que momentos ensalzaría y cuales vivirían con más fuerza? ¿Y cuántas veces más las compararía?
¿Y qué debía de hacer ella, si se debatía contra una persona que ya ni siquiera estaba allí?
—Pero...¿cómo se supone que voy a entrar en la enfermería? —preguntó finalmente, asumiendo que todas aquellas preguntas no podrían ser contestadas de otra manera que yendo allí—. ¿Cómo lo hago?
Luna la miró un momento, valorativa, hasta que finalmente respondió:
—Fácil. Pídeselo.
—¿Pedírselo a quién?
—A Malfoy —Y lo dijo como si fuera la cosa más evidente del mundo.
—No lo dirás en serio —Pero Luna se encogió de hombros y asintió. Ginny negó con ahínco—. ¡No puedo hacer eso!—protestó—. ¿Cómo se supone que...?
Pero ésta ya se había levantado del asiento y caminada hacia atrás por la nieve, dejando un camino profundo en la helada.
—Van a empezar las clases —le comentó, risueña. Y luego agregó—: Tú sabes que el único que te puede ayudar es Malfoy.
—¿Así?
—¡Sí! —respondió a lo lejos, dándose la vuelta por fin—. Para empezar, porque él también querrá saber donde está, y segundo...¡Tú ya sabes lo segundo!
Ginny siguió mirándola hasta que la perdió de vista. «Tú ya sabes lo segundo», pensó, sin atreverse a perseguirla. «Tú ya sabes lo segundo», se dijo, temerosa.
Claro que lo sabía.
Paraíso perdido
Y ahora se encontraba en mitad de un corredor lleno de alumnos, sin saber muy bien porqué ni que hacer, ya que no podía acercársele así por las buenas delante de todos. No podía. Y sin embargo, allí estaba.
«¿Qué hago aquí?», se repetía una y otra vez, apretando las manos dentro de los bolsillos. ¿Porqué no había esperado a un momento más propicio? Ginny se dio la vuelta por quinta vez, pero no se decidía a bajar las escaleras. A esas alturas llegaría tarde a su clase de Encantamientos pero sus pies no le respondían, y seguía agazapada detrás de la esquina como una tonta.
Ginny suspiró, y se alisó la camisa como si pudiera quitar una arruga invisible. Pero algo tenía que hacer, ¿no? No podía quedarse allí para siempre. Así que tomó aire y se asomó con cautela, mirando a través de los estudiantes que habían formado grupos alegres en el pasillo, y entre las cabezas de los que se habían sentado contra la pared.
Pero no lo veía. E iba a llegar tarde, mientras el corazón le palpitaba en el pecho desbocado. Si que veía a Harry y a Hermione, charlando animadamente con su hermano, y por eso se apresuró a esconderse. Solo le faltaba que Ron la pillase allí mirando hacia los alumnos de séptimo curso para empezar a creer que su hermana era algo parecido una maníaca sexual. Pero había ido allí para algo, se dijo otra vez, insistente, así que volvió a echar otro vistazo disimuladamente al corredor. Siempre podía decir que se había perdido.
—¿A quién buscas?
—¡Ah! —gritó, presa del pánico, dando un salto hacia atrás por la sorpresa. Pero perdió el equilibrio y acabó estampada contra la persona que le había hablado.
Cuando miró hacia arriba, con el corazón en un puño y pensando en mil y una excusas, se encontró con dos ojos interrogantes que la miraban sin expresión.
—¿Me estabas buscando?
Ginny intentó volver a ponerse recta y se estiró el jersey, disimulando.
—Bueno, en realidad yo...—carraspeó indecisa, mirando a su alrededor—. Quiero decir, que...
—¿Qué haces aquí espiando, entonces? ¿No sabes que eso es de mala educación?
Malfoy llevaba el uniforme escolar y una mochila colgada de la mano, así que no había andado muy desencaminada al afirmar que se encontraría allí. Pero ahora que lo tenía delante y se encontraban solos se había quedado completamente sin palabras, y lo único que se le ocurrió fue negarlo todo. Y con convicción.
—¿Espiando? ¿Yo?—respondió finalmente con la barbilla levantada, cruzándose de brazos—. ¿A ti? ¿Te crees que soy una más de tu club de fans, que van por ahí como si fueras una estrella del rock...?
—Vas a llegar tarde.
—¿...y lamiendote el culo allí por donde...?—Ginny parpadeó confundida cuando lo vio echarse la maleta al hombro y darse la vuelta—. ¡Espera!—le gritó de repente, asustada.
Justo a tiempo. Malfoy volvía sobre sus pasos, pero lo hizo con cierta lentitud que la exasperó.
Encima se lo había ganado.
—¿Qué quieres? —le espetó el chico de nuevo, no sin cierta crudeza.
Nunca se había sentido tan estúpida en toda su vida.
—Nada...No es nada. Lo siento.
Ginny se dio la vuelta y empezó a bajar por las escaleras, totalmente abatida. Primero, por ser una cobarde, y segundo, porque después de todo lo que le había contado sobre Lavender se había comportado aún peor. Quizá no fuera diferente a ella, tal vez, como ella, no se mereciera a un chico como él. Y lo único para que lo había ido a buscar había sido para desenterrador un pasado de la que estaba empeña en conocer fuera como fuera. Era una completa egoísta. Ahora lo sabía.
—¿Y me llamas para nada? —Ginny se detuvo de pronto a mitad de la escaleras, y se dio la vuelta cuando le escuchó decir—: ¿Estás segura de qué no es nada?
Malfoy estaba apoyado en la baranda, mirándola desde arriba con su gesto impredecible de siempre. Al menos ya no parecía enfadado, así que volvió a subir la escaleras con cara culpable y sin saber qué hacer. Pero Draco acabó chasqueando la lengua con fastidio cuando la vio perderse en una retahíla de «yo... » y «bueno...».
—Al grano, a ser posible para hoy.
Ginny volvió a tomar aire.
—Tengo algo que proponerte —le dijo de corrido.
Y ahora sí. Ahora, por fin, Malfoy, sonrió.
—¿Ahora?—preguntó mordiéndose un labio, como si lo pensara. Ginny se perdió en ese gesto, intentando que no se le acelerara el corazón.
—¿Ahora qué?—preguntó bajito y totalmente desubicada, sin pensar muy bien en lo que decía.
Pero Malfoy la agarró de la mano y tiró de ella por el pasillo.
—Vamos.
—Pero, ¿a dónde vamos? —consiguió preguntar antes de que la arrastrase escaleras abajo.
—No te preocupes. Hasta la tercera clase que pierdes no te llaman la atención.
¿Lo sabría por motivos propios? Porque a ella no le hacía ninguna gracia que le pusieran una falta grave. Sin embargo, se dejó llevar. Siempre se dejaba.
Espejos rotos
—No.
Y parecía que con esa negativa ya lo había dicho todo.
Estaban dentro del invernadero seis, cerca del embarcadero del Lago. Malfoy había bajado hasta los jardines directo a la explanada sin decir nada más, arrastrándola aún. Y una vez que estuvieron seguros que allí adentro no había nadie, entraron cerrando la puerta y se dirigieron hasta el final, donde unas matas de acebo adornaban los cristales refugiándolos de las miradas del exterior.
Ginny creía haberse explicado bien. Ginny creía que era un buen plan, y el slytherin la escuchó hasta el final sin decir una sola palabra. Hasta ahora.
—No.
—¿Porque no?
—Porque me importa una mierda donde esté Lavender.
—Necesito saberlo.
—Pues hazlo tu sola.
Draco se había sentado en una mesa llena de tierra verdiazul, entre dos maceteros enormes de madreselva aún sin transplantar, y la mirada ceñudo desde allí con los brazos cruzados.
—Vamos, Draco...—suspiró lentamente, intentando convencerlo. Pero él no dijo nada, simplemente se dedicó a balancear los pies—. ¿En serio no sientes ni siquiera curiosidad?
—Me parece que aquí la única que siente curiosidad eres tú, ¿me equivoco? —le preguntó lentamente, en tono un poco amenazador que no le pasó desapercibido.
Ginny bufó. Estaba de pie, delante de él, y miraba fijamente el suelo cubierto de hojas muertas intentando pensar, pero no se le ocurría nada. Pero al cabo de un rato Draco pareció se relajarse por fin, y vio como se apoyada con las manos en el borde la mesa mientras le preguntaba:
—¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
De pronto, Ginny supo que no podía decirle que lo hacía por él, porque aquello obviamente no le haría ninguna gracia. Que a pesar de todo, a pesar de todo lo que había pasado, Lavender quizás estuviese bien en donde estaba. Lejos de allí, de ellos, de él. Pero, ¿y si volvía? ¿Y si resultaba que al final todo fue un error? ¿Y si se encontraba en un apuro? Ginny ni siquiera se entendía a ella misma, ¿porqué necesitaba saberlo con tanta urgencia, si él ni siquiera parecía interesado?
—No puedo explicarlo con palabras, Draco —se sinceró, aún sin mirarlo a los ojos—. Pero tú me preguntaste que veía en ti, ¿verdad? Y creo que la respuesta está ahí, en esos papeles. No lo sé, pero lo sé. Por muchos motivos.
—¿Y qué motivos son esos?
Ginny levantó la cabeza y notó en la comisura de sus labios una linea irregular de desconfianza.
«Que la olvides, que dejes atrás una relación nefasta de la que sin embargo no te quieres soltar. Que podamos empezar desde cero sin que me compares con la que seguramente fue el amor de tu vida». ¿Motivos? Miles de ellos, pensaba, mirándolo fijamente sin atreverse a decir nada. Miles, y todos ellos acababan en el mismo lugar.
Ginny tragó saliva, volviéndose a perder por la naturaleza estática del invernadero.
—Necesito ese favor —le dijo en un murmullo. Luego soltó todo el aire que le quedaba y apretó los ojos. Los apretó porque no tuvo el valor de contarle como se sentía, porque le estaba pidiendo una cosa que tal vez llegara a lastimarlo. Pero sobre todo, los cerró porque por mucho que no quisiera, por mucho que lo deseara con todas sus ganas siempre sentía la presencia de Lavender como un espejo roto que partía por la mitad la imagen de ese amor que ya sentía.
—Ginny —Y escuchó como la llamaba, pero se negó a levantar la cabeza—, no me puedes pedir ese favor...—No parecía un ruego, pero percibió una nota discordante en su voz que se rompía.
¿Iría a llorar?, pensó de pronto, taciturna. ¿Lloró en su día? ¿Lloraría aún porque la dejó marchar, y no encontró quizá la forma de ayudarla?
—Pues lo haré yo de todas formas...
Lo decidió porque Malfoy no lloró, ni nunca lo haría. Seguía sentado en la mesa con las manos apretadas y mirándola fijamente. No lloraría, a pesar de estar bajo el luto de un amor que nunca veló, a pesar de que presentía cercándolos para siempre.
Cuando Malfoy tomó la decisión, sin embargo, aún pensaba en Lavender.
—Está bien. Lo haré.
Ginny levantó la cabeza y lo miró sin creer lo que había escuchado.
Pero bajo el rostro impasible de Malfoy todavía se removía el olor de un cuerpo que jamás le había pertenecido. Y sí, sabía el porqué, pero, ¿decírselo? ¿Renunciar a ese pelo rojo qué le daba sosiego con solo mirarlo? Aunque le regalaran el mundo entero y sus mares.
Ginny, a su lado, aún no daba crédito a sus palabras, ajena totalmente al verdadera motivo. Se preguntaba por él, aunque no lo dijera, pero acabó aceptándolo como algo más de su ingobernable personalidad que nunca entendería.
—Gracias —le sonrió, cohibida, cruzando y descruzando las piernas. Pero Draco bajó de un salto de la mesa y se le acercó unos pasos.
—Nos vamos a meter en un lío.
—Ya lo sé.
—No sabes nada —Y la atrapó la arrogancia de su cuerpo que lo dominaba todo. No sabes nada, mientras alargaba el brazo para rozarle el cuello con los dedos. No sabes nada, le sonrió, y la tomó de la mano para salir de allí. No sabes nada.
Poquito a poco entendiendo
—¡Miradla!—Al día siguiente, Melisa abrió la veda para que todas la miraran como a un embrujo—. ¡Está enamorada!
Quiso mostrarse indiferente, quiso mirarse en el espejo para encontrarse con la imagen que ellas adivinaban en su rostro para así verificar la verdad. ¡Está enamorada! Pero ella solo veía a una pelirroja pecosa con la mirada encendida y el corazón caliente. Está enamorada, y ella solo pudo reír como si no tuviera remedio.
¿Enamorada? Creía que ya lo había estado una vez, en tiempo no tan lejano. En una vida no tan remota en el tiempo como para que nadie se hubiera dado cuenta hasta ahora. ¿Qué había cambiado? ¿Quizá la luz con la que miraba? ¿Quizá la sonrisa?
—No digáis tonterías —les pidió, intentando disimular.
—Pero si eso es muy bonito, tonta.
«No, no lo es. Da miedo».
—Además, se te ve en la cara.
—¡Se te ve! —afirmó Jen.
—Se me ven las pecas, se me ve que no he dormido bien. Si verdaderamente tuviera un novio me iba a dejar muy pronto.
Jugó con ellas a las medias verdades, riéndose de sí misma, de la imagen del espejo que le devolvía la realidad de sus palabras.
«¡Estoy horrorosa!» pensó, y miró como las demás se vestían, como se ponían la falda y las medias, como coqueteaban con la vida como si pudieran apresarlas entre sus piernas y poseerla hasta la extenuación. Eran tan guapas y parecían tan libres de sus propios defectos, como si no les importara nada, que las envidió por un momento y sin reproches. Y aunque también sabía que todo era fachada, ella seguía con sus mismas dudas, con sus pantalones que todo lo tapaban, con su pelo recogido y su rostro sin pintar.
Acabaron dejándola en el cuarto y tomándola por imposible, cerrando la puerta, sin saber que en realidad no la dejaban sola. Linda apareció detrás de ella con un peine, y se sentó a su lado en la cama.
Ginny nunca vio en Linda más de lo que Linda vio en ella. Tal vez fuera porque Linda era demasiada guapa. Era demasiado rubia, demasiado alta, demasiado atrevida. Llevaba la falda demasiado corta. Y Ginny siempre se había sentido con ella en desventaja.
—¿Qué vas a hacerte en el pelo?—La había visto mirarse al espejo de la misma manera que se miran las personas que dudan de su belleza, y por eso quería a Ginny. Por los años, porque siempre parecía ir un paso por detrás, o quizás un paso por delante. Linda quería a Ginny porque no le importaba todo lo que en ella parecía irsele la vida y porque en cuestión de amores, ella ya había recorrido un largo camino que solo la dejó llena de brechas e incertidumbres. Y quería ayudar.
—No lo sé —respondió Ginny, sin mirarla.
—¿Te vas a poner la falda?
—Es de verano, Linda.
—Te dejo unas medias.
No solo le echó una mano para dejarse el pelo suelto, la ayudó a desencajar años de timidez desmedida. La ayudó con el rímel, la aconsejó que a pesar de todo lo que ocurriera no se lamiera sola las heridas, que se le contara, que ella podía. Podía ayudarla con la camisa, que encantó para que le quedara más estrecha, podía desenredar los hilos de un amor que se tuerce, contribuir con su perfume, pero le advirtió una cosa: no podía protegerla de la vida si Ginny decidía jugar.
—¿Qué quieres decir con eso?—Ginny buscó su mirada en el espejo de cuerpo entero, y la vio detrás de ella intentando ponerle bien el cuello de la camisa.
—Lo que quiero decirte es que tengas cuidado, nada más.
—Pareces mi madre.
—Tu madre no podría hacer que tuvieras éste aspecto. ¿Lo ves?
Lo veía. Pero de ver a creer hay un enorme abismo y no estaba segura de que aquella muchacha que la miraba desde el espejo como asustada fuera ella y nada más.
—Linda...—la llamó, presa del pánico por salir a los pasillos de un Hogwarts lleno de adolescentes deseosos de juzgar.
—No es para tanto. Solo te he soltado el pelo y te he pintado un poco. Te ves rara por la falda.
No es la falda, se decía, mientras Linda se despedía de ella en el pasillo para acercarse a su propio grupo, dejándola sola. No es la falda. A pesar de todo, casi todas las alumnas las llevaban y ella era una más. No es eso, mientras entraba en el aula cohibida bajo las miradas de sus compañeros. Es la actitud que da la falda. Es la línea que se cruza, el río que se vadea, la sensación de ir a mil por hora solo por sentir que por fin lo demás se fijaban en ella. Y porque al salir de las clases del mediodía, escuchó la voz de Draco por encima de las escaleras.
—Van diciendo por ahí que una pelirroja de quinto es el nuevo fichaje.
Ginny miró hacia arriba y lo vio apoyado en la baranda del tercer piso, con la mochila al hombro. No supo descifrar su rostro, y sonrió porque era lo único que podía hacer en ese momento si no quería parecer una estatua de piedra.
—¿Y qué más dicen? —se atrevió a decir, más valiente de lo que se sentía.
Malfoy se encogió de hombros.
—No lo sé, un hechizo anónimo le enrolló la lengua y dejaron de hablar.
Notó sin embargo sus pasos acercarse, la presencia absoluta de su cuerpo a tres centímetros del suyo, el precipicio que se abría ante ella y su voz. Malfoy había bajado las escaleras y se había puesto justo frente a ella. Llevaba el uniforme con su camisa y sus pantalones a juego, la corbata esta vez bien puesta entorno al cuello, el pelo rubio desordenado en la frente.
—Vamos —Draco la miraba intensamente a los ojos—, he pasado mi última hora libre delante de la enfermería y creo que lo mejor será es que vayamos ahora que Pomfrey está en el Gran Comedor.
Y abrió la puerta de la primera clase que vio y dejó allí las maletas, volviéndola a arrastrar por las escaleras mientras su falda y su pelo ondeaban tras de sí cortando el aire.
Flores en primavera
No podía creer que ya estuvieran a dentro. Así de simple. Llegaron a la enfermería, Malfoy miró hacia todos lados y la abrió. Ginny le siguió muda de asombro mientras se acercaba a la puerta del puesto de vigilancia y sacaba algo de su bolsillo.
—¿Ya está, así de fácil? —le preguntó, incrédula.
Malfoy había hincado una rodilla en el suelo y jugueteaba con una especie de alambre que brilló bajo la luz incipiente de los ventanales.
—¿Fácil?—le escuchó decir, mientras introducía el alambre por la cerradura—. No tienes ni idea de lo que he tenido que hacer para abrir esa puerta. Tenemos media hora hasta que vuelva del Comedor, así que vigila o cállate.
«Será imbécil», pensó, dirigiéndose hacia la puerta para escuchar. Le temblaban las rodillas y empezaba a desesperarse.
—¿Qué haces? ¿Porqué no lo abres con magia?
Malfoy se dio la vuelta y la miró con fastidio.
—Porque desde que una pelirroja se le ocurrió la genial idea de entrar aquí sin permiso, ya no se abre con un simple «alohomora».
Intentó no sonrojarse, pero se sintió ofendida y siguió preguntándole.
—¿Y qué se supone que estás haciendo con eso, eh? ¿Qué haces con ese alambre?
—¿Alambre? ¿Qué...?—Malfoy se dio la vuelta por segunda vez, volviéndose para mirarla con fastidio—. Se llama ganzúa, idiota. Es un chisme muggle que sirve para abrir puertas.
A Ginny casi se le cae el alma a los pies. ¿Muggle? Ni siquiera sabía que le hubieran enseñado esa palabra. Draco tuvo que entender por ese silencio, porque acabó respondiéndole con paciencia.
—Está hechizada para que no se pueda abrir con magia. Pomfrey ni siquiera se ha llegado a imaginar que alguien pueda tener tanto interés por entrar aquí para intentar abrirla con esto. ¡Ya está!
Habían perdido casi diez minutos pero por fin la puerta se había abierto y Malfoy entró con Ginny pisándole los talones. Todo estaba igual como lo recordaba, y cerró la puerta tras de sí.
—Date prisa—la alentó Draco—. ¿Dónde dices qué...?
Pero Ginny ya se había sentado en la silla y había abierto el cajón, sacando la carpeta.
«Lavender Brown. Gryffindor», volvió a leer, despacio, como aquella vez. Pero esta vez abrió la carpeta sin pararse a pensar. Y de repente Lavender estaba ahí. Sonreía desde en un pasado remoto, feliz, ajena a todo lo que había ocurrido, lo que estaba ocurriendo. Sin saber que ellos los dos la verían también así a través de los años. Por un momento Ginny volvió a quedarse paralizada, presa de un miedo desconocido. ¿Estaba preparada para lo que vendría después? Se preguntaba, ¿de verdad deseaba saber por encima de todo? ¿Incluso por encima de Lavender?
Malfoy la ayudó a decidirse cuando le colocó una mano pesada en el hombro.
—Lee —le pidió bajito. Y Ginny no tuvo más remedio que apresurarse a pasar las hojas con la mirada de Malfoy clavada en ella. Una página, dos páginas. La tercera era la última y la recorrió hasta el final con un dedo tembloroso.
—¡Aquí está! —exclamó. Y leyó en voz alta, presa de la agitación.
«2 de Septiembre. 21:30 P.M. Presenta quemaduras en el torso y en el cuello. Clasificación: 1. Epidermis. No presenta estado flictenas o ampollas. Hechizo S/N .Vrs. No tratamiento. Ataque de ansiedad. No tratamiento. Historia...».
Ginny se quedó callada. Luego le dio la vuelta a la hoja con rapidez. Dos veces. Tres. Hasta que Malfoy, cansado, se agachó a su altura.
—¿Qué pasa?—le preguntó.
Ginny parecía haber perdido el poco aire que le quedaba.
—Falta una página.
—¿Qué?—Malfoy le arrebató el informe y lo miró con sus propios ojos. La última página acababa con la palabra «historia», por eso Ginny no había seguido leyendo.
Sin querer resignarse, Draco se acercó al cajón de las carpetas y rebuscó en él. Ginny seguía sentada sin decir nada, perdida en sus pensamientos, mientras lo veía levantarse y mirar a su alrededor para ver si la hoja que faltaba se había caído al suelo por casualidad. Buscó por todos lados, pero al cabo de un rato no tuvo más remedio que aceptar que allí no estaba.
Ginny, finalmente, suspiró.
—Déjalo, Draco. Está claro que alguien se la ha llevado.
Y Malfoy la miró sin saber que decir...hasta que unos pasos interrumpieron sus pensamientos. Sin ninguna duda, alguien se acercaba a la enfermería. Tenían que pensar algo y rápido, pero solo vieron una solución a tiempo para que Pomfrey entrara pensando cuando había dejado la puerta abierta.
Dame la mano, juega conmigo
—¡Doyle, estese quieto un momento!
—¡Me duele!
—¡Pues no se mueva!
Pomfrey taconeó por la habitación, hasta que escucharon sus pasos acercarse.
—Vas a tomarte esto, y ya verás que pronto te duermes.
—¡No quiero!
Malfoy resoplaba por encima de su cabeza y el aire le hizo cosquillas. Deseó no estornudar.
—¡No sea irrespetuoso!, ¡bébaselo!
—¡Está bien! —protestó el niño. Luego de unos segundos de silencio, Pomfrey volvió a hablar:
—¡Muy bien, así me gusta! Ahora recuestese y ni se dará cuenta de que me he ido. Le dejará de doler.
Un gimoteo ininteligible llegó hasta ellos por el resquicio de las puertas mal cerradas del armario. ¿Podría morirse de miedo allí mismo? pensó Ginny, cuando volvió a escuchar los pasos atravesando la estancia.
—¡No se vaya, enfermera Pomfrey!
¿Malfoy había refunfuñado «maldito niño quejica» o había sido ella? Empezaba a marearse por el pánico y ni siquiera podía mirar hacia arriba si chocarse contra su barbilla.
—No se preocupe, volveré enseguida —La voz de la enfermera había adoptado un tono más conciliador, pero Ginny solo había captado las palabras de volveré enseguida y se aferró a ellas desesperada. «¡Vete, vete de una vez!» Y estaba casi segura de que Malfoy, a su lado, tan cerca, pensaba lo mismo.
Cuando por fin no oyeron nada más que algún gimoteo aislado, Malfoy acabó empujando la puerta con suavidad y saltaron del armario para dirigirse hacia la puerta. Ginny llegó la primera pero se quedó con la mano en el pomo, sin atreverse a abrirla.
—¿Qué ocurre? —la interrogó Malfoy.
—El niño no se ha dormido.
—¿Y qué? ¿Quieres cantarle una nana?
Ginny rodó los ojos.
—¿Estás seguro de que si salimos y nos ve no se va a chivar?
Malfoy la miró apretando los labios, pero finalmente suspiró.
—Joder —fue lo único que dijo mientras se apoyaba, derrotado, contra el quicio de la puerta.
Dame tiempo, mujer (si tienes)
Después de un rato de deambular por la habitación en completo silencio, sin nada más que hacer, Ginny perdió la paciencia y recuperó la cordura.
—¿De verdad no piensas buscar otra salida?—le interrogó colocándose frente a él, dándose cuenta de pronto en el lío en el que se habían metido—. ¡No podemos quedarnos aquí sin hacer nada!
—¿Y qué se supone que quieres hacer?
Draco seguía apoyado sobre la puerta media hora después, con los brazos cruzados y la mirada perdida, como si se hubiese resignado a su suerte.
—¡No lo sé!
La acabarían pillando, pensaba, mientras seguía deambulando por la pequeña habitación. Los atraparían, y ella ya estaba en la cuerda floja y...
—...seguramente me acaben expulsando del colegio y mi madre me matará. Y me resucitará solo para volver a tener el placer de matarme. O peor, tendría que ir a Beaxbeatons con toda esa comida francesa tan rara. ¡No me gusta la comida francesa, Malfoy!
—Estás loca —contestó finalmente, sonriendo con incredulidad—. ¿Te recuerdo que por tu culpa estamos aquí? ¿Qué creías? ¿Que iba a ser tan fácil?
—¡No sé que creía! —protestó en un murmullo.
—Pues haberlo pensando antes.
Toda su calma llegaba a ella en forma de insulto y se cruzó se brazos, encarándolo de nuevo.
—No puedo creer que estés tan tranquilo... —susurró encolerizada, cerca de él.
—Y yo no me puedo creer que estés enfadada.
Asumía que se había equivocado, que ella tenía la culpa, pero esperar a que un niño que ni siquiera habían visto se durmiera era una completa locura, ahora lo sabía. A lo mejor si gateaban hasta la puerta tendrían alguna posibilidad. O quizás si lo hechizara...Finalmente lo resolvió.
—Voy a salir, quítate de la puerta —le amenazó. Pero Malfoy no se movió ni un ápice—. Va en serio.
—No te voy a dejar.
—¡Quítate de la puerta, joder! —estalló por fin, en voz baja—. ¡Tengo qué hacer algo si no, me volveré loca!
—¿Quieres hacer algo? ¿De verdad?—le preguntó por fin, con una nota de peligro en la voz.
—¡Pues si!
Fue a empujarle para abrir la puerta cuando Malfoy se adelantó y la atrapó por los brazos, dándole la vuelta para chocarla contra la pared. Ginny se golpeó la nuca fuertemente y protestó.
—¿Qué haces?
—Podemos hacer lo que tu quieras, aquí y ahora —La tenía atrapada contra la pared y apretaba su cuerpo contra el suyo con demasiada fuerza—. Lo que tu quieras, menos salir
Malfoy no se movió, tal y como había prometido, pero parecía hipnotizado. Y de pronto empezó a recorrerle el rostro lentamente con los ojos. Primero la nariz, los labios. Y se quedó ahí, con la boca entreabierta, respirando lentamente.
—Malfoy...—le llamó Ginny, tragando saliva, incapaz de moverse—. Me estás...haciendo daño.
—Lo siento —se disculpó de pronto, soltándola con cuidado—. Yo no...No quería —Ginny rehusó su mirada y se frotó los brazos, aún pegada a la pared—. A veces me olvido de qué...
Draco no acabó la frase.
—¿De qué?
Pero no contestó, se había quedado mirando fijamente a la puerta como si pudiera ver mas allá.
—Está roncando —dijo por fin, después de unos segundos.
—¿Qué?
Pero ya la estaba agarrando del brazo y tiró de ella, abriendo la puerta lentamente
—Tenemos que irnos
Más allá del tiempo
Una vez que estuvieron alejados de la enfermería y de sus posibles peligros, corrieron por todo el castillo. De pronto cayó en la cuenta de que lo había pasado. De que habría pasado si los hubieran pillado allí adentro sin ninguna explicación. De la clase de castigo que les infringiría. Y encima, de que la idea había sido suya y que podría haber arrastrado consigo a un inocente. Mientras aún corrían sin ningún destino fijo, Ginny lo aferró del brazo y le gritó:
—¡Para!
Draco frenó con los talones y rebotó contra la pared, doblado sobre sí mismo.
—¿Qué pasa?—le espetó, pero Ginny no podía hablar. Se agarraba el costado con dolor, y Malfoy la miró entre confuso y dolido—. Te dije que nos meteríamos en un lío, te lo dije, pero no me hiciste caso. Y encima de todo tendré yo la culpa. Anda vamos —y levantó los brazos, aún respirando aparatosamente—, empieza a gritar y a enfadarte, eso se te da de miedo.
Pero Ginny simplemente lo miró hastiada y se puso a su lado, aún sin aire.
—No te iba a decir nada, ¿vale? —se defendió, en un resuello—. Solo te iba a dar las gracias. Si tú no hubieras estado allí yo...Gracias —concluyó, en una última bocanada de aire.
Malfoy ni siquiera contestó. Aún estaba apoyado contra la pared sin mirarla, desviando de vez en cuando la vista a cada lado del corredor, abochornado por la carrera y sin saber que decir.
—Lo siento, ¿vale? —volvió a repetir, por llenar el vacío.
—¿No tienes calor?
—¿Qué?
Respirando aún trabajosamente, Ginny observó como Malfoy se limpia el sudor de la frente con el dorso de una mano mientras que con la otra se quitaba los primeros botones de su camisa. Había algo de hipnótico en aquel movimiento, un botón, otro botón, y por eso no se fijó en la expresión sugestiva que le cruzó la cara.
—Demasiado calor...—apunto distraído, tirándose de la corbata para aflojarla. Luego se dirigió a ella y alzó una mano—. Dame.
Ginny se miró el pecho, justo hasta donde estaba señalando.
—¿La corbata?
Pero Malfoy no contestó. Acortó la distancia en dos pasos y procedió a tirar también de la suya, concentrado y sin mirarla a los ojos. Ginny se dejó hacer, hasta que sintió el roce de la tela contra su cuello y por fin vio la corbata en su mano.
—Así mejor...—murmuró Draco, colocándole bien el cuello de la camisa—. ¿De verdad no tienes calor?
Su corazón empezó a bombear. Sus ojos brillaban. No sabía si era por la carrera, por la luz de las velas que oscilaban o porque en ese pasillo no había nadie y estaban a tan solo dos centímetros de distancia. Malfoy preguntó si no tenía calor, y ella se sintió bailando debajo de un volcán.
—No sé — le contestó vacilante y encogiéndose de hombros. Malfoy había dejado una mano encima de uno de sus hombros, y jugueteaba con un mechón de su pelo que le caía tras las espalda.
No hacían falta más palabras. Pero Draco habló:
—Ven — pero Ginny no se movió del sitio. ¿A dónde podría ir, si no?
«No sabes nada».
Draco la empujó suavemente contra la pared, sin dejar de mirarla—«No sabes nada»—, y la agarró por las muñecas para subir sus brazos a la altura de su cuello. Ginny se dejó hacer. Enredó sus manos detrás de su nuca con el cuerpo tembloroso, notando como Malfoy intentaba no sonreír mientras le apretaba con las manos su pequeña cintura.
El contacto contra su cuerpo. La fría piedra tras su espalda.
—¿Tienes miedo?
Y Ginny se dejó hacer. Se dejó hacer porque no sabía nada y tenía miedo. Y porque estaban tan lejos de las partes más transitables del castillo que nadie los iría a interrumpir. Porque aquello era la vida real, la vida tangible. La vida con la que Malfoy jugaba sin saber que normas la regían. Porque estaba enamorada de un chico que ahora se inclinaba sobre ella para besarla y se preguntaba si en realidad la estaba besando a ella o a un recuerdo.
Sintió primero sus labios. Ginny intentó no entrar en pánico y relajarse, pero le era imposible no temblar. Y la sensación de una catástrofe inminente se cernía sobre ella como un aguacero.
«No sé besar», pensó. Estaba claro que la teoría no era lo mismo que la práctica, y lo que menos deseaba ahora era hacer algo mal. «No sé besar», pero Draco si sabía. Entreabrió la boca y sintió su aliento cálido contra la suya. Cuando notó aquella lengua que buscaba la suya, Draco se apretó aún más contra ella y apresó con los dientes su labio de abajo.
—¿Tienes miedo?
Ginny negó.
Fueron besos torpes. Besos para indagar que partes sensibles hacian que Ginny sintiese ganas de gemir contra su boca. Sus manos le apretaban la cintura y se había dejado caer en ella como si no tuviese otro apoyo en el mundo más que ese. Ginny acabó imitándole lo mejor que pudo. La sensación de su lengua contra la suya le hicieron olvidar que la teoría no es nada comparada con la práctica. Nada. Y cuando por fin pudo ponerse a su altura, Draco resbaló las manos hacia abajo de su cintura y apretó tan fuerte que tuvo que ponerse de puntillas.
Pero aquello era un terremoto ingobernable. Había dejado de interesarse por sus labios y ya bajaba hasta cuello con pequeños mordiscos hasta su clavícula. A Ginny le rozaba su pelo contra la nariz y hechó la cabeza hacia atrás deseando que aquello terminara, pero no terminara nunca. Y luego sus manos, subiéndole la falda, acariciándole los muslos, sus labios en su oreja. No podía respirar.
—Malfoy.
Respiraba entrecortadamente e intentaba controlar la situación de alguna manera. Que aquello era un pasillo, mediodía, saliva. Calor.
—¡Malfoy!
—¿Qué?—preguntó junto a su oído, mientras una de sus manos trepaba entre sus muslos.
Ginny le paró justo a tiempo y Draco la miró, parpadeando.
—Tenemos que irnos.
—¿Porqué?
Lo miró a los ojos, perpleja. Verdaderamente, parecía no entender.
—¡Draco! Casi lo hacemos en mitad del pasillo...
Pero éste rió con ganas.
—¡Au!—exclamó de repente, apartándose, cuando Ginny le lanzó un golpe al hombro—. ¡Eres una exagerada! ¿Casi, dices? Pero si ni siquiera habíamos empezado.
—Lo que van a empezar van a ser la clases.
Ginny se dio la vuelta, indignada, pero Draco la agarró justo a tiempo.
—¿Nos veremos mañana?
Y Ginny le contestó por encima del hombro con la misma sonrisa fatua que tienen las mujeres que se saben deseadas.
—Si amanece.
Blanca, blanca austeridad
Pero no cayeron en la cuenta de que al día siguiente viajarían con el expreso hasta su casa, que aunque hubiera amanecido no se verían. Que iban a casa a pasar la Navidad y que ni siquiera habían preparado la maleta.
Han pasado tantas cosas, se decía Ginny en el anden de la estación que la llevaría a Londres. Tantas cosas, que las vacaciones habían quedado postergadas en su lista de prioridades que empezaba a agrandarse hasta límites gigantescos. Solo se vieron dos veces. Una en el tren, cuando Malfoy pasó junto con Zabini delante de su compartimento, y la segunda cuando bajaron a la estación.
Y ahora se encontraba estirada en su cama dos días después, mirando al techo, escuchando como abajo abrían los regalos en la otra habitación. No tuvo más remedio que levantarse e ir a donde ya estaría toda su familia reunida bajo el árbol, bajo las misma luces inciertas que recordaba año tras año en alguna parte de sus recuerdos de infancia. Hubiera preferido quedarse en la cama un rato más pero no podía posponer más el momento, y lo único que haría allí tumbada sería darle vueltas una y otra vez a los acontecimientos ocurridos.
No podía dejar de pensar en el informe, ni porque Pansy habría querido robar la hoja que faltaba. Porque a esas alturas no encontraba a mejor culpable que ella. ¿Quién si no? Incluso empezaba a imaginar que Pansy seguramente había sido la que la había atacado aquel día al lado de su Sala Común. «Presenta quemaduras». Sin embargo, le era imposible imaginarse a una Lavender que no se defendiera. No al menos la Lavender que Malfoy le había enseñado a través de sus recuerdos. «Presenta quemaduras» No, algo no cuadraba y se había llevado dos días dividida entre el miedo y el recuerdo de los besos de Draco, sintiéndose culpable sin querer.
Cuando Ginny bajó las escaleras bostezando, intentando dejar en Hogwarts los problemas por un momento y sonreír, la cabeza de Ron apareció tras una esquina con la boca llena de chocolate.
—¡Mira lo que me ha regalado Hermione! —Su hermano levantaba un libro como si fuera una araña de ocho patas—. ¿Porque siempre regala libros por Navidad?
Ginny terminó de bajar y agarró el libro. «Mil maneras de encantar a una bruja», leyó.
—Creo que está intentado decirte algo.
—¿Tú crees?—
Ginny le devolvió el libro y Ron lo miró como si allí se encontrara los misterios del universo.
—¡Feliz Navidad!—exclamó su madre cuando la vio llegar.
—Feliz navidad para ti también, mamá.
—Bueno, bueno. ¿Dónde están tus regalos? —Molly miraba a su alrededor, nerviosa—. ¡Aquí están!
Le entregó tres paquetes bien envueltos, de un rojo escandaloso, y Ginny rasgó el papel del primero bajo la mirada cariñosa de su madre.
—¡Que jersey tan bonito, mamá! Muchas gracias.
—¿Te gusta?—Molly la miraba expectante.
—Ya sabes que sí.
No quiso mentirle, después de todo era Navidad. Pero su madre se empeñaba años tras año en coserle el mismo jersey una y otra vez. Del mismo color naranja, solo que con diferentes dibujos. Y aquel año, curiosamente, su madre había decido que sería de pequeñas escobas voladoras, quien sabría porque.
—¡Vamos, abre el otro!—la animó.
El segundo regalo de aquellas navidades, sin embargo, no la defraudó.
—Vaya, mamá...
—¿También te gusta?
—No tenías porqué...¡Sí, si que me gusta!
Aquello había tenido que costarle caro, sin ninguna duda. Incluso se sintió mal por un momento.
—¡Es una cámara fotográfica!—Ron se había acercado para admirar su regalo—. ¡Vamos, pruebala, sácame una a mi!
—¡Pero si estás en pijama!—le espetó su madre. Pero luego se volvió hacia ella—. Luego cuando comamos podrás echarnos una a todos, si quieres.
Su madre le alargó otro paquete cuadrado. Era un diario encantado, de color rosa por una vez.
—Para que escribas en él tus secretos. Es de tinta invisible, sólo tu lo podrás ver, así que tus cosas estarán bien guardadas.
—¡Me encanta, mamá!—Iba a darle un abrazo, cuando Ron volvió a aparecer con lo que parecía otra regalo.
—Ginny, creo que esto es para ti —Ron le entregó un diminuto paquete envuelto en papel plateado—. Lo ha traído una lechuza esta mañana. Una lechuza muy cab..
—¡Ron!—le regañó su madre, antes de que pudiese acabar la palabra.
—¡Casi me muerde!
—No seas exagerado, si era muy bonita, con un porte muy distinguido. Me parece que tienes un enamorado bastante pudiente, ¿no, Ginny?
Pero Ginny ya no la escuchaba. Se había quedado mirando el paquete sin saber que decir.
Esa persona que mantiene con otra una relación sentimental de cualquier tipo
Ginny subió con el regalo rápidamente hasta su habitación en cuanto lo tuvo entre las manos. Era tan pequeño que le cabía en la palma, pero pesaba. Pesaba bastante. No tenía ni idea que podría ser, y entró en su habitación pensando en que momento habían decidido hacerse regalos y porque Malfoy no la habría avisado con algo de tiempo para poder regarlarle algo ella también.
Fue hasta la cama con cuidado, mirándolo fijamente, como si de pronto fuera a saltar y a caer sobre ella. Y se sentó aún dudando pero cayendo en la cuenta. ¿Cuando podían haber decidido nada, si todo giraba alrededor de ella siempre? Su ataque, su incapacidad para hacer la caída en picado, su desesperación por leer el informe. ¿Cuándo había dejado Ginny de hablar de ella misma?
«Vamos», se animó, «sólo es un regalo. Sea lo que sea, no seguirá siendo nada más que eso».
Acabó abriéndolo con las manos temblorosas e intentando no rasgar mucho el papel, buscando alguna carta o algo que explicara aquel presente sorpresa. Pero cuando vio que era lo que estaba envuelto, no tuvo más remedio que alzarlo delante de sus ojos sin creer lo que veía.
El cofre era de un terciopelo verde esmeralda. Una caja pequeña y carísima comprada en algún lugar del Callejón Diagon. Y adentro, enclavado en una tela esponjosa y blanca, se encontraba un anillo. De oro, por supuesto. Pero no un oro cualquiera. Aunque Ginny no entendiera de esas cosas, estaba acostumbrada a las cosas viejas y aquello no lucía como una. Estaba segura que si bajaba y se lo enseñaba a su hermano Bill, éste le diría que seguramente estaría hecha por duendes.
Se imaginó a Malfoy de pie enfrente de una vitrina, rodeado de maravillosos anillos y colgantes de una joyería exquisita que solo Ginny podría soñar con tener. Se lo imaginó mirando con esa altivez innata por encima del hombro al dependiente, y éste lo estaría halagando y peloteando solo con escuchar el apellido Malfoy.
O quizás no. Quizás sería un anillo más entre todos los que seguramente tendría. Que se había desecho de él como quien regala una flor, y que ni siquiera le había dolido desprenderse de él..
«¿Quiere decir que por fin somos novios? ¿Eso significa? Porque nadie hace regalos caros así porque sí, ¿verdad? ¿Lo somos entonces?».
Pero alguien llamaba a su puerta y Ginny tuvo que bajar de la nube de pensamientos que la rodeaban.
—¿Quién es? —gritó.
—Yo.
Ginny se apresuró a esconder el anillo debajo de la almohada y se cruzó de piernas, disimulando. La puerta se abrió. Su hermano Ron entró alzando la mano, con un papel entre los dedos.
—Toma, se me olvidó que esto venía con el regalo.
Ginny tomó el papel y lo miró con curiosidad unos segundos.
—Ya, claro —respondió dijo incrédula, después de unos segundos—. Por «casualidad». Mamá seguramente te habrá pillado intentarlo abrirlo y te habrá obligado a que me lo des.
Ron ni siquiera lo negó. Ya no llevaba el pijama y se había quedado en mitad del cuarto con las mano dentro de los bolsillos del pantalón. Allí parado parecía incluso más alto de lo que era, y que la mirase tan atento no era una buena señal.
—Ron, ¿qué haces ahí como un espantapájaros? ¡Vete ya!—le espetó Ginny después de un rato de observación mutua.
Pero éste simplemente sonrió y le señaló el papel con la barbilla.
—¿No lo piensas abrir?
—¡Vete!
—¡Vale, está bien!—Ron por fin retrocedió, pero solo llegó hasta la puerta—. Tarde o temprano me enteraré. Así que no entiendo porque tanto secretismo. Porque me enteraré. —Y la señaló con un dedo largo y huesudo—. Lo sabes.
—¡Largo!
Justo en el momento en que Ginny se abalanzaba hacia él con la intención de arrancarle la cabeza, Ron se dio la vuelta y se fue.
«Pues espero que te enteres más tarde que temprano», pensó. «O quizás jamás».
Ginny sostuvo el sobre entre sus manos un momento, dividida entre la curiosidad y la turbación. Era de un papel normal, ni siquiera era un trozo de pergamino. Estaba lacrado con cera verde y media más o menos como la palma de su mano. No había nada escrito por ningún lado, y apenas pesaba. Pero Ginny la abrió con manos temblorosas y se dispuso a leer:
«Hola, pelirroja estúpida. Espero que te guste el regalo porque me ha costado caro, y no, no te estoy sobornando. Aunque podría. Sé que te encantaría verme antes de volver al colegio pero me es casi imposible, así que tendrás que aguantarte. A no ser que decidas darte una vuelta mañana por la mansión Malfoy. Mis padres se van a las Bahamas Mágicas por su aniversario y tengo la casa para mí solo. Podrías tomar el autobús noctámbulo. Podría ir a recogerte y pasar un día estupendo...Y totalmente «casto». Te devolvería a tu casa por la noche. A no ser que decidieras repetir lo del pasillo pero en mi cama. Y empezar de verdad, yo no pongo objeciones.
A las diez de la mañana en la estación. Tú decides.
P.D: Siento decirte que mis padres han desconectado mi chimenea de la Red Flu».
Ni siquiera firmaba.
«¿Qué no pone objeciones?, ¿pero qué...?».
Sé quedó pensativa un rato, mirando el «tú decides» una y otra vez. Releyó la carta hasta que se la supo de memoria. Miró el trazo alargado con el que escribía como si escondiera algo, quizás la razón de aquella invitación insólita, pero no tuvo más remedio que convencerse de que hablaba en serio. Y que incluso tal vez esperaría una respuesta.
Y por primera vez en su vida, se plantaba delante de una decisión que se le antojó definitiva en todos los aspectos. Si no iba, no cambiaría mucho las cosas pero, ¿y si se arriesgaba a ir?, ¿qué pasaría?
Al cabo de un rato y tras mucho pensar las posibilidades, tomó una decisión con un suspiro. Sólo esperaba que fuera la correcta.
—¡Mamá! ¿Se ha ido ya la lechuza que traía la carta? —Ginny se asomó a la puerta justo en el momento en que su madre aparecía por las escaleras con un montón de ropa para planchar.
—Ahora que lo dices, creo que se ha quedado en la ventana de abajo —Molly cambió de postura para verla mejor a través de la ropa—. ¿Me vas a decir quién...?
Pero Ginny ya había cerrado la puerta. Y sin darse cuenta de que su madre protestaba al otro lado, corrió a su escritorio para sentarse y empezar a escribir.
«Hola, rubito idiota:
Me ha gustado mucho el anillo. Siento no haberte comprado nada pero no me habías dicho que pensabas regalarme algo. Aunque mi sola presencia en tu casa ya es suficiente regalo para ti. Mañana a las ocho cogeré el autobús y más te vale esperarme. Quiero mi día estupendo y ABSOLUTAMENTE casto. Estoy deseando ver si es verdad eso que dicen que tienes pavos reales en el jardín».
Cuando caía la noche, la misma lechuza parda que se llevó su respuesta planeando sobre el aire, volvió a ella picoteando en la ventana.
«Nos vemos mañana. Si amanece».
