Capítulo nueve

Los marineros sintieron terror ante eso y dijeron:

¿Qué han hecho?

Sabían que ]onás intentaba escapar de Dios, porque así lo había dicho.

Hinata estaba sentada en el camarote y leía la Biblia bajo la fuerte y dorada luz de la tarde. Buscaba consuelo en las viejas y sagradas palabras.

]onás respondió:

Lanzadme al mar y entonces éste se calmará. Porque me doy cuenta de que es por mi culpa que esta violenta tormenta se ha desatado sobre vosotros.

Jahvé había dispuesto que una enorme ballena se encontrara allí para engullir a Jonás; y Jonás permaneció en el vientre de la ballena durante tres días y tres noches. Desde el vientre del pez, él rezó a su Dios; le dijo:

Tú me has lanzado a este abismo, en el corazón del mar, y la marea me rodea. Todas tus olas me han cubierto.

Y dijo:

Me encuentro fuera de tu vista. ¿Cómo podré volver a mirar vuestro templo sagrado? Las aguas me han rodeado hasta la garganta, el abismo se ha instalado a mi alrededor. las aguas se han enroscado en mi cabeza en las raíces de las montañas. He bajado hasta los países del interior de la tierra, hasta las gentes del pasado...

Hinata bajó la cabeza y cerró los ojos. Rezó para obtener una guía. Tenía que haber algún motivo por el que los Cielos hubieran puesto a ese hombre ignorante en su camino. Rezó a Dios para que le diera capacidad de juicio y pudiera averiguar la verdad ante el desconcertante enigma que era el capitán.

—¿Ruegas a Dios por su liberación, señora? —preguntó una profunda y familiar voz.

Ella levantó la vista y vio al al kyuubi que atravesaba la sala en dirección al camarote. La actitud despreocupadamente dominadora de su paso, el poder de esos anchos hombros, la seguridad que delataban los ángulos de su mandíbula le hacían sentir con mayor fuerza su debilidad como cautiva. Nunca durante todas sus conversaciones de salón acerca de la libertad había imaginado

que perdería la suya propia.

Cerró la Biblia y observó a su captor cruzar la sala. Tenía el aspecto de un imponente capitán con ese chaleco azul oscuro, las brillantes mangas blancas de su camisa, y ese impecable fular atado alrededor del cuello. Le oyó moverse por el camarote y se preguntó qué estaría preparando ahora.

—Debo señalar, señorita Hyuuga —dijo él—, que tú fuiste quien me imploró que te llevara a cambio de dejar a salvo a tu familia. Según recuerdo, juraste hacer todo lo que yo te pidiera: cualquier cosa. Creo que éstas fueron tus palabras exactas. He sido extremadamente indulgente hasta el momento, ¿no lo crees?

Ella empalideció y se preguntó si eso significaba que su paciencia con ella había terminado. No se arrepentía de su juramento, pero hubiera sido mucho más fácil mantenerlo si su padre no lo hubiera convertido en un acto inútil.

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo y decidió entrar allí y acabar con eso en ese momento. Dejaría claras sus protestas, pero no lucharía con él. Decidida, se levantó, se arreglo el vestido y entró en el camarote. ¿Existía alguna manera de prepararse para ser violada?

Se quedó de pie en el quicio de la puerta, observándole mientras él rebuscaba en su mesa. El capitán no le presto la menor atención. No parecía en absoluto un hombre enloquecido de lujuria.

De repente, desconfiada, decidió averiguar en qué andaba, intentar saber qué planes tenía para ella.

—Capitán —llamó, con calma—, me gustaría hablar con usted.

—Me siento honrado —respondió él sin levantar la vista del escritorio.

Ella decidió empezar con algún cortes rodeo, aunque le parecía difícil mostrar educación hacia él.

—¿Cómo tiene el brazo?

Él ladeó la cabeza, en guardia de repente.

—Curándose.

Ella le observó y se preguntó por qué él se mostraba tan cauto con ella, si ambos sabían que ella se encontraba a su merced. Quizá ella tenía alguna ventaja y no se había dado cuenta. Esa idea le hizo recuperar cierta esperanza.

Cruzó los brazos y se apoyó en la puerta.

—Capitán, me enorgullezco de ser una persona de amplias miras, pero me doy cuenta de que lo que me has dicho es verdad. No he sido justa con usted. Me disculpo por ello. He estado... fuera de mí. —Las palabras casi se le clavaron en la garganta, pero continuó—: Todavía desconozco sus motivos, pero comprendo que le costó mucho renunciar a su vendetta contra mi familia. Me gustaría mucho escuchar su versión de la historia, tal y como me pediste.

—Bueno, todo esto es muy generoso de tu parte, estoy seguro —dijo mientras se incorporaba y examinaba una pluma de ganso—, pero he decidido que mi versión de la historia carece de importancia, así que... —La miró con una breve sonrisa—. No importa.

Esto la tomó por sorpresa, aunque, bien pensado, no había motivo puesto que él aprovechaba cualquier oportunidad para irritarla.

—Pero estoy dispuesta a escucharlo sin emitir ningún juicio, tal y como me pediste.

—Ah, pero ya no deseo contároslo, señorita Hyuuga. Cenarás conmigo esta noche en el comedor, ahora que ya estás recuperada. A las ocho en punto. Después de la cena, bueno... —Le dirigió una sonrisa perezosa y viciosa—. Veremos si mantienes tu palabra.

Ella le miró, pálida.

—Dijiste que no me obligarías.

—Tú no crees nada de lo que digo, así que ¿por qué deberías creer eso?

Ella miró a su alrededor con el corazón acelerado. Se daba cuenta de que se encontraba a su merced por completo. No sabía si salir gritando o si empezar a quitarse la ropa.

Él se rió.

—Estoy bromeando. ¿Quieres abandonar esa expresión de terror? Ven, quiero enseñarte algo. —La tomó de la mano y la condujo a través de la habitación hasta el balcón. En el quicio de la puerta ella se detuvo y miró con expresión de ansiedad la barandilla.

El zarandeo del barco era evidente allí, se movía arriba y abajo, enloquecido, contra la firme y lejana línea del horizonte

—Vaya —dijo ella, un poco mareada ante esa vista.

—Ven y mira.

—No, gracias. Me... me quedaré aquí.

—¿Qué sucede?

—No puedo. —Tragó saliva con dificultad—. Voy a caer.

—¿Caer? —preguntó él—. ¿Al agua?

Ella tragó con dificultad.

—No puedo aproximarme hasta ese extremo.

—Sea como sea, señorita Hyuuga, si caes, yo me zambulliré y te salvaré sin dudarlo ni un instante.

Ella levantó la temerosa mirada de las aguas verde azuladas hasta su firme sonrisa. Olvidó la ansiedad al ver cómo el chaleco le abrazaba el poderoso pecho y el pronunciado ángulo de la cintura. El sol brillaba en cada uno de los botones.

—Pero ya he agotado toda mi suerte —dijo con voz débil.

—Tonterías. Sólo lo hiciste por ese periodo de veinticuatro horas.

Él empezó a aproximarse hacia ella con un brillo diabólico en los ojos y ella se encogió, convencida de que él iba a levantarla del suelo para sostenerla por encima de la borda sólo para asustarla. Era el tipo de cosa que él llamaba diversión. Pero él se detuvo, probablemente alarmado por su súbita palidez.

Naruto le recorrió el rostro y los ojos con la mirada. Luego observó el cabello y le estudió los labios con detenimiento hasta que ella se los humedeció con la lengua. Entonces ella vio el deseo en sus ojos y supo que era tan sólo cuestión de tiempo.

Pero de momento, él se dio la vuelta con mirada decidida y se aproximó a la borda solo.

Apoyó los codos en la barandilla y miró las aguas. El viento le hacía ondular las mangas sueltas de la camisa y esculpía los músculos de sus brazos contra la tela.

—Delfines —anunció, señalando.

—¿De verdad?

Hinata se puso de puntillas desde la puerta en un intento de verlos, porque le gustaban mucho esas alegres criaturas. Pero no fue una buena idea. Lo único que consiguió fue una mejor vista de sus compactas nalgas.

Se obligó a apartar la vista. De repente le pareció que sería muy poco inteligente inquirir acerca de sus planes para ella. Si proponía ese tema ahora, estaba segura de que él le haría una demostración en directo y no creía que pudiera soportarlo.

La solución más sensata que se le ocurría era aceptar su anterior oferta de amistad, no enfadarle para evitar cualquier horroroso castigo ni ceder ante la seducción que sentía cada vez que la miraba.

Si era cuidadosa, pensó, creía que sería capaz de mantener el equilibrio en esa fina línea entre ambos extremos hasta que diera con alguna manera de liberarse de ese sufrimiento, o hasta que él se cansara de ella.

Sí, pensó, podía ser muy cuidadosa. Nunca le habían gustado los extremos.

—¿De qué querías hablarme? —preguntó él sin darse la vuelta.

—No quería tanto hablar como escuchar —se atrevió.

—Eres lista, señorita Hyuuga. —señaló él sin sarcasmo, con un tono pensativo, distante e incluso un tanto melancólico.

—Mi madre decía que existe una razón por la cual Dios nos dio dos orejas y una boca.

—Ah, sí, la señora Hana. Una hermosa mujer —dijo él—. Una vez le puse un sapo en su bolsito de rejilla.

Ella abrió los ojos con asombro.

—¿Cómo sabe eso? —preguntó.

Él la miró por encima del hombro un momento y luego volvió a girar la cabeza en un frío gesto reprobatorio.

Ella frunció el ceño y luego desechó la pregunta. Él ya había demostrado tener suficientes recursos e inteligencia. Si había sido capaz de encontrar los viejos túneles de los Uzumaki, seguro que había conocido unas cuantas historias sobre las travesuras del príncipe a la Corona. Era obvio que había realizado una buena investigación para mantener su impostura.

Él se dirigió a ella en un tono distante todavía dándole la espalda.

—Pareces haber llegado a ciertas conclusiones sobre mí, señorita Hyuuga, pero estoy dispuesto a pasarlas por alto debido al trauma que has pasado. Permíteme solamente hacerte una pregunta simple, querida. Eres una mujer lista y joven. Seguro que me podrás contestar de inmediato.

—¿Sí?

—Si soy un charlatán y mi intención consistía en utilizar esa patética leyenda del tal príncipe desaparecido para hacerme con el poder de Konoha, ¿por qué motivo abandoné la isla en cuanto mi objetivo estuvo cumplido?

Ella abrió la boca para contestar y se dio cuenta de que no tenía ninguna respuesta.

Él se dio la vuelta y levantó una ceja.

—¿Sí?

Ella levantó la barbilla.

—No lo sé. Probablemente se dió cuenta de que no podía continuar con eso. Quiero decir por el hecho de que, en efecto, dejó pruebas de que no es el verdadero príncipe.

Él se cruzó de brazos.

—¿Cómo es eso?

En tono burlón, Hinata respondió:

—Es obvio que el príncipe nunca hubiera abandonado a su gente cuando ésta tanto le necesita, hambrienta, asolada por la pobreza y sufriendo la opresión. Él hubiera hecho todo lo posible para ayudarles.

—¿Y si él hubiera evaluado la situación y hubiera llegado a la conclusión de que no podía hacer nada al respecto y por eso no se había involucrado?

—Entonces, él sería tan egoísta como usted. —dijo Hinata con tino.

—Aja. ¿Y si a él le hubiera parecido que era inútil intentarlo porque nadie le creería?

Ella negó con la cabeza.

—Eso no sucedería. Su gente le reconocería de inmediato.

—¿Y si le hubiera sucedido algo en los últimos años tan humillante que simplemente... no se atreviera a dar la cara? —murmuró él.

—Entonces sería un cobarde.

Él soltó una risa corta y triste, todavía observando a los delfines.

—Te confieso que eres demasiado lista para mí, señorita Hyuuga. Tienes respuesta para todo.

—Pero ningún hijo de Minato sería todo eso. No ha habido ningún cobarde entre los Namikaze y Uzumaki. —Hinata apartó la vista con impaciencia ante su mirada triste y rota—. ¿ Podemos cambiar de tema, capitán? No me gusta su truco.

Él se dio la vuelta hacia ella.

—¿Por qué te muestras, digamos, tan apasionada cuando habláis de los Uzumaki, Hinata?

Ella se encogió de hombros y miró hacia las nubes.

—El rey Minato y la reina Kushina eran los amigos más queridos de mi madre. Yo misma jugaba con la princesa Naruko cuando era muy pequeña, aunque casi no me acuerdo de ella.

Una expresión de dolor apareció en el hermoso rostro de Naruto, pero pronto se desvaneció.

Ella frunció el ceño y continuó:

—Ya lo ves. Crecí escuchando las historias de mi madre acerca de la vida en la Corte. Me contó tantas cosas de los Uzumaki que siento como si les hubiera conocido personalmente, en especial al príncipe a la Corona. Por eso no puedes engañarme.

—¿Especialmente a él? ¿Por qué?

Ella sonrió con una expresión cálida para sí misma recorriendo el suelo de madera con la vista.

—Supongo que se debe a que yo siempre me esforcé en ser buena y obediente, y él era un pillo irreprimible. Las historias que mi madre me explicaba sobre él simplemente me... emocionaban. Yo siempre tenía cuidado de no portarme mal, pero el príncipe Naruto salía impune de todo.

—¿De verdad? —preguntó él con incredulidad.

—¡Oh, sí! —rió ella—. Según mi madre, el chico siempre se mostraba imposible de controlar.

—Estoy seguro de que era sólo por pura alegría —dijo él, indignado.

— Y... supongo que siempre pensaba en cómo sería tener un hermano mayor, como tenía la princesa Naruko. —añadió con melancolía mientras le dirigía una mirada triste.

Él le devolvió la mirada sin pronunciar palabra.

—Así que, ¿lo ves? —dijo ella—, lo sé todo acerca del verdadero Uzumaki Naruto y, créeme, no se parecía en nada a usted.

—¿Qué más te contó tu madre acerca de ese precioso y joven mártir?

—¡No tengo ninguna intención de decírtelo! No pienso ayudarte a hacerte pasar por él.

Él le dirigió una sonrisa suave, como un sedoso desafío.

—Compadécete de mí.

Hinata decidió que quizá no era muy inteligente oponerse a él en esas circunstancias.

—Bueno, me contó que era un buen hijo. Quería mucho a su madre. No tenía muchos amigos, pero fue prometido en matrimonio de niño —continuó, pensativa— a una de las princesas del país de los demonios.

—La bulldog... —murmuró él.

—¿Perdón?

—Fue con Shion, la más joven. Pero no importa.

—¡Sí, por supuesto, la princesa Shion! —exclamó Hinata—. Leí una noticia sobre su fiesta de presentación en el periódico que Kurenai me envía desde París. Fue un tema muy comentado. —Suspiró—. Me pregunto con quién se casará ahora. Dicen que es una gran belleza.

—Seguro. Continua, por favor.

—Le gustaba gastar bromas a la gente. Odiaba estudiar. Era un insolente fanfarrón, pero suficientemente encantador como para salir ileso de todos los apuros. Una gran habilidad para un chico tan joven y... —Lo pensó un momento y continuó—: Según madre, se sabía que le encantaba burlarse de las señoritas hasta hacerlas llorar.

—Tienes razón. No se parece a mí en nada.

Ella calló y sintió que ya no estaba tan convencida, pero descartó esa duda con enfado. Se negaba, se negaba, a dejarse arrastrar en su juego porque si llegaba a creer que él era Naruto, tenía que aceptar que su padre había sido un traidor de verdad. Ni siquiera podía pensarlo.

—Bueno, te puedo asegurar con toda certeza, seas quien seas —declaró— que si el príncipe Naruto estuviera vivo, nunca navegaría a bordo de un barco pirata aterrorizando a la gente.

Él la observó, divertido.

—¿Por qué te ruborizas cuando hablas de él?

Ella se llevó una mano a la mejilla, desconcertada.

—No me he ruborizado.

Él sonrió:

—Sí, lo has hecho.

Naruto empezó a caminar en dirección a ella y por cómo la miraba, Hinata supo que él sabía por qué. Lo había adivinado.

El mismo diablo.

—Me parece recordar que cuando hablaste de él en la torre, le llamaste «mi Naruto». ¿Por qué?

Ella se ruborizó más. Él continuaba acercándose a ella con un brillo malicioso en los ojos.

—No lo hice.

—¿Es eso que percibo en ti un sueño infantil enterrado en tus más secretas fantasías, dulzura?

—No tengo la menor idea de a qué te refieres.

Él le dirigió una mirada cariñosamente reprensora y se llevó un dedo a los labios en un gesto de silencio, como no queriendo desvelar su secreto.

—Debo ser sincero contigo, señorita Hyuuga. Me has descubierto. Soy un impostor, tal y como dijiste. Soy un simple prófugo en el mar que busca algo distinto para divertirse. El golpe no salió según lo previsto, pero eso tiene poca importancia. Conseguí hacerme con el tesoro.

—Sí, lo sé. Te llevaste todo el oro de mi padre.

—No me refiero a ese tesoro. —Con clara intención le tomó una mano y le besó los nudillos.

Ella se ruborizó pero se resistía a dejarse seducir por su flirteo.

—Bueno, me alegro de que por fin hayas decidido ser sincero conmigo. Te agradezco que me hayas respetado por lo menos en este sentido.

—Señorita Hyuuga, mi respeto por ti no tiene límites. Para mí, tu te encuentras en el más alto pedestal.

—Cuántas mentiras dice. —Ella meneó la cabeza y le miró con suspicacia—. Así que pensaste que pasaría de ser un pirata a ser un príncipe, ¿eh? —Tuvo que reprimir la risa al ver su arrogancia—. No hay nada como empezar desde abajo. Pero eres de Konoha, ¿no? Por tu acento.

Él asintió.

—Y tenía razón —continuó, animada—: eres hijo de un caballero.

—Por supuesto.

—Es obvio que fuiste bien educado.

Él inclinó la cabeza ante ella, burlón.

—Iruka-sensei ha tenido mucho que ver con eso.

—¡Bien!

Hinata cruzó los brazos, enormemente satisfecha de ver que había tenido razón todo el tiempo. Saber que le había sabido juzgar acertadamente desde el principio la hacía sentir mucho más segura ante él. Pero ¿cómo había descubierto los túneles ? ¿Y por qué la visión de la faja negra y naranja le había hecho cambiar completamente de actitud esa noche ?

—¿ Cómo debo llamarte? —le preguntó.

—Estoy convencido de que puedes encontrar todo tipo de epítetos para mí, pero mi nombre real es Naruto.

Ella frunció el ceño, a punto de protestar.

—Fui... nací pocos meses después que el Príncipe y me pusieron el nombre en honor a él —dijo—. Mis padres eran unos monárquicos leales.

—Entiendo. —Un poco demasiado complacida por la mirada de sus ojos azules, Hinata se fijó en la mano con que se sujetaba el brazo apoyado contra el quicio de la puerta.

Tenía que admitir que esa explicación tenía sentido, pero por otro lado él había cedido con demasiada facilidad. Era casi como si hubiera dejado el tema a un lado sólo para decirle lo que ella quería oír. El dolor que ella había visto en sus ojos ese día en la muralla había sido real.

—No es extraño que no pudieras ejecutar a mi familia —dijo ella en un intento de que él le revelara más cosas—, teniendo en cuenta que vuestra vendetta era un truco. Todos ellos habrían muerto por vuestro capricho.

Él la miró, divertido, pero negándose a morder el anzuelo.

—¿Sabes por qué les salvé, Hinata? Porque tú me lo pediste. Me complace hacer lo que me pides.

Ella se ruborizó:

—Estas loco.

—Y ahora —dijo él—. Háblame de esa fantasía tuya.

—¡Por todos los cielos! ¡No hables de eso!

Hinata se dio cuenta de que él casi no podía reprimir la risa. Oh, le detestaba.

Él volvió a acercarse a ella. Sus ojos azules como el mar se mostraban malignos. Cuando estuvo a unos centímetros de ella, levantó los brazos y se sujetó en el quicio de la puerta por encima de sus cabezas. Ella le miró con desconfianza.

—Este príncipe tuyo —le dijo, en tono de confianza— se llama igual que yo, tiene un tono de piel parecido al mío y una edad similar. La única diferencia entre nosotros consiste en que él está muerto y, como puedes ver, yo estoy vivo.

—Sí, lo estás —respondió ella, sintiéndose un tanto enfebrecida.

—Ésa es una ventaja importante, debés admitir. Así que, mi pequeña soñadora —bajó la mano derecha y le acarició un hombro de tal forma que la hizo estremecer hasta los pies—, ¿por qué no pones a trabajar esa vivida imaginación tuya y me conviertes en él? De esa manera yo podría cumplir tus fantasías y, quizá —murmuró— superarlas.

Hinata tenía que admitir que sus ojos brillaban exactamente igual que lo hubieran hecho los de su príncipe. Él acercó los labios a los de ella.

—No saldrá bien —exhaló casi sin aliento al sentir con delicia que él se acercaba cada vez más.

—¿Por qué no, querida mía?

Ella le miró. Él le rodeó la cintura con ambas manos y la atrajo con suavidad hacia sí. Sin saber cómo, Hinata llevó las manos hacia él y empezó a acariciarle el pecho sin poder detenerse.

—Porque —musitó— besas como un pirata.

—No siempre —susurró él con una leve sonrisa antes de besarla. Le rozó los labios con los suyos con una caricia tan suave como la seda, como de alas de mariposa. Un delicioso vértigo le hizo entreabrir los labios ligeramente y él se quedó un momento respirando su aliento, ofreciéndole el suyo a ella.

Sintiendo más debilidad a cada momento, Hinata se mantuvo completamente quieta mientras él le besaba la comisura de los labios, la mejilla, una ceja. Cuando sus labios llegaron al lóbulo de la oreja, Naruto se detuvo y le susurró:

—Yo también tengo una fantasía, nena. Se trata de una bella muchacha que salva mi alma. ¿Qué no haría yo por ella?

Durante unos momentos él se quedó casi quieto acariciándole la mejilla con la suya. Ella percibía que una tormenta se desataba dentro de él.

—¿Qué sucede? —preguntó Hinata, acariciándole la cabeza—. ¿Qué es lo que te aflige, amigo mío?

Él tembló bajo la caricia de ella. Le besó el cuello, la oreja. Con las dos manos tomó sus cabellos mientras hundía el rostro en la curva del cuello.

—Ayudadme, Hinata. —susurró—. Soy tan infeliz.

Ella le acarició la curtida mejilla.

—¿Qué deseas que haga?

Él hizo una pausa.

—Amame.

Ninguno de los dos se movió. Al cabo de un momento, ella empezó a temblar.

Su fortaleza la abandonó. Cerró los ojos y se apoyó contra el quicio de la puerta, a la espera de su embestida, sabiendo que ése había sido su destino desde el momento en que sus ojos se encontraron del otro lado de la hoguera. Se sujetó a sus hombros mientras él le acariciaba el cuello con los labios.

—Amame —murmuró de nuevo mientras recorría su cintura y sus caderas lentamente.

Hinata sintió sus manos recorriéndole el cabello. Le oyó decirle que eran como la seda. Las peinetas de marfil se soltaron y cayeron al suelo. A uno de los balanceos del barco, las peinetas resbalaron por los tablones de madera y cayeron al mar, pero no le importó porque él volvía a saborear sus labios. De nuevo se quedó quieto, respirando su olor y sintiendo la fuerza de la magia que había entre ambos.

Hinata lo apartó con un esfuerzo de voluntad. Aparto el rostro del de él.

—No, no, no quiero esto. No puedo hacerlo —dijo sin aliento. Sentía el corazón desbocado.

—Hacer qué, nena.

Ella se resistió a su ternura y apoyo la cabeza en el quicio de la puerta con una inquietud que no tenía palabras.

—¿Qué es lo que no puedes hacer? —preguntó él con suavidad mientras le acariciaba el cuello—. Yo te ayudaré.

Ella arrastró la mirada hasta encontrar la de él, perdida ante la dulzura de ese hombre a quien ella tenía que rechazar, ese hermoso e inquietante criminal que había planeado matarla.

—No puedo acercarme hasta ese extremo —susurró con ojos suplicantes—. Si caigo... es tan profundo... no sé nadar.

Él le tomó la mano y depositó un beso en su palma. La miró unos momentos, como si eso fuera todo lo que tenía que decirle. Naruto no sabía cómo empezar.

Meneó la cabeza.

—Aunque así fuera, yo te salvaría —le dijo.

Entonces le soltó la mano y tranquilamente la dejó allí, en el balcón, sola ante el vasto y vacío mar.


Sorry por la tardanza, pero la universidad de mata de a poco ;_;

en fin, que el capitulo sea de su agrado. Gracias por los reviews y el apoyo de cada uno de ustedes!

saludines, nos vemos.!