Capítulo 10

Los personajes pertenecen a S.M y la historia a Lynne Graham.

Chicas pasen por mi blog: http:/ lluvias de fresitas y pasión (punto) blogspot (punto) com. La dirección también está en el perfil.

Allí encontraran el primer capítulo de la nueva adaptación y espero sus comentarios a ver qué les parece, depende de ello la subiré a fanfiction. También pasen por mi otra adaptación inesperada que si está en fanfiction.

Bueno aquí está el último capítulo de esta maravillosa historia.

A LA MAÑANA siguiente, Edward llevó a Bella al ginecólogo.

Edward la desconcertó preguntando un mon tón de cosas, que el médico contestó al detalle.

Bella se sintió como un útero con piernas y le dolió muchísimo que Edward diera muestras de interés por su hijo ante una tercera persona y no ante ella.

Se preguntó si no sería que lo había hecho para guardar las apariencias.

En los tres interminables días siguientes, Bella se sumió en una total infelicidad. Edward se iba a tra bajar al amanecer y volvía muy tarde por la noche. No desayunaba ni comía ni cenaba con ella y no hacía ningún esfuerzo por reducir la tensión que se había instalado entre ellos.

Sin embargo, la llamaba un par de veces al día para ver qué tal estaba. Parecía que eso era lo único que le importaba y que no estaba dispuesto a hacer nada más. Desde luego, la puerta que había entre sus habitaciones estaba cerrada a cal y canto. Bella se despertó el cuarto día cuando amane ció, se duchó y se vistió para correr escaleras abajo y poder desayunar con él.

-¿Qué haces levantada a estas horas? -le pre guntó él frunciendo el ceño.

-Quería verte. Si no desayuno contigo, iba a te ner que ir al banco e interrumpir tu jornada laboral, algo que me prohibiste hace tiempo -sonrió.

Edward la miró y sonrió levemente.

-Te voy a echar de menos -confesó Bella ha ciendo un esfuerzo.

-¡No quiero oírlo! -exclamó Edward dejando el periódico a un lado y poniéndose en pie.

Bella lo miró con los ojos muy abiertos.

-No me lo creo. Cuando quiera algo contigo, te lo haré saber.

Bella lloró de humillación mientras la limusina se alejaba.

Ya había soportado bastante. ¡No iba a consentir que Edward la tratara como una prostituta con la que podía compartir la cama siempre que a él le diera la gana!

No debería haber ido con él a Cerdeña. Había sido un gran error.

Edward ya le había dejado claro para entonces que la despreciaba, pero ella se ha bía negado a ver la realidad.

Decidió irse de Suiza, pero antes de hacerlo te nía que limpiar su nombre para que Edward enten diera que se había equivocado con ella.

Mientras se paseaba por su habitación, se dio cuenta de que sólo había una manera de hacerlo. Tenía que hablar con un abogado para que le re dactara un documento legal en el que quedara claro de una vez por todas que sus intenciones no eran pecuniarias.

Jasper Hale estaría muy contento de que fir mara ante él la renuncia a los billones de los Cullen antes de irse de Suiza con su dignidad intacta.

Cuando llegó al bufete del abogado aquella misma mañana, una secretaria la llevó a su despa cho inmediatamente. A Bella le sorprendió que Jasper la recibiera tan deprisa y la dejó anonadada que el abogado la recibiera con amabilidad y le diera las gracias por ir.

-Alice quería ir a vuestra casa para pedir per dón, pero yo me había pasado tanto contigo que creí que era mejor dejar que la tempestad pasara -se disculpó Jasper-. Te amenacé y te asusté, pero quiero que sepas que no suelo tratar así a las muje res.

-Estoy segura de ello -contestó Bella.

-Cuando Edward se dio cuenta de que te habías ido por mi culpa, se puso como una fiera y con toda la razón.

-No fue culpa tuya.

-Sí, sí lo fue -insistió Jasper-. Me metí en algo que no me concernía. Ahora que lo entiendo todo, comprendo que había algo entre Edward y tú de lo que yo no sabía nada. Por eso, acudí en su rescate -rió-. Como si Edward necesitara que alguien lo res catara.

-Hubo una serie de malos entendidos, eso fue todo. Ahora, todo ha terminado. En realidad, he venido a verte por algo completamente diferente-le dijo Bella consiguiendo tapar su dolor con una falsa calma

-. Necesito que un abogado me re dacte un documento legal y necesito que lo haga bastante deprisa.

Tras haberle contado lo que quería, Jasper la miró atónito.

-Esto es un conflicto de intereses para mí. No puedo representarte a ti y a Edward. Necesitas otro abogado.

-Muy bien -contestó Bella poniéndose en pie.

-Espero que algún día seamos amigos y como amigo te aconsejo que no hagas lo que me has di cho que quieres hacer -se despidió el abogado-. Me temo que Edward no lo entendería y se sentiría dolido.

Mientras volvía a casa, Bella se dio cuenta de que Jasper era un buen hombre. No tenía nada que ver con Edward, que era frío y distante. Era imposible que el abogado entendiera que era imposible hacer daño a Edward.

La única que estaba sufriendo allí era ella.

De repente, se preguntó por qué se tomaba tan tas molestias para quedar bien a los ojos de Edward. Al fin y al cabo, no la quería, tenía muy mala opi nión de ella e incluso verla en el desayuno lo ponía de mal humor.

Le costaba creer que pocos días atrás hubiera sido tan feliz con él y lo que ya le resultaba impo sible de creer era que hubiera pensado que aquello era un bache del que podrían salir bien parados.

El problema con Edward Cullen era que Bella estaba dispuesta a aceptar lo que fuera, aunque fueran unas migajas, y eso era exactamente lo que había conseguido.

Sin embargo, había llegado el momento de ac tuar como una mujer madura y adulta, tenía que pensar en sus necesidades y tenía que acabar con una relación que le estaba haciendo mucho daño.

Ahora comprendía que Edward jamás le contaría a su hermana la verdad de su matrimonio. Aunque quisiera ocultarlo porque lo veía como una debili dad, Edward era un hombre de honor.

Se había agarrado a aquella excusa para estar con él, pero había llegado el momento de cortar por lo sano, de sacar la dignidad del armario en el que la había encerrado. Edward le hacía daño y debía separarse de él.

Al oír el teléfono del coche, sintió mariposas en el estómago.

-Por favor no me preguntes cómo me encuen tro, porque sé que no te importa lo más mínimo -le espetó-. ¡Me voy y espero que tú y tu dinero seáis muy felices!

Dicho aquello, colgó el teléfono con manos temblorosas. No se podía creer que acabara de de cirle aquello, pero era lo que se merecía. Era la úl tima vez que jugaba con su amor. Aquel amor se lo iba a llevar su hijo.

El teléfono volvió a sonar, pero Bella no con testó. Entonces, sonó su teléfono móvil, pero lo apagó. No había nada más que decir.

Media hora después, estaba en su habitación haciendo las maletas cuando la puerta se abrió con un gran estruendo y entró Edward.

-¡No te puedes ir! ¡No lo podría soportar!

Aquello tomó a Bella por sorpresa.

-¿Tienes idea de cómo lo pasé la otra vez?

Atónita ante aquel arranque de sinceridad en un hombre que jamás demostraba sus sentimientos, Bella negó con la cabeza lentamente.

-La primera semana, creí morir. Me habías abandonado dejándome una carta de cuatro líneas como quien se disculpa por no poder acudir a una cena -le explicó-. No me lo podía creer. No sabía dónde estabas. ¡Casi me vuelvo loco!

Bella no se podía creer lo que estaba escu chando.

-Nunca pensé que te fueras a sentir así...

-Deberías haberme contado la verdad sobre nuestro matrimonio.

Bella se dio cuenta de que tenía razón en eso, pero nunca se le ocurrió que su ausencia lo iba a hacer sufrir.

-Confiaba en ti -continuó Edward mirándola con intensidad-. Admito que no tenía más remedio al principio, pero nuestra relación iba bien y bajé la guardia rápidamente. Creí que éramos una pareja. Pensaba en ti como en mi esposa y, de repente, todo se acabó.

Bella sintió que se le formaba un doloroso nudo en la garganta.

-Supongo que pensarás que soy una egoísta, pero te aseguro que jamás se me pasó por la imagi nación que me fueras a echar de menos...

-¿Te crees que soy un témpano de hielo? -se rió Edward con amargura.

-Eres un hombre demasiado controlado y muy disciplinado.

-Me educaron para ser fuerte y para no mos trarme jamás vulnerable a los ojos de una mujer. Mi abuelo y mi padre pasaron por matrimonios de sastrosos y me influenciaron enormemente. Para cuando Clemente quiso hacerme cambiar de opi nión, ya era demasiado tarde. Por eso redactó aquel testamento de locos, fue su último intento para abrirme los ojos, para hacerme comprender que, si hacía un esfuerzo y me arriesgaba, podría reescribir la historia de la familia y tener un matri monio feliz.

-Bueno, eso no le ha salido bien -contestó Bella al borde de las lágrimas-, pero al menos no has perdido el Castello Cullen.

-Quiero que sepas que venía hacia casa cuando me ha llamado Jasper.

-¿Por qué los hombres siempre os aliáis?

-¿Porque tenemos miedo? Cuando me ha deta llado el documento que querías que te redactara, he comprendido avergonzado hasta dónde te he hecho llegar.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué no estás contento? No entiendo por qué estás avergonzado. Lo que yo quería era dejar por escrito que no pienso recla marte jamás nada.

-Pero tienes todo el derecho del mundo a com partir lo que yo tengo.

-¡Quiero que te quede claro que ni quiero ni ne cesito nada de ti!

Edward tomó aire y echó los hombros hacia atrás.

-Te acusé de ser una cazafortunas porque, así, me evitaba el tener que enfrentarme a lo que real mente sentía por ti.

-No entiendo.

-Cuando tenía amnesia, me acostumbré a estar contigo. Cuando recobré la memoria, me enfadé contigo porque me habías engañado.

-No fue ésa mi intención -se lamentó Bella-. En cualquier caso, para mí no fue eso lo que pasó entre nosotros -protestó.

-Me engañaste y, a partir de entonces, no me fío de mí mismo en lo que a ti respecta. Sin embargo, a pesar de que no me fiaba de ti, seguía deseán dote, seguía queriendo estar contigo y no sola mente por el sexo.

-Pues a mí me dijiste que era sólo por eso—con testó Bella algo esperanzada.

-Era mentira... estaba... estaba...

-¿Qué?

-¡Asustado! -admitió Edward-. Estaba asustado. Jamás me había sentido así, pero en Cerdeña volví a confiar en ti y comencé a relajarme.

-Y entonces fue cuando te dije que estaba em barazada.

-De nuevo me habías ocultado la verdad. Ojalá me lo hubieras contado inmediatamente. Jamás había estado tan bien con una mujer, pero durante aquella maravillosa semana tú me estabas ocul tando que íbamos a tener un hijo. Aquello me dolió mucho y me hizo preguntarme qué otras cosas me estarías ocultando.

-Me daba miedo tu reacción -se defendió Bella.

-Tendrías que haber sido sincera conmigo. Volví a perder la confianza en ti y, a partir de ese momento, todo se volvió una locura.

-El que te volviste loco fuiste tú -lo corrigió Bella-. Sin embargo, te perdono. No me ofende que no quieras tener un hijo que no habías planeado; tener conmigo...

-Quiero tener ese hijo, pero me daba miedo que me estuvieras engañando de nuevo -admitió Edward-. Desde entonces, no he dejado de luchar conmigo mismo. Aunque te parezca una tontería, no puedo dejar de preguntarme si lo único por lo que estabas conmigo era por el niño.

-A mí me ha pasado lo mismo -murmuró Bella.

-Eso me llevó a acusarte de cosas que sabía que no eran ciertas -se disculpó Edward-. Nunca dudé de que el niño fuera mío, pero me daba miedo que volvieras a hacerme daño, así que decidí hacértelo yo primero.

Bella no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿De verdad Edward acababa de decir que le había hecho daño?

-Ya no puedo seguir luchando contra lo que siento por ti. ¿Me das otra oportunidad?

Bella sintió que se le saltaban las lágrimas y negó con la cabeza.

-Por favor -suplicó Edward estrechándole las ma nos.

Bella volvió a negar con la cabeza.

-¿No te das cuenta de lo importante que es para mí? Me lo dijiste en Cerdeña y tenías razón. Fui feliz viviendo tu cuento, más feliz de lo que había sido jamás.

Bella lo miró a los ojos sorprendida.

-Imagínate mi decepción cuando me di cuenta de que el cuento era mentira, de que nunca me ha bías amado cuando yo ya me había hecho a la idea y me gustó.

-¿De verdad? -preguntó Bella con voz tré mula.

-Me había enamorado de ti, pero nunca me ha bía enamorado antes y no supe reconocer lo que me estaba sucediendo. Pensaba en ti incluso du rante las reuniones más importantes.

-¡Madre mía! -exclamó Bella pasándole los brazos por el cuello-. Yo también te quiero. Te quiero tanto... te voy a hacer muy feliz.

Edward la abrazó con fuerza y así permanecieron, fundidos en un abrazo, durante un buen rato, dis frutando de una proximidad que ambos habían creí do perdida.

-Estoy tan a gusto contigo -murmuró Edward.

-¿Ves cómo quererme no es tan malo?

—Lo es cuando desapareces y me amenazas con abandonarme.

-Te prometo que no volverá a suceder -declaró Bella solemnemente.

Edward la besó en la boca con ternura.

-Creo que hace cuatro años me di cuenta de lo peligrosa que podrías llegar a ser para un soltero, cara mia.

-Entonces, era algo inmadura para ti, pero me enamoré en cuanto te vi.

-Aunque no quise admitirlo ni siquiera a mí mismo, me sentía profundamente atraído por ti. Por eso volví varias veces a la peluquería en la que trabajabas -confesó Edward-. Sin embargo, después de casarnos, decidí no volver porque no me fiaba; de mí mismo.

-¿De verdad?

-De verdad. Sin embargo, todavía sigo llevando tu fotografía en la cartera -murmuró Edward.

Bella sonrió encantada.

-Me encantaría verte vestida de novia. Debería mos volvernos a casar.

-Me encantaría... -contestó Bella sincera mente-, pero vamos a tener que esperar a que nazca el niño.

-Da igual -contestó Edward sin pensárselo dos ve ces.

Once meses después, Bella y Edward renovaron sus votos en una preciosa capilla situada muy cerca del Castello Cullen.

La feliz pareja sólo tenía ojos el uno para el otro. Después de la ceremonia, siguió una maravi llosa comida y una alegre fiesta a la que asistieron las mejores amigas de Bella, Victoria y Jane, con sus maridos, James y Dimitri.

Alice y Jasper Hale se sentaron en la mesa de los novios porque en el último año Bella y Alice se habían hecho muy amigas.

Por supuesto, también estaba su hermana Emma y el invitado de honor fue Anthony, el miembro más joven de la familia Cullen, que apenas contaba tres meses de vida y se pasó la mayor parte de las celebraciones durmiendo.

Aquella noche, Bella lo arropó mientras obser vaba el pelo cobrizo que había heredado de su padre y se decía que también tenía su misma sonrisa.

Lo cierto era que su vida era maravillosa. Se ha bían trasladado a vivir al Castello y Edward viajaba cada vez menos para poder estar más tiempo con su familia.

-Qué bonita vista... -dijo su marido a sus espal das.

-Ya sé que está mal decirlo porque es nuestro hijo, pero, ¿verdad que es muy guapo?

-No me refería a Anthony, amata mía.

-¿Ah, no? -dijo Bella viendo el deseo en los ojos de su marido y quedándose sin aliento.

-Estás guapísima y me siento increíblemente orgulloso de que seas mi mujer -contestó Edward con satisfacción-. ¿Te das cuenta de que hoy es nuestra noche de bodas porque la primera vez no tuvimos?

Bella lo abrazó y lo besó mientras Edward la to maba en brazos y la llevaba al dormitorio.

-¿Me sigues queriendo? -le preguntó emocio nada.

-Cada día te quiero más -sonrió Edward.

Con el corazón henchido de felicidad, Bella le pasó los brazos por el cuello y lo atrajo hacia sí.

FIN