NA: Realmente siento todo el tiempo que me toma actualizar esta historia. Las obligaciones de la vida y mis otros fics me quitan todo el tiempo libre.


X. Coches.


—Sabes que Carlisle quería ir de caza esta tarde —le dijo a su hermana cuando Bella salió por la puerta y se quedaron solos en el aula.

—Oh, Carlisle puede ir de caza sin problemas —respondió la rubia.

Todos juntos —puntualizó Edward.

—Bueno, siempre podemos fingir que somos una familia normal que hace cosas normales y corrientes otro día, ¿no te parece?

—No sé cómo has podido hacerlo.

—Es la chica nueva, hermanito, hay que ser amables. Además, ese trabajo no va a hacerse solo.

Edward no sabía por qué se molestaba en seguir fingiendo que hacía aquello por el bien común cuando era completamente consciente de que sabía sus intenciones. Podía leer en su mente que los planes de Carlisle le habían venido como anillo al dedo para tener la casa sola y así poder traer a la humana sin levantar sospechas. Rosalie no quería que su familia conociera las dudas de su hermano porque sabía con certeza que intentarían hacerlo entrar en razón, sobre todo Alice.

Rosalie no quería que Edward recapacitara en absoluto. Quería ver cómo se hundía cada vez más en su confusión, quería ser testigo de sus recientes dudas sobre su compromiso con Aliana y regocijarse en la gloria si llegara a conseguir que rompieran. Podía verlo grabado a fuego en su interior. Odiaba a Aliana con todo su ser, detestaba cada centímetro de su cuerpo y era lo suficientemente egoísta como para tirar por tierra a su hermano con tal de conseguir su objetivo.

Ambos habían salido del aula y ahora se dirigían a la siguiente clase. Divisaron a Alice, Jasper y Emmett al otro lado del pasillo. Edward los miró con los labios apretados antes de fijar la vista en Alice, que caminaba con pasos bailarines y esquivaba a los otros alumnos con soltura y elegancia.

»Créeme, no quieres hacerlo —dijo Rosalie a su lado, sacándolo de su ensimismamiento—. No quieres decírselo. Lo mejor es que sabes que llevo razón.

Y como si de repente fuera ella la que pudiera leer las mentes ajenas, provocó en Edward la mayor de las inseguridades con sus palabras al sincerarse consigo mismo y aceptar que era verdad lo que decía. A pesar de saber que desvelar los planes de Rosalie era lo correcto… en el fondo no quería decir nada, lo único que quería era dejarse guiar por la mala fe de su hermana y caer en el pozo de esa estúpida humana de una vez por todas. Si es que Bella lo dejaba.


Podía ver la excitación en los ojos de su Rosalie desde que ambos escucharon el traqueteo del coche de Bella avanzando por la gravilla de la entrada. Edward miró el reloj de su muñeca. Llegaba una media hora tarde, seguramente debido a haberse perdido por el camino. Rosalie se había ofrecido a ir a buscarla a su casa, pero ante la rotunda negativa de ella había tenido que explicarle dónde se hallaba su casa en un mapa para que supiera llegar. Bella había insistido demasiado en ir por su cuenta, tal vez por evitar la molestia de que Rosalie fuera a buscarla o quizás por saberse teniendo su coche en la puerta en el caso de querer salir corriendo de esa casa. Tratándose de ella nunca lo sabría.

Edward y su hermana esperaron clavados en el suelo mientras el sonido de la camioneta se acercaba poco a poco. Parecían estatuas de mármol frente a la puerta, ni siquiera se molestaron en fingir respirar durante esos pocos minutos. Cuando la puerta del coche se cerró a unos metros de distancia, Rosalie recuperó la respiración y caminó hacia la puerta para recibirla. La abrió con ganas y salió al porche.

—¡Bella! —saludó con una gran sonrisa.

—Siento el retraso —dijo ella mientras subía las escaleras—. Me he perdido un par de veces antes de encontrar la entrada.

Edward sonrió de manera casi imperceptible al escuchar aquello. Había dado en el clavo. En la milésima de segundo en la que Bella entró por la puerta recuperó una postura más humana y asintió en su dirección.

—Bella —dijo.

—Edward.

Su voz seguía siendo la más dulce que había escuchado en mucho tiempo, incluso con el claro atisbo de reticencia a dirigirse a él. Era su segunda cosa favorita de ella después de su olor.

—¿Me permites tu abrigo? —preguntó Rosalie, colgándolo en la vacía percha de la entrada cuando esta se lo dio.

—¿Estamos…? —Al parecer Bella tenía dificultades para terminar aquella frase. Edward supo disimular de manera excelente el hecho de que no tener forma de saber a qué se refería lo ponía enfermo.

—¿Solos? —dijo Rosalie unos segundos más tarde—. Oh, sí. El resto de mi familia ha ido al pueblo a hacer unos recados. Por aquí.

Edward pudo ver en las facciones de la humana que no le agradaba demasiado la idea de estar a solas con ellos. Sin duda el disimulo no era su fuerte.

Los tres subieron al piso de arriba al ritmo de Bella, que parecía contemplar cada cuadro y escultura de la casa con admiración. La noche de la fiesta no había podido hacerlo con la multitud y la tenue iluminación del ambiente. Cuando llegaron arriba Rosalie encabezó la fila, caminando por el largo pasillo como si de un pase de modelos se tratara. Edward podía notar la incomodidad en la mirada de su invitada mientras observaba a su hermana contoneándose frente a ella sin ninguna dificultad. Pronto pasaron a la biblioteca, y tanto Bella como Edward se sentaron a la mesa.

»¿Puedo ofrecerte una bebida? ¿Tal vez una merienda? —preguntó la rubia.

—Un poco de agua, por favor.

—Por supuesto —dijo—. Vuelvo enseguida.

Edward miró de reojo a su hermana, consciente de su premeditado plan de dejarlos a solas todo el tiempo que pudiera. Aquello iba para largo, sería mejor que dijera algo antes que el silencio convirtiera aquella situación en una aún más incómoda.

—Bella —dijo gentilmente—. ¿Quieres ir empezando a buscar información?

—Eso sería una buena idea —respondió ella. Ambos se levantaron casi al mismo tiempo, pero Edward esperó a que llegara a su altura para dirigirse a las estanterías repletas de libros—. Esto es… es impresionante.

Edward le dedicó una breve mirada de soslayo. Parecía claramente asombrada con la cantidad de libros.

—Todos aquí tenemos mucho tiempo para disfrutar de la lectura, aunque Carlisle definitivamente tiene pasión por ella. Aquí puedes encontrar libros de todo tipo. Será mejor que busquemos en un par de ellos, esa profesora es bastante exigente con los trabajos —comentó Edward.

—Está bien.

A pesar de que Edward sabía de sobra en qué parte se encontraban los libros necesarios para la realización del trabajo, fingió ponerse a buscarlos junto a ella. Su proximidad era bastante agradable, aun cuando aquella chica ya había dejado claro que no tenía ningún tipo de interés en su persona. Un pensamiento relámpago cruzó la mente de Edward en aquel momento. ¿Tendría pareja? ¿Tal vez ya estaba enamorada de un chico moreno y surfero de California? Aquello le hizo sentir irritado. Por supuesto, no lo mostró en ningún momento, pero se cansó de fingir que buscaba un libro que ya sabía dónde estaba. Estiró un brazo en el mismo instante en el que ella también lo hacía.

—Mira, aquí hay uno que… —El contacto de sus dedos la hizo mirarlo casi con fiereza. Había sentido el gélido toque de su piel contra la suya propia—, … que nos puede interesar.

Edward apartó la mano rápidamente e hizo un gesto para dejar que fuera ella quien lo cogiera. Todavía mirándole con confusión, cogió el tomo de la estantería y volvió sobre sus pasos para dejarlo en la mesa. Edward fue directo a donde sabía que había otro libro relacionado con el tema del trabajo y lo cogió sin necesidad de mirarlo.

—Aquí hay otro —dijo mientras lo ponía sobre la mesa y se sentaba de nuevo.

Parecía que Isabella había empezado a tener un conflicto interno desde que sus dedos habían rozado su piel, pero era evidente que se estaba esforzando por concentrarse en la lectura de aquel primer libro. Rosalie volvió a entrar por la puerta al comprobar que ellos ya no hablaban.

—Disculpa, me he entretenido metiendo los platos sucios en el lavavajillas. —Edward puso los ojos en blanco y su hermana le lanzó una mirada asesina—. Aquí tienes el agua.

Los tres se pusieron manos a la obra de inmediato. Edward nunca había visto a Rosalie comportarse de manera tan amable con un humano. Su altanería y prepotencia nunca le habían dejado mirarlos como a iguales, ella siempre se había sentido superior en todos los aspectos. Pero con Bella se comportaba de manera extraña. Le sonreía demasiado y la trataba como si de una amiga de toda la vida se tratase, aunque Edward sabía que aquello estaba promovido por sus oscuros deseos de romper su compromiso con Aliana. Había puesto todas sus esperanzas en esa humana y definitivamente esperaba que no fallara en el cometido que aún no sabía que tenía.

Edward pasaba las páginas con desgana. Había leído aquel libro unas cuantas decenas de veces. Tener que fingir que se era un adolescente corriente con sus trabajos para el instituto y sus dudas existenciales era agotador. Aunque tal vez lo segundo no debía fingirlo tanto.

"Mírala", pensó Rosalie de repente.

Un tanto extrañado, Edward levantó la vista del libro y se topó con la inesperada mirada de Bella, que apartó la vista de él tan pronto como sus ojos se encontraron. Sus mejillas empezaron a sonrojarse y su corazón a latir de una manera más rápida y extraña.

"No sé cómo lo has hecho, pero has despertado su curiosidad", sentenció Rosalie, triunfante.


El trabajo quedó hecho aquel mismo día, un par de horas más tarde. Bella terminó de leer el último párrafo y asintió con alegría.

—Es excelente. Pensé que tardaríamos más días en acabarlo.

—Puedes venir siempre que quieras —le ofreció Rosalie con una gran sonrisa—. Estás en tu casa. Tal vez algún día podamos hacer una fiesta de pijamas.

Para sorpresa de ambos hermanos, la chica no se negó a aquel plan. Al contrario, miró a Rosalie devolviéndole la sonrisa y se apartó tímidamente un mechón de pelo de la cara.

Edward arqueó una ceja en respuesta. Si Bella supiera que esa casa estaba llena de vampiros que podrían matarla con un solo movimiento seguramente no hubiera estado tan dispuesta a quedarse a dormir.

—Ya que vosotros habéis puesto la casa y la información, yo puedo imprimir el trabajo mañana —comentó Bella mientras bajaban las escaleras.

—Es muy amable por tu parte —dijo Rosalie—. Cuanto antes lo entreguemos, mejor.

Bella le dedicó una última mirada a Edward antes de despedirse con la mano y bajar las escaleras del porche para llegar a su coche. Rosalie se cruzó de brazos y se apoyó en el lateral de la puerta mientras la veía alejarse. Una sonrisa maliciosa se apoderó de sus labios mientras pensaba en algo por un momento. Edward la miró con los ojos muy abiertos. Así que por eso había tardado tanto antes…

—¿Cómo has podido hacer eso? —siseó él.

El motor del coche de Bella hizo un ruido extraño al intentar arrancarlo y, acto seguido, empezó a salir un humo negro del capó. La chica salió del coche de inmediato y se alejó un par de pasos de él.

—¡Vaya! —exclamó Rosalie, fingiendo sorpresa.

—No puedo creerlo, acabo de recogerlo del taller —se lamentó la humana.

—Pues el mecánico no ganará un premio por su excelencia —bromeó su hermana mientras se acercaba un poco—. Seguramente sea cosa del motor. Será mejor que no lo toques mucho.

—Pero...

—No te preocupes, puedes dejar el coche aquí. Mañana llamaré a una grúa para que te lo lleve a casa.

Bella divagó por unos segundos antes de asentir.

—Está bien, pediré un taxi.

—Oh, Edward te acercará. Lo haría yo misma pero mi madre me pidió que hiciera la cena para cuando todos llegaran. No te importa, ¿verdad?

La chica pareció infartarse un poco ante aquello. La manera en la que lo miraba había cambiado considerablemente después de rozar sus dedos, aunque Edward no sabía decir con certeza si había sido para bien o para mal.

—Claro —respondió él, maldiciendo a su hermana internamente y dirigiéndose al garaje de la casa.

Bella tardó unos segundos más que él en subirse al Volvo, pero finalmente terminó haciéndolo. Se despidió de Rosalie con la mano a través de la ventanilla y se puso el cinturón antes de que Edward arrancara y empezaran a alejarse. Podía escuchar en la distancia cómo su hermana movía el coche y lo escondía lejos de la casa. Seguramente también empezaría a borrar el olor de la chica con alguna de las esencias de su habitación o con un poco de incienso. Nadie sospecharía, lo hacía a menudo.

El trayecto hasta su casa se hizo largo. Podía sentir su mirada clavada descaradamente en su rostro mientras él fingía estar concentrado en la carretera.

—Es una pena lo de tu coche —comentó, algo cohibido.

—No sé qué ha podido pasarle.

Era extraño estar en un sitio tan cerrado con el único sonido de su corazón resonando por todas partes. Era como una especie de tortura para la que no sabía si disponía del suficiente autocontrol. Se aferró con más fuerza al volante, tanto que temió haber dejado la marca de sus dedos en él sin darse cuenta.

»Tu hermana es muy simpática —siguió diciendo.

—Puede serlo cuando quiere.

—¿No lo es todo el tiempo?

—No, para nada. Es muy... selectiva con las personas.

—¿Y por qué querría serlo conmigo?

Edward contuvo el aliento mientras apartaba la mirada de la carretera y fijaba los ojos en ella durante unos segundos. Había hablado demasiado.

—Seguramente le caigas bien.

—No suelo caerle demasiado bien a las personas —dijo ella, mirando por la ventanilla—. Me tomaré eso como otra de tus mentiras.

Edward frunció su marmoleo ceño. ¿Qué había querido decir con eso? Se debatió entre preguntárselo directamente o pasarlo por alto… pero la intriga era demasiado fuerte como para eso.

—¿A qué te refieres? —quiso saber.

Bella volvió a mirarlo, el rostro tranquilo.

—A que sé que cada vez que me hablas no me cuentas toda la verdad, ¿o me equivoco? —El silencio de Edward fue suficiente para confirmar que llevaba razón—. Hagamos un trato.

¿Qué? ¿Un trato? Definitivamente aquella chica era completamente imprevisible.

—¿Tengo que preocuparme?

—Sólo si tienes algo que esconder… no sé, un oscuro secreto o algo así.

—No me gusta este juego.

—No es un juego, es un trato —le corrigió—. Tú me cuentas cosas de ti y yo respondo a la infinidad de preguntas que tienes para mí.

Edward se dio cuenta de que habían llegado cuando su pie dejó de pisar el acelerador y el coche paró suavemente delante de la casa del Sheriff.

—¿Por qué querrías saber cosas sobre mí?

—Esa misma pregunta me hago yo contigo. —Se rió—. No es que mi vida sea muy interesante… pero algo me dice que la tuya sí lo es.

—No te hagas muchas ilusiones.

—¿Eso es que aceptas?

¿Eso era que aceptaba el trato? No lo sabía ni él.

—Bella… —dijo, evitando su mirada.

—Edward.

Ambos se quedaron en silencio durante lo que pareció una eternidad. Daba la sensación de que su silencio dejaba claro que había muchos, muchísimos secretos en su vida. Edward finalmente lo rompió unos minutos más tarde.

—Está bien. Acepto.

Siempre podía jugar sucio y mentir, ¿verdad?

—Estupendo —dijo ella, abriendo la puerta del copiloto y saliendo del coche. Se había alejado unos pasos cuando se dio la vuelta y volvió a acercarse para dar unos toquecitos en el cristal. Edward bajó la ventanilla—. Lo que me propusiste esta mañana… lo de venir a buscarme para ir al instituto, ¿sigue en pie?

El chico le dedicó una amplia sonrisa que provocó un repentino sonrojo bajo su cálida piel.

—Por supuesto.

—No te lo pediría si no se me hubiera estropeado el coche…

—No dejaría que tuvieras que ir andando al instituto —dijo él, restándole importancia—. No es molestia.

—Te lo agradezco —respondió la chica—, ¿puedes venir una media hora antes de que empiecen las clases? Tengo que ir a la copistería a imprimir el trabajo.

Edward asintió y ella le dedicó una tímida sonrisa antes de darse la vuelta y caminar hacia su casa. La miraba alejarse cuando su teléfono sonó en el interior de su chaqueta. Era extraño, casi nadie lo llamaba al móvil. Lo cogió y miró el nombre brillando en la pantalla: Aliana.

Se hubiera quedado sin aliento de haber podido. Su prometida lo estaba llamando, pero sorprendentemente él no tenía ningunas ganas de contestar. La puerta de la casa se cerró unos metros más allá. Edward se quedó mirándola durante unos segundos antes de presionar la tecla verde y llevarse el teléfono al oído.


¿Me dejas un review para que no tarde tanto la próxima vez? :D
Cristy.