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Stefano vivía en uno de los dos dúplex de los dos últimos pisos de un edificio totalmente rehabilitado del barrio de San Giovanni. El otro, según me dijo, era de su hermana, pero como ella habitualmente residía en Milán, normalmente estaba solo en las alturas. Los pisos inferiores se alquilaban por una de las empresas del grupo como viviendas de lujo. El patio central había sido convertido en un pequeño jardín con una piscina que en invierno se cubría con una estructura acristalada, y debajo habían construido un garaje donde el coche de Stefano resultó no ser ni el único Ferrari ni tampoco el más ostentoso.
El piso inferior del dúplex tenía techos altos y albergaba un gran salón, la cocina, un baño de invitados, el dormitorio de Stefano y su despacho, y estaba decorado con una curiosa mezcla de elementos clásicos y modernos. Había muebles de anticuario junto a lámparas de pie halógenas, y los retratos de sus antepasados se codeaban con cuadros de autores contemporáneos cuidadosamente seleccionados. El conjunto resultaba agradable a la vez que original. El piso superior era más informal. Al parecer, anteriormente había sido una buhardilla. Ahora alojaba una sala de estar con un enorme televisor de pantalla plana y una neverita, tres dormitorios más pequeños y otro par de baños. Me dijo que podía elegir dónde instalarme, y escogí uno pequeño que daba a la calle.
- Mientras colocas tus cosas, yo voy abajo a darme una ducha. Después vamos a descargar las fotos en el ordenador. Si quieres, puedes ir haciéndolo tu.- Me tendió su Blackberry. Levanté las manos.
- Ni hablar.
- ¿Por qué? ¿No sabes hacerlo?
- No está protegida. La magia interfiere. Sin un hechizo protector, podría estropearla.
- Muy bien. Entonces espera que yo salga. Ah, y ¿Almudena?
- ¿Si?
- No... esto... bueno, que no tardaré. ¿Vale?
- Vale.
Colocar mis pertenencias no me llevó mucho, de manera que inmediatamente estaba curioseando aquel ático. El cuarto de estar tenía cuidadosamente colocadas en la pared una bufanda rosso nera del A.C. Milan y otra de la selección italiana que ponía Forza Italia. Estaba en la casa de un hincha y aquel debía ser su garito futbolero. Suspiré. Nunca me atrajo el balompié, me resulta lentorro comparado con el quidditch, aunque podría llegar a tolerar el tenis.
Bajé al piso inferior y entré en su despacho. Era grande y luminoso, con una mesa de madera enorme, toda despejada, en la que reposaba un portátil negro cerrado, una impresora y una bandeja de cuero donde tenía varias plumas, portaminas y otros útiles de escritura. No se parecía en nada a mi mesa del Ministerio, siempre desordenada y con los expedientes apilados.
Tenía también una pared forrada de estantes repletos de libros de medicina. Eso no me sorprendió, de hecho hasta me resultó familiar. Estaba acostumbrada a las casas con muchos libros, era como una seña de identidad de nuestro clan. También estaban sus títulos colgados de la pared, el de Medicina y Cirugía y el de Neurocirujano Pediátrico. Y, lo más asombroso de todo, Stefano tenía por todas partes dibujos infantiles enmarcados. Todos procedían del hospital. Me quedé un rato mirando un niño que se había pintado a sí mismo con muletas y con un gotero, y al lado, con bata blanca y corbata, un hombre desproporcionadamente grande y una flecha que ponía Dottor Stefano. Una niña que estaba en silla de ruedas había utilizado rotuladores de subrayar para colorear, con el resultado de que Stefano lucía un pelo amarillo chillón y unos ojos de un inquietante verde casi fosforescente. En algún momento había llevado barba, porque otro artista infantil le había cubierto la cara de rayas amarillas. Me quedé boquiabierta contemplando aquel variopinto mural. Aquellos pequeños pacientes habían puesto sus nombres y su edad, y al lado, Stefano había escrito un par de fechas. Recordé que Salvatore me había dicho que le gustaban los niños. También recordé la bolsita sorpresa de La Guerra de las Galaxias que le dio a mi sobrino Alberto. Sin duda, apuntaba seriamente al modelo de padre consentidor. Suspiré. La mujer que acabara a su lado tendría que asumir el papel más desagradable, duro y desgastador de progenitora estricta.
El despacho hacía ángulo con el dormitorio y daba a una terraza. Me asomé y miré hacia el jardín del patio central. Una mujer con un bañador carísimo estaba tomando el sol en una tumbona. Me pareció poco elegante seguir mirando hacia abajo y levanté la vista. Tenía frente a mí su dormitorio. Me sorprendió que no tuviera cristales reflectantes, pero tal vez se debía a que la única vecindad que podía contemplarlo era su hermana, que además vivía en Milán. Las cortinas estaban descorridas y de pronto le vi salir del baño envuelto en un albornoz secándose el pelo con brío con una toalla a juego. Fue una vista fugaz, porque en un santiamén había desaparecido por la puerta del vestidor. Sobre la cama, cuidadosamente colocados, había unos pantalones y una camisa limpios. De repente volvió a aparecer en mi campo de visión sobresaltándome. Stefano había abandonado sus toallas y solamente llevaba encima unos boxers blancos. Alto, con sus hombros anchos y su cintura estrecha, con sus músculos suavemente esculpidos, parecía una escultura viviente de Antonio Canova. Se enfundó en sus pantalones y después se puso la camisa y remetió los faldones. Entonces, para mi sorpresa, se tumbó en la cama, con las manos bajo la nuca, y se quedó con la cabeza hacia el techo con los ojos cerrados unos instantes. Suspiró y a continuación le observé mover los labios. Leí perfectamente lo que decía. Era mi nombre. Almudena.
Afortunadamente, sentí vibrar mi teléfono y me aparté de allí, todavía conmocionada por lo que había visto. Alguien tan corriente como yo ¿cómo podía haberle provocado todo aquello? Todavía perpleja, contesté a la llamada. Era mi hermana.
- Vaya. Y yo que te prevenía de los italianos, y en una semana más o menos ya te has instalado en la casa de ese AVI.
- ¿Qué estás diciendo? ¿Es que no sabes lo que ha pasado?
- Claro que lo se.
- Pues entonces no te burles, que es serio. ¿Qué es eso de AVI?
- Alta Velocidad Italiana. Porque anda que no está bien...
- Oye Cecilia, que eres una mujer casada.
- Que solo admita en mi cama a mi marido no quiere decir que haya perdido el buen gusto. Como comprenderás, no voy a mirar para otro lado. ¿O es que tienes celos?
- Esto no me parece serio.
- En fin. El caso es que no te vamos a dejar intimidad para que prospere el romance en ciernes. Dentro de un rato estarán allí los abuelos, papá y mamá con mi hijo y la tía Amparo. Alberto y yo nos pasaremos más tarde.
- ¿Tu marido también viene?
- Si. Se consumó la felonía. Ahora, te aseguro que no voy a dejar resquicio jurídico ni títere con cabeza.
- ¿Está bien? ¿Cómo lo lleva?
- Parece que bien. Está diciendo no se qué de montar una empresa de eBooks.
- Y eso ¿qué es?
- Ya te lo explicaré. Alberto y yo tenemos hotel. Paga el Ministerio. Estoy de servicio.
- ¿Por qué?
- Supongo que con tanto acontecimiento no te acordarás de que mañana la Ministra de Magia inicia una visita oficial a Italia.
- Ah. ¡Es verdad! No me acordaba para nada.
- Pues me ha tocado. Creo que es porque en Relaciones Europeas andan faltos de personal, creo que tienen a alguien de baja y han tenido que buscar un suplente que tuviera alguna experiencia. Por casualidad, ¿no sabrás tu algo?
- No hagas chistes malos.
- Y tú no te pongas de mal humor, con la suerte que tienes. Bueno, el caso es que estáis avisados, así que portaos bien.
- Oye, Cecilia. Te estás pasando un poco.
- Y tú estás más áspera que un trozo de lija. ¿Qué pasa? ¿Es por las fechas?
- ¡Vete a la porra!
Stefano apareció en su despacho, yo estaba apoyada en el borde de su mesa, mirando hacia la puerta, y acababa de colgar. Se había peinado el pelo todavía húmedo.
- Mi familia.- dije con un suspiro.- Vienen a invadir. Prepárate para Il Saco Di Roma…
- Bueno. No pasa nada. Hay sitio de sobra.
En ese momento sonó el timbre.
- ¡Qué raro que hayan llegado tan pronto!
- ¡Chiara!
Stefano salió hacia la puerta con grandes zancadas. Yo me levanté lentamente y le seguí. ¿Chiara? ¿Quién demonios era Chiara? Cuando llegué al recibidor me encontré con una mujer altísima, vestida con unos vaqueros y una camiseta blanca y acompañada de un par de maletas de Louis Vuitton.
- ¡Chiara! ¡Oh, cielos!, ¡Me había olvidado de que llegabas hoy!
- Pues menos mal que no te comprometiste a ir por mi al aeropuerto, porque aún estaría allí sentada…Tenga usted un hermano mayor para esto.- dijo en italiano.
- Esta es Almudena Pizarro, er, del, Ministerio de Magia de España y Portugal...
- ¿Magia? ¿Has dicho magia? ¡No será una de...!
- Si. Es una de ellos.
- ¡Ah!
Chiara Orsini era una versión en femenino de Stefano con un par de diferencias significativas: tenía los ojos negros como carbones y el pelo castaño oscuro, largo y ondulante. Debía sobrepasar ligeramente el metro ochenta, y eso que en lugar de tacones llevaba unas Converse azules. Me miró con una expresión mezcla de asombro, resignación y prevención.
- Esta es mi hermana, Chiara. Ya te he hablado de ella. Llegaba hoy de vacaciones y había quedado en llevarla a Milán.
Chiara se recompuso inmediatamente y pasó a hablar en un correctísimo castellano.
- En fin. Creo que lo mejor será que me pase a mi piso...
Y mientras lo decía volvieron a llamar al timbre. Esta vez se trataba de Fer.
- Hola Stefano. Me han dicho que viniera a tu casa inmediatamente...
Stefano le invitó a pasar. Fer se quedó mirando fijamente a Chiara.
- Mi primo Fernando.- los presenté.- Es un brujo.
Chiara se sobresaltó ligeramente al escuchar la palabra, pero como curtida mujer de negocios que era, pues a pesar de su juventud llevaba varios años de Directora Ejecutiva del grupo Orsini, enseguida volvió a recomponerse. Se levantó muy digna y le dio la mano.
- ¿Estáis celebrando un Coven o algo así?
- Ha surgido un imprevisto grave.- dijo Stefano mientras leía un mensaje que acababa de recibir en la Blackberry.- El tío Giovanni viene de camino. Te puedo dejar el coche. Toma las llaves.
- ¡Caramba! – soltó Fer. – Perdón. Es que he visto el llavero ¿de verdad tienes un...?
- Si. Tiene un Ferrari.- aclaró Chiara mientras nos dedicaba una mirada llena de desconfianza.
- Es que nunca antes había conocido a alguien que tuviera uno. ¿Te importaría enseñármelo? Bueno, no me miréis así.
- ¿No os desplazáis en escobas? – preguntó Stefano.
- ¿Escobas? ¿Voladoras? – murmuró Chiara.
- También. Pero un Ferrari es un Ferrari. Es como... como una Brunetti.
- ¿Una Brunetti? – exclamó Chiara.- ¿Eso es una marca de escoba?
- Una Brunetti es a una escoba lo mismo que un Ferrari a un coche.- intervine con voluntad conciliadora. Chiara parpadeó.
- Si quieres, hasta puedo dejarte conducirlo.- dijo Stefano.
- ¿De veras?
- ¿Sabrías hacerlo? Supongo que una Brunetti de esas no tendrá volante, como mucho tendrá manillar... – dijo Chiara con un tono que sonó bastante seguro.
Fer soltó una carcajada que me resultó un tanto histérica.
- ¡Qué bueno! ¡Una escoba voladora con manillar! ¡A mi padre le va a encantar el comentario!
- ¿Por qué? – preguntó Chiara mirándolo muy seria.
- Mi padre no es mágico.- dijo Fernando.- Le encanta bromear con esas cosas. Por ejemplo, le dice a mi madre que una bruja moderna debería pasarse a una aspiradora.
- ¿De veras? – dijo ella alzando una ceja escéptica.
- Si. Es cocinero. Sale en la guía Michelín.- contestó él con orgullo.- Fernando Larumbe.
- ¡Larumbe!
- El de Madrid, que es el verdaderamente famoso es un tío segundo. Mi padre es el del caserío de Bera, en Navarra. Etxe Zahar...
Chiara pareció ablandarse.
- Así decía yo que sus postres parecían cosa de magia. Ahora va a resultar que lo eran...
Fer volvió a reírse con otro deje histérico. Me empezaba a poner nerviosa que se pusiera tan tonto.
- ¡Así que conoces nuestro restaurante! ¡Pues no son cosa de magia! Mi madre no interviene para nada... bueno, solamente cuando se trata de la cocina para la familia, y en realidad le deja la mayor parte a él...
- Perdona por la indiscreción pero ¿Tus padres llevan mucho juntos?
- Mas de treinta y cinco años.
Chiara alzó las cejas.
- Es el de la tarta de queso... – Soltó de pronto, un tanto descolocada. Era como si hasta entonces hubiera creído que andando de por medio una bruja una relación personal estaba necesariamente avocada al fracaso, y necesitaba unos instantes para asimilar aquella nueva información. No podía reprochárselo, habida cuenta de lo que ellos tenían detrás.
- ¿La que siempre dices que te gustaría poner en tu boda? – Preguntó Stefano.
Chiara suspiró.
- ¡Oh! No hace ese tipo de encargos. No obstante, si me dices para cuándo es, tal vez pueda interceder... – murmuró Fer un tanto defraudado.
- Es un decir. De momento, no entra en mi agenda contraer ningún tipo de vínculo matrimonial con nadie.
Fer pareció respirar un poco más a gusto. Era un tanto patético verle así, intentando quedar bien con una chica que había comenzado mirándolo como si fuera un bicho raro y que además le sacaba uno o dos centímetros. Lucía se iba a partir de risa cuando se lo contara.
- ¿Has dicho que el tío Giovanni va a venir?
- Si. Aunque no te lo creas, es quién ostenta el cargo de representante vaticano ante la comunidad mágica italiana.
- ¡Oh! – Chiara parpadeó. – Me parece que yo ya no me voy a sorprender de nada ¿Quieres que me quede?
- Creo que estarás mejor en Milán. Insisto, llévate el coche.
- No me apaño bien con tu Ferrari.
- Si te parece bien, Fer te puede acompañar. Es un perfecto caballero.- Me dio pena y decidí interceder por mi primo.
- ¿Tu conduces, entonces? – Fer se puso rojo de la emoción.- ¿De veras es de fiar? – de pronto me lanzó la pregunta a mí.
- Claro. Fernando es digno de total confianza.
- No le haré ni un rasguño. Le aplicaré unos cuantos hechizos supersensitivos para evitar roces. Y seré súper prudente. – le dijo a Stefano, como si lo más importante fuera el coche.- ¡Ah! Y por supuestísimo que trataré a tu hermana como una dama, faltaría mas.
Stefano se encogió de hombros.
- Si ella está de acuerdo...
- Bien. Me alegro. Pues andando. Aunque te advierto que si intentas propasarte tengo mis propios métodos...- añadió ella.
Fer enganchó las maletas con una expresión semejante a la que solía tener de chico la mañana de Reyes Magos.
- Te llamaré en cuanto llegue. Ciao Stefano. Ciao Almudena. Ha sido un placer conocerte, creo.
Y Fer salió tras ella casi levitando de gusto.
- ¡Eh, Fernando! – Stefano le detuvo.
- ¿Si?
- Una Scheuerbesen 2.8 ¿A qué equivale en coche?
- A un A-3.-Contestó Fer metiéndose sonriente en el ascensor.
- ¡Conque A-3! ¿Eh? – Me murmuró al oído.- Pija, más que pija...
- ¡No se puede comparar con tu Brunetti! ¡Digo con tu Ferrari! Y ahora la has hecho buena.
- ¿Por qué? ¡Se lo va a pasar pirata con el coche!
- Mientras babea por tu hermana. ¡Cómo se nota que tratas con niños! Eso lo dicen mis sobrinas.
- ¿Qué dices?
- Lo de pasarlo pirata…
- Me refiero a lo que has dicho de tu primo y mi hermana.
- ¡Vamos Stefano! ¡No seas obtuso! Tu hermana le ha entrado por el ojo, y eso que le saca un par de dedos. Ha sido un flechazo a primera vista ¿Vas a hacerte ahora el hermano mayor súper protector?
- No te ofendas, pero mi hermana tiene la magia en tanta consideración como podría tenerle a un insecto.
- No me extraña.
- ¿Por qué no te extraña?
Patinazo. Me saltaron todas mis alarmas interiores. No había recordado que, en teoría, yo no sabía nada de la maldición.
- Bueno… si tratar con alguien como yo resulta siempre tan difícil y complicado…
- Tratar contigo no es ni difícil ni complicado. Todo lo contrario, resulta agradable. Son las circunstancias que acompañan este caso…
Me callé, no fuera a ser que metiera la pata otra vez. Además, por dentro las ruinas de mis murallas se derretían como mantequilla puesta al calor mientras, perpleja por tercera vez en aquel día, me preguntaba qué habría hecho yo para que un hombre como Stefano se encontrara en semejantes condiciones.
-Como tú decías antes, espero que la madeja se desenmarañe pronto.- añadió mirándome fijamente.
Afortunadamente, en ese momento empezaron a llegar los parientes. Primero fue el tío de Stefano acompañado de Carlo Antonino, el sacerdote mago. Después llegaron mi tía Amparo y el pequeño Alberto, que se quedó muy entretenido con una colección de cromos de la Guerra de las Galaxias que Stefano extrajo de alguna parte.
- Conque un album de cromos ¿eh? – Murmuré mientras asomaba la cabeza por encima de su hombro mientras él se lo mostraba a un entusiasta Alberto – Frikifan, que eres un frikifan.
- A veces eres un poquillo rencorosa ¿no?
- ¿Yo?
A continuación llegaron mis padres, que indicaron que Cecilia se retrasaría, por lo que nos pedía que comenzáramos. Teniendo a Alberto distraído nos instalamos en el salón y mi abuelo conjuró un hechizo para que no llegara a sus oídos la conversación de los adultos. Fue Monseñor Rascini quién tomó la palabra en primer lugar.
- El 5 de julio pasado, de madrugada, Agnes Ungelogen, la conservadora de la sección mágica de la Biblioteca Vaticana, fue asesinada con la maldición Sectumsempra en la mismísima plaza de San Pedro. Llevaba en la mano dos páginas de un códice medieval que fueron entregadas a tres peritos, un italiano, un suizo y un maltés, para que identificaran de qué libro se trataba. Ellos analizaron el pergamino, la tinta, el contenido y un sello, incompleto, que aparecía en una de las páginas. Se trataba de dos folios del llamado Liber de Gerberto, una biografía del Papa Silvestre II de la que existen tres ejemplares, todas coetáneas a la original, todas de alrededor del año 1000. Certificaron que el sello era auténtico y perteneciente a la Casa de las Tradiciones, y por ahí concluyeron que las páginas pertenecían al ejemplar de la misma, que fue robado hace 25 años…
- No constataron ni que el sello no era el correspondiente, de acuerdo con la época, ni que no cumplía otros requisitos, como estar completo, las iniciales del bibliotecario y la fecha de estampación… además de la página en cuestión en la que fue estampado. – añadió mi abuela.- Aquí tenemos copias de las fotografías de las dos páginas. Podéis ver nítidamente el Ex Libris... – pasó a repartirnos unas copias mágicas que sin duda mi abuelo había estado produciendo antes de presentarse en la casa de Stefano.
- Tampoco comprobaron si los otros dos ejemplares estaban intactos, cosa que yo si hice. El británico estaba completo, no así el Vaticano. Las dos páginas que Agnes tenía en la mano procedían de su propia biblioteca, no son del ejemplar español desaparecido. – Añadió muy seria.- Están cortadas con cuidado, evitando daños o deterioros irreversibles para una posterior restauración...
- Como si lo hubiera hecho ella misma, entonces.- Dije.
- Todo apunta a que así fue. Pero ¿por qué?
- Ese Ex Libris... decís que es auténtico pero no debería haber estado ahí. ¿También lo puso ella? – Stefano se dirigió a mi abuela, lo cual tenía su mérito, habida cuenta de la mirada aterrorizadora con la que le había obsequiado unas horas antes..
- Eso parece.- contestó ella.
- ¿Con qué finalidad?- añadió Stefano.
- Esa es una buena pregunta- mi padre intervino.- ¿Se sabe de dónde lo sacó? ¿Ha desaparecido también algún sello?
Todos nos quedamos mudos un momento, hasta que mi abuelo saltó en su silla.
- ¡Un momento! ¡Pero qué tonto he sido! ¡Giovanni! ¡Esa especie de trofeo que te dí!
- Si. Lo tengo aquí mismo. – Y Monseñor Rascini abrió su maletín y extrajo un objeto que parecía, efectivamente, un trofeo.
- ¡Eso es! – dijo mi abuela muy contenta.
- Oh, qué tonto. Lo encontré caído por detrás de un cajón. Está roto ¿Veis? Se pueden separar los trozos.
Mi abuela tomó la parte de caucho del trofeo, con un pequeño toque de varita hizo aparecer un tampón de tinta, impregnó el sello y lo estampó en un folio blanco.
- ¡Oh! – exclamamos todos.
- ¡Es el sello! – dijimos los que éramos mágicos.
- ¡Se parece al escudo de España... – murmuró Stefano.- ¿Qué significan esas letras, B.N? - Yo, que estaba sentada a su lado, giré la cabeza para mirarle fijamente. – Se está protegiendo. Aunque esté roto, el hechizo funciona. Stefano ve la versión para muggles...- Stefano me miró desconcertado y un tanto decepcionado.
- ¿Qué tendría que ver? – me preguntó en un susurro.
- Una mezcla de escudos muggles de España y Portugal.- contesté con otro susurro.
- ¿Por qué tenía ella este sello? – Mi padre nos volvió a interrumpir.
- Es una especie de premio que se concede a los bibliotecarios. Creo que he leído algo por ahí...- Mi madre, callada hasta entonces, tomó su maletín, que había dejado en el suelo junto a ella y sacó un ejemplar de su periódico. Stefano abrió muchísimo los ojos al ver aquello que parecía YouTube insertado en papel. Ella pasó hojas hasta llegar a las páginas de Cultura. Señaló una reseña pequeñita, acompañada de una fotografía de una mujer, una bibliotecaria que se jubilaba. Muy sonriente, recibía en perpetua moviola una especie de trofeo. Leyó en voz alta.
-Cuando se rompe un sello oficial no se tira, se borran las iniciales del bibliotecario y se le pone una peana. Es un premio muy importante para bibliotecarios, archiveros y conservadores.
- Y hay una relación de los que han recibido semejante premio los últimos diez años. – añadió mi padre que estaba leyendo por encima del hombro de mi madre.
- A ver...- Pasó el dedo por encima de ella y recorrió la lista - ¡Aquí está!. Agnes Ungelogen en 2000.
- Así que tenía un sello auténtico. Separó dos páginas y las selló... – dijo mi madre.
- Y después la mataron cuando iba a algún lugar con ellas... – añadió mi padre.
- ¿Qué decían las dos páginas? – preguntó Stefano.
Mi abuela suspiró y pasó a repartir copias de la traducción, idénticas a las que yo tenía.
- Una esfera armilar, un veneciano... – murmuró monseñor Rascini.
- ¡Un veneciano! – Exclamó Stefano. Volví a girar la cabeza para mirarle.- ¡El tatuaje del brujo de esta mañana!
- ¿Aquella especie de quimera que tenía aquel tipo en el brazo...? – dije a media voz.
- ¿Quimera? ¡Qué dices! ¡Era el lione de San Marcos! ¿No has estado en Venecia?
- ¡Teníamos prisa y no me fijé! – contesté con un deje de reproche. Fruncí el ceño. Había estado dos veces en Venecia, y las dos para asistir a la Fenice. Dos de esos pocos lujos que me concedía de vez en cuando.
Stefano se levantó, extrajo su Blackberry y buscó la fotografía.
- Aquí está... er... ¿podéis tocarlo sin romperlo?
Mi abuela extendió la mano. Stefano le depositó la Blackberry con algo de prevención. Ella echó una ojeada a la pantallita.
- Si que parece el león de San Marcos.- le devolvió la blackberry- Bueno, podemos esperar a que venga Alberto y descargue todo eso. Al fin y al cabo, es el experto informático.
- Puedo hacerlo yo.- dijo Stefano.
- Sin duda.- intervino mi madre.- Pero él seguro que se viene con muchos cacharritos y programitas y demás y nos consigue un buen resultado. Por cierto, que ya deben estar a punto de llegar. ¿Sigue Alberto entretenido con el álbum de cromos?
Miramos todos hacia el rincón donde Alberto, aparentemente, estaba plácidamente distraído. Solo aparentemente. Los cromos de Stefano se habían despegado y flotaban alrededor de su cabeza mientras él jugaba al origami con el álbum.
- ¡Oh, Stefano! ¡Cómo lo siento! – musitó mi madre.- Me parece que por mucho Reparo que aplique esto no tiene remedio...
- No importa... – dijo él con un deje de pena.
- Es un hechizo para arreglar cosas... – murmuré en su oido.
- Ya me lo había figurado.- Me contestó en un susurro.
- Entonces.- mi padre volvió a hablar.- nos lleva a intentar saber quién es ese tío. Y a qué tipo de grupo relacionado con Venecia pertenece. ¿Deberíamos hacer una notificación al Ministerio de Magia Italiano?
- Lo único que podemos contar al Ministerio italiano es que Agnes llevaba encima unas páginas de nuestro propio códice, y que por alguna extraña razón habían sido selladas con un trofeo... – dijo Carlo.- No podemos hablar del mago que irrumpió en vuestro aparta hotel porque descubriríamos a Almudena.
Me sobresalté en mi interior. Y Stefano me lo notó. Su enorme mano se desplazó hasta mi brazo y me apretó suavemente en un claro gesto de apoyo. En ese momento, afortunadamente, llegaron mi hermana y su cuñado. Cecilia se dejó caer en el sofá tras haberle plantado un beso a mi sobrino, que por supuesto lo recibió mal, mientras mi madre se encargaba de explicar a Alberto, que efectivamente venía cargado con una bolsa negra que contenía un montón de juguetitos informáticos, lo que tenía que hacer con las fotos de la Blackberry. Alberto en seguida se puso a ello. Hasta obtuvo una instantánea del sujeto manipulada con photoshop para que pareciera que tenía los ojos abiertos.
- Mañana, en el muro torto habrá mucha gente. Y mucha seguridad mágica. Con estas visitas oficiales los aurores se despliegan.- comentó de pronto mi hermana.
- Yo misma formo parte de la Delegación Comercial. Tenemos una recepción a las doce en el Palazzo Di Commerzio... – dijo mi tía Amparo.
- Y yo estaré con un pase de prensa. – Añadió mi madre.
- Yo, por si acaso, acudiré con la varita preparada. No vaya a ser...- dijo Cecilia. Alberto la miró con expresión desconcertada. Normalmente, mi cuñado no llegaba a entender del todo el verdadero alcance de las alusiones de mi hermana a los peligros mágicos. Sobre todo porque ella nunca se había molestado en explicarse con claridad. En el fondo, igual era mejor y le ahorraba disgustos.
- En fin. Ya es tarde y parece que nos hemos estancado. Después de la jornada inaugural de la visita, podemos seguir elucubrando. Alberto ¿te parece que nos marchemos?
Mi cuñado asintió dócilmente y guardó sus trastos informáticos mientras mi hermana se encaminaba hacia su hijo.
Los demás me miraron
- No es momento de juzgar si Almudena hizo bien o mal desmemoriando a ese brujo. Los hechos son los hechos y debemos atenernos a ellos. – murmuró mi madre.
- Nadie la ha juzgado.- dijo mi abuela.
- Por si acaso alguno lo está pensando.- Y mi madre dirigió una significativa mirada a Carlo, que se puso nervioso y miró hacia los faldones de su sotana.
- ¡Hubieran desmemoriado a Stefano! – clamé.
- Tranquila. Solucionaremos todo esto.- intervino mi abuelo.- Tiene razón Cecilia, se va haciendo tarde y estamos cansados. Lo mejor sería que por hoy lo dejáramos.
Levantamos la sesión. No se volvió a discutir el asunto durante lo que restó de tarde, ni siquiera durante la cena, de la que se encargaron mis padres. Intenté ver la televisión en el piso superior, pero me distraía con mis propias divagaciones, así que acabé por irme a la cama bastante temprano.
-
Me desperté acelerada y sudorosa. Había estado soñando con Stefano. En mi sueño, estaba tal y como lo había contemplado desde la ventana de su despacho. Y yo estaba tal y como me habían visto mis abuelos en el sofá del aparta hotel. Se inclinaba sobre mi, extendía una de sus grandes manos…¡Ay! Cuando estaba a punto de rozarme me había despertado. Inspiré con fuerza y me levanté, todavía palpitante y mojada. Me aproximé a la ventana. En Roma, la ciudad empezaba a moverse. De alguna manera, él había despertado unos mecanismos que llevaban mucho tiempo adormecidos en mi interior. Mecanismos que, desgraciadamente, debían volver a la hibernación en la que habían estado languideciendo por culpa de aquella dichosa maldición. Me puse una de las batas de mi abuela y salí al cuarto de estar.
Mis padres debían haberse marchado ya hacia el Muro Torto, al igual que mi tía. Mi madre se había dejado el ordenador sobre la mesa del salón, así que decidí consultar mi correo. A aquellas alturas, mis pruebas de imprenta deberían estar listas y remitidas. Sin embargo, había un mensaje de mi editor de hacía tres días que pedía que le llamara por teléfono inmediatamente e incluía un número. Busqué papel para apuntar y, como no vi nada por los cajones, miré dentro del maletín de mi abuelo. Entonces lo ví. Un voluminoso legajo. Era una copia facsímil mágica… del Expediente Orsini. El corazón volvió a acelerarse.
Lo abrí por la primera página. En realidad, no iba a poder leer mucho si seguía tan nerviosa... De repente algo brincó sobre mi regazo. Di un respingo. Miré asustada y resultó que lo que tenía encima era un librillo. Un libro pequeñito que daba saltitos y emitía unos ruidillos que recordaban a un perrito.
- ¿De dónde sales tu?
Y entonces el librillo se abrió de golpe por la página 13. Y allí estaba un sello con las llaves de San Pedro cruzadas.
- ¡Perteneces a la Biblioteca Vaticana! ¡Pero bueno! ¡Los Veneziani! ¡Santo Dios!
Era latín altomedieval, y el mío, aparte de moderno, estaba bastante oxidado. Además, estaba la caligrafía, con tanta floritura que a veces resultaba difícil identificar las letras. Unas letras ampulosas, que casi eran dibujos en sí mismas. No fui capaz de entender nada. Cogí un folio y anoté algunas palabras que medianamente fui capaz de leer. Aquello no tenía mucho sentido. Entonces recordé el glosario que había hecho mi abuela y pensé que igual servía. Volví a mi cuarto y hurgué entre mis cosas hasta dar con las fotografías de las dos páginas, la traducción y el glosario y me lo llevé todo al salón. Allí, extendido todo aquello sobre el suelo, me puse a intentar descifrar un poco aquello.
Al principio fue terriblemente costoso. Tenía prácticamente que identificar cada letra, y después cada palabra, y a cada segundo deseaba abandonar. Pero como no tenía sueño me reté a mi misma a intentar algo y continué. Al cabo de un rato bastante largo pude construir algunas palabras. Una hora más tarde, ya avanzaba a un ritmo medianamente potable.
Hacia las once y media de la mañana yo estaba enfrascada en una lectura apasionante. Hablaba de Gerberto de Aurillac. Había sido un hombre sumamente culto y preocupado por elevar el nivel cultural de sus coetáneos. Y eso le había granjeado amenazas de elementos poderosos. Tango mágicos como muggles.
El embajador del Dogo de Venecia era realmente un brujo emisario de un extraño grupo que controlaba el mundo económico conocido, y que se hacía llamar a si mismos Los Venecianos. El librillo, que ronroneaba de gusto al saberse leído después de ni se sabe de siglos en su balda, dedicaba largas páginas a relatar cómo surgieron y cuáles eran sus métodos en su época. En realidad, eran inicialmente un grupo de gente inteligente y formada. Me pregunté si habría algo en los fondos informatizados de la Biblioteca de la Casa de las Tradiciones. Me conecté a Internet.
Por supuesto, una web mágica tiene unas medidas de seguridad muy curiosas. Hay que identificarse con el número de identidad mágico, el muggle, el nombre completo y varias passwords. El resultado final, una extraña página aparentemente dedicada al mundo esotérico… aunque hay que saber dónde pinchar. Para entrar al sector que yo quería, di el nombre de mi abuela. Ahora tenía que meter una clave alfanumérica de nueve elementos. Recordé que una vez la pillé tecleándola. 13111944S. La fecha de su boda, y una inicial. Yo sabía que era por mi abuelo, aunque también fuera la suya. Esperé tensa, deseando que no se le hubiera ocurrido cambiarla. Bingo.
Abrí mucho los ojos con lo que iba leyendo de los Venecianos. Un grupo que alcanzó un grandísimo poder en los días de auge de la República de Venecia… que se opuso a que otros tuvieran la primacía económica… y a la educación de los muggles que en teoría debían quedar reducidos a un status parecido al de los siervos de la gleba. Uno de los problemas más serios ocurrió cuando aprendieron una serie de métodos suicidas de los assassin. A lo largo de la historia habían sufrido altibajos. Al parecer, decayeron definitivamente durante la época de Napoleón...
Estaba cansada. Me molestaba la vista. Pensé en dejarlo un rato y entonces apareció un mensajito en la esquina derecha inferior del ordenador. Mi madre se había dejado su correo abierto, y había recibido algo. Era la edición digital de su periódico. Por curiosidad, decidí echarle un vistazo. Hacía casi una semana que no leía prensa mágica.
En portada, la visita a Italia de la Ministra de la Federación. La señora Pinto aparecía seria, como siempre, mirando fijamente al frente. A su lado, una fotografía del Ministro italiano. Las páginas centrales constituían un reportaje sobre nuestra patria mágica. Pasé página buscando la columna de mi madre. Mi madre comentaba las posibilidades del comercio con Italia. Sin duda, había aprovechado la oportunidad para meter un poco de caña con el asunto de las exportaciones. De hecho, muy de pasada y con su terrible habilidad para decir las cosas como quién no quiere, dejaba caer el asunto de las absurdas restricciones al comercio de pociones...
Y entonces, entonces reparé en una especie de reportaje sobre la historia de nuestra federación. En una esquina, una bandera de Portugal y una de España se fusionaban y se separaban constantemente. Había un momento en que se convertían en una paleta de colores difusos que casi me volvían bizca. Entonces reparé en una cosa. Y fue como si el corazón se me detuviera por unos segundos.
La bandera de Portugal. Ahí estaba. Con su escudo. Y su escudo estaba dibujado, como siempre, sobre una esfera armilar.
De repente, comprendí. El mensaje era para nosotros. Para cualquiera de nosotros que fuera capaz de entenderlo. Y también para los italianos. ¿Cómo lo supo Agnes? No lo se. Pero sin duda, dio su vida para avisarnos del peligro que se cernía. Unidas en Federación Mágica, constituíamos un potencial inimaginable. Y encima éramos mayoritariamente partidarios de no inmiscuirnos en el desarrollo de la sociedad muggle, en la que nos movíamos con una soltura que ya quisieran otros muchos. Los Veneziani, unos tipos a los que no les había temblado nunca la varita para hacer cosas parecidas a los Assasin...
No dudé un instante. Corrí a vestirme y tomé mi varita.
