Capítulo Nueve

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Torre Gryffindor

El salón común de la torre Gryffindor estaba inusitadamente lleno de gente que había decidido estudiar allí en lugar de usar la biblioteca.

Neville levantó la vista de su ensayo y miró de reojo a Harry, que llevaba una hora sentado en un sillón con un libro en su regazo. Lo vio morderse el labio inferior y mirar furtivamente a Ginny Weasley, que sentada frente a una de las ventanas y de espaldas la sala, se afanaba en terminar su tarea.

Más de media hora antes la chica atravesó el hoyo del portarretratos y se detuvo al ver a Harry leyendo junto a la chimenea. Todos los que estaban ahí contuvieron el aliento, quizás esperando presenciar el desenlace de la pelea de esa mañana. Pero tras un momento, en un silencioso desaire, Ginny lanzó su pelo hacia atrás y se ubicó donde estaba ahora, sin hablar con nadie. Desde ese instante, la tensión en la sala había ido aumentando en la misma medida en que la luz del sol menguaba con el ocaso.

Suspirando, Neville regresó a su tarea. No sabía qué había pasado para que discutieran de la forma en que lo hicieron frente a todo el colegio, pero lo lamentaba por Harry. Hacía mucho tiempo que su compañero de habitación no se veía tan miserable.

Harry bajó la vista de nuevo a la misma página que había contemplado desde que se sentó ahí, sintiendo que en su estómago algo se retorcía. Existían muchas cosas que le habían dolido a lo largo de los años. Pero estaba bastante seguro que el mudo reproche que emanaba de la chica sentada dándole la espalda, era lo más doloroso que le había sucedido en mucho tiempo.

La tentación de pedirle que por favor entendiera, que no lo hiciera a un lado de esa manera, era casi imposible de contener. Lo único que lo retenía en ese sillón era el miedo a ceder ante su pedido. Y sabía que si volvía a contemplar la desesperación que vio en esos ojos esa mañana, cedería.

Ron le había dicho que no se preocupara. Su hermana era testaruda y orgullosa, pero tarde o temprano entraría en razón. "Seguramente se le va a pasar cuando piense con calma y se dé cuenta de que no puede exponerse de esta forma. No por tener miedo", afirmó su mejor amigo.

El problema era que Ron no sabía exactamente qué era lo que Ginny temía. Y mientras su amigo partía con Hermione a cumplir con su ronda de prefectos, él tuvo que quedarse en la sala común, con la silenciosa acusación de esos hombros tensos gritándole más fuerte de lo que resonó aquel "Cobarde" en el Gran Salón.

Habría ido a su cuarto pero Dean estaba ahí y no quería lidiar con él en ese momento. Así que llevaba media hora sentado haciendo honor a la acusación, simulando que leía uno de los libros que trajo de Grimauld Place.

Cuando el silencio, lleno de miradas subrepticias que iban de Ginny a él, pareció que iba a aplastarlo, el insistente golpeteo de una lechuza en una de las ventanas quebró la tensión.

Uno de los alumnos de primer año se puso de pie, apresurándose a dejar entrar al ave que voló por el cuarto y se posó en el respaldo del sillón en donde Harry estaba sentado. Con un suave ulular extendió su pata para que pudiera quitarle el pergamino que llevaba atado. Una vez que se vio libre de su carga, se alejó hacia la noche entre batir de alas, dejando algunas plumas sobre el trabajo de Aritmancia de Neville.

"Ven a tu cuarto. Mathew", decía la escueta nota.

Harry agradeció el no tener que seguir fingiendo que leía ese libro sobre Hechizos Prohibidos del Asia Septentrional y subió las escaleras con aparente calma mientras sentía un leve temor por dentro. ¿Le habría pasado algo a Evelyn? Se suponía que debía regresar con Dumbledore esa noche, de donde fuese que habían ido a buscar uno de esos malditos horcruxes.

Una vez fuera de la vista del salón común, trepó el resto de los escalones de a dos y abrió la puerta del cuarto con un empellón, buscando con la vista al mago. Pero sus ojos se toparon con el rostro de Dean Thomas.

El chico estaba sentado en su baúl, atándose las zapatillas. Parecía que acababa de ducharse y el pelo le goteaba sobre los hombros.

Los dos muchachos se miraron fijamente, mientras Dean se ponía de pie y alargaba una mano para tomar un sweater de hilo.

- Ginny parecía estar molesta hoy – comentó con tono frío.

"Genial", pensó Harry al tiempo que se acercaba a su baúl para guardar el libro.

- No me gusta verla molesta – agregó Dean, dando un paso hacia Harry, con lo que éste respiró hondo y se giró para mirarlo.

- A mí tampoco – afirmó, intentando no sonar tan irritado como se sentía.

- No se notó.

La fría acusación lo enfadó de manera súbita. ¿Quién diablos era Dean para acusarlo de algo? ¿Acaso él sabía algo? No, no sabía nada. Es más, ¿por qué demonios se sentía con derecho a hacer reclamos con relación a Ginny? El enfado creció aún más, haciéndolo cerrar las manos en puños.

- Mira, Dean, sé que Ginny te importa y entiendo que no te guste verla mal…

- No, Harry. Tú no lo entiendes – lo interrumpió el chico, que no se había movido de donde estaba e irradiaba impotencia como un faro –. Tú no entiendes lo que es querer estar con alguien pero saber que en el fondo, no importa cuánto te esfuerces, nunca serás su primera opción. Y no entiendes lo que significa ver a esa persona sufrir sin poder ayudarla, debido a que no te permitirá acercarte lo suficiente… porque no eres su primera opción – remarcó cada palabra como si estuviera golpeando a Harry con un dedo en el pecho.

Harry no supo qué contestar. Ambos se miraron sin pestañear por lo que parecieron siglos, hasta que finalmente Dean metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se encaminó hacia la puerta, cerrando con un portazo a su espalda.

Sentándose en su baúl, Harry se inclinó hacia delante, con las manos cayendo laxas sobre las rodillas.

El día estaba escalando a toda velocidad a la cima de su ranking de días para olvidar.

De repente, la ventana que se hallaba entre su cama y la de Ron se abrió. Sobresaltado, se puso de pie sacando la varita del bolsillo trasero de su pantalón. Una mano apareció de la nada y un segundo después la cabeza de Mathew flotaba en la noche.

- Hola Harry – dijo, sonriendo. Apartó la capa invisible que lo cubría y le mostró la escoba que aferraba con la mano derecha - ¿Quieres venir conmigo a volar un rato? Acaban de enviarme el nuevo modelo de la Nimbus, la Top Force, y pensé que podríamos probarla.

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Duncansby Head

Escocia

Las olas se estrellaban en la base del acantilado, por debajo de Evelyn y Dumbledore.

El viento arremolinaba el largo cabello y barba del mago, mientras la capa se le enredaba entre las piernas dificultándole el descenso.

- Sigo sin entender por qué no se pone pantalones para este tipo de cosas – dijo Evelyn.

- Porque me gustan las túnicas y ya estoy muy viejo para cambiar mis hábitos de vestimenta – afirmó Dumbledore, sacudiendo una pierna para liberarla de la tela.

Evelyn suspiró, frustrada, y siguió bajando.

- Esto no me gusta – murmuró, alumbrando con la varita el encrespado descenso.

- Pues a mí siempre me ha parecido que es un lugar hermoso – dijo Dumbledore, que bajaba detrás de ella con mucho cuidado.

Evelyn miró al hombre de reojo y pensó que si antes ese tipo de comentario la descolocaba, ahora definitivamente le molestaba. Fue a replicar de manera cortante cuando se percató que si lo hacía, terminaría por liberar el enfado que sentía con su viejo maestro por la manera en que había actuado con Harry todos esos años. Y no era ni el momento ni el lugar para tener esa discusión. Tenían una tarea por delante y las emociones sobraban, por lo que regresó su atención a las piedras por donde estaba bajando.

- Si el horcrux estuviera aquí, ¿no debería haber alguien vigilando? ¿O al menos trampas más sofisticadas que ese chiste que sorteamos ahí atrás? – haciendo equilibrio sobre dos piedras, hizo un alto para apartar la guedeja oscura que insistía en caérsele sobre los ojos.

Evaluó con atención la distancia que había hasta la base del acantilado y, aferrándose a una saliente, pegó un salto y aterrizó en las piedras mojadas.

Dumbledore terminó de bajar los últimos metros con algo de vacilación y se detuvo junto a la mujer para recuperar el aliento.

- Quizás Tom guardó lo realmente interesante para nuestro destino.

- O quizás Pettigrew nos mintió y esto no es más que una trampa – señaló Evelyn, cuyo instinto comenzaba a gritarle que se largaran de allí.

- No nos queda más opción que arriesgarnos – dijo Dumbledore y, levantando su varita, comenzó a deslizarse con cautela contra la pared rocosa.

Evelyn apretó los labios y, guardando la varita entre los pliegues de su capa, tomó al viejo maestro por un brazo para detenerlo.

- ¿Qué sucede? – preguntó Dumbledore, mirándola.

- Yo iré adelante.

El rostro del director de Hogwarts se distendió en una mueca sardónica.

- ¿Qué? ¿Crees que soy muy anciano para ir a la vanguardia?

- Exacto – replicó la mujer, metiendo sus botas en el agua para adelantarse.

- Ese es un comentario altamente ofensivo, Evelyn. Tal vez me vea viejo, pero todavía hay en mí mucho más de lo que parece – apuntó el mago.

- Aún así yo iré adelante. Y fíjese donde está por pisar, eso no es una roca – replicó Evelyn sin girarse para mirarlo, pero haciendo que el pie del mago se detuviera a escasos centímetros de algo que se escurrió con rapidez entre las rocas.

Dumbledore se estremeció al reconocer a una cría de acromántula y se concentró en observar el camino. Al margen de su afirmación anterior, sabía que jamás podría competir con la visión y reflejos que tenía su antigua pupila, así que dejó de lado su ego algo sacudido y caminó tras Evelyn en silencio.

Diez minutos después, empapados hasta las rodillas y con el calzado lleno de agua, llegaron a la entrada de la cueva que estaban buscando. Si afuera resultaba difícil ver, dentro de la caverna era imposible distinguir nada. Evelyn usó su varita para ayudar a Dumbledore a alumbrar el lugar y, con cuidado, se adentraron en la opresiva formación natural.

- Sigo pensando que esto es demasiado sencillo – afirmó Evelyn, observando con atención las salientes y las formaciones rocosas que pendían del techo como dagas.

Ella comenzó a buscar por la izquierda mientras Dumbledore revisaba el lado derecho de la cueva. Ambos murmuraron varios encantamientos, destinados a señalar la presencia de barreras mágicas, pero el sitio parecía limpio.

Llegaron a la parte más profunda y oscura, y se miraron en silencio mientras pensaban.

- No parece que lo que buscamos esté aquí… ¿Qué cree, profesor? – preguntó la bruja, recorriendo nuevamente el lugar con la vista.

- Quizás está escondido bajo…

El comentario de Dumbledore quedó cortado cuando todo el sitio comenzó a temblar.

- ¡Corra! – exclamó Evelyn, tomando al hombre por el brazo y tirando de él con fuerza.

Antes de que llegaran a la mitad de la caverna, el techo comenzó a desplomarse.

Dumbledore había tenido razón. Voldemort había decidido dejar lo más interesante para aquellos que llegaran hasta la cueva.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

En algún lugar del Lago

Harry se deslizó a toda velocidad a menos de un metro del lago, dejando una estela en las quietas aguas a su paso.

Esa escoba era incluso superior a la suya.

Era definitivamente la mejor escoba que había montado jamás.

Respondía a la menor presión que hacía con su cuerpo y la velocidad que alcanzaba era superior con creces a la que podía llegar con su Saeta de Fuego.

El viento le silbaba en los oídos, el pelo se le aplastaba contra la cabeza de la misma manera que él se encontraba aplastado contra el palo de la escoba. Vio que el calamar extendía sus tentáculos hacia fuera, alertado probablemente por su figura en movimiento, y se dirigió hacia él. Sin disminuir la velocidad zigzagueó entre sus largas extremidades repetidas veces, esquivándolas, para alejarse con una exclamación de júbilo que resonó en el lago.

Llegó hasta la pequeña isla que se escondía de la vista del colegio y, girando, regresó bordeando los riscos que caían en picado hacia el agua. Dos minutos después, aminoró la velocidad y aterrizó a varios metros por encima del lago, en una pequeña saliente de la montaña.

Mathew estaba sentado en las rocas del borde frente a una fogata, con la vista perdida en las llamas que brillaban en el anochecer. Cuando lo escuchó aterrizar salió de su ensimismamiento y lo miró, sonriendo.

- ¿Y bien?

Harry se sentó junto al hombre, con los ojos brillantes y una gran sonrisa en el rostro.

- ¡Wow!

- Sí, yo pensé lo mismo. ¿Quieres chocolate? – preguntó, tendiéndole una taza humeante.

- Claro. - Harry dejó la escoba al resguardo de una enorme roca, junto a su Saeta de Fuego y las dos capas invisibles.

- ¿Qué me dices del balance?

- Se desvía un poco hacia la izquierda, pero fue cuando iba a una velocidad mayor que la que he alcanzado con mi Saeta de Fuego.

El hombre asintió, sorbiendo el caliente líquido de su taza.

- Creo que hay una pequeña falla en el diseño de las ramas – comentó.

- No irás a devolverla por eso, ¿verdad? – Harry lo miró, algo ansioso –. Es decir, es una escoba excelente. Sin duda debe valer el precio que hayas pagado por ella.

- No la compré. Esa escoba aún no ha salido a la venta.

- No entiendo… si no está a la venta, ¿cómo es que la tienes? – preguntó el chico, confundido.

Mathew sonrió y se encogió de hombros.

- Siempre he probado las escobas de B&W antes de que salgan al mercado – apoyó los codos en las rodillas, sosteniendo la taza con las dos manos. – O al menos, solía hacerlo antes de caer en coma.

El ceño fruncido del muchacho demostraba a las claras que esa explicación no le había aclarado nada.

-¿Tenías un contrato con los fabricantes?

- No – replicó el hombre, apartando la vista del fuego para mirar al adolescente sentado a su lado. – Nosotros somos los fabricantes.

Harry casi se atraganta con la bebida y tosió varias veces, mientras Mathew le palmeaba la espalda.

- Espera un minuto – logró decir tras un momento. - ¿Estás diciendo que ustedes son los propietarios de la fábrica de escobas Nimbus?

- Bueno… originalmente le pertenecía sólo a Evelyn. Su abuelo era uno de los principales accionistas de la empresa y ella la heredó. Luego, dos años después de salir del colegio, compramos el resto de las acciones y pasó a ser parte de la Corporación B&W. Nos pareció una buena inversión. Y venía con el bonus extra de poder probar todas las escobas antes de que salieran a la venta. - El hombre apoyó los codos en sus rodillas nuevamente y levantó las cejas. – Esta escoba no comenzará a venderse hasta dentro de un mes, pero coincido contigo en que es mejor que la Speed Crush de la competencia.

Harry no salía de su asombro. Miró al mago con la boca abierta y los anteojos un poco ladeados sobre la nariz, debido a las palmadas que le había dado en la espalda.

- No puedo creerlo – murmuró, enderezando sus gafas. – Tú y Evelyn son propietarios de la fábrica de las mejores escobas en el mercado.

- De hecho, la Corporación B&W es una sociedad familiar, así que eso te transforma en un propietario también – le aclaró el hombre. Vio la expresión incómoda de Harry ante la mención de su parentesco y se maldijo por romper la frágil tranquilidad que se había establecido desde que salieron del cuarto del muchacho.

Apretando los labios, clavó los ojos en la fogata y decidió desviarse a temas menos delicados.

– Pero no sólo se trata de escobas – dijo con tono casual -. También comercializamos todo lo que tiene que ver con mantenimiento de escobas, equipamiento para Quidditch, ropa deportiva, accesorios... Si quieres, algún día te llevaré a conocer la fábrica y las oficinas donde se realizan los diseños e investigación.

Una sonrisa distendió el rostro de Harry, cuyos ojos brillaron por la anticipación.

- ¿Puedo llevar a Ron? – casi podía ver el rostro de su amigo ante la posibilidad de ir a semejante lugar.

- Puedes llevar a quien quieras, siempre y cuando no nos roben ideas – Mathew le guiñó un ojo –. Si quieres, organizaré una visita para que tú, Ron, Hermione y Ginny vayan.

- ¡Claro! – exclamó el chico, antes de volver la mirada hacia la fogata, apagándose un poco su entusiasmo. – Estoy seguro que Ron y Hermione querrán ir.

Viendo la brecha, Mathew respiró hondo y cruzó mentalmente los dedos para decir las cosas bien.

- ¿Y qué hay de Ginny? ¿Crees que estaría interesada en ir con ustedes?

Los hombros de Harry se tensaron cuando pensó en el mutismo lacerante que la chica había desplegado todo el tiempo que estuvieron en el salón común.

- Interesada en ir, seguro. Lo que no creo es que esté interesada en ir conmigo.

Mathew pensó por un momento qué responder a esto. Decidió que la mejor opción era hacer lo que hacía su padre.

Harold Whitherspoon siempre hablaba con él sin tratarlo como un estúpido. Si ya sabía algo de antemano, lo decía y si no, lo preguntaba. Pero jamás lo embaucaba con rodeos fingiendo ignorancia.

- La verdad es que parecía un poco molesta contigo esta mañana.

- Define poco – replicó el chico con tono sombrío, ruborizándose al darse cuenta que Mathew y Evelyn habían escuchado lo sucedido durante el desayuno.

Un batir de alas hizo que levantaran la cabeza para ver aparecer a Hedwig, que aterrizó junto a Harry y se acomodó para que le acariciara las plumas. Por un largo momento permanecieron en silencio mirando el fuego, hasta que Harry, repentinamente, preguntó:

- ¿Alguna vez has tenido que decidir si haces o no algo para ayudar a alguien que te importa, aún cuando sabes que es algo incorrecto?

- Sí – respondió Mathew con sinceridad.

- ¿Y te costó decidirlo?

- Decidirlo fue sencillo. Lo que me costó fue darme cuenta si realmente estaba ayudando a esa persona, al acceder a lo que me pedía.

Harry lo miró, perplejo.

- No entiendo.

- Muchas veces la gente puede pedirnos cosas que no necesariamente los ayudarán. Sin duda les hará más fácil el momento, pero no se soluciona nada… Y poder ver eso es lo más difícil.

- ¿Y entonces?

Mathew pensó por un instante su respuesta.

- Entonces tienes que encontrar la forma de que lo que sea que hagas, realmente sea una ayuda y no un placebo.

La expresión de Harry se ensombreció aún más de lo que ya estaba.

- Sé que lo que Ginny me pide no es una solución, pero no tengo idea de qué puedo hacer.

- Pues en mi experiencia, lo mejor es atacar la raíz del problema – tomó aire y decidió hacer la pregunta de manera directa –. Dime algo, ¿Ginny no quiere bajar a la Cámara por lo que pasó hace cuatro años?

Las facciones de Harry se tensaron y sus ojos se mantuvieron fijos en el fuego ante él.

- Sí.

Mathew asintió varias veces.

- Y lo que pasó hace cuatro años, ¿tiene que ver contigo, con ella o con Tom Riddle?

- Pues… no lo sé. Yo… supongo que con Tom Riddle.

- Pero no estás seguro.

El ceño del muchacho se frunció, desconcertado.

- No – tomó aire y apretó las manos alrededor de su taza -. Sé que la razón por la cual yo no quiero bajar allí, tiene que ver con ella más que con Voldemort o conmigo – hizo una pausa antes de continuar en voz baja -. No puedo dejar de pensar en su imagen, tirada en el suelo, helada. Se le escapaba la vida en cada segundo y pensé que no iba a poder salvarla. Pensé que iba a morir.

La enorme mano de Mathew se posó en su hombro, en un gesto de apoyo.

- Pero la salvaste. Fuiste inteligente, y valiente, y leal. Ginny está viva porque tú estuviste allí, Harry. Y es por eso que no se me ocurre nadie mejor que tú para tratar de ayudarla.

Tras un minuto de silencio, Harry miró al mago junto a él, con toda su desesperación pintada en sus pupilas.

- ¿Y si soy incapaz de descubrir la raíz del problema? – preguntó en voz baja.

Mathew le sonrió tranquilizador.

- Entonces avísame y buscaré alguna alternativa para que ella no entre en la Cámara, y tú no te quedes afuera para protegerla.

Un aleteo fugaz cruzó por la mirada del Harry ante ese comentario.

- ¿Cómo sabes que estaba pensando quedarme afuera con ella?

El mago se encogió de hombros.

- Porque si estuviéramos hablando de Evelyn, es lo que yo habría hecho.